Aquí
En Segovia esta noche el termómetro ha bajado a 2 ºC bajo cero.

Allí
Hoy en León hay 31ºC de temperatura y una humedad de casi 90%. Lo que son las cosas.


Juana Urbina Durán
Ni siquiera corría una leve brisa aquella mañana de calor sofocante en el puerto de Moyogalpa (Isla de Ometepe). Intentaba alejar de mi cara a los zancudos del mediodía abanicándome con una revista de programación televisiva. En el canal 7 había Noche de Novelas. Las familias de la isla se concentrarían a la caida del sol frente a un televisor alimentado por batería para sumergirse en el intrincado drama que les quita el sueño desde hace tantas semanas. Podemos elegir entre "El color del Pecado", "Te Voy a Enseñar a Querer", "Estrambótica Anastasia" o "La Esposa Virgen".
Aún quedaban unas horas para la tarde cuando descubrí a una mujer que se deslizaba por la calle como un ánima desorientada. Avanzaba unos pasos para rebuscar entre los montones de cajas donde se dejaban pudrir los peces descartados de la faena. Se sentaba en las grandes sogas que amarraban las barcazas a contemplar atónita el movimiento de gentes y mercancías. Miraba hacia las copas de los árboles señalando a las ardillas con sus dedos callosos. A veces se incorporaba con una decisión insólita y salía andando hacia el bordillo de enfrente donde volvía reposar con expresión satisfecha. Cerraba los ojos a intervalos quedándose traspuesta sobre la verja del muelle. Y volvía a despertar de súbito cuando alguien pasaba a su lado.
Fue en uno de esos tétricos paseos cuando sus ojos hundidos se cruzaron con los míos que la observaban desde la sombra de una terraza. Entonces dirigió sus pasos de marioneta hacia donde me encontraba, balanceando el vientre hinchado como un barco a la deriva.
Y se detuvo frente a mi con su presencia de otro mundo, articulando un saludo abrupto y cortés.
¿Es usted de aquí?- le pregunté.
Un día estoy aquí, otro día estoy allá. Voy a donde mis piernas me lleven- respondió.
¿Me puede decir su nombre?
Me llamo Juana Urbina Durán.
Tras tomar la fotografía se alejó complacida con 2 pesos nicaragüenses en la mano, atravesando desorientada el aire polvoriento, suspirando con tanta intensidad que la vida parecía escaparsele poco a poco a través de esa sonrisa desdentada.

Aún quedaban unas horas para la tarde cuando descubrí a una mujer que se deslizaba por la calle como un ánima desorientada. Avanzaba unos pasos para rebuscar entre los montones de cajas donde se dejaban pudrir los peces descartados de la faena. Se sentaba en las grandes sogas que amarraban las barcazas a contemplar atónita el movimiento de gentes y mercancías. Miraba hacia las copas de los árboles señalando a las ardillas con sus dedos callosos. A veces se incorporaba con una decisión insólita y salía andando hacia el bordillo de enfrente donde volvía reposar con expresión satisfecha. Cerraba los ojos a intervalos quedándose traspuesta sobre la verja del muelle. Y volvía a despertar de súbito cuando alguien pasaba a su lado.
Fue en uno de esos tétricos paseos cuando sus ojos hundidos se cruzaron con los míos que la observaban desde la sombra de una terraza. Entonces dirigió sus pasos de marioneta hacia donde me encontraba, balanceando el vientre hinchado como un barco a la deriva.
Y se detuvo frente a mi con su presencia de otro mundo, articulando un saludo abrupto y cortés.
¿Es usted de aquí?- le pregunté.
Un día estoy aquí, otro día estoy allá. Voy a donde mis piernas me lleven- respondió.
¿Me puede decir su nombre?
Me llamo Juana Urbina Durán.
Tras tomar la fotografía se alejó complacida con 2 pesos nicaragüenses en la mano, atravesando desorientada el aire polvoriento, suspirando con tanta intensidad que la vida parecía escaparsele poco a poco a través de esa sonrisa desdentada.

El General
El mercado rebosa actividad pasadas las 6 de la mañana. Camino entre puestos de frutas exóticas en dirección al trabajo cada día con la mirada perdida entre tanto movimiento. Las tenderas de voluminosos vientres cuentan los pesos que llevan dentro del delantal blanco mientras repasan a voces la mercancía. Hay pithaya, chía, melón, tamarindo, piña. Una anciana de rostro arrugado revuelve frijoles con arroz en una gran cacerola negra. Por quince córdobas lo envolverá en una hoja de palma con tostones de banano, queso frito, ensalada y chile.
