tránsitos

Hay varias razones por las que no me apetece hacer este viaje de trabajo. Y una de ellas es que no podré publicar ningún artículo en este blog, ni en la lista de escritura. Se ha convertido en una costumbre pasar un rato al día en el ordenador y escribir. Casi podría decir que una necesidad.
Pero estaba hace un rato asomado a la ventana, tomando el fresco y fumándome un cigarro, y miré la gente que esperaba en la parada de autobuses (si alguna vez se me escapa guagua, que en realidad es la palabra que siempre uso, no me perdonéis y entended lo que quiero decir). Había un chico sentado en el chaflón, apuntando algo en un pedazo de papel. Y se me ocurrió una cosa que alivia esta desazón. Podré escribir en tránsito. Podré sentarme en una butaca de plástico, solo, lejos de las puertas de embarque, y escribir historias en cuatro aeropuertos de distintas ciudades, en tres países diferentes. Podré usar cuartillas de un bloc y utilizar un bolígrafo, costumbre tan poco habitual en los tiempos que corren. Podré apoyarme en el libro que llevaré para acompañarme, y que elegiré mañana por la tarde rebuscando en las ediciones de bolsillo de la librería de la esquina. Podré escribir tras tirar fotos apresuradas que colgar después en la web. Podré volver con una crónica de momentos, o de historias inventadas en el suelo de Grecia. Y podré contároslas el miércoles. O podré volver sin haber escrito una palabra, pero parto de casa con la promesa de poder escribirlas. Y a veces la simple promesa de algo, es algo en sí misma.
Ya son dos promesas que me llevo. Y tanto si escribo como si no, tanto si hay complicidad como si no… que me quiten lo bailao. Y el miércoles, en cualquier caso, se habrán acabado las incertidumbres.





