Blogs.ya.com Quitar publicidad
Bitácora de secretos
Apuntes de lo que nunca se dice, mis historias escondidas
Acerca de
Soy un alma fantasma que vaga por este weblog. Que cuenta lo que pocos saben, y lo que nadie sabe de mí. Regalando el yo más íntimo a desconocidos que no tendrán la oportunidad de conocerme.
Sindicación
Weblog Commenting and Trackback by HaloScan.com
 
introspección sintáctica
sin palabras

Soy un sustantivo trisílabo y grave atrapado en un bisílabo, que como todo mi amor es a veces grave, ocasionalmente agudo. De vez en cuando mi nombre átono muta en pronombre singular con tilde diacrítica, y con suerte me convierto en plural y cambio de persona. Y el mundo y la vida, bisílabos y graves, se llenan de polisílabos esdrújulos declarados en silencio a un pronombre con una única sílaba, tónica. Y la voz y la gramática coquetean con una única sentencia, con un dativo de segunda persona y un verbo transitivo de la segunda conjugación, formulado en presente desde mi primera persona, ambas en singular.

Y ya no hay palabras que valgan.
 
cosas de la luna
los influjos

Atesdeayer salí a una terraza, a tomarme una cerveza con Carlos. Los dos pasamos por un momento raro. “Tranquilo, Carlos, es sólo la luna llena,” le dije. Nos animamos la noche, y me reí mucho con él con dos golpes que tuvo.

En uno se refería a ese chico que me ronda. Tiene cara de malo, atravesado, con la ceja partida y una cicatriz en el pómulo. Es flaco y pequeñito, y mira que da miedo. Pero a mí me pone, aunque claro, a Carlos no le sorprende porque siempre me siento atraído por el tormento, por la complejidad, por la vuelta de tuerca. El comentario que me hizo reír es que me dijo “Pero Yarince, qué mal rollo estar con alguien a quien te da miedo dejarle las llaves de tu casa...” Del ataque de carcajadas que me dio, las demás mesas se volvieron a mirarnos. "Aunque tú no lo quieres para casarte, sino para tener un rollito, ¿verdad?," y me miró con cara de "por dios, dime que sí".

El otro golpe gracioso necesita antecedentes. Carlos está con un chico jovencito, se llevan diez años. No son pareja, al menos no al uso, yo les digo que son amantes. Se ven a menudo, pero para lo que se ven. Me gusta, porque sentaron las bases claras desde el principio. El problema es que ahora el pipiolo se está enganchando con Carlos más de lo que estaba estipulado. Normal, porque esas cosas no se acuerdan. Carlos está que no sabe si sí, o si no. Se quedó muy tocado con una relación anterior con un pibe bastante joven, y no quiere volver a pasarlo mal. Dice que él busca una relación normal con un hombre de su edad, o mayor, en su mismo sitio, con la vida vivida, con las cosas claras. Y para explicarse mejor, me dice “Coño, que yo quiero alguien con quien pueda sentarme a ver un telediario y comentar, o ver una peli, hablar, o sentarnos a leer. Que todos estos niños, desde que llegan a casa, lo único que hacen es poner la tele en el canal de la MTV, como hacía yo con 15 años cuando veía video show y tocata...”

Mientras estábamos allí, pasó una amiga común que hace mucho que no veíamos. Iba a una reunión de su comunidad de vecinos, sola, porque su marido se había quedado en casa con los niños. Nos comentó que la niña mayor ya está en el cole, y que el pequeño acaba de empezar la guardería. Y yo en silencio alucinado, pensando en la cantidad de vidas que hay, en lo distintas que son. A lo mejor también son cosas de la luna...

PS. decían los aztecas que el oro es el sudor del sol, y la plata las lágrimas de la luna. Hermoso, ¿verdad? W.B. Yeats, bastante más tarde que los aztecas, hizo una variación que me pone los pelos de punta:

I will find out where she has gone,
And kiss her lips and take her hands.
And pluck till time and times are done
The silver apples of the moon,
The golden apples of the sun.


"y descubriré dónde se ha ido,
y besaré sus labios y tomaré sus manos.
Y recogeré hasta el fin de los tiempos
las manzanas plateadas de la luna,
las manzanas doradas del sol."
 
each day is valentine's day
Rachelle

Como me enteré que uno de los visitantes de mi blog se está bajando una canción de Rachelle Ferrell con la que tengo una bonita historia (y que os conté en alguno de los post del viaje a Chipre, el día que viajaba de Atenas a Madrid) y consciente de que Rachelle no es muy popular y por tanto difícil de bajar, os pongo un link a ella, recién tostadito del disco.

Eso sí, hay unas instrucciones para poder escucharla. Teneis dos opciones:

1. revivir el momento en que yo la conocí. Grabándola en un cd, y en caso de que tengais coche con reproductor, iros de noche al sitio más apartado. Mejor el monte que la playa. Aparcad donde no haya nadie, sin luces ni farolas, que delante del parabrisas se pierda el horizonte. Bajad la ventanilla sólo un poco, para que entre la brisa pero que no se escape la música. Y pulsad el play.

2. Estando en casa, esperad a que se haga de noche. Encended una vela, nada más que una (de un color claro o roja, que si no da mal fario). Si os gusta el olor (a mi me chifla), encended una barrita de sándalo o incienso. Encended tb un cigarro si fumais. Poneos un vaso de vino tinto. Cerrad las ventanas, apagad todas las luces de la casa, sentaos en "vuestro sitio", y pulsad el play. Quizá cerreis los ojos...

PS. la compañía en ambos casos... es opcional.
 
las cadenas de danae
Danae apoya en sus manos la cabeza.
El ambiente que el sol último dora
es una leve, dulce y turbadora
caricia que la oprime con pereza.

(extracto de Danae, de Ángel González)


el hombre de las manos

Qué nombre más hermoso. Danae. Hace colarse en mi cabeza la representación de esa Danae de Gustav Klimt, con su melena roja, sus líneas sinuosas, el erotismo de un óleo curvado en su sueño. Fonéticamente me lleva a la soberbia escultura de la Danaide, de Auguste Rodin. Un escultura inspirada por Camille Claudel, y que se basa en otra leyenda griega, según la cual las 50 hijas del rey Danao, fueron obligadas a casarse con sus 50 primos. Y al no amarlos, huyeron. Pero fueron castigadas. Su padre les entregó a cada una un puñal, para que asesinaran a sus maridos en la noche de bodas. Las 49 danaides que llevaron a cabo la matanza fueron condenadas por los dioses a permanecer durante toda la eternidad llenando un tonel sin fondo en los infiernos. Tuve la suerte de ver la escultura mientras deambulaba por el Museo Rodin de Paris, que me escalofrió admirando a su danaide postrada y extenuada, su beso, la mano de dios o las puertas del infierno.

El Museo Rodin es el antiguo Hotel Biron, donde se alojaron gente como Matisse, Cocteau, o Isadora Duncan. Un hotel donde vivió Rodin, en una habitación orientada al sur, siguiendo el consejo de Rainer Maria Rilke (y recuerdo su pantera...). ¿Cómo no va uno a escalofriarse caminando por esas habitaciones? Paseando entre fantasmas repletos de arte, dejando en su rastro pinceladas, fotogramas y pasos de baile. Y Rodin, suspirando desde el más allá a través de su obra. Fue como cuando terminé el paseo por un flanco de la Iglesia de la Santa Croce, en la segunda ciudad de mis sueños, y tuve que sentarme en un banco para recomponerme, tras pasar delante de los restos de Maquiavelo, Rossini, Miguel Ángel, Galileo y Dante, dispuestos entre frescos de Giotto. O cuando, tras haraganear un rato en Monmartre, en las callejuelas que circundan el Sacre Coeur, descubrí que había pasado aquellos momentos, fumando despreocupado y sintiéndome feliz, en los escalones de la casa donde vivió Erik Satie.

Años más tarde de aquel instante mágico en el hotel, en un único paseo solitario a orillas del Sena, hice una tercera incursión al Museo de Orsay. Para repetir la Venus de Cabanel, y los pulidores del parqué de Caillebotte, la Olimpia de Manet, los Van Gogh. Y entré a una exhibición temporal en una de sus salas, para descubrir que, entre otros objetos, mostraba las manos de Rodin, extraídas de un molde que le realizaron a su muerte. Y de nuevo tuve que tomar asiento al caer en la cuenta de que aquellas manos habían esculpido imágenes que se me aparecen en sueños.
 
Cold Mountain
Inman y Ada

Inman: Eres la razón que evita que me deslice a un lugar oscuro.
Ada: ¿Pero cómo lo he hecho? Apenas nos hemos conocido. Han sido sólo unos pocos momentos.
Inman: Han sido mil momentos. Como una bolsa llena de diamantes diminutos que brillan en un negro corazón. No importa si son reales o los he imaginado. La curva de tu cuello es real. Y siempre llevabas una bandeja.
Ada: Y tú nunca entrabas en casa.
Inman: Yo nunca entraba en casa.
Ada: Y yo llevaba una bandeja para poder salir a verte.
Inman: La manera en que te sentí cuando te acerqué hasta mí. Y ese beso - que besé una y otra cada vez en cada momento de mi viaje.
Ada: En cada momento de mi espera...
 
vistas y ángulos
un mundo caótico, con mil realidades<

Un comentario de siloam me ha dejado pensando. Eso de cómo nos ven otros, y que la realidad depende del ángulo. Recuerdo unas vacaciones, tendría 14 ó 15 años, y el grupillo adolescente al que pertenecía nos sentamos a jugar. El juego era decirnos lo que pensábamos unos de los otros, empezando con lo que más te gustaba de la otra persona, y lo que menos. Cuál pensabas que era su mayor virtud y su mayor defecto. Se me escapa por qué decidimos emplear nuestro tiempo en aquella actividad tan ridícula. Lo que no se me escapa es que aquella tarde hubo una explosión nuclear de la que tardamos mucho en recuperarnos.

Desde entonces no quiero saber lo que los demás opinan de mí. Y pongo extremo tacto cuando alguien me pide mi opinión.

Y con eso de que la realidad depende del ángulo, que le pregunten a Juanjo y a Víctor. A su historia cúbica, semilla de otras historias que me rondan el coco para juntarlas en un volumen que esconderé en mi armario y que ya tiene nombre. Hay tantas realidades como ojos que la miran.

