Quienes aterrorizados advirtieron desde aquella azotea la devastación total, percibían con estupor la presencia de Karen. No podían creer que de aquellas aguas malditas renaciera esta mujer, esta Ave Fénix que surgía de las cenizas como pájaro mítico para ofrecer esperanza ante tanta muerte y destrucción. La miraban estupefactos, querían ayudarla, asegurarse de que pudiera sobrevivir. Karen tenía la vista nublada, trastabillaba, no paraba de gritarle a Jacobo.
"Leave him", "leave him", le gritaban desde la azotea del edificio al constatar que ella trataba de jalar una sábana. Quizá ya no era para hacerle un torniquete al hombre que estaba a su lado, sino para cubrirlo y darle un respeto final. Ella entendió que debía irse. Dos jóvenes alemanes, atrás de una barricada de despojos, le indicaban cómo salir. Le señalaban el techo de un bungalow y el resto del trayecto que debía seguir para lograr alcanzarlos. Paso a paso, fue abriéndose camino.
Llegó a sentir que entre los escombros pisaba cuerpos aún calientes. Deambulaba temerosa, espantada. Jacobo, Jacobo, insistía. Quería que donde quiera que él estuviera, supiera que ella lo llamaba, que estaba cerca. Seguía a pie juntillas las indicaciones de los alemanes, pero tropezó con el vidrio de una ventana. Éste se hizo añicos y ella cayó más de medio metro, hiriéndose aún más. Su vida seguía pendiendo de un hilo, sobrevivir parecía una quimera.
El temor de los vivos era que el iracundo mar regresara insatisfecho. Karen se puso en manos de este par de alemanes. Su intención era ascender, alejarse del océano, elevarse hasta la cima de la montaña para ponerse a salvo. No parecía fácil. Había que colgarse de los edificios en ruinas para ir saltando de uno a otro. Karen ya no tenía fuerzas, pero no se dejaba morir. Hacía lo que le pedían.
En un edificio maltrecho, vio al segundo muerto, un hombre sepultado por una placa de cemento. Ya no quería ver más; era ése sólo el principio. Nadie conocía a ciencia cierta la magnitud de la tragedia. Saltaba por inercia, entre balcones, azoteas y despeñaderos. Sus guías, que presenciaron ilesos el tsunami, insistían que el maremoto no tardaría en replicar. Perdieron casi todo, papeles e inocencia, pero ellos tenían la esperanza intacta. Karen sólo pensaba en Jacobo.
Yo que era cobarde e insegura, ahí entre muertos y precipicios se me quitaron todos los miedos. Ni ella misma sabe de dónde sacó las fuerzas para soportar tanto dolor. Los jóvenes alemanes, musculosos y arremetidos, no cejaban. Su objetivo era ascender. Al llegar a un peligroso despeñadero, constataron que Karen, malherida, no lograría saltar. Decidieron sostenerla entre ambos en una silla tambaleante, así cruzaron el abismo. Ya luego, con maderas que fueron hallando a su paso, improvisaron vacilantes puentes. Trepaban como hormigas, nada los hacía flaquear. Alcanzaron una pendiente de lámina, el techo destrozado que perteneció a alguna vivienda. La usaron como rampa. Karen iba descalza. Al pisar la lámina hirviente, se quemó las plantas de sus pies. Una llaga más.
Para entonces, un tailandés ya se había unido al grupo. Las señas fueron igualmente útiles para expresar el desconsuelo. Karen, adolorida, cansada y desesperada, no quería ya seguir. La arena y el agua tapaban todas sus cavidades, sentía ahogo, veía y escuchaba poco, perdió la fuerza. Por primera vez temió que Jacobo estuviera muerto. Cómo podía ella salvarse sin su marido, cómo podía sobrevivir sin él. No quería ya dar un paso más. Ahí se quedaría.
Sus salvadores, de quienes hoy lamenta no recordar ni siquiera su nombre, le insuflaron esperanza. Insistían que Jacobo seguramente viajó como ella entre las olas, que seguramente estaba tratando de sobrevivir en algún otro rincón de Phi Phi. Optó por creerles, por hacerle un nudo ilusorio a la cuerda del desconsuelo.
Eran quizá las 11 de la mañana, el sol todavía no llegaba al cenit. Hacía tan sólo dos horas, ella y Jacobo desayunaban plácidamente. ¿Despertaría de la sofocante pesadilla? Se recargó en un tambo saturado de agua salada. El calor era infernal, el silencio escalofriante. Los dos alemanes y el tailandés estudiaban la zona y decidían cómo seguir. Sólo de vez en vez se escuchaba la voz herida de alguna víctima o el lamento ardiente de quien sobrevivió. Abotargada, pensó que moriría de un infarto.
A medida que ascendían, podían ver la zona devastada. El paraíso era fango y horror, montañas de escombros, bosques de muertos. Karen seguía gritándole con desesperación a Jacobo. Le hacía promesas a Dios, sería más piadosa, más apegada a los preceptos de la religión, iría contra sí misma si fuera necesario, sólo anhelaba encontrarlo.
A lo lejos vieron venir una nueva ola, implacable. Sin duda, era una réplica. La distancia impidió que el agua los alcanzara. Temían la tercera ola, más fuerte aún. El pánico y la adrenalina eran freno y motor, el calor y la sed eran ya insoportables. Por todos lados surgían más montañistas, escalando sin rumbo, cada uno inventando su ruta, de un edificio a otro abrían sendas que improvisaban con frágiles varas de madera.
Karen recuerda a una joven desnuda, tambaleándose, asustada, que cubría sus senos con un pequeño backpack. Estaban inmersos en una jungla de salvajes, perdieron su humanidad. Cobró ella conciencia de su propio cuerpo. Tenía puesto sólo su bikini con estampado de tigre, su piel estaba llagada de sol, dolor y mar. A su paso encontró un tendedero. Tomó unos shorts azules de fútbol, una playera roja con el instintivo "staff" y unas enormes chanclas de plástico. Prendas que quizá ya nadie reclamaría. Ese sería su uniforme, sus únicas pertenencias en los días subsecuentes. Con otra playera se hizo un torniquete en la rodilla. Seguía sangrando.
