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Bitácora de secretos
Apuntes de lo que nunca se dice, mis historias escondidas
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Soy un alma fantasma que vaga por este weblog. Que cuenta lo que pocos saben, y lo que nadie sabe de mí. Regalando el yo más íntimo a desconocidos que no tendrán la oportunidad de conocerme.
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el príncipe de las mareas
Este cuento (no se me ocurre otra forma de llamarlo, está inspirado por Sonia, y un guiño que nos hicimos ayer en la lista de EC. La idea era dedicar un post pareado a la película El Príncipe de las Mareas. A mí se me ha ido la olla. Y con los nombres de los personajes, Tom Wingo y Susan Lowenstein, con las marismas y las mareas, divagué hasta encontrarme con esta historia. Sonia, va por ti.

PS. ya sabes que espero tu visita a mi isla.

las marismas

Cuentan las leyendas de las marismas que al principio de los tiempos no existían las mareas. Que el mar era un lago tranquilo y sin vaivenes, donde lo único que se movía eran las corrientes, donde las olas se formaban con el deambular de los bancos de peces. Cuentan también que existió un príncipe sin reino, un muchacho de agua llamado Tomás que se sentaba en las rocas cubiertas de musgo justo en el instante en que el mar centellea reflejos de naranja. El príncipe rubio lloraba diminutas caracolas mientras cumplía la condena impuesta por su madre Layla, la nereida de las escamas quisquilla, que consistía en vibrar las cuerdas de un violín de arena en el que interpretaba un réquiem por su hermano fallecido, el infante de las corrientes.

Un planeta en el cielo, repleto de mares secos, envidiaba la placidez y la humedad del planeta de las marismas. Lo único que calmaba su aridez eran las serenatas del muchacho con sus dedos de agua, que al rozar las cuerdas desprendían unas minúsculas gotas que se elevaban ingrávidas hasta depositar su lluvia en el lecho de los cráteres. Y cuando el príncipe se retiraba a descansar a la cueva de las anémonas, el astro desolado escurría su pena en el rocío que regresaba una vez más a las marismas.

Una tarde, mientras el príncipe afinaba las cuerdas de coral, una sirena lo llamó cantando desde el extremo de la marisma. Su madre le había advertido que no escuchara a Susana, porque su voz convertía en piedra a los príncipes de agua. Pero el muchacho ya no confiaba en los consejos de Layla, así que decidió ir en su busca, salpicando entre roca y roca. Cuando llegó a su altura, Susana simplemente se acercó a la fuente de su oído y comenzó a cantar la misa del infante de las corrientes. Cientos de ondas de agua surcaron la piel de Tomás, y de ellas comenzaron a brotar mil gotas que se mezclaban como lluvia con su violín, formando una pasta espesa. El príncipe recordó a su hermano, y cada recuerdo olvidado que recuperaba se convertía en un guijarro que nacía en sus tentáculos de agua y se encajaba en el traste de aquel instrumento, y se alineaban en sus aristas. Al terminar su trance, el violín no era ya una frágil composición de arena, sino una sólida filigrana de la geografía del mar. Tomás intentó cogerlo, pero descubrió que sus extremidades líquidas no podían sostener tanto peso.

La sirena miró al muchacho desde un súbito silencio. Aquel al que había observado tantas veces, maniatado a un violín y a la rigidez del dolor que había forjado las cuentas que ella lucía en un collar de caracolas. El lejano y melancólico príncipe del que se había enamorado a distancia, al que acababa de librar de su condena. Susana lo tomó de la mano y lo guió hasta la playa del arco iris, donde bailaron como sólo saben hacerlo los peces en el agua, con la música orquestada en los vaivenes de las nubes de camarones. Y una vez terminada la pieza, el collar de lágrimas de nácar se deshizo en granos de sal desde el cuello de la sirena y se perdieron en el cuerpo incoloro de Tomás.

El astro seco, absorto desde lo alto en aquel espectáculo, sin aire ante la pérdida irreparable de la música que lo regaba, aspiró tanto que toda el agua se elevó en una columna hasta bañar de mares sus superficies, mientras el planeta de las marismas se llenaba del desierto de sus océanos. El planeta gris se eclipsó de agua, y con ella absorbió a su vez a Tomás, desterrado para siempre de su sirena, que yacía varada sobre un centenar de estrellas de mar.

Cuentan que el príncipe construyó un nuevo violín allá arriba, con la tierra del planeta gris, que tras su inundación se llamaba azul. Y que sus dedos no paran de rasgar las cuerdas del instrumento, ni de día ni de noche. Que su adagio provoca subidas y bajadas en la superficie del planeta de agua, por lo que sus habitantes lo han bautizado como el príncipe de las mareas, gobernadas por las notas de su música. Que las gotas que se desprenden de sus manos se precipitan de nuevo a su casa, a la sima donde reposa su sirena.

Dicen incluso que llegará el día en que el muchacho toque con tanta fuerza que dejarán de existir las mareas. Que desde las yemas de sus dedos se escurrirá en venganza toda el agua del planeta para retornar al hogar del príncipe, a su mar de la tranquilidad. Dicen que algún día no muy lejano, la luna volverá a ser el planeta de las marismas.
 
albergues
el valle de los blogs

Quería comentaros un par de cosas, pero no me gusta hacerlo directamente, así que os contaré una historia en la que sois los huéspedes de mi casa rural y las paradas de mi viaje. Va por vosotros.

Abrí la casa hace unos seis meses. No me lo pensé mucho, fue algo casual y surgió de forma anecdótica un día tras una conversación con un amigo, que me comentó que el turismo rural estaba muy en boga. Pensé que no tenía idea alguna de cómo llevar una casa de esas características, pero que sería un buen anfitrión. Que tendría historias que contar durante las cenas alrededor de la mesa de roble, y que podría compartir inquietudes durante el café junto a la chimenea. Así que me puse manos a la obra.

No hice publicidad de la casa. Ni siquiera entre mis amistades. Mi dedicación al sector servicios era una doble vida que desconocían todos. Decidí que los pasos de los caminantes llevaran a ella. Por eso, en un principio, cené solo, y contaba mis cuentos en voz alta a las llamas del hogar.

Poco a poco empezaron a llegar los huéspedes. Algunos sólo se quedaron a pasar la noche. Otros vienen de cuando en cuando, a quedarse una temporada o simplemente a hacerme una visita. He hecho buenos amigos regentando esta casa. Ha sido y continúa siendo una experiencia hermosa.

Me dejan muchas notas en el buzón de sugerencias. Todas las noches lo abro y me siento en mi amigo el sillón de remiendos a leerlas. Quiero contestar a todas y cada una de las cartas, agradecerlas, decir lo que significan para mí, pero no suelo hacerlo. ¿Dónde dejaría mi agradecimiento? ¿En el mismo buzón? ¿Cómo las leerían? Tendría que abrir más casas rurales para poder dar cabida a todo lo que me inspiran. Quisiera que mis huéspedes supieran que NUNCA caen en saco roto, porque mi corazón y mi alma tienen fondo, y gracias a ellos es cada vez más profundo.

Sí he adquirido una costumbre desde entonces que ya se me hace indispensable. Las mañanas y las tardes las empiezo haciendo un recorrido por las casas que pueblan mi zona. Y no es fácil, os lo aseguro, porque este valle es grande. Me ayuda una brújula que descubrí en un anuncio en la casa de Sefarad, y que me ahorra tiempo indicándome la ruta a seguir, evitando pasarme por los albergues en los que la recepción aún no ha abierto. A propósito, os la recomiendo a los peregrinos como yo. Disfruto tanto de mis paseos diarios. Me siento con los otros anfitriones y tomamos té de menta con piñones, y me cuentan sus historias, y lo que les ha pasado, lo que sienten. Nos reímos, a veces hasta acabamos llorando, y siempre me voy más lleno y sabio de lo que llegué. Y no hay vez que no aproveche para dejar mis notas en sus buzones de sugerencias, que sé que leerán en un mueble también remendado.

El itinerario por las diversas posadas me otorga siempre un espectáculo sorprendente. Siempre hay algo nuevo en la rutina de mi deambular por las veredas, y siempre experimento la excitación de hacerlo por primera vez. Me quedo embobado con el vuelo del albatros que cruza el cielo del valle cuando van a ponerse las tardes, justo antes de que el camaleón que vive en las hojarascas de las adormideras huya dibujando en su piel los interrogantes de la noche. Los miro desde la atalaya que el arrollo bordea con sus trinos de agua, y me inclino para calmar la sed. Me gusta emplear un rato en acercarme a los bordes de la comarca, a meditar en el bosque callado de las jacarandás, disfrutando de todas las maravillas que me encuentro en el camino. Una vez allí me siento bajo árboles mojados y cierro los ojos para impregnarme de la tierra húmeda, antes de atravesar la fronda de pinos que oculta el altar escondido de Saf, donde según cuentan los ancianos del pueblo iban los corazones vagabundos que cruzaban estas tierras para entonar cánticos a sus dioses portugueses.

A veces se me hace de noche en ese claro. En una clarividencia parecida a la de la duermevela, me parece ver a través de las ranuras de mis ojos cansados a los satélites que brillan como estrellas entre las ramas más altas del bosque. Y siento como si emanaran de mí un millón de recuerdos y sensaciones. Me miro hacia dentro y muevo los ojos acompasado con los latidos de mi corazón, él y yo, al fin solos. Y lo observo atentamente, y le reprocho con lástima “nunca estás cuando te busco.” Es entonces cuando vuelvo a casa y le cuento a mis huéspedes nuevas historias, las que hablé con mi corazón.

Siempre que comienzo a recorrer el camino me pregunto si ese día descubriré un sitio nuevo y especial, si añadiré una parada a mi ruta sin alejarme demasiado de mi destino. Un albergue que abre sus puertas o uno antiguo que me pasó desapercibido, un rincón de amapolas silvestres, o un nuevo amigo.

No puedo decir que mi vida sea mejor desde que abrí al público mi pequeño refugio rural. Pero sí se que está más llena. Que se me antoja casi imposible pensar cómo podía vivir sin él. Sin la rutina de preparar la comida para mis invitados, sin esas noches hasta las tantas, sin contar cuentos y recuerdos, sin pintar los cuadros que adornan mis paredes, sin mis paseos.

Espero que mi albergue siga abierto durante mucho tiempo, porque a su manera se ha convertido en la voz de mi alma, y tiene buhardillas donde me acurruco cuando quiero estar solo, o cuando me siento sin ganas de nada. Y espero también seguir teniendo huéspedes como vosotros, que venís a darle a los momentos oscuros siete colores brillantes y a los demasiado soleados unas oportunas gafas de sol.

mi mirada de los momentos oscuros
Mi mirada, que se viste igual de oscuridad que de telares de luz.

