trilogía
Hoy, un texto que escribí esta mañana, una anécdota y una experiencia.

El texto:
CASTIGO DE DOS
Bajo los ojos y piensas que no quiero verte, pero es porque tu imagen me ciega. Aprieto los puños y crees que es para golpearte, cuando es para no tocarte. Cierro la boca y entiendes que me muerdo la lengua, y es para evitar que te busque. Crees que me bajo, y me aprieto, y me cierro para escarmentarte.
¿Qué quieres? ¿Que me suba a tus ojos? ¿Qué me suelte en tus brazos? ¿Que me abra en tu boca?
¿Para qué?
¿Para que puedas volver a castigarme?
La anécdota:
Mi amiga Amanda es fantástica. ¿Cómo no me voy a inspirar con amigos así? Le mandé en un email que dentro de poco tendré coche nuevo, que tenemos que quedar para dar una vuelta. Me contesta sólo esto:
Paséame.
Miss Daisy

La experiencia:
Ayer fui al recital de un concertista de piano. El teatro en que tenía lugar es un sitio íntimo, una bombonera del tamaño perfecto para favorecer que se produzcan milagros, lejos de las moles industriales de arquitectos con nombres de trabalenguas. Las butacas estaban desoladas, con apenas una quinta parte del aforo, lo cual no es de extrañar ya que el solista no ha acompañado nunca a ninguno de los tres tenores, y el domingo tienta más sentarse a ver el Gran Hermano.
Veinte años tenía el hacedor de los milagros: Dong-Hyek Lim. Y los portentos se llamaron baladas de Chopin y sonatas de Schubert y Prokofiev. No éramos muchos para darle las gracias con aplausos, pero la falta de volumen se contrarrestó con la duración de nuestra ovación. Aunque quisieron ponerme en el lado malo del teatro, insistí en que quería un lugar a la derecha, para poder ver sus manos recorrer las escalas. Las llevaba enfundadas en un traje negro, y se reflejaban en la madera pulida del piano como si flotaran en el aire, naciendo de ningún sitio. Me quedé hipnotizado, embriagado con aquella música. Fantaseé que el reflejo de las manos era el que en realidad tocaba el piano, que las de carne y hueso eran de hecho su imagen especular. Era tal el asombro y la orgía sensorial que olvidaba tragar saliva. Fue una noche maravillosa. Y buena parte de la culpa la tiene mi acompañante.

Habíamos quedado en mi casa a las ocho, pero subí a su casa a las siete y media para darle una sorpresa. Toqué el portero electrónico, pero no estaba. Pensé que no habría llegado aún, porque suele salir a pasear todas las tardes. Me quedé allí fuera esperando, abrigado con mi bufanda pero aterido de frío. No llegaba. Llamé a su móvil y me salía el buzón de voz. Cuando daban ya las ocho decidí volver a mi casa, por si había ido directamente. Y al dar la vuelta a la esquina de mi calle, allí estaba, radiante, con un abrigo enorme que le llegaba a las rodillas. Le di un beso y enfilamos calle abajo, en dirección al teatro. Íbamos abrazados, porque cuando estamos juntos no podemos evitar el contacto, pero también para neutralizar el frío. Nos reímos mucho, porque estábamos felices. No habíamos ido nunca juntos a un concierto de piano, y a los dos nos apasiona, especialmente Chopin. Nos sentamos allí, mirando el piano de cola negro ocupando el escenario, llenándolo. Se hizo el silencio y se apagaron las luces, momento que aprovechamos para entrelazar las manos. Y todo se llenó de estática y de música, y por los dedos nos llegaban los escalofríos de los dos al sentir la música, y las palmas se apretaban inconscientes en los arpegios, como un metrónomo de caricias.
En los silencios entre movimientos nos mirábamos y nos decíamos mudos, con nuestros ojos, la emoción que sentíamos ante aquel momento especial, irrepetible. Sólo nos separamos para aplaudir a rabiar a aquel niño de manos viejas. La calle estaba empapada en lluvia cuando salimos, brillante, cambiando el gris por ríos de plata. Y más abrazados que nunca. “Ha sido maravilloso, Yarince,” me dijo. “No sólo por el concierto, sino por haberlo disfrutado contigo.” Le di un beso en el pelo. Llegamos al portal de su casa y repetí el beso, esta vez en los labios. Un beso casto. “Gracias, mi niño, esta noche sí voy a dormir de un tirón.” Me despedí con la mano mientras comenzaba a bajar la calle, con una mezcla de ganas de reir y de echarme a llorar. De alegría, en cualquiera de los casos. Agradecido por tener una madre como ella, que se deja abrazar y me da la mano en la oscuridad de un teatro.

El texto:
CASTIGO DE DOS
Bajo los ojos y piensas que no quiero verte, pero es porque tu imagen me ciega. Aprieto los puños y crees que es para golpearte, cuando es para no tocarte. Cierro la boca y entiendes que me muerdo la lengua, y es para evitar que te busque. Crees que me bajo, y me aprieto, y me cierro para escarmentarte.
¿Qué quieres? ¿Que me suba a tus ojos? ¿Qué me suelte en tus brazos? ¿Que me abra en tu boca?
¿Para qué?
¿Para que puedas volver a castigarme?
La anécdota:
Mi amiga Amanda es fantástica. ¿Cómo no me voy a inspirar con amigos así? Le mandé en un email que dentro de poco tendré coche nuevo, que tenemos que quedar para dar una vuelta. Me contesta sólo esto:
Paséame.
Miss Daisy

La experiencia:
Ayer fui al recital de un concertista de piano. El teatro en que tenía lugar es un sitio íntimo, una bombonera del tamaño perfecto para favorecer que se produzcan milagros, lejos de las moles industriales de arquitectos con nombres de trabalenguas. Las butacas estaban desoladas, con apenas una quinta parte del aforo, lo cual no es de extrañar ya que el solista no ha acompañado nunca a ninguno de los tres tenores, y el domingo tienta más sentarse a ver el Gran Hermano.
Veinte años tenía el hacedor de los milagros: Dong-Hyek Lim. Y los portentos se llamaron baladas de Chopin y sonatas de Schubert y Prokofiev. No éramos muchos para darle las gracias con aplausos, pero la falta de volumen se contrarrestó con la duración de nuestra ovación. Aunque quisieron ponerme en el lado malo del teatro, insistí en que quería un lugar a la derecha, para poder ver sus manos recorrer las escalas. Las llevaba enfundadas en un traje negro, y se reflejaban en la madera pulida del piano como si flotaran en el aire, naciendo de ningún sitio. Me quedé hipnotizado, embriagado con aquella música. Fantaseé que el reflejo de las manos era el que en realidad tocaba el piano, que las de carne y hueso eran de hecho su imagen especular. Era tal el asombro y la orgía sensorial que olvidaba tragar saliva. Fue una noche maravillosa. Y buena parte de la culpa la tiene mi acompañante.

Habíamos quedado en mi casa a las ocho, pero subí a su casa a las siete y media para darle una sorpresa. Toqué el portero electrónico, pero no estaba. Pensé que no habría llegado aún, porque suele salir a pasear todas las tardes. Me quedé allí fuera esperando, abrigado con mi bufanda pero aterido de frío. No llegaba. Llamé a su móvil y me salía el buzón de voz. Cuando daban ya las ocho decidí volver a mi casa, por si había ido directamente. Y al dar la vuelta a la esquina de mi calle, allí estaba, radiante, con un abrigo enorme que le llegaba a las rodillas. Le di un beso y enfilamos calle abajo, en dirección al teatro. Íbamos abrazados, porque cuando estamos juntos no podemos evitar el contacto, pero también para neutralizar el frío. Nos reímos mucho, porque estábamos felices. No habíamos ido nunca juntos a un concierto de piano, y a los dos nos apasiona, especialmente Chopin. Nos sentamos allí, mirando el piano de cola negro ocupando el escenario, llenándolo. Se hizo el silencio y se apagaron las luces, momento que aprovechamos para entrelazar las manos. Y todo se llenó de estática y de música, y por los dedos nos llegaban los escalofríos de los dos al sentir la música, y las palmas se apretaban inconscientes en los arpegios, como un metrónomo de caricias.
En los silencios entre movimientos nos mirábamos y nos decíamos mudos, con nuestros ojos, la emoción que sentíamos ante aquel momento especial, irrepetible. Sólo nos separamos para aplaudir a rabiar a aquel niño de manos viejas. La calle estaba empapada en lluvia cuando salimos, brillante, cambiando el gris por ríos de plata. Y más abrazados que nunca. “Ha sido maravilloso, Yarince,” me dijo. “No sólo por el concierto, sino por haberlo disfrutado contigo.” Le di un beso en el pelo. Llegamos al portal de su casa y repetí el beso, esta vez en los labios. Un beso casto. “Gracias, mi niño, esta noche sí voy a dormir de un tirón.” Me despedí con la mano mientras comenzaba a bajar la calle, con una mezcla de ganas de reir y de echarme a llorar. De alegría, en cualquiera de los casos. Agradecido por tener una madre como ella, que se deja abrazar y me da la mano en la oscuridad de un teatro.
la cuarta carta de amor
Galería del domingo 30:
Hoy le pido prestada la cámara a Roy Schatt, y a la fabulosa sesión que le hizo a Jimmy Dean, conocida mundialmente como la del Torn Sweater (Suéter Roto). Hace siglos me compré el libro con todas las fotos que Roy le hizo a Dean, porque ningún fotógrafo supo fotografiar a la persona detrás de la estrella como hizo él. Dean no es sólo un clásico por haber muerto joven. Había algo en él que era distinto al resto, algo que hubiera perdurado a pesar de los años.

Carta del domingo 30:
“Vuelvo otra vez a ti, a través de este papel, para encontrarme”. Joder, esta frase te la escribí en Enero, hace ya casi siete meses. Es alucinante, no sé si la estarás leyendo ahora. He decidido dártela, ésta y otras más (aunque no todas), pero supeditándolo a una de mis tómbolas mentales. Si lo estás leyendo, has sido el agraciado de la fortuna. O no.
No pensaba escribirte hoy. Es martes y estoy sobrio. La última carta te la escribí hace unos días. Y es radicalmente distinta a lo que te escribo en ésta. Espero que a estas alturas estés ya acostumbrado a mis cambios de humor, a mis paranoias. Míralo por el lado bueno, nunca dejaré de sorprenderte.
Todo lo que ahora te escribo quise decírtelo en persona. Pero no encuentro el momento. Ni la voz. Me da un poco de miedo. Menos por tu reacción que por la mía. Así que atajo por el camino de en medio y te escribo, siempre he sido más elocuente en un papel.

Ayer le daba vueltas a la cabeza, a mi decisión de dejar correr esta historia. Y me di cuenta de dos cosas que se me habían escapado. Por un lado, que mi decisión de intentar enfriar hasta el congelamiento lo que siento no sirve de nada. Que intentar dar marcha atrás es imposible. Supe que te quería el día 2 de febrero. No lo planeé, no llegó a mí como un ataque de celos, sino como una insoportable pena y desesperación. No fue consciente, más bien lo calificaría de “revelación”. Ahora me doy cuenta que, de la misma forma, no puedo olvidarme de estos meses a base de decisiones pensadas con la cabeza. Es imposible. Nada, ni uno mismo, manda en los sentimientos que tiene. No se pueden apagar o encender al gusto. Dejaré de quererte cuando tenga que ser, no cuando yo quiera. Es un proceso que ya ha empezado, no te lo niego, pero no puedo acelerarlo. Se tomará su tiempo, como curarse una herida. Todo se andará.
Por otro lado caí en la cuenta de que soy un cobarde. Me parece que he hecho lo posible por volver a ganarte, y en realidad no he hecho nada. Tenía que haberte buscado, haber hablado mucho más contigo, que volvieras a ver en mi a la persona de la que te enamoraste; revelarte un poco de mis misterios y descubrir juntos algunos de los tuyos. Eso tenía que haber hecho. Muy al contrario, he intentado culparte de que no sientas lo mismo por mí. Menuda locura. Tú tampoco mandas en lo que sientes. Pero no me gusta perder, y le di la vuelta a la tortilla para ganar, para que la batalla perdida fuera menos amarga. Y la única forma era castigarte con mi soberbia, con mi indiferencia, culpándote de todo. Craso error. Lo siento.

Así que hay ahora un cambio de tercio. Antes te aviso de una cosa. Estas cartas no llevan acuse de recibo. No sé si llegarás a leerlas, si te gustará lo que dicen, si me odiarás, si removerán algo dentro de ti. En cualquiera de los casos, no me debes ningún comentario sobre ellas. Yo nunca te dije lo que tu carta significó para mí; sólo te dije que la quemé. No te dije que me conmovió el alma, y que la quemé por miedo. Tú con éstas puedes hacer lo mismo. Si decides tirarlas, porque piensas que te comprometen, o por cualquier otra razón, hazlo. Y si decides guardarlas, guárdalas bien, porque éste es el mayor regalo que podría hacerte; son un pedazo de mí, el único del que hay constancia.
Una vez avisado, quiero que sepas que, al menos por ahora, no tengo ninguna intención de renunciar a ti. No pienso inmiscuirme en tu vida, ni generar situaciones incómodas, ni comprometerte. Me conoces demasiado bien y sabes que nunca te haría algo así. Simplemente voy a dejar de ser cobarde, y por una vez, voy a pelear por lo que quiero. Voy a intentar convencerte de que soy lo mejor que te podría pasar en la vida. Es lícito, ¿verdad? Porque si tú lo tienes todo claro, no va a haber ningún problema. Porque te aseguro que la frontera la pones donde tú quieras. No tengo ninguna intención de cruzarla sin tu permiso. Y una de dos: o tengo éxito o fracaso. Si pierdo una vez más, no importa, porque no me daré cuenta. Como ya te dije, dejaré que mis sentimientos sigan su curso. Y mi fracaso, entonces, será el triunfo de haberte olvidado por completo.

Mientras dure ese proceso, no sé si de meses o de semanas, al menos no me sentiré miserable por quererte y no hacer nada. Por querer estar contigo, aunque sea de copas, o yendo al cine, nada más, y elegir quedarme en casa sin llamarte y sentirme fatal. Echándote la culpa. Es una solución de compromiso que me sale a cuenta, y que me da más humanidad que ser un cabrón. Porque ya me conoces, nunca me vas a ver revoloteando al lado tuyo, ni incomodándote, ni nada, estaré en mi perfecto papel de colega. Es un secreto entre tú, yo y estos papeles. Aquí empieza nuestra complicidad. Quizá nunca lo hablemos, pero cuando me mires sabrás lo que pienso y lo que siento, da igual lo que haga. Hasta que el tiempo haga mella y todo cambie. Lo notarás cuando llegue, porque mis ojos no engañan nunca, sólo hay que saber mirarlos. Los tuyos me dijeron en mi fiesta que no me quieres de la misma forma, ya no. Pero me da igual. Hace nueve meses ya no formabas parte de mi vida, y hoy te me antojas una pieza indispensable.
No sé si he hecho bien en contarte todo esto. No te sientas mal, ni responsable, ni nada por el estilo. Tiene mucho que ver contigo, y al mismo tiempo, absolutamente nada. En cualquier caso no eres el culpable de lo que me pasa. Y de hecho te aseguro que me encuentro mucho mejor que hace un par de meses, ni comparación. Es sólo que, por primera vez y aunque sea tarde, quiero pelear por lo que quiero. Hasta que deje de quererlo. Así de simple. Pase lo que pase a partir de ahora, con esta nueva postura, habré ganado. O a ti, o a tu olvido. Ahora mismo, para mí, cualquiera de las dos cosas son el mejor de los trofeos.

Nota a la carta de hoy:
Me costó mucho escribir esta carta de amor. Tuve que conectar con una parte de mí que no me gusta, que llevo muchos años intentando erradicar, creo que con éxito. La única manera de comprobarlo era sacarla a la luz, porque se nutre de oscuridad. Tampoco se parece a mis textos habituales, porque es muy directa, muy visceral, nada metafórica. Pero es que ese estado de exaltación y enfado que provoca el amor no correspondido no es demasiado poético.
Hoy le pido prestada la cámara a Roy Schatt, y a la fabulosa sesión que le hizo a Jimmy Dean, conocida mundialmente como la del Torn Sweater (Suéter Roto). Hace siglos me compré el libro con todas las fotos que Roy le hizo a Dean, porque ningún fotógrafo supo fotografiar a la persona detrás de la estrella como hizo él. Dean no es sólo un clásico por haber muerto joven. Había algo en él que era distinto al resto, algo que hubiera perdurado a pesar de los años.

Carta del domingo 30:
“Vuelvo otra vez a ti, a través de este papel, para encontrarme”. Joder, esta frase te la escribí en Enero, hace ya casi siete meses. Es alucinante, no sé si la estarás leyendo ahora. He decidido dártela, ésta y otras más (aunque no todas), pero supeditándolo a una de mis tómbolas mentales. Si lo estás leyendo, has sido el agraciado de la fortuna. O no.
No pensaba escribirte hoy. Es martes y estoy sobrio. La última carta te la escribí hace unos días. Y es radicalmente distinta a lo que te escribo en ésta. Espero que a estas alturas estés ya acostumbrado a mis cambios de humor, a mis paranoias. Míralo por el lado bueno, nunca dejaré de sorprenderte.
Todo lo que ahora te escribo quise decírtelo en persona. Pero no encuentro el momento. Ni la voz. Me da un poco de miedo. Menos por tu reacción que por la mía. Así que atajo por el camino de en medio y te escribo, siempre he sido más elocuente en un papel.

Ayer le daba vueltas a la cabeza, a mi decisión de dejar correr esta historia. Y me di cuenta de dos cosas que se me habían escapado. Por un lado, que mi decisión de intentar enfriar hasta el congelamiento lo que siento no sirve de nada. Que intentar dar marcha atrás es imposible. Supe que te quería el día 2 de febrero. No lo planeé, no llegó a mí como un ataque de celos, sino como una insoportable pena y desesperación. No fue consciente, más bien lo calificaría de “revelación”. Ahora me doy cuenta que, de la misma forma, no puedo olvidarme de estos meses a base de decisiones pensadas con la cabeza. Es imposible. Nada, ni uno mismo, manda en los sentimientos que tiene. No se pueden apagar o encender al gusto. Dejaré de quererte cuando tenga que ser, no cuando yo quiera. Es un proceso que ya ha empezado, no te lo niego, pero no puedo acelerarlo. Se tomará su tiempo, como curarse una herida. Todo se andará.
Por otro lado caí en la cuenta de que soy un cobarde. Me parece que he hecho lo posible por volver a ganarte, y en realidad no he hecho nada. Tenía que haberte buscado, haber hablado mucho más contigo, que volvieras a ver en mi a la persona de la que te enamoraste; revelarte un poco de mis misterios y descubrir juntos algunos de los tuyos. Eso tenía que haber hecho. Muy al contrario, he intentado culparte de que no sientas lo mismo por mí. Menuda locura. Tú tampoco mandas en lo que sientes. Pero no me gusta perder, y le di la vuelta a la tortilla para ganar, para que la batalla perdida fuera menos amarga. Y la única forma era castigarte con mi soberbia, con mi indiferencia, culpándote de todo. Craso error. Lo siento.

Así que hay ahora un cambio de tercio. Antes te aviso de una cosa. Estas cartas no llevan acuse de recibo. No sé si llegarás a leerlas, si te gustará lo que dicen, si me odiarás, si removerán algo dentro de ti. En cualquiera de los casos, no me debes ningún comentario sobre ellas. Yo nunca te dije lo que tu carta significó para mí; sólo te dije que la quemé. No te dije que me conmovió el alma, y que la quemé por miedo. Tú con éstas puedes hacer lo mismo. Si decides tirarlas, porque piensas que te comprometen, o por cualquier otra razón, hazlo. Y si decides guardarlas, guárdalas bien, porque éste es el mayor regalo que podría hacerte; son un pedazo de mí, el único del que hay constancia.
Una vez avisado, quiero que sepas que, al menos por ahora, no tengo ninguna intención de renunciar a ti. No pienso inmiscuirme en tu vida, ni generar situaciones incómodas, ni comprometerte. Me conoces demasiado bien y sabes que nunca te haría algo así. Simplemente voy a dejar de ser cobarde, y por una vez, voy a pelear por lo que quiero. Voy a intentar convencerte de que soy lo mejor que te podría pasar en la vida. Es lícito, ¿verdad? Porque si tú lo tienes todo claro, no va a haber ningún problema. Porque te aseguro que la frontera la pones donde tú quieras. No tengo ninguna intención de cruzarla sin tu permiso. Y una de dos: o tengo éxito o fracaso. Si pierdo una vez más, no importa, porque no me daré cuenta. Como ya te dije, dejaré que mis sentimientos sigan su curso. Y mi fracaso, entonces, será el triunfo de haberte olvidado por completo.

Mientras dure ese proceso, no sé si de meses o de semanas, al menos no me sentiré miserable por quererte y no hacer nada. Por querer estar contigo, aunque sea de copas, o yendo al cine, nada más, y elegir quedarme en casa sin llamarte y sentirme fatal. Echándote la culpa. Es una solución de compromiso que me sale a cuenta, y que me da más humanidad que ser un cabrón. Porque ya me conoces, nunca me vas a ver revoloteando al lado tuyo, ni incomodándote, ni nada, estaré en mi perfecto papel de colega. Es un secreto entre tú, yo y estos papeles. Aquí empieza nuestra complicidad. Quizá nunca lo hablemos, pero cuando me mires sabrás lo que pienso y lo que siento, da igual lo que haga. Hasta que el tiempo haga mella y todo cambie. Lo notarás cuando llegue, porque mis ojos no engañan nunca, sólo hay que saber mirarlos. Los tuyos me dijeron en mi fiesta que no me quieres de la misma forma, ya no. Pero me da igual. Hace nueve meses ya no formabas parte de mi vida, y hoy te me antojas una pieza indispensable.
No sé si he hecho bien en contarte todo esto. No te sientas mal, ni responsable, ni nada por el estilo. Tiene mucho que ver contigo, y al mismo tiempo, absolutamente nada. En cualquier caso no eres el culpable de lo que me pasa. Y de hecho te aseguro que me encuentro mucho mejor que hace un par de meses, ni comparación. Es sólo que, por primera vez y aunque sea tarde, quiero pelear por lo que quiero. Hasta que deje de quererlo. Así de simple. Pase lo que pase a partir de ahora, con esta nueva postura, habré ganado. O a ti, o a tu olvido. Ahora mismo, para mí, cualquiera de las dos cosas son el mejor de los trofeos.

Nota a la carta de hoy:
Me costó mucho escribir esta carta de amor. Tuve que conectar con una parte de mí que no me gusta, que llevo muchos años intentando erradicar, creo que con éxito. La única manera de comprobarlo era sacarla a la luz, porque se nutre de oscuridad. Tampoco se parece a mis textos habituales, porque es muy directa, muy visceral, nada metafórica. Pero es que ese estado de exaltación y enfado que provoca el amor no correspondido no es demasiado poético.
caudales
Hoy un post sin fotos, porque casi no tengo tiempo. Mañana prometo adornarlo. Y mañana también volveré a mis orígenes, a escribir desde mí, de mi vida, de lo que me pasa. Sé que esta noche terminará con algo que contar. Hace demasiado frío para no entrar en calor.
Nazco en el manantial de tu recuerdo. Mano de la herida que abriste en mi alma con un roce imperceptible, con la caricia certera que partió las rocas en la cumbre de los montes de la luna. Esa grieta desconocida de la que broté en torrente con el único propósito de encontrarte. Precipitándome en cascadas que salvaban toda clase de barrancos. Descansando en remansos y lagos, y saciando el hambre con afluentes, acopiando nuevas fuerzas para lanzarme una vez más en vertiginosos rápidos, enloquecido en tu búsqueda. Arriesgándome en cataratas a salpicar nubes de minúsculas gotas que se elevan, como palomas mensajeras, intentando atisbarte a lo lejos. Y retrasándome en serpenteantes meandros que temen no hallarte nunca, estancándome en ciénagas de lágrimas y géiseres de furia.
Pero allí estás, finalmente. Con colores prestados del cielo. Camuflándote en la sombra de sus nubes y los celestes que en ti se transforman marinos. Con toda tu inmensidad, con tu vasta extensión de agua para saciar la sed de mi frenética aventura.
Y nos fundimos en un delta, desembocado en ti como cedro de agua dulce, deshecho en ramales salobres al encontrarte, hundidos juntos en una fronda de hojas azules con savias de sal. Zambulléndonos uno en el otro, ya sin fronteras, contenidos sin continente, tus gotas confundidas con las mías. Corrientes golfas que le hacen cosquillas al océano, arrastrando como plancton todo el tiempo que se nos pone al alcance.
Abrazados con nuestros seudópodos de agua, me sumerges en los abismos, alejándonos de la luz. Y una vez allí, en esa solemne oscuridad abisal, donde no hay tiempo ni espacio que nos someta, me asalta el miedo a perderte. De que molécula a molécula te confundas en el líquido negro, como gotas de plateado mercurio, de que no pueda encontrarte y reunirte para regresar como brillantes medusas. Aterrado en ese mundo apagado, sin vista para buscarte, sin oído para escucharte, sin olfato para rastrearte. Hasta que tu mano salina me toca. Y nuestros cuerpos manantiales, tanteándose, se reconocen y se disuelven, fagocitando nuestras esencias, hasta que no hay pieles que delimiten nuestros cuerpos de agua. Y es entonces, condensados en juguetonas burbujas, cuando salimos despedidos hacia arriba, en borbotones de agua para alcanzar la superficie.
Transformados en olas desafiantes, nos enzarzamos en la tormenta, y me elevo, y chocas, y me derramo a tu alrededor y tú embates sobre mí. Masas de mar voraces, que se alimentan una de la otra, que juegan y luchan por el poder. Y rujo y te coronas de espuma, y por un instante me ralentizo, para después descargar toda mi furia de amor sobre ti. Zarandeando la rosa de los vientos con nuestros embates, esperando con impaciencia esa última tromba, ese húmedo final de acto en que todo el poder de la tempestad se concentra para romper, efervescente, desparramándose en la más absoluta de las calmas.
Y nuestros átomos de agua se evaporan, por un instante, flotando sobre nosotros como nubes de rocío. Suspendidos, sigilosos, sorprendidos. Observando con cautela a dos náufragos aferrados a salvavidas humanos, empapados de sudores salados... a la deriva en un mar de tela.
Nazco en el manantial de tu recuerdo. Mano de la herida que abriste en mi alma con un roce imperceptible, con la caricia certera que partió las rocas en la cumbre de los montes de la luna. Esa grieta desconocida de la que broté en torrente con el único propósito de encontrarte. Precipitándome en cascadas que salvaban toda clase de barrancos. Descansando en remansos y lagos, y saciando el hambre con afluentes, acopiando nuevas fuerzas para lanzarme una vez más en vertiginosos rápidos, enloquecido en tu búsqueda. Arriesgándome en cataratas a salpicar nubes de minúsculas gotas que se elevan, como palomas mensajeras, intentando atisbarte a lo lejos. Y retrasándome en serpenteantes meandros que temen no hallarte nunca, estancándome en ciénagas de lágrimas y géiseres de furia.
Pero allí estás, finalmente. Con colores prestados del cielo. Camuflándote en la sombra de sus nubes y los celestes que en ti se transforman marinos. Con toda tu inmensidad, con tu vasta extensión de agua para saciar la sed de mi frenética aventura.
Y nos fundimos en un delta, desembocado en ti como cedro de agua dulce, deshecho en ramales salobres al encontrarte, hundidos juntos en una fronda de hojas azules con savias de sal. Zambulléndonos uno en el otro, ya sin fronteras, contenidos sin continente, tus gotas confundidas con las mías. Corrientes golfas que le hacen cosquillas al océano, arrastrando como plancton todo el tiempo que se nos pone al alcance.
Abrazados con nuestros seudópodos de agua, me sumerges en los abismos, alejándonos de la luz. Y una vez allí, en esa solemne oscuridad abisal, donde no hay tiempo ni espacio que nos someta, me asalta el miedo a perderte. De que molécula a molécula te confundas en el líquido negro, como gotas de plateado mercurio, de que no pueda encontrarte y reunirte para regresar como brillantes medusas. Aterrado en ese mundo apagado, sin vista para buscarte, sin oído para escucharte, sin olfato para rastrearte. Hasta que tu mano salina me toca. Y nuestros cuerpos manantiales, tanteándose, se reconocen y se disuelven, fagocitando nuestras esencias, hasta que no hay pieles que delimiten nuestros cuerpos de agua. Y es entonces, condensados en juguetonas burbujas, cuando salimos despedidos hacia arriba, en borbotones de agua para alcanzar la superficie.
Transformados en olas desafiantes, nos enzarzamos en la tormenta, y me elevo, y chocas, y me derramo a tu alrededor y tú embates sobre mí. Masas de mar voraces, que se alimentan una de la otra, que juegan y luchan por el poder. Y rujo y te coronas de espuma, y por un instante me ralentizo, para después descargar toda mi furia de amor sobre ti. Zarandeando la rosa de los vientos con nuestros embates, esperando con impaciencia esa última tromba, ese húmedo final de acto en que todo el poder de la tempestad se concentra para romper, efervescente, desparramándose en la más absoluta de las calmas.
Y nuestros átomos de agua se evaporan, por un instante, flotando sobre nosotros como nubes de rocío. Suspendidos, sigilosos, sorprendidos. Observando con cautela a dos náufragos aferrados a salvavidas humanos, empapados de sudores salados... a la deriva en un mar de tela.
alumbramientos
En estos últimos dos años, sobre todo en el último, he escrito mucho, pero de pocos textos me siento plenamente orgulloso. Éste de hoy es uno de ellos, publicado cuando mi blog sólo lo leía un amigo. Y llevo todo el día pensando en cómo nació, en su música, no sé por qué rázón. Así que le doy una segunda oportunidad, porque estoy convencido de que se la merece. Es una de las historias favoritas de mi madre.
Alumbramiento en clave de Sol
Tomó asiento y levantó con reverencia la tapa del ataúd de caoba. Los ojos de todos los objetos de la sala se volvieron a mirarle. Sintió excitación al posar las yemas de sus dedos sobre la escalera de dientes de marfil pulido. Y acarició diez peldaños en toda su longitud, sin presión, sintiéndolos apéndices de su propio cuerpo. Posó sus pies en los pulmones de aquella bestia negra, dormida en la penumbra del amanecer. El primer rayo de Sol se coló por el tragaluz rompiendo el espacio.
Y la mano, asustada, rompió el silencio con otro Sol. Un Sol sostenido.

Alumbramiento en Mi bemol
Desplegué mis cortinas de plata para observar el espectáculo. El ampuloso ser oscuro que ocupaba el centro de la habitación había apagado sus quejidos. Unas garras, al posarse sobre él, lo habían domado. Tras una eternidad de mudas lástimas desafinadas, emitidas desde sus cuerdas a medianoche, agachaba su cabeza y la tendía hacia la caricia ofrecida por las manos. Sentía su espejismo negro, su esencia humillada y dócil, vibrando en mi superficie pulida. El Sol a traición se reflejó en mi luna, y con cuerdas de luz movió los dedos de la marioneta.
Y tras el Sol llegó el sonido hasta mí. Un Mi bemol.