A falta de más edificios a la vista, sus líderes decidieron ascender trepando palmeras, como monos salvajes. Los insectos y los millones de mosquitos de esa tupida maleza parecían tener un banquete con la sangre coagulante de sus heridas. Había que seguir. Las pocas construcciones que ahora encontraron parecían acartonadas, pero estaban intactas. Modestos hogares de tailandeses en la montaña que contrastaban con los bellos bungalows de la zona turística.
Justo en ese preciso momento alguien gritó: "Viene la tercera ola". El pánico cundió y los pobladores comenzaron a correr, era un avispero de almas despavoridas. Pensando que sus amigos alemanes habían subido por una escalera, Karen tomó ese rumbo. Ahí encontró un bar. Algunos se aprovechaban de la tragedia para robarse la bebida. Sólo una mujer negra lloraba desconsolada; otros, distantes, se empinaban con cinismo las botellas de alcohol y fumaban alucinados.
Karen tomó dos botellas de agua y siguió a las hordas que cruzaban una pared rota hacia la jungla tropical. Se aferró a una liana. Sus fuerzas mermaban. Se le resbaló una chancla, perdió el equilibrio y comenzó a rodar más de dos metros al vacío. Unos travestis tailandeses la escucharon caer de bruces. Hombres con busto, maquillados de mujer. Le aventaron una cuerda y poco a poco logró subir. Exhausta, llegó nuevamente al bar. Ya no había ningún occidental, solo tailandeses. Desconsolada, se sentó a llorar por vez primera. No tenía a quién seguir. Perdió a Jacobo, perdió también a sus amigos alemanes, perdió la esperanza de vivir. Eran apenas las doce del medio día y estaba sola, más sola que nunca.
Continuará...
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EL INFIERNO
A las 9 de la mañana del 26 de diciembre, sonó la palm que usábamos como despertador. Jacobo no se quería despertar, yo lo empujé de la cama. Después de casi tres semanas de viaje, al fin iba yo a poder desayunar un buen plato de frutas. Teníamos pagado el buffet de desayuno, y lo retiraban a las diez. No podíamos faltar. Estaba ya harta de la comida oriental y de desayunar pizzas, sopas Maruchan y papas de cebolla que comprábamos en los Seven Eleven, cadena comercial que prolifera en Asia.
Fue ése el despertar de la pareja el día fatídico. Después del almuerzo frugal, caminando de regreso a su bungalow, quizá a las 9:40 de la mañana, Karen constató que la marea que ella vio distanciarse la noche anterior, estaba ya en su sitio. Jacobo dijo que quería aprender a bucear, iría luego a informarse. Al regresar a la cabaña, él se metió al baño, Karen se recostó. Se había puesto su pareo al revés, sobre el bikini, y éste comenzó a picarle. La comezón la levantó de la cama.
Aunque le tiene fobia a los gatos, se le ocurrió buscar a una gatita que la noche anterior se paseaba con sus crías frente a su terraza. Al asomarse vio a mucha gente correr, alejándose del mar. Una barra de bar, justo frente a su cuarto, le obstaculizaba la vista del horizonte. Los gritos eran ensordecedores. No entendía. En ese instante, escuchó una explosión como si un jumbo se hubiera estrellado contra la isla o como si una bomba hubiera detonado sus explosivos en el mar. Karen le gritó a Jacobo: "Corre, la gente está huyendo, no sé que pasa".
Alcanzaron todavía a salir. Para tener visibilidad, saltaron al bungalow vecino. Karen ya no alcanzó a mirar atrás. Se enfilaron al pasillo para alcanzar la otra costa. La última imagen que recuerda haber visto es la de un mundo de gente corriendo, atiborrándose entre las cabañas, queriendo llegar al otro lado.
Ella nunca vio que la marea se alejara, o el arribo de la mortífera ola. Sólo registró en su memoria a una señora, que hubiera podido ser su madre, parada en la barda de su terraza, gritándole con desesperación a su esposo y siendo estampada por la fuerza del mar contra las paredes del bungalow.
El tsunami no dio tregua. La ola había viajado en mar abierto a más de 900 kilómetros por hora, desde que había sido desplazada por un temblor submarino, y llegó a estallarse con menor velocidad y mayor altura en las costas de la isla. Tanto los que vieron el frente de la destructiva ola, como los que no tuvieron tiempo de tasarla, igualmente fueron succionados por ella.
Antes de llegar al PP Princess, el último de los hoteles en la playa norte, la cortina de agua que entró por Loh Dalum Bay ya había arrastrado a todos los turistas que estaban en la playa. Sorprendió a los huéspedes del View Point, Pavillion y Charlie Beach, inclusive a los que aún dormían plácidamente en sus camas.
Nadie sabía que la ola sísmica había ya entrado por el sur, y le llevó sólo unos segundos revolver sus aguas con la otra ola gigantesca que luego entró por el norte. Así, quienes lograron huir de la mortífera cortina de agua de un lado, chocaron con quienes desesperados corrían del otro. Todos finalmente fueron acosados, no hubo escapatoria.
Karen y Jacobo fueron de los últimos en salir corriendo, quizá los últimos. La gente adelante de ellos ya estaba luchando con las fauces del agua, muchos de ellos ahogados. Antes de que sus pies dejaran el concreto para comenzar a rozar la arena, Jacobo abrazó a Karen. El gigante muro de agua, veloz e iracundo, así los alcanzó.
Comenzamos a revolcarnos juntos. Jacobo me pellizcó mi brazo izquierdo, luego se soltó. Era imposible seguir abrazados, la presión era inaudita, tratábamos de llegar a la superficie, respirar. Con mi mano derecha yo lo buscaba, con la izquierda intentaba salir. Volteé mi mano hacia atrás y lo toqué. Estoy segura que lo toqué. Fue la última vez.
La fuerza y velocidad del agua eran fulminantes. Karen se revolcaba en posición fetal, se sabía sola. Junto a ella, lacerándola, pasaban techos, ladrillos, paredes, vidrios, seguramente cuerpos, un mundo que buscaba esquivar y que no era capaz ni siquiera de reconocer. Quería respirar, quería salvarse. Jacobo, una noche antes se lo había pedido -quiero que te cuides, no podría soportar el dolor de perderte-, y esas palabras reverberaban en su mente.