Estudiando yo la carrera, tuve una novia que se llamaba Ally. Antes de reorientarme. Algo complejo y demasiado íntimo, incluso para este blog. Tuve un examen un sábado, y había quedado con ella que me pasaría a verla por la tarde. Yo compartía un piso de estudiantes, Ally también (era una estudiante de intercambio inglesa). Y uno de mis compañeros de piso salía con otra amiga que vivía con ella. Volví del examen hecho polvo, porque no había dormido en toda la noche, y este chico me dijo que había quedado con su piba esa noche, que íbamos a cenar todos juntos con unos amigos que habían venido a visitarlas. Así que decidí acostarme, y pensé que ya iría directamente a la cena. No, no teníamos teléfonos y nuestros pisos quedaban muy lejos uno del otro.

Cuando llegamos a su casa por la noche, estaba “rara”. Molesta, de mal humor, hiriente. Me sentó bastante mal, la verdad. Prácticamente ni me hablaba. Y encima con visita guiri. Mi “realidad” era que yo no había dormido en 30 horas, que necesitaba la siesta que acababa de echarme, y que lo único que había hecho era retrasar el encuentro un par de horas, sobre todo teniendo en cuenta que teníamos aquella cena de compromiso de la que yo no sabía nada. Mi realidad era que lo normal es que ella pensara que yo iría con el otro chico directamente a la cena, en vez de estar viaje va viaje viene.

Ella tenía que salir a comprar unas botellas de vino, y me ofrecí a acompañarla. Íbamos los dos, en silencio. Y le dije “Ally, te he pedido disculpas, lo hice sin intención. ¿Por qué estás tan enfadada?” Ella tardó un rato en empezar a hablar, imagino que buscando la traducción en su cabeza, o buscando las palabras adecuadas del corazón en un idioma extraño. “No estoy enfadada, estoy triste. Cuando no llegabas, pensé que...” “¿Qué?” le pregunté. Y sin dominar mi lengua, fue capaz de sintetizar su realidad en una frase que cambió la mía y me sacudió como un mazazo. “Pensé que habías dejado de quererme.”
 
el ciclo hidro-ilógico de las lágrimas
el final del ciclo...

No quisieron salir a corretear por la mejilla. No quisieron que las limpiaran pañuelos ni palmas de manos. Asomaron y se quedaron prendidas, mirando a un mundo hostil, que las secaría hasta la muerte o las tiraría al vacío que hay en el fin del mundo de la quijada. Decidieron volver. Dieron la voz a la retaguardia y las últimas se giraron, confundidas, sin saber volver al útero lacrimal.

La fila de hormigas de agua se adentró en la oscuridad, asustada, esquivando guerreros blancos y escondiéndose de plagas rojas. En su huída rastrearon el olor de sus compañeras, de las otras expediciones, buscaron en la superficie los surcos de su paso, cada vez más profundos. Sus madres, sus hermanas, sus amigas, disparadas al abismo por las penas demasiado grandes para llorarlas. Catapultadas en armas cargadas de silencios y accionadas al bajar la mirada.

En su peregrinación de tiempo indeterminado llegaron a ese lugar mítico donde se parte el pecho. A la hondonada de la amargura, entrando en aquel lago de desconsuelo como un torrente, agitando toda la aflicción embalsada allí dentro, formando círculos concéntricos en la superficie del desánimo, haciendo ecos amplificados en la disolución de tristeza. Algunas gotas salpicaron el corazón con una emoción. Otras regaron la mente con un olor. Unas pocas y eficaces rociaron los receptores de la piel con el vestigio de una caricia.

Y el dolor dodecaédrico, evaporado desde el estanque de las penas, se condensó sin público en nubarrones de lágrimas, bastardas de la estirpe de los sentimientos.
 
mirar hacia atrás
buscando entre mis recuerdos

Ya casi son las doce. De nuevo hay luna llena, idéntica a la que me espiaba desde la ventana el día antes de salir de viaje a Chipre. Un mes ya. Mientras iba caminando al dvdclub la veía, con una cortina de nubes que no se atrevían a taparle el brillo, y pensaba en este mes. Todo este mes que no ha visto su cara oculta. La luna llena debe encontrarme distinto de la última vez que me vio. Creo que esta noche tiene más manchas, solidarizándose con mi oscuridad.

Como siempre, cuando algo sacude mi vida, aunque sea levemente, todo se agita. Se revuelve el pasado. Ese que constantemente me repito que no hay que mirar, ni para coger impulso. El pasado que nos deja inmóviles, convertidos en estatuas de sal. Pero como decía Luz, “cuando la pena cae sobre mí, el mundo deja ya de existir. Miro hacia atrás y busco entre mis recuerdos.” El episodio del papel mojado que conté hace unas horas en el post anterior me hizo buscar aquella carta en mi ordenador. Allí estaba, y leerla fue abrir el tarro de las esencias más amargas. Ahora no sólo está en mi ordenador, sino también en este blog, esperando como Penélope en los borradores de mi Ítaca. Me pareció buena idea publicarla, ya que nunca vio la luz de los ojos que debían mirarla, pero no fui capaz de pulsar el botón de “publicar el artículo”. Tenía razón Carlos, soy yo, tan yo, tan desvalido. Me dio pudor enviarla. Quizá una noche, al volver a casa con copas, cabreado con la suerte, me haré un envite a mí mismo publicándola. O quién sabe, a lo mejor no la comparto nunca.

La vida es un equilibrio delicado, verdad? Una red intrincada, en la que cada fragmento de seda es indispensable para la estabilidad. A veces se fragmenta uno que parecía prescindible, cayendo en cascada los tramos más fuertes. Y nos quedamos ahí, colgados de una telaraña a punto de desplomarse, pendientes de un hilo, repletos de gotas de rocío. Estirando desesperados las manos para tejer, también como Penélope, un nuevo tapiz de seda, fabricamos nuevas cuerdas y las lanzamos al aire, esperando que caigan en terreno firme. Confiando en que no sean sogas que nos cuelguen del cuello.
 
papel mojado
Ya he dicho en muchas ocasiones que creo en las señales. Y no es una creencia basada en la fe, sino que tengo pruebas irrefutables. Una, que no sé si llegué a contar aquí, es la primera casa en la que viví cuando me independicé, que me estuvo esperando desde siempre. Pero el episodio de ayer me ha recordado otra.

Era principios del año 2003, si no recuerdo mal. Estaba yo empezando una relación nueva. Una historia lastrada por otra vieja, que no se acababa de cerrar. Una amistad compleja que me dejó tocado de por vida. A punto estuvo de dejarme hundido, así que no puedo quejarme de este mal menor que es tener un arañazo en el corazón.

No tiene sentido explicar los detalles, porque además son muchos y complejos. Digamos que subía a casa de mi pareja, a pasar la noche allí. Pero antes tenía que hacer una parada obligatoria. La noche antes había escrito la carta más difícil. Una carta en la que me desnudaba completamente. Confesando cosas que sería incapaz de pronunciar en voz alta. Había razones para que la carta no fuera un email. Quería asegurarme que llegaba a su destino. Por esa razón ni siquiera me fié de correos, y antes de ir a refugiarme en los brazos de mi pareja, en medio de una lluvia fina y persistente, pasé por casa de mi fantasma y dejé la carta por debajo de la puerta. Recuerdo que cuando me incorporé después de deslizar el sobre, pensé “ya no hay vuelta atrás.” Y empezó a llover a cántaros.

La misiva había pasado la prueba de fuego. Antes de entregarla se la había dado a leer a Carlos. La persona en la que más confío del mundo, la opinión con el criterio más certero con que me he topado nunca. Mi mejor amigo, el que me tira de las orejas cuando lo merezco y me dice sin consecuencias “no lo hagas” o “te equivocaste”. La leyó y me dijo que le parecía fortísima, que era una declaración tremendamente íntima. Pero que pensaba que era buena idea que la enviara, que era yo en cueros, que era sincero en lo que decía, y que no hacía daño. Que lo único para lo que tenía que estar preparado era para ponerme en la situación tan vulnerable en la que me dejaba aquella carta.

Al día siguiente, con la carta en manos de su destinatario, esperaba. No sabía si habría algo que me indicara su reacción ante lo que le contaba. Dudaba sobre si me llamaría, o pasaría por mi casa, o me mandaría un correo. Finalmente pude salir de dudas. Me llamó sobre las tres de la tarde.

Me preguntó si yo le había dejado una carta en su casa. Le dije que sí. “Es que es ilegible. Se me coló la lluvia por el patio y el agua escurrió hasta el rellano de la entrada. Cuando llegué a casa vi el sobre empapado, con la tinta corrida, pero me pareció que era tu letra.”

Sonreí al aparato y le dije que no tenía importancia. Que no decía nada de particular. Se me reveló de inmediato que aquella carta estaba predestinada a no llegar nunca a su destino. Me había tomado muchas molestias precisamente para que una casualidad no impidiera que la leyera. Y la vida se alió con la naturaleza, y simplemente hizo arreciar la tormenta.

Existe una razón para todo. Para que aquella carta se empapara. Para que encontraran mi blog. Para que hoy se diera cita Ángel González en la cabeza de cuatro personas distintas. Para que determinada gente entre en tu vida. Para que se queden. Y con lo desolador que puede llegar a ser, a veces, también, para que se vayan.
 
inventario de lugares propicios al amor
Son pocos.
La primavera está muy prestigiada, pero
es mejor el verano.
Y también esas grietas que el otoño
forma al interceder con los domingos
en algunas ciudades
ya de por sí amarillas como plátanos.
El invierno elimina muchos sitios:
quicios de puertas orientadas al norte,
orillas de los ríos,
bancos públicos.
Los contrafuertes exteriores
de las viejas iglesias
dejan a veces huecos
utilizables aunque caiga nieve.
Pero desengañémonos: las bajas
temperaturas y los vientos húmedos
lo dificultan todo.
Las ordenanzas, además, proscriben
la caricia (con exenciones
para determinadas zonas epidérmicas
-sin interés alguno-
en niños, perros y otros animales)
y el «no tocar, peligro de ignominia»
puede leerse en miles de miradas.
¿A dónde huir, entonces?
Por todas partes ojos bizcos,
córneas torturadas,
implacables pupilas,
retinas reticentes,
vigilan, desconfían, amenazan.
Queda quizá el recurso de andar solo,
de vaciar el alma de ternura
y llenarla de hastío e indiferencia,
en este tiempo hostil, propicio al odio.

(Ángel González, de "Tratado de urbanismo")
(posteado por Zifar en la lista de escritura creativa)
 
andata e ritorno
En italiano todo suena bien...