Alumbramiento en Si mayor
Veinte años he permanecido abandonado en este salón. Veinte años en los que jugué con el aire y atrapé las brisas, en un vano intento de que tensaran mis músculos y emitieran mi voz. Veinte años mudo, encarcelado entre barrotes de sigilo. Y hoy, agonizante, siento por primera vez a mi amante. Que desnuda mi sexo y lo estudia. Que se apoya en mi pecho para reanudar mi latido. Mi pasión dactilar, demorándose en su paseo por mis genitales blancos, descubriendo mis claves. Y súbitamente, con un rayo de luz, me perfora, despertándome a la lujuria de mis sonidos. Elevándome al orgasmo de las notas.
Y le respondo con un sí. Un Sí mayor.

Parto con dolor para piano y silencio
El hombre, manco tras diez años sin poder hilvanar melodías, marcado por el fuego que incendió su rostro y su piano, se reencontraba con su cielo en el salón de un prostíbulo. Y con el ruido de la primera de un millar de notas, las putas dejaron de fornicar y se pararon a escucharlo. Y la ciudad de la luz se convirtió en un pentagrama que colgaba acordes de sus farolas. Hasta el Sena, acurrucado bajo el Puente de la Artes, elevó su mirada al oír la música. Y cambió sus perennes murmullos alumbrando un nuevo sonido, un ruido blanco que acalló todas las voces. Nada quedó en París. Sólo las lágrimas de unas manos, y la libido de un piano.
Y una nota.
El Silencio.

Alumbramiento en clave de Sol
Tomó asiento y levantó con reverencia la tapa del ataúd de caoba. Los ojos de todos los objetos de la sala se volvieron a mirarle. Sintió excitación al posar las yemas de sus dedos sobre la escalera de dientes de marfil pulido. Y acarició diez peldaños en toda su longitud, sin presión, sintiéndolos apéndices de su propio cuerpo. Posó sus pies en los pulmones de aquella bestia negra, dormida en la penumbra del amanecer. El primer rayo de Sol se coló por el tragaluz rompiendo el espacio.
Y la mano, asustada, rompió el silencio con otro Sol. Un Sol sostenido.

Alumbramiento en Mi bemol
Desplegué mis cortinas de plata para observar el espectáculo. El ampuloso ser oscuro que ocupaba el centro de la habitación había apagado sus quejidos. Unas garras, al posarse sobre él, lo habían domado. Tras una eternidad de mudas lástimas desafinadas, emitidas desde sus cuerdas a medianoche, agachaba su cabeza y la tendía hacia la caricia ofrecida por las manos. Sentía su espejismo negro, su esencia humillada y dócil, vibrando en mi superficie pulida. El Sol a traición se reflejó en mi luna, y con cuerdas de luz movió los dedos de la marioneta.
Y tras el Sol llegó el sonido hasta mí. Un Mi bemol.

Alumbramiento en Si mayor
Veinte años he permanecido abandonado en este salón. Veinte años en los que jugué con el aire y atrapé las brisas, en un vano intento de que tensaran mis músculos y emitieran mi voz. Veinte años mudo, encarcelado entre barrotes de sigilo. Y hoy, agonizante, siento por primera vez a mi amante. Que desnuda mi sexo y lo estudia. Que se apoya en mi pecho para reanudar mi latido. Mi pasión dactilar, demorándose en su paseo por mis genitales blancos, descubriendo mis claves. Y súbitamente, con un rayo de luz, me perfora, despertándome a la lujuria de mis sonidos. Elevándome al orgasmo de las notas.
Y le respondo con un sí. Un Sí mayor.

Parto con dolor para piano y silencio
El hombre, manco tras diez años sin poder hilvanar melodías, marcado por el fuego que incendió su rostro y su piano, se reencontraba con su cielo en el salón de un prostíbulo. Y con el ruido de la primera de un millar de notas, las putas dejaron de fornicar y se pararon a escucharlo. Y la ciudad de la luz se convirtió en un pentagrama que colgaba acordes de sus farolas. Hasta el Sena, acurrucado bajo el Puente de la Artes, elevó su mirada al oír la música. Y cambió sus perennes murmullos alumbrando un nuevo sonido, un ruido blanco que acalló todas las voces. Nada quedó en París. Sólo las lágrimas de unas manos, y la libido de un piano.
Y una nota.
El Silencio.

entreacto
Quedan dos cartas de amor que quizá vean vuestra luz durante el fin de semana. Pero hoy no. Hoy el amor va a tomarse un descanso. Porque no es tiempo de amor ni hay ganas de amar. Y porque con las cartas, tan largas, os he robado demasiado tiempo.
He estado mucho rato con mi madre. Me habló de las mariposas pintadas en las paredes de los barracones de los campos de concentración nazis. Me dijo que las vidas son crisálidas que a su muerte se convierten en mariposas. Mi madre lloraba, pero de esperanza. Sé que aguarda una señal de mi hermano, una prueba de que sigue vivo.
Llegué a casa a pasearme por los blogs habituales y, al terminar, no sé por qué, pinché en mi propio blog, y me puse a leer lo que escribí meses atrás. Yo no cambio ni a palos. Siempre dándome taponazos con las mismas cosas, siempre lanzándome de aviones sin paracaídas, siempre mendigando. Sé que debería cambiar, pero si no lo he hecho a estas alturas, me temo que será imposible. Seguiré reventándome una y otra vez contra el suelo.
Así que hoy vuelvo a mis pasiones, que son lo único que no me falla. A mi pasión por leer y escribir. Por meterme en pieles de lobos y corderos, por tomar prestada una frase de mi historia y reinventarla, por contar un presentimiento.
“Por fuera de una guarida de aire polvoriento y lejos de ese río donde las plantas crecen verdes, las flores sollozan y se alejan del suelo manchado de sangre que hay bajo mis pies. Las espinas superan a los pétalos de las rosas y la oscuridad amplifica el sonido de la tinta impresa en las páginas de propaganda que gobiernan tu vida y alimentan mi ira. Intenté doblar mis rodillas, pero ya estaban dobladas. Llamé a mi dios, pero dormía. Me imagino que sólo puedo contar conmigo.”
As Yet Untitled (Terence Trent D’Arby)
Será por el empacho de amor de las semanas pasadas. Hoy no hay amor en mis letras. Hoy escribo desde mi oscuridad.
"Dime que me quieres," me ordenaste entre jadeos. Yo callé. "Dime que me quieres," repetiste. "¿Para qué?" te demoré, agarrándome con uñas a tus hombros y dientes al delirio. "Porque necesito oírtelo. Dime que me quieres." Entre embestidas, con el placer desapareciendo como el rubor de una bofetada, vacié las palabras y mentí. Y apenas brotaron de mi garganta, esclavas de tu mandato y mártires por tu sonrisa, cayeron sin vida sobre las sábanas desencajadas.
Aún sigues sonriendo, en nuestra cama llena de cadáveres de TEs podridos y QUIEROs repletos de gusanos.

He estado mucho rato con mi madre. Me habló de las mariposas pintadas en las paredes de los barracones de los campos de concentración nazis. Me dijo que las vidas son crisálidas que a su muerte se convierten en mariposas. Mi madre lloraba, pero de esperanza. Sé que aguarda una señal de mi hermano, una prueba de que sigue vivo.
Llegué a casa a pasearme por los blogs habituales y, al terminar, no sé por qué, pinché en mi propio blog, y me puse a leer lo que escribí meses atrás. Yo no cambio ni a palos. Siempre dándome taponazos con las mismas cosas, siempre lanzándome de aviones sin paracaídas, siempre mendigando. Sé que debería cambiar, pero si no lo he hecho a estas alturas, me temo que será imposible. Seguiré reventándome una y otra vez contra el suelo.
Así que hoy vuelvo a mis pasiones, que son lo único que no me falla. A mi pasión por leer y escribir. Por meterme en pieles de lobos y corderos, por tomar prestada una frase de mi historia y reinventarla, por contar un presentimiento.
“Por fuera de una guarida de aire polvoriento y lejos de ese río donde las plantas crecen verdes, las flores sollozan y se alejan del suelo manchado de sangre que hay bajo mis pies. Las espinas superan a los pétalos de las rosas y la oscuridad amplifica el sonido de la tinta impresa en las páginas de propaganda que gobiernan tu vida y alimentan mi ira. Intenté doblar mis rodillas, pero ya estaban dobladas. Llamé a mi dios, pero dormía. Me imagino que sólo puedo contar conmigo.”
As Yet Untitled (Terence Trent D’Arby)
Será por el empacho de amor de las semanas pasadas. Hoy no hay amor en mis letras. Hoy escribo desde mi oscuridad.
"Dime que me quieres," me ordenaste entre jadeos. Yo callé. "Dime que me quieres," repetiste. "¿Para qué?" te demoré, agarrándome con uñas a tus hombros y dientes al delirio. "Porque necesito oírtelo. Dime que me quieres." Entre embestidas, con el placer desapareciendo como el rubor de una bofetada, vacié las palabras y mentí. Y apenas brotaron de mi garganta, esclavas de tu mandato y mártires por tu sonrisa, cayeron sin vida sobre las sábanas desencajadas.
Aún sigues sonriendo, en nuestra cama llena de cadáveres de TEs podridos y QUIEROs repletos de gusanos.

la tercera carta de amor
Galería del miércoles 26:
Hoy, dibujos de Leonardo da Vinci, el gran inventor, el gran imaginario. Su hombre del Vitruvio y un boceto de las manos de una madonna. Un apunte de un autor que por desgracia no recuerdo, y que me recuerda al muchacho persa, pero menos muchacho, en un hermoso desnudo. Y una foto hecha bajo el foco de una cocina, en la que estoy seguro Yarince está pensando en alguien que quizá se llame Eduardo.

Carta del miércoles 26:
Querido Santi,
Seguro que te sorprende recibir una carta de tu amante imaginario, el mismo que tú inventaste. Pero me has pensado tanto y me has provisto de tantos detalles que poco a poco he ido adquiriendo conciencia, hasta el punto de independizarme de ti para escribirte esta carta. Los sueños y los anhelos tienen su propia física, completamente distinta a la que se estila en tu mundo. Me creaste tan real que por fin estoy aquí, eligiendo un papel de tu escritorio para que escuches mi voz. Mi voz real.
Aún recuerdo con nitidez el día que empecé a abrir los ojos. Veías una película azul y te enamoraste de una mirada del color de un ojo de tigre. “Ojalá me miraran así”, pensaste. “Ojalá me hablaran así,” murmuraste para tus adentros en aquel recital que homenajeaba a García Lorca. Mi sonrisa y el resto de las esquinas de mi cuerpo nacieron de forma similar, con un ojalá. Mi manera de andar y la cadencia de mis gestos brotaron del ritmo de tus músicas, mientras que mis palabras son una amalgama ordenada de tus mil libros. Mi carácter es un compendio de tus mejores amigos y mis caricias son recuerdos de tus amantes atropellándose en una película de Louis Malle.
Durante todo ese proceso, tú no fuiste consciente de estarme dando a luz. Sólo era un deseo impreciso y fragmentado, un puzzle por construir con piezas de tu esperanza. Hasta que un día inesperado me materialicé resuelto ante tus ojos. Llegabas vencido de un amor fraudulento, y en el porche de una casa rodeada de cactus y arena comenzaste a hablarle al aire. Tus amigos dormían ya en sus cuartos, por parejas, pero tú no tenías sueño ni nadie con quien conciliarlo. Así que te sentaste en el sofá de caña y almohadones mientras tomabas café, y apoyaste la mano en el espacio vacío que callaba a tu lado. Como en un juego de niños con amigos imaginarios, para sacudirte la nostalgia, pediste disculpas. “Perdona, no sabía que estabas ahí”. Comenzaste a hablarme mientras que yo, cuidadoso, sembraba mis contestaciones en tu cabeza, para que creyeras que eran tuyas. Coqueteaste conmigo, y te reías apartando la mirada para volver a posarla en mí sin decir nada. Me contaste qué hacías allí y de dónde venías. Cuando te pregunté a dónde te dirigías, titubeaste. Empezó a hacer frío y te abrigaste en la manta de lana, dejando que un pedazo cayera por mis rodillas. El viento te hizo ensimismarte de nuevo, y mis preguntas no supieron sacarte de los recuerdos. Comenzaste a llorar sin ruido, para no despertar a tus amigos. Te tapaste el rostro ocultándote de la mirada de los gatos que cazaban lagartos. Te despediste de mí con prisas y saliste a dar un paseo por los senderos llenos de polvo.

A partir de ese momento no me separé de ti. No siempre sabías que estaba a tu lado, pero a veces prestabas atención y me veías desde la ventana del autobús, apoyado en una esquina. Me intuías a tu lado en la azotea, cuando subías a mirarte en la luna. Cientos de veces, en tu sueño, te acomodaste para hacerme sitio en la cama. Te sorprendías al llegar a casa y encontrarme esperándote en el zaguán, con las bolsas de comida china, y después de cenar me dejabas recostarme en tu pecho mientras oías música. Me convertiste en tu compañía. En tu secreto.
Me creaste imperfecto, porque te gusta la gente de verdad. Y porque pensaste que alguien perfecto no sería capaz de quererte, ni siquiera inventándolo tú. Me hiciste miope para que tuviera que forzar la vista para mirarte. Me pusiste un hoyuelo en la mejilla, pero sólo en el lado derecho, para que tu rostro se encajara mejor en mis besos. Me pusiste manos de pianista, porque me imaginabas tocando para ti en un teatro vacío. Creaste a tu complemento perfecto, sin saber que a la vez tú te convertías en mi complementario. Y el desenlace, obvio e inesperado para un ser de aire nacido de tu mitología, fue que me enamoré perdidamente de ti.
No podía ser de otra manera. Te veía relacionarte con el resto del mundo y eras tan distinto del hombre que me hablaba. Te llenabas de parapetos para hablar con tus compañeros de trabajo, o con la camarera de un restaurant, pero cuando te dirigías a mí venías sin ropa. Tu corazón abierto y tu cuerpo desnudo fueron irresistibles para mis pupilas transparentes. Enmudecí con la media sonrisa que pusiste en tu rostro ajeno mientras yo tocaba para ti el claro de luna en un desierto salón de banquetes. Te memoricé a través de las persianas, cuando te sentabas a leer a Gabo en el balcón. Te rondé en la cocina mientras preparabas pasta, siempre demasiada, sin saber que una ración era para mí. Me enrosqué inmaterial entre tus brazos y tus pensamientos para poder disfrutar de tus noches, para empaparme de tu esperma derramado.

No puedo sino agradecerte este gran amor, de la única forma que sé. Renuncio a ti, Santi, porque nunca fuiste mío. Y renuncio imaginando a un hombre de mediana estatura, con ojos de tigre y mirada miope. Con una sonrisa amplia, como su memoria, y manos que no tocarán el piano, pero que señalarán las estrellas y dirán su nombre. Le encantará la comida china, y nunca dejará restos en el plato. Le apasionarán Serrat y Mahler. Tendrá un rostro perfecto para encajar con el tuyo, y un cuerpo como el mío para ocupar el lugar que dejo en tu cama. Será un hombre con la capacidad de desnudarte con sus ojos, que sabrá verte cuando los demás dejen de hacerlo.
Cuando los sueños imaginamos, la dinámica de la materia se invierte. Los deseos de los sueños son de carne y hueso. Así que mira bien por la ventana del autobús. Porque un hombre apoyado en una esquina te sonará familiar, pero no podrás relacionar su cara. Te lo tropezarás mientras haces la compra y te sentarás sin querer a su lado en una terraza. Le hablarás y te contestará con una voz prestada de un poema de Buesa. Y entonces, a cambio de tu amor real, me habrás olvidado por completo.
Volveré a verte, Santi. Siempre desde lejos, asomado entre los arbustos, fuera de tu vista, sólo para comprobar que sigues siendo feliz. Te recordaré durante toda mi vida, por fugaz que sea. Porque nadie ha sabido imaginarme como lo has hecho tú. Porque eres el hombre que le puso nombre a un sueño.
Hasta siempre,
Eduardo

Nota a la carta de hoy:
Eduardo es un homenaje a otra criatura también nacida de la imaginación, y que ya forma parte de la mía, con sus manos de tijeras. Santi es un nombre muy especial para mí, en mi fuero más interno. Y la carta... no sé muy bien de dónde salió, quizá de ese pedazo de niño que todavía cree en el ratoncito pérez y que dentro de las lámparas viven los genios. Lo que daría yo por encontrarme una carta así, olvidada en mi escritorio.
Hoy, dibujos de Leonardo da Vinci, el gran inventor, el gran imaginario. Su hombre del Vitruvio y un boceto de las manos de una madonna. Un apunte de un autor que por desgracia no recuerdo, y que me recuerda al muchacho persa, pero menos muchacho, en un hermoso desnudo. Y una foto hecha bajo el foco de una cocina, en la que estoy seguro Yarince está pensando en alguien que quizá se llame Eduardo.

Carta del miércoles 26:
Querido Santi,
Seguro que te sorprende recibir una carta de tu amante imaginario, el mismo que tú inventaste. Pero me has pensado tanto y me has provisto de tantos detalles que poco a poco he ido adquiriendo conciencia, hasta el punto de independizarme de ti para escribirte esta carta. Los sueños y los anhelos tienen su propia física, completamente distinta a la que se estila en tu mundo. Me creaste tan real que por fin estoy aquí, eligiendo un papel de tu escritorio para que escuches mi voz. Mi voz real.
Aún recuerdo con nitidez el día que empecé a abrir los ojos. Veías una película azul y te enamoraste de una mirada del color de un ojo de tigre. “Ojalá me miraran así”, pensaste. “Ojalá me hablaran así,” murmuraste para tus adentros en aquel recital que homenajeaba a García Lorca. Mi sonrisa y el resto de las esquinas de mi cuerpo nacieron de forma similar, con un ojalá. Mi manera de andar y la cadencia de mis gestos brotaron del ritmo de tus músicas, mientras que mis palabras son una amalgama ordenada de tus mil libros. Mi carácter es un compendio de tus mejores amigos y mis caricias son recuerdos de tus amantes atropellándose en una película de Louis Malle.
Durante todo ese proceso, tú no fuiste consciente de estarme dando a luz. Sólo era un deseo impreciso y fragmentado, un puzzle por construir con piezas de tu esperanza. Hasta que un día inesperado me materialicé resuelto ante tus ojos. Llegabas vencido de un amor fraudulento, y en el porche de una casa rodeada de cactus y arena comenzaste a hablarle al aire. Tus amigos dormían ya en sus cuartos, por parejas, pero tú no tenías sueño ni nadie con quien conciliarlo. Así que te sentaste en el sofá de caña y almohadones mientras tomabas café, y apoyaste la mano en el espacio vacío que callaba a tu lado. Como en un juego de niños con amigos imaginarios, para sacudirte la nostalgia, pediste disculpas. “Perdona, no sabía que estabas ahí”. Comenzaste a hablarme mientras que yo, cuidadoso, sembraba mis contestaciones en tu cabeza, para que creyeras que eran tuyas. Coqueteaste conmigo, y te reías apartando la mirada para volver a posarla en mí sin decir nada. Me contaste qué hacías allí y de dónde venías. Cuando te pregunté a dónde te dirigías, titubeaste. Empezó a hacer frío y te abrigaste en la manta de lana, dejando que un pedazo cayera por mis rodillas. El viento te hizo ensimismarte de nuevo, y mis preguntas no supieron sacarte de los recuerdos. Comenzaste a llorar sin ruido, para no despertar a tus amigos. Te tapaste el rostro ocultándote de la mirada de los gatos que cazaban lagartos. Te despediste de mí con prisas y saliste a dar un paseo por los senderos llenos de polvo.

A partir de ese momento no me separé de ti. No siempre sabías que estaba a tu lado, pero a veces prestabas atención y me veías desde la ventana del autobús, apoyado en una esquina. Me intuías a tu lado en la azotea, cuando subías a mirarte en la luna. Cientos de veces, en tu sueño, te acomodaste para hacerme sitio en la cama. Te sorprendías al llegar a casa y encontrarme esperándote en el zaguán, con las bolsas de comida china, y después de cenar me dejabas recostarme en tu pecho mientras oías música. Me convertiste en tu compañía. En tu secreto.
Me creaste imperfecto, porque te gusta la gente de verdad. Y porque pensaste que alguien perfecto no sería capaz de quererte, ni siquiera inventándolo tú. Me hiciste miope para que tuviera que forzar la vista para mirarte. Me pusiste un hoyuelo en la mejilla, pero sólo en el lado derecho, para que tu rostro se encajara mejor en mis besos. Me pusiste manos de pianista, porque me imaginabas tocando para ti en un teatro vacío. Creaste a tu complemento perfecto, sin saber que a la vez tú te convertías en mi complementario. Y el desenlace, obvio e inesperado para un ser de aire nacido de tu mitología, fue que me enamoré perdidamente de ti.
No podía ser de otra manera. Te veía relacionarte con el resto del mundo y eras tan distinto del hombre que me hablaba. Te llenabas de parapetos para hablar con tus compañeros de trabajo, o con la camarera de un restaurant, pero cuando te dirigías a mí venías sin ropa. Tu corazón abierto y tu cuerpo desnudo fueron irresistibles para mis pupilas transparentes. Enmudecí con la media sonrisa que pusiste en tu rostro ajeno mientras yo tocaba para ti el claro de luna en un desierto salón de banquetes. Te memoricé a través de las persianas, cuando te sentabas a leer a Gabo en el balcón. Te rondé en la cocina mientras preparabas pasta, siempre demasiada, sin saber que una ración era para mí. Me enrosqué inmaterial entre tus brazos y tus pensamientos para poder disfrutar de tus noches, para empaparme de tu esperma derramado.

No puedo sino agradecerte este gran amor, de la única forma que sé. Renuncio a ti, Santi, porque nunca fuiste mío. Y renuncio imaginando a un hombre de mediana estatura, con ojos de tigre y mirada miope. Con una sonrisa amplia, como su memoria, y manos que no tocarán el piano, pero que señalarán las estrellas y dirán su nombre. Le encantará la comida china, y nunca dejará restos en el plato. Le apasionarán Serrat y Mahler. Tendrá un rostro perfecto para encajar con el tuyo, y un cuerpo como el mío para ocupar el lugar que dejo en tu cama. Será un hombre con la capacidad de desnudarte con sus ojos, que sabrá verte cuando los demás dejen de hacerlo.
Cuando los sueños imaginamos, la dinámica de la materia se invierte. Los deseos de los sueños son de carne y hueso. Así que mira bien por la ventana del autobús. Porque un hombre apoyado en una esquina te sonará familiar, pero no podrás relacionar su cara. Te lo tropezarás mientras haces la compra y te sentarás sin querer a su lado en una terraza. Le hablarás y te contestará con una voz prestada de un poema de Buesa. Y entonces, a cambio de tu amor real, me habrás olvidado por completo.
Volveré a verte, Santi. Siempre desde lejos, asomado entre los arbustos, fuera de tu vista, sólo para comprobar que sigues siendo feliz. Te recordaré durante toda mi vida, por fugaz que sea. Porque nadie ha sabido imaginarme como lo has hecho tú. Porque eres el hombre que le puso nombre a un sueño.
Hasta siempre,
Eduardo

Nota a la carta de hoy:
Eduardo es un homenaje a otra criatura también nacida de la imaginación, y que ya forma parte de la mía, con sus manos de tijeras. Santi es un nombre muy especial para mí, en mi fuero más interno. Y la carta... no sé muy bien de dónde salió, quizá de ese pedazo de niño que todavía cree en el ratoncito pérez y que dentro de las lámparas viven los genios. Lo que daría yo por encontrarme una carta así, olvidada en mi escritorio.
la segunda carta de amor
Galería del martes 25:
Hoy las fotos no son mías. Este personaje viajero se merece algo mejor. Y son las fotos de Yann Arthus Bertrand, en su serie "La Tierra vista desde el cielo". Tuve la suerte de verlas en su inmenso tamaño en una exposición que viaja por todo el mundo. Aún recuerdo la electricidad que me recorría ante las imágenes. Nunca podré olvidarlo.

Carta del martes 25:
Añorada Hannah,
Sin temor a que me contestes, puedo escribirte hoy la carta que nunca recibiste. Algunos pensarán que es tarde para hacerlo, pero ese término ya no tiene significado para mí. Tarde fue ayer. Demasiado tarde fue hace cien meses y cuatro días, en aquel jardín de Innsbruck, la última vez que hablamos. Hoy, como en aquella ocasión, serás incapaz de contestarme. Sin embargo, Hannah, sé que me escuchas. Un latido apresurado en este pecho anciano me delata tu presencia. Quizá sea sólo un presentimiento, un presagio. Y acaso esta carta te la alcanzará una paloma, prendida como una rama de olivo. O sus cenizas atravesarán la tierra o el cielo durante mil siglos para esconderse en tu pelo.
Tu viejo profesor no es el mismo, Hannah. Es probable que ni siquiera reconocieras en mis facciones quemadas por el sol la cara adusta que te acompañó durante treinta cortos años. Ya no hay yugos en mi entrecejo ni tensión en la comisura de mis labios. El viento del desierto se ha encargado de limar mi rostro con la misma constancia con la que esculpe y suaviza las dunas de arena. Quedan pocos restos del hombre áspero al que le comprabas violetas, del que apenas recibías caricias.

Te resultará asombroso, pero hace siete años que abandoné la Universidad y la enseñanza. Ya sé que me dijiste un millar de veces que debía aminorar la marcha, dejar vagar mis ojos por otros lugares que no fueran bibliotecas y aulas, que nunca te hice caso. Pensaba que me hablabas de esas utopías que se marchitan cuando los años se cuentan por veintenas, y desacredité tu opinión como siempre hacía, con una mirada de reprobación y una sacudida de manos. Lo siento, Hannah, ahora sé que tu consejo era la única salida, y que tu sabiduría nunca estuvo reñida con tu descarada juventud. Hizo falta el poder de una tormenta y su repicar en la Plaza Mayor de Salamanca para saber que tenías razón, la pasión de un poeta escrito en un banco empapado para dar un giro a mi vida. No creo que la tempestad hubiera terminado cuando partí con lo puesto y poco más hacia Egipto. El único recuerdo que viajó conmigo en busca del calor fue tu cinta del pelo, la azul, la que te dejaste olvidada la última vez que viniste a verme. Ahora, Hannah, soy un vagabundo que salta entre países de esos que llaman por desarrollar, como yo. Confiando en el porvenir y olvidándome de prever. Sin casa ni sueldo, sólo con mis alpargatas y un puñado de cartas. Quisiera que estuvieras conmigo para poder contarte las maravillas que han presenciado mis ojos. Estarías tan orgullosa de mí, de tu viejo profesor.
Han sido estos siete intensos años los que me han hecho reflexionar. Tuvo que llegarme el ocaso de la vida y la locura para por fin disponer de tiempo, el bien más preciado, el tesoro de los hombres con un alma millonaria. Sólo así he podido pensar en ti, en nosotros, en nuestros treinta años de historia. Los he vivido de nuevo, y he contestado de forma diferente a tus preguntas, he cambiado nuestro guión por otro protagonizado por un profesor dispuesto a ser alumno. He querido enmendar mis errores, aunque fuera en mi imaginación, para paliar el inmenso dolor de no haber sido el hombre que tú te mereciste.

Quiero contarte lo que cambié, quiero que entiendas mi pudor de quererte, mi férrea disciplina y aquella abominable distancia a la que te condené. Este anciano, adorada Hannah, no pudo quererte más, pero si pudo demostrártelo y no lo hizo. Ese es su lamento, el único que duele en su vida, y que pretende purgar con esta carta. Sólo me tenías a mí, y juzgué oportuno infundirte fortaleza con mi conducta, convertir tu carne limpia en un basalto indestructible, que nunca dependieras de nadie, ni siquiera de mí, para que nadie tuviera en sus manos la hoz que podría amputarte el corazón. Que no tuvieras el pecho hueco, como el mío, vacío desde hace cuarenta años. He sido un viejo estúpido, Hannah. Tu sinceridad y tu pasión, el candor y la inocencia que se te resbalaban de los ojos te convertían ya en una mujer invulnerable. Por eso no te destrozaste en mi fachada de granito, en tus repetidas embestidas, intentando abrirte paso.
Aún recuerdo tus besos cuando salías de mi despacho. Tus palabras cómplices, tus guiños sin respuesta. El olor de tus violetas, que sólo me atrevía a aspirar cuando ya no estabas. Los besos que te di a escondidas, cuando te perdías en el sueño. Mis llamadas de teléfono cuando me urgía oír tu voz, mi instinto de colgar el auricular apenas contestabas, para que permaneciera en secreto mi insoportable necesidad de ti, de tu presencia.
En mi aventura por la cuna del mundo he llegado hasta Jerusalén, Hannah. Y es aquí desde donde te escribo esta carta. Frente a los restos del templo de Salomón y ante miles de buzones que quizá lleven mi carta allá donde estés. Nada me recuerda al cementerio austriaco en el que te dije adiós, mientras plantaba violetas junto a tu lápida. Sólo tu cinta del pelo, enrollada entre mis dedos. La que te compró tu madre apenas una semana antes de abandonarnos, cuando eras solamente una niña. Ataré esta carta con ella antes de meterla en este muro de las lamentaciones, porque ya no me hace falta un objeto para recordarte. No necesito tus reliquias porque hoy se acabaron las elegías. Hoy, hija mía, por fin te celebro.

Quizá pediste permiso, allá donde estés, para sacudir las nubes sobre aquella plaza, alentándome a escapar. Quizá disfrazaste tu voz en el repicar de la lluvia, llamándome por primera vez papá. Seguro que en aquellas gotas mandaste tus últimos besos a mi frente. Los míos te los doy hoy, terminado ya mi calvario, con éstas, mis primeras lágrimas.
Lamento no haber sabido quererte. Lamento haber tardado diez años en decírtelo. Y sobre todo lamento que no seas tú quien me escribe esta carta.
Tu padre, siempre,
Wilhelm

Nota a la carta de hoy:
Mi amiga Amanda fue la que me infundió la chispa. "Escribe desde Wilhelm," me dijo. Y el único amor de mi personaje es el de su hija. Los demás son préstamos. Escribí la carta para que fuera leída por gente que no lo conoce. Que pareciera un mensaje a una amante antigua y de tiempo, sólo para descubrir al final que se trata de su niña. Hannah murió en otra carta, hace mucho tiempo. Pero hoy Wilhelm purga su dolor. ¿Mi intención? Perdonarlo. Y bucear en la certeza de que el amor, cuando le sustraemos el sexo, es similar en sus distintas variaciones.
Hoy las fotos no son mías. Este personaje viajero se merece algo mejor. Y son las fotos de Yann Arthus Bertrand, en su serie "La Tierra vista desde el cielo". Tuve la suerte de verlas en su inmenso tamaño en una exposición que viaja por todo el mundo. Aún recuerdo la electricidad que me recorría ante las imágenes. Nunca podré olvidarlo.

Carta del martes 25:
Añorada Hannah,
Sin temor a que me contestes, puedo escribirte hoy la carta que nunca recibiste. Algunos pensarán que es tarde para hacerlo, pero ese término ya no tiene significado para mí. Tarde fue ayer. Demasiado tarde fue hace cien meses y cuatro días, en aquel jardín de Innsbruck, la última vez que hablamos. Hoy, como en aquella ocasión, serás incapaz de contestarme. Sin embargo, Hannah, sé que me escuchas. Un latido apresurado en este pecho anciano me delata tu presencia. Quizá sea sólo un presentimiento, un presagio. Y acaso esta carta te la alcanzará una paloma, prendida como una rama de olivo. O sus cenizas atravesarán la tierra o el cielo durante mil siglos para esconderse en tu pelo.
Tu viejo profesor no es el mismo, Hannah. Es probable que ni siquiera reconocieras en mis facciones quemadas por el sol la cara adusta que te acompañó durante treinta cortos años. Ya no hay yugos en mi entrecejo ni tensión en la comisura de mis labios. El viento del desierto se ha encargado de limar mi rostro con la misma constancia con la que esculpe y suaviza las dunas de arena. Quedan pocos restos del hombre áspero al que le comprabas violetas, del que apenas recibías caricias.