Al avanzar hacia el este las calles son más tranquilas y comienzas a ver disminuir el riesgo de atropello en cada cruce. El sistema de preferencias es uno de esos códigos no escritos que se basa en la ley del primero o el más fuerte. Tu turno depende del tamaño del vehículo o en caso de igualdad de condiciones de la rapidez en hacer sonar el cláxon. Como los peatones carecen de un tamaño suficientemente competitivo, y no pueden pitar, se las tienen que ingeniar para escurrirse entre tubos de escape y equinos desbocados.
Entonces el adoquinado se funde en el barro polvoriento. Corren los niños detrás de los perros y los gatos rebañan la basura de las aceras.
A la derecha, antes de llegar al verde tropical donde acaba la ciudad, hay una fachada decorada con manos de colores. En cada una de ellas hay un nombre escrito. Elvis, Harrington, Rafael, Tania, Paula, Jessica, Lenin. Dentro los níños más madrugadores corretean por el patio, vuelan las sandalias de goma por los aires, se revuelcan por el suelo y juegan a las peleas. También les gusta lanzar una moneda contra la pared y ver quien llega mas lejos.
Las niñas son más tranquilas, se cogen de la mano y hacen corrillos de plática. Me miran desde la distancia sin decidir aún en que bando estoy.
Llegadas las 9 comienza la caza y captura de los salvajes retoños para que se pongan a hacer la tarea.
Juan de Dios tiene 8 años y apenas sabe escribir su nombre. Es introvertido y detesta no saber hacer las cosas. Esconde el lápiz, borrajetea el cuaderno y oculta la cabeza entre los brazos balbuceando sinsentidos airados. Normalmente se va a casa sin acabar los deberes y recibe una buena tunda de su padre. Sin embargo hoy ha conseguido acabar todo a tiempo. Ha copiado dos párrafos del libro de lengua española y ha practicado ortografía con las palabras bello, bonito y feo.
Al acabar guardó con cuidado los cuadernos de dos rayas y cerró la mochila con un imperdible. Con la mirada altiva se colgó el único asa sobre el hombro y caminó hacia la salida con el paso marcial de un general en una entrega de medallas.
En la calle volvía a ser un niño con los piés sucios que ayuda a su madre en el mercado.
Demasiado pequeño para comprender porqué vende tortillas de maíz o porqué hace las tareas y va a la escuela. Pero hoy era diferente entre el resto, era El General. Me pregunto si servirá para algo cuando le ofrezcan comenzar a esnifar pegamento, cuando se plantee dejar la escuela sin apenas saber multiplicar y salir a la calle donde la multitud te engulle.
Y solo eres un niño con los piés sucios.
Al avanzar hacia el este las calles son más tranquilas y comienzas a ver disminuir el riesgo de atropello en cada cruce. El sistema de preferencias es uno de esos códigos no escritos que se basa en la ley del primero o el más fuerte. Tu turno depende del tamaño del vehículo o en caso de igualdad de condiciones de la rapidez en hacer sonar el cláxon. Como los peatones carecen de un tamaño suficientemente competitivo, y no pueden pitar, se las tienen que ingeniar para escurrirse entre tubos de escape y equinos desbocados.
Entonces el adoquinado se funde en el barro polvoriento. Corren los niños detrás de los perros y los gatos rebañan la basura de las aceras.
A la derecha, antes de llegar al verde tropical donde acaba la ciudad, hay una fachada decorada con manos de colores. En cada una de ellas hay un nombre escrito. Elvis, Harrington, Rafael, Tania, Paula, Jessica, Lenin. Dentro los níños más madrugadores corretean por el patio, vuelan las sandalias de goma por los aires, se revuelcan por el suelo y juegan a las peleas. También les gusta lanzar una moneda contra la pared y ver quien llega mas lejos.
Las niñas son más tranquilas, se cogen de la mano y hacen corrillos de plática. Me miran desde la distancia sin decidir aún en que bando estoy.
Llegadas las 9 comienza la caza y captura de los salvajes retoños para que se pongan a hacer la tarea.