E si perdono dentro noi
Mi dispiace devo andare via
Questa volta l'ho promesso a me
Perch ho voglia di un amore vero
Senza te
 
a pesar de mí
Vienes a verme a pesar de mí. Me regalas tu olor, repasando la lección en mi pecho, aporreando el teclado de mi abdomen, mientras me sacudo como si no fueras bienvenido. Igual que un felpudo donde te limpias los pies de mugre, antes de entrar a una casa que me tengo prohibida. Escupo el regusto de tus líquidos, fingiendo su icor amargo, mientras reinventas la receta de tu saliva para brindármela en un sabor nuevo.

No sé por qué sigues cruzando mi puerta, cuando no hago más que echarte. Me esmero en ponerte cara de perro guardián, me ensaño en técnicas milenarias de desprecio, bordo cuchillas en la mirada y estalactitas en mi voz. Te azoto dando la espalda a tu sonrisa, recibiendo con júbilo tus dolencias, ahogando en ácidos los mensajes de tus botellas.

Desiste, te lo ruego. No me obligues a abrir esa estancia en el fondo del alma donde estoy acurrucado, escondiéndome, adoptando formas que sólo encajan en tus brazos. Encontrarás mi escondite y estaré llorando. Muy a pesar de mí.
 
una voz prodigiosa
heather

La chica se llama Heather Headley. Es probable que no la conozcáis, porque no es famosa en España. Hasta donde yo sé, es hija de unos pastores de Trinidad y ha participado en algunos musicales de Broadway (como El Rey León y Aida, soberbia su versión del Ellaborate Lives y sobre todo del Written in the Stars) y ha grabado un CD, estilo Toni Braxton. Yo me la tropecé un día, por primera vez, en un dvd de un concierto en el Carnegie Hall.

Salió la quinta a escena. Toda la orquesta puso a descansar los instrumentos y se pararon a escucharla. Sólo quedaron ella y un músico, con los dedos prestos junto a las cuerdas de una guitarra española, encadenada al pecho. Se hizo el silencio y empezó el punteo de guitarra.

La canción era el He Touched Me (me tocó, y de golpe ya nada es lo mismo). Yo no estaba prestando mucha atención, estaba de fondo, sonando en mi equipo de música y asomándose por mi tele minúscula, mientras yo contestaba algún correo en el ordenador, cuando vivía en la casa de Pulgarcito.

Heather empezó a cantar y se me quedaron los dedos congelados. Me volvía hacia la tele y la vi, erguida, bella, joven. negra, flaquísima, rapada al uno o al dos. Una boca y una dentadura con la que se podía rallar queso. Qué mujer más extraordinaria. Y esa voz prodigiosa saliendo de su garganta. En ciertas frases sonreía, y durante todo el texto tenía esa cara de adolescente enamorada, excitada ante el primer roce de un hombre. Unos roces que en esta canción eran los acordes de una guitarra.

Empezó con un tono casi inaudible, pero firme. Poco a poco fue cogiendo aplomo y volumen, y en un instante imprevisible, derrochó la voz como si se la estuvieran robando, y subió, potente, estremeciéndome, elevándose a unas cotas inimaginables, imposibles de adivinar de su hilo de voz inicial. Y cuando estaba en la cima del K2, de golpe, cayó en picado y convirtió en la misma nota aquel aluvión atronador de voz en un susurro. Yo no pude evitar abrir los ojos, desmesurado, y quedarme boquiabierto, bastante tenía con no derramar las babas.

Y Heather se mantuvo ahí, cantando de forma perfecta notas casi inaudibles, en el un límite infrahumano de la voz. Con los ojos enamorados. Soportó durante un tiempo antinatural la última nota, rozando el silencio. Se paró, sin guitarra. Y con un sentimiento sin precedentes, volvió a decir “me tocó...” Se quedó absorta, mirando a la nada. Sonó un acorde rápido y fugaz en la guitarra, para dar fin a la canción. Y Heather, concentrada en su voz y en la historia, se asustó, temblando visiblemente como a quien despiertan de golpe de un sueño.

Recordádmelo si algún día venís a casa. Tenéis que verla. Escucharla.
 
La transgresión
La transgresión más grande es el perdón:
viola todas las leyes, y es contrario
al mismo sentimiento, a la lógica
del mundo y del destino,
a la razón más natural del hombre.

Invierte los valores,
confunde las conciencias,
como un gran mar alborotado
sacude toda costa, y difumina límites.

Ninguna piedad tiene
para consigo mismo.

(Poema de Raúl Alonso incluido en El amor de Bodhisattva, publicado por Editorial Hiperión)
 
cotidianeidad
Mañana es el Campus Rock. Esta vez sí. Al final nos hemos apuntado a ir un montón de gente, somos diez o así. O sea, que desde tempranísimo tiraré para arriba, porque empieza a las siete de la tarde más o menos. Yo que estoy acostumbrado a salir a las doce o una de la mañana!

Sigo un poco cansando, con la resaca de la bajona y pocas ganas de ná. Ayer Carlos se pasó por casa y me cortó el pelo un poco, sólo un poco porque dice que ahora lo tengo muy bien, con sus remolinos en todo su esplendor. Cuando era niño e iba a pelarme, le decía a mi madre que no me cortaran los remolinos (tengo uno en la coronilla y otro en la frente). Con los años cambié de opinión, ojalá pudieran quitarse. Son rebeldes y libres, no se deja domar ni con secador ni fijador. Ellos van a su aire. En el fondo me encanta su independencia.

Esta noche no sé qué haré. Pasaré a la tarde a ver a mi hermano, al que ya le cerraron la tráquea para poder pasarlo a un centro de crónicos. Ya respira por la nariz, lo cual disminuirá el riesgo de infecciones, pero ahora mismo está echando mucha flema y con muchísimo esfuerzo, no es un espectáculo agradable. Por lo menos se le ha quitado la fiebre. Intentaré descansar un poco después, a ver si me animo para salir esta noche, en plan relajadito, tomar un par de copas y ya está. Es el último fin de semana que estará aquí mi colega de Madrid y no puedo hacerle el feo de no salir. Pero ahora mismo no quiero hacer planes, ya se verá cómo va saliendo todo.

Hablé con mi amiga Lola esta mañana. Sigue como loca preparando la boda, pero la noté bien, muy animada y con un cronograma que sigue de forma estricta. Quedamos a ver si merendamos juntos la semana que viene para hablar un rato. Además está preparándome una cita a ciegas con un amigo suyo que conozco de refilón y que me hace gracia. Pero no sé yo si estoy con el cuerpo para citas a ciegas. Me da una pereza...

“Ni inocentes ni culpables, corazones que desbroza el temporal, carnes de cañón. No soy yo, ni tu, ni nadie, son los dedos miserables que le dan cuerda a mi reloj. Y cada vez peor, y cada vez más rotos. Y cada vez más tú, y cada vez más yo, sin rastro de nosotros.” (Amor se llama el juego, de Joaquín Sabina)
 
extenuado
Hoy he tenido un día ajetreado, con viajes y reuniones, aviones y taxis. Estoy cansado. Incluso algo tristón. No me ha mejorado el ánimo emplear buena parte del día, en aeropuertos y al llegar en casa, rematando un relato corto llamado 'amor de madre', que posteé hace un rato en la lista de escritura. Es un texto amargo que me rondaba hace tiempo. Tengo otro ahí, en la recámara. Pero éste, hoy, me ha dejado exhausto. Encima se aproxima un fin de semana que me cae pesado como una losa. Lo enfrento como subir una cuesta.

Tenía que haberme dejado caer por aquí, y escribir uno de esos textos que me alimentan tanto el alma. Para equilibrar la balanza, que hoy se inclina al lado oscuro. "Un día tonto, de pronto, sin una razón. No es gris ni negro, es sólo marrón."
 
nacidos para perder? ....NO
"Soy del color de tu porvenir", me dijo el hombre del traje gris. "No eres mi tipo", le contesté, y aquella tarde aprendí a correr. Al pisar la estación le abrí la jaula a mi corazón.Tras las montañas estaba el mar, la noche, el vértigo, la ciudad. El mundo, a cambio de una canción, me daba un plato, un beso, un colchón. La única medalla que he ganado en la vida era de hojalata y decepción. No tenía salida el callejón del cuartel para el desertor del batallón de los nacidos para perder.

Prima del alma, desnúdame del traje gris, de la multitud. Devuélveme al camino del Sur, al país de la niñez donde uno y uno sumaban tres.

Nacidos para perder (Joaquìn Sabina)
 
los ojos del recuerdo
ojos cerrados de par en par

Casi cerré los ojos cuando te vi, al sonreírte a través del cristal de un taxi. Los abrí de par en par mientras caminábamos, hablando de todo y de nada, atropellándonos, arrollando transeúntes y postes de luz que ignoraban que se interponían en la línea de un tren expreso. Un mercancías con dos pasajeros dirigiéndose implacable a un destino jalonado de largas distancias y cortos encuentros en estaciones de tránsito.

Cenamos en Centroamérica, y se me saltaron las lágrimas con el picante y con las risas espontáneas de una complicidad recién nacida, prematura. Tomamos café en pistilos de cristal y nos picó la nariz con el polen rubio y negro de las plantas del tabaco.

En nuestro éxodo buscando una barra donde matar la noche, no sé si mis ojos se abrían o se cerraban. Te miraba de refilón, dándote mi peor perfil, y tú no hacías más que reír, y contarme anécdotas, como viejos amigos de mili. Yo, con las manos en los bolsillos, perdía a veces el equilibrio, tambaleándome como un funambulista en el alambre, y mi muñeca rozaba tu antebrazo, generando chispas y miradas de soslayo en medio de las palabras. A veces eras tú quien cruzabas mi rumbo y me tocabas casualmente la mano enfundada en el vaquero, y yo me encogía de hombros para repartir por mi cuerpo el escalofrío. Y así, caminando por las calles desiertas, descubrimos que había huelga de bares y barras en la ciudad, o acaso decidimos convocarla mirando las puertas cerradas y dando la espalda a las que permanecían abiertas.

Llegamos así, paseando, hasta nuestro primer y corto tránsito, no sé si en la estación de Gare du Nord, Atocha o Grand Central. Nos acomodamos en el rincón más acogedor mientras mis ojos, que debían estarse cerrando del cansancio, seguían alertas, leyendo en las comisuras de tus sonrisas y en los rabillos de tus miradas. Aquella noche había desertado el sueño. Se llenó la estación de música, de grabados de tintas, de cantos de libros, y de electricidad. La noche se maquilló del color de nuestras corazas, con azul y con grana.

