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Bitácora de secretos
Apuntes de lo que nunca se dice, mis historias escondidas
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Soy un alma fantasma que vaga por este weblog. Que cuenta lo que pocos saben, y lo que nadie sabe de mí. Regalando el yo más íntimo a desconocidos que no tendrán la oportunidad de conocerme.
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rapsodia
Yarince completamente desnudo

Ya no sé qué hacer. Busco el tiempo de debajo de las piedras para escribir. Pierdo sueño, robo minutos a cualquier actividad para escribir. Tocar el teclado es como acariciar a un amante, y la pantalla se me aparece como una invitación a un mundo prohibido. Escribo con la misma pasión con la que juego a perderme en los cuerpos que quiero. Se está convirtiendo no en un sustituto, pero sí en una excitación compañera del sexo. No sé si este escribir desbocado me lleva a emular a un Bukowski disfrazado de Julio, o a dónde puñetas me estoy dirigiendo. Lo que sé es que escupo tantas palabras que se acumulan en los buzones de mi blog, en la lista de escritura, y no tienen tiempo de salir. Las guardo y pienso, mañana descanso y mando algo atrasado, pero no, llega mañana y no descanso. Sigo escribiendo. Mis dedos necesitan tocar letras para sentirse vivos. Hay aluviones de mensajes que se quedan viejos porque no me da tiempo a mandarlos. Tengo el ordenador lleno de pellejos.

¿Pero cómo no sentarme a escribir? ¿Cómo evitar venirme aquí, a este procesador frío y tajante, a intentar humanizarlo? ¿Cómo controlo este deseo desbordado de decir, de contar? Es tu obligación, me dice una gran amiga. Es un látigo, dice Capote. Yo digo que es mi contrición. Y así y todo, hay tanto que callo. Me muerdo mucho los dedos para no contar. Para no traicionarme, para no transparentarme. Yo, que quería contarlo todo, y se me quedan historias en las muñecas, bombeando para escurrirse por las manos. Me imagino que es el proceso natural. Sé que lo que callo acabaré por contarlo, en el futuro, con el rigor del tiempo y su desidia. Como he contado tantas cosas.

Hace más de diez años ahorré para poder ir a la temporada de conciertos. Sí, ya sé que parece una pirueta deslavazada que no tiene nada que ver con lo que contaba. Pero confiad en mí. Dadme tiempo. Pues ahorré para ver el Carmina Burana, un concierto de Mahler, un recital de Gershwin (su Porgy & Bess), la suite Iberia de Albéniz y tantos otros. Pero sobre todas las cosas, ahorré para uno en especial. Aunque os lo contaré más adelante.

Era la temporada de la sinfónica de mi ciudad, en un teatro cercano a donde vivo. Los conciertos solían ser los jueves o los viernes. Y siempre me vestía, como yo vestía en aquella época, con vaqueros (que aún persisten), camisa y chaleco (las camisas han dado paso a las camisetas y el chaleco aparece de forma muy ocasional). Pues allá me iba para el teatro. Yo solo, todas las veces, porque a todos mis amigos la música clásica les parecía un “peñazo”. Hace mucho que no dejo de hacer las cosas que me apetecen por no tener compañía. Viajar, ir al cine o a la playa, o al teatro o a un concierto.

Tenía su encanto ir solo. Me sentía especial. Observado con curiosidad. Llegaba a la plaza del teatro y me ponía frente a una de las esculturas más hermosas de mi ciudad, el resto de una máscara romana, de enormes labios y ojos ciegos. Me fumaba un cigarro mientras hacía tiempo para la representación. Y luego entraba, mirando a todos lados, empapándome del ritual de la música, de su ceremonia. Fue una temporada soberbia, y volvía a casa volando.

Ese concierto especial al que os hacía mención es la Rapsodia de Sergei Rachmaninov sobre un tema de Paganini. Mi rapsodia. Mi música. Esa pieza soy yo. La oí por primera vez con quince o dieciséis años. Fue como una sacudida. Nunca me había llamado la atención la música mal llamada culta, pero aquel piano me hizo una autopsia y me abrió en canal. Se convirtió en mi pieza favorita, quizá por ser mi primer amor, el que nunca se deja de oler. Años más tarde, en una película, me quedé boquiabierto al oir la rapsodia. La película era En algún lugar del tiempo, una comedia romántica con Christopher Reeve y Jane Seymour. Era la pieza favorita de los dos protagonistas. Me indigné. Sentí como si me la hubieran robado, como si Sergei la hubiera escrito sólo para mí, y aquel cineasta me la había arrebatado de los cajones más ocultos. Se me quitó rápido, y la película, dentro de su almíbar, aún me endulza, y recuerdo el paseo en barca cuando Richard le tararea la rapsodia a Eliza McKenna, una rapsodia que aún no ha sido escrita. Cuando ella pone la cara de ser la mujer más feliz del mundo, delante de una cámara, posando para un retrato inolvidable. Y no puedo dejar de mencionar la música de John Barry, que reprodujo de forma fabulosa el sentimiento del adagio de Rachmaninoff.