Juan de Dios tiene 8 años y apenas sabe escribir su nombre. Es introvertido y detesta no saber hacer las cosas. Esconde el lápiz, borrajetea el cuaderno y oculta la cabeza entre los brazos balbuceando sinsentidos airados. Normalmente se va a casa sin acabar los deberes y recibe una buena tunda de su padre. Sin embargo hoy ha conseguido acabar todo a tiempo. Ha copiado dos párrafos del libro de lengua española y ha practicado ortografía con las palabras bello, bonito y feo.
Al acabar guardó con cuidado los cuadernos de dos rayas y cerró la mochila con un imperdible. Con la mirada altiva se colgó el único asa sobre el hombro y caminó hacia la salida con el paso marcial de un general en una entrega de medallas.
En la calle volvía a ser un niño con los piés sucios que ayuda a su madre en el mercado.
Demasiado pequeño para comprender porqué vende tortillas de maíz o porqué hace las tareas y va a la escuela. Pero hoy era diferente entre el resto, era El General. Me pregunto si servirá para algo cuando le ofrezcan comenzar a esnifar pegamento, cuando se plantee dejar la escuela sin apenas saber multiplicar y salir a la calle donde la multitud te engulle.
Y solo eres un niño con los piés sucios.
Nicaragua
Abrí los ojos sobre las 7 de la mañana cuando el sol comenzaba a colarse por entre las tejas directamente encima de mi camastro. El aire estaba cargado, infinitamente removido por el ventilador durante toda la noche, circulaba cansado y espeso alrededor de la habitación.
Me calcé con calma las sandalias de cuero y abrí la puerta que da al patio. La ropa tendida la noche anterior todavía estaba húmeda. Otra tormenta. El ambiente era vaporoso en torno a las grandes hojas verdes que se secaban con rapidez bajo en sol de la mañana.
Pensé en desayunar pero este calor húmedo me quita el apetito. Me tumbé en la hamaca de cuerda porque es la más freca y comencé a balancearme como un bebé en los brazos de una fornida matrona. Ya se podía percibir el ruido ajetreado del mercado allá fuera. Las camionetas públicas abriéndose paso a golpe de claxon entre bicicletas y carros de caballos. A lo lejos sonaba una canción de Silvio.
Entonces me dí cuenta de que ya no estaba en Barajas, ni esperaba en el hotel de la carretera de Barcelona a que saliera el avión retrasado. No sobrevolaba las islas del Caribe ni cruzaba San José en un taxi destartalado. El eterno viaje en autobús a través del bosque nublado costarricense ya era historia, como también lo eran la frontera, los cambiantes y el impuesto de aduana. Las luces de Managua en la medianoche se apagaron tras el humo de un coche en direccion noroeste y aparecieron volcanes en el horizonte, iglesias de mármol envejecido, calles sin nombre. Estaba en León, una cuadrícula de casas bajas con pintura descolorida a 30 km del Pacífico donde la vida tiene ritmo lento, llueve por la tarde y la historia hace surcos en los rostros de la gente. Donde los ojos negros se achinan en una sonrisa espontánea y las manos son duras y callosas.
Huele a fruta y a madera vieja.
Los nicas me dan la bienvenida a su tierra de contrastes.
Me calcé con calma las sandalias de cuero y abrí la puerta que da al patio. La ropa tendida la noche anterior todavía estaba húmeda. Otra tormenta. El ambiente era vaporoso en torno a las grandes hojas verdes que se secaban con rapidez bajo en sol de la mañana.
Pensé en desayunar pero este calor húmedo me quita el apetito. Me tumbé en la hamaca de cuerda porque es la más freca y comencé a balancearme como un bebé en los brazos de una fornida matrona. Ya se podía percibir el ruido ajetreado del mercado allá fuera. Las camionetas públicas abriéndose paso a golpe de claxon entre bicicletas y carros de caballos. A lo lejos sonaba una canción de Silvio.
Entonces me dí cuenta de que ya no estaba en Barajas, ni esperaba en el hotel de la carretera de Barcelona a que saliera el avión retrasado. No sobrevolaba las islas del Caribe ni cruzaba San José en un taxi destartalado. El eterno viaje en autobús a través del bosque nublado costarricense ya era historia, como también lo eran la frontera, los cambiantes y el impuesto de aduana. Las luces de Managua en la medianoche se apagaron tras el humo de un coche en direccion noroeste y aparecieron volcanes en el horizonte, iglesias de mármol envejecido, calles sin nombre. Estaba en León, una cuadrícula de casas bajas con pintura descolorida a 30 km del Pacífico donde la vida tiene ritmo lento, llueve por la tarde y la historia hace surcos en los rostros de la gente. Donde los ojos negros se achinan en una sonrisa espontánea y las manos son duras y callosas.