PS. Y ahora que caigo, debo avisar a mis huéspedes que voy a abrir una nueva casa rural. Pero distinta. Un retiro, una guarida. Un castillo que en vez de foso tiene algodón de azúcar, y en vez de almenas árboles milenarios con casas de madera y nidos para las aves migratorias. Y eso sí, una inmensa biblioteca.
 
pandemia
manos y lazos

Coinciden el día mundial del Sida (el 1 de diciembre), la publicación durante esta semana de las nuevas cifras de la “pandemia” (que acabo de ver en el diccionario que es una enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región.), y es inevitable que mi cabeza recuerde cosas.

Nota al margen: las dimensiones de la propagación del virus, sobre todo en los países menos favorecidos, es aterradora. Algún día, en algún otro post, me gustaría hablar de eso, porque no me gusta mirar sólo mi ombligo, sino el de los demás. Quizá lo haga en un relato.

Recuerdo la primera vez que me hice las pruebas del vih. Fue en el año 2001, después de un desliz. Y de mucha desinformación. Fue tremendo descubrir que pensaba que lo sabía todo y no sabía nada. Me indigné conmigo mismo y con unas campañas que parecían no decir lo que tenían que decir, me indigné con las presunciones que corren respecto al vih. Fue curioso encontrar meses más tarde una campaña americana que se basa precisamente en esas afirmaciones que damos por hecho (y que me permito reproducir a lo largo de este post, junto con algunas direcciones de internet con información, la mejor de las medicinas.)

positivo y negativo
"Me lo diría si fuera negativo." "Me lo diría si fuera positivo." "¿Cómo sabes lo que sabes?"

Me hice las pruebas en septiembre, en un Centro Dermatológico de la Seguridad Social de mi ciudad. Como en tantas ocasiones, me acompañó mi amigo Carlos, una vez más ahí, en los momentos importantes. Él también iba a hacerse la prueba, porque también se había ‘deslizado’ unas semanas después que yo (al final no pudo hacérselas, porque resultó estar aún en el periodo ventana).

FASE: Fundación Anti-SIDA España

Los meses que esperé para hacerme la prueba fueron algo dramático. Me hicieron enfermar de sida. No físicamente, pero sí mentalmente. Me sentí infectado y cuantificando los cambios que daría mi vida. Me informé muchísimo, y por eso digo que enfermé, porque atisbé lo que era vivir con el vih.

Fundación Anti-SIDA de San Francisco

El momento de hacerme la prueba fue a su vez duro, pero por otra razón. La entrevista. Una interina me hizo una entrevista anónima, era requisito indispensable. Te preguntan varias cosas sobre enfermedades de transmisión sexual, y te dan opciones para contestar. Luego te informan de qué ideas tenías equivocadas y cuales no. Me parece fantástico. Pero luego venía un cuestionario más personal, estadístico. ‘Orientación sexual’, me preguntó. Y fue la primera vez que en voz alta reconocí ante un desconocido que era gay. Mucha gente ya lo sabía, obviamente, pero era la primera vez que lo ‘declaraba’. No olvidaré nunca el instante, ni cómo estaba sentado, ni cómo estaba la asistente, ni la luz que se colaba por la ventana de mi izquierda. Después, preguntas un tanto embarazosas, sobre todo de mis hábitos sexuales.

sexo sin protección
"Los activos que practican sexo sin protección deben ser negativos." "¿Cómo sabes lo que sabes?"

Me sacaron la sangre y salí de allí diferente. Orgulloso de mí. Si aquello fuera una película, habría sonado música de Miklos Rosza mientras bajaba las escaleras. Había dado un gran paso, y miles de malos momentos quedaban atrás. Los años de dudas, de incomprensiones, de rechazos propios, de negaciones. Yarince era más que nunca un guerrero, libre.

Los resultados tardaban una semana. Y en ese ínterin, conocí a alguien de quien me enamoré perdidamente en unos días, quizá en unas horas. Fui a buscar con él los resultados un miércoles por la mañana, una hora de antes de irme al muelle a embarcarme con unos amigos en un velero, en una travesía de cinco días. Los resultados fueron negativos, es decir, estaba limpio (aunque detesto esa palabra referida a la presencia del virus.)

Me hice la prueba una vez más, un par de años más tarde, cuando acabó mi historia con Axel. Habíamos tenido relaciones sin protección, ya que había sido una relación estable y con pronósticos de largo plazo (pronósticos que se estamparon en unos meses), y es una costumbre sana chequearse en esos casos. Es curioso, esa vez fui con mi pareja por aquel entonces, que estaba en tratamiento en ese mismo centro por haber sido contagiado de una enfermedad venérea (que no, no era el virus del sida).

Parar el SIDA

Las curiosidades no terminan ahí. Hasta ese momento había conocido ‘de lejos’ a gente seropositiva. Siempre hay alguna portera que te dice “mira, ese de ahí tiene el sida, lo conozco de cuando retira la medicación en el hospital.” O “fue novio de un amigo mío, y no se lo dijo hasta pasados unos meses.” Ese tipo de comentarios desafortunados que provoca el desconocimiento. Hasta ese momento conocía ‘gente’ que había muerto de sida, el hijo de la prima de mi tía segunda y cosas así. Después he ido conociendo historias similares, pero ya de primera mano.

Aquel chico del que me enamoré perdidamente era seropositivo. Lo supe a los meses de conocerlo, él mismo me lo dijo. Fue un taponazo, porque estaba loco por él, y en un segundo todo se tambaleó. No os cuento su historia ni los detalles porque son de él, y no tengo derecho, pero son escalofriantes. Cómo se contagió, cómo era su vida con el virus, cómo lo ocultaba. Es de una complejidad que llena de cicatrices la vida de cualquiera, en situaciones que ni siquiera nos imaginamos.

Aids.org

Mi conclusión me sorprendió incluso a mí mismo. Me dio igual. Estaba dispuesto a tener una relación con él, porque lo quería, y la presencia del veneno en su sangre era una barrera pequeña para mí. Aprenderíamos a vivir con él. Nos las arreglaríamos. Hasta la posibilidad de contagiarme me parecía un precio pequeño con tal de poder querernos. Ahora, mirándolo con la perspectiva del tiempo, me parece una locura, pero también algo hermoso.

Sigo pensando lo mismo. Si me enamorara de un hombre seropositivo, no me importaría arriesgar. Apostar por el presente y no pensar en el dolor del futuro, ni en la ausencia, ni en la posibilidad de infectarme. Probablemente porque estos años me han confirmado que el Amor en el mundo que me ha tocado vivir es bastante menos frecuente que el vih. Y si tienen que venir juntos, bienvenidos sean.

inmunidad
"Todavía no lo tengo, debo ser inmune." "¿Cómo sabes lo que sabes?"

Nota: ni que decir tiene que este post no es una apología del sexo sin protección. Sexo seguro siempre. Hay que frenar el avance del vih, de la sífilis y de todas las enfermedades de transmisión sexual. Pero sí es una apología de las personas. El enemigo es la enfermedad, y no los enfermos.
 
hoy manifa
calle abajo

Ayer me fui con unos amigos a celebrar el veinte aniversario de la primera discoteca de ambiente que abrió en la isla, cuando yo era un chiquillo, en una zona turística del norte.

Recordé la primera vez que fui, tendría yo 16 o 17 años. Fui con un compañero del instituto y su novia Susi. Había venido un amigo de Susi de Venezuela, un modelo. Recuerdo que era majo, muy guapo y muy amanerado. Yo aún seguía en el armario. Antes de ir a esta discoteca, entramos a un bar también de ambiente que había al lado. Yo no sabía nada, así que podéis imaginaros. Un bar lleno de hombres, e una media de edad de 55 años. Fotos porno por todos lados. Miradas, roces. Oscuridad y olor a sotal. Fue algo tan traumático, por lo inesperado, por la inexperiencia, que tardé quince años en volver a entrar a un local de ambiente.

Pero a lo que íbamos, hoy me levanté con un cansancio tremendo, porque me acosté a las tantas, lo pasamos de vicio en el aniversario, aunque yo tuve un ratillo de bajona que acabó quitándoseme. Pero no podía faltar hoy a la manifa, que salía a las doce del mediodía de una plaza muy cerca de mi casa.

El objeto, protestar por la cantidad de infraestructuras que se están montando en la isla, pero principalmente por el proyecto de un nuevo puerto de mercancías en el sur de la isla, en unas costas preciosas y de las pocas que aún quedan vírgenes, lindando con parajes naturales. Se nos están cargando la isla, asfaltándola. Somos tantos que acabará hundiéndose.

calle arriba

Fui, como no, con Carlos, su novio, y otros amigos. Recordé cuando fui con Carlos a las manifestaciones del 11-M, del No a la guerra, la del asesinato de Miguel Ángel Blanco, la del tendido eléctrico a través del Parque Nacional y tantas otras.

Os parecerá ridículo, pero echo de menos no tener al lado a una pareja en estas reivindicaciones. Para mí los principios son muy importantes, y luchar juntos por algo en lo que crees es un vínculo tan fuerte como otros. Principios, es una hermosa palabra, en sus dos acepciones. Recuerdo que en la manifestación del No a la guerra yo estaba saliendo con Axel. Le dije de ir, y me dijo que prefería quedarse durmiendo, que a él la guerra en Irak se la sudaba. Él aún no sabe lo que me dolió su ausencia, que no estuviera conmigo en algo tan importante. Y sobre todo, que a él se la soplara un conflicto armado.

Yarince y Mario

Las reivindicaciones pacíficas me reconcilian con la humanidad. El nexo que se crea, la complicidad. Las chácaras y los tambores, para que nos oigan. La fuerza de miles de voces que gritan lo mismo. Algún día tendrán que hacernos caso. No es sólo el derecho al pataleo, es la necesidad de decir. Sentir que en esta canica que es el planeta, nuestra voz se oye. Más allá.

Por un futuro de aguas cristalinas y menos autopistas. Por más sanidad y menos planes urban. Por un futuro solidario y centrado en las personas.

Yarince sonríe fuera de foto
 
stigmata
corceles a la luz de la luna

Hace un par de noches me la pasé montando muebles para mi casa. Varias estanterías y una mesa donde poder escribir en papel, y no en binario. Estoy redistribuyendo la casa. Lo necesita. Es hora de poner las cosas en su sitio, y no sólo en el salón.

Ayer vino Carlos a cenar y estuvimos moviendo más cosas. Me gustan los consejos que me da, se nota que trabaja creando belleza y armonía. Entre su aportación y la mía, mi piso ha quedado de lo más acogedor. Y lo más importante, de lo más yo. Se nota que es mi casa en cada esquina, en la disposición de los libros, en los cuadros, en los cojines y las mantas. Luz indirecta, siempre, junto a las varitas de incienso y el rincón de las velas. Creo que he dado en el clavo, ya la veréis.

