hell freezes over
telón

Muchas palabras han ido llenando este blog desde su comienzo silencioso en junio del 2004. Nació de la nada y sin vocación de nada. Sigue sin tener vocación, pero sí le ha nacido una devoción. La que siento por vosotros, que con respeto y complicidad habéis ido acompañándome en la aventura personal del año más duro y revelador de mi vida.
La aventura sigue, pero la crónica quedará muda. Quizá durante unos días, unas semanas, o para siempre. Quizá el guerrero se vista con otras pieles y empuñe otras armas para renacer de otro viaje iniciático. Ahora mismo no lo sé. Pero no quería retirarme a hibernar a mi guarida sin daros las gracias por salir de caza conmigo y por sentaros a mi lado en la hoguera del campamento.
Las palabras quedarán en este disco duro de un lugar que desconozco, mi testamento y mi testimonio avalado por vuestros ojos, mis notarios. Espero volver pronto, o simplemente volver.
Y por supuesto, gracias, Gioconda, por ponerle nombre a mi sueño.
Comienza el eclipse. Se encienden las luces anunciando un intermedio. Los párpados se cierran en el preludio del letargo. Se hace de noche, se firma la tregua.
Me voy con equipaje. Os llevo en la parte más brillante de mi memoria.

angelus
- Me alegro un montón de que estemos así.
- ¿Así cómo?
- Que podamos hablar y llevarnos bien.
- Ah, eso. Sí, es un punto, ¿verdad?
- Y tanto. Terminamos tan mal que me ha costado muchísimo superar nuestra historia, pero ahora me encuentro genial.
- ¿Sabes? Yo no me siento tan bien. Te veo aquí al lado y me dan ganas de tomarte la mano, o colocarte ese mechón rebelde que tienes en la frente. Quiero decidir a quién le toca hacer la cena esta noche y a quién fregar los platos.
- Pasó un ángel.
- ¿Cómo?
- Que te has quedado en silencio un rato. ¿En qué estarías pensando?
- Pensaba que tienes razón, que casi prefiero que seamos amigos a pareja.
- Pues yo no lo prefiero. Preferiría que nada de esto hubiera pasado y que siguiéramos discutiendo para ver quién entra primero en la ducha. Quiero volver a desvelarme con tus ronquidos y a poner mi mano en tu muslo mientras conduces.
- Otro ángel.
- Sí. Debemos estar en su ruta migratoria.

Alma Rota, por Nano Pérez Alonso
“Cuentan que cuando un silencio aparecía entre dos era que pasaba un ángel que les robaba la voz. Y hubo tal silencio un día que nos toca hoy olvidar que de tal suerte yo todavía no terminé de callar.
Todo empezó en la sorpresa, en un encuentro casual, pero la noche es traviesa cuando se teje el azar. Sin querer se hace una ofrenda que pacta con el dolor, o pasa un ángel, se hace leyenda y se convierte en amor.
Ahora comprendo cuál era el ángel que entre los dos pasó. Era el más terrible, el implacable, el más feroz. Ahora comprendo en total este silencio mortal. Ángel que pasa, besa y me abraza, ángel para un final.”
(Silvio Rodríguez)
- ¿Así cómo?
- Que podamos hablar y llevarnos bien.
- Ah, eso. Sí, es un punto, ¿verdad?
- Y tanto. Terminamos tan mal que me ha costado muchísimo superar nuestra historia, pero ahora me encuentro genial.
- ¿Sabes? Yo no me siento tan bien. Te veo aquí al lado y me dan ganas de tomarte la mano, o colocarte ese mechón rebelde que tienes en la frente. Quiero decidir a quién le toca hacer la cena esta noche y a quién fregar los platos.
- Pasó un ángel.
- ¿Cómo?
- Que te has quedado en silencio un rato. ¿En qué estarías pensando?
- Pensaba que tienes razón, que casi prefiero que seamos amigos a pareja.
- Pues yo no lo prefiero. Preferiría que nada de esto hubiera pasado y que siguiéramos discutiendo para ver quién entra primero en la ducha. Quiero volver a desvelarme con tus ronquidos y a poner mi mano en tu muslo mientras conduces.
- Otro ángel.
- Sí. Debemos estar en su ruta migratoria.