Pasó una eternidad bajo el agua y, cuando estuvo a punto de morir ahogada, su vida comenzó a proyectarse en flashazos en el interior de su mente. Todo era vertiginoso: su sobrino, hijo de su hermana, un pequeñito al que adora y que justamente ese día cumplía dos años, la saludaba, ¿era un adiós? Jacobo la miraba amoroso, le ponía en su dedo índice el anillo de compromiso. Uno a uno, los invitados llegaban a la boda. Los mismos asistentes, igualmente trajeaditos, arribaban ahora al sepelio de la novia, se despedían. Sus padres echaban tierra sobre su cuerpo.
Karen intentaba evadirse del luto, de la muerte. Pensaba: no lo puedo dejar... anoche se lo prometí... no puedo morirme. Cuando ya no podía más, comenzó a dejarse ir. En ese preciso instante, con tres o cuatro segundos de vida más, después de haber pasado más de dos minutos bajo el agua, milagrosamente logró sacar su cabeza. Jadeó, respiró profundamente.
Un instante después ya estaba nuevamente luchando bajo el agua, deglutida por el mar embravecido que cobraba más y más víctimas. Con los ojos bien cerrados, como si ella supiera que sólo así protegía su vista del infierno, Karen siguió suspendida en un incierto limbo de volteretas, pesadumbre y angustia. Sola en la inmensidad del mar, no entendía qué clase de ola era ésa, pero, después de haber podido respirar, comenzó a tener la sensación de que se salvaría.
Pasó cuatro prolongados minutos bajo el agua, con una compasiva interrupción intermedia donde inhaló cálido oxígeno. Karen finalmente salió. La ola la dejó suspendida, de espaldas al mar, sobre escombros que bajo sus pies culminaban en un suave colchón. Estaba a cerca de cuatro metros de altura de la playa misma, y como a medio kilómetro de donde el tsunami, la ola del puerto, la recogió. Abrió por vez primera sus ojos, respiró exaltada y comenzó a gritarle a Jacobo. Sus angustiosos gritos no cesaban: "Jacobo... Mi amor... ¿Dónde estás, Jacobo?... No me dejes sola... Jacobo... Mi vida... Jacobo".
Sólo el cínico rugido del mar, lograba acallar sus desesperados lamentos. Su clamor era tan intenso que tardó unos segundos en poder escuchar a un hombre, a su lado, que gemía pidiendo ayuda. Entre vidrios rotos, techos de bungalows, puertas y vigas de madera, trozos de concreto que unos minutos antes fueron pared y cobijo, había un joven de 25 años con el rostro desgajado, no tenía un ojo y su cara estaba tan tasajeada que la marea, al descender, se teñía de rojo. Desde el tobillo hasta la cadera tenía una herida a flor de piel, el hueso estaba desnudo. El joven se desangraba. Karen intentó desatorar una sábana de entre los escombros, ésta no cedía. No había ni un pedazo de tela para hacerle un torniquete, no había forma de salvarlo. "Help me, I´m dying". Ella, desesperada, también en shock, trató de tranquilizarlo: "Were you alone?" "No, with my girlfriend", respondió jadeante. "Help me, help me". Murió a los pocos instantes. Ahí, junto a ella.
Sólo hasta ese momento se atrevió voltear a mirar su propio cuerpo. También estaba herida, la sangre escurría por todas las rajadas, cerca de una decena entre el tronco, los brazos, dedos y ambas piernas. En su rodilla izquierda se alcanzaba a ver la rótula, pero podía moverla. Nada parecía estar roto.
El mar a la distancia lucía tranquilo, sosegado, una tina esmeralda. Ya había destrozado, desgarrado las entrañas del mundo. Ahora parecía descansar. Maldito, hipócrita, te odio, le gritaba Karen al manso océano, mientras se desgañitaba llamándole también a Jacobo. Tuvo entonces pánico que pudiera venir otra ola. Miró hacia la isla, desgajada y pestilente. Los caños se habían roto, el olor comenzaba ya a ser nauseabundo. Junto a ella había miles de peces y moluscos muertos, los humanos estaban enterrados bajo desechos, cascotes y montañas de arena. Karen alzó la vista y sobre la azotea de un edificio de tres pisos, no muy lejos, detectó que había unas doscientas personas gritando, gesticulando aterrorizadas. Algunos más, en un edificio más bajo, le llamaban a ella.
Continuará...
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LAS DESPEDIDAS
Karen odia el mar, es marinera de tierra firme. Al llegar al puerto de Phuket la mañana del 25 de diciembre, Jacobo y ella se informaron que el viaje a Phi Phi en lancha particular, con no más de quince personas, duraba una hora y media; a diferencia del ferry, más barato y para 200 pasajeros, que demoraba tres horas en recorrer los 48 kilómetros de distancia entre ambas islas.
Contabilizando el tiempo de posibles mareos, decidieron limitar el viaje al mínimo. Optaron por la lancha, aunque en ella no cabría todo su equipaje. En el muelle dejaron encargadas un par de maletas para el regreso. Ahí en Phuket se quedó lo poco que sobreviviría a la luna de miel y que hoy Karen guarda con un celo profundo: un llavero en forma de corazón, souvenir de China, baratísimas copias de bolsas de marca que compraron en Hong Kong, las filacterias de rezo de Jacobo, la única foto que sobreviviría de la luna de miel y que les tomaron en Shangai, chamarras invernales y un par de pijamas.
La lancha en la que viajaron, pequeña e inestable, se movió mucho más que el ferry. Karen pasó el viaje vomitando. Al llegar, quizá anticipando lo que hubiera podido decirle a Jacobo la siguiente mañana, ella pronunció una frase lapidaria: "Creo que hoy es el peor día de mi vida".
La lectura de los sucesos, irremediablemente está condicionada por lo que luego sucedería. Karen piensa, por ejemplo, que Jacobo se despidió de todos sus seres queridos. Unos días antes, desde Shangai, sólo él pudo comunicarse a México y curiosamente encontró a su familia reunida. Habló con todos.
Luego, el día 24 de diciembre, en un café internet en Phuket, se sentó a escribirle un mail amoroso a Karen y un cariñoso recuento del viaje a sus amigos, mensajes que, en casi todos los casos, fueron recibidos cuando Jacobo ya había muerto.