Pues el miércoles por la noche, destornillador en mano, me puse a armar los muebles. No fue fácil, porque los tornillos no tenían guía en la madera, y tuve que sacar fuerzas de donde pude para terminar. Pegaba las planchas de madera contra la pared y giraba el destornillador empujándolo con la palma de la mano como si quisiera atravesarlas y matarlas. El resultado es que hoy tengo estigmas.

La palma de mi mano derecha ostenta en su centro una llaga escarlata, como si yo mismo fuera un Cristo al que han atravesado con clavos. Sin embargo, no ha sa ngrado. A lo mejor es sólo la piel recordando mi crucifixión. El dolor del metal abriéndose paso por la carne a golpes de martillo.

Ayer, tras el trajín de cambiar la casa, una cena de hojaldre y una charla en el sofá, Carlos se fue a su casa. Yo recordé que tenía que subir a la azotea, a recoger la ropa tendida no fuera que lloviera. Era tarde, casi la una de la mañana, pero preferí no demorarlo hasta hoy.

Subí casi desnudo, sólo con un pantalón corto, ya que a esa hora era improbable toparme con algún vecino. Cogí las llaves y la cesta de la ropa, la bolsa de las pinzas, y me metí en el ascensor. Al llegar a la puerta de la azotea me encontré la puerta sin el cerrojo echado. Me extrañó, es la primera vez. Y al abrirla pensé que también se habían dejado encendida la luz. Accioné el interruptor y la terraza se iluminó un poco más. ‘Y de dónde sale esta luz?’, pensé. Volví a apagarla y la azotea se quedó en blanco y negro. Parecía que Rita Hayworth o Humprey Bogart saldrían de un momento a otro de detrás de los bidones de agua.

Miré al cielo y se aclararon las dudas. Luna llena. Da igual las veces que observe el espectáculo que pinta la luz de la luna, siempre me sorprende. Las sombras, como si hiciera un sol de justicia, pero del color de la plata. Mi ropa de colores allí tendida estaba tintada de una gama de grises. Había sábanas, pero nadie para ayudarme a doblarlas. No habría vals esta noche.

Recogí la ropa y dejé la cesta en una esquina. Me senté en mitad de la azotea a mirar un rato el satélite. Pensé que la luna es sincera, asequible, que te mira a la cara. Que es una amante que te deja mirarla a los ojos, no como el Sol, que te obliga a apartar la vista. Cuando no quiere que la veas, simplemente se da la vuelta. Es un astro leal. No, no tiene luz propia, es sólo un reflejo. Pero qué más da. Hay que tener una superficie muy pulida para dejar irradiar la luz. Hay que ser simple, como los anillos de Neruda. Quizá prefiero ese resplandor a las llamas del sol, sofocantes pero avergonzadas de su belleza.

La luna. Me daría para llenar diez blogs. Mi compañera, mi observadora, mi diosa. Mi agujero en el firmamento, dejándome ver la luz que se esconde detrás del telón celeste. Igual me pone romántico, que melancólico, que me alivia la tristeza. En cualquier caso, con lunas llenas no me siento solo. Y cuando la pobre tiene que ausentarme, me deja una cohorte de estrellas para que me entretengan. Las noches entre cuatro paredes pueden ser deprimentes, al igual que en las calles llenas de luces. Pero a cielo abierto... ahí nunca estás solo.

Y con todos esos pensamientos en la cabeza, me empezó a picar la mano. Me rasqué y me dolió. Miré hacia abajo y me mostré las palmas. Y en la derecha, negro como el alquitrán, mi estigma. Miré alrededor, a las sombras de las líneas de tender, como ramas perfectas en un bosque de troncos de acero. Las enormes hojas de tela se mecían en la brisa de la noche. A lo lejos, el barrio del bailadero se perfilaba en la montaña como un belén de llamas parpadeantes. El resto era un cielo atisbado en un bosque de ropa. Y yo, decolorado, sentado en medio de la tierra de mosaico, medio desnudo y azotado por el frío, incorporado en mis rodillas mirándome las palmas de las manos.

Quién sabe. Quizá brilló también la luna llena en el huerto de Getsemaní.

mi estigma
 
la sonrisa de leonardo es una rosa cansada
boceto de la batalla de anghiari, de Leonardo da Vinci

Soportando el peso de una sola columna y sin embargo
Aplastado por el cielo gris e imperceptible de Florencia
Observando una paloma una gota de luz en la espesura
La sombra de Brunelleschi sobre la mesa vacía
Pero encerrado para siempre en un huevo de agua y tierra
Como el pincel de Piero como la espuma
Como la suavidad el rumor de la sangre entre los pliegues de la Madonna
Pero buscando una apertura un intersticio celeste entre las nubes
Imaginando un objeto imposible
Una máscara de papel quemado al voltear una esquina
Como si el huracán viajara sobre rieles de diamante
Diciendo por ejemplo hoy está cerrado
El cafetín de al lado y la mantequilla
Apenas basta para seguir viviendo y alcanzar la salida
Girando que estoy triste que estoy triste
Insultando el mapa mundo la cúpula sublime
Cuando la verdad no deseo nada no me importa nada
Sino fumar tranquilamente al borde de la cama
Como cuando era niño y tomaba el desayuno mirando hacia delante
Mientras mi corazón que tal imbécil mi corazón
Crece y crece como un tumor de terciopelo
Pensando qué jodido el cielo qué mierda la vida
Las nubes grises los excrementos la basura
Y llorando amargamente al pie del Arno hasta caer rendido
Como Petrarca o como Dante sin volver a ver tu ombligo
Perro arrastrando entre la gente una túnica encendida
Escribiendo inútilmente que te adoro en la pared de enfrente
Dibujando el mundo entero en el espejo del barbero
Delante de tus ojos abiertos y sin embargo cubiertos
Por filamentos de algodón vespertino
Que mis manos ni mis lágrimas logran disipar
Pero sin una taza de café caliente
Ni un cigarrillo ni una estrella en el bolsillo
Y ningunas ganas de seguir mirando hacia adelante
Entrando y saliendo del mismo cine tibio como vientre de elefante
Derramando rabia y silencio sobre una esfera amarilla
Encima de cualquier objeto rosado y palpitante
Domando la perspectiva el torrente de la vida con un sola mirada
Pidiendo auxilio balbuceando implorando
Como caballo que naufraga bajo la cama revuelta
Como si tu cuerpo fuera sólo una palabra
En un poema que no comienza y no acaba
Como si no bastaran un biberón y un esqueleto
Para seguir viviendo entre líneas y entre líneas
Decirte nuevamente que te adoro que te adoro que te adoro
Que tu corazón y tu sexo son la misma cosa con sabor a paraíso
Viendo crecer la cebolla la desesperación la lujuria
El círculo de Minos en la muchedumbre y en la mano
La confusión que reina entre los hombres como un encaje ensangrentado
El mito del progreso más infame y más antiguo que la muerte
Siguiendo un hilo de saliva hasta el final del laberinto
Un saxofón de carne y hueso cuyo sonido envejece
Mientras el sol declina y la electrónica comienza
Su danza miserable alrededor de mi cabeza
Mirando finalmente el mismo cielo azul deshabitado
Y pensando que estoy loco que jamás podré alcanzarte
Que después de tanto esfuerzo tanta batalla perdida
No sería extraño que en lugar de tu Belleza
Encontrara sobre la almohada un soldado que agoniza
Intestinos y flores vivas bajo los blue-jeans raídos
Los cabellos en el suelo la pupila entre las nubes
Pero sin esperanza alguna acariciando la inmundicia
Un último canto a la materia a la divina Energía
Antes de convertirlos nuevamente en una máquina inservible
La cabeza reclinada contra un muro de ceniza
Pensando desgraciados mi cerebro es de oro puro
Mi corazón de terciopelo mi sexo de cristal
Dispuesto a morir por una rosa pero en un campo minado
Con ametralladoras y cañones de verdad
Contra la estupidez contra la tristeza
Pero sin esperanza alguna casi sin pestañear
Ni abrir la puerta del baño para no ver mi futuro
La tapa de water-closet el cepillo de dientes la pomada
Y recordar que hoy es lunes y que el amor no es nada.

Jorge Eduardo Eielson

cortesía de Patricia
 
ave
las gradas vacías de tu coliseo

Me entreno en la escalada de tu cuerpo para coronarte la boca con laureles.
Intento batir mis marcas y entrar victorioso en la meta de tus brazos.
Corredor de fondo de tu devoción, aspirante a tu capricho.
Saltando los obstáculos de tus cruces,
ensartando con mi jabalina tus fieras sanguinarias.

Tú, trofeo en tribuna del torneo por la soberanía de tu coliseo.
Yo, ruiseñor cubierto en la sangre de tu justa, esperando de tus labios la gloria.
La salvación de la ola de pulgares que baña las costas de mi infierno.

¿Y qué me das tú a cambio?
Voces.

Ave, amor, el que muere por ti te saluda.
 
25 de noviembre
Scarlet Dreams, de Clara Lindstedt

No quiero pensar en el de hoy como un día triste, sino como los cimientos de un futuro donde no haya violencia que combatir, ni hagan falta días para recordarlo.

Por la mujer y por la fragilidad de las caricias.
 
mariposas
metamorfosis

"La felicidad es una mariposa que, si la persigues, está justo más allá de tu alcance; sin embargo, si te sentaras en silencio, podría posarse sobre ti" (Nathaniel Hawthorne)

Mi prima me acaba de mandar esta frase en un correo. Llevo semanas buscando algo que me permitiera postear la foto que encabeza éste, tan cautivadora. Y cuando desistí de estrujarme los sesos buscando ese algo, me llegó el correo y la excusa perfecta.

La cita es sugerente, no lo dudo. Pero hace despertar una de mis contradicciones más desesperantes. Creo de veras que las cosas se encuentran, no se buscan. Que siguen su curso y fluyen hasta ti. Pero al mismo tiempo me molesta esa pasividad, ese conformismo de “si tiene que pasar, pasará.” Vale, pero si ponemos algo de nuestra parte, ayudaremos. La constancia y el tesón son virtudes que te ayudan a conseguir aquello por lo que luchas, y tengo cientos de ejemplos al respecto. No te caerá el carné de conducir en el regazo si antes no vas a la autoescuela y te examinas.

¿Y si la felicidad no es una mariposa, sino una flor? ¿Y si es algo que tienes que sembrar, cuidar, abonar, regar, poner al sol? ¿Que si nos sentamos a esperar, de la tierra sólo saldrán malas hierbas y ortigas? ¿Y si la felicidad no viene ni se va, no nace ni se muere, sino simplemente está o no está? ¿Y si simplemente es?