Alma Rota, por Nano Pérez Alonso
“Cuentan que cuando un silencio aparecía entre dos era que pasaba un ángel que les robaba la voz. Y hubo tal silencio un día que nos toca hoy olvidar que de tal suerte yo todavía no terminé de callar.
Todo empezó en la sorpresa, en un encuentro casual, pero la noche es traviesa cuando se teje el azar. Sin querer se hace una ofrenda que pacta con el dolor, o pasa un ángel, se hace leyenda y se convierte en amor.
Ahora comprendo cuál era el ángel que entre los dos pasó. Era el más terrible, el implacable, el más feroz. Ahora comprendo en total este silencio mortal. Ángel que pasa, besa y me abraza, ángel para un final.”
(Silvio Rodríguez)
binoche herida

Descubrí a Juliette Binoche en La Insoportable Levedad del Ser, pero no fue hasta Los Amantes del Pont-Neuf que me enamoré de su rostro. Vi la película de casualidad, la madrugada de un sábado, una versión original en la 2. Luego vendría la versión de Cumbres Borrascosas, de la que sólo recuerdo las expresiones de los actores, tanto la de ella como la de Ralph Fiennes, otra de mis grandes pasiones. Azul, Herida y El Paciente Inglés la consagraron en mi olimpo, donde siempre figurará colgada de una cuerda, bengala en mano, admirando los frescos de una capilla en ruinas. Imborrable su imagen en Chocolat, bajo esa capa de un rojo sangre.
Si se trata de aconsejar alguna de sus películas, prefiero obviar las inmensamente conocidas y que probablemente la mayoría ha visto (levedad, paciente y azul). Especialmente las dos últimas pertenecen a la categoría de mis películas favoritas, y El Paciente sería una de las que elegiría para llevarme a una isla desierta. Pero siento una querencia especial por el amor sin barrera, donde no se queman los puentes, por la decadencia, por el París escondido, por la enfermiza y tierna historia de Los Amantes del Pont-Neuf.

Y por Herida, cuyo título en francés e inglés se traduce como Daño. Que Louis Malle es uno de los grandes creadores de este siglo, creo que a nadie le cabe duda. Son muchas películas grandes, pertenecientes ya a la historia del séptimo arte. Pero incluso las menores, las desapercibidas como Herida y La Pequeña (que cuenta la historia de la hija de una puta que es subastada con 13 años entre los clientes del prostíbulo de su madre), son grandes en su anonimato.
Herida cuenta la historia de un miembro del Parlamento inglés (Jeremy Irons), que se enamora perdidamente de la prometida de su hijo y comienza con ella un apasionado romance que tendrá mal final. El proceso degenerativo del amor, de las rivalidades en los afectos, de las distintas clases de pasiones y obsesiones, están perfectamente retratados por Irons, Binoche y una soberbia Miranda Richardson. La película duele. Duele en la Binoche (Anna Barton) curtida y vapuleada por la vida, en el Irons nublado por el deseo y la Richardson modélica desmoronada al final por una herida más.

La Hannah de El Paciente Inglés (inolvidable tanto en su sonrisa como en su derrumbe mientras va abriendo con la pequeña sierra un puñado de ampollas de morfina) dice en una ocasión que está enamorada de fantasmas, que todas las personas a las que ama se le mueren. Hannah es una mujer cuyas heridas no cicatrizan, un ser que a pesar del dolor sigue siendo frágil y esperanzado. La Anna (curiosa coincidencia de nombres, verdad?) de Herida es una costra, una envolvente de titanio que no deja escurrir ni una gota de ternura y que desborda pasión, porque allí no existe daño, sino placer.
“La gente herida es peligrosa. Porque saben que pueden sobrevivir.” (Anna Barton, en Herida)

Las heridas, al manejar objetos cortantes, son casi inevitables. La probabilidad de un accidente es grande. Y hay sentimientos y acciones que nos colocan sin remedio en la línea de fuego. Pero una vez abierta la brecha en la carne, sí que podemos decidir qué hacer con ella. Algunos no hacen nada, y se desangran. Otros adoptan una solución provisional, un torniquete, corriendo el riesgo de gangrenarse. Otros se retiran a lamerse la herida, esperando curarla con la saliva. Hay quienes la suturan sobre la marcha, con un hilo arrancado de la ropa y una aguja improvisada, consiguiendo que la herida cierre, pero que nunca se borre su cicatriz. Sólo unos pocos entienden que antes de volver a la batalla hay que tomar un reposo, cerrarla y curarla con mimo, protegerla del sol hasta que no quede ni la más leve marca de que nos asestaron un golpe de muerte.
Esa es la decisión. Morirse, pudrirse, aislarse, estigmatizarse o curarse. Hannah se aisló y Anna se estigmatizó. ¿Cómo curamos nosotros nuestras heridas?