A diez destinatarios, entrañables y cercanos, les escribió: "Hola a toda la banda, como están, espero que bien, nosotros estamos en Phuket, Tailandia, y mañana salimos hacia Phi Phi island esta todo de poca madre, la estamos pasando increíble, la huevita esta sabrosa, espero que me contesten este mail con buenas nuevas de todos y mándenle mis saludos a sus esposas y novias y a todos los demás que no tienen mail. Saludos cuídense Jacobo y Karen Hassan P.D. feliz hanuka, navidad, año nuevo".
En ese mismo café internet, al abrir su correo electrónico se enteró de algo que, piensa hoy Karen, quizá hubiera podido modificar su destino. Guillermo, el agente de viajes, le escribió que temiendo que los hoteles de Phi Phi no respetaran las reservaciones porque la isla estaba atiborrada, pagó las noches de hotel en el PP Princess. Señalaba que tuvo el atrevimiento de usar el número de la tarjeta de crédito de Isaac, el hermano de Karen. Esperaba que no se molestaran por no haberlos consultado. Jacobo entró en cólera. ¿Con qué derecho había cargado su habitación en una tarjeta ajena? Karen lo calmó: "No te enojes, nos garantizó el cuarto".
Es posible que si no hubieran pagado de antemano, dice ella, hubieran tenido que regresar a Phuket la noche previa al devastador tsunami. Hoy, todo son suposiciones. La cita con el destino estaba ya pactada.
EL PARAÍSO PHI PHI
Phi Phi, cuyo nombre deriva del término malayo para isla, es el término con el que se designan seis minúsculas islas declaradas Parque Nacional en 1983, colmadas de manglares y en su mayoría deshabitadas: Phi Phi Don, Phi Phi Ley, Bida Nok, Bida Noi, Koh Yung y Koh Phai. El desarrollo turístico se limita sólo a Phi Phi Don, una isla de no más de 8 kilómetros de largo y 2.5 de ancho que, vista desde las alturas, asemeja una voluminosa pesa, como las que usan los fisicoculturistas. Dos circunferencias de verdes colinas arrugadas, tapizadas de exuberante vegetación, están unidas por un estrechísimo istmo de arena blanca, que abraza por el norte la bahía Loh Dalum, y por el sur la bahía Tonsai, formando dos playas privadas con piletas de transparente agua esmeralda y preciados arrecifes de coral.
Esa franja de arena, denominada "el village", donde había una decena de hoteles con bungalows a pie de playa, es tan angosta que, si se pateara con fuerza un balón de fútbol, éste podría llegar de una costa a la otra. Cuando el tsunami entró por ambas bahías, primero por la del sur, y luego rematando con otra monumental ola por el norte, arrasó con casi todas las construcciones de esta franja paradisiaca. Inclusive con el mercado central y algunas de las flexibles palmeras.
Sólo sobrevivieron los escasos hoteles en las altas colinas, donde había cabañas salpicadas entre la lujuriante vegetación tropical, sobre densas plantaciones de cocoteros y árboles de caucho. Algunos de quienes ahí se hospedaron, ni siquiera se enteraron que en las costas acababa de suceder un infierno.
EL ARRIBO
Karen y Jacobo llegaron a Phi Phi alrededor de las cinco de la tarde del 25 de diciembre. Al arribar al muelle, constataron que no había coches, bicicletas, ni ningún medio de transporte público. Arrastrando las maletas, caminaron al PP Princess. El calor era insoportable, alcanzaba los 40 grados celsius. A Karen, por ser compradora compulsiva de baratijas chinas y tailandesas, copias de lo inimaginable, era a quien más le tocaba cargar.
El recepcionista del hotel les contó que Phi Phi, por vez primera en su corta historia, estaba a reventar: seis mil turistas se sumaban a los seis mil tailandeses locales. Caminaron cerca de diez minutos para llegar a su bungalow. De entre la centena de cabañas que tiene el hotel, les tocó la número 18, la última del lado norte. Curiosamente, 18 significa vida en hebreo, y ellos, al llegar, así lo constataron.
El paisaje era tan espectacular que se congratularon de estar en Phi Phi. Para admirar la puesta de sol, se tiraron en la playa y desempolvaron sus libros: ella, uno de Sidney Sheldon, él una novela de Danielle Steel. Junto a ellos, unos jóvenes jugaban gozosos al fútbol. La marea parecía bajar; el atardecer era sublime.
De repente, sin mayor preámbulo, Jacobo empezó a filosofar. Era insólito, no era su estilo. Le cerró el libro a Karen y le dijo: "Sabes, bebush, si algo a ti te pasara, yo me moriría". A Karen la desconcertó. "¿De qué hablas?" "No sé -continuó-, pero quisiera morirme junto a ti". "Ya Jacobo. No me eches ese rollo, sabes que hablar de la muerte me da pánico. Yo también estoy feliz contigo". "No importa Karen, escúchame –insistía él–, quiero que te cuides, no podría soportar el dolor de perderte".
Era una conversación que pudo pasar al olvido. Era fruto del gozo, de la paz de estar juntos, de amarse y festejar la suerte de coincidir en el tiempo, de estar vivos en un paisaje magnificente. Era finalmente producto del temor al futuro incierto. Tan incierto que tan sólo a la mañana siguiente, Karen, haciendo uso de la memoria, caprichosa y selectiva, empalmaría nuevamente los capítulos para darle sentido a su vida.
Continuará...
Fuente: Reforma.com
Ésta historia verídica se divide en 7 capítulos y me pareció tan intensa que he decidido transcribirla para Ustedes, espero que no me meta en un problema de derechos de autor.
Y empieza así:
EL INTEMPESTIVO TSUNAMI DE KAREN
Cuando Jacobo y yo soñábamos con el futuro -creyéndonos dueños del mismo-, pensábamos tener una casa con dos perros, dar a luz a cuatro adorables hijos y, empalagosos como éramos, abrazarnos hasta la eternidad.
Como en los cuentos de hadas, a nuestra boda el 4 de diciembre del 2004, seguiría un entrañable viaje a la exótica Asia y una infinita historia de amor y felicidad.
Bien sabíamos ambos que la vida no es perpetua, pero en las mieles del inicio, cómo podríamos haber sospechado que la biografía en común no alcanzaría ni siquiera el amanecer de un mañana...
Los recuerdos de Karen se agolpan en la memoria. La anhelada luna de miel en el inolvidable paraíso de Phi Phi, playas de arena blanca, colinas esmeraldas y mar azul turquesa, se interrumpió a las 10 de la mañana del 26 de diciembre del 2004 cuando el Mar de Andamán, brazo nororiental del Océano Índico, se convirtió en un torbellino iracundo y endemoniado que arrancó construcciones, desenraizó palmeras ancestrales, asesinó inocentes y, como en una zona de guerra, dejó sólo destrucción a su paso.