Así que me pongo a pensar las veces que me he sentido feliz. Los instantes. Y la mayoría de las veces ha sido cuando me he abierto a las posibilidades y me he entregado de corazón. Cuando no he analizado los peros, los contras, cuando he dejado fluir. Porque lo que sí es cierto es que muchas veces pensamos que nos hará felices algo o alguien que no lo hará. Yo me veo en el futuro, y me veo feliz. No sé si tendré casa propia, si habré escrito un libro, habré plantado un árbol. Ni idea. No me dibujo en unos años ni solo ni con alguien. Ese alguien, de haberlo, puede ser un hombre o una mujer, guapa o feo, joven o vieja, española o extranjero. Me da igual, mientras yo sea feliz. No sé lo que me dará la felicidad, o muchos instantes repletos de ella, pero sea lo que sea, es lo que busco. Es con lo que sintonizo, porque no sé lo que es. No lo baso en una pareja, porque he sido muy infeliz en algunas de mis relaciones, y muy feliz en algunas de mis soledades.

En el fondo pienso que, si la vida quiere, me quedan muchos años. Y el concepto de la felicidad irá cambiando. Y puede que sean varias personas las que, de forma simultánea o en sucesión, me den esa felicidad. O varias cosas. O varios sentimientos.

Conclusión... A vivir. A fondo, arriesgando, apostando, probando, intentando. Más que esperar a que una mariposa se pose en mi mano, prefiero convertirme en una. Radiante, llena de colores y de arenas mágicas que me permitan volar. Quizá eso sea la felicidad, las alas que nos convierten a todos, orugas, en brillantes mariposas. Quizá la felicidad es posarse en la serenidad de alguien que no te estruje entre sus manos. Pero para eso, primero, hay que saber volar. Saltar al vacío.

O que alguien nos empuje.
 
exorcismo iii
la oscuridad del fondo...

Esperé tanto a que te fueras.
agazapado, expectante.
Y cuando perdí tu olor y tu sonido
salí de mi pozo.

Pero a veces me hundo en tu recuerdo
y echo de menos
la oscuridad de su fondo.
Su paz.

Y me desespero por volver,
por retornar a sus negras fauces.
A descomprimirme de ti,
a amortiguar tu golpe.

Allí dentro no estás tú.

Allí dentro no hay dolor.
 
que salgan los clowns
pagliaci...

Stephen Sondheim es un compositor americano dedicado principalmente a los musicales. Escribió una tristírima canción llamada Send in the clowns, que han cantado grandes como Sinatra, Streisand y otros mil más. Es una canción con historia, de esas que te llevan al borde de las lágrimas. Nacha Guevara hizo una versión en español, manteniendo bastante el sentido del original. Sin música la letra se lee rara, pero le daré una oportunidad en mi blog, ya que la canción me fascina.

Cuando me harté de tanto fingir
supe que sólo a tu lado podría ser feliz.
Mis palabras de amor para ti con cuidado ensayé,
a tu lado corrí y no te encontré.

Qué broma tan cruel, qué irónico error.
Quise cambiar de papel y no hallé mi actor.
Que vengan los clowns.
Que salgan los clowns.
Su turno llegó.

Qué amargo final el de esta función.
Hice mi entrada triunfal después del telón.
Que vengan los clowns.
¿Por qué no entra un clown?
Un clown, por favor.

¡Bravo por el clown!
¡Abran paso al clown!
¡Aplaudan al clown!

El clown soy yo.
 
rapsodia
Yarince completamente desnudo

Ya no sé qué hacer. Busco el tiempo de debajo de las piedras para escribir. Pierdo sueño, robo minutos a cualquier actividad para escribir. Tocar el teclado es como acariciar a un amante, y la pantalla se me aparece como una invitación a un mundo prohibido. Escribo con la misma pasión con la que juego a perderme en los cuerpos que quiero. Se está convirtiendo no en un sustituto, pero sí en una excitación compañera del sexo. No sé si este escribir desbocado me lleva a emular a un Bukowski disfrazado de Julio, o a dónde puñetas me estoy dirigiendo. Lo que sé es que escupo tantas palabras que se acumulan en los buzones de mi blog, en la lista de escritura, y no tienen tiempo de salir. Las guardo y pienso, mañana descanso y mando algo atrasado, pero no, llega mañana y no descanso. Sigo escribiendo. Mis dedos necesitan tocar letras para sentirse vivos. Hay aluviones de mensajes que se quedan viejos porque no me da tiempo a mandarlos. Tengo el ordenador lleno de pellejos.

¿Pero cómo no sentarme a escribir? ¿Cómo evitar venirme aquí, a este procesador frío y tajante, a intentar humanizarlo? ¿Cómo controlo este deseo desbordado de decir, de contar? Es tu obligación, me dice una gran amiga. Es un látigo, dice Capote. Yo digo que es mi contrición. Y así y todo, hay tanto que callo. Me muerdo mucho los dedos para no contar. Para no traicionarme, para no transparentarme. Yo, que quería contarlo todo, y se me quedan historias en las muñecas, bombeando para escurrirse por las manos. Me imagino que es el proceso natural. Sé que lo que callo acabaré por contarlo, en el futuro, con el rigor del tiempo y su desidia. Como he contado tantas cosas.

Hace más de diez años ahorré para poder ir a la temporada de conciertos. Sí, ya sé que parece una pirueta deslavazada que no tiene nada que ver con lo que contaba. Pero confiad en mí. Dadme tiempo. Pues ahorré para ver el Carmina Burana, un concierto de Mahler, un recital de Gershwin (su Porgy & Bess), la suite Iberia de Albéniz y tantos otros. Pero sobre todas las cosas, ahorré para uno en especial. Aunque os lo contaré más adelante.

Era la temporada de la sinfónica de mi ciudad, en un teatro cercano a donde vivo. Los conciertos solían ser los jueves o los viernes. Y siempre me vestía, como yo vestía en aquella época, con vaqueros (que aún persisten), camisa y chaleco (las camisas han dado paso a las camisetas y el chaleco aparece de forma muy ocasional). Pues allá me iba para el teatro. Yo solo, todas las veces, porque a todos mis amigos la música clásica les parecía un “peñazo”. Hace mucho que no dejo de hacer las cosas que me apetecen por no tener compañía. Viajar, ir al cine o a la playa, o al teatro o a un concierto.

Tenía su encanto ir solo. Me sentía especial. Observado con curiosidad. Llegaba a la plaza del teatro y me ponía frente a una de las esculturas más hermosas de mi ciudad, el resto de una máscara romana, de enormes labios y ojos ciegos. Me fumaba un cigarro mientras hacía tiempo para la representación. Y luego entraba, mirando a todos lados, empapándome del ritual de la música, de su ceremonia. Fue una temporada soberbia, y volvía a casa volando.

Ese concierto especial al que os hacía mención es la Rapsodia de Sergei Rachmaninov sobre un tema de Paganini. Mi rapsodia. Mi música. Esa pieza soy yo. La oí por primera vez con quince o dieciséis años. Fue como una sacudida. Nunca me había llamado la atención la música mal llamada culta, pero aquel piano me hizo una autopsia y me abrió en canal. Se convirtió en mi pieza favorita, quizá por ser mi primer amor, el que nunca se deja de oler. Años más tarde, en una película, me quedé boquiabierto al oir la rapsodia. La película era En algún lugar del tiempo, una comedia romántica con Christopher Reeve y Jane Seymour. Era la pieza favorita de los dos protagonistas. Me indigné. Sentí como si me la hubieran robado, como si Sergei la hubiera escrito sólo para mí, y aquel cineasta me la había arrebatado de los cajones más ocultos. Se me quitó rápido, y la película, dentro de su almíbar, aún me endulza, y recuerdo el paseo en barca cuando Richard le tararea la rapsodia a Eliza McKenna, una rapsodia que aún no ha sido escrita. Cuando ella pone la cara de ser la mujer más feliz del mundo, delante de una cámara, posando para un retrato inolvidable. Y no puedo dejar de mencionar la música de John Barry, que reprodujo de forma fabulosa el sentimiento del adagio de Rachmaninoff.

Os podréis imaginar mi cara cuando vi en el programa de la temporada que interpretarían la rapsodia. El solista de piano era una joven promesa de mi isla. No podía faltar bajo ningún concepto. Ese día bajé del proverbial gallinero y me instalé en uno de los palcos. Por supuesto, a la izquierda, para poder ver las manos acariciando las teclas del piano. No me fumé el cigarro de costumbre en la máscara, porque tenía que entrar antes de que llegara nadie al palco, para poder sentarme en la primera fila. La rapsodia era la última obra del programa de aquel jueves. No recuerdo las demás, sino la espera.

Fue maravilloso. Aún recuerdo los carraspeos y el silencio, segundos antes de que la orquesta al completo ascendiera. Dicen que uno al morir repasa su vida, y yo quiero ver mi cara cuando empezó a sonar mi pieza, interpretada sólo para mí, una sola vez, irrepetible. Cuando aquel teatro se llenó de mí, pintado con aquellas notas. De mi caos, de mis subidas y bajadas, de mi furia, de mis contradicciones, de mi duelo. Todo mi cuerpo respondía a la música, como si yo mismo fuera un instrumento. El vello, la excitación incluso sexual, el mareo, el vértigo, los olores intensos de clavo y naranja. El sabor salado.

Llegó el minuto quince de la rapsodia. El adagio. La orquesta fue quedando en silencio. Reposaron los arcos y las manos descansaron en trastes y muslos. Y se quedó sólo el piano. Y el Yarince asustado, el vencible, el desenmascarado. El Yarince de la ternura, el expectante. El hombre solo. Todo mi cuerpo se aflojó, como si fuera a desmadejarme de un momento a otro. Me escalofrié, y cuando todo el cuerpo de violines se unió al tema de mi alma, se me cristalizaron los ojos y fui feliz. Pensé que no era un extraño. Al menos Rachmaninov y aquellos músicos sabían quién era. Yo estaba inmortalizado en las notas de una rapsodia.

No recuerdo mucho más. Sólo que la gente que compartía el palco conmigo, mientras salía apresurado tras aplaudir hasta dolerme las manos, me sonrieron. Y que no sé cómo volví a casa, ni por dónde, pero venía tarareandome. Recuerdo que quise escribir sobre aquel episodio, pero había sido tan intenso que me superaba.

Tengo todas las versiones de la rapsodia que he podido acumular. La mejor, la de Ashenatzky. Hoy me terminó de bajar, después de una larga espera, el video de la interpretación de Mikhail Pletnev. Acabo de grabarla y verla en la tele. Y ha sido como hacer una regresión diez años atrás. Las mismas sensaciones, el mismo placer. La misma soledad.