Os podréis imaginar mi cara cuando vi en el programa de la temporada que interpretarían la rapsodia. El solista de piano era una joven promesa de mi isla. No podía faltar bajo ningún concepto. Ese día bajé del proverbial gallinero y me instalé en uno de los palcos. Por supuesto, a la izquierda, para poder ver las manos acariciando las teclas del piano. No me fumé el cigarro de costumbre en la máscara, porque tenía que entrar antes de que llegara nadie al palco, para poder sentarme en la primera fila. La rapsodia era la última obra del programa de aquel jueves. No recuerdo las demás, sino la espera.

Fue maravilloso. Aún recuerdo los carraspeos y el silencio, segundos antes de que la orquesta al completo ascendiera. Dicen que uno al morir repasa su vida, y yo quiero ver mi cara cuando empezó a sonar mi pieza, interpretada sólo para mí, una sola vez, irrepetible. Cuando aquel teatro se llenó de mí, pintado con aquellas notas. De mi caos, de mis subidas y bajadas, de mi furia, de mis contradicciones, de mi duelo. Todo mi cuerpo respondía a la música, como si yo mismo fuera un instrumento. El vello, la excitación incluso sexual, el mareo, el vértigo, los olores intensos de clavo y naranja. El sabor salado.

Llegó el minuto quince de la rapsodia. El adagio. La orquesta fue quedando en silencio. Reposaron los arcos y las manos descansaron en trastes y muslos. Y se quedó sólo el piano. Y el Yarince asustado, el vencible, el desenmascarado. El Yarince de la ternura, el expectante. El hombre solo. Todo mi cuerpo se aflojó, como si fuera a desmadejarme de un momento a otro. Me escalofrié, y cuando todo el cuerpo de violines se unió al tema de mi alma, se me cristalizaron los ojos y fui feliz. Pensé que no era un extraño. Al menos Rachmaninov y aquellos músicos sabían quién era. Yo estaba inmortalizado en las notas de una rapsodia.

No recuerdo mucho más. Sólo que la gente que compartía el palco conmigo, mientras salía apresurado tras aplaudir hasta dolerme las manos, me sonrieron. Y que no sé cómo volví a casa, ni por dónde, pero venía tarareandome. Recuerdo que quise escribir sobre aquel episodio, pero había sido tan intenso que me superaba.

Tengo todas las versiones de la rapsodia que he podido acumular. La mejor, la de Ashenatzky. Hoy me terminó de bajar, después de una larga espera, el video de la interpretación de Mikhail Pletnev. Acabo de grabarla y verla en la tele. Y ha sido como hacer una regresión diez años atrás. Las mismas sensaciones, el mismo placer. La misma soledad.

Hoy no estaba en el teatro, sino en casa. No puedo volver volando por las calles de la ciudad, ajeno a los transeúntes, tarareandome. ¿Cómo no sentarme a escribir? ¿Cómo no contaros la experiencia? ¿Cómo no cantarme como mejor sé hacerlo, con mis letras? Hoy durante veinticinco minutos, he vuelto a sentir aquella felicidad infantil. Y puedo escribirla. Aquel escalofrío que se escapa de lo racional, que desencadena sólo la música, el arte, los primeros y los últimos besos. Hay muchas maneras de hacer el amor. Y a mí, quien mejor ha sabido hacérmelo, es la música. Y mi amante más longevo, y también el más intenso, ha sido la rapsodia sobre un tema de Paganini.

PD. A vosotros os regalo a Yarince. Al resto del mundo le regalaré el relato de una mujer amada por la música.
 
Comentario:
Me asombra... como llegas a tocar... La Belleza... tan facilmente.
Un beso,

S
 
Comentario:
La música siempre me ha hecho sentir de manera especial las emociones, como lor olores, las canciones y melodias le transportan en el tiempo a ese pasado que el tamiz de los años irremediablemente me devuelve de manera idilica.

Nunca dejes de escribir, queguerro yarince, sería una gran perdida.
 
Comentario:
Yo me dije en màs de una ocasiòn que no volverìa a escribir.

Afortunadamente (para mì), me mentì...
 
Comentario:
Es la primera vez que paso por aquí...me ha encantado como escribes.
 
Comentario:
Gracias por tu regalo.
Lo has transmitido con tanta fuerza que he estado contigo en ese palco del teatro y tu rapsodia me ha cautivado.
Besos
 
Comentario:
Te leo y te releo...qué placer el de tus palabras...trato de escoger una frase y no puedo, y vuelvo a releerte..."mis dedos necesitan tocar letras para sentirse vivos"...los míos también...y tocar letras como las tuyas me hacen feliz...En tu honor, en honor a tus letras, suena Paganini en mi mañana...
 
Comentario:
muchas gracias Yarince, me admira tu capacidad de escritura y creación.
No