Huele a fruta y a madera vieja.
Los nicas me dan la bienvenida a su tierra de contrastes.
A primera vista
Veo calles polvorientas, carros tirados por caballos, un señor vende un gallo en la esquina, a su lado una pirámide de papayas desafia la gravedad, como el inmenso cuenco que reposa sobre la cabeza de aquella diminuta mujer. Hay almendros en las plazas, el calor es humedo y a las tres de la tarde el cielo se quiebra bajo el trueno y comienza a llover. La gente observa tranquila bajo techos de zinc como el polvo se remueve. Cuando cesa la tormenta los niños juegan al balón sobre la tierra embarrada.
Será que el realismo mágico existe?
Será que el realismo mágico existe?
Vuelta y vuelta
Hace ya unas semanas que sobrevolé la verde campiña inglesa hacia el campo abrasado de la meseta.
Ciertas cosas cambian.
La basura acumulada durante todo el día en los contenedores comienza a oler a media tarde, esos bichitos llamados descomponedores parecen ser mas rápidos que los basureros. Un cuatro latas destartalado pasa por Vía Roma emitiendo en su heroico avance una humareda negra y espesa que irrita las pupilas de dos adolescentes sentados en un poyete de granito. El de constitución mas fuerte me recuerda a uno de los micos que jugaba a las chapas en el patio del colegio, nunca fue lo suficientemente grande para hacerse notar entre los mayores. Ahora no entraría por la puerta de la clase. El otro tiene la cabeza afeitada con la excepción de unos pelos engominados en forma de corona semicircular. Un cigarro reposa sobre su oreja izquierda recordando a todos los viandantes la rebeldía que esconde ese rostro de niño asustado. Desgraciadamente el pobre cigarrillo parece llevar varias jornadas en su misión reivindicativa, roto y mojado de sudor es inservible para el cometido original. Pero la idea está clara.
Unas cuantas señoras agarradas del brazo marcan el paso de domingo hacia misa de ocho. Cuchichean y comentan la actualidad de la provincia. Los temas mas candentes del supermercado de la esquina. Son las auténticas líderes de opinión a este lado del Pisuerga.
Unas mondas de naranja, papel de cocina, huesos de pollo y envoltorios de plástico se distribuyen aleatoriamente por la acera ante la mirada orgullosa de un gato negro que cree en la buena suerte de encontrar un festín a la altura del suelo.
En los bares hay camareros descamisados que piden tres cañas y un vermú. El café sabe a café, por las mañanas hay churros y porras. Al fondo de la barra el mismo viejo de todos los dias bebe el chinchón de toda la vida y se gasta la vuelta del pan en la máquina tragaperras. Si saca algo echará la primitiva.
Por la noche refresca y se levanta una brisa desde las riberas verdes de los ríos que abrazan la muralla.
Parece que estos lugares siguen como los dejamos. Aunque nosotros no seamos los mismos y las dudas nos asalten a punta de pistola en este verano recién estrenado.
La ciudad duerme mientras basureros y trasnochados velan su sueño.
Ciertas cosas cambian.
La basura acumulada durante todo el día en los contenedores comienza a oler a media tarde, esos bichitos llamados descomponedores parecen ser mas rápidos que los basureros. Un cuatro latas destartalado pasa por Vía Roma emitiendo en su heroico avance una humareda negra y espesa que irrita las pupilas de dos adolescentes sentados en un poyete de granito. El de constitución mas fuerte me recuerda a uno de los micos que jugaba a las chapas en el patio del colegio, nunca fue lo suficientemente grande para hacerse notar entre los mayores. Ahora no entraría por la puerta de la clase. El otro tiene la cabeza afeitada con la excepción de unos pelos engominados en forma de corona semicircular. Un cigarro reposa sobre su oreja izquierda recordando a todos los viandantes la rebeldía que esconde ese rostro de niño asustado. Desgraciadamente el pobre cigarrillo parece llevar varias jornadas en su misión reivindicativa, roto y mojado de sudor es inservible para el cometido original. Pero la idea está clara.
Unas cuantas señoras agarradas del brazo marcan el paso de domingo hacia misa de ocho. Cuchichean y comentan la actualidad de la provincia. Los temas mas candentes del supermercado de la esquina. Son las auténticas líderes de opinión a este lado del Pisuerga.