Hoy no estaba en el teatro, sino en casa. No puedo volver volando por las calles de la ciudad, ajeno a los transeúntes, tarareandome. ¿Cómo no sentarme a escribir? ¿Cómo no contaros la experiencia? ¿Cómo no cantarme como mejor sé hacerlo, con mis letras? Hoy durante veinticinco minutos, he vuelto a sentir aquella felicidad infantil. Y puedo escribirla. Aquel escalofrío que se escapa de lo racional, que desencadena sólo la música, el arte, los primeros y los últimos besos. Hay muchas maneras de hacer el amor. Y a mí, quien mejor ha sabido hacérmelo, es la música. Y mi amante más longevo, y también el más intenso, ha sido la rapsodia sobre un tema de Paganini.

PD. A vosotros os regalo a Yarince. Al resto del mundo le regalaré el relato de una mujer amada por la música.
 
impares
contrato invalidado

Prometió correrla a palos
de ternura.
Abofetearla
con sus labios repletos de besos.
Amoratarle la mirada
con el insomnio de los enamorados.
Partirle el tabique
del dolor
con sus puños
de caricias.
Le prometió la muerte
dulce en todos los orgasmos.

Cumplió su promesa,
casi al pie de la letra.
Casi.

Olvidó las estipulaciones pares de su oferta.

Y por su olvido,
un verso antes
de concluir el poema,
se rescindió el contrato del amor.
Ella firmó por la libertad sin sutura.
Él por la soledad de las celdas.


25 de noviembre: día internacional para combatir la violencia contra las mujeres.
 
y además...
Pasión Vega

Y además...
(Joaquín Sabina/Pancho Varona/A. Gcía de Diego)
cantada por Pasión Vega


Me he bebido de un trago tu carta
y después me la he vuelto a beber.
He velado una vela sin tarta,
harta ya de estar harta otra vez.
Le he pedido a Cupido la cuenta.
He pagado con sangre la afrenta de volverme loca.
He vencido al amor por las malas.
Me he cosido un corpiño antibalas pensando en tu boca.

Y además,
como no sabía rezar,
me dio por coleccionar
letanías y escapularios
por culpa del incendiario
hielo que me consumía.
Para curar tus ojeras
me doctoré en oraciones
de todas las religiones verdaderas.

Empeñé nuestro ajuar de soltera
diez minutos después de enviudar.
Un alivio de luto me espera
en el fruto del jacarandá.
He pintado la alcoba de rojo.
He regado con sal el rastrojo que pudo haber sido.
He dejado la llave en la puerta.
Me he bañado en la playa desierta del mar del olvido.

Y además,
como no sabía volar,
me dio por coleccionar
pañuelos y golondrinas
por culpa de la rutina
del vaivén de las aceras.
Para curar tus ojeras
me doctoré en oraciones
de todas las religiones verdaderas.

Y sin embargo,
ajenos a mis conjuros,
en almacenes oscuros
se amontonaban los días,
cada noche mas amargos,
y en el andén del futuro
los trenes de cercanías
seguían pasando de largo
entre tu cama y la mía.

Nota de Yarince: su disco, Banderas de Nadie, es para volverse loco. Qué letras, qué voz.
 
quemaduras
flúor sanador

No suelo postear aquí relatos. Pero siento simpatía por mi protagonista, a veces creo entenderlo, y hasta me reconozco en alguno de sus perfiles. Por eso decidí dedicarle este espacio de mi blog.

Se lavaba los dientes frente al espejo, como todas las mañanas. Acababa de salir de una ducha candente que le había dejado prácticamente en carne viva, y parecía que de un momento a otro el calor haría entrar en combustión al albornoz recién lavado. Su blancura contrastaba con el carmesí de la piel y los bucles castaños que casi rozaban su cuello.

Afuera se oía el murmullo creciente de las calles, los autobuses con la algarabía sorda de estudiantes somnolientos y los furgones de los repartidores remoloneando el comienzo de la jornada. Los pájaros que anunciaron la aurora ya se habían callado. Todos los ruidos eran mecánicos, ninguno procedía de gargantas animales, ni siquiera humanas.

El bullicio se perdía gradualmente al entrar en aquel cuarto de baño. Aquella figura sonámbula, aún prendida de los restos de un último sueño, movía el cepillo en su boca con una lentitud ceremoniosa, con la mente distraída en la otra cara del espejo, con los gestos imperceptibles del objeto de un retrato. Sus pupilas dilatadas, descentradas, atestiguaban el merodeo de aquella cabeza por un mundo que no estaba alicatado en baldosines esmaltados.

El viaje terminó cuando la mirada se empequeñeció con la luz del día, que se coló traicionera por las cortinas echadas de su ensoñación. La bajó hasta la orquídea que se erguía hierática sobre el lavabo, en homenaje a la cara cansada de Clarissa Vaughan en su película favorita. Un pétalo se desprendió súbito de la flor, y cayó flotando hasta posarse en el mármol. Recordó a Jose despeñándose como un avión de papel sin alas desde la cornisa de un balcón hasta estrellarse en las jardineras de margaritas del asfalto.

Se sacó el cepillo de dientes de la boca y lo miró, recordando aquella tarde de su infancia en que se quemó por primera vez con una plancha. Le pareció oír la voz de su madre, mientras le aplicaba el ungüento blanco, diciéndole "si no hay pomada, una buena solución es usar la pasta de dientes, porque su color blanco se come el picor rojo de la quemadura." Dejó el cepillo a un lado y con la misma lentitud agarró el tubo de pasta. Con ternura y mimo, lo presionó sobre la orquídea hasta que cubrió la herida de savia con una tirita de nieve. 'Flúor para la flor,' pensó.

Como quien tiene un martillo, empezó a buscar clavos. Y aplicó una puntada de pasta sobre la marca granate que un ascua de cigarrillo le había dejado en el dorso de la mano. Fue entonces cuando abrió el albornoz, hasta dejar al descubierto el pecho. Lo tocó en la superficie del espejo. Y con trazo de acero dibujó en el hemisferio izquierdo de su piel un corazón de flúor, de un blanco impoluto sobre la dermis sonrojada. Sintió como aquella sustancia entraba por los poros en vuelo sin escalas hasta sus latidos, a la búsqueda de las quemaduras que le calcinaban las entrañas. Quizá su madre tenía razón, y en unas horas su corazón estaría tan limpio y fresco como sus dientes. Quizá la vida dejara de ir a cámara lenta y sus pupilas cesaran de dilatarse pensando en balcones.

Dejó el tubo en el cubilete, con el tatuaje del órgano blanco aún en su cuerpo. Sintió arder el corazón subiendo por la escalinata del dolor. Las ventanas de su mente se llenaron de flúor, y de fragmentos de papel mezclados con pétalos mecidos por un aire que soplaba desde la torre de los vientos de su memoria. Se agarró exhausto al borde del lavabo y volvió a mirarse en el espejo, con los labios tintados de su saliva de aspecto radioactivo. Abrió el grifo llenando sus manos de agua y las restregó en el rostro para sentir el roce de unas lágrimas de mentira en sus mejillas.

A su lado, en silencio, los pétalos de la orquídea se estremecían mientras aquel elemento abrasivo se mezclaba con la clorofila de sus estambres. Se retrajeron en sí mismos imperceptiblemente, cerrándole el paso, pero la marcha de su química era inexorable y mortal, porque ni las flores ni los corazones con caries tienen la resistencia del marfil.

De nuevo dirigió su mirada a la vasija donde reposaban sus útiles de aseo.

La ciudad había vuelto a dormirse. Los estudiantes apuraban los restos de su estudio en sus dormitorios, y los repartidores hacía horas que descansaban en sus apartamentos. Pero inexplicablemente, los pájaros de aquella calle seguían cantando. En la sólida oscuridad de la noche, los restos de un corazón desdibujado sobre un pecho descolorido, apenas se diferenciaban de la sangre que empapaba el gres y el albornoz blanco.

Aquel cuerpo cerraba los balcones de su dolor y las ventanas de su soledad tendido en un camposanto gélido, con el cortejo de una cuchilla de afeitar y el réquiem de unos jilgueros. Y como única corona en su pecho, a juego con su corazón desangrado, los restos abrasados de una ajada orquídea.
 
sed
agua

Nada más levantarme te mandé un mensaje al móvil para ver cómo te había ido la cena con María. A media mañana te llamé para ir a comer al libanés. Al verte te besé más cerca de los labios que de costumbre, y durante el almuerzo te leí el cuento que escribí sobre las sonrisas. Te hice un retrato espantoso en el dorso de la factura del restaurante y lo metí en tu bolsa. En el coche puse un concierto de piano de Rachmaninoff. Al ir al supermercado, paré en el estante de los dulces para coger un paquete de galletas de naranja. Quemé en el salón una varita de incienso con aroma de mango horas antes de que llegaras para ver juntos el dvd de Sabina. Ordené la casa y dejé sobre el sillón la colcha que me regalaste. Puse unas gotas de Kenzo en los almohadones de la cama. Compré almendras. Pensé en la escultura que te voy a hacer para tu cumpleaños. Te rocé la mano cuando sonaba el Así estoy yo sin ti.

Apartas la vista del televisor y me preguntas por qué estoy bebiendo tanta agua. No sé, tengo mucha sed, te contesto. Te vuelves a sumergir en la música y yo me sonrío. Sí sé por qué tengo sed. Tengo la boca seca porque llevo todo el día diciendo que te quiero.
 
muerte en venecia
Gustav y Tadzio

Espero no haber levantado expectativas desproporcionadas con mi postal de Muerte en Venecia. Os aconsejo sin duda a quienes no la hayáis visto que lo hagáis cuanto antes. Pero siempre con inocencia. Si no os gusta, tampoco pasa nada. Las obras maestras hay que verlas, para después opinar, hacia un lado o hacia otro. No hay verdades inmutables ni obras maestras universales. Porque nuestro gusto, nuestra sensibilidad, nuestro estado de ánimo, influyen de forma definitiva en nuestra apreciación. Como os comenté, Memorias de África me pareció un tostón la primera vez que la vi.

Luchino Visconti no ha rodado una película. No ha velado la película con gradientes de luz y de colores. Más bien parece que ha pintado los fotogramas con óleos. Al verla te da la impresión de que cada uno de los 24 fotogramas de cada segundo han sido dibujados escrupulosamente, destinados a ocupar un salón del Louvre o de la National Gallery. Es la ambrosía de los cinéfilos.

Y como algunos tenéis intención de verla (gracias, coraçao, por confiar en mi criterio), no os podré destripar nada, que es lo que me apetece, pero sí dejaros unas señales de por qué me ha maravillado la película. Al ver la película, sabréis a qué me refiero.