Hasta ese momento, en el vocabulario de ninguno de los dos jóvenes mexicanos existía la palabra tsunami. Ella, a diferencia de él, sería de los contadísimos sobrevivientes, quizá no más de un puñado en la isla tailandesa de Phi Phi, que lograría salir con vida del mar enrabietado, de la inclemente ola de más de veinte metros de altura que convirtió en escombros irreconocibles casi la totalidad de la zona turística.
Dos semanas después de aquel maremoto, cuyo origen fue un sismo de 9 grados en la escala de Richter en el océano cercano a la isla de Sumatra, algunos miembros de Zaka, el equipo de voluntarios israelí para la identificación de víctimas, logró milagrosamente encontrar el cuerpo de Jacobo.
Su nombre fue entonces añadido a los cientos de miles de muertos, era el único mexicano que había sido deglutido por aquella ola ruin que depredó zonas completas de Indonesia, Tailandia, Sri Lanka, India, Bangladesh, Burma, Malasia, Islas Maldivas, Somalia, Kenia, Tanzania y las Islas Seychelles.
Del mapa se borraron islas y playas, numerosas poblaciones quedaron sumergidas en densas capas de lodo y agua. Al paso de las semanas, más de trescientos mil muertos fueron contabilizados.
En zonas como Phi Phi, una minúscula isla en la costa suroeste de Tailandia que no rebasa los 28 kilómetros cuadrados de superficie total y cuya población flotante alcanzaba entonces su nivel más alto de la historia, doce mil personas, más de la mitad de los turistas y pobladores se reportaron desaparecidos.
A un año de distancia, Karen cuenta públicamente, por vez primera, la magnitud de su infortunio. Aún hoy, a ella la pasma el milagro de estar viva. Karen no sobrevivió, como tantos otros, porque haya estado en las alturas de una colina, buceando en mar abierto o en el acogedor arrullo de un barco en altamar, donde las olas, paradójicamente, fueron imperceptibles. Fue revolcada, herida, casi succionada por el mar y, pese a todas las adversidades de esta tragedia colectiva, ella vivió para contarlo.
"Hay quien dice, señala, que soy un milagro viviente, que volví a nacer. Quizá es cierto. Mi vida cambió para siempre. Ya no soy la niña que fui, he sido tan fuerte que ni yo misma me reconozco. No soporto que nadie me tenga lástima. Sé que otros que pasaron por lo mismo que yo, se quedaron en el camino y murieron. No sé por qué me tocó a mí sobrevivir, pero he decidido agarrarme fuertemente de la vida. Seguramente aún tengo algo importante que hacer, y lo haré".
ESQUINAS CIEGAS DEL DESTINO
La historia de Karen Michan está abismalmente separada por un antes y un después. A los 19 años, en la boda de su hermano, conoció a Jacobo Hassan. No fue amor a primera vista, tardaría en aceptar sus llamadas, pero una vez que salió con él, se enamoró de su capacidad de reírse hasta de sí mismo.
A los tres meses de noviazgo, en septiembre del 2003, mirando un partido de fútbol americano, él le propuso matrimonio. Dudando que pudiera ser una broma, ella vacilante aceptó.
Planearon la boda para el 27 de noviembre del 2004, sin embargo, esa fecha resultó inoportuna, se casaba un familiar cercano. Así empezaron a concatenarse los eslabones fatales que los condenarían a estar en Phi Phi, como una cita señalada, el día y la hora de la adversidad.
La boda fue reprogramada para el 4 de diciembre. Guillermo, un agente de viajes que prometía hacer lunas de miel inolvidables a precios de ganga, les aconsejó viajar a Oriente. Incluyó en el itinerario San Francisco, Hong Kong, Shangai, Bangkok, Phuket, Phi Phi, Singapur, Kuala Lumpur y Bali.
Casi todos los nombres les resultaban exóticos, desconocidos. Sobre todo la isla de Phi Phi, que luego sabrían que su popularidad reciente obedecía a que Leonardo di Caprio, ídolo de jovencitas, filmó ahí en el 2000 la película "La Playa", donde Richard, un mochilero americano, descubría ese paraíso en la tierra: playa perfecta, virgen e inaccesible.
Más de un amigo, incluyendo a Isaac el hermano de Karen, les aconsejó que no pernoctaran en Phi Phi, si acaso podían visitar la isla en un ferry desde Phuket. "Ahí no hay nada, es tan virgen que con un día de sol y playa basta; mejor aprovechen sus días en otros lados", les decían. Ninguno de los dos quiso escuchar. Cuando Karen y Jacobo supieron que era el escenario de "La Playa", se convencieron que en ese idilio paradisíaco querían pasar dos o tres días de inolvidable romance. Como no les interesaban los deportes acuáticos ni los arrecifes de coral, sería el toque de luz de su luna de miel.
Ella cursaba el tercer semestre de la carrera de comunicación, tenía 20 años. Él, siete años mayor que ella, se esforzaba por sacar adelante su pequeño negocio de computadoras. Forjado a la vieja usanza, insistía que la mantendría para siempre. Si ella quería trabajar, sería sólo para pagar "sus caprichos". En esa "página anterior", las aspiraciones de Karen eran llanas: sólo amarlo, hacerlo feliz. Todo miel sobre hojuelas.
Antes de la boda, ella y Jacobo contrataron a un fotógrafo para conservar sus últimas sonrisas de soltería. Acordaron vestirse igualitos: con jeans y camisa blanca. Tomados de la mano en un parque de las Lomas de Chapultepec, se besaron entre el verdor de los árboles, se arrullaron en un puente colgante, y como niños, se treparon en aros y resbaladillas.
La imagen que más les gustó de entre todas las del amplio estudio fotográfico, decoró la entrada al Salón de Fiestas donde se festejó la boda. Paradójicamente, tres semanas después, a partir del día 27 de diciembre, sería la misma fotografía que Karen colocaría en todas las paredes posibles de Phuket con el fin de pedir informes del paradero de Jacobo.