Te resultará asombroso, pero hace siete años que abandoné la Universidad y la enseñanza. Ya sé que me dijiste un millar de veces que debía aminorar la marcha, dejar vagar mis ojos por otros lugares que no fueran bibliotecas y aulas, que nunca te hice caso. Pensaba que me hablabas de esas utopías que se marchitan cuando los años se cuentan por veintenas, y desacredité tu opinión como siempre hacía, con una mirada de reprobación y una sacudida de manos. Lo siento, Hannah, ahora sé que tu consejo era la única salida, y que tu sabiduría nunca estuvo reñida con tu descarada juventud. Hizo falta el poder de una tormenta y su repicar en la Plaza Mayor de Salamanca para saber que tenías razón, la pasión de un poeta escrito en un banco empapado para dar un giro a mi vida. No creo que la tempestad hubiera terminado cuando partí con lo puesto y poco más hacia Egipto. El único recuerdo que viajó conmigo en busca del calor fue tu cinta del pelo, la azul, la que te dejaste olvidada la última vez que viniste a verme. Ahora, Hannah, soy un vagabundo que salta entre países de esos que llaman por desarrollar, como yo. Confiando en el porvenir y olvidándome de prever. Sin casa ni sueldo, sólo con mis alpargatas y un puñado de cartas. Quisiera que estuvieras conmigo para poder contarte las maravillas que han presenciado mis ojos. Estarías tan orgullosa de mí, de tu viejo profesor.
Han sido estos siete intensos años los que me han hecho reflexionar. Tuvo que llegarme el ocaso de la vida y la locura para por fin disponer de tiempo, el bien más preciado, el tesoro de los hombres con un alma millonaria. Sólo así he podido pensar en ti, en nosotros, en nuestros treinta años de historia. Los he vivido de nuevo, y he contestado de forma diferente a tus preguntas, he cambiado nuestro guión por otro protagonizado por un profesor dispuesto a ser alumno. He querido enmendar mis errores, aunque fuera en mi imaginación, para paliar el inmenso dolor de no haber sido el hombre que tú te mereciste.

Quiero contarte lo que cambié, quiero que entiendas mi pudor de quererte, mi férrea disciplina y aquella abominable distancia a la que te condené. Este anciano, adorada Hannah, no pudo quererte más, pero si pudo demostrártelo y no lo hizo. Ese es su lamento, el único que duele en su vida, y que pretende purgar con esta carta. Sólo me tenías a mí, y juzgué oportuno infundirte fortaleza con mi conducta, convertir tu carne limpia en un basalto indestructible, que nunca dependieras de nadie, ni siquiera de mí, para que nadie tuviera en sus manos la hoz que podría amputarte el corazón. Que no tuvieras el pecho hueco, como el mío, vacío desde hace cuarenta años. He sido un viejo estúpido, Hannah. Tu sinceridad y tu pasión, el candor y la inocencia que se te resbalaban de los ojos te convertían ya en una mujer invulnerable. Por eso no te destrozaste en mi fachada de granito, en tus repetidas embestidas, intentando abrirte paso.
Aún recuerdo tus besos cuando salías de mi despacho. Tus palabras cómplices, tus guiños sin respuesta. El olor de tus violetas, que sólo me atrevía a aspirar cuando ya no estabas. Los besos que te di a escondidas, cuando te perdías en el sueño. Mis llamadas de teléfono cuando me urgía oír tu voz, mi instinto de colgar el auricular apenas contestabas, para que permaneciera en secreto mi insoportable necesidad de ti, de tu presencia.
En mi aventura por la cuna del mundo he llegado hasta Jerusalén, Hannah. Y es aquí desde donde te escribo esta carta. Frente a los restos del templo de Salomón y ante miles de buzones que quizá lleven mi carta allá donde estés. Nada me recuerda al cementerio austriaco en el que te dije adiós, mientras plantaba violetas junto a tu lápida. Sólo tu cinta del pelo, enrollada entre mis dedos. La que te compró tu madre apenas una semana antes de abandonarnos, cuando eras solamente una niña. Ataré esta carta con ella antes de meterla en este muro de las lamentaciones, porque ya no me hace falta un objeto para recordarte. No necesito tus reliquias porque hoy se acabaron las elegías. Hoy, hija mía, por fin te celebro.

Quizá pediste permiso, allá donde estés, para sacudir las nubes sobre aquella plaza, alentándome a escapar. Quizá disfrazaste tu voz en el repicar de la lluvia, llamándome por primera vez papá. Seguro que en aquellas gotas mandaste tus últimos besos a mi frente. Los míos te los doy hoy, terminado ya mi calvario, con éstas, mis primeras lágrimas.
Lamento no haber sabido quererte. Lamento haber tardado diez años en decírtelo. Y sobre todo lamento que no seas tú quien me escribe esta carta.
Tu padre, siempre,
Wilhelm

Nota a la carta de hoy:
Mi amiga Amanda fue la que me infundió la chispa. "Escribe desde Wilhelm," me dijo. Y el único amor de mi personaje es el de su hija. Los demás son préstamos. Escribí la carta para que fuera leída por gente que no lo conoce. Que pareciera un mensaje a una amante antigua y de tiempo, sólo para descubrir al final que se trata de su niña. Hannah murió en otra carta, hace mucho tiempo. Pero hoy Wilhelm purga su dolor. ¿Mi intención? Perdonarlo. Y bucear en la certeza de que el amor, cuando le sustraemos el sexo, es similar en sus distintas variaciones.
la primera carta de amor
Doce de la noche. La suerte ya está echada. La decisión de qué carta de amor enviar al concurso la dejé en manos del destino. Escribí en distintos papeles los nombres de las cartas, su nombre oculto, el que sólo conozco yo. Los metí en una bolsa de terciopelo azul oscuro donde guardo piedras de amatista, jade, ópalos. Y saqué de ella un papel con nombre de película. Y esa es la que envié. Ese papel y los demás los enterré en la maceta con flores naranja que tengo en mi escritorio.
Lo bueno es que, una vez hecha la decisión, las cartas que el azar no quiso escoger podré colgarlas del blog. Y para no perder la costumbre, irán acompañadas de mis fotos, que comentaré en un párrafo introductorio para no perder la linealidad
Así que queda inaugurada en mi página la semana de las cartas de amor.

Galería del lunes 24:
Para esta carta buceé entre mis álbumes para buscar fotos imprecisas. Claroscuros. Figuras sin rostro. Quería ilustrar las imágenes que ve la mente de mi protagonista. El Museo de Historia Natural de Londres. El sol despuntando por la fachada del Museo Guggenheim de Nueva York. Las figuras descabezadas del Partenón en la cueva de los ladrones (es decir, el Museo Británico). Y para terminar una escultura de Cartago, apenas adivinada. Después de leer la carta podréis decirme si representan o no los huecos en la mente. Las ausencias.
Carta del lunes 24:
Querido hombre sin nombre,
Sé que existes. Es de noche y no estás conmigo, y las enfermeras no me dejan salir a buscarte, aunque tampoco sabría por dónde empezar. Pero sé que estás, que ahora mismo duermes en una cama que compartimos y de la que no recuerdo el color o el tamaño, a pesar de llegarme su olor. Normalmente te veo a través de la bruma de mi mente, difuminado y lejano, pero hoy brilla el sol en mis recuerdos, con una luz tan cegadora que mantiene encandilado tu rostro. Debo estar predestinada a no volver a verte nunca. Aún así, aprovecharé el claro de mi tormenta para escribirte, aunque no tengas rostro ni pueda encontrar tu nombre en este amasijo de palabras. Necesito traerte a mi oscuridad hoy que olvidaron atarme a la cama para que te veas a través de mis ojos. A pesar de mis esfuerzos yo sólo puedo alcanzarte a tientas.
Sé que eres alto porque, mientras paseamos por un pueblo de pescadores, tengo que alzar la mirada para verte la barbilla. Los cristales de tus gafas reflejan las ventanas verdes. Veo con claridad tus puños jugando con los calcetines negros, divirtiéndome con un improvisado teatro de guiñol. No sé qué expresión tienes, pero tu figura está arropada por las risas que siento en mi centro al intentar adivinarte, por el deseo que me invade cuando me parece ver tus ojos. Tu mirada incolora, adivinada a través del agua que la oculta en mi cabeza, ciega de cataratas grises. Debes tener una boca amplia, porque aún te siento engullirme, y unas piernas robustas que aprisionan la memoria de mis caderas.

Tanto sé de ti y sigo sin poder encontrar tu nombre. Tanto te siento a pesar de no poder quitarte esa máscara enmarañada, injertada con una nariz que no es tuya, con un pelo que quizá es de mi padre, y la quijada de algún profesor de instituto. Eres una criatura cosida de reminiscencias, de restos de un millón de rostros que se empeñan en enterrar el tuyo en el desvencijado armario de mi cabeza.
Por más que abro los cajones sólo encuentro olores, y nombres de calles, y estampas de la casa de mis padres, mientras que de ti sólo me quedan fogonazos, como los atardeceres de Monet que vimos juntos en el Museo de Orsay. Tu perfil impreciso se mezcla con el trazo azul marino y se transparenta sobre las hojas de los jardines del Retiro, mientras cenamos bocadillos de paté. Eres un camaleón que se confunde en el contorno de mi memoria, donde no existe el tiempo ni el espacio, en un vacío impregnado de esta noción que aún conservo de ti. Un lugar de tinieblas donde siento la presencia escondida de tu pecho, donde tus manos llenas de nudos trepan por la espalda, anclándose en mi piel que conserva intacto tu recuerdo.
Alguien me roba tus pedazos de forma inexorable. Cada día me oculta definiciones fundamentales para descifrarte. La peste ha invadido mi memoria y las bajas se cuentan por cientos, sin poder hacer nada para remediarlo. Perdí tu rostro, pero no me pasará lo mismo con tu vientre que repaso a diario, inmunizándolo, protegiéndolo hasta que sea la última víctima. Me demoro en tu regazo, en el zapato de mi cenicienta, sintiendo de nuevo el escalofrío de llenarme contigo, tanto que no me importará vaciarme de recuerdos y que solamente me quedes tú. Si te dejara amarme, sé que sería capaz de reconocerte, aunque sólo fuera durante un instante. Y sólo entonces podría rendirme, morirme en mi olvido.

Te llames como te llames, no creas que te he olvidado. Aunque en mis desvaríos te confunda con un hijo sin cara o no te reconozca, no pienses ni por un segundo que he dejado de quererte. Me quedan mil restos tuyos, esparcidos de forma inconexa, tan lejos unos de otros que no puedo resolver el puzzle que me haría relacionar tu rostro con mi vida. Pero son esas piezas las que me dan fuerzas para seguir haciendo borrones con pedazos de sueños y fotos de niña, combinándolos con la esperanza de que un día, de ese galimatías, te dibujes tú. Quiero poder despedirme antes de disolverme en esta cruz de infinitos caminos, reconocerte apenas durante un instante, poder mirarte a los ojos y saber que eres tú.
Espero que esta carta te llegue, aunque yo haya vuelto a perderme en una esquina de mi laberinto. Enséñame la salida. Espero que sigas viniendo con la esperanza de encontrar un día a la mujer que te quiso. Ayúdame a encontrarla. Espero que aún me cojas de la mano y acaricies con tu corazón mis palmas, aunque yo te aparte, y que aguardes mi descuido para besarme la rosa de mi nuca. Espero que no me hayas olvidado. No me dejes olvidarte.
Pero sobre todo, amor, espero que no hayas muerto. Porque en este apocalipsis de recuerdos, ni siquiera sé si olvidé tu muerte. O incluso la mía.
Tendrás tú que firmar por mí. Tampoco yo tengo nombre.

Nota a la carta de hoy:
Esta era la niña de mis ojos. Meterme en la piel de una mujer que sabe que ama, pero no sabe a quien. Que intuye el amor, que es consciente de la magnitud del sentimiento, y sin embargo es incapaz de ponerle una cara. Me dolió narrar la desesperación y la rendición inevitable. El alzheimer y la demencia me parecen de una crueldad refinadísima. Hay algo peor que no encontrar el amor, y es tenerlo y no ser capaz de reconocerlo.
Lo bueno es que, una vez hecha la decisión, las cartas que el azar no quiso escoger podré colgarlas del blog. Y para no perder la costumbre, irán acompañadas de mis fotos, que comentaré en un párrafo introductorio para no perder la linealidad
Así que queda inaugurada en mi página la semana de las cartas de amor.

Galería del lunes 24:
Para esta carta buceé entre mis álbumes para buscar fotos imprecisas. Claroscuros. Figuras sin rostro. Quería ilustrar las imágenes que ve la mente de mi protagonista. El Museo de Historia Natural de Londres. El sol despuntando por la fachada del Museo Guggenheim de Nueva York. Las figuras descabezadas del Partenón en la cueva de los ladrones (es decir, el Museo Británico). Y para terminar una escultura de Cartago, apenas adivinada. Después de leer la carta podréis decirme si representan o no los huecos en la mente. Las ausencias.
Carta del lunes 24:
Querido hombre sin nombre,
Sé que existes. Es de noche y no estás conmigo, y las enfermeras no me dejan salir a buscarte, aunque tampoco sabría por dónde empezar. Pero sé que estás, que ahora mismo duermes en una cama que compartimos y de la que no recuerdo el color o el tamaño, a pesar de llegarme su olor. Normalmente te veo a través de la bruma de mi mente, difuminado y lejano, pero hoy brilla el sol en mis recuerdos, con una luz tan cegadora que mantiene encandilado tu rostro. Debo estar predestinada a no volver a verte nunca. Aún así, aprovecharé el claro de mi tormenta para escribirte, aunque no tengas rostro ni pueda encontrar tu nombre en este amasijo de palabras. Necesito traerte a mi oscuridad hoy que olvidaron atarme a la cama para que te veas a través de mis ojos. A pesar de mis esfuerzos yo sólo puedo alcanzarte a tientas.
Sé que eres alto porque, mientras paseamos por un pueblo de pescadores, tengo que alzar la mirada para verte la barbilla. Los cristales de tus gafas reflejan las ventanas verdes. Veo con claridad tus puños jugando con los calcetines negros, divirtiéndome con un improvisado teatro de guiñol. No sé qué expresión tienes, pero tu figura está arropada por las risas que siento en mi centro al intentar adivinarte, por el deseo que me invade cuando me parece ver tus ojos. Tu mirada incolora, adivinada a través del agua que la oculta en mi cabeza, ciega de cataratas grises. Debes tener una boca amplia, porque aún te siento engullirme, y unas piernas robustas que aprisionan la memoria de mis caderas.

Tanto sé de ti y sigo sin poder encontrar tu nombre. Tanto te siento a pesar de no poder quitarte esa máscara enmarañada, injertada con una nariz que no es tuya, con un pelo que quizá es de mi padre, y la quijada de algún profesor de instituto. Eres una criatura cosida de reminiscencias, de restos de un millón de rostros que se empeñan en enterrar el tuyo en el desvencijado armario de mi cabeza.
Por más que abro los cajones sólo encuentro olores, y nombres de calles, y estampas de la casa de mis padres, mientras que de ti sólo me quedan fogonazos, como los atardeceres de Monet que vimos juntos en el Museo de Orsay. Tu perfil impreciso se mezcla con el trazo azul marino y se transparenta sobre las hojas de los jardines del Retiro, mientras cenamos bocadillos de paté. Eres un camaleón que se confunde en el contorno de mi memoria, donde no existe el tiempo ni el espacio, en un vacío impregnado de esta noción que aún conservo de ti. Un lugar de tinieblas donde siento la presencia escondida de tu pecho, donde tus manos llenas de nudos trepan por la espalda, anclándose en mi piel que conserva intacto tu recuerdo.
Alguien me roba tus pedazos de forma inexorable. Cada día me oculta definiciones fundamentales para descifrarte. La peste ha invadido mi memoria y las bajas se cuentan por cientos, sin poder hacer nada para remediarlo. Perdí tu rostro, pero no me pasará lo mismo con tu vientre que repaso a diario, inmunizándolo, protegiéndolo hasta que sea la última víctima. Me demoro en tu regazo, en el zapato de mi cenicienta, sintiendo de nuevo el escalofrío de llenarme contigo, tanto que no me importará vaciarme de recuerdos y que solamente me quedes tú. Si te dejara amarme, sé que sería capaz de reconocerte, aunque sólo fuera durante un instante. Y sólo entonces podría rendirme, morirme en mi olvido.

Te llames como te llames, no creas que te he olvidado. Aunque en mis desvaríos te confunda con un hijo sin cara o no te reconozca, no pienses ni por un segundo que he dejado de quererte. Me quedan mil restos tuyos, esparcidos de forma inconexa, tan lejos unos de otros que no puedo resolver el puzzle que me haría relacionar tu rostro con mi vida. Pero son esas piezas las que me dan fuerzas para seguir haciendo borrones con pedazos de sueños y fotos de niña, combinándolos con la esperanza de que un día, de ese galimatías, te dibujes tú. Quiero poder despedirme antes de disolverme en esta cruz de infinitos caminos, reconocerte apenas durante un instante, poder mirarte a los ojos y saber que eres tú.
Espero que esta carta te llegue, aunque yo haya vuelto a perderme en una esquina de mi laberinto. Enséñame la salida. Espero que sigas viniendo con la esperanza de encontrar un día a la mujer que te quiso. Ayúdame a encontrarla. Espero que aún me cojas de la mano y acaricies con tu corazón mis palmas, aunque yo te aparte, y que aguardes mi descuido para besarme la rosa de mi nuca. Espero que no me hayas olvidado. No me dejes olvidarte.
Pero sobre todo, amor, espero que no hayas muerto. Porque en este apocalipsis de recuerdos, ni siquiera sé si olvidé tu muerte. O incluso la mía.
Tendrás tú que firmar por mí. Tampoco yo tengo nombre.

Nota a la carta de hoy:
Esta era la niña de mis ojos. Meterme en la piel de una mujer que sabe que ama, pero no sabe a quien. Que intuye el amor, que es consciente de la magnitud del sentimiento, y sin embargo es incapaz de ponerle una cara. Me dolió narrar la desesperación y la rendición inevitable. El alzheimer y la demencia me parecen de una crueldad refinadísima. Hay algo peor que no encontrar el amor, y es tenerlo y no ser capaz de reconocerlo.
poesía, cine y música
Siempre el fin de semana es un tránsito. Pocos paseos por los blogs, poco tiempo (mañana volveré a todos los vuestros, porque leeros merece calma y concentración). El mundo al revés. Yo aprovecho un hueco entre cafés, copas, lecturas, escrituras y camas para postear algo, no perder la costumbre. No sin antes recomendar “Mamá, quiero ser famoso”, del grupo de teatro La Cubana. Ayer tuve la oportunidad de verlo, y hacía tiempo que no me enjugaba lágrimas de risa.
Hoy toca colgar tres de mis debilidades. Poesía, cine y música. No entiendo por qué lo llaman debilidad cuando algo te apasiona. Bajo mi punto de vista son fortalezas. Una pasión es un punto de anclaje, nunca una deriva.

Después de tanto tiempo al fin te has ido, y en vez de lamentarme, he decidido tomármelo con calma. De par en par he abierto los balcones, he sacudido el polvo a todos los rincones de mi alma.
Me he dicho que la vida no es un valle de lágrimas, y he salido a la calle como un explorador. He vuelto a tropezar con el pasado y he pedido en el bar de mis pecados otra copa de ron.
Con el cartel de libre en la solapa he vuelto a ser un guapo entre las guapas chulapas de Madrid. Sólo me pongo triste cuando alguna, en el momento más inoportuno, me pregunta por ti.
Y en otros ojos me olvidé de tu mirada, y en otros labios despisté a la madrugada. Y en otro pelo me curé del desconsuelo que empapaba tu almohada. Y en otros puertos he atracado mi velero, y en otros cuartos he colgado mi sombrero. Y una mañana comprendí que a veces gana el que pierde a una mujer.
No me quedaba duda alguna que la canción de hoy debía de ser de Joaquín Sabina. Me quedan poquísimas dudas respecto a su música, su poesía. Pero sí dudé sobre cual elegir. Si A la orilla de la chimenea, si Y sin embargo… Al final elegí Como un Explorador. No sé muy bien la razón, aparte de que es una de mis canciones favoritas, pero probablemente sea porque refleja muy bien cómo siento el olvido. El no lamentarse, el olvidar, pero conservando sin querer ese pequeño estigma del amor que ya no está.

Frescor de los vidrios al apoyar la frente en la ventana.
Luces trasnochadas que al apagarse nos dejan todavía más solos.
Telaraña que los alambres tejen sobre las azoteas.
Trote hueco de los jamelgos que pasan y nos emocionan sin razón.
¿A qué nos hace recordar el aullido de los gatos en celo,
y cuál será la intención de los papeles
que se arrastran en los patios vacíos?
Hora en que los muebles viejos aprovechan para sacarse las mentiras,
y en que las cañerías tienen gritos estrangulados,
como si se asfixiaran dentro de las paredes.
A veces se piensa,
al dar vuelta la llave de la electricidad,
en el espanto que sentirán las sombras,
y quisiéramos avisarles
para que tuvieran tiempo de acurrucarse en los rincones.
Y a veces las cruces de los postes telefónicos,
sobre las azoteas,
tienen algo de siniestro
y uno quisiera rozarse a las paredes,
como un gato o como un ladrón.
Noches en las que desearíamos
que nos pasaran la mano por el lomo,
y en las que súbitamente se comprende
que no hay ternura comparable
a la de acariciar algo que duerme.
Este Nocturno de Oliverio Girondo tiene muchas razones para estar aquí. Pero en especial por esa sentencia magnífica: “no hay ternura comparable a la de acariciar algo que duerme.” Si no lo habéis hecho, probadlo. A pasar la mano a escasos milímetros del rostro y el cuerpo del amante, para que su piel se vaya acostumbrando a tu calor. Irse acercando micra a micra, a ser posible con el dorso de la mano, anticipando a todos los receptores táctiles el orgasmo de tocar a la persona que quieres.

¿Sabes lo que se supone que tienes que hacer para encontrarte con una sirena? Debes bajar hasta el fondo del mar, allí donde el agua deja de ser azul, donde el cielo es sólo un recuerdo. Y quedarte flotando, con suavidad, en silencio, quedarte en ese lugar. Es entonces cuando decides que morirías por ellas. Y en ese justo momento, ellas empiezan a aparecer. Vienen dándote la bienvenida, y juzgan tu amor por ellas. Y si es sincero, si es puro... entonces te darán la mano y se te llevarán para siempre.
Vi la película de Luc Besson, El Gran Azul, en el estreno del Festival de Cine Ecológico de hace 18 años. Tuve que estar en cola dos horas, esperando que pusieran a la venta las entradas de los vip que las habían devuelto. Desde aquel mismo momento, quizá desde que estaba en la cola, es una de mis películas favoritas. Reuní para comprarme de importación, años más tarde, la versión larga que se había editado en video en Francia. Mucho después compraría el dvd. El fragmento que reproduzco aquí es de esa versión. Es la explicación de la filosofía de Jacques Mayol, la razón por la que se comporta como lo hace ese personaje fascinante y silencioso. No dejéis de verla. De oír la irrepetible banda sonora de Eric Serra. “Dios está en el fondo del mar. Esa es la razón por la que buceo.”

Hoy toca colgar tres de mis debilidades. Poesía, cine y música. No entiendo por qué lo llaman debilidad cuando algo te apasiona. Bajo mi punto de vista son fortalezas. Una pasión es un punto de anclaje, nunca una deriva.

Después de tanto tiempo al fin te has ido, y en vez de lamentarme, he decidido tomármelo con calma. De par en par he abierto los balcones, he sacudido el polvo a todos los rincones de mi alma.
Me he dicho que la vida no es un valle de lágrimas, y he salido a la calle como un explorador. He vuelto a tropezar con el pasado y he pedido en el bar de mis pecados otra copa de ron.
Con el cartel de libre en la solapa he vuelto a ser un guapo entre las guapas chulapas de Madrid. Sólo me pongo triste cuando alguna, en el momento más inoportuno, me pregunta por ti.
Y en otros ojos me olvidé de tu mirada, y en otros labios despisté a la madrugada. Y en otro pelo me curé del desconsuelo que empapaba tu almohada. Y en otros puertos he atracado mi velero, y en otros cuartos he colgado mi sombrero. Y una mañana comprendí que a veces gana el que pierde a una mujer.
No me quedaba duda alguna que la canción de hoy debía de ser de Joaquín Sabina. Me quedan poquísimas dudas respecto a su música, su poesía. Pero sí dudé sobre cual elegir. Si A la orilla de la chimenea, si Y sin embargo… Al final elegí Como un Explorador. No sé muy bien la razón, aparte de que es una de mis canciones favoritas, pero probablemente sea porque refleja muy bien cómo siento el olvido. El no lamentarse, el olvidar, pero conservando sin querer ese pequeño estigma del amor que ya no está.

Frescor de los vidrios al apoyar la frente en la ventana.
Luces trasnochadas que al apagarse nos dejan todavía más solos.
Telaraña que los alambres tejen sobre las azoteas.
Trote hueco de los jamelgos que pasan y nos emocionan sin razón.
¿A qué nos hace recordar el aullido de los gatos en celo,
y cuál será la intención de los papeles
que se arrastran en los patios vacíos?
Hora en que los muebles viejos aprovechan para sacarse las mentiras,
y en que las cañerías tienen gritos estrangulados,
como si se asfixiaran dentro de las paredes.
A veces se piensa,
al dar vuelta la llave de la electricidad,
en el espanto que sentirán las sombras,
y quisiéramos avisarles
para que tuvieran tiempo de acurrucarse en los rincones.
Y a veces las cruces de los postes telefónicos,
sobre las azoteas,
tienen algo de siniestro
y uno quisiera rozarse a las paredes,
como un gato o como un ladrón.
Noches en las que desearíamos
que nos pasaran la mano por el lomo,
y en las que súbitamente se comprende
que no hay ternura comparable
a la de acariciar algo que duerme.
Este Nocturno de Oliverio Girondo tiene muchas razones para estar aquí. Pero en especial por esa sentencia magnífica: “no hay ternura comparable a la de acariciar algo que duerme.” Si no lo habéis hecho, probadlo. A pasar la mano a escasos milímetros del rostro y el cuerpo del amante, para que su piel se vaya acostumbrando a tu calor. Irse acercando micra a micra, a ser posible con el dorso de la mano, anticipando a todos los receptores táctiles el orgasmo de tocar a la persona que quieres.

¿Sabes lo que se supone que tienes que hacer para encontrarte con una sirena? Debes bajar hasta el fondo del mar, allí donde el agua deja de ser azul, donde el cielo es sólo un recuerdo. Y quedarte flotando, con suavidad, en silencio, quedarte en ese lugar. Es entonces cuando decides que morirías por ellas. Y en ese justo momento, ellas empiezan a aparecer. Vienen dándote la bienvenida, y juzgan tu amor por ellas. Y si es sincero, si es puro... entonces te darán la mano y se te llevarán para siempre.
Vi la película de Luc Besson, El Gran Azul, en el estreno del Festival de Cine Ecológico de hace 18 años. Tuve que estar en cola dos horas, esperando que pusieran a la venta las entradas de los vip que las habían devuelto. Desde aquel mismo momento, quizá desde que estaba en la cola, es una de mis películas favoritas. Reuní para comprarme de importación, años más tarde, la versión larga que se había editado en video en Francia. Mucho después compraría el dvd. El fragmento que reproduzco aquí es de esa versión. Es la explicación de la filosofía de Jacques Mayol, la razón por la que se comporta como lo hace ese personaje fascinante y silencioso. No dejéis de verla. De oír la irrepetible banda sonora de Eric Serra. “Dios está en el fondo del mar. Esa es la razón por la que buceo.”

anillos

Me cautivó el cuerpo sinuoso,
pero el siseo de la voz
fundió todas mis reservas.
La mirada hipnótica me sedujo
apenas segundos antes
de empezar a mudar la piel.
En el letargo del veneno,
mientras me engulles,
aún dudo que seas una serpiente.
enamorar

Hoy, en fotos, una sesión gatuna. Para la compañía quizá prefiero los perros, pero estoy en una época de sacar las garras. De independencia. De escudriñar más allá, como hacen los gatos. Por eso me ensimismé tanto retratándolos.
Me surge escribir muchas cosas, como siempre, cuando menos tiempo tengo. Iré rápido y por partes.
Por un lado, sigue mi disputa en la lista que os conté con el tema de las catástrofes naturales. Pero me gusta, porque me hace analizar mi postura y reafirma muchas de las cosas en que creo, me hace documentarme para rebatir argumentos. Son ya demasiados como para ponerlos aquí, aunque estoy bastante orgulloso de algunos de ellos, lo reconozco. Lo que sí quiero poner es un enlace a un artículo de Gennaro Carotenuto, que dice mucho mejor lo que a mí me habría gustado decir.

Vale la pena que lo leáis. Para despertaros la curiosidad, os dejo un par de citas que he extraído:
“El mundo vive una ola anómala de solidaridad, favorecida por la Navidad y el maremoto. Los europeos compran solidaridad enviando un SMS. Con un mensajito de celular - interactividad es la palabra clave de nuestra modernidad- mandan un euro a un niño de Sri Lanka. Si el mismo niño lavara vidrios en los semáforos, no le tocarían más de 50 centavos.”
“Moralismo por moralismo: hay que admitir que en Asia no pasó nada especial y que no hay motivo para gastar tantos mensajitos. Los muertos por hambre son 150 mil en cuatro o cinco días cualquiera, sin que nadie mande un SMS, ni siquiera a los parientes. Maldad por maldad: tanta atención mediática por un hecho tan lejano se debe a la globalización. Es esta cosita linda que nos involucra a todos en un único planeta auspiciado por Mastercard, y cada Navidad nos hace cantar con vela en la mano que We are the world.”
”Sin embargo es la misma globalización que llevó a Union Carbide a envenenar la ciudad de Bhopal, en India. O la que lleva todos los días aviones chárter cargados de bandidos -funcionarios, contadores, maestros, vecinos de mi barrio- a Tailandia como a Brasil, a llenarse de Viagra para violar mejor niñas y niños.”