Las gotas negras. El baile pausado de la cámara en la copa previa a la cena. Las miradas de Tadzio y sus giros de cabeza. El temblor imperceptible de Gustav después de las vueltas en las barras que dan a la playa. Las imágenes de un Gustav antes de que el corazón se le convirtiera en piedra. El autocontrol, incontrolable e imposible. La frase sobre las sonrisas, que me mató. El Für Elise en un prostíbulo. La patética recuperación de una juventud de mentira. La perfecta sincronicidad de Venecia y los sentimientos de Bogarde con la quinta de Mahler. La sonrisa en la estación de tren. La serenidad de Silvana Mangano. La entrada en el agua y una mano que se alza. La frase mágica en la voz del soberbio actor. El descenso, que es en realidad una ascensión. Todas las ideas sutiles que pueblan el metraje.

Vedla como se leen las memorias de Adriano, de Yourcenar. Muerte en Venecia no es una hamburguesa, o un filete. Es un salmón marinado con eneldo. Es una experiencia sensorial. Hay que verla con reverencia.
 
golosinas
traelo cuando vengas a cenar...

La próxima vez que vengas a cenar no quiero que traigas una botella de vino. No traigas flores. Lo único que quiero es una tableta de chocolate. De ése oscuro, nuestro favorito. Y que llegues a casa demasiado pronto, sin avisar, y me sorprendas con mi golosina favorita.

Quiero que entres y en silencio te sientes cual loto en la tumbona de mimbre que me aconsejaste poner en el balcón, junto a las macetas de especias. Que saques la tableta de la bolsa y juegues con ella entre tus manos durante unos segundos. Que quites el envoltorio mondándolo en una espiral de papel, llenando la terraza con su rasgueo, despacio, desenvolviendo la dinamita de una azucarada pólvora. No dejes de mirarme mientras lo haces. Acerca el chocolate a tu rostro cuando termines de desnudarlo y cierra los ojos con el olor a infancia.

Corta un pedazo pero no te lo comas inmediatamente. Mantenlo entre el pulgar y el índice como una tarjeta roja, amonestándome por querer acercarme, hasta que tu calor empiece a derretirlo. Y cuando notes las gotas espesas condensarse en tus yemas, acércalo a la boca y apriétalo entre tus dientes hasta que lo oigas crujir y resbalar en tu lengua.

Comulga con fervor la hostia de los niños. Mastícala poco a poco, déjala jugar mientras penetra en tus papilas. Saborea la amargura en la dosis perfecta, descompón su oscuridad con tu saliva hasta encontrar la esencia del cacao.

Cuando termines me acercaré. Me sentaré en el borde de la hamaca, dándote la espalda, perdiéndote de vista. Me dejaré caer hasta que mi cabeza se encaje en el triangulo de tus piernas. Recuperaré entonces tu vista, tu proporción en picado como la perspectiva invertida de dios.

No hagas ruido ni digas nada. Espera a que mis labios se entreabran, aguarda a que mi jugo quiera salir desbocado de mi garganta. Y en ese preciso instante, deja tu mano flotar por el aroma de hierbabuena hasta alcanzar mi rostro. Aterriza en mi boca y dilata el momento, haz que me extenúe en el anticipo de tus dedos camuflados de dulce tomando tierra en mi lengua. Limpiaré tus yemas adentrándome entre magmas de azúcar hasta dar con el núcleo de tu piel clara. Me demoraré un rato, pero no tengas prisa. Déjame acrecentar mi gula en la lujuria de tus dedos de maná tostado.
 
colada
el juego de las sábanas

No te extraña que tus visitas coincidan con mi hora de recoger la ropa tendida, ni que siempre cuelguen de las cuerdas tantas sábanas blancas.

Ni siquiera albergas sospechas durante el conocido ritual en el que me ayudas a doblarlas, ni cuando nos damos las manos en las puntas de la tela.

Y es que todavía no sabes que lo hago para tenerte a la distancia en que se dan los besos. Que la sensualidad es el vals de plegar contigo las sábanas en el salón de baile de mi azotea.
 
diario
Hoy retomo el modo diario en mi blog. Al menos, en esta postal. Para desahogarme un poquito. Este finde no he parado. Viajes al aeropuerto, concierto de Bebe, obra de teatro y mucho cine. Tres pelis, a saber, Como Agua para Chocolate, Cinema Paraíso y Muerte en Venecia. Una buena tanda, eh? La mejicana, fabulosa (no era la primera vez que la veía, pero siempre me sorprende). La segunda, debo reconocerlo, no la había visto. Y aunque no me parece un peliculón, me gustó muchísimo, por el lindo homenaje que le hace al cine, de forma tan sentida. El final, con la cinta que Alfredo le deja a Totó, me pareció una maravilla.

Muerte en Venecia la vi hace muchísimos años. Me aburrió y… me perturbó. Algo en las imágenes, en la historia, me dejó impresionado. Ha pasado mucho tiempo desde aquel primer visionado. Esta tarde la recuperé, y en este interim he salido del armario, he leído a Thomas Mann, he aprendido a admirar a Visconti, he paseado por Venecia bajo la lluvia, y he hecho el amor con música de Mahler. Es normal que Muerte en Venecia, esta tarde, haya sido otra película para mí.

No hay palabras para describir la interpretación de Dirk Bogarde, su contención, que me recordó al Anthony Hopkins de Lo que queda del día. Me ha puesto la carne de gallina en cada plano, en cada mirada, en cada gesto. Dentro de la tortura de su personaje, me ha parecido una composición de lo más hermosa. Y la historia tan íntima, contada con tanta pausa y deleite, tratando los temas grandes, que ahora me llegan mucho más que a aquel chaval adolescente que la vio con los ojos medio cerrados. El reloj de arena. La belleza y el arte. La luz de los atardeceres y amaneceres de Venecia. Visconti es magistral. Muerte en Venecia se paseará por mi blog más veces, no lo dudo, porque a partir de esta tarde la pasión de Gustav por Tadzio se ha convertido en una de mis nuevas fuentes y referencias.

El concierto de Bebe, decepcionante. Corto, mala acústica (fue en un pabellón), público peculiar. La obra de teatro estupenda (además salía mi mejor amiga, con la que quedé para ir a cenar mañana).

En el aeropuerto, mientras esperaba en la puerta de llegadas, me acordé de una canción de Queen. Que alguien me encuentre a alguien a quien amar. Pensé que en mis llegadas y mis salidas y mis tránsitos no hay nadie especial. Que nadie me espera, ni me despide. Que el enrosque de las almas se sigue demorando. Me siento solo, cada vez más. Y no es que esté mal, porque no lo estoy. Pero echo de más el sexo con gente que no me importa nada, y de menos que a alguien le importe más que para echar un polvo.

Axel me dijo el sábado que lo estoy borrando de mi vida, sólo porque le devolví unas fotos de sus mascotas, que se habían traspapelado en mi casa. Como si las cosas se borraran haciendo desaparecer los objetos. No sabe que lo borré hace tiempo. Y tampoco sabe que hoy en día lo quiero más que nunca. A aquel Axel con el que compartí. Y me di cuenta este fin de semana. Es quien más me ha querido, a su manera. Y su manera no era la mía, así que aquello tenía mal final. Pero recuerdo con ternura lo que me dio, y no echo de menos (léase con la distancia con la que hay que leerlo) a ningún ex como a él. Más que a él, a la ternura, y a las flores que me esperaban en el coche cuando me iba a recoger al aeropuerto. A sus llamadas, y a las tardes abrazados viendo pelis que yo detestaba. A Axel haciéndome la cena en su casa, con el delantal puesto, cabreado porque yo no le dejaba cocinar, abrazándolo desde la espalda y besándolo en el cuello.

Ha sido un finde muy malo anímicamente. De los peores que recuerdo. El sábado bajábamos en coche a la discoteca. Sería las 4 de la mañana. Yo iba en el asiento de atrás, solo. Y mi hermano me inundó como nunca lo había hecho hasta ese momento. Me inundó tanto que se me derramó por los ojos. Y yo disimulando, para que mis amigos no se dieran cuenta, pero no podía parar. Se me venía la imagen de sus labios, de la forma en que se hundieron cuando se fue, como si le hubieran extraído todo el aire del cuerpo. Y pensé en mis momentos con él, en mis padres, en que ya no está y no va a volver. Cuando íbamos llegando me recompuse como pude.

Estaba en aquella discoteca a disgusto, con la mente en otro lado. Me sentía a años luz de toda aquella gente y de mí mismo. Al volver a casa, se repitió el episodio del coche. Y pude volver a disimularlo. Me acosté con la mente atiborrada de pensamientos cruzados, soñé negro y me desperté esta mañana vacío.

Creo que me ha llegado el momento de sufrir el duelo por mi hermano. Y de sufrir también mi vida, de enterrarla para empezar de nuevo. Se acaba el año, y debo clausurar muchas más cosas que este nefasto 2004. Debo morir figurativamente, aunque no sea en Venecia.
 
embalaje
Me senté esta tarde en la alfombra de esparto de mi salón, sintiendo el sol abrirse paso desde las nubes hasta mis piernas cruzadas. El viento movía la persiana de bambú y la luz jugaba a desaparecer en finas franjas de un resplandor azul. A un lado, una caja de cartón con tu nombre. Esparcidos por el suelo, todos nuestros recuerdos.

Los miré quedo, silencioso. Parecían cantar las mil canciones que nos acompañaron en nuestros paseos en coche, las que me pusiste en tu casa, las que te tarareaba mientras tomábamos sol en la playa. Nuestros recuerdosestaban impregnados de música, y su sonido me embrujaba y me devolvía a los viejos tiempos. Para ahogarlos, puse el disco de Shirley Horn que tú detestabas, intentando encontrar el ánimo que necesitaría para embalarte.

Fue así como empecé a apilar tus recuerdos, de mayor a menor. En el lecho de la caja tumbé nuestra primera conversación, aquella en la que lanzaste un garfio del que ya no pude desengancharme, y la empapé con las lágrimas que lloraste en mi hombro cuando murió tu madre. Ordené sobre ella nuestros duelos verbales con la sonrisa puesta, enzarzados en descubrir cuál de los dos podía hacer más daño. Entre los resquicios de las peleas metí nuestras tardes caminando por el parque de las acacias mientras comíamos castañas asadas. Pegué por las paredes de la caja los cientos de mensajes que nos mandamos al móvil, y las conversaciones en el msn, y las risas a través de la cam. En un rincón coloqué con mucho cuidado aquella tarde que me acompañaste a comprar plantas, y me dolió tanto pensarla que tuve que taparla de inmediato con un hatajo de nuestras broncas y tus comentarios hirientes.