Unas mondas de naranja, papel de cocina, huesos de pollo y envoltorios de plástico se distribuyen aleatoriamente por la acera ante la mirada orgullosa de un gato negro que cree en la buena suerte de encontrar un festín a la altura del suelo.
En los bares hay camareros descamisados que piden tres cañas y un vermú. El café sabe a café, por las mañanas hay churros y porras. Al fondo de la barra el mismo viejo de todos los dias bebe el chinchón de toda la vida y se gasta la vuelta del pan en la máquina tragaperras. Si saca algo echará la primitiva.
Por la noche refresca y se levanta una brisa desde las riberas verdes de los ríos que abrazan la muralla.
Parece que estos lugares siguen como los dejamos. Aunque nosotros no seamos los mismos y las dudas nos asalten a punta de pistola en este verano recién estrenado.
La ciudad duerme mientras basureros y trasnochados velan su sueño.
Odio a esos pajaros
Ultimamente la mañana me sorprende con mas frecuencia de lo que me gustaria. Y los pajaros, pequeños sibilinos de reproduccion ovipara, se encargan de recordarmelo con sus cantos primaverales.
Por una parte, no puedo evitar tener algo de compasion por esos esforzados curritos del amor que desde primeras horas de la madrugada se desgañitan tratando de impresionar a las hembras. Uno se identifica con ellos en cierta medida. Sin embargo, la mayoria de las veces los odio serenamente. Y exijo respeto con la mirada torcida, maldigo en voz baja sus arificiosos cantos y les pido que guarden las ostentaciones de virilidad para horas mas humanas.
Pero quien soy yo para luchar contra sus hormonas si ni siquiera controlo las mias.
Entonces camino con presura hacia territorio de silencio mientras sus gorgoritos me recuerdan que la vida se despereza, fresca y burlona, ante a la inquietante progresion de mis ojeras.
Y sonambulo, sueño con la cama que me sacara de un dia que ya no me pertenece.
Al fin, abro con la torpe inquietud de los trasnochados esa puerta verde y respiro aliviado mientras los contornos de la habitacion se desdibujan, las luces se apagan y el canto de aquellos pajaros se pierde en la distancia.
Por una parte, no puedo evitar tener algo de compasion por esos esforzados curritos del amor que desde primeras horas de la madrugada se desgañitan tratando de impresionar a las hembras. Uno se identifica con ellos en cierta medida. Sin embargo, la mayoria de las veces los odio serenamente. Y exijo respeto con la mirada torcida, maldigo en voz baja sus arificiosos cantos y les pido que guarden las ostentaciones de virilidad para horas mas humanas.
Pero quien soy yo para luchar contra sus hormonas si ni siquiera controlo las mias.
Entonces camino con presura hacia territorio de silencio mientras sus gorgoritos me recuerdan que la vida se despereza, fresca y burlona, ante a la inquietante progresion de mis ojeras.
Y sonambulo, sueño con la cama que me sacara de un dia que ya no me pertenece.
Al fin, abro con la torpe inquietud de los trasnochados esa puerta verde y respiro aliviado mientras los contornos de la habitacion se desdibujan, las luces se apagan y el canto de aquellos pajaros se pierde en la distancia.
Inventario de recuerdos y articulos personales
Miro a mi alrededor. Veo cosas que llenan las paredes, las mesilla, los cajones.
Lo que cubre el suelo son pelusas.
Veo fotos que son mas que 10x15cm, libros que no solo son de tapa dura y cantos reforzados, sabanas con mas de 80% de algodon.
Tambien veo un vaso de pinta y una caja de cereales.
Hay cosas que son solo cosas.
En poco tiempo cambiare de latitud. Algun extraño, maldito sea, dormira en mi cama, pisara mis pasos y correra las cortinas para mirar al gris de alla fuera. Ladron, ignorante, canalla. Me robara sin apenas disfrutar de su botin. Y los policias dormitaran bajo sus cascos, ajenos a semejante ultranza. Habra vacios legales, abogados corruptos, jueces oscuros. Enfundados en sus tunicas negras me compadeceran con la mirada. No habra nada que hacer. Lo se.
Solo queda recordar y escribir antes de que sea demasiado tarde.