confesión

Detalle del Full Fathom Five, de Jackson Pollock.
Monólogo en un café chill out, un martes por la tarde:
“Quiero confesarte algo. Yo te conozco desde mucho antes de que nos presentaran el sábado. No me muevo por los bares de ambiente, sino muy de vez en cuando desde hace cuatro años. Te he visto en esas ocasiones y siempre me has llamado la atención. He pensado qué hacía un chico como tú en un lugar así. Quería entrarte, decirte algo, pero la verdad es que impones mucho respeto, creí que pensarías que soy un niñato y me despacharías. Cuando te vi de espaldas el sábado hablando con Pedro, no me lo podía creer. Cuando te giraste y viniste con él hacia mí, creí que me fallarían las piernas. Qué pequeña es esta isla. Me has gustado tanto durante tanto tiempo, y resulta que tenemos un amigo común. Iba por fin a conocerte. Y ahora no me puedo creer que estés aquí delante, tomándote un té conmigo, mirándome a los ojos.”
graffitti de nieve
“Estar enamorada no es fácil. No basta con desearlo. Hay que oírlo” (Ana en LADCP)

Hay tantas historias que se mueren en un subdirectorio mal llamado. Hoy, buscando, me encontré con el principio de una carta. Ya no sé si la empecé a escribir para el concurso. Pero leer los dos únicos párrafos cristalizados, me ha hecho pensar que quizá esta haya sido la carta que tenía que haber terminado y enviado. Pero se me olvidó en algún fichero con disfraz:
Querido arcángel,
Te preguntarás por qué te envío una carta cuando puedo llamarte por teléfono, cuando probablemente conciliemos el sueño esta noche, uno al lado del otro. Te preguntarás también por qué te bautizo arcángel. La respuesta a ambas preguntas es fácil.
La razón de escribirte es porque quiero darte una prueba, una pericial de mi rastro tangible. Ya sé que tienes las fotos que demuestran que somos algo más que amigos y compañeros de piso. Porque somos amantes y residentes de una misma cama, alternada en nuestros palacios de invierno.

Me he pasado la tarde escribiendo un relato sobre mi abuela, sobre su demencia senil y aquella vez que me contó que las polillas negras y los besos fríos son un anuncio de muerte. Me tropecé después con la descripción de uno de mis sueños, en los que mi mayor sorpresa fue verme reflejado en un espejo, algo que no me ha pasado nunca mientras duermo. En una ocasión me veía con la cara pintada de payaso, y en otra con el rostro limpio, pero sin barba, como el Yarince de hace diez años. Leí mi angustia de despertarme sin querer cuando mi madre se aproximaba a mi cama en el sueño y me decía con preocupación “Yarince, tengo que decirte algo.”
Soñé también con mi gran amiga Amanda. Soñé que iba a su casa a que me diera terapia. Tenía una casa increíble, preciosa. Era toda de madera y piedra, muy acogedora. Y enorme. Una de sus hijas me recibía en la puerta y me llevaba hasta una terraza cubierta que había al fondo, y ella estaba allí, sentada en un sillón de mimbre oscuro lleno de cojines. Durante la terapia yo le preguntaba por qué no podía dormir bien desde que me mudé, y ella me contestaba que por miedo a que se murieran mis padres. Y yo le daba la razón, al acordarme de un sueño que había tenido nada más llegar al apartamento nuevo y que ya no puedo recordar.

Una vez más, en otro rincón de un cajón, me esperaba el vagamundos:
Por suerte dispongo de este papel, de este mundo blanco donde puedo perderme, de estas letras negras donde puedo encontrarme. Y de unos ojos cómplices que me leen, y un alma confidente que recordará que el viejo profesor alguna vez existió. Que dio marcha atrás en su vida para convertirse en un viejo estudiante, un paso de gigante.
Escaparé de esta trampa, no lo dude. Ahora sé con certeza que no sentía añoranza por este mundo organizado por manecillas y relojes de arena. Que mi vida no tiene sentido encerrado entre cuatro paredes. Que sólo soy yo mismo cuando nado de madrugada en los lagos africanos, bajo alguna estrella fugaz ocasional. Terminaré esta carta, la guardaré en mi bolsillo, me despediré definitivamente del pasado con un fuerte abrazo, y volveré a retomar mis caminos polvorientos, hasta encontrar el buzón donde le he prometido depositar mis nuevas noticias.
Se acabó este tránsito, este retraso inexcusable que le ha dado energía a mi deteriorado cuerpo para seguir los imberbes impulsos del corazón. Compraré un billete de tren, nunca de cercanías, y partiré a cualquier lugar donde me lleve la casualidad. Espero que usted me acompañe, una vez más. Que nos sigamos buscando a través de nuestras cartas. Que la encuentre en sus párrafos, cuando se me estremezca el alma al leerlos. Que estando tan lejos, incluso de nosotros mismos, tengamos la certeza de que nuestros seres comulgan, a través de estas cartas, con fervor religioso.