Sobre el paquete de confesiones y de noches de viernes tomando una botella de vino, puse tu frase 'desnúdate'. La acompañé de nuestras mañanas de reyes y las navidades que no salimos de la cama. Desperdigados aquí y allá, todos tus mensajes telegráficos de 'ok', 'muchas gracias' y 'vale'. No me hizo falta mucho espacio para añadir las tardes que pasamos en el garaje, ordenando nuestros recuerdos. Entre tus pellizcos y las miles de risa, quedó el hueco suficiente para encajar mi mudanza. El viaje a Barcelona ocupó mucho espacio, igual que tus llamadas telefónicas en los frecuentes viajes de trabajo. En una bolsa de terciopelo metí los deseos de tus cumpleaños, y las velas que cumpliste junto a mí.

Todo lo demás, que es mucho, lo aprisioné en la funda de tu almohada y lo comprimí como pude en la caja. Entrelacé sus tapas de cartón y la cerré hermética con seis vasos de whisky y una hoguera en el cenicero. Seguí allí sentado, en la alfombra vacía, con la única compañía de aquel cubo de papel.

Me eché a reír. Y de tantas risas, me eché a llorar. Pensé en Einstein y en la relatividad. Pensé en Newton y en una fuerza tan enorme encarcelada en una manzana. Pensé en Arquímedes y en los volúmenes. Buscando la explicación de por qué, en aquel recinto marrón que se me antoja tan pequeño, he podido encerrar un amor tan grande.
 
bisutería
cadenas de plata

El círculo de mis ojos encaja en tu anillo
y mis labios se entrelazan en tu argolla.

En tu monte de piedad empeño mi cuerpo a cambio de baratijas.
 
dame la paz mía de cada día
dame paz

Dame clarividencia
para diferenciar el amor grande del pequeño.
Alíviame de esta losa de afecto,
me siento aplastado en toneladas de amor.

Dame olvido y saliva para pasar páginas,
y lacres para cerrar capítulos.
Que la marea de la memoria
no me empape de cuando en cuando,
movida por la luna de un recuerdo,
que me chorree de amores clausurados.

Dame trasteros donde quepan nueve meses,
y dos semanas,
y un mes y medio,
y apenas unos días.
Y crematorios para convertir en cenizas
los nombres, las pieles, las semillas.

No quiero verlos en bares,
en tiendas,
en coches que se saltan un semáforo.
No quiero verlos colgando de otras manos.
Ni en guaguas, ni en colas de cine.

Hazme un mundo a la medida,
donde no aparezcan simulacros de amor.
 
casi sin palabras
Quiero irme de viaje. Y aterrizar en este aeropuerto...

una llegada de ensueño
 
limpieza
pilatos

El otro día bien entrada la noche empezó a martillearme una idea en la cabeza. No me quedó más remedio que escribirla, y salió lo siguiente:

Creí haber limpiado la casa a fondo. Pero al salir de la ducha comprobé que no he conseguido eliminar tu tacto de las toallas, ni borrar tu imagen del cristal del balcón. El rastro de tu saliva sigue aún en todos mis cubiertos. Tu olor todavía impregna mis sábanas y nuestros rasguños están ahí, en el cabezal de nuestra cama. Quedan tus rastros en los rincones y las alfombras. A pesar de todo el almidón, el bolsillo de mi pantalón favorito aún tiene la forma de tu mano.

Lo volví a leer al día siguiente, y pensé que era un idea válida para un poema. Así que la pulí un poco más. Tuve que sacrificar frases que me encantaban, pero así es todo en la vida. Al final quedó este pequeño poema, condensado como una pepita de uranio. Se llama...

Limpieza

Reflejos castaños irisan los vasos
y en los bolsillos se almidonan
manos invisibles.

La arena se agolpa en los rincones
y se esconde morena
bajo las carpetas de recortes.

Ya he dejado de limpiar la casa.
No hay cera que le saque brillo a una vida sin ti.
 
la montaña rusa
(Fragmento de una carta de Yarince, escrita hace al menos cuatro años)

en el tiovivo

Y te diré lo que yo quiero. No quiero “seguridad”, nunca la quise. Quiero amores atropellados, que no atormentados. Quiero sorpresas, quiero sorprender, quiero una vida de montañas rusas. Te regalo los tiovivos. Quiero alguien que a ratos no me hable, pero que me observe mientras duermo. Que entienda que a veces, sólo a veces, mis “no quiero verte, déjame tranquilo” se convierten en remordimiento en unas horas, que a menudo digo lo contrario de lo que pienso. Alguien que sepa entender ese tipo de cosas, y que se presente en mi casa cuando me siento miserable. Y yo sacaré fuerzas de flaqueza para decir más a menudo “lo siento”. Para sorprenderle con un viaje, o con el regalo más adecuado, con un mensaje escrito directamente al alma. Quiero que, por una vez en la vida, alguien se preocupe en averiguar lo que quiero YO, lo que siento YO; estoy terriblemente cansado de meterme en la piel de los demás, de oír lo que los demás quieren, y que nunca nadie me pregunte a mí. De que alguien tome su tiempo no para convencerme de nada, sino para ponerse en mi lugar, para entenderme. Eso es lo que quiero. Un intercambio mutuo. Una relación de locura. Una verdadera pasión. El amor tranquilo, la estabilidad, la dejo para los demás. No puedo prometerle a nadie una relación pausada y segura, pero te aseguro que será intensa. Lo sabes bien, porque nuestra relación fue tormentosa, y tú me lo confirmarás, llena de momentos inolvidables.

Epílogo a la carta, cuatro años más tarde: Esta carta la escribí a quien hoy es mi mejor amigo. Sigo pensando que me van más las montañas rusas, el vértigo. Y desde entonces he tenido varias de esas. Lo que ya no tengo tan claro es que mi estómago sea capaz de aguantar tantas caídas en picado.
 
serenata
un cigarro a tus pies

Hay días que no me apetece levantarme, en los que desearía invertir los ciclos y dormir mientras brilla el sol para despertar por la tarde, cuando la gente se apresura en sus últimas compras antes de volver a casa. Desayunaría envuelto en una manta mientras observo cómo se prenden las farolas y estaría escribiendo toda la noche en compañía de la radio. Pararía de madrugada para almorzar y, antes de seguir escribiendo un poco más, haría un descanso para ver una película o leer un rato. A las seis saldría a dar un paseo por las calles humedecidas por el rocío, caminando por la avenida hasta llegar al espigón del muelle, donde me arroparía en mi abrigo a escuchar la nana de un mar negro. La brisa empezaría a arrullar las ramas de los árboles anunciandome la aurora, y esa sería mi señal para fumarme un cigarro a los pies del faro, mientras el sol da el pistoletazo de salida de un nuevo día y del ocaso de mi jornada. Pero antes de volver a acostarme, con la caricia del calor de la mañana, me iría a la plaza de las palmeras a acomodarme en una mesa de la terraza. Al momento llegarías tú, echando la culpa de tu retraso a los atascos. Desayunarías café y cruasán; yo cenaría infusión y tostadas. Me darías la mano camino al kiosco, a comprar el periódico que leeré al acostarme, y me despedirás con un beso de buenos días y un "que descanses". Así, viviendo de noche, no me parecerá que nuestra historia es un sueño.
 
combate
límite de velocidad para las victorias

En el campo de batalla de los amantes me lanzaste puñetazos de besos, directos a las entrañas de mi boca. A continuación me propinaste patadas de ternura en las columnas de mi espalda. Me pusiste una zancadilla de lágrimas en el corazón. Estrangulaste mi soledad con tus caricias y encontraste mi talón de Aquiles en el alma, doblegándola con flechas de palabras. Maniataste mi pasión con sogas lanzadas desde tu sexo. Y con una certera llave de miradas me inmovilizaste sobre un asfalto empapado de esperanzas.

Has ganado la batalla. Mi cuerpo lastimado, lacerado de amor sobre la tierra húmeda, es tu trofeo. Exhíbeme en tu vitrina, hazme brillar entre los dorados de tus conquistas.

Quizá no sabrás nunca que mi derrota vale más que tu victoria. Que mi premio es tu condena a orlar mi frente como corona de laurel.

¿Acaso no has entendido aún que en la guerra del amor ganan los que se rinden?
 
súplica
hojas

Limpia mi prosa de poesía
y déjala desnuda y simple.

Asesina las palabras biensonantes
y tacha las figuras y metáforas.

Hazme usar los 'como'
a la manera que hacen los niños.

Prohíbeme hablar de amor o desamor
y apesta las frases con hedores de alcantarilla.

Mándame demonios que me dicten
y encapuchados que guillotinen a mis musas.

Vacíame de mis sentimientos
y conviérteme en un hombre
que no piense,
que no escriba,
que no sufra.

Detén el dolor de un otoño de hojas de papel.
 
oferta tecnológica
las risas y la velocidad

El otro día me llegó un cacho de ternura, por sorpresa, en un mail profesional con un listado de ofertas tecnológicas. Y entre medios de detección de patógenos en plantas, actuadores lineales de alta precisión, y métodos para el tratamiento y prevención del síndrome de disfunción multiorgánica, me encuentro con una oferta que me lleva al borde de las lágrimas. Columpios para sillas de ruedas(*).

Hace poco fui al cumpleaños de una amiga, que celebramos con una chuletada en el monte. Al irme, casi anocheciendo, dos amigos y yo nos dirigíamos al coche con la zona recreativa desierta. Vimos los columpios toscos colgados de un arco de árboles, y con un guiño de complicidad nos subimos. Y fue tan inolvidable, las risas, y la velocidad, y el regreso a aquellos momentos donde la felicidad estaba simplemente en columpiarse.

Soy muy consciente de las barreras arquitectónicas que se les presentan a cada metro a las personas con alguna discapacidad. Las escaleras, los bordillos de las aceras, los porteros electrónicos lisos, los semáforos mudos. Pero hasta hoy ni se me había pasado por la cabeza que a un niño en silla de ruedas ni siquiera le quede ese pedazo de libertad que se siente al columpiarse. Alguien sí lo pensó, y le felicito por darle a un niño confinado en una silla la capacidad de volar.

(*) el anuncio inspiró el texto que envié a EC, y que llamé Mundos Mágicos.
 
encrucijada
cruces en el camino

A veces no te pienso y me hundo en otros labios, tras dar por imposible nuestra historia emparedada en ladrillos de agua. Te pinto los colores de un cuento para saber que no existes, manteniéndote a raya para leer en tus ojos distancia y detectar en tu voz la sombra de la indiferencia.

También soy el que te piensa sin desear adentrarse en otro cuerpo que no sea el tuyo. Cuando te encuentro, todo es posible, y silbo el prólogo de un poema achicando el agua de la distancia. Te restauro los matices escribiéndote en mi incunable con un capítulo indeleble, y cruzo las rayas de tiza para asfixiarme en tus ojos y perderme en tus manos.

Soy a ratos el hombre que empezó a olvidarte, y otras el que no puede dejar de pensarte. Seré quien tú quieras, pero no lo dudes.

