una voz prodigiosa

La chica se llama Heather Headley. Es probable que no la conozcáis, porque no es famosa en España. Hasta donde yo sé, es hija de unos pastores de Trinidad y ha participado en algunos musicales de Broadway (como El Rey León y Aida, soberbia su versión del Ellaborate Lives y sobre todo del Written in the Stars) y ha grabado un CD, estilo Toni Braxton. Yo me la tropecé un día, por primera vez, en un dvd de un concierto en el Carnegie Hall.
Salió la quinta a escena. Toda la orquesta puso a descansar los instrumentos y se pararon a escucharla. Sólo quedaron ella y un músico, con los dedos prestos junto a las cuerdas de una guitarra española, encadenada al pecho. Se hizo el silencio y empezó el punteo de guitarra.
La canción era el He Touched Me (me tocó, y de golpe ya nada es lo mismo). Yo no estaba prestando mucha atención, estaba de fondo, sonando en mi equipo de música y asomándose por mi tele minúscula, mientras yo contestaba algún correo en el ordenador, cuando vivía en la casa de Pulgarcito.
Heather empezó a cantar y se me quedaron los dedos congelados. Me volvía hacia la tele y la vi, erguida, bella, joven. negra, flaquísima, rapada al uno o al dos. Una boca y una dentadura con la que se podía rallar queso. Qué mujer más extraordinaria. Y esa voz prodigiosa saliendo de su garganta. En ciertas frases sonreía, y durante todo el texto tenía esa cara de adolescente enamorada, excitada ante el primer roce de un hombre. Unos roces que en esta canción eran los acordes de una guitarra.
Empezó con un tono casi inaudible, pero firme. Poco a poco fue cogiendo aplomo y volumen, y en un instante imprevisible, derrochó la voz como si se la estuvieran robando, y subió, potente, estremeciéndome, elevándose a unas cotas inimaginables, imposibles de adivinar de su hilo de voz inicial. Y cuando estaba en la cima del K2, de golpe, cayó en picado y convirtió en la misma nota aquel aluvión atronador de voz en un susurro. Yo no pude evitar abrir los ojos, desmesurado, y quedarme boquiabierto, bastante tenía con no derramar las babas.
Y Heather se mantuvo ahí, cantando de forma perfecta notas casi inaudibles, en el un límite infrahumano de la voz. Con los ojos enamorados. Soportó durante un tiempo antinatural la última nota, rozando el silencio. Se paró, sin guitarra. Y con un sentimiento sin precedentes, volvió a decir “me tocó...” Se quedó absorta, mirando a la nada. Sonó un acorde rápido y fugaz en la guitarra, para dar fin a la canción. Y Heather, concentrada en su voz y en la historia, se asustó, temblando visiblemente como a quien despiertan de golpe de un sueño.
Recordádmelo si algún día venís a casa. Tenéis que verla. Escucharla.
Comentario:
gracias por presentarla.





