espíritu olímpico

Ya estoy en Atenas. En un aeropuerto que disfrutaré mucho, porque tengo que pasar aquí tres horas. Aunque me quedé blanco cuando vi los paneles de información. Menos mal que cada diez segundos, los traducìan en caracteres legibles para mí. Pensaba coger el tren rápido que va a la capital para hacer realidad uno de mis sueños: visitar la Acrópolis. Pero me temo que es imposible. Tengo que esperar a que abran los mostradores de facturación, y no me quedará tiempo suficiente (la ciudad está a media hora de camino). Así que escribiré un poco, y seguiré acariciando ese sueño, que seguro haré realidad desde que pueda. La visión desde el avión de la miríada de islas griegas es un espectáculo que me volverá a la cabeza cada vez que planee un viaje.
Está todo impregnado de Olimpiadas. De azules y coronas de laurel en los carteles luminosos. La cola para comprar en el Olympic Store es aún mayor que la de embarque. Yo escribo desde un banco en el exterior del aeropuerto, para poder fumar a gusto y no saciarme de esta aglomeración que es el terminal de salidas.
Por todos lados pululan mimos con las caras pintadas de azul y blanco, y unos enormes gorros azules de terciopelo. Llevan una especie de raqueta que te enseñan sonrientes cuando pasas a su lado, con mensajes como “feliz viaje”, o “espero que lo hayas pasado bien.” Una chica vestida con el mismo atuendo (pero ésta hablaba), ha venido para ver si la dejaba pintarme en el brazo un tatuaje de agua. Me resistí al principio, pero su gran sonrisa y sus ojos me impidieron decirle que no. Una cortesía de Atenas que me durará hasta que me duche.





