amor a quinto olor
Te equivocas si crees que me conquistaste de golpe, que lo nuestro fue amor a primera vista.
Empezó siendo amor a primer tacto. Cuando me agarraste el brazo en aquel ambulatorio, para tomarme una muestra de sangre. Cuando suavemente me tomaste de los dedos y los apretaste en un puño. En vez de hipnotizarme con el rojo escarlata, mis ojos no hacían más que seguir tus manos, latiendo en el émbolo, suplicándoles en silencio que volvieran a tocarme. Que volvieran a las mías.
Y días más tarde coincidimos en una cafeteria. Y enamorado como estaba de tu piel, todo mi cuerpo se vió arrastrado como un imán hacia tu lado. Y al reconocerme empezaste a hablar. Y supe que era amor a segundo oído. Te escuché divagar sobre el sistema sanitario, y en un salto mortal me empezaste a contar historias de tu mascota. Me volví loco por tu risa, y esas coletillas que te asoman en cada frase, y convertí mi mente en desfiladero donde el eco de tu voz se repitiera sin cesar en tu ausencia, para que nunca existiera el silencio.
Olvidé tu tacto y tu voz hasta semanas más tarde, en que te vi desde el balcón de mi casa. Fue el primero de los muchos atisbos que tuve de ti. Me he mudado a un piso en este barrio, me dijiste cuando coincidimos en el supermercado. Y tu rostro y tu cuerpo, que al principio no provocaron ninguna sensación en mí, empezaron a metamorfosearse ante mis ojos. Y reconocí el amor a tercera vista. Cómo no me fijé de entrada en tu forma de andar, despreocupada y jovial. O en cómo te bailan los ojos cuando hablas de Monet. O en tus facciones dulces y repletas de serenidad. En tu cuello esbelto y tus hombros suplicantes.
El amor a cuarto gusto ocurrió meses más tarde, en el salón de tu casa. Veíamos una película de Billy Wilder, y me besaste mientras Norma Desmond se preparaba para su primer plano. Y con banda sonora de Waxman, bebí de tu boca para calmar la sed húmeda que me atenazaba, y probé el sabor de tu piel y de tu sexo, lamiendo cada centímetro de tu cuerpo para memorizar sus concentraciones de sal, volviendo a tu boca a cada minuto como si me proporcionara un néctar del que nunca tendría bastante.
Hace más de un año que conquistaste mis cuatro sentidos. Un año en que se han ido rindiendo, izando la bandera blanca, llenándose de ti. Y mientras recorro la casa buscándote, encuentro el olor de tu arroz dominical en la cocina. Y me siento en el sofá enredado en tu bufanda, para oler tu perfume de madera, y cierro los ojos y creo que estás conmigo. Y en el baño me llegan vestigios de lavanda, como si estuvieras a mi lado sacudiéndote el pelo. Y de la solana surge el olor al sándalo que quemas mientras planchabas la ropa. Y en la cama saludo al aroma de tu piel, de tu sudor, de tu amor. Ese olor característico, tan tuyo, ése al que nadie ha puesto nombre. El olor que encuentro al enterrarme en tu cuello, dándome la bienvenida.
Y sé por fin que me has conquistado por completo. Que enamorando a mi olfato has echado abajo la última barrera que mantenía mi corazón invicto. Que encontraré otras caricias, y otras salivas, otros andares y otros timbres. Que quizá un día olvidaré los tuyos. Pero que mi olfato, el elefante de mi memoria, me hará volver a ti indefenso, en el momento más inoportuno, cuando coma arroz un domingo, o un amor me huela a madera, o camine por prados de lavanda, o alguien queme barritas de sándalo. Y si un día, el más aciago, dejo de recibir el aroma de tu olor innombrable... me enterraré en mi cuello y lloraré tu despedida.
