impresión

Al principio los cambios fueron sutiles. Un pie de foto con un número distinto, o un número de página elegido al azar. Erratas de segundo grado en un documento impecable que Raúl siempre achacaba al corrector ortográfico. Hasta que un día al imprimir el poema de El Golem, la impresora le devolvió una lámina fidedigna de un ser amorfo y esquivo con ojos de cosa.
Raúl quedó absorto, repartiendo su mirada entre la pantalla del ordenador, llena de letras de Borges, y la página reposando en la bandeja a su derecha, con aquella foto que veía por primera vez. Hizo entonces doble clic en el documento de texto del escritorio que había escrito esa misma mañana y mandó a imprimir la lista de la compra. Esta vez sí salieron letras negras. Pero al repasarla, descubrió que las líneas poco tenían que ver con las que él mismo había escrito. Incluía las bombillas que había olvidado apuntar, y que le urgían para cambiar las fundidas en el comedor. También añadía dos cartones de leche, con la acotación '(la de la nevera está caducada.)'. Y así, quince artículos más, y modificaciones varias en las cantidades que Raúl había estipulado al elaborar la lista.
Imprimió entonces una foto de su bautizo, tomada en el patio de la casa de la sierra hacía más de 30 años. Y en la copia revelada se enfrentó a él mismo y a sus tres hermanas, con su edad actual, y a un vacío que ocupaba el lugar de sus padres, fallecidos hacía cuatro años en un incendio. El patio ya no era un lugar de esparcimiento repleto con las macetas de geranios que cuidaba su madre, sino el comedor de una coqueta casa rural.
Raúl sintió sudores fríos recorriendo su nuca cuando abrió un documento nuevo en el procesador. Fijó el tamaño de letra en 100 puntos. Puso el bloqueo de mayúsculas. Aporreó el teclado con cuatro pulsaciones siguiendo la cadencia de un réquiem. D. I. O. S. Imprimir. La impresora cargó un folio en blanco y permaneció muda, con la luz parpadeante de recepción de datos. Raúl la miraba en silencio, a la espera del sonido de los cartuchos tinta desplazándose por el riel.
Comenzó un chirriar mudo bajo la tapa gris, mientras la tinta impregnaba frenética la hoja de papel, que avanzaba enseñando la lengua. Raúl contempló cada nuevo milímetro de papel impreso hasta que la familiar imagen se desveló por completo, reproduciendo la lámina fidedigna de un ser amorfo y esquivo con ojos de cosa.
"Si (como afirma el griego en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de rosa está la rosa
y todo el Nilo en la palabra 'Nilo'."
Jorge Luis Borges