Como una metáfora maltrecha, esa imagen –Jacobo sonriendo distante, sentado en un vulnerable columpio, apenas suspendido por frágiles eslabones; Karen de pie, bien fincada sobre la tierra, su mirada de frente, sus brazos rodeando a Jacobo como si pudiera mantenerlo eternamente cerca–, sería la que daría la vuelta al globo en noticieros televisivos de CNN o en las portadas de los principales periódicos del mundo. Desde Estados Unidos y Alemania, hasta Argentina e Israel, incluyendo los periódicos mexicanos del Grupo Reforma, se destacaba esa fotografía con el fin de dar rostro a las víctimas del tsunami.
A medida que pasaron los días, muchos alrededor del mundo se congraciaron con la tragedia de esta joven pareja. Rogaban que un milagro mantuviera también a Jacobo con vida.
Continuará...
Fuente: Reforma.com
A mí en lo personal se me hace medio ridículo tener que adoptar una fecha para abrazar a tus seres queridos o para regalarles algo, sobre todo porque no tengo una religión que me haga creer en festejar el nacimiento de un fulano que nadie conoce, pero bueno...
Lo que sí admito es que éstas fechas me encantan porque las personas se tornan más tranquilas y la ornamentación de las casas es algo fabuloso, me gusta mucho visitar centros comerciales en donde hay personas en vivo tocando y cantando villancicos, ver a los niños sonrientes y escogiendo sus juguetes, caminar entre tantas personas gastando su dinero, jajaja, la verdad es divertido.
Pues bien, que tengan una excelente, deliciosa y divertida noche de natividad (navidad) en compañía de sus familiares, amigos, amantes o lo que sea. De todo corazón les mando un abrazo y espero que les haya tocado el regalo que tanto querían porque siempre pasa que en los intercambios terminan regalándote algo totalmente opuesto a lo que quieres, juar juar juar.
MERRY XMAS
Les dejo ésta frase para que la piensen con toda la objetividad del mundo:
"Debemos cuestionar la lógica del argumento de tener un dios omnisapiente y todopoderoso que crea humanos defectuosos y luego los culpa por sus propios errores."
—Gene Roddenberry
Un artículo del periódico Reforma me hace recordar lo que Bill Gates dijo alguna vez a un grupo de universitarios: "Si crees que tus maestros son exigentes, espera a que conozcas a tu jefe, él no tendrá el tiempo ni paciencia para enseñarte a resolver un problema".
El artículo es el siguiente:
Dos trabajadores de la empresa líder en extravagancias fueron despedidos por violar una regla que prohíbe las quejas contra jefes o colegas
Washington DC, Estados Unidos (22 diciembre 2005).- Una empresa alemana que prohíbe a sus empleados quejarse de los jefes o de los propios colegas, se ha coronado como el campeón de los empleos con los reglamentos más insólitos.
Dos trabajadores de dicha empresa fueron despedidos por violar esta norma y otros renunciaron antes de ser sancionados por el mismo motivo, según un listado sobre lugares de trabajo con políticas sorprendentes realizado por la firma Challenger, Gray and Christmas, con base en Chicago.
La insólita lista incluye a una empresa estadounidense de seguridad que niega a sus empleados la posibilidad de realizar reuniones fuera de la oficina, asistir a bodas y otras ceremonias de los compañeros o "hacer cualquier cosa que quieran hacer... (con sus colegas) fuera del trabajo".
Otro sitio con políticas laborales extravagantes incluido en la lista es un salón de belleza que restringe tanto a sus empleados como a los propios clientes hablar otro idioma que no sea el inglés.
James Pedderson, portavoz de Challenger, Gray and Christmas, afirmó que la empresa pretende publicar año con año este sorprendente directorio.
Fuente: Reforma.com
Creo que jamás había estado tan enclaustrado, pero no me siento raro, al contrario, creo que en estos días he leído y aprendido lo que hubiera abstraído normalmente en 3 meses.
La verdad admito que tampoco me he bañado ni rasurado en éstos días, y bueno, afortunadamente no soy un tipo al que le salga mucha barba, mas bien me considero lampiño, pero sí se nota la diferencia cuando estoy arregladito a cuando me entran mis "lapsus nerdus".
Hoy he decidido salir de mi cascarón y abrirme al mundo. Voy a asearme tan minuciosamente que voy a descubrir hasta los lunares que nunca he visto, cortaré todas mis uñas, exfoliaré mi piel y perfumaré hasta la punta de mi cabello más largo.
Creo que sí extraño mucho a la keks, y aunque me llama desde Costa Rica no es lo mismo a tenerla de cerca, pero no es sólo eso, también me comprometí a reestructurar mi empresa y así ha sido, es por eso que me he encerrado durante 4 días sin ver la luz de la calle.
Tampoco he estado solo, me han acompañado los sabios consejos de Stephen R. Covey, Robert Kiyosaki, Brian Tracy, Patricio Peker, Peter Senge, Eliyahu M. Goldratt y el mismísimo Og Mandino. Claro, sin olvidar a mis amigos de messenger y al buen bombón (mi gato).
Ya hice un par de llamadas y está todo decidido, hoy saldré en busca de aventuras urbanas, a despejarme un rato del Management y a volver con mi vida normal. Quizá mañana vuelva al encierro, pero hoy ya ha sido suficiente.
Así que estoy seguro que hoy me la pasaré muy bien y algo nuevo aprenderé en este tiempo, ya que los libros te enseñan lo suficiente y la vida se encarga de complementar el aprendizaje.

Pero no todo es miel sobre hojuelas, yo quiero usar este tiempo para reestructurar Vansertec y empezar el 2006 con todas las ganas del mundo.
El viernes inscribí 2 materias (Derecho Laboral y La Significación de lo ético) en examen extraordinario y voy a meter una materia más para el próximo semestre, voy a hacer lo necesario por salir en Agosto de la Universidad pues me urge comenzar mi maestría. La verdad uno de mis más grandes anhelos es hacer un MBA en Administración de Tecnologías de la Información en el ITAM (Instituto Tecnológico Autónomo de México). Y bueno, al parecer tengo el apoyo de la gente que me interesa y no veo obstáculos para no poder realizar mis metas, a menos claro, que me ocurra algún accidente, uno nunca sabe.
