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Bitácora de secretos
Apuntes de lo que nunca se dice, mis historias escondidas
Acerca de
Soy un alma fantasma que vaga por este weblog. Que cuenta lo que pocos saben, y lo que nadie sabe de mí. Regalando el yo más íntimo a desconocidos que no tendrán la oportunidad de conocerme.
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papel mojado
Ya he dicho en muchas ocasiones que creo en las señales. Y no es una creencia basada en la fe, sino que tengo pruebas irrefutables. Una, que no sé si llegué a contar aquí, es la primera casa en la que viví cuando me independicé, que me estuvo esperando desde siempre. Pero el episodio de ayer me ha recordado otra.

Era principios del año 2003, si no recuerdo mal. Estaba yo empezando una relación nueva. Una historia lastrada por otra vieja, que no se acababa de cerrar. Una amistad compleja que me dejó tocado de por vida. A punto estuvo de dejarme hundido, así que no puedo quejarme de este mal menor que es tener un arañazo en el corazón.

No tiene sentido explicar los detalles, porque además son muchos y complejos. Digamos que subía a casa de mi pareja, a pasar la noche allí. Pero antes tenía que hacer una parada obligatoria. La noche antes había escrito la carta más difícil. Una carta en la que me desnudaba completamente. Confesando cosas que sería incapaz de pronunciar en voz alta. Había razones para que la carta no fuera un email. Quería asegurarme que llegaba a su destino. Por esa razón ni siquiera me fié de correos, y antes de ir a refugiarme en los brazos de mi pareja, en medio de una lluvia fina y persistente, pasé por casa de mi fantasma y dejé la carta por debajo de la puerta. Recuerdo que cuando me incorporé después de deslizar el sobre, pensé “ya no hay vuelta atrás.” Y empezó a llover a cántaros.

La misiva había pasado la prueba de fuego. Antes de entregarla se la había dado a leer a Carlos. La persona en la que más confío del mundo, la opinión con el criterio más certero con que me he topado nunca. Mi mejor amigo, el que me tira de las orejas cuando lo merezco y me dice sin consecuencias “no lo hagas” o “te equivocaste”. La leyó y me dijo que le parecía fortísima, que era una declaración tremendamente íntima. Pero que pensaba que era buena idea que la enviara, que era yo en cueros, que era sincero en lo que decía, y que no hacía daño. Que lo único para lo que tenía que estar preparado era para ponerme en la situación tan vulnerable en la que me dejaba aquella carta.

Al día siguiente, con la carta en manos de su destinatario, esperaba. No sabía si habría algo que me indicara su reacción ante lo que le contaba. Dudaba sobre si me llamaría, o pasaría por mi casa, o me mandaría un correo. Finalmente pude salir de dudas. Me llamó sobre las tres de la tarde.

Me preguntó si yo le había dejado una carta en su casa. Le dije que sí. “Es que es ilegible. Se me coló la lluvia por el patio y el agua escurrió hasta el rellano de la entrada. Cuando llegué a casa vi el sobre empapado, con la tinta corrida, pero me pareció que era tu letra.”

Sonreí al aparato y le dije que no tenía importancia. Que no decía nada de particular. Se me reveló de inmediato que aquella carta estaba predestinada a no llegar nunca a su destino. Me había tomado muchas molestias precisamente para que una casualidad no impidiera que la leyera. Y la vida se alió con la naturaleza, y simplemente hizo arreciar la tormenta.

Existe una razón para todo. Para que aquella carta se empapara. Para que encontraran mi blog. Para que hoy se diera cita Ángel González en la cabeza de cuatro personas distintas. Para que determinada gente entre en tu vida. Para que se queden. Y con lo desolador que puede llegar a ser, a veces, también, para que se vayan.
 
Comentario:
yo también creo en esas cosas, me parece preciosa la reflexión que has hecho.
 
Comentario:
pero es hermosa
 
Comentario:
señales, intuiciones...
es triste al imagen de una carta borrada por la lluvia.
No