Y mientras hablábamos mi mirada se nubló para imaginar que te recostabas a mi lado, cada vez más cerca, hasta que los hombros se tocaban y nuestras corrientes se entremezclaban como la sangre de dos siameses. Me contenté con imaginar, porque el tránsito no quería dar para más. Imaginé también cómo sería pasar las manos abiertas por tu cabellera, hundidas hasta tu piel, sentir tu pelo brotar como manantiales entre mis dedos. Pensé si tu boca sabría tan fresca como tu risa. Convoqué la quietud que precede a los besos, y asustado aparté la mirada.

Era la hora de irse. De volver a un tren, que por desgracia no era de cercanías. Y me acompañaste al andén, a la lombriz de hierro que me sacaría disparado de tu lado. Te quedaste allí, de pie, con las manos en los costados. Levantaste una de ellas y la acercaste a mi cara. Con un gesto me quitaste una hebra prendida de mi cuello, rozándome la piel con las yemas de tus dedos durante el trayecto. Y volvió la corriente y la quietud. Un certero preámbulo. Y esa vez, sin desviar la mirada, caminamos al encuentro de nuestras bocas, segundos antes de que el revisor, con un uniforme prestado, me diera el último aviso.

Esa vez, con toda seguridad, sé que cerré los ojos.
 
chaquetas y corbatas
El jueves tengo que pegarme un salto raudo a una isla vecina, para asistir a una reunión en calidad de representante de mi instituto. Mi jefe me lo acaba de decir. La gracia es que me lo comentó y me dejó caer con la mirada a medio levantar: “es una reunión importante, así que... ponte una chaqueta.”

Por motivos de trabajo tengo que ir a muchas reuniones y conferencias. Y me he negado en rotundo a ir disfrazado. No me importa ponerme una chaqueta, pero detesto los trajes y las corbatas. Así que normalmente voy con vaqueros y un suéter de cuello (si hace frío), y pantalones de lino y camiseta (si hace calor), y una chaqueta (sólo tengo una de verano y una de invierno) o un chaleco.

El moderno, me dicen con tonillo sarcástico mis compañeros de trabajo. El elegante (o el guapo, si hay suerte), me dicen mis compañeras. El congruente, me digo yo. He tenido varias discusiones con mi jefe al respecto. Mi argumento es siempre el mismo, y es que mi credibilidad no depende de llevar un traje, o un pendiente, que tb me trajo mis quebraderos de cabeza el piercing en la oreja (el único visible...). Que yo soy un técnico, y no un político que tiene que vestirse para adornar las palabras sin contenido.

O sea, que en la reunión de marras partiré con varios hándicap. Que mi edad no supera los 50 años, que iré sin traje de chaqueta ni corbata, que llevo un aro en la oreja, y que llevo una perilla ‘demasiado’ retocada. ¿Son esos mis hándicap? No lo creo. Son SUS prejuicios. Y no pienso asumirlos como míos.
 
un paseo en coche
Regresábamos a casa y tú conducías mi coche. Acababa de confesarte mi secreto, apenas dos semanas después de que, por fuera de un cine, me descubrieras tu infierno. Un infierno que pensaste que nunca me dejaría hacerte un hueco en mi cielo, ignorante de que bajaría sin dudarlo a ese sótano de fuego con tal de estar contigo.

Volvíamos de un solar, de un terraplén de tierra donde las parejas se amaban a escondidas, sin saber que en este coche nosotros llorábamos sin escondernos. Yo volvía sin secretos, pero con verdades aún más tóxicas, y tú con una emoción nueva colgando de ti, tan nueva como inasequible.

La noche se cerraba hasta tal punto que no podía entrar la música. Íbamos callados, tu vista fija en la carretera, la mía en la guantera, como si quisiera buscarte allí dentro, como si quisiera encontrarte entre los papeles del seguro y los condones. Abrí la boca y me hablé, te hablé, para comprobar que después del esfuerzo me quedaba un hálito para declarar el descargo.

Tú y yo, un águila bicéfala, decapitada por un análisis de sangre. Vaciando el amor en pastos de chatarra, empapando de amargura los tapices del alma.

Apartaste la mirada de la carretera durante unos instantes y me miraste. Yo dejé de perderme en el compartimento y me encontré con tus ojos, que se metieron en los míos como los guantes que buscaba. Pasó un coche en dirección contraria, y sus luces largas iluminaron nuestros faros enrojecidos. Alargaste la mano de forma brusca, agarrándome de la nuca para guiarme a un sitio inesperado, y me inclinaste en tu regazo y aprisionaste allí mi cabeza, mi tronco, mientras yo alargaba mis ramas y las dejaba reposar en tus muslos, en tus raíces.

Con la noche cerré mis ojos y el llanto para no mancharte la ropa. Con tu mano, y aún de forma brusca, me acariciabas el cuello, la mejilla, me revolvías el pelo, y atajabas tus dedos vagabundos por las veredas de mis labios. Tu mano, gimiendo desesperada en mis gestos, paseándose con la torpeza de un deseo inconcebible, llorando una ternura imposible en la piel, tocando las palabras que no pronunciaste en aquel descampado.

Y mi rostro, inmóvil, enterrado en tu aroma. En tu veneno escondido en custodias de tela.
 
manos que hablan
las manos de neruda

Dado lo mucho que os ha gustado el post sobre las manos, y sobre todo por la fascinación especial que teneis algun@s por esos delicados apéndices, os pongo durante un rato, para que lo disfruteis, el poema de Pablo Neruda al que os hacía mención, en la voz de Laura Canoura. Una voz que más que hablarte, te toca.



Tus Manos, de Pablo Neruda, por Laura Canoura



PS. si lo prefieren, pueden guardarlo en disco pinchando la dirección del enlace con el botón derecho del ratón y eligiendo la opción "guardar destino como..."

.
 
olvidarte
Decía Neruda que es tan corto el amor, y tan largo el olvido. Y eso que muchos aseguran que olvidar es fácil, como Pasión Vega y Pancho Céspedes en esta canción. Así de fácil:

"Olvidarte será fácil, ya lo sé. Tengo apenas que dejar de ver el mar y cegarme ante la luz de las estrellas. No ver llegar la luna detrás del cristal.

Olvidarte será fácil, ya lo sé. Tengo apenas que arrancarte de mi piel y cerrar a tiempo puertas y ventanas. No ver llegar la noche ni el amanecer.

Olvidarte será fácil. Tengo apenas que taparme los oídos a los cantos de las aves y al murmullo penetrante de los ríos. Olvidarte será fácil, te lo digo. Es cuestión de no escuchar a mis latidos.

Olvidarte será fácil. Tengo apenas que matar un sentimiento, y tapar el sol entero con un dedo, y cambiar mi corazón por uno de papel.

Olvidarte será fácil, te lo digo. Es cuestión de olvidar que he nacido."
 
algo más que sus manos
nuestra foto en el espejo

Quizá por eso posteé la foto de nuestras manos, porque me conmueve. Sigue conmoviéndome el recuerdo de aquel año en que las noches tenían calor, y las tardes paseos, y en el mundo había una referencia donde yo era lo más importante. Las noches escupiendo pelos de gato, y los besos antes de ir a trabajar. Los reyes con regalos en peceras, y el helado con dos cucharas.

Tenemos pocas fotos juntos, que testimonien nuestro pequeño mundo. Unas fotos entrañables tiradas a un espejo, encabezando este mensaje, desenfocadas, mal encuadradas, como los recuerdos. Fotos falsas posando unos carnavales, abrazados con sonrisas plásticas. Retratos casuales tirados en un restaurante, en cumpleaños. Nuestras fotos juntos son todas las que le hice. Porque todas tienen dos caras. Axel, dando la cara a un objetivo que parapeta mi mirada. Yo siempre ahí, retratándolo. Y él y yo lo sabemos, y no importa nada más.

En su cumpleaños le regalé un marco de madera, con paspartú de cristal, pareciendo que su contenido se colgaba en el aire. Un marco con mi foto favorita. Una foto donde no le dejé enseñar cacha, que es lo que le gusta. Una foto con un suéter largo, ocultándole las formas. Una de las pocas en las que sonríe. Una foto robada, sin miradas estudiadas a la cámara. En una playa, un día especial. Y en la cruz del marco, espalda contra espalda, castigada de cara a la pared, una foto mía, en nuestro sofá, también sonriendo. ‘Para que sepas que siempre estoy detrás tuyo y frente a ti’. Axel quitó el pie del marco y le dio la vuelta, para dejarme a mí a la vista. Recuerdo el día, meses más tarde, en que vi el canto de madera, apilado en su cuarto, en medio de libros y revistas. Y aunque no dije nada, supe con certeza que entre Axel y yo se acababa de abrir un abismo infranqueable.

Pero no me siento triste. Ni siquiera sé qué me ha impulsado a escribir hoy todo esto. Siento añoranza a veces, otras algo de alivio, y por regla general pienso que hice bien, que pasó lo que tenía que pasar. Que no éramos destino. Sólo guardo sus fotos en un cd con su nombre, sus regalos que casi nunca uso, y una diminuta tarjeta con un mensaje de amor que le escribí hace dos mayos y que nunca llegué a darle.
la tarjeta olvidada
Ya no es el momento de que nuestros dedos se entrelacen, de sentir sus caricias. Es el momento de buscar esas manos que me recordaban las suyas. Esas que no conozco aún, esas que están registradas en mi piel desde siempre, mi piel que lanza consignas y s.o.s. para que unas desconocidas vuelen hasta posarse en mis ojos. Axel y sus manos fueron una premonición de aquellas que, desde que me encuentren, ya no dejarán de tocarme.

“Cuando tus manos salen, amor, hacia las mías, ¿qué me traen volando? ¿Por qué se detuvieron en mi boca, de pronto? ¿Por qué las reconozco como si entonces, antes, las hubiera tocado? ¿Como si antes de ser hubieran recorrido mi frente, mi cintura?” (Extracto de Tus Manos, de Pablo Neruda)
 
amanece y llueve
lluvia en el cristal de un coche, por Sam Javanrouh

Llovió. Pero no sobre mis besos, sino sobre mi mañana. No lo podía creer cuando me acerqué al armario a vestirme y vi por la ventana las calles empapadas de agua, y una lluvia fina pero persistente mojándolo todo. Me gusta que llueva. No me gustan los días encapotados y grises, pero secos. Si hay mal tiempo, que reviente, que me moje. Quiero sentir un elemento, ya sea el fuego del sol o el agua de la lluvia.