Mi novia se va hoy de vacaciones a Costa Rica y regresa hasta el 2 de Enero, bueno, mas bien regresa el 31 de Diciembre pero ese mismo día se va a Acapulco a pasar año nuevo (¡QUE ENVIDIA!). Así que éstas fechas decembrinas me pintan un poco grises y frías, pero no importa, espero que el calor de mis libros y mi computadora me alivianen un poco.
Estuve pensando seriamente en cerrar este blog y comenzar uno nuevo en otro host y con otro nickname porque he pecado en decir muchas verdades en éste blog, y eso no es lo malo, sino que todo el mundo que conozco ya lo ha leído y eso no es bueno. Al principio me entusiasmó un poco la idea pero ahora es un poco incómodo que todo el mundo sepa de tu vida o lo que haces y que después ya ni tengas tema de conversación porque ya todo está dicho. Además ya he tenido dos o tres pequeños altercados por andar de "sincero" escribiendo cosas que pienso y que generalmente no las digo en público por simple diplomacia.
Es muy bonito tener amigos de otros lados con los que compartas tus cosas porque ellos no te conocen y difícilmente vas a estar yendo a otros países a ver a tus amigos virtuales, pero es diferente con tus amigos locales y de "la vida real" porque a ellos sí los ves en persona y en ocasiones los ves a diario. Pero bueno, ya veremos que ocurre.
Es por eso que no había escrito y le había perdido el interés a mi blog, no sé, algo de aquí simplememente se llevó la chispa que tenía al principio, sin embargo, pensé mucho anoche y decidí continuar escribiendo pues es algo que me agrada y lo tomo como un medio en el cual plasmo mis tonterías. El principio fundador de este espacio fue escribir para mí y nada más, si en el camino alguien se interesa o identifica conmigo pues ya es ganancia pero si no es así ni modo, como dicen en mi pueblo "no soy monedita de oro".
Gacias a los que han entrado y sobre todo a los que han comentado algo, y bueno, todo bien, seguimos la transmisión de Entre dimes y diretes desde la Ciudad de la esperanza (DF).
Ciao.
Fé de erratas:
En el post anterior tuve un error en mis calificaciones, pero el viernes me actualizaron el dato y ya coloqué las cifras reales (las cuales mejoraron, jaja).
No sé qué tanto alcohol sea el permitido por el cuerpo humano pero a mí me cabe un montón. El otro día estaba charlando con unos amigos sobre ese tema y se les hace mucho poder acabarse una botella de ron de 1 litro en una sola noche (por persona).
Yo conozco personas que aguantan eso y mucho más, pero tampoco es mi caso.
Ayer tomé con un amigo y realmente estábamos muy tranquilos, es decir, la charla fue muy buena y me late tomar con él pues nuestros debates "culturales" siempre son muy amenos y aprendemos mutuamente.
No sé porqué cuando estoy con él de repente siempre se nos ocurren negocios y los plasmamos tan reales y tan factibles que empezamos a hacer llamadas telefónicas a personas que pueden sernos útiles o conocen al proveedor indicado. Ayer no fue la excepción.
El asunto es que terminé un poco molesto porque fuimos a ver a un amigo mío (otro amigo) pues necesitamos de su cooperación para un proyecto pero no salió como esperábamos pues mi amigo ya estaba un poco tomado y yo no tengo mucha paciencia que digamos, entonces se perdió el feeling.
Luego me marca la Keks a mi celular para cancelar nuestra reunión que habíamos planeado a las 7 PM pues según ella no le gusta estar con personas que hayan consumido alcohol (yo me pregunto: ¿Y quién carajos no toma alcohol en estos días?, se va a quedar sola, jeje). Con todo y eso fuí a las 8 PM a su casa pues quería ver un programa en el Discovery Channel que supuestamente sacaría a la luz todos los enigmas del libo "El código Da Vinci" y yo estoy realmente interesado por saber sobre el Priorato de Sion.
Bueno, pues la señorita no estaba en su casa y tampoco me contestaba el teléfono. Llegué rapidísimo a mi hogar, manejé lo más cuidadoso pero veloz que pude y sólo alcancé a observar 15 minutos del maldito programa. Otra vez me comencé a "mal vibrar".
Mi gato ahora tiene la maña de saltarse a la azotea de la vecina y tengo que estar yendo por él y eso me molesta, y bueno, ayer lo hizo como 3 veces, no sé que le sucede. De hecho me fuí a cenar un rico alambre de pastor con queso (es una mezcla de verdura con una carne asada deliciosa y un toque de queso gratinado) y le guardé como 250 gramos a mi gato pero ya no se lo dí por desobediente.
Lo curioso de la noche es que al llegar a mi cuarto iba a hacer una llamada telefónica y mi madre estaba charlando con una persona que jamás me hubiera imaginado.
Ella estaba en la línea con Zoraya, que es mi ex-novia de hace muchos años y nunca pidió platicar conmigo, simplemente estaba charlando con mi madre e incluso llegué a pensar que estaba en la dimensión desconocida, fue un hecho impactante y muy raro.
La verdad toda la noche me la pasé pensando qué carajos podían estar platicando a mis espaldas, y tampoco tengo el valor de preguntarle a mi mamá porque comenzarían las especulaciones mal intencionadas y no me interesa caer en jueguitos tontos.
En fin, discutí un poco con mi padre por los problemas de siempre (la cuenta del banco, jeje), y me dormí hasta que decidí no preocuparme por nada y dejar pasar la vida sin que me afecten los problemas pequeños, la verdad ahora tengo una gran tarea que es reestructurar mi empresita y hacer los trámites escolares para mi último semestre, y por cierto, mis calificaciones finales del semestre que acaba de terminar fueron - en escala del 0 al 10:
- Multimedia: 9
- Sistemas de Información: 9
- Tópicos Selectos de Informática: 10
- La Significación de lo Ético: 7
- Teleinformática: 8
- Planeación Estratégica: 8
En fin, hoy no trabajo porque es día de la virgen de Guadalupe, y en México se tiene una gran devoción por esa figura católica y por lo tanto me dieron el día libre. Tengo una cita de negocios con un buen amigo y espero que hoy haya más suerte que ayer. Que tengan buen día, ciao.
Sólo quiero recomendarles una canción que me trae loquísimo y no puedo dejar de escucharla una y otra vez.
Bájenla, de hecho les recomiendo la versión remix pues es la que está sonando en éstos días, en serio está increíble. Para aquellos que sepan francés les digo que me siento identificado con el coro y que sigo buscando esa alma que comprenda que soy de una generación desencantada.
