Serpentarium
La boca de John era grande y sus labios estaban bronceados por el sol. Al sentirlos sobre la piel de su pie, Amaya entrecerró los párpados muy despacio. El aliento del gringo desataba cálidos remolinos sobre su hueso astrágalo. Varias veces durante el boqueo, lamió el empeine derecho de la chica.
Amaya se asfixiaba.
El movimiento de las mejillas de John era apenas perceptible, acompasado. Estas se hundían e hinchaban a un ritmo que Amaya pensó podría ser el mismo que utilizaba el gringo en el catre. Imaginó el cuerpo magro de John y sus movimientos precisos y veloces de explorador arrancando crujidos al metal, a la lona, a la madera.
Parecía que John la conquistaba sin convencionalismos, dando ocasionales sorbos a un “Jack & Coke” mientras posaba el rostro sobre su tobillo, arrullándola desde lo más remoto de su cuerpo —un fetichista. Amaya fantaseó con placeres que jamás se había atrevido a considerar, sobre los que leía tapándose un ojo y arrugando la frente. Recogió la pierna izquierda, flexionándola con gozo, quedando abierta frente al gringo. Posó las manos sobre sus muslos vírgenes, acariciándolos, olvidando cuánto odiaba su blandura. Movió las caderas hacia adelante, emulando a la cadenciosa marea vespertina del río. “Yo soy como este Delta del Orinoco” pensó, comparándose con el lugar donde estaban. Nada en la inexperta anatomía de Amaya se mantuvo indiferente al imaginarse así. Todo lo que emanaba en ella fluyó, gimió.
La humedad viscosa del ambiente quedó relegada por la de su cuerpo. El cuero cabelludo, el puente de su nariz respingada y los rollizos pliegues de su cintura comenzaron a transpirar. Los ojos grises de John iban y venían. Primero hacían pausa en los dedos del pie de Amaya, reflejándose difusos en el esmalte beige de las uñas. Luego hacían otra en los ojos de la chica. Ella sostenía la mirada del gringo con el terror retozón de quién pronto será desflorada.
Amaya sintió un pinchazo en el brazo.
—¿Te acuerdas cómo era, Amaya? —preguntó Sebastián.
—El color. Gris…parda…las dos cosas.
Alberto y Sebastián, los guías del campamento indígena, respiraron aliviados.
John separó sus labios del pie de Amaya. Dos hoyos microscópicos emergieron de la boca del gringo, con afán de continuar sangrando en la piel de la chica. De un salto, John se puso de pie, palmeó el hombro de Amaya y se perdió dentro del palafito contiguo, murmurando un par de frases en lengua warao.
—Quizás una tragavenados. Aunque no es usual en esta zona —dijo Alberto.
Una víbora inofensiva.
A falta de certeza, el suero antiofídico pronto haría efecto.
Valentina Vitols (Venezuela)
Amaya se asfixiaba.
El movimiento de las mejillas de John era apenas perceptible, acompasado. Estas se hundían e hinchaban a un ritmo que Amaya pensó podría ser el mismo que utilizaba el gringo en el catre. Imaginó el cuerpo magro de John y sus movimientos precisos y veloces de explorador arrancando crujidos al metal, a la lona, a la madera.
Parecía que John la conquistaba sin convencionalismos, dando ocasionales sorbos a un “Jack & Coke” mientras posaba el rostro sobre su tobillo, arrullándola desde lo más remoto de su cuerpo —un fetichista. Amaya fantaseó con placeres que jamás se había atrevido a considerar, sobre los que leía tapándose un ojo y arrugando la frente. Recogió la pierna izquierda, flexionándola con gozo, quedando abierta frente al gringo. Posó las manos sobre sus muslos vírgenes, acariciándolos, olvidando cuánto odiaba su blandura. Movió las caderas hacia adelante, emulando a la cadenciosa marea vespertina del río. “Yo soy como este Delta del Orinoco” pensó, comparándose con el lugar donde estaban. Nada en la inexperta anatomía de Amaya se mantuvo indiferente al imaginarse así. Todo lo que emanaba en ella fluyó, gimió.
La humedad viscosa del ambiente quedó relegada por la de su cuerpo. El cuero cabelludo, el puente de su nariz respingada y los rollizos pliegues de su cintura comenzaron a transpirar. Los ojos grises de John iban y venían. Primero hacían pausa en los dedos del pie de Amaya, reflejándose difusos en el esmalte beige de las uñas. Luego hacían otra en los ojos de la chica. Ella sostenía la mirada del gringo con el terror retozón de quién pronto será desflorada.
Amaya sintió un pinchazo en el brazo.
—¿Te acuerdas cómo era, Amaya? —preguntó Sebastián.
—El color. Gris…parda…las dos cosas.
Alberto y Sebastián, los guías del campamento indígena, respiraron aliviados.
John separó sus labios del pie de Amaya. Dos hoyos microscópicos emergieron de la boca del gringo, con afán de continuar sangrando en la piel de la chica. De un salto, John se puso de pie, palmeó el hombro de Amaya y se perdió dentro del palafito contiguo, murmurando un par de frases en lengua warao.
—Quizás una tragavenados. Aunque no es usual en esta zona —dijo Alberto.
Una víbora inofensiva.
A falta de certeza, el suero antiofídico pronto haría efecto.
Valentina Vitols (Venezuela)





