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Bitácora de secretos
Apuntes de lo que nunca se dice, mis historias escondidas
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Soy un alma fantasma que vaga por este weblog. Que cuenta lo que pocos saben, y lo que nadie sabe de mí. Regalando el yo más íntimo a desconocidos que no tendrán la oportunidad de conocerme.
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quemaduras
flúor sanador

No suelo postear aquí relatos. Pero siento simpatía por mi protagonista, a veces creo entenderlo, y hasta me reconozco en alguno de sus perfiles. Por eso decidí dedicarle este espacio de mi blog.

Se lavaba los dientes frente al espejo, como todas las mañanas. Acababa de salir de una ducha candente que le había dejado prácticamente en carne viva, y parecía que de un momento a otro el calor haría entrar en combustión al albornoz recién lavado. Su blancura contrastaba con el carmesí de la piel y los bucles castaños que casi rozaban su cuello.

Afuera se oía el murmullo creciente de las calles, los autobuses con la algarabía sorda de estudiantes somnolientos y los furgones de los repartidores remoloneando el comienzo de la jornada. Los pájaros que anunciaron la aurora ya se habían callado. Todos los ruidos eran mecánicos, ninguno procedía de gargantas animales, ni siquiera humanas.

El bullicio se perdía gradualmente al entrar en aquel cuarto de baño. Aquella figura sonámbula, aún prendida de los restos de un último sueño, movía el cepillo en su boca con una lentitud ceremoniosa, con la mente distraída en la otra cara del espejo, con los gestos imperceptibles del objeto de un retrato. Sus pupilas dilatadas, descentradas, atestiguaban el merodeo de aquella cabeza por un mundo que no estaba alicatado en baldosines esmaltados.

El viaje terminó cuando la mirada se empequeñeció con la luz del día, que se coló traicionera por las cortinas echadas de su ensoñación. La bajó hasta la orquídea que se erguía hierática sobre el lavabo, en homenaje a la cara cansada de Clarissa Vaughan en su película favorita. Un pétalo se desprendió súbito de la flor, y cayó flotando hasta posarse en el mármol. Recordó a Jose despeñándose como un avión de papel sin alas desde la cornisa de un balcón hasta estrellarse en las jardineras de margaritas del asfalto.

Se sacó el cepillo de dientes de la boca y lo miró, recordando aquella tarde de su infancia en que se quemó por primera vez con una plancha. Le pareció oír la voz de su madre, mientras le aplicaba el ungüento blanco, diciéndole "si no hay pomada, una buena solución es usar la pasta de dientes, porque su color blanco se come el picor rojo de la quemadura." Dejó el cepillo a un lado y con la misma lentitud agarró el tubo de pasta. Con ternura y mimo, lo presionó sobre la orquídea hasta que cubrió la herida de savia con una tirita de nieve. 'Flúor para la flor,' pensó.

Como quien tiene un martillo, empezó a buscar clavos. Y aplicó una puntada de pasta sobre la marca granate que un ascua de cigarrillo le había dejado en el dorso de la mano. Fue entonces cuando abrió el albornoz, hasta dejar al descubierto el pecho. Lo tocó en la superficie del espejo. Y con trazo de acero dibujó en el hemisferio izquierdo de su piel un corazón de flúor, de un blanco impoluto sobre la dermis sonrojada. Sintió como aquella sustancia entraba por los poros en vuelo sin escalas hasta sus latidos, a la búsqueda de las quemaduras que le calcinaban las entrañas. Quizá su madre tenía razón, y en unas horas su corazón estaría tan limpio y fresco como sus dientes. Quizá la vida dejara de ir a cámara lenta y sus pupilas cesaran de dilatarse pensando en balcones.

Dejó el tubo en el cubilete, con el tatuaje del órgano blanco aún en su cuerpo. Sintió arder el corazón subiendo por la escalinata del dolor. Las ventanas de su mente se llenaron de flúor, y de fragmentos de papel mezclados con pétalos mecidos por un aire que soplaba desde la torre de los vientos de su memoria. Se agarró exhausto al borde del lavabo y volvió a mirarse en el espejo, con los labios tintados de su saliva de aspecto radioactivo. Abrió el grifo llenando sus manos de agua y las restregó en el rostro para sentir el roce de unas lágrimas de mentira en sus mejillas.

A su lado, en silencio, los pétalos de la orquídea se estremecían mientras aquel elemento abrasivo se mezclaba con la clorofila de sus estambres. Se retrajeron en sí mismos imperceptiblemente, cerrándole el paso, pero la marcha de su química era inexorable y mortal, porque ni las flores ni los corazones con caries tienen la resistencia del marfil.

De nuevo dirigió su mirada a la vasija donde reposaban sus útiles de aseo.

La ciudad había vuelto a dormirse. Los estudiantes apuraban los restos de su estudio en sus dormitorios, y los repartidores hacía horas que descansaban en sus apartamentos. Pero inexplicablemente, los pájaros de aquella calle seguían cantando. En la sólida oscuridad de la noche, los restos de un corazón desdibujado sobre un pecho descolorido, apenas se diferenciaban de la sangre que empapaba el gres y el albornoz blanco.

Aquel cuerpo cerraba los balcones de su dolor y las ventanas de su soledad tendido en un camposanto gélido, con el cortejo de una cuchilla de afeitar y el réquiem de unos jilgueros. Y como única corona en su pecho, a juego con su corazón desangrado, los restos abrasados de una ajada orquídea.
 
Comentario:
uyyyyyy....preciosooooooooooooooo.
Estos últimos días me está costando entrar en tu blog, además estoy de viaje, con lo cual peor...se extrañan tus letras cuando no puedes verlas. Un abrazo.
 
Comentario:
Siempre me pasa lo mismo, casi lo mismo, al leerte. Enmudezco.Me quedo sin adjetivos, sólo con sensaciones.
 
Comentario:
Im-presionante, Yarince.
¡Vaya relato! (¿Si te digo que he tenido el corazón en un puño hasta el fina, te lo crees?)
¡Uauuuu....!

Espero que tengas "piedad" de los que te leemos y nos dejes leer más.
Un beso y buen finde!

Saf;-))
 
Comentario:
escribes de maravilla.
No