traqueotomía
Calle Barbieri. Las dos y media de la madrugada. Un jueves juliano. Dolorosamente homónimo.
Tres llamadas perdidas en el móvil. Lucho contra el torrente de glóbulos humanos, rojos y de otros colores, para apartarme del tumultuoso cáncer que abarrota la entrada de un local de moda. Mi corazón palpita veinte veces, una por cada paso que doy.
Y mientras la boca del teléfono busca su voz, mis pupilas observan la médula de asfalto. Pasa una pareja, ella de barbie superstar, él de mellizo musculoca. Sus globos oculares se vuelven hacia mí con el mismo mensaje y la misma pregunta. Repasan mis extremidades a través del vaquero, el flagelo de la cremallera, comprueban el abdomen y se centran en el pecho y los brazos surcados de venas. Es entonces cuando la boca se les tuerce en un gesto de aprobación y entran en el ventrículo del rostro para mantener la mirada, el placer, y repetir la pregunta.
Y el celular encuentra su sistema nervioso central mientras los gemelos sexuados vuelven ocasionalmente sus cabezas con la palabra “sígueme” y una nueva sinapsis. Y les reemplaza un grupo capilar disfrazado de blanco leucocito, asiendo vasos sanguíneos cargados de cubata, mirando con cara familiar a cuantos pares de cromosomas se les cruzan en su bombeo. Gira la esquina un organismo unicelular de mutada epidermis, cambiando su dirección arterial como una trombosis que viene a bloquearse frente a mí.
Y una voz me suena en el pabellón auditivo, apagada por los muchos gritos y pocos susurros que pueblan la calle. Y en mi cerebro se mezcla la voz femenina del auricular en mi oreja diestra con la voz masculina y quebrada que pide en la zurda un trasplante de tabaco. Y la Ariadna con voz metálica intenta encontrar su hilo, mientras los pseudópodos del hombre, desprovistos de cigarro, se demoran agradeciendo el pitillo en un trazado que se inicia en el pecho imberbe y continúa su rumbo hasta el perforado ombligo y el cinturón, para virar bruscamente hacia la pleura de la cintura con un fugaz apretón.
Y el riego de gente convertida ahora en plaquetas, congela el torrente. Y las miradas sufren infartos. Y el ruido se colapsa. Y las válvulas oculares se suturan. Y una mano plasmática cicatriza mi cara. Mientras mis neuronas adivinan entre sollozos de larga distancia que un coagulo se ha anclado en la nuca de otro Julio, necrosando su masa gris en cavidades de urgencia de forma implacable, a miles de kilómetros de mí y de esta transfusión de lujuria.
Tres llamadas perdidas en el móvil. Lucho contra el torrente de glóbulos humanos, rojos y de otros colores, para apartarme del tumultuoso cáncer que abarrota la entrada de un local de moda. Mi corazón palpita veinte veces, una por cada paso que doy.
Y mientras la boca del teléfono busca su voz, mis pupilas observan la médula de asfalto. Pasa una pareja, ella de barbie superstar, él de mellizo musculoca. Sus globos oculares se vuelven hacia mí con el mismo mensaje y la misma pregunta. Repasan mis extremidades a través del vaquero, el flagelo de la cremallera, comprueban el abdomen y se centran en el pecho y los brazos surcados de venas. Es entonces cuando la boca se les tuerce en un gesto de aprobación y entran en el ventrículo del rostro para mantener la mirada, el placer, y repetir la pregunta.
Y el celular encuentra su sistema nervioso central mientras los gemelos sexuados vuelven ocasionalmente sus cabezas con la palabra “sígueme” y una nueva sinapsis. Y les reemplaza un grupo capilar disfrazado de blanco leucocito, asiendo vasos sanguíneos cargados de cubata, mirando con cara familiar a cuantos pares de cromosomas se les cruzan en su bombeo. Gira la esquina un organismo unicelular de mutada epidermis, cambiando su dirección arterial como una trombosis que viene a bloquearse frente a mí.
Y una voz me suena en el pabellón auditivo, apagada por los muchos gritos y pocos susurros que pueblan la calle. Y en mi cerebro se mezcla la voz femenina del auricular en mi oreja diestra con la voz masculina y quebrada que pide en la zurda un trasplante de tabaco. Y la Ariadna con voz metálica intenta encontrar su hilo, mientras los pseudópodos del hombre, desprovistos de cigarro, se demoran agradeciendo el pitillo en un trazado que se inicia en el pecho imberbe y continúa su rumbo hasta el perforado ombligo y el cinturón, para virar bruscamente hacia la pleura de la cintura con un fugaz apretón.
Y el riego de gente convertida ahora en plaquetas, congela el torrente. Y las miradas sufren infartos. Y el ruido se colapsa. Y las válvulas oculares se suturan. Y una mano plasmática cicatriza mi cara. Mientras mis neuronas adivinan entre sollozos de larga distancia que un coagulo se ha anclado en la nuca de otro Julio, necrosando su masa gris en cavidades de urgencia de forma implacable, a miles de kilómetros de mí y de esta transfusión de lujuria.