SILENCIO, POR FAVOR
A ver, una pregunta que no sé si alguien me sabrá responder: ¿por qué a la gente, en general, le gusta tanto hacer ruido?¿qué extraño placer les produce? ¿son ganas de llamar la atención? ¿es por jorobar al prójimo?
El ruido proviene de muchas fuentes. Ahora en verano, muchos coches a cualquier hora del día y, lo que es peor, de la noche, van con la música a tope y las ventanillas abiertas. Parecen discotecas móviles. Otros tienen la mala costumbre de pitar al llegar a su destino, en lugar de tomarse la molestia de bajarse y llamar al telefonillo, o dar un toque con el móvil a la persona que le espera.
También están esos vecinos tan simpáticos a los que les gusta hacer bricolaje a todas horas: con la lijadora, con el taladro, con el martillo, con todo lo que pillan, pero que sea ruidoso, eso sí.
Bueno, y luego está lo de los gritos: en la piscina, en el mercado, en el metro, el autobús, hablando por teléfono, ... hasta en la tele. ¿Gritan para que se les oiga, o es que hablan así siempre?
Y qué me dicen de los servicios municipales de limpieza: esos camiones de la basura, las motocacas, los aspiradores-sopladores, ... Yo prefiero que todo esté un poco más sucio, a despertarme todos los sábados a las nueve de la mañana con cualquiera de ellos.
Y si se te ocurre entrar en un bar, prepárate: la mayoría no están insonorizados debidamente. En nuestro país no se le da importancia a algo tan básico. El ruido produce estrés y te altera, y aquí todavía no nos hemos dado cuenta.
Conclusión: uno de los lujos más preciados de este siglo que está comenzando será el silencio, y si no, al tiempo. Yo cada día lo valoro más, y siempre me acuerdo del cartel que tenían todos los ambulatorios hace unos años: una enfermera con el dedo índice en los labios (mandando callar, vaya). A más de uno se lo ponía yo en la cabecera de su cama, en su salvapantallas o en su coche. Y bien grande, además.
Mira, ya no aguanto más. Ahora mismo me voy a bajar a la calle con un megáfono a gritar: ¡ABAJO EL RUIDO! ¡VIVA EL SILENCIO! Ya les contaré lo que pasa.
El ruido proviene de muchas fuentes. Ahora en verano, muchos coches a cualquier hora del día y, lo que es peor, de la noche, van con la música a tope y las ventanillas abiertas. Parecen discotecas móviles. Otros tienen la mala costumbre de pitar al llegar a su destino, en lugar de tomarse la molestia de bajarse y llamar al telefonillo, o dar un toque con el móvil a la persona que le espera.
También están esos vecinos tan simpáticos a los que les gusta hacer bricolaje a todas horas: con la lijadora, con el taladro, con el martillo, con todo lo que pillan, pero que sea ruidoso, eso sí.
Bueno, y luego está lo de los gritos: en la piscina, en el mercado, en el metro, el autobús, hablando por teléfono, ... hasta en la tele. ¿Gritan para que se les oiga, o es que hablan así siempre?
Y qué me dicen de los servicios municipales de limpieza: esos camiones de la basura, las motocacas, los aspiradores-sopladores, ... Yo prefiero que todo esté un poco más sucio, a despertarme todos los sábados a las nueve de la mañana con cualquiera de ellos.
Y si se te ocurre entrar en un bar, prepárate: la mayoría no están insonorizados debidamente. En nuestro país no se le da importancia a algo tan básico. El ruido produce estrés y te altera, y aquí todavía no nos hemos dado cuenta.
Conclusión: uno de los lujos más preciados de este siglo que está comenzando será el silencio, y si no, al tiempo. Yo cada día lo valoro más, y siempre me acuerdo del cartel que tenían todos los ambulatorios hace unos años: una enfermera con el dedo índice en los labios (mandando callar, vaya). A más de uno se lo ponía yo en la cabecera de su cama, en su salvapantallas o en su coche. Y bien grande, además.
Mira, ya no aguanto más. Ahora mismo me voy a bajar a la calle con un megáfono a gritar: ¡ABAJO EL RUIDO! ¡VIVA EL SILENCIO! Ya les contaré lo que pasa.