A otra cosa (aunque me da la impresión que este tema coleará un tiempo por mi cabeza). Estoy inmerso en las cartas de amor. Las del concurso, ya sabéis. He escrito tres y otras tres se han escrito ya en mi cabeza. No me decido. Y lo peor es que no puedo postearlas hasta que decida cual enviar, y la elegida tendrá que esperar, con premio o sin él, a que se produzca el fallo del jurado, según me han informado fuentes fidedignas. El concurso debe ser anónimo, y la carta no puede estar rondando en un lugar público, por si las moscas. Las he dado a leer a la gente de mi vida, a la más pegada, como Carlos, Amanda o mi madre (y algun@ que otr@ más de quienes mantendré el anonimato), y se decantan por una. Sé que es la mejor. La más original, la más difícil, la menos evidente. Es la niña de mis ojos. Pero sé que no tiene posibilidades. Estoy en esa disyuntiva, si mandar a mi hijo favorito o al más guapo. Esperaré a parir a los demás y ya decidiré (me quedan sólo dos días!!). La cosa es que le mandé a Amanda esa niña de mis ojos. Amanda es quien me ha impulsado a escribir más y mejor. La que me empujó a hacer pública mi escritura. Mi fan número uno (que menos mal que no se le ha ocurrido atarme a la cama). Recuerdo su frase “Yarince, llega un momento en que tienes la obligación de dar a conocer, aunque te lleves un batacazo.”
Pues se la mandé y me contestó en un email muchas cosas, pero un párrafo se me clavó: “le cuento a Diego de ti (Diego es su marido) y siempre alucina... me pregunta si estás escribiendo. lo dejas muy impactado con tus textos. creo que le pasa lo que a mí. Se enamora de ti cuando te lee.”
En un primer momento me halagó. Mucho. Pero después me dejó hecho polvo. Porque no quiero que se enamoren de mí cuando me lean. Yo no soy lo que escribo. Ni quiero que me valoren por eso. Quiero que alguien se enamore de mí. Punto. Que alguien que no me lea sepa ver la poesía, sincera y de corazón, en las manos del hombre, y no en las del escritor.
Me recuerda a cuando era joven y mis amigas decían que yo despertaba un instinto maternal. Y yo les insistía “gracias, pero yo ya tengo madre. no quiero ser hijo, sino amante.”

virgen extra
Tras el paréntesis pictórico y legendario (que espero os gustara tanto como a mí), volvemos a la realidad con dos retazos de la mía.
Hoy, a colación de un artículo de Carlos Fuentes hablando sobre el maremoto, mandé a una lista de escritura a la que pertenezco el post que escribí “tigres de agua en bengala.” Un compañero de la lista (y excelente escritor), me contestó que la cantidad de muertos importa. Que hay diferencias entre quien muere por un tsunami, por una guerra, o de hambre. Esto fue lo que contesté:

al atardecer los pescadores recogen en la playa de Nabeul, mientras Yarince observa
“Uf, Jose, si empezamos a diferenciar entre muertes por su cantidad y calidad... Una cosa es que uno como individuo sienta cosas distintas. Como dije en el post, con el dolor que me puedan causar las muertes del tsunami, no son comparables con el que sentí con la de mi hermano, porque lo conocía, lo quería, y compartía con él la vida. Son dolores distintos, y de muy distinta intensidad. También sería diferente si se estrellara un avión con un grupo de canarios que vuelve de Venezuela. Por proximidad, es inevitable. Y cuando se trata de desconocidos, me impactan más un millón de muertos que cien. Pero eso no quiere decir que importen menos.
A nivel global no debería ser menos importante la muerte de uno que la de cientos. Porque cuentan de forma individual, y no se acumulan. Cuando un indigente muere de frío en invierno, no hay nadie que pida en maratones televisivos. Porque es fácil ocultar algunas muertes, que sean silenciosas. Y nadie merece morir en silencio. Pero es incómodo que se te muera alguien en el portal de tu casa, hay que esconder los esqueletos en el armario.

la orilla de la playa de La Lanzada
Entrar en tu argumento pondría en peligro muchas cosas, porque si damos distinto peso a la muerte, eso querría decir que hay gente que merece menos morir. Quizá por eso a los de EEUU les cuenta tanto administrar la inyección letal a alguien que no sea hispano o negro. Por eso las bajas de guerra en filas se ceban en hijos de familias modestas. Quizá por eso se llenan los correos de imágenes de niños suecos y australianos, huérfanos por la tragedia, y no de los de Sri Lanka o Ceilán. ¿Porque hay gente que se merece "menos" la desgracia? Yo creo que no. Creo que hay que ser democrático, incluso en la desgracia y en la muerte. Porque todas las muertes injustas importan, una por una, aunque no sean portada de un telediario.
Aparece un bebe en un cubo de basura y nos echamos las manos a la cabeza, y ponemos a su madre en la picota. Nos quedamos tranquilos porque encontramos al culpable. Es más fácil que pensar por qué lo hizo. Más fácil que empatizar con una cría de 15 años aterrorizada por quedarse embarazada, por la reacción de su familia, de sus vecinos, de sus compañeros de clase. Una cría que no tuvo la oportunidad de que le practicaran un aborto en condiciones, que carece de ninguna educación sexual. Y no la disculpo, cometió un delito y debe hacerse algo. Pero no podemos erigirnos en jueces y declararla culpable con total impunidad, porque buena parte de la culpa es social. 'Habría que correrla a palos,' he oído decir a los mismos que firman para evitar la lapidación de Amina en Nigeria. Doble moral. Poca memoria. Hipocresía.
Es verdad que hay diferencia entre los tres casos que mencionas. Las mentiras que nos creemos para evitar sentirnos responsables. El mundo desarrollado es un pesticida para los más desfavorecidos (y no hablo sólo de los que viven en la bahía de bengala o senegal, sino de los que se esconden a tres manzanas de nuestras casas), y seguimos limpiándonos la conciencia usando de pañuelo un billete. El tsunami es la excusa perfecta para apenarse, para sentirnos magnánimos y solidarios. Y para darnos la vuelta a un montón de muertes por las que, además de pena, deberíamos sentir vergüenza.”

el agua se precipita a las cataratas del Niágara. Los haces de luz frente al foco son mosquitos!
Y en otro orden de cosas, ahora más poéticas para sacarme del bache, alasdemusica me hizo tres preguntas en un comentario a uno de mis textos: “¿Dónde estás tú? ¿En la orilla en calma? ¿En medio de la tempestad?” Mi contestación fue breve, tres frases, pero me dejaron pensando. Tanto que me puse a escribir algo más largo, porque desglosadas en ellas estaba mi pasado, mi presente y mi futuro, mis años, mis meses y mis días. Las raíces, el tronco y las ramas de mi…
Olivo Virgen
Al caer la tarde, todas las tardes, echo raíces en la orilla. Tiendo los recuerdos a lo largo de la línea que traza el océano en calma, observando cómo se baten en la brisa y escurren sus lamentos con la ayuda del último sol. Llegan sus gotas en avalanchas de agua a acunar mis pies, que descalzos intentan deletrear las palabras mágicas que abran la gruta que esconde la arena.
Al caer la noche, todas las noches, me arrebata la tormenta y abrazo mis sarmientos a la espuma. Me yergo en tronco sobre los hervores de olas, ahogado en la tempestad que lideran los árboles que talé y que reclaman su sitio en mi cuerpo, ahorcados en las mismas ramas de mi mar abierto junto a los frutos podridos en sal de este huerto de agua.
Al caer la aurora, casi todas las auroras, presencio un perenne milagro. El de amanecer coronado con ramas de olivo, varado en el aceite de tu playa.

en el camino a la isla de Djerba...
Hoy, a colación de un artículo de Carlos Fuentes hablando sobre el maremoto, mandé a una lista de escritura a la que pertenezco el post que escribí “tigres de agua en bengala.” Un compañero de la lista (y excelente escritor), me contestó que la cantidad de muertos importa. Que hay diferencias entre quien muere por un tsunami, por una guerra, o de hambre. Esto fue lo que contesté:

al atardecer los pescadores recogen en la playa de Nabeul, mientras Yarince observa
“Uf, Jose, si empezamos a diferenciar entre muertes por su cantidad y calidad... Una cosa es que uno como individuo sienta cosas distintas. Como dije en el post, con el dolor que me puedan causar las muertes del tsunami, no son comparables con el que sentí con la de mi hermano, porque lo conocía, lo quería, y compartía con él la vida. Son dolores distintos, y de muy distinta intensidad. También sería diferente si se estrellara un avión con un grupo de canarios que vuelve de Venezuela. Por proximidad, es inevitable. Y cuando se trata de desconocidos, me impactan más un millón de muertos que cien. Pero eso no quiere decir que importen menos.
A nivel global no debería ser menos importante la muerte de uno que la de cientos. Porque cuentan de forma individual, y no se acumulan. Cuando un indigente muere de frío en invierno, no hay nadie que pida en maratones televisivos. Porque es fácil ocultar algunas muertes, que sean silenciosas. Y nadie merece morir en silencio. Pero es incómodo que se te muera alguien en el portal de tu casa, hay que esconder los esqueletos en el armario.

la orilla de la playa de La Lanzada
Entrar en tu argumento pondría en peligro muchas cosas, porque si damos distinto peso a la muerte, eso querría decir que hay gente que merece menos morir. Quizá por eso a los de EEUU les cuenta tanto administrar la inyección letal a alguien que no sea hispano o negro. Por eso las bajas de guerra en filas se ceban en hijos de familias modestas. Quizá por eso se llenan los correos de imágenes de niños suecos y australianos, huérfanos por la tragedia, y no de los de Sri Lanka o Ceilán. ¿Porque hay gente que se merece "menos" la desgracia? Yo creo que no. Creo que hay que ser democrático, incluso en la desgracia y en la muerte. Porque todas las muertes injustas importan, una por una, aunque no sean portada de un telediario.
Aparece un bebe en un cubo de basura y nos echamos las manos a la cabeza, y ponemos a su madre en la picota. Nos quedamos tranquilos porque encontramos al culpable. Es más fácil que pensar por qué lo hizo. Más fácil que empatizar con una cría de 15 años aterrorizada por quedarse embarazada, por la reacción de su familia, de sus vecinos, de sus compañeros de clase. Una cría que no tuvo la oportunidad de que le practicaran un aborto en condiciones, que carece de ninguna educación sexual. Y no la disculpo, cometió un delito y debe hacerse algo. Pero no podemos erigirnos en jueces y declararla culpable con total impunidad, porque buena parte de la culpa es social. 'Habría que correrla a palos,' he oído decir a los mismos que firman para evitar la lapidación de Amina en Nigeria. Doble moral. Poca memoria. Hipocresía.
Es verdad que hay diferencia entre los tres casos que mencionas. Las mentiras que nos creemos para evitar sentirnos responsables. El mundo desarrollado es un pesticida para los más desfavorecidos (y no hablo sólo de los que viven en la bahía de bengala o senegal, sino de los que se esconden a tres manzanas de nuestras casas), y seguimos limpiándonos la conciencia usando de pañuelo un billete. El tsunami es la excusa perfecta para apenarse, para sentirnos magnánimos y solidarios. Y para darnos la vuelta a un montón de muertes por las que, además de pena, deberíamos sentir vergüenza.”

el agua se precipita a las cataratas del Niágara. Los haces de luz frente al foco son mosquitos!
Y en otro orden de cosas, ahora más poéticas para sacarme del bache, alasdemusica me hizo tres preguntas en un comentario a uno de mis textos: “¿Dónde estás tú? ¿En la orilla en calma? ¿En medio de la tempestad?” Mi contestación fue breve, tres frases, pero me dejaron pensando. Tanto que me puse a escribir algo más largo, porque desglosadas en ellas estaba mi pasado, mi presente y mi futuro, mis años, mis meses y mis días. Las raíces, el tronco y las ramas de mi…
Olivo Virgen
Al caer la tarde, todas las tardes, echo raíces en la orilla. Tiendo los recuerdos a lo largo de la línea que traza el océano en calma, observando cómo se baten en la brisa y escurren sus lamentos con la ayuda del último sol. Llegan sus gotas en avalanchas de agua a acunar mis pies, que descalzos intentan deletrear las palabras mágicas que abran la gruta que esconde la arena.
Al caer la noche, todas las noches, me arrebata la tormenta y abrazo mis sarmientos a la espuma. Me yergo en tronco sobre los hervores de olas, ahogado en la tempestad que lideran los árboles que talé y que reclaman su sitio en mi cuerpo, ahorcados en las mismas ramas de mi mar abierto junto a los frutos podridos en sal de este huerto de agua.
Al caer la aurora, casi todas las auroras, presencio un perenne milagro. El de amanecer coronado con ramas de olivo, varado en el aceite de tu playa.

en el camino a la isla de Djerba...
la dama de shallot

Junto al río, aguas arriba de la ciudad de Camelot.
Me lo presentó mi amiga Amanda. La mujer que me metió en el mundo de la poesía y la pintura. Sin quererlo, enseñándome aquel cuadro, también me introdujo en un mundo legendario, y esta vez fui yo el que le abrió las puertas de otro horizonte. El de Shallot.

La dama canta tristes melodías, mientras teje incansable el mágico tapiz. Ella teje su misterio, pasa al telar los alegres colores del mundo que ve reflejados..
El nombre del cuadro que conocí hace ya casi trece años es "La dama de Shalott", del prerafaelita John William Waterhouse. No es el único del mismo tema, pero para mí es el primero y por tanto el más especial (aunque maravillosos los de Grimshaw y Meteyard, qué colores). Todos se relacionan con una leyenda artúrica, la de Elaine, la dulce doncella de los lirios, hija de Bernardo de Astolat. Lorenna McKennit le cantó también una hermosa canción. Lord Tennyson le dedicó un poema donde la describe como una misteriosa doncella que vive sóla y oculta en un torre, en una isla del río que fluye hasta Camelot, y que recibe el nombre de Shalott. Está perseguida por una maldición que la obliga a pasar los días tejiendo un fantástico tapiz donde reproduce las vistas de Camelot que atisba a través de un espejo colgado detrás de ella. La maldición dice que morirá si alguna vez mira a la ciudad directamente.

Sombras. sólo sombras, reflejos, sólo reflejos. Y ella enferma de sombras y reflejos, deseando y temiendo la visión directa del mundo.
Se siente hastiada de su recluida vida llena de sombras, hasta que se refleja en el cristal del espejo el caballero Sir Lancelot, de quien se enamora desesperadamente. Por ver a su amado sin reflejo alguno, posa su vista sobre la ciudad, a través de la ventana, desencadenando el desenlace de la maldición. Es entonces cuando rompe la madeja de su tapiz y el espejo se parte en dos. Elaine abandona el telar y baja hasta la ribera del río, donde encuentra anclada una barca junto a un sauce. Se acerca a su proa y escribe "La dama de Shalott". Después se tumba en su interior y deja que la corriente la lleve hasta Camelot, mientras entona una dulce canción.

Y mientras la barca ondulaba entre campos y lomas de sauces, se oyó cantar su canción postrera, un canto lúgubre, sagrado, mientras su sangre se helaba poco a poco.
Pero la maldición hace efecto; la sangre se congela lentamente en sus venas y sus ojos se oscurecen cada vez más, muriendo antes de alcanzar la costa. Las gentes de la ciudad quedan en silencio, impresionadas ante la aparición de aquel extraño ataúd. Pero Lancelot se emociona profundamente con la belleza de la doncella, y pide a Dios que tenga piedad de ella.
Algunos dicen que Elaine es una de las diosas vírgenes de la luna en la tradición celta. Otros la asocian a Helena de Troya.

Voló su tapiz y flotó en el aire, y el espejo se rajó de parte a parte. Dejó el tapiz, dejó el telar… Un gran dolor le atenazó la garganta. "La maldición ha caído sobre mí", gritó la Dama de Shalott.
Ahora mirad el cuadro que me fascina, pintado para siempre en mi memoria, y descubrid el nombre en la proa y el tapiz que cae por el costado. Y las cadenas que la atan, representando su maldición. Mirad el rostro, donde el amor se maquilla de la angustia de la maldición. ¿Estoy mirando el mundo a través de un espejo, tejiendo un tapiz de reflejos? ¿Me atreveré a mirar directamente el brillo de las armaduras? ¿Seré capaz de vencer la maldición, o bajaré por el río, cantando feliz mientras la sangre se hiela en mis venas?

Antes de llegar a Camelot murió cantando su canción la Dama de Shalott. Junto a las torres, los muros ajardinados y los adarves, flotaba su forma resplandeciente, palidez de muerte entre las altas casas.
Menudo viaje estoy dando. Primero me paseé por Itaca, y hoy mi blog me ha llevado flotando hasta Camelot.
Nota: todos los pies de foto son versos del poema de Lord Tennyson
susurros
Perdonadme el silencio porque hoy no tengo palabras. Es una noche negra, y una sombra vieja se cierne sobre la luna para eclipsar mi guarida. El sueño reparará las grietas por las que se me escurren las palabras, y volveré en unas horas. Mañana miércoles tendréis dos post. Publicaré por la mañana el que debería haber escrito esta noche, y al ponerse el sol, como viene siendo habitual, unas nuevas palabras os estarán esperando.
"...todas las letras
de todas las palabras
de todos los libros
de todo el mundo
no son más que sonidos,
vocales y nombres, que sólo sirven
para hablar con los extraños.
Las palabras son incapaces de hablar de amor
como lo hace una sonrisa en un susurro."
(A Smile in a Whisper, Fairground Attraction)
Escribir una sonrisa... Deletrearla en un susurro...
"...todas las letras
de todas las palabras
de todos los libros
de todo el mundo
no son más que sonidos,
vocales y nombres, que sólo sirven
para hablar con los extraños.
Las palabras son incapaces de hablar de amor
como lo hace una sonrisa en un susurro."
(A Smile in a Whisper, Fairground Attraction)
Escribir una sonrisa... Deletrearla en un susurro...
glub
Del siguiente texto nacieron dos poemas que posteé hace tiempo. Esta tarde me tropecé con él, y me emocioné. No sé por qué lo despiecé, sintetizándo en amor y dolor unos párrafos que me dicen tantas cosas más.

Con los dedos del pie tanteo el agua, y la superficie de tu estanque se llena de ondas que se comen los musgos de las orillas. Es hermosa tu imagen con esta luz del amanecer, difusa y a punto de quebrarse. La espesa niebla de la noche se ha escondido en una bruma termal que se enrosca en la forma de mi cuerpo, que lo lame hasta saciarse para después seguir su camino y posarse en gotas sobre las ramas de los helechos.
Voy desnudo, pero mi piel no siente el frío que acusan los juncos temblorosos. Mis pies se arquean y se adaptan a la forma de las piedras que te antesalan, arriesgando en las trampas escurridizas de tus algas. Tu nivel va subiendo su horizonte sobre mí, engulléndome con la lentitud en que se despliegan tus corolas de agua. Como único equipaje te cargo a ti, en anillos de tu estancia adornándome el cuerpo y el alma. Son mi lastre para hundirme en tu agua. El peso que me hará alcanzar el fondo y evitar que nuestra alianza flote y sobreviva a este naufragio premeditado por el destino.
Mi piel ahuecada de ti, sus poros injertados con tu deseo, se empapa y me pesa, me empuja al núcleo arenoso de donde brotaste. Te siento llenarme las cavidades, abrirte paso a esos lugares recónditos donde aún respiro burbujas de aire fresco. Te presiento inundarme y humedecerme, ocuparme por completo, poseerme y doblegarme con tu manantial fresco fluyendo en cada rincón de mi cuerpo. No oigo nada, sólo voces ahogadas desde la superficie, repletas de tonalidades metálicas y de ecos invertidos, mientras veo mi sombra reflejada en la arena blanca del fondo, acercándose bajo mis pies.
Quisiera morir sumergido en tu líquido. Ahogarme de ti y emerger como una Ofelia cubierta de flores, orlado con tu enajenación. Pero tu caudal me sobrepasa y me reboso. Y en la troposfera líquida tu agua caliente circula en vendavales, abandonándome por las chimeneas de mi memoria y subiendo en burbujas hasta la superficie de este estanque, disipándose en las brumas que riegan los litorales, dejando espacio en mi cuerpo para que entre tu recuerdo frío y gélido desde el lecho submarino. Te escarchas en mis órganos, y tus cristales perforan mis tejidos, invadiendo de aristas mi dolor. Un dolor que ya no provoca tu ausencia, sino tu exceso.
El instinto de supervivencia toma las riendas y me obliga a deshacerme de tus abalorios plomizos. Me los arranco a dentelladas y los dejo sumirse en los abismos, mientras me impulso con brazadas libres a respirar aire puro. Mis pulmones me comandan y me exigen abandonar tu asfixia. Pierdo el conocimiento en el trayecto hacia los rayos de sol que se cuelan por tu superficie, prometedoras promesas de un mundo sin frío ni agua.
Tómame en tus brazos y llévame a un lugar donde me encuentre a salvo. Rocía con un último beso líquido mi inconsciencia y abandóname. Déjame secarme al sol, y que al despertar tu agua sea sólo un recuerdo.
Me pesas tanto que no puedo nadar.

Con los dedos del pie tanteo el agua, y la superficie de tu estanque se llena de ondas que se comen los musgos de las orillas. Es hermosa tu imagen con esta luz del amanecer, difusa y a punto de quebrarse. La espesa niebla de la noche se ha escondido en una bruma termal que se enrosca en la forma de mi cuerpo, que lo lame hasta saciarse para después seguir su camino y posarse en gotas sobre las ramas de los helechos.
Voy desnudo, pero mi piel no siente el frío que acusan los juncos temblorosos. Mis pies se arquean y se adaptan a la forma de las piedras que te antesalan, arriesgando en las trampas escurridizas de tus algas. Tu nivel va subiendo su horizonte sobre mí, engulléndome con la lentitud en que se despliegan tus corolas de agua. Como único equipaje te cargo a ti, en anillos de tu estancia adornándome el cuerpo y el alma. Son mi lastre para hundirme en tu agua. El peso que me hará alcanzar el fondo y evitar que nuestra alianza flote y sobreviva a este naufragio premeditado por el destino.
Mi piel ahuecada de ti, sus poros injertados con tu deseo, se empapa y me pesa, me empuja al núcleo arenoso de donde brotaste. Te siento llenarme las cavidades, abrirte paso a esos lugares recónditos donde aún respiro burbujas de aire fresco. Te presiento inundarme y humedecerme, ocuparme por completo, poseerme y doblegarme con tu manantial fresco fluyendo en cada rincón de mi cuerpo. No oigo nada, sólo voces ahogadas desde la superficie, repletas de tonalidades metálicas y de ecos invertidos, mientras veo mi sombra reflejada en la arena blanca del fondo, acercándose bajo mis pies.
Quisiera morir sumergido en tu líquido. Ahogarme de ti y emerger como una Ofelia cubierta de flores, orlado con tu enajenación. Pero tu caudal me sobrepasa y me reboso. Y en la troposfera líquida tu agua caliente circula en vendavales, abandonándome por las chimeneas de mi memoria y subiendo en burbujas hasta la superficie de este estanque, disipándose en las brumas que riegan los litorales, dejando espacio en mi cuerpo para que entre tu recuerdo frío y gélido desde el lecho submarino. Te escarchas en mis órganos, y tus cristales perforan mis tejidos, invadiendo de aristas mi dolor. Un dolor que ya no provoca tu ausencia, sino tu exceso.
El instinto de supervivencia toma las riendas y me obliga a deshacerme de tus abalorios plomizos. Me los arranco a dentelladas y los dejo sumirse en los abismos, mientras me impulso con brazadas libres a respirar aire puro. Mis pulmones me comandan y me exigen abandonar tu asfixia. Pierdo el conocimiento en el trayecto hacia los rayos de sol que se cuelan por tu superficie, prometedoras promesas de un mundo sin frío ni agua.
Tómame en tus brazos y llévame a un lugar donde me encuentre a salvo. Rocía con un último beso líquido mi inconsciencia y abandóname. Déjame secarme al sol, y que al despertar tu agua sea sólo un recuerdo.
Me pesas tanto que no puedo nadar.
infancia
Creo que esta noche empezaré a escribir cartas de amor. Me pondré música adecuada y pensaré en el amor que me gustaría tener, en los que tuve, en los que no quiero tener nunca. Y saldrá lo que tenga que salir.
El viernes fui con mis padres a cenar a casa de mi hermano. Se mudó allí hace un año, cuando se separó de su mujer. Estaban también sus tres hijos, mis tres sobrinos, porque le tocaban este fin de semana. Mi hermano otra cosa no sé, pero es un gran padre.
Terminamos de comer y los niños se sentaron a ver la última película de Harry Potter, al lado de una chimenea de esas prefabricadas, que nos tenía a todos con unos colores en los cachetes que parecíamos los dibujos animados de Heidi. Me senté con ellos, porque me encanta estar con mis sobrinos. Cada uno tiene una característica especial, una forma de ser, un temperamento.
El mayor está esperando a cumplir trece años para hacerse un piercing en la oreja. No hace más que preguntarme si duele, y cómo es, que cómo se cura. Me imagino que lo llevaré yo a hacérselo, pero no al mismo sitio donde yo me lo hice. Porque la “locura” (que llevaba pensando durante mucho tiempo), la materialicé en Filadelfia, en un viaje en coche por la costa este que hice hace unos años. El otro piercing, el del ombligo, me lo hice en un sitio aún más curioso: en la sala de reanimación de urgencias del hospital. Un amigo mío trabajaba allí, y sabía que tenía ganas de hacerme un piercing como el suyo. Una tarde me llevó de compras por la capital, y me dijo que le ayudara a buscar uno, que quería cambiárselo. Acabamos decidiéndonos por uno precioso, una lagartija de plata que parecía subir enredada a la hilera de pelos que surge del pubis. Cogimos el coche y me llevó al hospital. Cuando le pregunté qué hacíamos allí, me dijo que el piercing era para mí, y que me lo iba a hacer un enfermero compañero suyo sobre la marcha. Fue muy doloroso, porque teníamos que ir al gimnasio, y no dio tiempo a que surtiera efecto el parche de anestesia, y la verdad es que vi las estrellas.
Mi sobrino el peque estaba cayéndose de sueño mientras veíamos la peli. Lo tenía a mi izquierda, con su chándal rojo, y se fue escurriendo en mi axila, haciéndose un ovillo entre mi brazo y mi pecho. Yo le tenía cogida la mano, y sabía que se estaba durmiendo porque me la apretaba de vez en cuando, como si tuviera pequeños espasmos. Es una característica de mi padre, y algunos la hemos heredado. Yo me parto de risa con ese pequeñazo. Es un terminator. Tiene dominados a los hermanos, a pesar de tener 7 años y ser el más pequeño. Y a mí siempre anda diciéndome “qué camisa más bonita, tío yarince, qué moderno eres, eres el más moderno!” Y me pide que le dé vueltas en el aire, y que le enseñe el ombligo, y que haga músculos con el brazo. Siempre anda halagándome, diciéndome que soy el más guapo, y que cuando crezca quiere ser como yo.
El otro, el mediano, es el sobrino con quien tengo más complicidad. Es rubio y tiene unos ojazos azules de impresión. Sé que ese niño me adora, simplemente por la forma en que me mira. Aparentemente es despegado e independiente, pero en el fondo tiene una ternura y una sensibilidad distinta de la de sus hermanos. El viernes, mientras se quedaba dormido acurrucado en mi derecha, me cogía la mano y le daba besos. O levantaba la mano y me la pasaba por el pelo. Me acariciaba. Yo, os podéis imaginar, me derretía.
Recuerdo una vez que fuimos de viaje toda la familia. Como siempre, se pelearon entre los tres a ver quién iba sentado en el avión conmigo. Ganó el mediano. Y tras un rato, de nuevo, empezó a quedarse dormido. Yo levanté el brazo del sillón para que se recostara mejor. Recuerdo perfectamente dónde estábamos sentados, el momento del día, lo que se veía por la ventanilla. El chiquillo me emocionó y se me nublaron los ojos, por su espontaneidad y su candor. Ya vencido por el sueño, probablemente sin darse siquiera cuenta, dijo en voz muy baja: “te quiero, tío yarince”. Y se durmió.
Tengo suerte de tener esos sobrinos, esos tres, los dos de mi otro hermano, y todos los postizos (de primos, amigos, compañeros de trabajo). Sé que les gusto a los niños, igual que a los animales. Soy en el que se fijan en un grupo, y con quien vienen a jugar. Todo el mundo se da cuenta, porque es como un imán. Cuando quedo a tomar café con mis amigos “padres”, siempre soy yo el que los niños eligen para que los cuide. Cuando una compañera de curro trae a su niño al trabajo, por quien pregunta es por mí.
¿Por qué os cuento esto? Porque el viernes me sentí muy feliz, con una vida muy plena. Me quejo mucho de que no tengo amor, y pienso seguir haciéndolo, pero tengo una gran familia a la que adoro. Tengo amigos, sobre todo uno en especial, claro, Carlos, a quien quiero con toda mi alma. No tengo derecho a quejarme, porque he tenido suerte en la vida. Hay muchísimo amor a mi alrededor.
Quizá hay otra razón para esta postal. Me ha llegado cinco o seis veces el mismo email este fin de semana. Probablemente a vosotros también. Es ese niño de dos años que sobrevivió al tsunami devastador. Sus padres no aparecen, probablemente han sido tragados por el océano mal llamado pacífico. Están usando la red para intentar encontrar a sus familiares. Lo veo un trabajo difícil, la verdad, pero hay que hacer lo que se pueda. Yo, por mi parte, publico su foto en mi blog. Quién sabe.
He visto muchas imágenes del desastre, y ninguna me ha impactado tanto como esta. La mirada de ese niño, la tristeza, la desesperanza. En el mundo no debería pasar nada que pinte esa expresión en la cara de un niño. Mientras en la tele se oía a Harry Potter, y mientras mis sobrinos se dormían en mi regazo, deseé con toda la fuerza del mundo que nunca nada les dibuje esa cara. No podría superarlo.