La rola es tipo de música electrónica, se llama Désenchantée y es de Mylene Farmer.
Nager dans les eaux troubles
Des lendemains
Attendre ici la fin
Flotter dans l'air trop lourd
Du presque rien
A qui tendre la main
Si je dois tomber de haut
Que ma chute soit lente
Je n'ai trouvé de repos
Que dans l'indifférence
Pourtant, je voudrais retrouver l'innocence
Mais rien n'a de sens, et rien ne va
Tout est chaos
A côté
Tous mes idéaux: des mots
Abîmés...
Je cherche une âme, qui
Pourra m'aider
Je suis
D'une génération désenchantée,
Désenchantée
Qui pourrait m'empêcher
De tout entendre
Quand la raison s'effondre
A quel sein se vouer
Qui peut prétendre
Nous bercer dans son ventre
Si la mort est un mystère
La vie n'a rien de tendre
Si le ciel a un enfer
Le ciel peut bien m'attendre
Dis-moi,
Dans ces vents contraires comment s'y prendre
Plus rien n'a de sens, plus rien ne va
Este fin de semana ha sido muy interesante, he aprendido un par de cosas.
Falté dos días a trabajar porque estuve realizando un proyecto en una materia llamada Teleinformática en donde se supone que era en equipo, pero indiscutiblemente sabía muy bien que eso era imposible pues mi compañero puede ser muy buen amigo pero no sabe un carajo sobre la carrera. De hecho estuve haciendo el trabajo y en la primer presentación todo iba bien hasta que mi compañero sacó un diagrama (el cual le dije que no servía de nada y que no se le ocurriera mostrar) y empezó a decir treintamil estupideces y obviamente el profesor se molestó porque eso dió la impresión de que no sólamente estábamos haciendo pendejadas, sino que además queríamos mentir sobre algo en donde él es autoridad y amenazó con reprobarnos si no mejorábamos al 100% ese proyecto para el otro día.
Yo estaba realmente molesto e indignado con la pendejez de mi compañero pero en ese momento lo que yo necesitaba eran soluciones, no más problemas. Ambos venimos a mi casa a leer y componer ese proyecto y estábamos realmente preocupados. Esa noche no dormimos NADA.
A la mañana siguiente él se tenía que ir a las 7:30 AM y le dije que estaba bien, que me mostrara lo que había hecho. Bueno, ¡él sólo me mostró 1 pinche página en Word de todo lo que había entendido y analizado en 9 horas de trabajo!, ¡carajo!, yo siento que hasta una persona de 6 años haría algo más, pero bueno... yo le dije que no había problema, que yo lo hacía, y la verdad no lo dije por ser benevolente sino porque yo trabajo mejor a solas que teniendo a alguien que no hace nada, y repito, no es que él sea irresponsable, sino que simplemente no se le dá la creatividad y no tiene el conocimiento necesario para salir avante en situaciones de presión y que se relacionen a mi carrera - de hecho no sé porqué está estudiando informática -.
Total que ese día fue muy difícil, y todo resultó en que el profesor llegó de buenas, nos presionó para exponer en pocos minutos y todos obtuvimos calificaciones altas sin importar la calidad del trabajo.
Bueno, terminando la clase nos fuimos al Beer Factory de Cuicuilco pues se suponía que yo iba a pagar las cervezas por una pendejada que ocurrió una semana antes en donde abrí el messenger en clase y como estaba prohibido pues el castigo era una comida en Italianni's para todo el grupo y me lo cambiaron por unas cervezas en el Beer Factory.
A mí la verdad me tenía sin cuidado, siempre salgo y estoy acostumbrado a pagar cierto dinero por mi diversión, pero ésta vez hice un experimento que salió muy bien, creo que tuve éxito.
Al darle a la gente la oportunidad de tener las arcas abiertas representa una oportunidad para mí de darme cuenta quiénes son realmente mis amigos y quiénes son las personas que jamás en mi vida van a volver a figurar en mi lista de "gente descente".
En fin... hubo quienes tuvieron la descencia de darme dinero pues la cuenta se estaba incrementando con el paso del tiempo, también hubo quienes no llevaban dinero pero solamente pidieron una cerveza para no pasarse de listos y no ser abusivos (dado que en ese lugar los precios no son nada baratos aún tratándose de simple cerveza), pero también hubo quienes de plano no llevaban un solo centavo y pidieron como si ellos fueran a pagar su parte proporcional.
Sobre todo existen personas que no conocen la verguenza y que siempre están a expensas de la gente, es más, que ni siquiera cigarros llevan pero andan pide y pide de los tuyos toda la noche, y eso es lo que a mí me molesta, la gente sin verguenza.
¡Por Dios!, mínimo te molestas en aportar algo para la propina pero bueno, esa gente hoy en día se encuentra vetada de mi vida, simplemente porque no valen la pena para ser amigos, tampoco para salir (pues me da hueva la gente que nunca tiene dinero, para eso existe el trabajo), y menos para hacer negocios o algo que me sea útil.
De hecho hubo un tipo que hasta llevó a "una amiga suya" y obviamente en México siempre se le paga todo a la mujer (ya he hablado del descontento que eso me produce pero así son las cosas en este país tercermundista), y obvio todo el consumo se iba a MI CUENTA, pero bueno, yo no hice malas caras, no le hice desplantes a nadie, me divertí lo necesario y mi experimento resultó muy bueno.
De ahí nos fuimos otras personas y yo a otro bar, pedimos una botella y acabé muy borracho. Estuvimos jugando dominó, bebiendo, charlando y comiendo una rica botana. De nuevo, yo puse la mitad del precio de la botella (e íbamos 4 personas), pero bueno, ahí ya no le dí importancia pues lo hice porque quise, porque me nació, y sobre todo porque aprendí mucho de la charla de una persona que me asombró pues ha vivido cosas tan fuertes que jamás me hubiera imaginado.
Al otro día amanecí un poco tarde pero sin sentirme mal, al contrario, esa noche volví a salir y también aprendí otras cosas, pero ya es muy largo el post y en su momento saldrán mis observaciones.
Que tengan un buen inicio de semana y en serio cada día que pasa y entre más conozco a la gente, solo puedo decir que mi gato es el único que me hace sacar sonrisas desinteresadas.