Ave de limbo
Nuestros padres eran como nuestras casas: se cruzaban en un pasaje, cientos de veces, sin malicia.
El padre de Bertha volvía de su trabajo y se sentaba en la mesa, en la
pequeñísima sala-comedor. Abría el periódico, lo hojeaba suavemente. Bertha tenía once años de edad. La voz de su padre-un rumor lejano, intelegible- llegaba a mí deslizándose entre los resquicios de la madera. A la atardecer, un pájaro voluminoso entraba a la casa y picoteaba la cara del padre de Bertha. Tétrica ave de canto estridente. En la cama, en el dormitorio contiguo a la sala-comedor, continuaba picoteando el cuerpo del padre de Bertha, produciendo un extraño ruido, como un siseo.
Luego de un rato Berta me dijo: "Escucha, escucha". A lo lejos se
propagaba un murmullo parecido a un gorjeo.
Yo, niño, imaginé el vuelo de esas aves invisibles. Entraron en mi cerebro, siguieron volando allí como en un cielo repleto de neblina. Era un vuelo que sentí infinito, que supuse jamás podría describir: Un vuelo indecible.
El ave inmensa se irguió, empezó a batir sus alas. Yo vi cuando la
desplegaba. Suave se desprendía de su cuerpo la pelusa.
De repente se quedo quieta. Ya se iba. Se detuvo. Se acercó al ropero y puso su ojo en la pequeña hendidura. Yo tampoco me moví. Su tremendo ojo y el mío quedaron uno frente al otro.
Despúes que el ave salió volando por la ventana, el padre de Bertha se durmió. Bertha y yo salimos de nuestro escondite en el ropero y nos fuimos corriendo a la calle.
Carlos Calderón Fajardo (Perú)