Cuando paseando por las calles de Ikley con el bueno de Carlos vimos aquella libreria, enseguida pensamos en que seria un buen lugar para calentarse un poco. Que frio hacia aquel dia de noviembre. Mientras comenzabamos a sentir de nuevo la sangre irrigando los pies, me tope con un beso familiar. Era un cuaderno de Robert Doisneau, el fotografo que retrato el blanco y el negro de un Paris en la postguerra. Cinco pounds me parecio una ganga por semejante coleccion.
Desde entonces, esas imagenes cuelgan de la pared. El carrusel parece a veces girar bajo la lluvia, la torre Eiffel alguna vez salio disparada hacia el techo, como un cohete y cuando sopla el viento, un humo negro llena la habitacion. Deberia recortar esa chimenea.
Tambien tengo una foto de mi familia, que he de reconocer, tuvo que mandar mi padre porque no se me habia ocurrido traer ninguna.
"Para que te acuerdes un poco de nosotros, hijo".
A todos los campamentos de verano me llevaba una foto de escena campestre de los Sanchez . La familia al completo sonreia entre las hierbas de un prado. Mi hermano lloraba, cada uno en su papel. Al menos la miraba con cierta añoranza las primeras noches, pero aqui ni eso. No se que me ha pasado. Sera que me he hecho mayor.
Me queda un tenedor y un cuchillo. Este ultimo lo tuve que coger del hueco entre la cocina y el fregadero. No reproducire los espantos que sufri durante el viaje de mi brazo hacia el lugar mas recondito de la geografia inglesa. Decir que lo dificil no fue llegar sino arrancar el sufrido cuchillo del sustrato grasiento donde reposaba. Mas tarde y un poco mas calmado me comento que habia estado a punto de dejarse morir, estos jovenes de ahora no aguantan nada.
Tenia tres platos. Hace unos cuantos meses se rompio el ultimo. "Para lo que queda" pense. Ya puestos podia haber pensado tambien en lo dificil que es comerse una pizza en un bowl.
Lo de los vasos es otra historia, yo juraria que tenia seis. Y me queda uno. Ahora sospecho de todos mis compañeros de piso. Tienen algo de misterioso en la mirada.
Hay cosas que cuentan otras historias. La Pastilla de Jabon, la unica que hubo y habra, dice poco de mis habitos de higiene personal. La toalla colgada en la puerta del armario me recuerda que no hubo percha adhesiva en todo el supermercado que aguantara su peso cuando estaba mojada.
Hay apuntes desordenados encima de la mesa, jarabe para la tos, una poesia, un jardin impresionista, la lista de los verbos irregulares.
Tengo sucios los cristales de las gafas.
Los cables se entrelazan en el suelo, el lavabo se lleva las ultimas pompas de suciedad, el flexo zumba como una abeja.
Si apago la luz puedo oir sirenas de policia, el rumor de la television, un portazo, el agua de la ducha.
Me pregunto donde quedara todo esto una vez que me vaya.
"Querido nuevo inquilino,
Decirte que aunque no me hace mucha gracia que vayas a ocupar mi lugar, ya estoy resignado.
El lavabo de la habitacion gotea, bueno, en realidad chorrea. Asegurate de cerrar con fuerza el grifo del agua caliente o no podras pegar ojo en toda la noche.
Probablemente te preguntaras por que la ducha te llega a la altura de la barbilla. Yo tambien lo hago. Circulan muchas hipotesis por el piso, pero de momento sigue siendo un enigma. Los mas se inclinan por la arquitectura modernista.
En la casa de enfrente vive un señora que esta loca. Suele salir en su camison al portal y vocifera sin parar. Te animo a que intentes descifrar lo que dice. Su marido, cuando no aguanta mas, se mete en el coche, cierra los pestillos y pone musica de Queen a todo volumen. Encontraras peculiar el cannon de entre la voz de la mujer y la de Fredy Mercury, a veces incluso suena ritmico.
Te dejo la planta, creo que no resistiria el viaje en la bodega del avion. Dejala en la repisa de la ventana, riegala dos veces al dia, pero sin pasarte, no la vayas a ahogar.
Tambien te dejo los recuerdos de mi ultimo año en Leeds. Estan por todas partes. No se ven, pero creeme, estan. Si abres la ventana, dejaran de flotar en el aire y se agarraran a las sillas, al suelo, a la cama. No forzejees, son un poco tozudos pero con el tiempo sabran que sus dias se acabaron y se marcharan sin hacer ruido. Y mientras, tu vida se ira adueñando poco a poco de la habitacion. Hasta que llegue junio. Entonces comprenderas a este tipo melancolico que te escribe una carta sin esperar respuesta.
