vainas
Hace un rato me acerqué a casa de mis padres. Quería dejarles unos duplicados de las llaves de mi casa, por si les hacen falta por la razón que sea, y devolverles una peli que me prestaron. Ellos no estaban, pero todos los hijos tenemos copia de la llave. Pues cuando volvía a mi apartamento, a seguir haciendo la maleta, pasé por la Capitanía General. He visto tantas veces ese edificio que ya se le ha quitado la carga ‘militar’ que tiene. Ni siquiera me sorprenden los soldados haciendo guardia, ya forman parte del paisaje. Esa es la tragedia de la violencia, que se asume.
El caso es que, mientras caminaba por esa calle, vi en el suelo las ramitas. No sé qué árboles hay allá dentro, pero asoman por los muros y dependiendo de la estación dejan caer a la acera una especie de vainas secas, de color marrón oscuro. Vienen colgando de un palito, y a veces parecen racimos de uvas malogradas.
Cuando era pequeño y volvía del colegio, recuerdo subir esa calle haciendo eses, pisando todas las ramas que me encontraba. El crujir que hacen al estallar bajo los pies es fantástico, como si cascaras mil nueces. No sé cuándo dejé de pisarlas, pero hace muchos años que no me percato de ellas. Hoy algo me hizo acercarme a aquella vaina y pisarla. Y en una regresión salté entre las baldosas para pisarlas todas. No quedó una vaina intacta en la calle. El soldado me miraba como si me hubiera vuelto loco. Y no se daba cuenta de que no era un hombre adulto el que bajaba la calle bailando, sino un chiquillo gordito con camisa amarilla que volvía del colegio.
El caso es que, mientras caminaba por esa calle, vi en el suelo las ramitas. No sé qué árboles hay allá dentro, pero asoman por los muros y dependiendo de la estación dejan caer a la acera una especie de vainas secas, de color marrón oscuro. Vienen colgando de un palito, y a veces parecen racimos de uvas malogradas.
Cuando era pequeño y volvía del colegio, recuerdo subir esa calle haciendo eses, pisando todas las ramas que me encontraba. El crujir que hacen al estallar bajo los pies es fantástico, como si cascaras mil nueces. No sé cuándo dejé de pisarlas, pero hace muchos años que no me percato de ellas. Hoy algo me hizo acercarme a aquella vaina y pisarla. Y en una regresión salté entre las baldosas para pisarlas todas. No quedó una vaina intacta en la calle. El soldado me miraba como si me hubiera vuelto loco. Y no se daba cuenta de que no era un hombre adulto el que bajaba la calle bailando, sino un chiquillo gordito con camisa amarilla que volvía del colegio.





