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GAMBITO DE PEÓN (El Cuento Breve)
El espacio para tus brevísimos y casi invisibles cuentos. Aquí no hay jugada imposible.
Acerca de
Dirigido por Ricardo Sumalavia. Las colaboraciones se recibirán en la dirección: rsumala@yahoo.com Los cuentos no deben exceder las 500 palabras.
Sindicación
 
La multiplicación de las tórtolas

Siempre recordaba la primera. Los años no borran su huella. Ahí está
aquella tórtola parada sobre un adobe, mirándome con sus ojos fijos. Le apunté con mi onda y de un certero disparo le asesté en la cabeza. Fue un tiro de suerte. Era un animalito muy pequeño; quedó de espaldas sobre la tierra, su cuerpo pardo, sus pequeñas patitas temblando. Yo nunca antes había matado nada, esa fue la primera vez.
Al pasar unos días después por aquellos baldios a la vuelta de mi casa, vi, parada sobre los adobes, a varias pequeñas tortolitas mirándome. Las maté a todas. Entre las tórtolas muertas me pareció ver a la primera que había matado.
Un tiempo despúes, al volver nuevamente a aquel sitio, me di con la
extraordinaria sorpresa: Ya no eran unas cuantas, sino decenas de tórtolas las que caminaban con su paso menudo, hundiendo sus piquitos amarillos de punta negra en la tierra, y entre ellas estaba la primera que había matado, y las que había en la segunda oportunidad. Corrí a mi casa en busca de la escopeta de perdigones, que mi padre me había regalado el día que cumplí los
quince años de edad. Regresé con mi carabina al baldío, y la cacería, la matanza, fue incalculable, indescriptible, los terrales del baldío quedaron cubiertas de tortolitas muertas.
Sin embargo, cuantas más tortolitas yo mataba, más se reproducían, como si la muerte fuese un incentivo para que se multiplicasen. Con los años se reprodujeron tanto las tórtolas pardas que ya ni siquiera armado podía acercarme. Yo pasaba por el lugar, pero lo hacía a una distancia prudencial, sin poder evitar la sensación de que podía ser sepultado bajo el avance de las miles de tórtolas. Y siempre que pasaba por allí, ahí estaba viva, la primera que maté, parada sobre un adobe, mirándome con sus ojos negros.

Carlos Calderón Fajardo (Perú)
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