Disfruta de tu estancia,
un saludo
Guzmán"
Lo que cubre el suelo son pelusas.
Veo fotos que son mas que 10x15cm, libros que no solo son de tapa dura y cantos reforzados, sabanas con mas de 80% de algodon.
Tambien veo un vaso de pinta y una caja de cereales.
Hay cosas que son solo cosas.
En poco tiempo cambiare de latitud. Algun extraño, maldito sea, dormira en mi cama, pisara mis pasos y correra las cortinas para mirar al gris de alla fuera. Ladron, ignorante, canalla. Me robara sin apenas disfrutar de su botin. Y los policias dormitaran bajo sus cascos, ajenos a semejante ultranza. Habra vacios legales, abogados corruptos, jueces oscuros. Enfundados en sus tunicas negras me compadeceran con la mirada. No habra nada que hacer. Lo se.
Solo queda recordar y escribir antes de que sea demasiado tarde.
Cuando paseando por las calles de Ikley con el bueno de Carlos vimos aquella libreria, enseguida pensamos en que seria un buen lugar para calentarse un poco. Que frio hacia aquel dia de noviembre. Mientras comenzabamos a sentir de nuevo la sangre irrigando los pies, me tope con un beso familiar. Era un cuaderno de Robert Doisneau, el fotografo que retrato el blanco y el negro de un Paris en la postguerra. Cinco pounds me parecio una ganga por semejante coleccion.
Desde entonces, esas imagenes cuelgan de la pared. El carrusel parece a veces girar bajo la lluvia, la torre Eiffel alguna vez salio disparada hacia el techo, como un cohete y cuando sopla el viento, un humo negro llena la habitacion. Deberia recortar esa chimenea.
Tambien tengo una foto de mi familia, que he de reconocer, tuvo que mandar mi padre porque no se me habia ocurrido traer ninguna.
"Para que te acuerdes un poco de nosotros, hijo".
A todos los campamentos de verano me llevaba una foto de escena campestre de los Sanchez . La familia al completo sonreia entre las hierbas de un prado. Mi hermano lloraba, cada uno en su papel. Al menos la miraba con cierta añoranza las primeras noches, pero aqui ni eso. No se que me ha pasado. Sera que me he hecho mayor.
Me queda un tenedor y un cuchillo. Este ultimo lo tuve que coger del hueco entre la cocina y el fregadero. No reproducire los espantos que sufri durante el viaje de mi brazo hacia el lugar mas recondito de la geografia inglesa. Decir que lo dificil no fue llegar sino arrancar el sufrido cuchillo del sustrato grasiento donde reposaba. Mas tarde y un poco mas calmado me comento que habia estado a punto de dejarse morir, estos jovenes de ahora no aguantan nada.
Tenia tres platos. Hace unos cuantos meses se rompio el ultimo. "Para lo que queda" pense. Ya puestos podia haber pensado tambien en lo dificil que es comerse una pizza en un bowl.
Lo de los vasos es otra historia, yo juraria que tenia seis. Y me queda uno. Ahora sospecho de todos mis compañeros de piso. Tienen algo de misterioso en la mirada.
Hay cosas que cuentan otras historias. La Pastilla de Jabon, la unica que hubo y habra, dice poco de mis habitos de higiene personal. La toalla colgada en la puerta del armario me recuerda que no hubo percha adhesiva en todo el supermercado que aguantara su peso cuando estaba mojada.
Hay apuntes desordenados encima de la mesa, jarabe para la tos, una poesia, un jardin impresionista, la lista de los verbos irregulares.
Tengo sucios los cristales de las gafas.
Los cables se entrelazan en el suelo, el lavabo se lleva las ultimas pompas de suciedad, el flexo zumba como una abeja.
Si apago la luz puedo oir sirenas de policia, el rumor de la television, un portazo, el agua de la ducha.
Me pregunto donde quedara todo esto una vez que me vaya.
"Querido nuevo inquilino,
Decirte que aunque no me hace mucha gracia que vayas a ocupar mi lugar, ya estoy resignado.
El lavabo de la habitacion gotea, bueno, en realidad chorrea. Asegurate de cerrar con fuerza el grifo del agua caliente o no podras pegar ojo en toda la noche.
Probablemente te preguntaras por que la ducha te llega a la altura de la barbilla. Yo tambien lo hago. Circulan muchas hipotesis por el piso, pero de momento sigue siendo un enigma. Los mas se inclinan por la arquitectura modernista.