suerte, pequeño.
PS. acabo de leer en un comentario a este post que el niño de la foto fue identificado y entregado a su padre el 29 de diciembre, y que el email que sigue circulando por la red es un hoax. Me alegro por Hasse, y quiero pensar que ese correo electrónico pidiendo ayuda para encontrar a sus padres, y otros de temática similar que seguimos recibiendo, no son obra de un desequilibrado que los mandó a posteriori con conocimiento de lo que había pasado, porque hay cosas con las que no se juega. Gracias, alas.
Información sobre hoax
El viernes fui con mis padres a cenar a casa de mi hermano. Se mudó allí hace un año, cuando se separó de su mujer. Estaban también sus tres hijos, mis tres sobrinos, porque le tocaban este fin de semana. Mi hermano otra cosa no sé, pero es un gran padre.
Terminamos de comer y los niños se sentaron a ver la última película de Harry Potter, al lado de una chimenea de esas prefabricadas, que nos tenía a todos con unos colores en los cachetes que parecíamos los dibujos animados de Heidi. Me senté con ellos, porque me encanta estar con mis sobrinos. Cada uno tiene una característica especial, una forma de ser, un temperamento.
El mayor está esperando a cumplir trece años para hacerse un piercing en la oreja. No hace más que preguntarme si duele, y cómo es, que cómo se cura. Me imagino que lo llevaré yo a hacérselo, pero no al mismo sitio donde yo me lo hice. Porque la “locura” (que llevaba pensando durante mucho tiempo), la materialicé en Filadelfia, en un viaje en coche por la costa este que hice hace unos años. El otro piercing, el del ombligo, me lo hice en un sitio aún más curioso: en la sala de reanimación de urgencias del hospital. Un amigo mío trabajaba allí, y sabía que tenía ganas de hacerme un piercing como el suyo. Una tarde me llevó de compras por la capital, y me dijo que le ayudara a buscar uno, que quería cambiárselo. Acabamos decidiéndonos por uno precioso, una lagartija de plata que parecía subir enredada a la hilera de pelos que surge del pubis. Cogimos el coche y me llevó al hospital. Cuando le pregunté qué hacíamos allí, me dijo que el piercing era para mí, y que me lo iba a hacer un enfermero compañero suyo sobre la marcha. Fue muy doloroso, porque teníamos que ir al gimnasio, y no dio tiempo a que surtiera efecto el parche de anestesia, y la verdad es que vi las estrellas.
Mi sobrino el peque estaba cayéndose de sueño mientras veíamos la peli. Lo tenía a mi izquierda, con su chándal rojo, y se fue escurriendo en mi axila, haciéndose un ovillo entre mi brazo y mi pecho. Yo le tenía cogida la mano, y sabía que se estaba durmiendo porque me la apretaba de vez en cuando, como si tuviera pequeños espasmos. Es una característica de mi padre, y algunos la hemos heredado. Yo me parto de risa con ese pequeñazo. Es un terminator. Tiene dominados a los hermanos, a pesar de tener 7 años y ser el más pequeño. Y a mí siempre anda diciéndome “qué camisa más bonita, tío yarince, qué moderno eres, eres el más moderno!” Y me pide que le dé vueltas en el aire, y que le enseñe el ombligo, y que haga músculos con el brazo. Siempre anda halagándome, diciéndome que soy el más guapo, y que cuando crezca quiere ser como yo.
El otro, el mediano, es el sobrino con quien tengo más complicidad. Es rubio y tiene unos ojazos azules de impresión. Sé que ese niño me adora, simplemente por la forma en que me mira. Aparentemente es despegado e independiente, pero en el fondo tiene una ternura y una sensibilidad distinta de la de sus hermanos. El viernes, mientras se quedaba dormido acurrucado en mi derecha, me cogía la mano y le daba besos. O levantaba la mano y me la pasaba por el pelo. Me acariciaba. Yo, os podéis imaginar, me derretía.
Recuerdo una vez que fuimos de viaje toda la familia. Como siempre, se pelearon entre los tres a ver quién iba sentado en el avión conmigo. Ganó el mediano. Y tras un rato, de nuevo, empezó a quedarse dormido. Yo levanté el brazo del sillón para que se recostara mejor. Recuerdo perfectamente dónde estábamos sentados, el momento del día, lo que se veía por la ventanilla. El chiquillo me emocionó y se me nublaron los ojos, por su espontaneidad y su candor. Ya vencido por el sueño, probablemente sin darse siquiera cuenta, dijo en voz muy baja: “te quiero, tío yarince”. Y se durmió.
Tengo suerte de tener esos sobrinos, esos tres, los dos de mi otro hermano, y todos los postizos (de primos, amigos, compañeros de trabajo). Sé que les gusto a los niños, igual que a los animales. Soy en el que se fijan en un grupo, y con quien vienen a jugar. Todo el mundo se da cuenta, porque es como un imán. Cuando quedo a tomar café con mis amigos “padres”, siempre soy yo el que los niños eligen para que los cuide. Cuando una compañera de curro trae a su niño al trabajo, por quien pregunta es por mí.
¿Por qué os cuento esto? Porque el viernes me sentí muy feliz, con una vida muy plena. Me quejo mucho de que no tengo amor, y pienso seguir haciéndolo, pero tengo una gran familia a la que adoro. Tengo amigos, sobre todo uno en especial, claro, Carlos, a quien quiero con toda mi alma. No tengo derecho a quejarme, porque he tenido suerte en la vida. Hay muchísimo amor a mi alrededor.
Quizá hay otra razón para esta postal. Me ha llegado cinco o seis veces el mismo email este fin de semana. Probablemente a vosotros también. Es ese niño de dos años que sobrevivió al tsunami devastador. Sus padres no aparecen, probablemente han sido tragados por el océano mal llamado pacífico. Están usando la red para intentar encontrar a sus familiares. Lo veo un trabajo difícil, la verdad, pero hay que hacer lo que se pueda. Yo, por mi parte, publico su foto en mi blog. Quién sabe.
He visto muchas imágenes del desastre, y ninguna me ha impactado tanto como esta. La mirada de ese niño, la tristeza, la desesperanza. En el mundo no debería pasar nada que pinte esa expresión en la cara de un niño. Mientras en la tele se oía a Harry Potter, y mientras mis sobrinos se dormían en mi regazo, deseé con toda la fuerza del mundo que nunca nada les dibuje esa cara. No podría superarlo.

suerte, pequeño.
PS. acabo de leer en un comentario a este post que el niño de la foto fue identificado y entregado a su padre el 29 de diciembre, y que el email que sigue circulando por la red es un hoax. Me alegro por Hasse, y quiero pensar que ese correo electrónico pidiendo ayuda para encontrar a sus padres, y otros de temática similar que seguimos recibiendo, no son obra de un desequilibrado que los mandó a posteriori con conocimiento de lo que había pasado, porque hay cosas con las que no se juega. Gracias, alas.
Información sobre hoax
pobreza
Un mendigo. Eso es lo que soy. Alargando la mano cóncava, implorando con la mirada unas migajas. Arrastro mi carro metálico con su pila de recuerdos, con el papel de plata de los candelabros, con la bufanda de lana de mis pastoreos, con las bolsas plásticas que me cuelgan de los ojos.
Un mendigo que pide en las esquinas de los barrios pobres, porque la pobreza es generosa. Un pordiosero que se muda los domingos a los barrios ricos, porque la culpa se vacía los bolsillos en los festivos. Que se baña en las fuentes y convierte las jardineras de los árboles en sus servicios. Un loco. Un demente que prefiere los arcos de los puentes y los cajeros automáticos a los dormitorios. Un trastornado que roe un pan mohoso de la basura mientras escribe en el bloc que robó en Carrefour.
Soy un paria que impreca al desprecio y a la ignorancia. A las nucas y a las muecas de disgusto.
Un pobre de amor.
Que ensaya abrazos mientras sus ojos mendigan caricias, cargando la saca de un puñado de recuerdos, del reguero de luces en vela, del calor de corpiños de mantas, de ojeras en eternas noches de sexo.
Un pedigüeño que espera en los rincones oscuros de los bares, porque la noche regala sexo a los que adolecen de amor. Que de día se muda a un mundo de miradas inconclusas e intangibles. Que se limpia la pena en blogs y transforma las almohadas en pañuelos. Un demente. Un loco que prefiere los arcos del corazón y los arcones de música a las fugaces quimeras de entrepierna. Un trastornado que mastica amores oxidados mientras escribe en su alma las perennes historias que le desvalijó el destino.
Soy un descastado que insulta a los simulacros de amor y al desdén. A las miradas altivas y a las invitaciones efímeras.
Soy un mendigo de amor.

he tenido un sueño. algún día unas manos buscarán mi rostro.
“El sexo es el consuelo que uno tiene cuando no le alcanza el amor.” (Gabriel García Márquez, en Memoria de mis putas tristes)
Un mendigo que pide en las esquinas de los barrios pobres, porque la pobreza es generosa. Un pordiosero que se muda los domingos a los barrios ricos, porque la culpa se vacía los bolsillos en los festivos. Que se baña en las fuentes y convierte las jardineras de los árboles en sus servicios. Un loco. Un demente que prefiere los arcos de los puentes y los cajeros automáticos a los dormitorios. Un trastornado que roe un pan mohoso de la basura mientras escribe en el bloc que robó en Carrefour.
Soy un paria que impreca al desprecio y a la ignorancia. A las nucas y a las muecas de disgusto.
Un pobre de amor.
Que ensaya abrazos mientras sus ojos mendigan caricias, cargando la saca de un puñado de recuerdos, del reguero de luces en vela, del calor de corpiños de mantas, de ojeras en eternas noches de sexo.
Un pedigüeño que espera en los rincones oscuros de los bares, porque la noche regala sexo a los que adolecen de amor. Que de día se muda a un mundo de miradas inconclusas e intangibles. Que se limpia la pena en blogs y transforma las almohadas en pañuelos. Un demente. Un loco que prefiere los arcos del corazón y los arcones de música a las fugaces quimeras de entrepierna. Un trastornado que mastica amores oxidados mientras escribe en su alma las perennes historias que le desvalijó el destino.
Soy un descastado que insulta a los simulacros de amor y al desdén. A las miradas altivas y a las invitaciones efímeras.
Soy un mendigo de amor.

he tenido un sueño. algún día unas manos buscarán mi rostro.
“El sexo es el consuelo que uno tiene cuando no le alcanza el amor.” (Gabriel García Márquez, en Memoria de mis putas tristes)
contrastes

oscuridad y luz
Dulce Ana,
tal y como le vaticiné, su carta se ha abierto camino hasta ni hatillo, para después zambullirse de lleno en mi alma. ¡Qué grato recibir de nuevo sus noticias! ¡Qué dulzura contemplar una vez más su caligrafía apresurada, con sus rúnicas vocales! He descubierto sabores y aromas desconocidos en su correspondencia, la he paladeado como el más delicioso elixir y olfateado como el más penetrante incienso.
Si mi tiempo prestado me lo permite, sin duda uno de mis destinos futuros será la India. Ese país donde el espíritu tiene colores con tacto de seda y olores de especias. El mejor lugar para retirarse. En mis años de ensoñaciones de aventuras, siempre fantaseé con sentarme en el pico Anai Mudi, en Kerala, en ese mismo sur a donde usted se dirige, en el centro neurálgico de tres macizos montañosos. Me imaginaba sentado en un saliente, rodeado de sus frondosos bosques y divisando entre las ramas el lejano valle salteado de hermosas praderas llenas de flores salvajes. El ruido del bosque y de las aves, ese murmullo tan evocador del mar. El olor de la hierba mojada.
Mi instinto me ha hecho abandonar temporalmente mi viaje por el verde cauce del Nilo, para adentrarme en el desierto libio. Un autobús atestado paso frente a mí mientras paseaba sin rumbo por las sinuosas calles de Naj Hammadi, causando la sorpresa de los lugareños. Lo seguí con la mirada y lo vi pararse junto a una tienda de objetos de barro. En la misma puerta, una enorme rosa del desierto refulgía sus granos de arena de diamantes, dando al desvencijado autobús unos irisados reflejos que lo hacían parecer de cristal. Fue tan chocante aquel brillo dentro del plomizo ambiente polvoriento, que eché a correr hacia el autobús, sin saber siquiera a dónde se dirigía. Una vez dentro, la única pista de mi destino era un cartón arrugado en el que habían escrito, probablemente con un pedazo de carbón, las palabras Al-Wahat al-Kharijah.
Nueve horas de viaje a través del desierto, mi cuerpo agotado del calor y del bullicio, esperando alguna pista de cual era mi destino. Dejando que la magia guiara mis pasos. El desierto se convertía ya en un mar de tierra, todo el horizonte era un espejismo de agua, cuando de golpe el beige se convirtió en un verde intenso. Pensé que había desfallecido y que el calor me provocaba alucinaciones. Alguien en el autobús dijo en voz alta unas palabras que no pude entender, pero en pocos instantes pude adivinar que nombraba el lugar a donde nos dirigíamos. El oasis de Kharga. Cien millas de la tierra más fértil dentro del inmenso desierto. Una enorme extensión de palmeras circundando un acogedor pueblo de adobe. No me fallaba mi instinto al coger aquel autobús. La belleza de los reflejos que me atrajo es la misma que tiene este lugar. Es como si Dios hubiera dejado caer una esmeralda en una inmensa playa. Mañana visitaré el Templo de Ibis y de Al-Nadurah, tal y como hacían los antiguos egipcios cuando se dirigían a este lugar de exilio.

Yarince tiene su propio oasis, y lo encontró hace 13 años en el desierto de túnez
He alquilado una modesta habitación a un anciano del pueblo. Es sólo un cuarto con un pequeño catre, pero qué fantástica sensación, encontrarme en medio de ninguna parte, tan lejos de los horarios y de las exigencias de occidente. Le escribo a la luz de un quinqué, probablemente la única luz encendida a estas horas en el pueblo. Esta noche, el anciano me ha ofrecido una infusión aromática, y nos hemos sentado los dos en la puerta, sin hablar, a observar como desaparecía el sol detrás de las palmeras.
Me alegra tanto haber reanudado nuestra comunicación. Y estoy deseoso de oír sus experiencia en la India. De recibir sus nuevas cartas. Yo no dispongo de un hermoso chal de Cashemere para envolverlas, pero las ato con mi más preciado tesoro; una ajada cinta del pelo de mi hija Hannah. El único recuerdo que me traje del otro mundo.
Su amigo, siempre,
Wilhelm
PD: Al abrir la cama para descansar de este fatigoso día, me he encontrado que por debajo de la almohada asomaba un pedazo de tela de un intenso naranja. Sin duda tomé la decisión correcta al venir a Kharga. En este recóndito y bello lugar me esperaba su echarpe.

clarividencia...
degeneración
Que alguien venga y me explique una vez más. Qué es la degeneración? Necesito que me digan, igual que a un niño. Con palabras sencillas, con conceptos claros sin ningún matiz. No creo que nunca nadie me lo haya explicado. Simplemente lo absorbí. A base de comentarios siempre personalizados "Ese de ahí es un degenerado" "La juventud está degenerada" De alguna forma, ese comportamiento significaba descaro, sexualidad explícita. Lo asimilé, igual que asimilé que había determinadas actitudes degeneradas, en las que NUNCA debería caer. No puse en tela de juicio nada, simplemente lo acepté.
Así que me fui al diccionario. Olvido las acepciones médicas o biológicas. Porque no todas las degeneraciones provocan un deterioro estructural de las células o tejidos ni son consecuencia de una enfermedad adquirida o hereditaria. O quizás sí. No, en ningún caso una enfermedad. Qué nos queda? La respuesta que siempre saca de quicio al que consulta un diccionario "Acción y efecto de degenerar." Vamos a buscar degenerar entonces...

put your head on my...
Desechamos de nuevo las que no me interesa y me quedo sólo dos:
1. intr. Dicho de una persona o de una cosa: Decaer, desdecir, declinar, no corresponder a su primera calidad o a su primitivo valor o estado.
No me aclara nada, en realidad. Entre otras cosas porque no creo que nadie me pueda decir cual es la primera calidad o el primitivo valor o estado de un ser humano. Aunque muchos serían categóricos en manifestar cuál es la esencia de una persona. Pero sus opiniones no me valen. Me hablarán desde un punto de vista religioso, moral, social, antropológico, o evolutivo, pero no dejan de ser apreciaciones culturales y, en el mejor de los casos, un simple grano de arena en la playa que cada uno tenemos dentro.
Así que vamos con la segunda...
2. intr. Dicho de una persona: Decaer de la antigua nobleza de sus antepasados, no corresponder a las virtudes de sus mayores o a las que ella tuvo en otro tiempo.
Esta está más clara. Pero sigue siendo imprecisa. ¿Quién establece los parámetros de nobleza, o virtudes? ¿El Estado? ¿La iglesia? ¿Y quienes son mis mayores o antepasados? ¿Mis padres? ¿Mis abuelos? ¿Mi etnia? ¿Hitler y Atila? ¿Einstein? ¿O el hombre de Atapuerca?
Me preocupa mucho no tener el significado claro. Porque ser un degenerado implica una noción perniciosa, un descastado, alguien a quien mejor no acercarse. Y debo confesarme, he cometido algunos actos que muchos calificarían de degeneración. Por tanto, ¿soy un degenerado?
No lo creo. Honestamente. Para mí las personas no “son”, sino “hacen”. Convertir un hecho que puede ser un error o simple ignorancia, en un defecto de carácter es un riesgo extremo. Las palabras son importantes. Hay que cuidarlas. Las palabras son cinceles que van tallando en silencio la propia conciencia, hasta llegar el momento en que se asume y acabas comportándote como los demás esperan que lo hagas.
Vivimos en un entorno que nos inculca que el placer, por sí mismo, es malo. Que el sexo es sucio si no es con alguien que amas. Que hay que ponerle límites. Que derrochar es pecaminoso cuando hay gente que muere de hambre. Que la vida es sacrificio. Que está llena de dolor. Que hay que renunciar, hacerse a la idea, rechazar, purgar, conformarse. Vivimos en la dictadura de la cobardía, de la homogeneidad, de la apariencia. Y el credo imperante es "Yo no lo hago, aunque me apetezca, y por eso no permito que lo hagas tú. Y si tienes el valor de hacerlo, te recriminaré." Esa es la norma.
¿Tener relaciones de una noche es degenerado? ¿Y si son cincuenta al año? ¿Es ilícito que una pareja tenga relaciones sexuales en grupo? ¿Es inadmisible la infidelidad? ¿O las parejas de un mismo sexo? No rotundo. Cada uno elige su camino. La última palabra la tiene el individuo, nunca los demás. Las relaciones entre adultos libres que consienten son privadas y deben ser respetadas, por todo el mundo sin excepción. Entonces, ¿por qué? ¿Es tan malo entregarse al placer? "Eso es cosa de animales" dicen. Por supuesto; ¿y eso se supone que es un argumento de peso? La única diferencia es que los animales funcionan por instintos y no por afectos. El ser humano es el único consciente de su identidad.
Estoy convencido de que nuestra labor en la vida no es sufrir, ni penar, ni sacrificarse. Es simplemente vivir, ser lo más feliz que se pueda, honrar la vida. Y la vida es alegría, y por tanto placer. Es la culpa la que hace a la gente desgraciada, no lo que hacen por sí mismo. Todo el mundo, alguna u otra vez, se ha entregado a algo "prohibido". Y lo ha saboreado, paladeado, disfrutado. Es después cuando entra en juego el remordimiento, la culpa, el castigo. Eso tampoco es humano. Es aprendido. Y es lo que hace que nos sintamos infelices, sucios, bajos.

rest your love on me... a while
Hay otra acepción de la palabra que no he mencionado. Hace referencia a la pintura. "Dicho de una figura geométrica que toma la apariencia de otra por efecto de la perspectiva." Y ¿sabes qué? Me quedo con esa definición. Eso sí es degenerar. Aquel a quien llaman degenerado en realidad no lo es; es un efecto de la perspectiva. Del tamiz por el que los demás pasan tus acciones o tu comportamiento. Un uso inteligente de la palabra convertiría al degenerado en un objeto pasivo, en la víctima. La culpa, en este caso, es del sujeto activo. Siempre la fue. La figura oscura, perniciosa, en todos los casos, es la del degenerador.
Así que me fui al diccionario. Olvido las acepciones médicas o biológicas. Porque no todas las degeneraciones provocan un deterioro estructural de las células o tejidos ni son consecuencia de una enfermedad adquirida o hereditaria. O quizás sí. No, en ningún caso una enfermedad. Qué nos queda? La respuesta que siempre saca de quicio al que consulta un diccionario "Acción y efecto de degenerar." Vamos a buscar degenerar entonces...

put your head on my...
Desechamos de nuevo las que no me interesa y me quedo sólo dos:
1. intr. Dicho de una persona o de una cosa: Decaer, desdecir, declinar, no corresponder a su primera calidad o a su primitivo valor o estado.
No me aclara nada, en realidad. Entre otras cosas porque no creo que nadie me pueda decir cual es la primera calidad o el primitivo valor o estado de un ser humano. Aunque muchos serían categóricos en manifestar cuál es la esencia de una persona. Pero sus opiniones no me valen. Me hablarán desde un punto de vista religioso, moral, social, antropológico, o evolutivo, pero no dejan de ser apreciaciones culturales y, en el mejor de los casos, un simple grano de arena en la playa que cada uno tenemos dentro.
Así que vamos con la segunda...
2. intr. Dicho de una persona: Decaer de la antigua nobleza de sus antepasados, no corresponder a las virtudes de sus mayores o a las que ella tuvo en otro tiempo.
Esta está más clara. Pero sigue siendo imprecisa. ¿Quién establece los parámetros de nobleza, o virtudes? ¿El Estado? ¿La iglesia? ¿Y quienes son mis mayores o antepasados? ¿Mis padres? ¿Mis abuelos? ¿Mi etnia? ¿Hitler y Atila? ¿Einstein? ¿O el hombre de Atapuerca?
Me preocupa mucho no tener el significado claro. Porque ser un degenerado implica una noción perniciosa, un descastado, alguien a quien mejor no acercarse. Y debo confesarme, he cometido algunos actos que muchos calificarían de degeneración. Por tanto, ¿soy un degenerado?
No lo creo. Honestamente. Para mí las personas no “son”, sino “hacen”. Convertir un hecho que puede ser un error o simple ignorancia, en un defecto de carácter es un riesgo extremo. Las palabras son importantes. Hay que cuidarlas. Las palabras son cinceles que van tallando en silencio la propia conciencia, hasta llegar el momento en que se asume y acabas comportándote como los demás esperan que lo hagas.
Vivimos en un entorno que nos inculca que el placer, por sí mismo, es malo. Que el sexo es sucio si no es con alguien que amas. Que hay que ponerle límites. Que derrochar es pecaminoso cuando hay gente que muere de hambre. Que la vida es sacrificio. Que está llena de dolor. Que hay que renunciar, hacerse a la idea, rechazar, purgar, conformarse. Vivimos en la dictadura de la cobardía, de la homogeneidad, de la apariencia. Y el credo imperante es "Yo no lo hago, aunque me apetezca, y por eso no permito que lo hagas tú. Y si tienes el valor de hacerlo, te recriminaré." Esa es la norma.
¿Tener relaciones de una noche es degenerado? ¿Y si son cincuenta al año? ¿Es ilícito que una pareja tenga relaciones sexuales en grupo? ¿Es inadmisible la infidelidad? ¿O las parejas de un mismo sexo? No rotundo. Cada uno elige su camino. La última palabra la tiene el individuo, nunca los demás. Las relaciones entre adultos libres que consienten son privadas y deben ser respetadas, por todo el mundo sin excepción. Entonces, ¿por qué? ¿Es tan malo entregarse al placer? "Eso es cosa de animales" dicen. Por supuesto; ¿y eso se supone que es un argumento de peso? La única diferencia es que los animales funcionan por instintos y no por afectos. El ser humano es el único consciente de su identidad.
Estoy convencido de que nuestra labor en la vida no es sufrir, ni penar, ni sacrificarse. Es simplemente vivir, ser lo más feliz que se pueda, honrar la vida. Y la vida es alegría, y por tanto placer. Es la culpa la que hace a la gente desgraciada, no lo que hacen por sí mismo. Todo el mundo, alguna u otra vez, se ha entregado a algo "prohibido". Y lo ha saboreado, paladeado, disfrutado. Es después cuando entra en juego el remordimiento, la culpa, el castigo. Eso tampoco es humano. Es aprendido. Y es lo que hace que nos sintamos infelices, sucios, bajos.

rest your love on me... a while
Hay otra acepción de la palabra que no he mencionado. Hace referencia a la pintura. "Dicho de una figura geométrica que toma la apariencia de otra por efecto de la perspectiva." Y ¿sabes qué? Me quedo con esa definición. Eso sí es degenerar. Aquel a quien llaman degenerado en realidad no lo es; es un efecto de la perspectiva. Del tamiz por el que los demás pasan tus acciones o tu comportamiento. Un uso inteligente de la palabra convertiría al degenerado en un objeto pasivo, en la víctima. La culpa, en este caso, es del sujeto activo. Siempre la fue. La figura oscura, perniciosa, en todos los casos, es la del degenerador.
el informal
Hace un par de años mi amigo Carlos (el mejor, el más duradero, el que se quedará siempre) nos fuimos un fin de semana a Gran Canaria. Ese viaje y un episodio en particular cambiaron su vida. Tanto que me pidió que se lo escribiera, para no olvidarlo nunca. Así lo hice. Le pedí permiso para postear en mi blog aquel texto, porque no sólo habla del amor tan grande que le tengo, sino de una flor rara que tambalea los cimientos de todo en lo que crees. Esas inflexiones que cambian el rumbo, el bache que te saca de la carretera polvorienta y te deja paseando en un campo de amapolas.

jardines japoneses de tierra y piedra. rastrillos. fronteras y surcos.
Dice Benedetti que el amor es un informal. Sin duda lo es. Un informal que se presenta sin avisar, y que se va de la misma forma. Quizá por eso el amor es siempre francés, porque se despide a la manera gala.
Acostumbrado a escribir en primera persona, hoy tengo que tomar prestada la segunda del singular. O del plural. Porque me toca meterme en otra piel para contar un recuerdo. Para poder constatar algo que pasó, para que no se olvide. Es un regalo, hecho de corazón a un gran amigo que me lo ha pedido. Como quien hace una foto, pero sin tanta fiabilidad. O quien sabe, quizá con más, porque no hay nada más real que los sentimientos.
Fue un viernes y fue un mes de julio. En unas mini-vacaciones. La edad y la fecha formaban un número mágico, como el inicio de una cuenta. Pero hacia adelante, nunca para atrás. Es curiosa la forma que tiene la vida de darnos un revolcón. No suele hacerlo con estridencias, sino de la forma más pícara, como quien no quiere la cosa. Una sucesión de acontecimientos que desenlazan en algo que lo cambia todo, o que simplemente revolucionan tu mundo para en unos instantes volver a ordenarlo, con una nueva figura.
Lo viste allí detrás, mientras pedías una copa para tomar a medias. Tu eterno JB con cola. Me dijiste, como tantas veces, que te parecía gracioso aquel sentado detrás de mí. Con inocencia, sin ninguna doble intención. Porque nunca has tenido mala idea, ni va en tu carácter hacer planes de conquista. Tenías muchas copas encima, quizá demasiadas. Todos las teníamos. Y por vacilar un rato, y hasta quizá por instruirme un poco en el arte de dar un primer paso, me dijiste "vamos a decirle algo". Y yo, cortado como siempre, hice el ademán pero te dejé ir solo. No sé si eso hace recaer en mí algo de culpa. Si es así, la asumo sin problemas. De aquí en adelante mi relato es una cábala. Una conversación adivinada o recreada a partir de lo que me has contado. Cambia lo que no sea exacto. Tacha lo que no proceda.
Empezaste a hablarle como quien no quiere la cosa, qué tal, tomándote algo, te diviertes. Con tu mejor arma puesta, eso sí, la sonrisa. Y la naturalidad, que se te ve en la cara, o en los ojos, o en el conjunto, no lo sé, pero se ve. Lo que empezó siendo una picardía te jugó una mala pasada. Aquella conversación trivial fue transformándose en una complicidad que nunca te esperaste. En un sentido común del humor, en un juego en el que cada vez te sentías más inmerso. Te estabas enamorando, en apenas 5 minutos.
Te imagino hablando de boberías, sintiéndote cada vez más protagonista de una película. Estaba yendo todo demasiado bien. Lo examinarías sin que se diera cuenta, no sé si buscando el error, el fallo como en esos pasatiempos pictóricos, ese pequeñísimo detalle que te alertara de que cometías un error. Fuera como fuera, seguro que te enganchó el pelo desordenado en la frente, rubio, apuntando a todos lados, en el que te fijaste cuando se giró para dejar la copa en la barra. Y los ojos de un azul transparente, que daban vértigo al mirarlos, como si te fueras a hundir dentro de ellos; tanto que tenías que apartar la vista para no perderte. Y la sonrisa, que asomaba perfecta por los labios tan finos. Lo que empezó como una broma era ya un cortejo. Un callejón con una única salida. En un momento fugaz, cruzarían la mirada y leerían en vez de escuchar. Y los dos leyeron lo mismo. Seguro que no sabes si fue un segundo o un minuto. Ese instante que precede al primer beso es el tiempo más difícil de medir que existe.
Ese beso es el que acerté a ver de refilón. El que me dejó boquiabierto, porque nunca pensé que te atrevieras a llevar a término el juego. No me lo podía creer. A partes iguales me alegré y me compadecí de ti. Me alegré porque te vi tomar una decisión, una decisión que tendría consecuencias! Por fin. La vida se movía para ti. Y me alegraba de ese torrente de cosas que estarías sintiendo, de esa pasión juvenil, ese juego prohibido. Me alegré de que el morbo se hubiera metido en tu vida ordenada, aunque fuera un fisquito. Pero ya te digo que me compadecí de ti. Porque no sabía si estarías preparado para lo que se te venía encima. Me preocupó que no supieras llevarlo bien. Me agonizaba que de alguna forma me culparas por lo que te estaba pasando.
Pero hay otra cosa más. Mi niño. Sabes que mi camino ha sido largo, y que conozco muy bien, por suerte o por desgracia, lo que es engancharse con un desconocido en un bar, o en una plaza. Pero mi experiencia se reduce a algo tan delimitado como la simple lujuria. Ver a alguien que te gusta y acercarte. O que alguien se te acerque. Y notar que el corazón te late más deprisa, que el rozarte es un escalofrío, y que simple y llanamente te calientas. Siempre una presión bajo la cintura, un mordisco en el cuello, un beso con lenguas protagonistas. Y con urgencia. Pero el beso que yo vi no era de esos a los que uno acostumbra en situaciones así. Era un beso de ternura. Quizá fue lo más que me sorprendió. Seguro que a él también. Esa ternura en un beso dado en un bar a un extraño, es algo realmente insólito.

de un lado, la calma. del otro, el mar abierto. en qué lado estás tú?
Dejé de mirar, porque me pareció algo demasiado íntimo para macharlo. No sabía cómo reaccionar. Soy tu amigo, no sabía si debía animarte, si debía recordarte tu situación. Da igual. A lo hecho pecho. Otra casualidad más hizo que las luces del bar se encendieran, echándonos a la calle. Y que no supiéramos dónde podíamos seguir la fiesta, con lo que lo único que te quedaba era el apartamento. La vida seguía jugando con sus picardías. Y para allí salimos... en dirección contraria. De eso no me olvidaré nunca. Nosotros dos apretamos el paso, para dejarlos atrás y que se dieran una alegría al cuerpo. Una alegría que yo pensaba que sería únicamente un atracón de bocas contra una pared, o en zaguán. Te confieso que nunca pensé que fueras a llegar más lejos.
Seguro que esos ratos hasta subirse al taxi fueron increíbles. Que envidia me das. Prometí recrearte la situación, pero me temo que lo mío no es la literatura erótica! Y menos en segunda persona. Tendrás que llenar tú esta parte. Haz memoria. De los portalones donde se apoyaron. Si tomabas la iniciativa tú o la tomaba él. De cómo te agarraba, y por donde. De la presión. Y de que probablemente en ningún momento se te pasó por la cabeza lo que arriesgabas. Que era como un paréntesis donde no existía nada más. Por un momento estabas viviendo simplemente el presente, sin pensar en el pasado ni en cómo ponías en peligro el futuro.
Hasta que cogieron el taxi, después de un rato. Fueron los dos detrás? Me imagino que sí. Y que no podrían evitar tocarse en los pocos minutos que tardó en llegar a los apartamentos. Quizá la mano en el muslo. O simplemente una presión atando las rodillas.
Llegaron al hotel, ya con urgencia, anticipando lo que iba a pasar. La intimidad del ascensor era el marco perfecto. El primer momento completamente solos, sin temor a que pasara un coche, o un trasnochado despistado. Y el recorrido del pasillo también estaría salpicado de sus momentos, imagino. A veces la pasión es tanta que no da tiempo a llegar a la habitación que está a cinco metros, y ese pequeño espacio tarda una eternidad en recorrerse, con paradas a cada centímetro. Menudo disgusto sería tocar la puerta del paraíso y que no hubiera portero para abrirla. Nos odiarías pensando que estábamos dentro. Y tuviste que bajar para que te abrieran con la llave maestra. Te importó una mierda lo que pensaría el portero, solo querías que te abrieran esa puta puerta YA.
Ahora sí que me niego a relatarte los episodios "escabrosos". Hasta me da un poco de vergüenza. Ni el de la madrugada ni el de la mañana en la ducha. Como sólo se trata de que recuerdes la experiencia, te doy unos datos para que te sirvan de pequeña referencia. Recuerda que era como tú, a mediana escala, pero sin barriga. Que hiciste un uso bastante poco habitual del protector solar (a propósito, el único protector que usaste, loco, que no te vuelva a pasar). Que los dos tenían compromisos. Que era algo mayor que tú. Que la palabra "lindo" ya nunca tendrá el mismo significado para ti. Que te dijo lo más bonito que se puede decir, que podría enamorarse de ti. Que su pierna bastó para quitarte los nervios que te provocó la chica de la limpieza por allí revoloteando. Que cuando se iba, sin teléfonos, volvió para darte otro abrazo.
Es curiosa la vida, verdad? Y las confusiones que genera. Nosotros pensábamos que te sentirías culpable. Lo seguí pensando hasta el domingo. Pero no era eso, estabas enganchado! Lo siento, rey, tenía que haberme dado cuenta. Me imagino tus nervios todo el día, esperando verlo en la playa, en el hotel al llegar, por la noche en los bares, tu estrategia maestra para tener cubierta la última hora contigo en el apartamento y nosotros en la discoteca. Seguro que esperabas encontrarlo en la puerta cuando llegaste al hotel. O en tu móvil, deseoso de que lo hubiera cogido durante la noche para memorizar tu número. Verlo el domingo en el maldito kiosco 7. Si llego a saberlo hubiera intentado ayudarte, decirte algo, animarte. Buscarle. Algo. La próxima vez, habla! Pensaba que sólo querías verle por curiosidad, a la luz del día, por rematar la faena.
Eres tremendo. Sigue siempre así. Es el momento de lamentarse y pasarlo un poco mal, pero pasará. Me alegro de que la vida te haya servido en bandeja esta experiencia, porque ahora sabrás que hay algo más. Que no puedes conformarte con las cosas, por estabilidad. Que sólo el que arriesga gana, aunque sea una noche de la que no te puedas olvidar.
Espero que guardes esta carta. No para recordar a Gustavo, a quien te aseguro que olvidarás en un tiempo. Lo que nunca podrás olvidar es lo que te hizo sentir. Y no debes hacerlo. Para que puedas reconocer el instante cuando vuelva a pasarte, y al menos pidas un teléfono. Hay gente que necesita orden en la vida, control. Yo pensaba que tú eras de esos. Y me equivoqué. También pensaba que yo era así, y también metí la pata. La vida, a su endiablada y maravillosa manera, nos ha dado un revolcón. Nos ha hecho abrir los ojos. Ahora, lo único que debe importarte, es que sería un pecado volver a cerrarlos.

