Mar
Su piel sabe a sal marina, su cuerpo se mueve al compás de las olas. En tantos lugares buscó, y allí donde empezó la fue a encontrar. Nunca pensó que podría tenerla tan cerca.
Durante mucho tiempo había buscado a una mujer que pudiera hacer sentir a su corazón de piedra, tal como una centenaria anciana le dijo una tarde lluviosa. “La búsqueda será dura y amarga, te sentirás sólo y afligido, más no debes desfallecer”.
Y así, recorrió miles de puertos. Cruzó los grandes océanos y se perdió entre los bosques, buscando a su adorada entre las plumas de las aves, pues debía de ser como ellas, de apariencia frágil pero con una gran resistencia. En la sabana la buscó entre los ojos de las fieras, pues parte de su naturaleza habría de ser felina. Y así siguió buscando, en las rayas de las cebras, en los ocelos de los insectos, en el aullido de los lobos, entre las crines de los caballos, en las escamas de los reptiles, en las gotas de lluvia, en las hojas de los arces, en las flores de los prados… Y un día no pudo más y decidió volver a su hogar. Se sentó en la barra del bar y ahogó sus penas en el vaso, llorando su incapacidad para poderla encontrar. Pasaba así sus noches, narrando sus desventuras a todo el que quisiera escuchar, hasta que una noche no tuvo quien le oyera y decidió lanzar su desdicha en el mar. Fue entonces cuando la encontró, nadando en la espuma del océano. Cual sirena la vio salir de las aguas, con la luz de luna iluminado su cuerpo.
Se miraron y no hizo falta hablar, pues sus ojos se lo dijeron todo. Sabía que era ella, la que tanto tiempo anheló.
Se enredaron en un largo beso, fundiendo el tiempo. Le rodeó con sus cabellos de algas marinas, sus dedos de estrellas se colaron bajo su ropa. Durante mucho tiempo jugaron con el loco deseo. Entre las olas del mar conocieron sus cuerpos e hicieron mil veces el amor.
Por la mañana le encontraron muerto en la playa con una sonrisa en la boca. Las algas enredadas en sus piernas, los cangrejos dentro de sus zapatos, los cabellos llenos de sal. Mal destino tienen los que se enamoran de la mar.
Durante mucho tiempo había buscado a una mujer que pudiera hacer sentir a su corazón de piedra, tal como una centenaria anciana le dijo una tarde lluviosa. “La búsqueda será dura y amarga, te sentirás sólo y afligido, más no debes desfallecer”.

Y así, recorrió miles de puertos. Cruzó los grandes océanos y se perdió entre los bosques, buscando a su adorada entre las plumas de las aves, pues debía de ser como ellas, de apariencia frágil pero con una gran resistencia. En la sabana la buscó entre los ojos de las fieras, pues parte de su naturaleza habría de ser felina. Y así siguió buscando, en las rayas de las cebras, en los ocelos de los insectos, en el aullido de los lobos, entre las crines de los caballos, en las escamas de los reptiles, en las gotas de lluvia, en las hojas de los arces, en las flores de los prados… Y un día no pudo más y decidió volver a su hogar. Se sentó en la barra del bar y ahogó sus penas en el vaso, llorando su incapacidad para poderla encontrar. Pasaba así sus noches, narrando sus desventuras a todo el que quisiera escuchar, hasta que una noche no tuvo quien le oyera y decidió lanzar su desdicha en el mar. Fue entonces cuando la encontró, nadando en la espuma del océano. Cual sirena la vio salir de las aguas, con la luz de luna iluminado su cuerpo.
Se miraron y no hizo falta hablar, pues sus ojos se lo dijeron todo. Sabía que era ella, la que tanto tiempo anheló.
Se enredaron en un largo beso, fundiendo el tiempo. Le rodeó con sus cabellos de algas marinas, sus dedos de estrellas se colaron bajo su ropa. Durante mucho tiempo jugaron con el loco deseo. Entre las olas del mar conocieron sus cuerpos e hicieron mil veces el amor.
Por la mañana le encontraron muerto en la playa con una sonrisa en la boca. Las algas enredadas en sus piernas, los cangrejos dentro de sus zapatos, los cabellos llenos de sal. Mal destino tienen los que se enamoran de la mar.
Comentario:
Más de uno pierde la cabeza por algo tan inalcanzable e imposible como el mar, más de uno se obsesiona y no ve más allá cuando, en realidad, no sabe que incluso hay placeres más grandes y más satisfactorios que los que proporcionan las aguas de ese mar. Solo tienen que abrir los ojos para descubrirlos.
Un beso
Un beso