Lloré una vez más con un texto que llamé Embalaje y que posteé hace siglos, en el que mi protagonista se sienta en la alfombra a embalar los recuerdos de una pasión acabada. “A un lado, una caja de cartón con tu nombre. Esparcidos por el suelo, todos nuestros recuerdos.” Sigue encantándome su final:
“Todo lo demás, que es mucho, lo aprisioné en la funda de tu almohada y lo comprimí como pude en la caja. Entrelacé sus tapas de cartón y la cerré hermética con seis vasos de whisky y una hoguera en el cenicero. Seguí allí sentado, en la alfombra vacía, con la única compañía de aquel cubo de papel.
Me eché a reír. Y de tantas risas, me eché a llorar. Pensé en Einstein y en la relatividad. Pensé en Newton y en una fuerza tan enorme encarcelada en una manzana. Pensé en Arquímedes y en los volúmenes. Buscando la explicación de por qué, en este recinto marrón que se me antoja tan pequeño, he podido encerrar un amor tan grande.”

Suena Sade, siempre Sade Adu y su voz de susurros entre las sábanas, su jadeo ronco que precede al orgasmo:
“Recuerdo sus manos y el aspecto que tenían las montañas. La luz desprendía diamantes de sus ojos, hambrientos de vida y sedientos de un distante río. Como la cicatriz de la edad escrita sobre mi cara, la guerra aún se pelea en mi interior. Aún siento un escalofrío al revelarte mi vergüenza. La esgrimo como un tatuaje.”
Sé que este post es una pintada en los muros de una nave abandonada de un polígono industrial. Sé que es un collage de fotos que forman parte de mi vida. Que he pintado un cuadro abstracto que quizá no tenga significado más que para mí. Un hilo conductor de muerte y amor, de trayectos y viajes, de mudanzas, de amores al alza y amores destronados. No es tan complicado, en realidad. Mi trenza de hoy habla sólo de dos cosas. De principios y fines. Lo que no me queda tan claro es en cual de los dos extremos estoy. Yo, que pensé que mi vida era un círculo. “He escrito tantas veces su nombre dentro…”


Hay tantas historias que se mueren en un subdirectorio mal llamado. Hoy, buscando, me encontré con el principio de una carta. Ya no sé si la empecé a escribir para el concurso. Pero leer los dos únicos párrafos cristalizados, me ha hecho pensar que quizá esta haya sido la carta que tenía que haber terminado y enviado. Pero se me olvidó en algún fichero con disfraz:
Querido arcángel,
Te preguntarás por qué te envío una carta cuando puedo llamarte por teléfono, cuando probablemente conciliemos el sueño esta noche, uno al lado del otro. Te preguntarás también por qué te bautizo arcángel. La respuesta a ambas preguntas es fácil.
La razón de escribirte es porque quiero darte una prueba, una pericial de mi rastro tangible. Ya sé que tienes las fotos que demuestran que somos algo más que amigos y compañeros de piso. Porque somos amantes y residentes de una misma cama, alternada en nuestros palacios de invierno.