Yarince y Carlos, con los ojos bien abiertos

jardines japoneses de tierra y piedra. rastrillos. fronteras y surcos.
Dice Benedetti que el amor es un informal. Sin duda lo es. Un informal que se presenta sin avisar, y que se va de la misma forma. Quizá por eso el amor es siempre francés, porque se despide a la manera gala.
Acostumbrado a escribir en primera persona, hoy tengo que tomar prestada la segunda del singular. O del plural. Porque me toca meterme en otra piel para contar un recuerdo. Para poder constatar algo que pasó, para que no se olvide. Es un regalo, hecho de corazón a un gran amigo que me lo ha pedido. Como quien hace una foto, pero sin tanta fiabilidad. O quien sabe, quizá con más, porque no hay nada más real que los sentimientos.
Fue un viernes y fue un mes de julio. En unas mini-vacaciones. La edad y la fecha formaban un número mágico, como el inicio de una cuenta. Pero hacia adelante, nunca para atrás. Es curiosa la forma que tiene la vida de darnos un revolcón. No suele hacerlo con estridencias, sino de la forma más pícara, como quien no quiere la cosa. Una sucesión de acontecimientos que desenlazan en algo que lo cambia todo, o que simplemente revolucionan tu mundo para en unos instantes volver a ordenarlo, con una nueva figura.
Lo viste allí detrás, mientras pedías una copa para tomar a medias. Tu eterno JB con cola. Me dijiste, como tantas veces, que te parecía gracioso aquel sentado detrás de mí. Con inocencia, sin ninguna doble intención. Porque nunca has tenido mala idea, ni va en tu carácter hacer planes de conquista. Tenías muchas copas encima, quizá demasiadas. Todos las teníamos. Y por vacilar un rato, y hasta quizá por instruirme un poco en el arte de dar un primer paso, me dijiste "vamos a decirle algo". Y yo, cortado como siempre, hice el ademán pero te dejé ir solo. No sé si eso hace recaer en mí algo de culpa. Si es así, la asumo sin problemas. De aquí en adelante mi relato es una cábala. Una conversación adivinada o recreada a partir de lo que me has contado. Cambia lo que no sea exacto. Tacha lo que no proceda.
Empezaste a hablarle como quien no quiere la cosa, qué tal, tomándote algo, te diviertes. Con tu mejor arma puesta, eso sí, la sonrisa. Y la naturalidad, que se te ve en la cara, o en los ojos, o en el conjunto, no lo sé, pero se ve. Lo que empezó siendo una picardía te jugó una mala pasada. Aquella conversación trivial fue transformándose en una complicidad que nunca te esperaste. En un sentido común del humor, en un juego en el que cada vez te sentías más inmerso. Te estabas enamorando, en apenas 5 minutos.
Te imagino hablando de boberías, sintiéndote cada vez más protagonista de una película. Estaba yendo todo demasiado bien. Lo examinarías sin que se diera cuenta, no sé si buscando el error, el fallo como en esos pasatiempos pictóricos, ese pequeñísimo detalle que te alertara de que cometías un error. Fuera como fuera, seguro que te enganchó el pelo desordenado en la frente, rubio, apuntando a todos lados, en el que te fijaste cuando se giró para dejar la copa en la barra. Y los ojos de un azul transparente, que daban vértigo al mirarlos, como si te fueras a hundir dentro de ellos; tanto que tenías que apartar la vista para no perderte. Y la sonrisa, que asomaba perfecta por los labios tan finos. Lo que empezó como una broma era ya un cortejo. Un callejón con una única salida. En un momento fugaz, cruzarían la mirada y leerían en vez de escuchar. Y los dos leyeron lo mismo. Seguro que no sabes si fue un segundo o un minuto. Ese instante que precede al primer beso es el tiempo más difícil de medir que existe.
Ese beso es el que acerté a ver de refilón. El que me dejó boquiabierto, porque nunca pensé que te atrevieras a llevar a término el juego. No me lo podía creer. A partes iguales me alegré y me compadecí de ti. Me alegré porque te vi tomar una decisión, una decisión que tendría consecuencias! Por fin. La vida se movía para ti. Y me alegraba de ese torrente de cosas que estarías sintiendo, de esa pasión juvenil, ese juego prohibido. Me alegré de que el morbo se hubiera metido en tu vida ordenada, aunque fuera un fisquito. Pero ya te digo que me compadecí de ti. Porque no sabía si estarías preparado para lo que se te venía encima. Me preocupó que no supieras llevarlo bien. Me agonizaba que de alguna forma me culparas por lo que te estaba pasando.
Pero hay otra cosa más. Mi niño. Sabes que mi camino ha sido largo, y que conozco muy bien, por suerte o por desgracia, lo que es engancharse con un desconocido en un bar, o en una plaza. Pero mi experiencia se reduce a algo tan delimitado como la simple lujuria. Ver a alguien que te gusta y acercarte. O que alguien se te acerque. Y notar que el corazón te late más deprisa, que el rozarte es un escalofrío, y que simple y llanamente te calientas. Siempre una presión bajo la cintura, un mordisco en el cuello, un beso con lenguas protagonistas. Y con urgencia. Pero el beso que yo vi no era de esos a los que uno acostumbra en situaciones así. Era un beso de ternura. Quizá fue lo más que me sorprendió. Seguro que a él también. Esa ternura en un beso dado en un bar a un extraño, es algo realmente insólito.

de un lado, la calma. del otro, el mar abierto. en qué lado estás tú?
Dejé de mirar, porque me pareció algo demasiado íntimo para macharlo. No sabía cómo reaccionar. Soy tu amigo, no sabía si debía animarte, si debía recordarte tu situación. Da igual. A lo hecho pecho. Otra casualidad más hizo que las luces del bar se encendieran, echándonos a la calle. Y que no supiéramos dónde podíamos seguir la fiesta, con lo que lo único que te quedaba era el apartamento. La vida seguía jugando con sus picardías. Y para allí salimos... en dirección contraria. De eso no me olvidaré nunca. Nosotros dos apretamos el paso, para dejarlos atrás y que se dieran una alegría al cuerpo. Una alegría que yo pensaba que sería únicamente un atracón de bocas contra una pared, o en zaguán. Te confieso que nunca pensé que fueras a llegar más lejos.
Seguro que esos ratos hasta subirse al taxi fueron increíbles. Que envidia me das. Prometí recrearte la situación, pero me temo que lo mío no es la literatura erótica! Y menos en segunda persona. Tendrás que llenar tú esta parte. Haz memoria. De los portalones donde se apoyaron. Si tomabas la iniciativa tú o la tomaba él. De cómo te agarraba, y por donde. De la presión. Y de que probablemente en ningún momento se te pasó por la cabeza lo que arriesgabas. Que era como un paréntesis donde no existía nada más. Por un momento estabas viviendo simplemente el presente, sin pensar en el pasado ni en cómo ponías en peligro el futuro.
Hasta que cogieron el taxi, después de un rato. Fueron los dos detrás? Me imagino que sí. Y que no podrían evitar tocarse en los pocos minutos que tardó en llegar a los apartamentos. Quizá la mano en el muslo. O simplemente una presión atando las rodillas.
Llegaron al hotel, ya con urgencia, anticipando lo que iba a pasar. La intimidad del ascensor era el marco perfecto. El primer momento completamente solos, sin temor a que pasara un coche, o un trasnochado despistado. Y el recorrido del pasillo también estaría salpicado de sus momentos, imagino. A veces la pasión es tanta que no da tiempo a llegar a la habitación que está a cinco metros, y ese pequeño espacio tarda una eternidad en recorrerse, con paradas a cada centímetro. Menudo disgusto sería tocar la puerta del paraíso y que no hubiera portero para abrirla. Nos odiarías pensando que estábamos dentro. Y tuviste que bajar para que te abrieran con la llave maestra. Te importó una mierda lo que pensaría el portero, solo querías que te abrieran esa puta puerta YA.
Ahora sí que me niego a relatarte los episodios "escabrosos". Hasta me da un poco de vergüenza. Ni el de la madrugada ni el de la mañana en la ducha. Como sólo se trata de que recuerdes la experiencia, te doy unos datos para que te sirvan de pequeña referencia. Recuerda que era como tú, a mediana escala, pero sin barriga. Que hiciste un uso bastante poco habitual del protector solar (a propósito, el único protector que usaste, loco, que no te vuelva a pasar). Que los dos tenían compromisos. Que era algo mayor que tú. Que la palabra "lindo" ya nunca tendrá el mismo significado para ti. Que te dijo lo más bonito que se puede decir, que podría enamorarse de ti. Que su pierna bastó para quitarte los nervios que te provocó la chica de la limpieza por allí revoloteando. Que cuando se iba, sin teléfonos, volvió para darte otro abrazo.
Es curiosa la vida, verdad? Y las confusiones que genera. Nosotros pensábamos que te sentirías culpable. Lo seguí pensando hasta el domingo. Pero no era eso, estabas enganchado! Lo siento, rey, tenía que haberme dado cuenta. Me imagino tus nervios todo el día, esperando verlo en la playa, en el hotel al llegar, por la noche en los bares, tu estrategia maestra para tener cubierta la última hora contigo en el apartamento y nosotros en la discoteca. Seguro que esperabas encontrarlo en la puerta cuando llegaste al hotel. O en tu móvil, deseoso de que lo hubiera cogido durante la noche para memorizar tu número. Verlo el domingo en el maldito kiosco 7. Si llego a saberlo hubiera intentado ayudarte, decirte algo, animarte. Buscarle. Algo. La próxima vez, habla! Pensaba que sólo querías verle por curiosidad, a la luz del día, por rematar la faena.
Eres tremendo. Sigue siempre así. Es el momento de lamentarse y pasarlo un poco mal, pero pasará. Me alegro de que la vida te haya servido en bandeja esta experiencia, porque ahora sabrás que hay algo más. Que no puedes conformarte con las cosas, por estabilidad. Que sólo el que arriesga gana, aunque sea una noche de la que no te puedas olvidar.
Espero que guardes esta carta. No para recordar a Gustavo, a quien te aseguro que olvidarás en un tiempo. Lo que nunca podrás olvidar es lo que te hizo sentir. Y no debes hacerlo. Para que puedas reconocer el instante cuando vuelva a pasarte, y al menos pidas un teléfono. Hay gente que necesita orden en la vida, control. Yo pensaba que tú eras de esos. Y me equivoqué. También pensaba que yo era así, y también metí la pata. La vida, a su endiablada y maravillosa manera, nos ha dado un revolcón. Nos ha hecho abrir los ojos. Ahora, lo único que debe importarte, es que sería un pecado volver a cerrarlos.

Yarince y Carlos, con los ojos bien abiertos
dormir, tal vez soñar
Llevo casi 40 horas sin dormir. Anoche me tocó trabajar en unos proyectos que tenía que entregar hoy, y aún me quedan cuatro días de pesadilla. Así que imagino que esta postal de hoy estará llena de alucinaciones de sueño.

Yarine se esconde...
De repente, en medio de este cansancio y del dolor punzante de los músculos, me veo entre los blogs más leídos de ya. Debe ser una broma. A alguien debe habérsele atascado el enter y está recargando de forma incesante mi página. No le encuentro otra explicación para que, de la noche a la mañana, mis visitantes se incrementen en un 300%. Ni siquiera sé si me gusta que mis secretos sean tan populares, me da vértigo, e incluso me tienta a volver a esconderme en mi guarida, a esperar que termine el invierno. ¿Y si mis secretos dejan de serlo? ¿Qué haría el guerrero caminando desnudo, sin las pieles de jaguar que le protegen el pecho? ¿Cómo enfrentarme a las lanzas sin coraza?
Llevo unos días algo tumultuosos. La noche del viernes fue muy agitada, y el cóctel se convirtió en molotov la noche del sábado. El domingo recibí un mensaje en el móvil que no iba dirigido a mí, que me había alcanzado por error. En otras circunstancias, todo lo que ha pasado en estos días me habría dejado tocado. Pero esta vez, al contrario, me siento orgulloso de cómo he actuado y tengo la conciencia tranquila. He descubierto que he entrado en el 2005 siendo un hombre más fuerte, más seguro, más autónomo. Que aunque mi prioridad en la vida es amar, no lo haré a cualquier precio.
Estoy pensando presentarme a un concurso de cartas de amor. Y sé que lo mejor será el batallón de borradores que escribiré antes de llegar a la definitiva. Cartas a los amores de verdad, a los imaginarios, a los que el tiempo ha injertado con retales de sueño, a los imposibles, a los que intuyo, a los secretos. En una de esas categorías, está él:
Se cumple un año. Un año ya, separados. Y a pesar de que todo terminó, en éste nuestro aniversario, quiero hacerte un homenaje. Quiero olvidarme del dolor que me hizo dejarte, y del purgatorio agrio que le siguió, y recordar lo que me hizo quererte durante tanto tiempo. Tanto que me hizo dejarte.
Aún recuerdo cuando me di cuenta de que estaba loco por ti. Como si hubiera sido ayer. Llevaba dos meses contigo. Dos meses en los que sólo habías sido la consumación de una fantasía absurda, que al convertirse en realidad me confirmó que las fantasías es mejor dejarlas donde están, en esa misteriosa tierra de nadie entre el cerebro y la piel. No te quería, no. Ni siquiera me gustabas. Eras un trofeo que ya me cansaba ver en la vitrina. Pero una noche, de madrugada, quise meterte en un cajón. Apartarte de mi vista.
Y te miré de cerca. Y tú me empujaste y me gritaste. Corriste desconsolado, y yo te perseguía intentando hacerte entrar en razón. Te desenmascaraste y por primera vez vi que tu careta estaba empapada de lágrimas. Nos sentamos en un portal, exhaustos. Y te convencí para que te quedaras en casa. Y al llegar te sentaste en la cama con la cabeza gacha, y yo en el suelo elevando la mirada hacia ti. Y fue una revelación, como si te viera de distinta manera, como si aquellos dos meses fueran sólo un espejismo de ti. Y temí que la ternura se me escurriera de los dedos y empapara la alfombra. Y asustado te dije que durmieras en la cama, que yo pasaría la noche en el sofá. Suspiraste, alargaste la mano hasta encontrarte en la mía, y me dijiste que no. Y esa fue nuestra noche, la primera en que mi corazón hizo el amor contigo.
Nuestro recorrido no fue fácil, lo sabes. Tu exterior espectacular eclipsa a cualquiera. Y yo nunca lo llevé bien. Y tú lo empeoraste, porque tu complejo te impide pasar inadvertido. Y querías gustarle a todos, porque ya me tenías a mí. Y no, no me valía que al terminar la jornada fuera conmigo con quien dormías. Quería que lo importante fuera que me gustaras a mí. Pero no lo entendiste.
Y cada día te quería más. Como para acceder a tus planes de vivir juntos. Pero aquellas vacaciones lo cambiaron todo. Y mientras cenábamos me hablabas y algo se rompió dentro de mí. Quizá la esperanza de que todo iba a salir bien. De que algún día te darías cuenta. Supe que a pesar de tanto amor, nuestra historia no iba a tener un final feliz.
Y un sábado por la tarde me tragué las lágrimas y el amor y te dije “se terminó”. Luchaste contra mi decisión, pero era firme. Saliste de casa con tu mochila, y me asomé al balcón a mirarte. Vi cómo te adentrabas en la calle, de espaldas, mientras te dirigías a tu coche. Te vi entrar en él. Pero no arrancaste. Te quedaste allí, sin moverte, durante al menos media hora. Y la portezuela volvió a abrirse, y saliste. Y desandaste tus pasos, esta vez mirándome de frente. Y te paraste bajo el balcón, y te apoyaste en la pared. Y me miraste a los ojos, y con los labios me dijiste No. Y volviste a repetir. No.

aún hoy salgo al balcón, y no puedo evitar buscarte...
Subiste y te abrí la puerta con el corazón acogotado, y dejaste caer tu mochila y me miraste y repetiste. No. Me dijiste que te habías sentado en el coche y que no podías arrancar. Que no podías alejarte de mí. Que pensaste que no volverías a estar conmigo y enloqueciste. Que no pensabas dejarme escapar. Que la simple idea de imaginarme en otros brazos era insoportable. Que no me sería fácil librarme de ti. Y yo me derrumbé, porque eso es lo que yo quería escuchar de tus labios. Porque así es como yo quería que me quisieras. De forma irracional. Pero la esperanza rota es difícil de recomponer. Y al mes comenzamos a andar caminos distintos.
Ya no te quiero. Casi no nos hablamos, a pesar de vernos cada fin de semana. Pero tu recuerdo a veces me aborda, me desarma. Y echo de menos lo que sentí, y lo que compartí. He amado a otros más que a ti, pero a ninguno durante tanto tiempo. Y estoy atiborrado de tus recuerdos. Porque formas parte de mi vida, y porque te quise, y porque en mi diccionario el amor aún se escribe con tus iniciales.


Yarine se esconde...
De repente, en medio de este cansancio y del dolor punzante de los músculos, me veo entre los blogs más leídos de ya. Debe ser una broma. A alguien debe habérsele atascado el enter y está recargando de forma incesante mi página. No le encuentro otra explicación para que, de la noche a la mañana, mis visitantes se incrementen en un 300%. Ni siquiera sé si me gusta que mis secretos sean tan populares, me da vértigo, e incluso me tienta a volver a esconderme en mi guarida, a esperar que termine el invierno. ¿Y si mis secretos dejan de serlo? ¿Qué haría el guerrero caminando desnudo, sin las pieles de jaguar que le protegen el pecho? ¿Cómo enfrentarme a las lanzas sin coraza?
Llevo unos días algo tumultuosos. La noche del viernes fue muy agitada, y el cóctel se convirtió en molotov la noche del sábado. El domingo recibí un mensaje en el móvil que no iba dirigido a mí, que me había alcanzado por error. En otras circunstancias, todo lo que ha pasado en estos días me habría dejado tocado. Pero esta vez, al contrario, me siento orgulloso de cómo he actuado y tengo la conciencia tranquila. He descubierto que he entrado en el 2005 siendo un hombre más fuerte, más seguro, más autónomo. Que aunque mi prioridad en la vida es amar, no lo haré a cualquier precio.
Estoy pensando presentarme a un concurso de cartas de amor. Y sé que lo mejor será el batallón de borradores que escribiré antes de llegar a la definitiva. Cartas a los amores de verdad, a los imaginarios, a los que el tiempo ha injertado con retales de sueño, a los imposibles, a los que intuyo, a los secretos. En una de esas categorías, está él:
Se cumple un año. Un año ya, separados. Y a pesar de que todo terminó, en éste nuestro aniversario, quiero hacerte un homenaje. Quiero olvidarme del dolor que me hizo dejarte, y del purgatorio agrio que le siguió, y recordar lo que me hizo quererte durante tanto tiempo. Tanto que me hizo dejarte.
Aún recuerdo cuando me di cuenta de que estaba loco por ti. Como si hubiera sido ayer. Llevaba dos meses contigo. Dos meses en los que sólo habías sido la consumación de una fantasía absurda, que al convertirse en realidad me confirmó que las fantasías es mejor dejarlas donde están, en esa misteriosa tierra de nadie entre el cerebro y la piel. No te quería, no. Ni siquiera me gustabas. Eras un trofeo que ya me cansaba ver en la vitrina. Pero una noche, de madrugada, quise meterte en un cajón. Apartarte de mi vista.
Y te miré de cerca. Y tú me empujaste y me gritaste. Corriste desconsolado, y yo te perseguía intentando hacerte entrar en razón. Te desenmascaraste y por primera vez vi que tu careta estaba empapada de lágrimas. Nos sentamos en un portal, exhaustos. Y te convencí para que te quedaras en casa. Y al llegar te sentaste en la cama con la cabeza gacha, y yo en el suelo elevando la mirada hacia ti. Y fue una revelación, como si te viera de distinta manera, como si aquellos dos meses fueran sólo un espejismo de ti. Y temí que la ternura se me escurriera de los dedos y empapara la alfombra. Y asustado te dije que durmieras en la cama, que yo pasaría la noche en el sofá. Suspiraste, alargaste la mano hasta encontrarte en la mía, y me dijiste que no. Y esa fue nuestra noche, la primera en que mi corazón hizo el amor contigo.
Nuestro recorrido no fue fácil, lo sabes. Tu exterior espectacular eclipsa a cualquiera. Y yo nunca lo llevé bien. Y tú lo empeoraste, porque tu complejo te impide pasar inadvertido. Y querías gustarle a todos, porque ya me tenías a mí. Y no, no me valía que al terminar la jornada fuera conmigo con quien dormías. Quería que lo importante fuera que me gustaras a mí. Pero no lo entendiste.
Y cada día te quería más. Como para acceder a tus planes de vivir juntos. Pero aquellas vacaciones lo cambiaron todo. Y mientras cenábamos me hablabas y algo se rompió dentro de mí. Quizá la esperanza de que todo iba a salir bien. De que algún día te darías cuenta. Supe que a pesar de tanto amor, nuestra historia no iba a tener un final feliz.
Y un sábado por la tarde me tragué las lágrimas y el amor y te dije “se terminó”. Luchaste contra mi decisión, pero era firme. Saliste de casa con tu mochila, y me asomé al balcón a mirarte. Vi cómo te adentrabas en la calle, de espaldas, mientras te dirigías a tu coche. Te vi entrar en él. Pero no arrancaste. Te quedaste allí, sin moverte, durante al menos media hora. Y la portezuela volvió a abrirse, y saliste. Y desandaste tus pasos, esta vez mirándome de frente. Y te paraste bajo el balcón, y te apoyaste en la pared. Y me miraste a los ojos, y con los labios me dijiste No. Y volviste a repetir. No.

aún hoy salgo al balcón, y no puedo evitar buscarte...
Subiste y te abrí la puerta con el corazón acogotado, y dejaste caer tu mochila y me miraste y repetiste. No. Me dijiste que te habías sentado en el coche y que no podías arrancar. Que no podías alejarte de mí. Que pensaste que no volverías a estar conmigo y enloqueciste. Que no pensabas dejarme escapar. Que la simple idea de imaginarme en otros brazos era insoportable. Que no me sería fácil librarme de ti. Y yo me derrumbé, porque eso es lo que yo quería escuchar de tus labios. Porque así es como yo quería que me quisieras. De forma irracional. Pero la esperanza rota es difícil de recomponer. Y al mes comenzamos a andar caminos distintos.
Ya no te quiero. Casi no nos hablamos, a pesar de vernos cada fin de semana. Pero tu recuerdo a veces me aborda, me desarma. Y echo de menos lo que sentí, y lo que compartí. He amado a otros más que a ti, pero a ninguno durante tanto tiempo. Y estoy atiborrado de tus recuerdos. Porque formas parte de mi vida, y porque te quise, y porque en mi diccionario el amor aún se escribe con tus iniciales.

Madre (con mayúsculas)
A veces pienso que os hablo demasiado de mí. Y no de lo realmente importante en mi vida, que son las personas que me han tocado en suerte. La principal de ellas es mi madre.
No sólo me gusta querer a mi gente, me gusta que sepan que los quieros. Para mí es prioritario. Lo intento decir a través de detalles, de contacto físico, de tiempo a su lado. Y a veces el detalle es una carta.
No sabía si colgarla en el blog. Pero decidí hacerlo por varias razones. Quiero que sepáis quién es mi madre, la persona mejor que he conocido. Quiero que sepáis lo que siento por ella. Quiero homenajearla. Inmortalizarla en la lectura de gente que no la conoce. Mi madre y su vida merecen tener eco.

Querida mamá,
Sesenta años. Se dice pronto, y seguro que para ti han pasado en un suspiro. Pero el DNI no miente. Eres una mujer sexagenaria. Como si eso quisiera decir algo.
No creas que te escribo esto para conmemorar la ocasión. Por supuesto que no. Me alegro de celebrarlo juntos, pero lo que te quiero decir lo pienso todos los días. Cuando te veo y cuando te pienso. No es fruto de la melancolía o las celebraciones de la fiesta. Quizá sólo me aprovecho de ellas para contarte lo que siento por ti.
Lo más maravilloso de que cumplas esa edad es que nos ha permitido compartir tantas cosas, y que nuestra relación de madre-hijo haya pasado por tantas etapas, que nos haya dado tantos recuerdos, que haya generado tantos ecos, que ahora seas mucho más que, y no es poco, mi madre.
Se me llena la boca de decirlo. Mi madre. Nunca he sentido envidia de las madres de mis amigos cuando era chico. Ni de mayor. Siempre he pensado que la única razón por la que sería sinceramente envidiado, es por tener una madre como tú. Y me he sentido orgullosísimo de ello. No te cambiaría por ninguna. Porque quizá las hay iguales, pero no mejores. Apostaría mi cabeza.
Han sido casi 36 años contigo, mamá, y todo, TODO lo que me has dado, ha sido increíble. No tengo ni un solo reproche contigo, ni un mal momento, ni una mala contestación. Nunca has perdido los nervios. Nunca se te ha agriado la mirada, o la expresión. Siempre has sido para mí una estampa de paz y de serenidad. Has sido mi sosiego. A lo largo de toda la vida. Ese muelle en donde siempre te sientes seguro. Quisiera poderte regalar el elixir de la vida, y que no me faltaras nunca. Aunque después de tanto tiempo y tantas cosas juntos, ya nunca me faltarás. Estás entretejida y enredada en mi alma con tanta fuerza, que te confundes conmigo.
No me olvidaré de las tardes en la tienda. Ni de los conciertos y los cines. De pasear por la Plaza brincando y cantando el “limpio mi casita”. De cuando no me acordaba de tu cara cuando fuiste de viaje por Europa. De tus filosofadas y cómo le cambias el nombre a las películas. De cuando abuelo le “regaló” un ramo de flores a abuela. De mi desilusión cuando no podías ir a buscarme al cole. De cuando después de aquella bronca que tuve con papá, simplemente viniste y pusiste sobre mi mano temblorosa la tuya, sin decir nada y diciendo tanto. De las veces que te he visto llorar, siempre de pena, y siempre por personas, nunca por cosas. De tu cara de alegría cuando, en tu día libre, trabajas como una esclava para darle de comer al batallón familiar, sin quejarte y sin perder tu radiante sonrisa. De cuando me independicé y me dijiste, preocupada, “a tu padre y a mí no nos molestas”. De cuando te sentabas conmigo a hacer la tarea, con aquella enciclopedia universal en que venían pintados dos niños por fuera. De cuando fuimos a comprarme el traje de primera comunión. De cuando, yo siendo un crío, en el baño, me explicaste, preocupadísima y agobiadísima, qué significaba aquella palabra que había oído en el colegio… follar. De tantas veces que me has mirado, adivinando siempre con acierto, y me has dicho “¿qué te pasa?” De cuando cantábamos en el coche. De ver la tele contigo por la noche. De las películas juntos. De los cientos de desayunos que me has traído a la cama. De cuando me compraste un single de Nino Bravo porque había sacado buenas notas. De los millones de abrazos y de besos. Son tantas cosas que sería imposible contarlas todas.