En el camino hacia el coche arreció el temporal, y a pesar del paraguas, acabé con los vaqueros chorreando y los tenis achicando el agua de los charcos. Y el frío y la humedad acabaron de despertarme la cabeza y la sonrisa. Contrastaba mucho mi cara con la del resto de la gente, cabreada por el contratiempo. Luego, por la autopista, encontré el atasco típico de estas ocasiones. Aquí, cuando caen cuatro gotas, por la poca costumbre nuestra y de los sistemas de alcantarillado, se duplica el parque móvil, las calles todas en pendiente se convierten en riachuelos, y la gente corre e intenta sacarte los ojos con los alambres de los paraguas (que deberían catalogar como arma blanca). No deja de hacerme gracia que el agua, cuando se reúne en el mar o la piscina, sea un reclamo lúdico; y sin embargo, cuando cae del cielo, parece el pistoletazo de salida de los cien metros lisos. Como si en vez de agua fuera ácido sulfúrico. A propósito, se moja uno menos cuando sale corriendo? O más?

Ya metido en al atasco (de una hora y media), no perdí el humor. Dejó de llover. Oía música. Me sentí afortunado de que la carretera se trazara junto al mar, porque me permitía distraerme en el manto azul. En esa calma y esa quietud de después de la lluvia, el mar se veía tendido. Como un plato. Con ondulaciones de seda casi imperceptibles. Se distinguían las corrientes y las calmas, como manchas de aceite índigo sobre la superficie, el mapa de las comunicaciones del mar. Y poco a poco, las nubes quitaron el cerrojo y le abrieron la puerta al sol. Y dejaron de verse las calmas de agua, para dar paso a las miles de centellas que convirtieron el mar en colas de novia bordadas en puntadas de luz. Destellos que se reflejaron en mis ojos, que hoy brillan como nunca, quién sabe si con el sol de una sonrisa o con el mar de las lágrimas.

las centellas
 
callaos
callaos

Callaos

En blanco.
Fundidos en negro.
A diestro y siniestro.
A lo grande y a lo largo.

En la bañera,
mitigando el rumor del agua.
En las calles empedradas,
en las plazas de fuentes italianas.
En los charcos de lágrimas,
en litorales acampados en barrancos.
En los dormitorios bulliciosos,
tendidos en un lecho para los tulipanes.
Adornando rotondas con vuestros silencios.

Es una orden:

Callaos.
 
manos
Habréis visto que he tenido una tarde productiva. He posteado un montón de mensaje, algunos escritos hoy, otros escritos hace tiempo, otros prestados. Y algunos más que tengo, a la mitad. Hoy tengo necesidad de hablar.

Las risas con Axel me trajeron aquella época en que las risas eran más habituales. Recordé mi foto de fondo de su pantalla. Y cómo, para recordarlo a todas horas, puse sus manos en el ordenador de mi trabajo. Sus manos, unidas con las mías. Un guiño cómplice y secreto, para sentir su caricia a todas horas.

Nos reímos mucho cuando hice las fotos de su mano enlazada en la mía. Tumbados en la cama, buscando un fondo neutro. Se separaron las risas, pero en esa foto nuestras manos seguirán juntas, ignorantes del paso del tiempo.

nuestras manos
 
Clara
Ayer sábado subí a comer con mis padres. Me llevé para oír en el coche el disco Mujer, que son versiones de canciones más o menos clásicas cantadas por mujeres. Subí riendo, mientras conducía por la autopista. Hacía un día de película, de sol, con una brisa que no dejaba sentir el calor. Iba como siempre, con la ventanilla bajada. No me gusta conducir encerrado en el coche, con un clima artificial. Me gusta notar el movimiento no sólo en los ojos, sino en la piel. Apoyar el brazo en la ventanilla, a veces sacar la mano, cuando no se ven coches, y dejar que mi mano izquierda se eche a volar. No sé por qué, ya que no hay razones, pero me sentía contento.

En el CD sonó Tamara cantando Penélope. Puaj. Tuve que saltarla porque me estaba echando a perder el humor. Pero la reemplazó Chonchi Heredia cantando Gracias a la vida. Bueno, vamos mejorando. Sole Giménez, Clara Montes recordando a Amanda. Niña Pastori. Pero me quedo con tres puntos álgidos en ese disco. Uno de ellos no se debe tanto a la canción en sí, sino a que la voz de Pasión Vega es inolvidable por ella misma. Otra, la Acuarela de Toqinho cantada por Rosario. Y por último, Clara. No por Ana Torroja, que la verdad sea dicho no me vuelve loco. Pero recuerdo ser un niño oyendo cantar a Joan Bautista Humet. Esa canción, la letra, la melodía, tocan alguna fibra especial. Debo haberla escuchado más de treinta veces desde ayer. Y pensar que muchos años más tarde de conocer la canción, conocí a Clara.

Clara, distinta Clara, extraña entre su gente, mirada ausente.
Clara, a la deriva, no tuvo suerte al elegir la puerta de salida.
Clara,abandonada en brazos de otra soledad...
esperando hacer amigos por la nieve, al abrigo de otra lucidez
descubriendo mundos donde nunca llueve, escapando una y otra vez,
achicando velas para navegar...
Estrellas negras vieron por sus venas y nadie quiso preguntar.

Clara, se vio atrapada, abandonó el trabajo, se vino abajo.
Clara, languidecía perdida en un camino de ansiedades y ambrosías.
Clara no dijo nada y un día desapareció...
Recorriendo aceras dicen que la vieron, ajustando el paso a los demás
intentando cualquier cosa por dinero para incarse fuego una vez más.
Esa madrugada Clara naufragó.
Tenía el mar de miedo en la mirada, las ropas empapadas y el suelo por almohada...
y lentamente amaneció...
 
titulares
La bitácora del finde. Más bien, sus titulares. Tarde con buenos amigos, después de tiempo sin vernos, matrimonio con descendencia recién parida y una sonrisa grande, unas manitas diminutas preparándose a coger el mundo. Una noche en la que Axel, sirviéndome una bebida energética, nos enchumba a él y a mí de arriba abajo; yo no puedo evitarlo y me echo a reír; él tampoco puede resistirse; hacía meses que no nos reíamos juntos. Tarde de cine, con Joy Ride. Teléfonos que no se cuentan. Una noche de dos horas de sueño.

PD. Empecé a leer un libro que me prestó Carlos. El ángel descuidado, de Mendicutti.
 
faltando un pedazo
El amor es un gran lazo, una trampa que te aísla. Lobo que corriendo excita, hace aullar a la jauría. Comparamos su llegada con la fuga de una isla. Tanto engorda como mata, hace más cortos los días. Los días...

El amor es como el rayo galopando en desafío. Abre sendas, cubre valles, revuelve el agua del río. Quien quiera seguir su rastro, se perderá en el camino la pureza de un limón o la soledad de espinos.

El amor es la agonía, va consumiendo despacio, arrancando horas al hilo, hasta vencer el cansancio. Y al corazón de quien ama le va faltando un pedazo, como una luna menguante que se durmió entre sus brazos.

Faltando um Pedaço (Djavan)
 
el tercer aullido, de Miguel Ruiz
(un texto prestado con permiso de Miguel, que lo escribió para la lista de escritura creativa. Ya sabeis que sólo posteo lo que me escalofría. Y este texto de Miguel lo hizo)

Ayer estuve en casa de mis padres.

En un descuido escapé a visitar mi cuarto - así es como llamo yo a la habitación de los invitados - con la intención de desenterrarte. El lugar había sido repoblado desde mi ausencia. Había figuras idiotas, una lámpara nueva y un par de cuadros, biografías de personajes ilustres e ilustrados, velas de vainilla, manuales para la cría de peces de acuario, un reloj horrible de metacrilato, guías completas de países a los que nunca he viajado.

Mi cuarto era el museo del éxodo de toda la casa, mi propio vacío relleno de sobras y saldos.

El reflejo, tal vez, de nuestro pequeño holocausto.

Allí estaba mi cama, o la cama, esa cama que espera de día y de noche los huéspedes bienllegados. Mirándola así me sentía un extraño y me tumbé, las feromonas reclamaban aquel trozo cuadrado de algodón y muelles flacos porque a nadie le gusta ser invitado a su propio cumpleaños.

El techo no había cambiado, seguía tan exacto que trajo la magia del sexo hasta mi tacto, el tacto clandestino de la adolescencia, la dulce torpeza inexperta, aquel descubrirlo todo a cada momento cuya nostalgia nos atormenta.

Y aunque no era necesario recordé que el último cajón de la mesita izquierda me estaba esperando. Todo lo que allí se almacena permanece cifrado, a la espera, porque sólo encaja en mi memoria, sólo cobra sentido en mis manos, escapa a los engranajes de los invitados - del tres al cuarto - con ganas de vida ajena.

[El cajón:
Ese lugar secreto y sagrado donde te busco como no tuve valor de buscarte por todo el mundo hasta encontrarte, el oscuro rincón que habitas quieta y sin estar. El cajón, ni hondo, ni ancho, ni largo, sin fondo, de amarte. El lugar donde me esperas sin saberlo, cubierto tu cuerpo de entradas y flyers, de souvenirs del pueblo de Nocheslocas con diecinueve años, de cartas y ofrendas de mis pocas admiradoras - ninguna secreta -, y ese par de frases tontas en un papel, escritas en columna, jugando a ser un poema. Probablemente nuestra propia esquela.]


Debí enterrarte muy hondo la última vez, porque tardé en encontrarte. Y aunque tu foto era mucho más áspera que la piel de recordarte, pude reconfortarme en la certeza del tacto, la indiscutible veracidad de aquellas imágenes, por fugaces que fueran, y aunque se fueran fugaces. - Tu figura recortando paisajes irrelevantes, tu sonrisa, que a través de los años viene mansamente, a contagiarse -.

Tiré un poco más de la cuerda y aparecieron, una a una, las cartas de amor de tu puño y letra, los dibujillos en las servilletas y todos aquellos detalles sencillos, cientos de objetos e instantes atrapados como insectos en una tela, que a falta de araña, debe ser la del juicio. El juicio paralizante de no hallar culpables. El tiempo desnudo, implacable.

Y de entre todos nuestros retales, apareció la prenda de amor de aquella tarde de lluvia en que salimos corriendo y corrimos tanto que nos quedamos solos, cuando del modo más imprevisto, contravinimos todas las leyes del mundo, de la física y del otoño, nos prohibimos prohibirnos del todo, nos devoramos el uno al otro, como locos. Como locos.