Me he pasado la tarde escribiendo un relato sobre mi abuela, sobre su demencia senil y aquella vez que me contó que las polillas negras y los besos fríos son un anuncio de muerte. Me tropecé después con la descripción de uno de mis sueños, en los que mi mayor sorpresa fue verme reflejado en un espejo, algo que no me ha pasado nunca mientras duermo. En una ocasión me veía con la cara pintada de payaso, y en otra con el rostro limpio, pero sin barba, como el Yarince de hace diez años. Leí mi angustia de despertarme sin querer cuando mi madre se aproximaba a mi cama en el sueño y me decía con preocupación “Yarince, tengo que decirte algo.”
Soñé también con mi gran amiga Amanda. Soñé que iba a su casa a que me diera terapia. Tenía una casa increíble, preciosa. Era toda de madera y piedra, muy acogedora. Y enorme. Una de sus hijas me recibía en la puerta y me llevaba hasta una terraza cubierta que había al fondo, y ella estaba allí, sentada en un sillón de mimbre oscuro lleno de cojines. Durante la terapia yo le preguntaba por qué no podía dormir bien desde que me mudé, y ella me contestaba que por miedo a que se murieran mis padres. Y yo le daba la razón, al acordarme de un sueño que había tenido nada más llegar al apartamento nuevo y que ya no puedo recordar.

Una vez más, en otro rincón de un cajón, me esperaba el vagamundos:
Por suerte dispongo de este papel, de este mundo blanco donde puedo perderme, de estas letras negras donde puedo encontrarme. Y de unos ojos cómplices que me leen, y un alma confidente que recordará que el viejo profesor alguna vez existió. Que dio marcha atrás en su vida para convertirse en un viejo estudiante, un paso de gigante.
Escaparé de esta trampa, no lo dude. Ahora sé con certeza que no sentía añoranza por este mundo organizado por manecillas y relojes de arena. Que mi vida no tiene sentido encerrado entre cuatro paredes. Que sólo soy yo mismo cuando nado de madrugada en los lagos africanos, bajo alguna estrella fugaz ocasional. Terminaré esta carta, la guardaré en mi bolsillo, me despediré definitivamente del pasado con un fuerte abrazo, y volveré a retomar mis caminos polvorientos, hasta encontrar el buzón donde le he prometido depositar mis nuevas noticias.
Se acabó este tránsito, este retraso inexcusable que le ha dado energía a mi deteriorado cuerpo para seguir los imberbes impulsos del corazón. Compraré un billete de tren, nunca de cercanías, y partiré a cualquier lugar donde me lleve la casualidad. Espero que usted me acompañe, una vez más. Que nos sigamos buscando a través de nuestras cartas. Que la encuentre en sus párrafos, cuando se me estremezca el alma al leerlos. Que estando tan lejos, incluso de nosotros mismos, tengamos la certeza de que nuestros seres comulgan, a través de estas cartas, con fervor religioso.

Lloré una vez más con un texto que llamé Embalaje y que posteé hace siglos, en el que mi protagonista se sienta en la alfombra a embalar los recuerdos de una pasión acabada. “A un lado, una caja de cartón con tu nombre. Esparcidos por el suelo, todos nuestros recuerdos.” Sigue encantándome su final:
“Todo lo demás, que es mucho, lo aprisioné en la funda de tu almohada y lo comprimí como pude en la caja. Entrelacé sus tapas de cartón y la cerré hermética con seis vasos de whisky y una hoguera en el cenicero. Seguí allí sentado, en la alfombra vacía, con la única compañía de aquel cubo de papel.
Me eché a reír. Y de tantas risas, me eché a llorar. Pensé en Einstein y en la relatividad. Pensé en Newton y en una fuerza tan enorme encarcelada en una manzana. Pensé en Arquímedes y en los volúmenes. Buscando la explicación de por qué, en este recinto marrón que se me antoja tan pequeño, he podido encerrar un amor tan grande.”

Suena Sade, siempre Sade Adu y su voz de susurros entre las sábanas, su jadeo ronco que precede al orgasmo:
“Recuerdo sus manos y el aspecto que tenían las montañas. La luz desprendía diamantes de sus ojos, hambrientos de vida y sedientos de un distante río. Como la cicatriz de la edad escrita sobre mi cara, la guerra aún se pelea en mi interior. Aún siento un escalofrío al revelarte mi vergüenza. La esgrimo como un tatuaje.”
Sé que este post es una pintada en los muros de una nave abandonada de un polígono industrial. Sé que es un collage de fotos que forman parte de mi vida. Que he pintado un cuadro abstracto que quizá no tenga significado más que para mí. Un hilo conductor de muerte y amor, de trayectos y viajes, de mudanzas, de amores al alza y amores destronados. No es tan complicado, en realidad. Mi trenza de hoy habla sólo de dos cosas. De principios y fines. Lo que no me queda tan claro es en cual de los dos extremos estoy. Yo, que pensé que mi vida era un círculo. “He escrito tantas veces su nombre dentro…”