Elígeme.
 
traducción simultánea
El corazón habla un idioma que desconoce la laringe, imposible de vibrar en las cuerdas vocales. Por esa razón el ser humano dispone de una cabina de traducción simultánea, radicada en el cráneo y que se denomina raciocinio, que somete al sentimiento a un escrutinio minucioso con objeto de poder expresarlo de manera precisa.

Primero se coge la emoción y se la pasa por la fonología de la autoestima. Una vez superado este filtro, la fonética del miedo discrimina los mensajes que se pueden emitir en voz alta. La semántica de la vergüenza decide qué símbolos utilizar para no sentirnos ridículos. La frase se delinea en el siguiente paso, donde la gramática del orgullo enuncia el sentimiento de forma que no nos involucre, para que finalmente la ortografía del sentido común se encargue de cribar cualquier pequeño detalle que haya pasado inadvertido en las fases previas.

Por eso hay veces que queremos decir la verdad, pero articulamos una mentira. O deseamos decir lo siento, y enunciamos un ataque. ¿No os ha pasado que os preguntan como estáis, y a pesar de sentiros hasta el cuello en una ciénaga, contestáis 'estoy bien'? Yo recuerdo una vez que quise exclamar vuelve, y grité adiós. Y otra en que un cuánto te quise se transformó en un ya te he olvidado. Lamento el día en que intenté decirte lo mucho que te echaba de menos y me sorprendí murmurando que apenas te recuerdo. O cuando un no te vayas, por arte de magia, tomó la forma de un no quiero volver a verte.

En esas ocasiones en que uno no dice lo que siente, echad la culpa al traductor. El sentimiento es siempre inocente.
 
francesca y paolo
Francesca da Rimini, por Ary Scheffer

El fragmento del cuadro en la postal (llamaré así a partir de ahora a los antiguos post) de “hablando de oídas” es de Alexander Cabanel. Se llama La muerte de Francesca da Rimini y Paolo Malatesta. Cuenta la historia real de una mujer de Ravena que se casó por poderes, engañada, con Giancotto Malatesta, un hombre deformado por dentro y por fuera. Ella pensaba que contraía matrimonio con el hombre que representaba a su marido real, y que en realidad era su hermano, el hermoso Paolo Malatesta. Francesca y Paolo se enamoraron, y fueron amantes a espaldas de Giancotto, que al descubrirlos una noche en el lecho los asesinó a ambos con su espada. Los restos de los amantes fueron enterrados para la eternidad en la misma tumba.

Dante los inmortalizó en su Divina Comedia, condenándolos al segundo círculo del infierno. Tchaikovsky les escribió un poema sinfónico y D’Annuncio un drama. Zandonai les compuso una ópera. Numerosos pintores como Cabanel o Rosetti y escultores como Rodin se inspiraron también en su historia de amor.

La única razón por la cual lo utilicé en aquella postal es por el verso de a los pies de la cama, que me recordó al cuadro cuando lo vi en el Museé d'Orsay. No quisiera yo que mi amor acabara como el de Francesca y Paolo.

PS. todas las imágenes en mi blog, desde siempre, tienen un comentario oculto. Un guiño, a veces pistas. En el caso de obras prestadas, suelo poner el nombre de la obra y el del artista. Probad por ejemplo en esa obra de Cabanel. Poned el ratón encima, y al menos con el Internet Explorer, podréis leer el texto escondido.
 
hablando de oídas
La muerte de Francesca de Rimini y Paolo Malatesta, de A. Cabanel

A veces me canso de pensarte y te hablo en voz alta.

Rara vez me contestas, aunque yo dibuje tu timbre en mis oídos y rememore tu risa sobre el ruido de los coches.

Me parece oírte con más claridad cuando, alguna que otra noche, me tiño de los malvas de la melancolía y converso contigo a los pies de la cama, porque es más fácil poner tu voz al silencio.

Pero a veces, sólo algunas veces, lo que dices no me gusta.
 
de qué depende?
Dicen que el tiempo lo cura todo, pero yo no me lo creo. Todo depende y no me preguntes, ¿de qué depende? (EnElCamino)

No te pregunto, pero permíteme responderte. Depende de la cantidad, de la calidad, del parte meteorológico, del presente, del objeto, del sujeto, de las cuentas, de los reemplazos, de las novedades, de los ciclos, de los biorritmos, del tamaño de la cama, del horario, de la duración de las noches, de la música que escuchas, de los libros que lees, de las historias que escribes, de las películas que ves, de los rastros, de los recuerdos, del calendario...

Es cierto que el tiempo todo lo cura. Pero hay heridas y sentimientos que para curarse necesitan muchos años de convalecencia. Y cuando sanamos, ya estamos muertos.

PS. de nuevo, EnElCamino, a ti y a tod@s, gracias por leerme.
 
espero curarme de ti
Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se pueden reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se lespuede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están están entre dos gentes que no se dicen nada.

Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: "qué calor hace", "dame agua", "¿sabes manejar?,"se hizo de noche"... Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho "ya es tarde", y tú sabías que decía "te quiero".)

Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que tú quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.

Jaime Sabines

yarince curándose

Sabines es uno de mis poetas preferidos. Llegó hasta mí solo, sin asesores, y llegó para quedarse. Lo que dice es a veces tan visceral que me abofetea los sentimientos y los deja sobrecogidos, sin saber qué hacer.

En este poema, que es el primero que leí de él, sigo encontrando frases para mi vida:

"En una semana se pueden reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego." Yo a veces he tardado apenas unas horas en quemarlas. Pero hay ocasiones, casi siempre, en que sigo notando el calor de sus ascuas durante meses.

"...las mejores palabras del amor están están entre dos gentes que no se dicen nada." Las palabras de amor no se oyen cuando alguien te arropa por la tarde cuando te quedas dormido en el sofá. Ni cuando te encuentras una nota en la alacena. Ni cuando llenan la casa de muérdago para poder besarte en todas las esquinas. Ni cuando te rodean unos brazos mientras haces la ensalada.
 
correo
en el momento justo

Hoy recibí correo de Amanda. Una postal mandada desde Praga. Adoro recibir correos de los de siempre. Más si son de amigos. Más si están cuñados en la ciudad de mis sueños. Más si llegan en días marrones, como hoy.
 
vaticinio
Ayer esperaba el sueño agarrado a mi colcha de invierno. Y con la modorra que adormila el cuerpo antes que la mente, las fibras de mi pecho parecieron deshincharse, doblándose mis costillas bajo tu peso invisible. Mis manos cóncavas e insensibles imaginaron el tacto de tu espalda en un edredón que adoptaba forma humana. Tu rostro de aire maniobró hasta el amarre de mi cuello y respiró cadencioso en el horizonte de mis hombros.

Te tuve así, entre mis brazos, durante largos minutos, intentando dominar los músculos para no despertar a tu espectro, para seguir engañando a mi torso transportado a la dimensión de tu cuerpo. Me dormí en tu presencia con las pestañas echando cerrojos, no sea que mi ensueño sea sólo un espejismo de ti. Temeroso de que quizás no seas tú quien vaya a abrazar mis noches.
 
paradojas
sida

Atentado del 11-S: 2.863 muertos
Infectados de VIH en el mundo: 40 millones

El mundo unido contra el terrorismo. Debería hacer lo mismo contra el SIDA.

hambre

Atentado del 11-S: 2.863 muertos
Personas desnutridas en el mundo: 824 millones

El mundo unido contra el terrorismo. Debería hacer lo mismo contra el hambre.

pobreza

Atentado del 11-S: 2.863 muertos
Indigentes en el mundo: 630 millones

El mundo unido contra el terrorismo. Debería hacer lo mismo contra la pobreza.
 
encaje de flores
las flores desde mi balcón

Cuando me asomo al balcón de mi casa y miro hacia abajo, veo dos inmensos centros de metal llenos de flores. Mi ciudad es la ciudad de las flores, es algo que siempre llama la atención de los visitantes. El Ayuntamiento las cambia cada tanto, poniendo plantas de temporada.

Total, que hace poco las cambiaron, y los centros se quedaron verdes, a la espera de florecer. Me fijo en ellos a menudo, esperando el milagro del color. Me gusta que me esperen a los pies de mi balcón. Hace una o dos semanas vi que empezaban a aparecer los capullos cromáticos, y a desplegarse los pétalos. Ayer domingo, asomado a mi balcón, pensando, sintiendo el aire, analizando mi vida, los encontré tan hermosos que decidí retratarlos. Fue un impulso. Y así lo hice. Puse una de las fotos de fondo de escritorio de mi ordenador.

Salí de copas por la noche. Cuando llegué, serían las seis de la mañana o así, me encontré que uno de los centros había sido devastado. Le habían arrancado buena parte de las flores, pero al parecer no para llevárselas. Estaban desperdigadas por el suelo. Venía yo intoxicado y medio depre, así que el espectáculo me sentó fatal. Recogí las flores del suelo. Las que estaban fatal, pisoteadas, las tiré en el bidón de la basura. Pero había unas cuantas que se habían salvado del apocalipsis, y me las subí a casa. Las puse en un jarrón que me trajo mi hermano hace años de Egipto.

Esta mañana estaba viendo la tele, y la vista se me fue al jarrón. Pensé en la cadena de cosas. En cómo me había dado por sacarle fotos a aquel centro, justo unas horas antes de que alguien decidiera destrozarlo. Ahora está inmortalizado para siempre en mi ordenador. Pensé que es el día de todos los santos. Y que yo, que nunca piso un cementerio, sin saberlo, le había puesto flores a mi hermano.

Hoy bajaba a casa de casa de mis padres, a donde me acerqué para verlos y cenar con ellos. De camino, pasé por la tienda de mi madre, a unos metros de mi casa. Un gajo de flores de las que habían arrancado anoche estaba allí, aprisionado entre las rejas del comercio. Qué guiño tan tierno y a la vez tan cruel. Las quité, no quiero que mi madre las vea mañana cuando venga a abrir. No quiero que le recuerden nada.

Todo encaja. Siempre. Hasta las cosas que parecen más caóticas. Mi vida ahora pasa por un momento de caos. Es difícil de apreciar, porque mis dolores son por dentro y los disimulo muy bien. Que cuando me quejo o se me ve mal, no hay que darle importancia. Porque sólo lo hago cuando el problema no es tan preocupante. Pero cuando parece que todo va bien, hay mar de fondo. Los dolores de verdad los tapio con una voluntad inquebrantable.

Sé que este caos que estoy viviendo, encajará. Sé que el texto de Osho que publiqué en este blog hace un par de días no es casual. Que las flores que unos vándalos han arrancado de mi centro siguen viviendo en un jarrón. Que crecerán otras. Que es hora de revolverlo todo para poner las cosas en orden.

el ramo antes de la masacre