y al séptimo día...
Ayer domingo me dediqué sólo a dormir. Hacía semanas que no dormía tanto. El sábado me acosté tardísimo, serían las siete de la mañana, después de una jornada inusual que incluyó alucinaciones, paranoias, misas, comida china y una noche de olvido que se convirtió en recuerdo. Me desperté y el domingo estaba a punto de despedirse, serían las cuatro de la tarde. Me hice un plato de pasta (espirales) al pesto, y para combinar con el color de la esperanza, me lo comí mientras veía por trigésima vez la versión del director de Tomates Verdes Fritos (el secreto está en la salsa). Hubo varias llamadas de teléfono que no atendí. Bajé a la máquina del aparcamiento a comprarme un helado. Saqué todas las plantas al balcón y las regué, antes de anochecer, para que el fresco de la oscuridad conservara la humedad de la tierra. Me acosté de nuevo a dormir una pequeña siesta. Al levantarme ya era de noche, y me asomé a la ventana a mirar a la gente que se retiraba buscando descanso. Llamé a casa de mis padres, para hablar un rato y saber cómo estaban. Después deambulé por la casa, y la encontré demasiado cargada de recuerdos. Sentí ganas de hacer limpieza y descargar un poco los lastres de mi vida pero no pude, el domingo no es buen día para aligerar el equipaje, es más bien tarea de miércoles. Limpié la cocina y ordené el dormitorio y el baño. Doblé la ropa. Salí a dar un paseo por el barrio, cogiendo un poco el aire, y acabé asediado por un musculitos que bailó conmigo la danza del cortejo y terminó su paseo esperándome en la caseta de entrada al aparcamiento. Volví a casa y me tumbé en la cama con los brazos cruzados tras la cabeza, la luz encendida, mirando el techo. Se oía un ruido rítmico, pero ni la curiosidad de descubrir su procedencia me hizo levantarme. Me fijé en el jarrón egipcio veteado que me trajo mi hermano en uno de sus múltiples viajes a Egipto, y que descansa vacío sobre la cajonera azul y blanca. Tengo que empezar otra vez a comprar flores. Antes era mi ritual del sábado por la mañana, levantarme y comprarle flores a la señora que se pone en los escalones del super de mi barrio, o cortarlas silvestres en el arcén de la casa que tienen mis padres en el norte. Recordé al ex con quien fui a cenar durante un año completo, casi todos los domingos por la noche, al italiano que hay a la vuelta de la esquina, y que a veces me sorprendía con plantas y ramos. Me encontré al camarero el otro día, ahora trabaja en el Corte Inglés, y me preguntó por mi ex, jodiéndome la tarde. Me desnudé sin incorporarme, apagué la luz e intenté coger el sueño, para que los recuerdos y el presente imperfecto terminaran su asedio. No sé si lo conseguí, pero tuve pesadillas.
Comentario:
los días de repliegue y esa lucidez meláncolica. quisieramos parar el cerbro pero él anda a su aire.
hay que darse descansos :)
hay que darse descansos :)