Ayer exhumé por fin el calcetín olvidado que, por respeto a los invitados, a mi mismo, y sobre todo a mis padres, debía por fin descansar en alguna otra parte, donde nadie, nunca, jamás en la vida, pudiera volver a encontrarle. En el estómago infinito del fuego - pensé -, como nosotros. Purificado, olvidado, fagocitado, adimensionado, libre de peso, pasto de para siempre.

Y ayer, ya en la playa, llamando a las llamas, pensé que con suerte sería esa la suerte del resto de nuestros restos. Cerrar el círculo y no volver a vernos.
 
huecos
crucificado

A veces me da la sensación de que, con todo lo que posteo en este blog, me estoy ahuecando. Crucificando. Que cuento tantas cosas, tantos pensamientos, tantos recuerdos, que me voy a quedar sin ninguno.

Hasta que me doy cuenta que son una fuente inagotable. Que hay miles de historias pululando por mi cabeza. Y que nacen mil historias nuevas todos los días. Y que no lo cuento todo. Que soy sincero con lo que escribo, pero no escribo de lo que no quiero, o de lo que no puedo. Que me cuido de contar la intimidad que no es hermosa, o que es demasiado hermosa para compartirla. Y la cuento en un poema de doble lectura. Que a pesar del anonimato respeto tanto las vidas de los que pasan por la mía que sigo siendo su cómplice.

“Cada noche me rompo el corazón. Y cada amanecer descubro que sigue entero.”
 
tomates verdes fritos
Ruth

La otra noche tuve un sueño. Soñé que Buddy no estaba. Fui corriendo a su cuna y lo encontré allí, durmiendo como un ángel. Y le di las gracias a Dios por permitirme tener a Buddy. Y recordé tener la misma reacción cada vez que Frank me pegaba, dándole gracias al Señor por darme fuerzas para soportarlo. Y recuerdo también agradecerle por cada día que vivió mi madre. Incluso cuando ella no hacía más que escupir sangre y rogarme que la matara. Miraba los ojos de mi madre, implorándome que la ayudara, y yo lo único que podía hacer era rezar. Mientras no estabas, y mecía a Buddy, pensé “si ese bastardo de Frank Bennet intenta llevarse a mi niño, no rezaré. Le partiré el cuello.”

(Mary Louise Parker en Tomates Verdes Fritos)
 
esta noche la paso aquí
flyer para el Opening Winter Party

Esta noche de viernes, 17 de septiembre, me encontrareis aquí. En el Opening Winter Party. Pinchan Iván Pica y Simón García. Estaré entrando a mano izquierda, en la pista, en la columna que hay cerca del gogó. Me imagino que llegaré sobre las cuatro, depende de la cola que haya. Llevaré vaqueros, sandalias y esta camiseta:

un ángel?

Bueno... que.... las ganas mías de pasarme la noche de marcha en el Cool. Eso sí, estaré en espíritu. Ha sido estimulante planearlo como si de verdad estuviera allí, y vestirme para la ocasión, y ligar con el gogó moreno con gafas de aviador. Ups... menos mal que eso no lo conté... ;-)

Me contentaré con salir por aquí. Puñeta, además están a punto de venir a buscarme y yo sigo todavía con la ropa de la playa. Así que... that's all, folks!
 
reencuentro en Praga
la ciudad de las mil cúpulas

...y todas tus torres al caer la noche, como los tubos de un órgano gótico, tocan para las farolas encendidas un requiem por Europa.
 
parad los relojes, de W.H. Auden
desesperación

Parad los relojes y descolgad los teléfonos,
Evitad que el perro ladre dándole un jugoso hueso,
Silenciad los pianos, y con sordos tambores,
sacad el féretro y llamad a las plañideras.

Que los aviones giman y den vueltas sobre nosotros
escribiendo en el cielo el mensaje: "Ha muerto",
Poned crespones en los cuellos blancos de las palomas,
Y haced que los agentes de tráfico lleven guantes negros de algodón.

Era mi norte, mi sur, mi este y mi oeste,
mi semana de trabajo y mi descanso dominical,
mi día, mi noche, mi palabra, mi canción.
Pensé que el amor duraría siempre.
Y me equivocaba.

Ya no sirven de nada las estrellas: apagadlas todas,
empaquetad la luna y desmantelad el sol,
vaciad el océano y arrasad los bosques,
porque ahora ya nada será de utilidad.
 
anónimos
Otra vez tengo un admirador/a anónimo y tímido. Ya me pasó hace un par de años. Unas diez llamadas al día. Estuviera o no en casa. Mensajes mudos en el contestador. Identificaciones ocultas en el display. Si me pillaba en casa y contestaba, permanecía en el más absoluto silencio. Oía voces en el fondo, voces de una oficina. Muy pocas veces me llamaba en festivos o fines de semana.

Hablé con la compañía telefónica para que me dijeran quién era. La única solución que me dieron fue cambiar de teléfono. Dije que ni de coña iba a cambiar el número por culpa de un tarado. Un día agarré el teléfono y le hablé. No pregunté, simplemente hablé al silencio. No me enfadé. Fui cínico, sarcástico, incluso cruel. Tanto que acabó colgando.

No se habían repetido las llamadas en casi dos años. Y vuelve. No sé si el mismo u otro. Mira que hay gente que anda mal de la cabeza. En cualquier caso, esta vez no será lo mismo. No tengo contestador y el identificador de llamadas me dice que es un anónimo. Así que descuelgo y cuelgo. Para que se gaste los euros. A ver si tocándole el bolsillo le toco también los huevos.
 
con mirarte una vez más
con los ojos cerrados

Con mirarte una vez más podría domar las nubes y hacer que de nuevo brillara el sol. Resolvería todos los misterios si tú fueras la recompensa. Con mirarte una vez más, podría cambiar las estrellas y nuestros destinos. Y haría que las constelaciones dibujaran tu retrato para que el mundo entero pudiera admirar tu vista.

(Streisand en A Star Is Born)
 
barcos ahogados
velas en el atlántico

No sé si en vuestras ciudades o regiones pasa lo mismo que aquí. En algunos accesos de la autopistas, especialmente la que lleva al sur de la isla, algunos ayuntamientos tienen el cuestionable gusto de poner, en vez de una escultura o un pequeño jardín, un barco. Lo que oís, un barco. A veces oxidado y destrozado, otras veces pintado como si acabara de nacer.

Cada vez que paso a su lado y los noto, me dejan triste. Me parece tan abominable que una embarcación diseñada para deslizarse sobre el agua y destinada a caminar sobre el mar acabe en un trozo de tierra seca. Sin poder irse a ningún lado, encallada, viendo pasar los coches. Es un castigo monstruoso, atisbar desde su quilla un mundo en continuo movimiento, cuando ellas no pueden siquiera arrastrarse. Como abandonar a la muerte a los hombres tirándolos en alta mar, como hacían durante la guerra con los ‘rebeldes’ insulares.

Debería haber un cementerio para los barcos. No un sitio donde los desguacen, sino un pedazo de mar. Una cala hermosa donde llevarlos a morir. Una corriente que los llevara a algún lugar desconocido, donde vararse en la arena. Y una vez allí, esperar el último aliento, meciéndose, palpando el agua que les ha acariciado el vientre durante toda su vida. Y con las tormentas y las mareas, irse sumergiendo poco a poco, dejando que el mar les llene las entrañas. Que lo último que vean sea el azul de la sal, que lo último que sientan sea un sueño en un lecho de arena.
 
amando a Rotemberg
Estoy oyendo Un vestido y un amor, en la versión que Fito Páez canta con Ana Belén. Alguien debería explicarme por qué me vuelve tan loco esa canción, porque objetivamente no lo sé. Si es la música, la letra, la voz. Pero tiene algo que me atrapa y me hace dejarlo todo cada vez que la oigo sonar. A lo mejor es ese “y yo, simplemente, te vi...”

Hay mucha gente a quien he contagiado con este virus. Adeptos a ese vestido y a ese amor que resuena en mi casa, y en mi coche. Ellos y ellas no saben que el vestido lo lucía el cuerpo de Cecilia, mientras fumaba unos chinos en Madrid. Y que el amor es el que yo siento por su Manuela, su Alicia, su Violeta, su mamá sin nombre de Kamchatka, su Carmen, su Eva, su Ana, su Sexilia. Por su risa y su voz transexuada. Me matas, Roth.
 
Pleasantville
Pleasantville, de Gary Ross

Ayer me vino a la cabeza ese Across the universe, genial canción de los Beatles (la que posteé un poco más abajo). Hay una versión de Fiona Apple preciosa, pega más la voz de una mujer. Una chica que se llama Lydia la cantó para un anuncio de Iberia (cómo degeneran las cosas), y tampoco lo hizo mal.

Pero a lo que iba. Me tuvo toda la noche soñando con una película, donde sale la versión de Fiona. Pleasantville. La película no es para echar cohetes, sobre todo el principio y el final. Pero la trama central es una delicia. Para ver mil veces. En especial, cualquier escena donde aparezca Joan Allen.

La historia trata de un par de adolescentes yankis que, por una 'carambola', se meten en una teleserie en blanco y negro, tomando la identidad de dos de sus protagonistas. Al interaccionar con el resto de los personajes e irles infundiendo pasión, las personas y las cosas van adquiriendo color, lo que provoca una revolución en el pueblo.

El personaje de Joan Allen (Betty) se colorea después de masturbarse en la bañera. Es uno de los primeros personajes que sufre el cambio. En una escena soberbia, su hijo la encuentra en la cocina, sin atreverse a salir para que su marido no vea el cambio. Se sientan en la mesa de la cocina y el chico la maquilla... de blanco y negro.

Algo más adelante en la cinta, Betty abandona a su esposo y va a ver al dueño de la heladería del pueblo, que en sus ratos libres se dedica a pintar cuadros de estilo impresionista. Es de noche. Y él le enseña sus cuadros, y láminas de libros con óleos clásicos. Betty emocionada con el color y la belleza, derrama una lágrima, y al limpiarla con el pañuelo, revela la tez rosada de su piel. Intenta huir, pero el hombre la retiene. Y moja el pañuelo en agua y dulcemente va quitando todo el maquillaje de su cara. Una de las escenas de amor más increíbles que he visto nunca.

Está claro. De este fin de semana no pasa que vuelvo a ver Pleasantville. O La Rosa Púrpura del Cairo, peliculón de Woody Allen, con temática similar, también con Jeff Daniels. Y con una frase genial de Mia Farrow, en su papel de Cecilia: "He conocido a un hombre maravilloso. Es de ficción, pero no se puede tener todo." ¿No os recuerda a ese final surrealista de Con faldas y a lo loco, con aquel "nadie es perfecto"?
 
maligno
Dentro, muy dentro, como un implante incrustado en mi interior. En mi cerebro, loop implacable, mi voluntad destruyó. Poquito a poco, tú te instalaste. ¿Eres huésped o invasor?