No puedo olvidarme antes de terminar de una ocasión que nunca, nunca olvidaré. Fue una situación que me dijo mucho de ti. Que me hizo verte bajo otra luz. Una luz más divina, y más humana si cabe. Recuerdo que te oía hablar y sentía ganas de llorar. Ganas de abrazarte y protegerte y no dejar que nadie te hiciera daño. No hice nada de eso, y ni siquiera creo que nunca te hablara de lo que significó para mí aquel momento.
Fue una tarde de sábado en casa, hace muchos años. En el cuarto de la tele. Creo que cosías y que hacía sol. Y que estábamos abuela, tú y yo. Y empezaste a contar la historia de mi hermano, el que nació entre Manu y yo. Por supuesto yo ya la sabía, pero a grandes rasgos. Sin detalles. Ahora sé que en la vida los detalles lo son todo. Y te recuerdo perfectamente. Mientras hablabas. Ensimismada. Más para ti que para nosotros. Cuando les dijiste “quiero verlo”. Y cuando le describiste, tan completo, del tamaño de un lápiz, pero con sus manitas, sus piececitos, sus uñas. No hablabas de “algo”, como haría el resto de la gente. Hablabas de “alguien”. De mi hermano. De un hermano que no permitiste que tiraran en una basura de hospital, porque era tu hijo. Que pusieron en una cajita de puros y metieron por un ladito en la tumba de tu abuela. Un hijo del que, 36 años después, te sigues acordando. Que te sigue quebrando la voz. Un niño en el que no dejas de pensar ni un solo día, cómo sería, qué sería. Un niño al que sigues llevando flores en los Santos y los Inocentes.
Mamá, aquella historia me dijo tanto de ti. No te imaginas. Me dijo de tu compromiso con los demás, que cuando quieres es para siempre, que los tuyos son tuyos en cualquier circunstancia, que tus dolores, a pesar de ser tan sincera y transparente, son dolores del alma y los demás no podemos ni imaginarlos. Que eres grande en tu amor y en tu sacrificio. Y pensé “si quiere tanto a un niño que nunca llegó a ser, ¿cómo me querrá a mí?”
Dijiste en aquella ocasión, con resignación y ese lado optimista y esperanzador tan característico tuyo que quizá si aquel hijo hubiera vivido, nunca me habrían tenido a mí. Y recuerdo que me rasqué el nudo en la garganta para decirte que seguro que no. Que también me habrías tenido a mí. O que yo habría sido aquel niño. Que es completamente imposible que tú y yo no nos hubiéramos conocido. Que de no haberte tenido como madre, me habría pasado la vida entera buscándote.
Sin duda papá ha sido el artífice de mi profesionalidad, de mi formación académica, de mi compromiso y responsabilidad. Del lado racional y visible. Pero tú lo eres de mi lado emocional, del invisible. Lo que soy por dentro, lo que siento, te lo debo a ti. Mi afecto, mi esperanza, mi alegría, y mi capacidad de amor son tuyas. Las sembraste tú. Las abonaste tú. Las hiciste crecer tú. A veces la gente me pregunta de dónde nace mi sensibilidad y mi imaginación. Para escribir, para escuchar, para la belleza, para la ternura. Y mi respuesta es siempre la misma. De mi madre.
Ese es tu don. Cuando tocas a la gente, la contagias de emoción. Porque a tus sesenta años, todavía tienes ojos de niña. Iluminados, llenos de afecto, juguetones, esperanzados. Y qué suerte he tenido, de hacerme un hombre mirándome en esos ojos.
Te quiero tanto, mami. Te lo digo mucho, pero nunca es bastante, porque el amor es inmenso. No te imaginas. A veces me desborda. Y te quiero no sólo por lo que haces (que es mucho), sino por lo que dejas de hacer. Te quiero por lo que dices, pero también por lo que callas. Porque nunca has sido una madre invasiva ni posesiva. Me has dejado vivir mi vida, siempre, respetando mi espacio. Sabiendo estar en él sin agobios y sin exigencias. Haciéndome saber que siempre estarás ahí, cuando yo quiera. Y cuando has sufrido por mí, no has venido a recriminarme ni a exigirme ni a demandarme. Has esperado en silencio a que yo volviera. Con los brazos abiertos. Nunca te he oído un “te lo dije” o “estoy esperando a que me pidas perdón” o “no ves cuánto me haces sufrir?”. De tus labios sólo he oído “te quiero” o “que alegría de verte”. Soy tu hijo, pero has sabido comprender que la maternidad no otorga derechos. Que es mucho más que eso. Que una buena madre, además de querer a sus hijos, debe respetarlos. Dejarlos volar. Vivir su propia vida. Esa es la prueba más grande de amor.
Y no sólo te quiero yo. Te queremos todos. Si tu 60 cumpleaños fuera una fiesta de puertas abiertas, la gente que te quiere no cabría aquí dentro. Te has pasado la vida repartiendo amor sincero. Y espero de corazón que hayamos sabido darte los frutos. Porque te lo mereces. Eres la persona más buena que he conocido nunca. Y encima tengo la suerte de que eres mi madre!
Mamá, mami, mamuchi… No hay regalo en el mundo para expresar mi cariño. No existe. Bueno, quizá haya uno. Prestado del poema de Rubén Darío que me enseñaste de niño, y que recitábamos juntos, abrazados en nuestro kiosco de malaquita, bajo un gran manto de tisú. Pero no puedo regalártelo en una caja. Es imposible. Porque me tendría que ir a cortar una estrella a la azul inmensidad, sin saber por qué, por las olas y en el viento. Para regalártela, decorando un prendedor, con un verso y una perla, y una pluma y una flor.

Te quiero, pase lo que pase, sobre todas las cosas.
No sólo me gusta querer a mi gente, me gusta que sepan que los quieros. Para mí es prioritario. Lo intento decir a través de detalles, de contacto físico, de tiempo a su lado. Y a veces el detalle es una carta.
No sabía si colgarla en el blog. Pero decidí hacerlo por varias razones. Quiero que sepáis quién es mi madre, la persona mejor que he conocido. Quiero que sepáis lo que siento por ella. Quiero homenajearla. Inmortalizarla en la lectura de gente que no la conoce. Mi madre y su vida merecen tener eco.

Querida mamá,
Sesenta años. Se dice pronto, y seguro que para ti han pasado en un suspiro. Pero el DNI no miente. Eres una mujer sexagenaria. Como si eso quisiera decir algo.
No creas que te escribo esto para conmemorar la ocasión. Por supuesto que no. Me alegro de celebrarlo juntos, pero lo que te quiero decir lo pienso todos los días. Cuando te veo y cuando te pienso. No es fruto de la melancolía o las celebraciones de la fiesta. Quizá sólo me aprovecho de ellas para contarte lo que siento por ti.
Lo más maravilloso de que cumplas esa edad es que nos ha permitido compartir tantas cosas, y que nuestra relación de madre-hijo haya pasado por tantas etapas, que nos haya dado tantos recuerdos, que haya generado tantos ecos, que ahora seas mucho más que, y no es poco, mi madre.
Se me llena la boca de decirlo. Mi madre. Nunca he sentido envidia de las madres de mis amigos cuando era chico. Ni de mayor. Siempre he pensado que la única razón por la que sería sinceramente envidiado, es por tener una madre como tú. Y me he sentido orgullosísimo de ello. No te cambiaría por ninguna. Porque quizá las hay iguales, pero no mejores. Apostaría mi cabeza.
Han sido casi 36 años contigo, mamá, y todo, TODO lo que me has dado, ha sido increíble. No tengo ni un solo reproche contigo, ni un mal momento, ni una mala contestación. Nunca has perdido los nervios. Nunca se te ha agriado la mirada, o la expresión. Siempre has sido para mí una estampa de paz y de serenidad. Has sido mi sosiego. A lo largo de toda la vida. Ese muelle en donde siempre te sientes seguro. Quisiera poderte regalar el elixir de la vida, y que no me faltaras nunca. Aunque después de tanto tiempo y tantas cosas juntos, ya nunca me faltarás. Estás entretejida y enredada en mi alma con tanta fuerza, que te confundes conmigo.
No me olvidaré de las tardes en la tienda. Ni de los conciertos y los cines. De pasear por la Plaza brincando y cantando el “limpio mi casita”. De cuando no me acordaba de tu cara cuando fuiste de viaje por Europa. De tus filosofadas y cómo le cambias el nombre a las películas. De cuando abuelo le “regaló” un ramo de flores a abuela. De mi desilusión cuando no podías ir a buscarme al cole. De cuando después de aquella bronca que tuve con papá, simplemente viniste y pusiste sobre mi mano temblorosa la tuya, sin decir nada y diciendo tanto. De las veces que te he visto llorar, siempre de pena, y siempre por personas, nunca por cosas. De tu cara de alegría cuando, en tu día libre, trabajas como una esclava para darle de comer al batallón familiar, sin quejarte y sin perder tu radiante sonrisa. De cuando me independicé y me dijiste, preocupada, “a tu padre y a mí no nos molestas”. De cuando te sentabas conmigo a hacer la tarea, con aquella enciclopedia universal en que venían pintados dos niños por fuera. De cuando fuimos a comprarme el traje de primera comunión. De cuando, yo siendo un crío, en el baño, me explicaste, preocupadísima y agobiadísima, qué significaba aquella palabra que había oído en el colegio… follar. De tantas veces que me has mirado, adivinando siempre con acierto, y me has dicho “¿qué te pasa?” De cuando cantábamos en el coche. De ver la tele contigo por la noche. De las películas juntos. De los cientos de desayunos que me has traído a la cama. De cuando me compraste un single de Nino Bravo porque había sacado buenas notas. De los millones de abrazos y de besos. Son tantas cosas que sería imposible contarlas todas.

No puedo olvidarme antes de terminar de una ocasión que nunca, nunca olvidaré. Fue una situación que me dijo mucho de ti. Que me hizo verte bajo otra luz. Una luz más divina, y más humana si cabe. Recuerdo que te oía hablar y sentía ganas de llorar. Ganas de abrazarte y protegerte y no dejar que nadie te hiciera daño. No hice nada de eso, y ni siquiera creo que nunca te hablara de lo que significó para mí aquel momento.
Fue una tarde de sábado en casa, hace muchos años. En el cuarto de la tele. Creo que cosías y que hacía sol. Y que estábamos abuela, tú y yo. Y empezaste a contar la historia de mi hermano, el que nació entre Manu y yo. Por supuesto yo ya la sabía, pero a grandes rasgos. Sin detalles. Ahora sé que en la vida los detalles lo son todo. Y te recuerdo perfectamente. Mientras hablabas. Ensimismada. Más para ti que para nosotros. Cuando les dijiste “quiero verlo”. Y cuando le describiste, tan completo, del tamaño de un lápiz, pero con sus manitas, sus piececitos, sus uñas. No hablabas de “algo”, como haría el resto de la gente. Hablabas de “alguien”. De mi hermano. De un hermano que no permitiste que tiraran en una basura de hospital, porque era tu hijo. Que pusieron en una cajita de puros y metieron por un ladito en la tumba de tu abuela. Un hijo del que, 36 años después, te sigues acordando. Que te sigue quebrando la voz. Un niño en el que no dejas de pensar ni un solo día, cómo sería, qué sería. Un niño al que sigues llevando flores en los Santos y los Inocentes.
Mamá, aquella historia me dijo tanto de ti. No te imaginas. Me dijo de tu compromiso con los demás, que cuando quieres es para siempre, que los tuyos son tuyos en cualquier circunstancia, que tus dolores, a pesar de ser tan sincera y transparente, son dolores del alma y los demás no podemos ni imaginarlos. Que eres grande en tu amor y en tu sacrificio. Y pensé “si quiere tanto a un niño que nunca llegó a ser, ¿cómo me querrá a mí?”
Dijiste en aquella ocasión, con resignación y ese lado optimista y esperanzador tan característico tuyo que quizá si aquel hijo hubiera vivido, nunca me habrían tenido a mí. Y recuerdo que me rasqué el nudo en la garganta para decirte que seguro que no. Que también me habrías tenido a mí. O que yo habría sido aquel niño. Que es completamente imposible que tú y yo no nos hubiéramos conocido. Que de no haberte tenido como madre, me habría pasado la vida entera buscándote.
Sin duda papá ha sido el artífice de mi profesionalidad, de mi formación académica, de mi compromiso y responsabilidad. Del lado racional y visible. Pero tú lo eres de mi lado emocional, del invisible. Lo que soy por dentro, lo que siento, te lo debo a ti. Mi afecto, mi esperanza, mi alegría, y mi capacidad de amor son tuyas. Las sembraste tú. Las abonaste tú. Las hiciste crecer tú. A veces la gente me pregunta de dónde nace mi sensibilidad y mi imaginación. Para escribir, para escuchar, para la belleza, para la ternura. Y mi respuesta es siempre la misma. De mi madre.
Ese es tu don. Cuando tocas a la gente, la contagias de emoción. Porque a tus sesenta años, todavía tienes ojos de niña. Iluminados, llenos de afecto, juguetones, esperanzados. Y qué suerte he tenido, de hacerme un hombre mirándome en esos ojos.
Te quiero tanto, mami. Te lo digo mucho, pero nunca es bastante, porque el amor es inmenso. No te imaginas. A veces me desborda. Y te quiero no sólo por lo que haces (que es mucho), sino por lo que dejas de hacer. Te quiero por lo que dices, pero también por lo que callas. Porque nunca has sido una madre invasiva ni posesiva. Me has dejado vivir mi vida, siempre, respetando mi espacio. Sabiendo estar en él sin agobios y sin exigencias. Haciéndome saber que siempre estarás ahí, cuando yo quiera. Y cuando has sufrido por mí, no has venido a recriminarme ni a exigirme ni a demandarme. Has esperado en silencio a que yo volviera. Con los brazos abiertos. Nunca te he oído un “te lo dije” o “estoy esperando a que me pidas perdón” o “no ves cuánto me haces sufrir?”. De tus labios sólo he oído “te quiero” o “que alegría de verte”. Soy tu hijo, pero has sabido comprender que la maternidad no otorga derechos. Que es mucho más que eso. Que una buena madre, además de querer a sus hijos, debe respetarlos. Dejarlos volar. Vivir su propia vida. Esa es la prueba más grande de amor.
Y no sólo te quiero yo. Te queremos todos. Si tu 60 cumpleaños fuera una fiesta de puertas abiertas, la gente que te quiere no cabría aquí dentro. Te has pasado la vida repartiendo amor sincero. Y espero de corazón que hayamos sabido darte los frutos. Porque te lo mereces. Eres la persona más buena que he conocido nunca. Y encima tengo la suerte de que eres mi madre!
Mamá, mami, mamuchi… No hay regalo en el mundo para expresar mi cariño. No existe. Bueno, quizá haya uno. Prestado del poema de Rubén Darío que me enseñaste de niño, y que recitábamos juntos, abrazados en nuestro kiosco de malaquita, bajo un gran manto de tisú. Pero no puedo regalártelo en una caja. Es imposible. Porque me tendría que ir a cortar una estrella a la azul inmensidad, sin saber por qué, por las olas y en el viento. Para regalártela, decorando un prendedor, con un verso y una perla, y una pluma y una flor.

Te quiero, pase lo que pase, sobre todas las cosas.
el niño rojo
Éste fue mi primer intento hace dos años de escribir un cuento para niños. Originalmente lo dediqué a mis cinco sobrinos como cinco soles, con la esperanza de que crezcan en un mundo lleno de colores.
Nota: hay fotos salpicadas, que hice el día de reyes en los alrededores de la casa de mis padres. No las comento durante el texto para no romper la linealidad. Espero que lo / las disfrutéis.
EL NIÑO ROJO

Esta es la historia de Lailo, un niño rojo nacido en un pueblo rojo, de padres de color rojo. Pasó su infancia entre libros rojos, que le enseñó a leer su maestro rojo en su escuela roja. Y jugaba al escondite con niños rojos que se ocultaban en matorrales rojos y se salpicaban con agua roja.
Un día, del temible cielo que no era rojo cayó la peligrosa lluvia sin color. Todos en el pueblo rojo corrieron a esconderse a sus casas rojas. Pero Lailo estaba perdido, y no sabía cómo volver con sus padres rojos. Y allí permaneció, empapándose, en medio de la plaza roja, llorando lágrimas rojas. Se quedó dormido del cansancio. Lo despertó el ruido de voces. Al abrir los ojos vio a un grupo de gente roja que lo rodeaba y lo miraba con miedo y desprecio. En sus bocas rojas que murmuraban sólo podía leer la palabra AZUL. Fue entonces cuando Lailo miró sus manos. Ya no eran rojas. ¡La lluvia las había convertido en azules!

Asustado observó como su padre se acercaba. Corrió hacia él y lo abrazó.
- Papá, ¿por qué soy azul? Ayer era rojo, como todos los demás. ¿Qué ha pasado con mi color?
Su padre lo miró con ternura y le contó:
- Lailo, nunca has sido rojo. Al nacer, tu madre y yo nos asustamos porque no eras como todos. Y te pintamos para que nadie se diera cuenta y pudieras seguir con nosotros. Y ahora la lluvia ha hecho desaparecer la pintura revelando tu verdadero color.
El terror se dibujó en los ojos de su padre, que lo empujó y le gritó:
- ¡Sal corriendo, Lailo! ¡Vete antes de que te metan en la cárcel con los demás colores! ¡Busca el pueblo de tu color!
Y el Lailo azul, aterrorizado, echó a correr por las calles rojas y atravesó la puerta roja que había en las murallas rojas de la ciudad roja. Corrió sin parar hasta tropezarse con una nueva muralla, que era de color verde. En la puerta, un guardián verde le dijo:
- Este no es tu pueblo. Aquí no queremos gente de tu color. Sois vagos y traicioneros. Vete por donde viniste o tendré que avisar a la policía.
Lailo, entristecido, comenzó a rodear la muralla verde, para no adentrarse en el bosque al que sus padres le habían prohibido ir. Al cabo de un rato, vio una ventana en la muralla. Y se asomó por ella. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, pudo ver varias habitaciones. Una de ellas estaba llena de gente de color amarillo. Otra con gente marrón. Una tercera con gente roja. Entre estos últimos, encontró a gente que recordaba de su pueblo, gente que había traspasado las murallas y que nunca había vuelto. Desaparecidos.
Fue entonces cuando Lailo cayó en la cuenta de que aquello era la cárcel. ¡Ese era el destino que le esperaba si no encontraba pronto el pueblo azul!
Echó a correr una vez más. Y pasó por murallas amarillas, negras, violetas, grises, blancas, sin pararse en ninguna de ellas. Lailo estaba exhausto. Empezaba a perder la esperanza de encontrar algún día ese anhelado mundo azul, donde no sería rechazado y encarcelado por su color.
Lailo se sentó en el camino y rompió a llorar. '¿Dónde está el mundo azul?' pensaba. '¿Cómo podré encontrarlo?' Y en ese momento, alguien le tocó el hombro. Al levantar la vista vio a una mujer que le sonreía. Era una mujer verde.
- Me llamo Deira, pequeño. Sígueme.
- No - contestó Lailo. - No me querrán de donde tú vienes. Soy azul.
Ella se agachó y con un guiño le dijo:
- De donde yo vengo no hay sólo un color.

Deira comenzó a adentrarse en el bosque. Lailo recordó la advertencia de sus padres y dudó en seguirla. Pero tras pensarlo un momento pensó que ya no tenía nada que perder. Estaba solo en un mundo sin azul. Y la siguió, aún con los ojos llenos de lágrimas. Pasó mucho tiempo y acabaron llegando a un claro del bosque donde vio un pueblo en el que no había murallas. Lailo enjugó sus lágrimas, y pudo ver a niños amarillos jugando con niñas verdes en jardines rojos. A cualquier sitio donde miraba veía miles de colores. Un hombre añil le acarició la cabeza al pasar a su lado. La gente lo miraba y sonreía. '¿Eres nuevo?' preguntaban. 'Bienvenido.' Lailo no podía creerlo, y buscó a Deira con su mirada, sorprendido. Se sentaron en un banco y la mujer comenzó a hablar.
'Hace mucho tiempo no existían los colores. Y un buen día, nació un niño, también sin color. Sus padres, que tenían mucho dinero, quisieron hacerlo especial y distinguirlo de los demás niños. Lo pintaron de amarillo y lo enseñaron, orgullosos. ¡La comunidad estaba encantada con el nacimiento de un color distinto! Ese niño creció y pintó a sus hijos de color marrón. Y así fueron surgiendo el resto de los colores.
Pero pronto empezaron los problemas. Después de tanto tiempo, la pintura había teñido ya la piel, y no se podía quitar. Y acabaron separándose. Los amarillos iban con los amarillos. Los naranjas con los naranjas. Y así con el resto de la paleta. Los padres verdes decían a sus hijos verdes 'Desconfía de los niños que no son verdes. No juegues con ellos. No son como tú.' Y acabaron instalándose en pueblos en los que sólo se permitía entrar a la gente de ese color. Levantaron muros pintados para que los demás colores supieran que no eran bienvenidos. Se juntaban entre ellos para que sus hijos tuvieron un color más puro.
Pasado mucho tiempo, un joven verde salió de su pueblo verde para coger manzanas rojas en el campo. Pero cuando volvía al pueblo cayó en un agujero del que no podía salir solo. Y por casualidad pasó por allí una muchacha azul que se había arriesgado a salir de su pueblo azul para coger flores amarillas. Al oírlo pedir socorro, se acercó y lo ayudó a salir. Él en agradecimiento le regaló una manzana roja que la muchacha mordió con sus labios azules. Ella le prendió una flor amarilla de su camisa verde.
Y siguieron así, viéndose a escondidas. Y un día decidieron huir juntos al bosque. Y construyeron una casa con tejado rojo, paredes amarillas y puertas verdes. Y plantaron margaritas blancas y lavandas azules.

Y de esa forma surgió un nuevo pueblo, con millones de colores. En los poblados de un solo color surgió la leyenda de un sitio donde daba igual el color. Donde se mezclaban rojos con verdes. ¡Donde existían malvas y azules marino! ¡Donde habían personas con la piel naranja, el pelo azul y los labios marrones! Donde no había colores buenos o malos, sino simplemente distintos.
Y algunos se aventuraron a buscar ese pueblo de leyenda. Muchos sólo llegaron a otros pueblos de un color y acabaron en sus cárceles. Pero algunos lo encontraron. Y se quedaron. Igual que tú lo has encontrado hoy. Éste, Lailo, es el pueblo de los mil colores.'
El niño la miraba con suspicacia. Lo que Deira decía tenía sentido, pero había oído muchas veces que sólo lo rojo era bueno. La mujer sonrió otra vez.
- ¿No me crees? Dime una cosa. Cuando sueñas, cuando cierras los ojos, ¿qué colores ves?
Lailo bajó la mirada avergonzado. Se sentía culpable, porque siempre había soñado con todos los colores, aunque nunca lo había admitido. Para no parecer raro, siempre decía que soñaba en rojo.
- No hace falta que contestes - dijo Deira. - Todos soñamos en color, pequeño. Todos. Pero nadie se atreve a confesarlo hasta que no llega a este pueblo.
Lailo la miró atónito.
- A ver, ahora cierra los ojos. - Lailo obedeció - Toma, come este pedazo de pan rojo. Cómelo.
Lailo metió el pedazo de pan en su boca y lo saboreó. Era delicioso.
- Ahora ponte esta camisa roja.
La camisa era perfecta, el tacto de la tela era como una nube, y Lailo nunca se sintió más arropado por ningún material como con aquel.
- Huele esta rosa roja.
Y le llegó el perfume más maravilloso que nunca antes había olido.
- Y por último, escucha el sonido de este violín rojo.
Y sus oídos se deleitaron con la más hermosa de las músicas. 'Decididamente las mejores cosas son rojas', pensó.
- Abre los ojos, Lailo.
Lailo contempló en silencio. En una de sus manos se encontraba una rosa amarilla. En la otra un pan marrón. Sobre su pecho, una prenda naranja. Y a sus pies, un violín negro.
Deira se arrodilló ante Lailo y lo miró a los ojos.
- Aquí serás feliz. Tu color no importa. Sólo has de recordar una cosa. A las flores, júzgalas por su olor. Al instrumento, por su música. A la comida, por su sabor. A la ropa, por su tacto. Somos como algodón, Lailo. Todos tenemos el mismo color. Sólo el tinte es distinto.

Lailo sonrió. Y miró a los niños de colores que jugaban junto a la fuente gris con agua azul. Deira con un gesto le indicó que fuera con ellos.
Y el niño azul con su camisa naranja y la nariz pintada de polen amarillo fue corriendo a dar con la niña celeste y el niño bermellón que jugaban con la pelota roja sobre el césped verde. Y al rato se unieron a ellos la niña marrón con lazos añiles y el niño violeta de los zapatos blancos, mientras que a unos metros, Deira observaba complacida cómo aquel grupo de chiquillos, a los que sus ojos no les veía color alguno, jugaban sobre la hierba verde con una pelota roja.
Y al cabo de un rato se levantó, como tantos otros, a buscar a esas personas todavía perdidas en mundos tan pobres, tan pobres, tan pobres, que de tan pobres que son, ¡sólo tienen un color!

Nota: hay fotos salpicadas, que hice el día de reyes en los alrededores de la casa de mis padres. No las comento durante el texto para no romper la linealidad. Espero que lo / las disfrutéis.
EL NIÑO ROJO

Esta es la historia de Lailo, un niño rojo nacido en un pueblo rojo, de padres de color rojo. Pasó su infancia entre libros rojos, que le enseñó a leer su maestro rojo en su escuela roja. Y jugaba al escondite con niños rojos que se ocultaban en matorrales rojos y se salpicaban con agua roja.
Un día, del temible cielo que no era rojo cayó la peligrosa lluvia sin color. Todos en el pueblo rojo corrieron a esconderse a sus casas rojas. Pero Lailo estaba perdido, y no sabía cómo volver con sus padres rojos. Y allí permaneció, empapándose, en medio de la plaza roja, llorando lágrimas rojas. Se quedó dormido del cansancio. Lo despertó el ruido de voces. Al abrir los ojos vio a un grupo de gente roja que lo rodeaba y lo miraba con miedo y desprecio. En sus bocas rojas que murmuraban sólo podía leer la palabra AZUL. Fue entonces cuando Lailo miró sus manos. Ya no eran rojas. ¡La lluvia las había convertido en azules!

Asustado observó como su padre se acercaba. Corrió hacia él y lo abrazó.
- Papá, ¿por qué soy azul? Ayer era rojo, como todos los demás. ¿Qué ha pasado con mi color?
Su padre lo miró con ternura y le contó:
- Lailo, nunca has sido rojo. Al nacer, tu madre y yo nos asustamos porque no eras como todos. Y te pintamos para que nadie se diera cuenta y pudieras seguir con nosotros. Y ahora la lluvia ha hecho desaparecer la pintura revelando tu verdadero color.
El terror se dibujó en los ojos de su padre, que lo empujó y le gritó:
- ¡Sal corriendo, Lailo! ¡Vete antes de que te metan en la cárcel con los demás colores! ¡Busca el pueblo de tu color!
Y el Lailo azul, aterrorizado, echó a correr por las calles rojas y atravesó la puerta roja que había en las murallas rojas de la ciudad roja. Corrió sin parar hasta tropezarse con una nueva muralla, que era de color verde. En la puerta, un guardián verde le dijo:
- Este no es tu pueblo. Aquí no queremos gente de tu color. Sois vagos y traicioneros. Vete por donde viniste o tendré que avisar a la policía.
Lailo, entristecido, comenzó a rodear la muralla verde, para no adentrarse en el bosque al que sus padres le habían prohibido ir. Al cabo de un rato, vio una ventana en la muralla. Y se asomó por ella. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, pudo ver varias habitaciones. Una de ellas estaba llena de gente de color amarillo. Otra con gente marrón. Una tercera con gente roja. Entre estos últimos, encontró a gente que recordaba de su pueblo, gente que había traspasado las murallas y que nunca había vuelto. Desaparecidos.
Fue entonces cuando Lailo cayó en la cuenta de que aquello era la cárcel. ¡Ese era el destino que le esperaba si no encontraba pronto el pueblo azul!
Echó a correr una vez más. Y pasó por murallas amarillas, negras, violetas, grises, blancas, sin pararse en ninguna de ellas. Lailo estaba exhausto. Empezaba a perder la esperanza de encontrar algún día ese anhelado mundo azul, donde no sería rechazado y encarcelado por su color.
Lailo se sentó en el camino y rompió a llorar. '¿Dónde está el mundo azul?' pensaba. '¿Cómo podré encontrarlo?' Y en ese momento, alguien le tocó el hombro. Al levantar la vista vio a una mujer que le sonreía. Era una mujer verde.
- Me llamo Deira, pequeño. Sígueme.
- No - contestó Lailo. - No me querrán de donde tú vienes. Soy azul.
Ella se agachó y con un guiño le dijo:
- De donde yo vengo no hay sólo un color.

Deira comenzó a adentrarse en el bosque. Lailo recordó la advertencia de sus padres y dudó en seguirla. Pero tras pensarlo un momento pensó que ya no tenía nada que perder. Estaba solo en un mundo sin azul. Y la siguió, aún con los ojos llenos de lágrimas. Pasó mucho tiempo y acabaron llegando a un claro del bosque donde vio un pueblo en el que no había murallas. Lailo enjugó sus lágrimas, y pudo ver a niños amarillos jugando con niñas verdes en jardines rojos. A cualquier sitio donde miraba veía miles de colores. Un hombre añil le acarició la cabeza al pasar a su lado. La gente lo miraba y sonreía. '¿Eres nuevo?' preguntaban. 'Bienvenido.' Lailo no podía creerlo, y buscó a Deira con su mirada, sorprendido. Se sentaron en un banco y la mujer comenzó a hablar.
'Hace mucho tiempo no existían los colores. Y un buen día, nació un niño, también sin color. Sus padres, que tenían mucho dinero, quisieron hacerlo especial y distinguirlo de los demás niños. Lo pintaron de amarillo y lo enseñaron, orgullosos. ¡La comunidad estaba encantada con el nacimiento de un color distinto! Ese niño creció y pintó a sus hijos de color marrón. Y así fueron surgiendo el resto de los colores.
Pero pronto empezaron los problemas. Después de tanto tiempo, la pintura había teñido ya la piel, y no se podía quitar. Y acabaron separándose. Los amarillos iban con los amarillos. Los naranjas con los naranjas. Y así con el resto de la paleta. Los padres verdes decían a sus hijos verdes 'Desconfía de los niños que no son verdes. No juegues con ellos. No son como tú.' Y acabaron instalándose en pueblos en los que sólo se permitía entrar a la gente de ese color. Levantaron muros pintados para que los demás colores supieran que no eran bienvenidos. Se juntaban entre ellos para que sus hijos tuvieron un color más puro.
Pasado mucho tiempo, un joven verde salió de su pueblo verde para coger manzanas rojas en el campo. Pero cuando volvía al pueblo cayó en un agujero del que no podía salir solo. Y por casualidad pasó por allí una muchacha azul que se había arriesgado a salir de su pueblo azul para coger flores amarillas. Al oírlo pedir socorro, se acercó y lo ayudó a salir. Él en agradecimiento le regaló una manzana roja que la muchacha mordió con sus labios azules. Ella le prendió una flor amarilla de su camisa verde.
Y siguieron así, viéndose a escondidas. Y un día decidieron huir juntos al bosque. Y construyeron una casa con tejado rojo, paredes amarillas y puertas verdes. Y plantaron margaritas blancas y lavandas azules.

Y de esa forma surgió un nuevo pueblo, con millones de colores. En los poblados de un solo color surgió la leyenda de un sitio donde daba igual el color. Donde se mezclaban rojos con verdes. ¡Donde existían malvas y azules marino! ¡Donde habían personas con la piel naranja, el pelo azul y los labios marrones! Donde no había colores buenos o malos, sino simplemente distintos.
Y algunos se aventuraron a buscar ese pueblo de leyenda. Muchos sólo llegaron a otros pueblos de un color y acabaron en sus cárceles. Pero algunos lo encontraron. Y se quedaron. Igual que tú lo has encontrado hoy. Éste, Lailo, es el pueblo de los mil colores.'
El niño la miraba con suspicacia. Lo que Deira decía tenía sentido, pero había oído muchas veces que sólo lo rojo era bueno. La mujer sonrió otra vez.
- ¿No me crees? Dime una cosa. Cuando sueñas, cuando cierras los ojos, ¿qué colores ves?
Lailo bajó la mirada avergonzado. Se sentía culpable, porque siempre había soñado con todos los colores, aunque nunca lo había admitido. Para no parecer raro, siempre decía que soñaba en rojo.
- No hace falta que contestes - dijo Deira. - Todos soñamos en color, pequeño. Todos. Pero nadie se atreve a confesarlo hasta que no llega a este pueblo.
Lailo la miró atónito.
- A ver, ahora cierra los ojos. - Lailo obedeció - Toma, come este pedazo de pan rojo. Cómelo.
Lailo metió el pedazo de pan en su boca y lo saboreó. Era delicioso.
- Ahora ponte esta camisa roja.
La camisa era perfecta, el tacto de la tela era como una nube, y Lailo nunca se sintió más arropado por ningún material como con aquel.
- Huele esta rosa roja.
Y le llegó el perfume más maravilloso que nunca antes había olido.
- Y por último, escucha el sonido de este violín rojo.
Y sus oídos se deleitaron con la más hermosa de las músicas. 'Decididamente las mejores cosas son rojas', pensó.
- Abre los ojos, Lailo.
Lailo contempló en silencio. En una de sus manos se encontraba una rosa amarilla. En la otra un pan marrón. Sobre su pecho, una prenda naranja. Y a sus pies, un violín negro.
Deira se arrodilló ante Lailo y lo miró a los ojos.
- Aquí serás feliz. Tu color no importa. Sólo has de recordar una cosa. A las flores, júzgalas por su olor. Al instrumento, por su música. A la comida, por su sabor. A la ropa, por su tacto. Somos como algodón, Lailo. Todos tenemos el mismo color. Sólo el tinte es distinto.

