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Bitácora de secretos
Apuntes de lo que nunca se dice, mis historias escondidas
Acerca de
Soy un alma fantasma que vaga por este weblog. Que cuenta lo que pocos saben, y lo que nadie sabe de mí. Regalando el yo más íntimo a desconocidos que no tendrán la oportunidad de conocerme.
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los ojos del recuerdo
ojos cerrados de par en par

Casi cerré los ojos cuando te vi, al sonreírte a través del cristal de un taxi. Los abrí de par en par mientras caminábamos, hablando de todo y de nada, atropellándonos, arrollando transeúntes y postes de luz que ignoraban que se interponían en la línea de un tren expreso. Un mercancías con dos pasajeros dirigiéndose implacable a un destino jalonado de largas distancias y cortos encuentros en estaciones de tránsito.

Cenamos en Centroamérica, y se me saltaron las lágrimas con el picante y con las risas espontáneas de una complicidad recién nacida, prematura. Tomamos café en pistilos de cristal y nos picó la nariz con el polen rubio y negro de las plantas del tabaco.

En nuestro éxodo buscando una barra donde matar la noche, no sé si mis ojos se abrían o se cerraban. Te miraba de refilón, dándote mi peor perfil, y tú no hacías más que reír, y contarme anécdotas, como viejos amigos de mili. Yo, con las manos en los bolsillos, perdía a veces el equilibrio, tambaleándome como un funambulista en el alambre, y mi muñeca rozaba tu antebrazo, generando chispas y miradas de soslayo en medio de las palabras. A veces eras tú quien cruzabas mi rumbo y me tocabas casualmente la mano enfundada en el vaquero, y yo me encogía de hombros para repartir por mi cuerpo el escalofrío. Y así, caminando por las calles desiertas, descubrimos que había huelga de bares y barras en la ciudad, o acaso decidimos convocarla mirando las puertas cerradas y dando la espalda a las que permanecían abiertas.

Llegamos así, paseando, hasta nuestro primer y corto tránsito, no sé si en la estación de Gare du Nord, Atocha o Grand Central. Nos acomodamos en el rincón más acogedor mientras mis ojos, que debían estarse cerrando del cansancio, seguían alertas, leyendo en las comisuras de tus sonrisas y en los rabillos de tus miradas. Aquella noche había desertado el sueño. Se llenó la estación de música, de grabados de tintas, de cantos de libros, y de electricidad. La noche se maquilló del color de nuestras corazas, con azul y con grana.

Y mientras hablábamos mi mirada se nubló para imaginar que te recostabas a mi lado, cada vez más cerca, hasta que los hombros se tocaban y nuestras corrientes se entremezclaban como la sangre de dos siameses. Me contenté con imaginar, porque el tránsito no quería dar para más. Imaginé también cómo sería pasar las manos abiertas por tu cabellera, hundidas hasta tu piel, sentir tu pelo brotar como manantiales entre mis dedos. Pensé si tu boca sabría tan fresca como tu risa. Convoqué la quietud que precede a los besos, y asustado aparté la mirada.

Era la hora de irse. De volver a un tren, que por desgracia no era de cercanías. Y me acompañaste al andén, a la lombriz de hierro que me sacaría disparado de tu lado. Te quedaste allí, de pie, con las manos en los costados. Levantaste una de ellas y la acercaste a mi cara. Con un gesto me quitaste una hebra prendida de mi cuello, rozándome la piel con las yemas de tus dedos durante el trayecto. Y volvió la corriente y la quietud. Un certero preámbulo. Y esa vez, sin desviar la mirada, caminamos al encuentro de nuestras bocas, segundos antes de que el revisor, con un uniforme prestado, me diera el último aviso.

Esa vez, con toda seguridad, sé que cerré los ojos.
 
Comentario:
buf! ...hermoso, simplemente, hermoso!
 
Comentario:
la tension y la quietud desde la mirada al beso, la pequeña muerte con los ojos cerrados.
No