Tiñes mis días de fatal melancolía. Eres el hacha que astilló toda mi vida, premeditada y divina.

Cruel y despiadado, me has humillado. Y sin embargo aquí estoy, aunque me ultrajes, aunque me uses, siempre a tu disposición.

Se acabó. He llegado al limite de mi ciega devoción.

Quiero desintoxicarme. Cortar esta dependencia antes que sea tarde.

Maligno (Aterciopelados)
 
si yo tuviera una escoba...
La verdadera valentía de una persona está en llegar a casa con varias copas de más, de madrugada, a punto de salir el sol, ver a su pareja esperando en la puerta con una escoba en la mano y tener el coraje de preguntarle: “¿Vas a barrer o vas a volar?”

(enviado por una amiga de lo más cachonda)
 
a través del universo
Las palabras fluyen desde mí como una lluvia eterna en un vaso de papel. Se deslizan al pasar y se escurren a través del universo. Estanques de pena y mares de alegría se desvanecen en mi mente abierta, poseyéndome y acariciándome.

Imágenes de luces rotas bailan ante mí como un millón de ojos. Me llaman una y otra vez a través del universo. Los pensamientos serpentean como vientos impacientes dentro de un buzón. Se tambalean a ciegas mientras buscan su camino a través del universo.

Sonidos de risas y matices de tierra resuenan en mis oídos abiertos, incitándome e invitándome. Un amor inmortal y sin límites brilla a mi alrededor como un millón de soles que me llaman una y otra vez a través del universo.

mis ojos bailando en un millón de luces rotas
Jai guru deva om
Across the universe (Lennon/McCartney)
 
yo tengo un tapiz de áfrica...
los colores de áfrica

Este tapiz me acompaña desde hace años. Lo compré porque me enamoré de él, al verlo un día en una tienda de arte persa. Sin embargo, de persa tiene poco. Es un tapiz africano, procedente de Camerún. Me quedé fascinado con los colores y los motivos naturales, con su marco de un azul intenso. Me escalofrió al tocarlo y sentir la pintura pegada a la tela. Fue el testigo de mi dormitorio, y hoy presencia mi sofá. En su enormidad, llena toda la habitación.

Mucha gente me ha dicho que lo enmarque. Y no puedo. Me parece un ser salvaje que no debe estar tras un cristal. Lo dejo colgar con su borde irregular, con la tela deshilachada. Lo mantengo sólo por las esquinas superiores, para que lo mueva el viento que se cuela desde el balcón.

Este tapiz es mi animal de compañía.
 
Fermina Daza lloró
Lloró por primera vez desde la tarde del desastre, sin testigos, que era su único modo de llorar. Lloró por la muerte de su marido, por su soledad y su rabia, y cuando entró en el dormitorio vacío lloró por ella misma, porque muy pocas veces había dormido sola en esa cama desde que dejó de ser virgen. Todo lo que fue del esposo le atizaba el llanto: las pantuflas de borlas, la piyama debajo de la almohada, el espacio sin él en la luna del tocador, su olor personal en su propia piel. "La gente que uno quiere debería morirse con todas sus cosas".

El amor en tos tiempos del cólera (Gabriel García Márquez)
 
Yarince en un Delacroix
Una foto imposible de Yarince con un memorable cuadro de Eugene Delacroix. Cortesía de la fotografía digital y de un mundo inimaginable.

Lion Hunt, Musee d'Orsay
 
la mirada y la lágrima de Yarince
la lágrima como arte
 
nácar
el colgante de nácar

Nácar es una palabra que siempre me ha sonado bien. Es una de las capas que forman la concha de los moluscos. Un amigo me regaló el otro día el colgante de nácar de la foto. Artesanía pura. Me encantó. Hoy lo llevé puesto al trabajo y a la gente se le iba la vista al pecho. Me sentí tan mujer... ;-)

Hoy también me he llevado una mala sorpresa en el curro. Se avecina un mes de trabajo agotador, que empezará a contar a partir de la semana que viene, probablemente. No me asusta el trabajo duro, pero me dejará tiempo para bien poco. Lo que más me jode es que en el puente que hay en octubre vienen unos amigos de Madrid, a conocer la isla, y se van a quedar en casa. Los mismos amigos con los que fui este verano a Gran Canaria. Tendré que hacer malabarismos para poder atenderlos como se merecen. Pero me las arreglaré, porque burro cargado, busca camino.
 
arrorró
Mientras intentaba coger el sueño tumbado en mi edredón de plumas, entró una caracola en mi cuarto, nadando sobre las manos que quiero, y puso el arrorró del mar en mi oído.

(inspirado por una mirada oblícua de Berna, cerrando mis ojos de par en par)

Nota: arrorró es una canción de cuna.
 
la "mujer" del teniente francés
Sarah Woodruff

No puedes entenderlo porque no eres una mujer. No eres una mujer que ha nacido para ser la esposa de un granjero pero que ha sido educada para ser algo más. No naciste mujer con pasión por la belleza, la inteligencia y el conocimiento, pero cuya posición en el mundo la impide compartir esa pasión con otra persona. No te has pasado la vida viviendo en penurias. No estás condenado. No eres un paria. Me entregué al teniente francés para no volver a ser nunca la misma, para convertirme en la descastada que soy. Sabía que estaba dispuesto que nunca podría casarme con un igual. Por eso me casé con la vergüenza. Es la vergüenza la que me ha mantenido viva, el saber que en realidad no soy como el resto de las mujeres. Y que nunca tendré como ellas ni hijos, ni marido, ni los placeres del hogar. A veces me dan lástima. Yo tengo una libertad que ellas ignoran. No hay insulto ni culpa que pueda tocarme. Yo misma me he convertido en un ser inaceptable. No soy nada. Ya apenas soy humana. Soy la puta del teniente francés.

(La mujer del Teniente Francés, rodada por Karel Reisz sobre una novela de John Fowles)
 
rompe una ola desde el mar del recuerdo
Fue hace tres o cuatro años. Era mi cumpleaños, y una compañera de trabajo a la que adoro, con la que mantengo una complicidad especial, me vino con una bolsa. Era un regalo. Con las mejillas coloradas saqué un paquete envuelto en un papel de seda arrugado, de un color marino. Simplemente el envoltorio era exquisito, como la piel de un enorme caramelo. Lo abrí y encontré su manualidad. Sobre un pedazo rectangular de corcho había puesto el caparazón de un caracol de mar gris y blanco, con su costra llena de púas levantadas. A su lado, una concha plana, abierta como un abanico, de un color naranja pálido. Y desprendiéndose de su parte más extrovertida, cristales de colores redondeados, limados por las olas y el arrastre en la arena.

Yarince tumbado en la playa

Me quedé maravillado con el regalo, por el tiempo que había invertido, por la disposición de las piezas, por el detalle, por el recuerdo. No sabía qué decir, me parecía un obsequio tan personal.

‘Es precioso, mi niña’

‘Es que eres tú’, me dijo.

‘¿Yo? No te entiendo’

‘A ver, Yarince, es como yo te veo a ti. El papel azul es el agua del mar, bañando la playa y la arena, que es el corcho. Y en esa playa inmensa estás tú tumbado. Encerrado, como el caracol. Metido debajo de tu caparazón, lanzando púas para que nadie se te acerque. Pero algunas veces sales de tu encierro. Y te abres y despliegas tu sonrisa inmensa, como esa concha. Y es sólo entonces cuando se ven tus sentimientos, como piedras de mil colores, tu sensibilidad y tu ternura.’

Me quedé mudo y avergonzado, sin saber decir más que gracias y sonreírle.

‘Sonríe más a menudo’, me ordenó. ‘No tienes ni idea de lo mucho que brilla tu sonrisa.’

(Gracias, E.)
 
la síntesis del profeta
Vivid juntos, mas no demasiado juntos, porque habréis de morir separados.

(frase demoledora de Sulle en el foro de escritura creativa)
 
catástrofe natural
El día que te fuiste pasó un ciclón por mi cuarto. No lo anunciaron en el parte meteorológico, ni siquiera los vecinos se percataron de ese rastro desolado. Instaló su mirada de inmenso cíclope sobre mi alfombra y se alimentó de mi aire, sorbiéndolo de mis pulmones, para arremolinarse en las paredes y en los armarios, entre las sábanas y las persianas. Le dio la vuelta a los cuadros, desordenó los cajones, y lanzó la ropa hecha jirones por la ventana. Levantó el colchón y lo partió en dos, llenando de espuma naranja las mesas en las que siempre sería de noche. Deshojó los libros y repartió su otoño por las esquinas.

Nadie fue consciente de aquel siniestro. Ni las visitas de amor que se acostaban en el camastro hueco y dividido, elogiando entre humo de cigarros las traseras de los cuadros, leyendo un libro del que sólo quedaban las tapas. Y yo, sin aire, deambulando perdido por nuestro amor declarado zona catastrófica. Donde lo único que permanecía intacto era el arcón de roble a los pies de la cama, solemne, guardando las últimas sábanas que sudamos, las reliquias de tu ropa olvidada, y la nota amarilla que dejaste, con el conjuro que desató el vendaval.

Pensé que me habías reventado. Que me habías dejado hueco, en blanco. Las telas convertidas en esparto, tus madreselvas oliendo a agua.

Tú tampoco notaste nada el día que volviste. El día que apareciste en casa, abriendo con la llave que usabas a diario antes de que los goznes chirriaran y de que la cerradura se oxidara con los elementos. Y me cogiste de la mano y me llevaste al escenario de nuestra ternura a protagonizar un flashback a un día soleado, sin brumas ni lloviznas. Y extrajiste aire de mi boca y humedeciste mis labios desiertos.

La brisa me revolvió el pelo, presagiando el inicio de una tormenta. Quise hacer caso omiso de las señales del tiempo y volver a aquel pasado seguro, donde no existían los pronósticos de glaciación. Pero ante la certeza de que mi estancia no soportaría una nueva helada tuya, respiré el aire robado y sequé tu agua gélida posada en mi boca.

Me miraste con sorpresa y descubriste que soy inmune a una nueva catástrofe. Te miré con lástima y sentí que no podrás soportar el seísmo que en esta ocasión se librará en tu alma.
 
colibríes
nadie que ama muere jamás

Mariposas, caracoles y colibríes’, le dije. ‘La mariposa y el caracol tienen sentido, pero no sé por qué dibujó un colibrí’, me contestó.