Lailo sonrió. Y miró a los niños de colores que jugaban junto a la fuente gris con agua azul. Deira con un gesto le indicó que fuera con ellos.
Y el niño azul con su camisa naranja y la nariz pintada de polen amarillo fue corriendo a dar con la niña celeste y el niño bermellón que jugaban con la pelota roja sobre el césped verde. Y al rato se unieron a ellos la niña marrón con lazos añiles y el niño violeta de los zapatos blancos, mientras que a unos metros, Deira observaba complacida cómo aquel grupo de chiquillos, a los que sus ojos no les veía color alguno, jugaban sobre la hierba verde con una pelota roja.
Y al cabo de un rato se levantó, como tantos otros, a buscar a esas personas todavía perdidas en mundos tan pobres, tan pobres, tan pobres, que de tan pobres que son, ¡sólo tienen un color!

una carta premonitoria

Añorada Ana,
probablemente no llegue a abrir esta carta, debido al olvido en que la he tenido sumida durante estos meses, pero espero fervientemente que haya sido mayor su anhelo que su disgusto, y que en estos momentos interprete mis manchas de tinta.
La razón por la que no me ha sido posible mantener nuestro contacto epistolar se debe fundamentalmente a un cambio de residencia. He dejado mi puesto como catedrático en la Universidad. Sus historias y fantásticos relatos de viajes a exóticos y recónditos lugares me hechizaron, e hicieron insoportable mi tediosa y aburrida vida como profesor. Sin embargo, un episodio en particular provocó esta catarsis tan inexplicable como revitalizadora.
Hace unos meses, en una tarde de septiembre, me encontraba en la Plaza Mayor, leyendo a nuestro recién descubierto Sabines:
"Uno apenas es una cosa cierta
que se deja vivir, morir apenas,
y olvida cada instante, de tal modo
que cada instante, nuevo, lo sorprenda."
Y lo que me sorprendió, en aquel preciso instante, fueron las tempranas lluvias del otoño. La plaza se encontraba bulliciosa de estudiantes y mujeres afanadas en las tareas impropias de ningún sexo. En un abrir y cerrar de ojos, todo eran figuras fugaces que corrían a refugiarse en las arcadas de la plaza, libros que se convertían en improvisados sombreros, periódicos que ejercían de paraguas.
Igualmente me apresuré yo a recoger mis cosas y calarme mi abrigo para evitar enfriamientos. Con la rapidez que mi viejo cuerpo me permitió, me guarecí en un portal. Y entonces me percaté de que había olvidado el libro sobre el banco. No podía dejar bajo el agua aquel tomo que tantos buenos momentos me había proporcionado desinteresadamente. Desafiando a la lluvia, me adentré de nuevo en la plaza, y sobre el asiento encontré el libro, abierto en su inolvidable página cuarenta y siete. "Que se deja vivir." "Y olvida cada instante." Las diminutas letras parecían de pronto titulares de prensa. "Que cada instante, de nuevo, lo sorprenda." Querida Ana, algo inexplicable pasó con mi habitual raciocinio, el hombre cabal dió paso al hombre irracional. Levanté la vista, bajo la lluvia, inmóvil. Abrí mis brazos, con las palmas hacia arriba, agarrando las gotas que se precipitaban en ellas. ¡Qué magnífico expectáculo! Era como si me impregnara una lluvia de estrellas. Me sentí eufórico, vivo, por vez primera en años, joven.
Allí permanecí, rígido como una estatua, la lluvia colándose por el tejido de mis ropas, y toda mi vejez escurriéndose con esa misma agua. Tras tantos años de espera, se me rebela toda la magia que siempre busqué en una sencilla tormenta. Simplemente por pararme, por no seguir el racional instinto de correr. ¿Qué malnacido nos enseña a correr, a huir de la lluvia?
Después de ese día, mi primer día de lluvia en setenta años, ¿quién podría volver a un aula a cubierto? ¿Quién querría vivir a salvo de las inclemencias? Sólo los necios.
Y por tanto soy yo ahora, como usted, Ana, quien no tiene dirección fija. Quien se ha convertido en vagabundo, aunque yo prefiero llamarme "el vagamundos". Wilhelm, el viejo vagamundo. A eso se debe mi ausencia de cartas, Ana. Tengo tanto que contar que no encuentro el tiempo. Como habrá deducido del matasellos, le escribo esta carta desde África, mientras me adentro en el continente al encuentro del nacimiento del Nilo, de las montañas de la luna. Desde donde escribo, saboreando un té egipcio, puedo ver a las mujeres lavando las ropas en la orilla; mas allá, los niños chapotean y juegan con una bolsa de plástico que imita en sus vuelos a una cometa. ¡Qué distinto es el Sol de África! Nunca he visto un naranja como el del continente primigenio. Más instantes sorprendentes. Soy una decrépita revisión de Paul Bowles, y eso me agrada en extremo. En vez de un tejado bajo el que guarecerme, ahora tengo un "cielo protector".
A pesar de esta tardanza, tengo el atrevimiento de pedirle que me escriba, Ana. Cuénteme de sus peripecias, que seguro que han sido intensas en este espacio de tiempo. Estoy deseando revivirlas al leerlas. Mi dirección es sencilla. Ahora mismo, es únicamente África. Envíela sin miedo. Confío ciegamente en que la magia en persona la depositará una noche en mi morral.
Suyo, siempre,
el vagamundos
Esta carta la escribió Yarince asumiendo el cuerpo de un personaje imaginario. Nació de un juego cómplice. Años más tarde descubrí que yo mismo era Wilhelm, y que estaba a punto de empaparme la lluvia de una Plaza Mayor.

no siempre las dunas y la arena significan desolación
recuerdos
Mi madre me comentó hace mucho tiempo que con la edad se recuperan los recuerdos de la infancia. Que imágenes de las que no era consciente aparecían de pronto en su mente, vueltas a la vida. Que a medida que ha ido cumpliendo años, se acuerda de más cosas de cuando era niña.
Hará 5 o 6 años volvía a casa del trabajo, conduciendo el coche a lo largo de la rambla. Y de la nada se me dibujó en la mente la palabra Jomakín. Y una avalancha de momentos de la infancia con mi juguete favorito plagaron el parabrisas. Era una especie de proyector de diapositivas en blanco y negro, muy rudimentario, que las reflejaba sobre una hoja de papel en un miniescritorio de plástico. Las diapos eran de mortadelo y filemón, flores, animales, edificios. Y el Yarince niño dibujaba con su lápiz en el papel, siguiendo los contornos de la luz, y era completamente feliz. Era mi mejor pasatiempo, de niño adoraba dibujar. Pero lo había olvidado.
Me acordé de tres cosas en aquel momento. Una, el comentario de mi madre. Otra, la cita de uno de mis libros favoritos, Oración por Owen Meany, de John Irving. Una cita que marqué doblando la hoja de papel de bolsillo, que usé para dar nombre a cintas de música: “La memoria es un monstruo. Tú olvidas... pero ella no. Simplemente archiva datos, conserva cosas para ti o te las esconde... y las convoca en un recuerdo con voluntad propia. Tú crees que tienes memoria, pero es ella la que te tiene a ti.”

nunca olvidaré este libro...
La tercera cosa que recordé fue un truco para recordar los sueños. Te aconsejan que los escribas nada más despertarte, mientras lo tienes fresco. Porque si esperas a lavarte los dientes, ducharte y vestirte, ya lo habrás olvidado. Pero el truco que me dieron a mí, como uno se levanta sin mucho tiempo para ponerse a escribir, es apuntar solamente una palabra relacionada con él. Si tu sueño tiene lugar en el louvre, apunta el nombre del museo, o París. Si sueñas con un incendio, apunta fuego. Luego, durante el día, cuando tengas tiempo para escribir el sueño al completo, vuelve y lee la palabra, y la historia de tu ensoñación aparecerá diáfana en tu mente. Esa palabra escrita es una especie de boya flotando en el mar de la conciencia, y leerla es tirar de ella para extraer la red inmensa que yace bajo el mar, llena de imágenes que parecían no estar allí. Y os lo aseguro, funciona. Tengo decenas de sueños escritos, que me han ayudado mucho en la vida, y ese testigo escrito y su posterior narración los han convertido en míos, me basta cerrar los ojos para ver claras como el día todas esas escenas en brazos de Morfeo que tuve hace ya años.
Creo que la mente responde a tus peticiones, pero no trabaja bajo presión. Cuando intento recordar un nombre y no lo consigo, dejo de martirizarme. Le digo a mi cabeza “búscamelo y me avisas”. No suelen pasar más de cinco minutos y las letras se me aparecen como un golpe de viento. Seguro que a todos os ha pasado. A veces las respuestas que buscas de día se aparecen de noche, con símbolos, mientras duermes.
Suelo prestar especial atención a las cosas que recuerdo sin venir a cuento. Porque sé que vienen a cuento, siempre. Que la mente asocia y habla, que avisa, que previene. Es un conocimiento viejo, que no surge sólo de la propia experiencia. Es una sabiduría superior, pero hay que saber sintonizar con ella. A mí me cuesta mucho, pero lo intento. A menudo sé lo que quiere decir, casi siempre, pero a veces contradigo su voz y su argumento. Me convenzo a mí mismo de que lo dice no es cierto. Y siempre me equivoco.

en las líneas de la mano, en los nombres, en las caligrafías... hay una corriente de estrellas
Hace tiempo estuve con mi amiga Lola en un curso de control mental. No, no era una secta ni nada por el estilo. Daban técnicas personales para lidiar con el insomnio, los malos hábitos como fumar o comer en exceso, las decisiones y mil cosas más. El ejercicio que cerraba el curso se hacía en parejas. Obviamente yo me junté con Lola, que había cogido una hoja de un bloque de cerca de 400 que tenía la profesora en la mesa. Yo estaba con los ojos cerrados, concentrado. En la hoja figuraba la descripción de una persona real, con su edad, su aspecto, su sexo, y la dolencia que padecía. Esas hojas provenían de otros alumnos que habían hecho el curso en el resto de España, y respondía al caso de un familiar o conocido con algún tipo de enfermedad. El ejercicio consistía en que Lola tenía que decirme el nombre y la edad de la persona de la ficha. Yo debería adivinar, o tirar barro a la pared sobre cómo pensaba yo que sería esa persona, que enfermedad padecería, sólo a partir de un nombre y una cifra.
El ejercicio se repetía tres veces. Las dos primeras fueron un estrepitoso fracaso. Se me aparecían caras, flotando, en la mente, y las describía sin acertar casi nada. O cuerpos a lo largo con caras difusas. Pero llegó el tercer intento. Lola me dijo “Es una mujer de 63 años, y se llama Inés”. La imagen apareció esta vez como un fogonazo, repentina. Empecé a describirla. Su cara, sus gafas, su pelo, su ropa, su peso. “¿Y de estatura?” me preguntó Lola. “No sé, Lola”, contesté. “Bueno, dime más o menos, bajita o alta?”. “No tengo ni idea, Lola. Es que la señora... está sentada.” “Pues nada, vamos a pasar a las enfermedades.” Yo no fui consciente, porque estaba concentrado, con los ojos cerrados, pero Lola bajó su dedo por la hoja hasta llegar al historial clínico de Inés. Sólo fui consciente de un silencio algo más largo de lo habitual hasta que Lola mencionó la siguiente pregunta.
Terminó el ejercicio, y yo debía permanecer concentrado mientras Lola me informaba de los aciertos y los fallos. “Bueno,” me dijo, “Inés es una señora entradita en carnes, como dijiste. No dice nada de que lleve gafas, pero tampoco de que no las lleve. Tiene el pelo efectivamente cano.” “Y Yarince…” prosiguió, “Inés es paralítica.” Los ojos saltaron como un resorte, igual que mis manos, que agarraron asustadas las de Lola, que también temblaban.
Será infantil, pero creo en la magia. En esa corriente de estrellas invisibles que a veces nos rozan, y nos parece que por unos segundos tenemos en nuestro poder el conocimiento del universo. En nuestra mente, más sabia que nosotros, que nos susurra, que nos advierte “eso te va a salir mal” o “no lo dejes escapar.” Ese impulso inconsciente que te dice “bésale” o “sal corriendo antes de que sea tarde.” Ese tintineo que nos indica que vamos por buen camino.
Por eso me gusta escuchar a mis sueños. Me gusta cuando la mente me traiciona, porque sé que en realidad soy yo quien ha bajado la guardia. Nuestro subconsciente no siempre nos señala el camino más fácil. Simplemente nos señala EL camino. Quizá por eso, al crecer, renacen las imágenes de la niñez. Para recordarnos que hubo una época en que no nos hacíamos los sordos. Una época de ilusión, de entusiasmo, en la que nada estaba escrito y todo, absolutamente todo, era posible.
Todavía lo es.

En la noche de la ilusión sólo tengo un deseo. Recordar.
Hará 5 o 6 años volvía a casa del trabajo, conduciendo el coche a lo largo de la rambla. Y de la nada se me dibujó en la mente la palabra Jomakín. Y una avalancha de momentos de la infancia con mi juguete favorito plagaron el parabrisas. Era una especie de proyector de diapositivas en blanco y negro, muy rudimentario, que las reflejaba sobre una hoja de papel en un miniescritorio de plástico. Las diapos eran de mortadelo y filemón, flores, animales, edificios. Y el Yarince niño dibujaba con su lápiz en el papel, siguiendo los contornos de la luz, y era completamente feliz. Era mi mejor pasatiempo, de niño adoraba dibujar. Pero lo había olvidado.
Me acordé de tres cosas en aquel momento. Una, el comentario de mi madre. Otra, la cita de uno de mis libros favoritos, Oración por Owen Meany, de John Irving. Una cita que marqué doblando la hoja de papel de bolsillo, que usé para dar nombre a cintas de música: “La memoria es un monstruo. Tú olvidas... pero ella no. Simplemente archiva datos, conserva cosas para ti o te las esconde... y las convoca en un recuerdo con voluntad propia. Tú crees que tienes memoria, pero es ella la que te tiene a ti.”

La tercera cosa que recordé fue un truco para recordar los sueños. Te aconsejan que los escribas nada más despertarte, mientras lo tienes fresco. Porque si esperas a lavarte los dientes, ducharte y vestirte, ya lo habrás olvidado. Pero el truco que me dieron a mí, como uno se levanta sin mucho tiempo para ponerse a escribir, es apuntar solamente una palabra relacionada con él. Si tu sueño tiene lugar en el louvre, apunta el nombre del museo, o París. Si sueñas con un incendio, apunta fuego. Luego, durante el día, cuando tengas tiempo para escribir el sueño al completo, vuelve y lee la palabra, y la historia de tu ensoñación aparecerá diáfana en tu mente. Esa palabra escrita es una especie de boya flotando en el mar de la conciencia, y leerla es tirar de ella para extraer la red inmensa que yace bajo el mar, llena de imágenes que parecían no estar allí. Y os lo aseguro, funciona. Tengo decenas de sueños escritos, que me han ayudado mucho en la vida, y ese testigo escrito y su posterior narración los han convertido en míos, me basta cerrar los ojos para ver claras como el día todas esas escenas en brazos de Morfeo que tuve hace ya años.
Creo que la mente responde a tus peticiones, pero no trabaja bajo presión. Cuando intento recordar un nombre y no lo consigo, dejo de martirizarme. Le digo a mi cabeza “búscamelo y me avisas”. No suelen pasar más de cinco minutos y las letras se me aparecen como un golpe de viento. Seguro que a todos os ha pasado. A veces las respuestas que buscas de día se aparecen de noche, con símbolos, mientras duermes.
Suelo prestar especial atención a las cosas que recuerdo sin venir a cuento. Porque sé que vienen a cuento, siempre. Que la mente asocia y habla, que avisa, que previene. Es un conocimiento viejo, que no surge sólo de la propia experiencia. Es una sabiduría superior, pero hay que saber sintonizar con ella. A mí me cuesta mucho, pero lo intento. A menudo sé lo que quiere decir, casi siempre, pero a veces contradigo su voz y su argumento. Me convenzo a mí mismo de que lo dice no es cierto. Y siempre me equivoco.

en las líneas de la mano, en los nombres, en las caligrafías... hay una corriente de estrellas
Hace tiempo estuve con mi amiga Lola en un curso de control mental. No, no era una secta ni nada por el estilo. Daban técnicas personales para lidiar con el insomnio, los malos hábitos como fumar o comer en exceso, las decisiones y mil cosas más. El ejercicio que cerraba el curso se hacía en parejas. Obviamente yo me junté con Lola, que había cogido una hoja de un bloque de cerca de 400 que tenía la profesora en la mesa. Yo estaba con los ojos cerrados, concentrado. En la hoja figuraba la descripción de una persona real, con su edad, su aspecto, su sexo, y la dolencia que padecía. Esas hojas provenían de otros alumnos que habían hecho el curso en el resto de España, y respondía al caso de un familiar o conocido con algún tipo de enfermedad. El ejercicio consistía en que Lola tenía que decirme el nombre y la edad de la persona de la ficha. Yo debería adivinar, o tirar barro a la pared sobre cómo pensaba yo que sería esa persona, que enfermedad padecería, sólo a partir de un nombre y una cifra.
El ejercicio se repetía tres veces. Las dos primeras fueron un estrepitoso fracaso. Se me aparecían caras, flotando, en la mente, y las describía sin acertar casi nada. O cuerpos a lo largo con caras difusas. Pero llegó el tercer intento. Lola me dijo “Es una mujer de 63 años, y se llama Inés”. La imagen apareció esta vez como un fogonazo, repentina. Empecé a describirla. Su cara, sus gafas, su pelo, su ropa, su peso. “¿Y de estatura?” me preguntó Lola. “No sé, Lola”, contesté. “Bueno, dime más o menos, bajita o alta?”. “No tengo ni idea, Lola. Es que la señora... está sentada.” “Pues nada, vamos a pasar a las enfermedades.” Yo no fui consciente, porque estaba concentrado, con los ojos cerrados, pero Lola bajó su dedo por la hoja hasta llegar al historial clínico de Inés. Sólo fui consciente de un silencio algo más largo de lo habitual hasta que Lola mencionó la siguiente pregunta.
Terminó el ejercicio, y yo debía permanecer concentrado mientras Lola me informaba de los aciertos y los fallos. “Bueno,” me dijo, “Inés es una señora entradita en carnes, como dijiste. No dice nada de que lleve gafas, pero tampoco de que no las lleve. Tiene el pelo efectivamente cano.” “Y Yarince…” prosiguió, “Inés es paralítica.” Los ojos saltaron como un resorte, igual que mis manos, que agarraron asustadas las de Lola, que también temblaban.
Será infantil, pero creo en la magia. En esa corriente de estrellas invisibles que a veces nos rozan, y nos parece que por unos segundos tenemos en nuestro poder el conocimiento del universo. En nuestra mente, más sabia que nosotros, que nos susurra, que nos advierte “eso te va a salir mal” o “no lo dejes escapar.” Ese impulso inconsciente que te dice “bésale” o “sal corriendo antes de que sea tarde.” Ese tintineo que nos indica que vamos por buen camino.
Por eso me gusta escuchar a mis sueños. Me gusta cuando la mente me traiciona, porque sé que en realidad soy yo quien ha bajado la guardia. Nuestro subconsciente no siempre nos señala el camino más fácil. Simplemente nos señala EL camino. Quizá por eso, al crecer, renacen las imágenes de la niñez. Para recordarnos que hubo una época en que no nos hacíamos los sordos. Una época de ilusión, de entusiasmo, en la que nada estaba escrito y todo, absolutamente todo, era posible.
Todavía lo es.

En la noche de la ilusión sólo tengo un deseo. Recordar.
noches de reyes

No sé si el día cinco tendré tiempo para postear un mensaje para la ocasión. Es un día de locos en mi casa, todos trabajando hasta las doce de la noche. Este año se suma que la carga de trabajo que tengo hasta el día 13 de enero es tan inmensa que casi no me deja ni dormir. Así que he decidido escribir hoy mi postal de reyes (espero que os dejen todo lo que pedísteis).
Todos los años, lo que más me cuesta, es comprar los regalos para adultos. Los de mis sobrinos los despacho en una mañana, me voy a un par de jugueterías y librerías y les compro lo que yo hubiera querido a su edad, en función de la afición de cada uno (son cinco chiquillos!). No les dejo ‘escribir’ la carta de los Reyes, porque los niños cambian de opinión a cada hora, o en cualquier intermedio publicitario. Les compro a mi elección. Y el tío Yarince tiene fama, así y todo, de hacer los mejores regalos. Recuerdo regalarles cajas de pinturas, un caballete, un telescopio, un generador de burbujas de jabón, una cometa, un flipper, un aro de baloncesto en miniatura, un montón de libros...

los cinco milagros de mi vida
Los adultos son otra cosa. Normalmente uno tiene todo lo que le hace falta, y lo que no te hace falta pero deseas suele estar escondido en un baúl junto con los recuerdos y los anhelos. Es difícil rebuscar ahí dentro y acertar. Este año no tendré ese problema, porque por un lado no tengo pareja, por otro los amigos no tenemos costumbre de regalarnos, y finalmente, porque en mi familia decidimos no hacernos regalos. Ayer hablaba de ese tema con mi madre. No me apetece regalar, y no es directamente porque mi hermano no esté. Pero indirectamente sí tiene mucho que ver. Todos los años hablo con mis dos hermanos, suelo regalarles un DVD, o un CD, o un juego del ordenador. Sería devastador hacer la lista de este año y que Jose no esté para preguntarle. Todos los regalos dejarían de tener importancia, y lo predominante de mi bolsa de reyes sería la ausencia de un paquete para mi hermano. El vacío de un papel de colores. No, este año no puedo regalar.
Sólo he tenido pareja en dos navidades. Las dos veces estaban recién estrenadas. A una de ellas le regalé sin muchas ganas una chaqueta vaquera que aún sigue usando, en unas navidades desastrosas, las que dieron inicio a este año de pesadilla. A la otra ya os contaré lo que le regalé, pero lo que él nunca olvidó, y me lo repitió en muchas ocasiones, fue el regalo de unas navidades inolvidables.
Llevábamos juntos apenas dos semanas. Y él lleva mucho viviendo en Tenerife, pero es de otra isla. La única familia que tiene aquí es una hermana con quien no se llevaba demasiado bien en aquella época. Para mí fue un shock pensar que iba a pasar las navidades solo, como había hecho durante años. ‘Ni hablar’, le dije. Así que, el día de nochebuena, me excusé como pude con mis padres y les dije que iría después de cenar. No sé qué razón les di, ni cómo la aceptaron sin chistar, teniendo en cuenta que esa noche era muy importante y familiar en mi casa.

Yarince se arrodilla a oler la flor
Mi noviete y yo nos fuimos por la tarde a comprar. Compramos vino, gambones, mejillones y un redondo de ternera en hojaldre. Para postre le tenía de sorpresa su helado favorito. Monté la mesa con velas rojas y muérdago verde. Fue una nochebuena íntima y muy personal, llena de guiños y caricias, de preámbulos de amor. Él trabajaba aquella noche, así que sobre las diez y media o así cogimos mi coche y lo dejé en su casa, de donde saldría a currar en diez minutos. Yo me fui a tomar café con mi familia.
El día de nochevieja hicimos tres cuartos de lo mismo, pero esta vez partimos juntos el año, con doce besos.
La víspera de reyes, que me toca trabajar a mí, quedamos a la salida de mi curro, a las once de la noche. Bajamos al mercadillo y estuvimos paseando por allí, nos tomamos una copa y dimos una vuelta por el centro. Después subimos, esta vez a su casa. Acababa de comprarse una pecera que íbamos a montar ese domingo, pero en aquel momento estaba vacía, con la arena las piedras y los troncos, pero sin agua ni peces, en una esquina de su salón. Me desperté el día de reyes temprano, para subir a casa de mis padres. Me duché y me vestí y le di un beso de buenos días, mientras todavía seguía durmiendo. Pero antes de irme, saqué de la bolsa los regalos que tenía escondidos: un cinto del que se había enamorado en un escaparate, un collar de cuentas azul indigo (su favorito), y algo más que no recuerdo. Los metí en la pecera y mientras me dirigía, feliz, a coger el coche, le mandé un mensaje que decía que los Reyes Magos habían ido buceando a su casa.
Fueron unas navidades inolvidables. Aún tardaría unos meses en amarle, y no estaba enamorado de él, pero me gustaba verle feliz. En aquel momento, independientemente de mis sentimientos, él era mi rey. Y en la corte de mi amor, al rey se le agasaja.
Bastante tiempo más tarde, le pedí que eligiera un momento de nuestra relación. Cuando supo que teníamos futuro, ese momento perfecto en que todo encaja. Eligió aquellas navidades. Me dijo que nunca nadie había hecho algo así por él. Se emocionó. Y quizá fuera esa fragilidad, escondida bajo una apariencia de hielo, una de las cosas que me hizo empezar a amarle.
Ése es el momento que yo elegiría de nuestra relación. Esa confesión quebrada en el cuarto del ordenador de mi casa, ese momento en que aquel hombre que me quería dejó de ser un florero, y se convirtió en una flor. Ese momento que me derritió, el que me confirmó que en la vida hay tantísimos tesoros que no saltan a la vista.

Su imagen y su esencia, fundidas, captando un instante mágico
“Enamorarse es amar las coincidencias, y amar... es enamorarse de las diferencias.”
los ojos cerrados
Hay un libro fantástico que recordé a partir de un comentario de coraçao. Lo rescaté el viernes de casa de mis padres, a punto de terminar el año. Lo estoy devorando de nuevo, y me provoca los mismos escalofríos. Son reflexiones inconexas de un hombre, John Hull, que se quedó ciego cuando tenía cuarenta años. La sinceridad y desnudez con la que cuenta sus experiencias son demoledoras. Dan pie a muchos pensamientos. El libro se llama Ver en la Oscuridad.

Yarince mira, intentando encontrar la respuesta
Sonreír (17 de septiembre de 1983)
Casi cada vez que sonrío lo hago a sabiendas. Soy consciente del esfuerzo muscular que requiere; no es que mis sonrisas se hayan vuelto forzadas pero no cabe duda de que representan un esfuerzo más o menos consiente. ¿A qué se debe? Supongo que a la falta de respuesta. Ignoro si me están devolviendo la sonrisa. Nunca volverá a deslumbrarme una amplia sonrisa. Ya no veré iluminarse de pronto el rostro de un extraño con un gesto de amistad. Es como si mi esfuerzo no recibiera recompensa. Por lo general, la sonrisa es un gesto contagioso: tendemos a devolver la sonrisa con otra sonrisa. Para mí, es como enviar cartas sin remite. ¿Cómo sé si las han recibido? ¿Habré sonreído en la dirección apropiada? En cualquier caso, ¿cómo ha de ingeniárselas mi interlocutor para devolverme el gesto? Claro que se puede sonreír a través de la voz, pero se ha de tener algo que decir.
Dada la irrelevancia del gesto, siento que paulatinamente voy dejando de sonreír. Es decir, creo sentirlo. Debo preguntarle a alguien de confianza si es así o no.
En los detalles más pequeños es donde se encuentra la mayor tragedia. Pensamos en un invidente y nos da lástima porque nunca podrán ver un paisaje, o una película, o un atardecer. No se nos ocurren esas pérdidas devastadoras como la propia imagen, o las sonrisas. ¿Podríais vivir en un mundo sin sonrisas? ¿Sin esas muecas que dan luz a los rostros, sin esa comunicación muda?
La comprensión de alguien distinto a nosotros pasa siempre por su testimonio. A menudo nos forjamos opiniones sin escuchar a quien puede dárnoslas. Asumimos posturas y clichés. Y hay que escuchar. Hay que cerrar la boca y dejar hablar a nuestro interlocutor. Esperar en silencio, asimilando. Y no hablo ahora de cegueras de vista. Sino esas cegueras del alma que impiden a mucha gente “ver” a quien tienen enfrente, porque están demasiado ocupados en su propia imagen. Una vez escribí “podría encontrarte a la vuelta de una esquina y no te vería, porque voy con los ojos cerrados, con el alma cerrada.”

Yarince cierra los ojos, y encuentra respuestas
No sé por qué muriendo este año cogí el libro del estante. No sé por qué mi primera postal del 2005 habla de ceguera y sonrisas. Así que tendré que cerrar los ojos… y escuchar.
Háblame.

Yarince mira, intentando encontrar la respuesta
Sonreír (17 de septiembre de 1983)
Casi cada vez que sonrío lo hago a sabiendas. Soy consciente del esfuerzo muscular que requiere; no es que mis sonrisas se hayan vuelto forzadas pero no cabe duda de que representan un esfuerzo más o menos consiente. ¿A qué se debe? Supongo que a la falta de respuesta. Ignoro si me están devolviendo la sonrisa. Nunca volverá a deslumbrarme una amplia sonrisa. Ya no veré iluminarse de pronto el rostro de un extraño con un gesto de amistad. Es como si mi esfuerzo no recibiera recompensa. Por lo general, la sonrisa es un gesto contagioso: tendemos a devolver la sonrisa con otra sonrisa. Para mí, es como enviar cartas sin remite. ¿Cómo sé si las han recibido? ¿Habré sonreído en la dirección apropiada? En cualquier caso, ¿cómo ha de ingeniárselas mi interlocutor para devolverme el gesto? Claro que se puede sonreír a través de la voz, pero se ha de tener algo que decir.
Dada la irrelevancia del gesto, siento que paulatinamente voy dejando de sonreír. Es decir, creo sentirlo. Debo preguntarle a alguien de confianza si es así o no.
En los detalles más pequeños es donde se encuentra la mayor tragedia. Pensamos en un invidente y nos da lástima porque nunca podrán ver un paisaje, o una película, o un atardecer. No se nos ocurren esas pérdidas devastadoras como la propia imagen, o las sonrisas. ¿Podríais vivir en un mundo sin sonrisas? ¿Sin esas muecas que dan luz a los rostros, sin esa comunicación muda?
La comprensión de alguien distinto a nosotros pasa siempre por su testimonio. A menudo nos forjamos opiniones sin escuchar a quien puede dárnoslas. Asumimos posturas y clichés. Y hay que escuchar. Hay que cerrar la boca y dejar hablar a nuestro interlocutor. Esperar en silencio, asimilando. Y no hablo ahora de cegueras de vista. Sino esas cegueras del alma que impiden a mucha gente “ver” a quien tienen enfrente, porque están demasiado ocupados en su propia imagen. Una vez escribí “podría encontrarte a la vuelta de una esquina y no te vería, porque voy con los ojos cerrados, con el alma cerrada.”

Yarince cierra los ojos, y encuentra respuestas
No sé por qué muriendo este año cogí el libro del estante. No sé por qué mi primera postal del 2005 habla de ceguera y sonrisas. Así que tendré que cerrar los ojos… y escuchar.
Háblame.