Empezó siendo amor a primer tacto. Cuando me agarraste el brazo en aquel ambulatorio, para tomarme una muestra de sangre. Cuando suavemente me tomaste de los dedos y los apretaste en un puño. En vez de hipnotizarme con el rojo escarlata, mis ojos no hacían más que seguir tus manos, latiendo en el émbolo, suplicándoles en silencio que volvieran a tocarme. Que volvieran a las mías.
Y días más tarde coincidimos en una cafeteria. Y enamorado como estaba de tu piel, todo mi cuerpo se vió arrastrado como un imán hacia tu lado. Y al reconocerme empezaste a hablar. Y supe que era amor a segundo oído. Te escuché divagar sobre el sistema sanitario, y en un salto mortal me empezaste a contar historias de tu mascota. Me volví loco por tu risa, y esas coletillas que te asoman en cada frase, y convertí mi mente en desfiladero donde el eco de tu voz se repitiera sin cesar en tu ausencia, para que nunca existiera el silencio.
Olvidé tu tacto y tu voz hasta semanas más tarde, en que te vi desde el balcón de mi casa. Fue el primero de los muchos atisbos que tuve de ti. Me he mudado a un piso en este barrio, me dijiste cuando coincidimos en el supermercado. Y tu rostro y tu cuerpo, que al principio no provocaron ninguna sensación en mí, empezaron a metamorfosearse ante mis ojos. Y reconocí el amor a tercera vista. Cómo no me fijé de entrada en tu forma de andar, despreocupada y jovial. O en cómo te bailan los ojos cuando hablas de Monet. O en tus facciones dulces y repletas de serenidad. En tu cuello esbelto y tus hombros suplicantes.
El amor a cuarto gusto ocurrió meses más tarde, en el salón de tu casa. Veíamos una película de Billy Wilder, y me besaste mientras Norma Desmond se preparaba para su primer plano. Y con banda sonora de Waxman, bebí de tu boca para calmar la sed húmeda que me atenazaba, y probé el sabor de tu piel y de tu sexo, lamiendo cada centímetro de tu cuerpo para memorizar sus concentraciones de sal, volviendo a tu boca a cada minuto como si me proporcionara un néctar del que nunca tendría bastante.
Hace más de un año que conquistaste mis cuatro sentidos. Un año en que se han ido rindiendo, izando la bandera blanca, llenándose de ti. Y mientras recorro la casa buscándote, encuentro el olor de tu arroz dominical en la cocina. Y me siento en el sofá enredado en tu bufanda, para oler tu perfume de madera, y cierro los ojos y creo que estás conmigo. Y en el baño me llegan vestigios de lavanda, como si estuvieras a mi lado sacudiéndote el pelo. Y de la solana surge el olor al sándalo que quemas mientras planchabas la ropa. Y en la cama saludo al aroma de tu piel, de tu sudor, de tu amor. Ese olor característico, tan tuyo, ése al que nadie ha puesto nombre. El olor que encuentro al enterrarme en tu cuello, dándome la bienvenida.
Y sé por fin que me has conquistado por completo. Que enamorando a mi olfato has echado abajo la última barrera que mantenía mi corazón invicto. Que encontraré otras caricias, y otras salivas, otros andares y otros timbres. Que quizá un día olvidaré los tuyos. Pero que mi olfato, el elefante de mi memoria, me hará volver a ti indefenso, en el momento más inoportuno, cuando coma arroz un domingo, o un amor me huela a madera, o camine por prados de lavanda, o alguien queme barritas de sándalo. Y si un día, el más aciago, dejo de recibir el aroma de tu olor innombrable... me enterraré en mi cuello y lloraré tu despedida.
Comentario:
qué placer es leerte! estoy emocionada...gracias por este momento Yarince, gracias
Comentario:
Leerte ha sido placer a primera letra!
Precioso, el valor de los sentidos, siempre relegados a dar prioridad a la vista :)
Precioso, el valor de los sentidos, siempre relegados a dar prioridad a la vista :)