‘Colibrí Yarince’, dice Gioconda Belli en la página que cierra el libro La Mujer Habitada. 'Igual que un colibrí', mi relato favorito de un libro de Ángeles Mastretta que me enamoró, "El cielo de los leones", y que leí antes de convertirme en ese Yarince reencarnado en un colibrí.

"No hay nunca que valga, y como decía tía Luisa, cielo hay para todos, hasta para los leones debe haber un cielo. Por eso nos atrapa la seducción. Porque, ¿qué es la bendita seducción, sino el sueño de que hay tal cosa como el cielo?"

"Arrebatada, repentina, inevitable, la felicidad cruza dejándonos el silencio como hacen los ángeles y las luciérnagas, igual que un colibrí o las hadas. No se busca la felicidad, se encuentra. Aparece cuando menos la esperábamos, y es huidiza, quebrantable, embaucadora. Como la luz de las mañanas, como el ruido del mar, como el amor desordenado, las hojas de los árboles o el azul de los volcanes."

colibrí yarince
 
razones
Bebe

Una de mis canciones favoritas del disco de Bebe. Por su voz, por su letra, por su ausencia de música. No comulgo mucho con su mensaje desesperado y dependiente pero... qué precioso queda, siempre que se quede en una canción y no en un corazón destrozado.

Te echo de menos, le digo al aire,
Te busco, te pienso, te siento,
Y siento que como tú no habrá nadie.
Y aquí te espero, con mi cajita de la vida,
Cansada, a oscuras, con miedo,
Y este frío nadie me lo quita.

Tengo razones para buscarte,
Tengo necesidad de verte,
De oírte, de hablarte.
Tengo razones para esperarte,
Porque no creo que haya en el mundo
Nadie más a quien ame.

Tengo razones, razones de sobra
Para pedirle al viento que vuelvas,
Aunque sea como una sombra.
Tengo razones para no quererte olvidar,
Porque el trocito de felicidad
Fuiste tú quien me lo dio a probar.

El aire huele a ti,
Mi casa se cae porque no estás aquí.
Mis sábanas, mi pelo, mi ropa,
Te buscan a ti.
Mis pies son como de cartón,
Que voy arrastrando por cada rincón.
Mi cama se hace fría y gigante,
En ella me pierdo yo.

Mi casa se vuelve a caer,
Mis flores se mueren de pena,
Mis lágrimas son charquitos que caen a mis pies,
Te mando besos de agua.

Te mando besos de agua
Para que bañen tu cuerpo y tu alma.
Te mando besos de agua
Para que curen tus heridas.
Te mando besos de agua,
De esos con los que tanto te reías.
 
el piano
su voz

"La voz que oyes no es mi voz física - es la voz de mi mente. No he hablado desde que tenía seis años. Nadie sabe por qué, ni siquiera yo. Mi padre dice que es un talento oscuro, y que el día en que se me meta en la cabeza dejar de respirar, será mi último día. Hoy me ha casado con un hombre al que aún no he conocido. Pronto mi hija y yo iremos a dar con él en su propio pais. Mi marido me escribe que mi mudez no le preocupa. Dice que "Dios ama a las criaturas simples, por qué no habría de hacerlo yo?" Sería bueno que tuviera la paciencia de Dios, porque el silencio nos acaba afectando a todos. Lo raro es que yo no me siento una mujer silenciosa. Y eso es gracias a mi piano. Lo echaré de menos durante el viaje...."

(El Piano, de Jane Campion)

El Piano, de Jane Campion
 
brindis
Brindo contigo por un mundo...

con más fiestas y menos duelos.
con más besos y menos bofetadas.
con más sexo y menos castidad.
con más risas y menos lágrimas.
con más música y menos silencio.
con más hechos y menos dichos.
con más poesía y menos discursos.
con más coraje y menos miedo.
con más caricias y menos golpes.
con más verdades y menos mentiras.
con más autoestima y menos soberbia.
con más belleza y menos espejos.
con más piel y menos ropa.
con más justicia y menos juicios.
con más riqueza y menos dinero.
con más ternura y menos maltrato.
con más sueños y menos pesadillas.
con más nosotros y menos yo.
con más libros y menos periódicos.
con más mujeres y menos hembras.
con más hombres y menos machos.
con más reparto y menos acopio.
con más lluvia y menos tormentas.
con más pueblos y menos fronteras.
con más flores y menos armas.
con más sabiduría y menos ignorancia.
con más libertad y menos cárcel.
con más derechos y menos discriminación.
con más vida y menos Beslán.
con más cercanía y menos ausencia.
con más sol y menos sequía.
con más salud y menos enfermedad.
con más trabajo y menos paro.
con más colores y menos grises.
con más pies y menos rodillas.
con más solidaridad y menos política.
con más respeto y menos desprecio.
con más paz y menos guerra.

Brindo mirándote a los ojos. Por un mundo con más gente como tú.
 
el profeta
Un hermosísimo texto sobre la pareja, extraído de El Profeta, de Kalil Gibrán:

Nacísteis juntos y juntos permaneceréis para siempre. Aunque las blancas alas de la muerte dispersen vuestros días.

Juntos estaréis en la memoria silenciosa de Dios. Mas dejad que en vuestra unión crezcan los espacios. Y dejad que los vientos del cielo dancen entre vosotros.

Amaos uno a otro, mas no hagáis del amor una prisión. Mejor es que sea un mar que se mezcla entre las orillas de vuestra alma.

Llenaos mutuamente las copas, pero no bebáis solo en una. Compartid vuestro pan, mas no comáis de la misma hogaza.

Cantad y bailad juntos, alegraos, pero que cada uno de vosotros conserve la soledad para retirarse a ella a veces.

Hasta las cuerdas del Laud están separadas, aunque vibren con la misma música.

Ofreced vuestro corazón, pero no que se adueñen de él. Porque sólo la mano de la Vida puede contener vuestros corazones.

Y permaneced juntos, mas no demasiado juntos: porque los pilares sostienen el templo, pero están separados. Y ni el roble ni el ciprés crecen el uno a la sombra del otro.
 
cumpleaños triste
la tarta

Hoy mi sobrino y ahijado cumplió cuatro años. Fue un cumpleaños triste, el primero que se pierde mi hermano. Mientras comíamos tuve que tragar saliva un par de veces, porque lo eché de menos de forma inusual. Me faltaban sus comentarios, y su voz. Había para comer carne con papilla, pero antes comimos unos gambones, su comida favorita. Siempre me han encantado, pero a partir de hoy, por alguna asociación inconsciente, los detesto. Hasta el olor me provoca. Comí dos o tres y no pude tragar más. A todos debía pasarnos algo parecido, porque sobraron muchos. Como dijo mi padre, sobraron porque no está Jose.

Respecto al finde, intenso. Todo él, por completo. Pero ayer las cosas se pusieron más fuertes, porque después de un año, me encontré a Mauro. El fantasma con mayúsculas.

Me he pasado la tarde oyendo música. Activamente. No la he puesto mientras leo, o escribo. La he puesto y me he sentado, con todos mis sentidos, escuchándola.
 
la pucha...
Me las prometía muy felices para este finde. Mañana iba a un concierto tour-de-force, con los secretos, la oreja y fangoria. Mi colega se había equivocado y no es mañana, sino dentro de dos semanas. Mi gozo en un pozo. Con lo ilusionado que estaba yo. Pero como ya le dije, me pusiste la miel en los labios y ahora me quitas el tarro, así que busca un buen sustituto del dulzón elemento.

Quizá ir a la Punta, a tomar tarta y café alemán, viendo en casa Melita el atardecer desde el acantilado. O beber una cerveza progre en la tronja. Ummm. Ya se me escurrirá algo...
 
gracias por leerme
Una canción de Silvio Rodríguez para Siloam.

¿A dónde van las palabras que no se quedaron?
¿A dónde van las miradas que un día partieron?
¿Acaso flotan eternas,
como prisioneras de un ventarrón?
¿O se acurrucan, entre las rendijas, buscando calor?
¿Acaso ruedan sobre los cristales,
cual gotas de lluvia que quieren pasar?
¿Acaso nunca vuelven a ser algo?
¿Acaso se van?
¿Y a dónde van?
¿A dónde van?

¿En qué estarán convertidos mis viejos zapatos?
¿A dónde fueron a dar tantas hojas de un árbol?
¿Por dónde están las angustias,
que desde tus ojos saltaron por mí?
¿A dónde fueron mis palabras sucias de sangre de abril?
¿A dónde van ahora mismo estos cuerpos,
que no puedo nunca dejar de alumbrar?
¿Acaso nunca vuelven a ser algo?
¿Acaso se van?
¿Y a dónde van?
¿A dónde van?

¿A dónde va lo común, lo de todos los días?
¿El descalzarse en la puerta, la mano amiga?
¿A dónde va la sorpresa, casi cotidiana del atardecer?
¿A dónde va el mantel de la mesa, el café de ayer?
¿A dónde van los pequeños terribles encantos que tiene el hogar?
¿Acaso nunca vuelven a ser algo?
¿Acaso se van?
¿Y a dónde van?
¿A dónde van?
 
un nuevo comienzo?
Yarince en el desierto

Estoy llegando al final de La Mujer Habitada. Probablemente lo acabe hoy, en la playa, mientras me tuesto con unos amigos. Me da un poco de miedo terminarlo. Hay libros especiales, como éste, que han marcado mi vida. No especialmente por lo que dicen, sino por el momento en que lo hacen. Me pasó con El Túnel, de Ernesto Sábato. Con la Oración por Owen Meany, de John Irving. Con El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez. Son libros burbuja, con un antes de leer su primera página, y un después de pasar la última. Como el arco invertido de un paréntesis, cerrando con su inicio un ciclo, y abriendo con su cierre un nuevo comienzo.

Y aquí se queda Yarince, esperando atento a las señales, mirando desde las dunas de un cuadro a un fin de semana, que marcará el principio de un rumbo desconocido. Haré el equipaje para esta nueva aventura. Deseadme buen viaje.

PS. Se acaba de caer de mi corcho La Dama de Shallot. Uno de mis cuadros preferidos, de mis poemas preferidos, de mis leyendas preferidas. Ha soltado amarras desde el tablón de mis recuerdos para lanzarse a la búsqueda de Lancelot. Quizá se ha acercado hasta mí, haciéndome un hueco en su barca, para que juntos naveguemos hasta Camelot.
 
mi agenda en logos
¿quieres ver mi agenda? ¿el consumismo