En la casa de enfrente vive un señora que esta loca. Suele salir en su camison al portal y vocifera sin parar. Te animo a que intentes descifrar lo que dice. Su marido, cuando no aguanta mas, se mete en el coche, cierra los pestillos y pone musica de Queen a todo volumen. Encontraras peculiar el cannon de entre la voz de la mujer y la de Fredy Mercury, a veces incluso suena ritmico.
Te dejo la planta, creo que no resistiria el viaje en la bodega del avion. Dejala en la repisa de la ventana, riegala dos veces al dia, pero sin pasarte, no la vayas a ahogar.
Tambien te dejo los recuerdos de mi ultimo año en Leeds. Estan por todas partes. No se ven, pero creeme, estan. Si abres la ventana, dejaran de flotar en el aire y se agarraran a las sillas, al suelo, a la cama. No forzejees, son un poco tozudos pero con el tiempo sabran que sus dias se acabaron y se marcharan sin hacer ruido. Y mientras, tu vida se ira adueñando poco a poco de la habitacion. Hasta que llegue junio. Entonces comprenderas a este tipo melancolico que te escribe una carta sin esperar respuesta.
Disfruta de tu estancia,
un saludo
Guzmán"
En contruccion
Me veo obligado a pedir disculpas a todos los que pasais por este blog ultimamente y no veis ningun movimiento en el.
Ocurre que uno tiene unos cuantos examenes y la inspiracion resulta dificil de encontrar en los libros de bioquimica. Especialmente cuando estudias la enzima hipoxantina-guanina-fosforribosil-transferasa (HGPRT para los amigos) y el sindrome asociado a ella, una deficiencia neurologica que lleva a los pacientes a automutilarse. Literalmente se comen los dedos.
Si despues de esta demostracion de mal gusto pensais en no visitar este blog polvoriento por algun tiempo sois bienvenidos, por lo menos en una semanita hasta que acabe los examenes.
Senioras y caballeros, gracias por su paciencia.
Ocurre que uno tiene unos cuantos examenes y la inspiracion resulta dificil de encontrar en los libros de bioquimica. Especialmente cuando estudias la enzima hipoxantina-guanina-fosforribosil-transferasa (HGPRT para los amigos) y el sindrome asociado a ella, una deficiencia neurologica que lleva a los pacientes a automutilarse. Literalmente se comen los dedos.
Si despues de esta demostracion de mal gusto pensais en no visitar este blog polvoriento por algun tiempo sois bienvenidos, por lo menos en una semanita hasta que acabe los examenes.
Senioras y caballeros, gracias por su paciencia.
Inventario de lugares propicios al amor
Son pocos.
La primavera está muy prestigiada, pero
es mejor el verano.
Y también esas grietas que el otoño
forma al interceder con los domingos
en algunas ciudades
ya de por sí amarillas como plátanos.
El invierno elimina muchos sitios:
quicios de puertas orientadas al norte,
orillas de los ríos,
bancos públicos.
Los contrafuertes exteriores
de las viejas iglesias
dejan a veces huecos
utilizables aunque caiga nieve.
Pero desengañémonos: las bajas
temperaturas y los vientos húmedos
lo dificultan todo.
Las ordenanzas, además, proscriben
la caricia (con exenciones
para determinadas zonas epidérmicas
-sin interés alguno-
en niños, perros y otros animales)
y el «no tocar, peligro de ignominia»
puede leerse en miles de miradas.
¿A dónde huir, entonces?
Por todas partes ojos bizcos,
córneas torturadas,
implacables pupilas,
retinas reticentes,
vigilan, desconfían, amenazan.
Queda quizá el recurso de andar solo,
de vaciar el alma de ternura
y llenarla de hastío e indiferencia,
en este tiempo hostil, propicio al odio.
Angel Gonzalez
Se acerca el momento...
La tormenta pronto dejara de rugir. Y esos truenos se dirigen hacia el sur, muy lejos de aquí.
Cambiaré de paisajes y gentes, de rincones y camas, de humos y serpientes, de besos y miradas.
Entonces...
Agarraré con fuerza el pomo de la puerta,
aspiraré de nuevo el aire estanco de las fiestas,
dejaré a un lado las maletas,
besaré el cielo que me aplasta,
oiré el crujir de aquella verja,
y cerraré al fin pero sin pausa.
Cambiaré de paisajes y gentes, de rincones y camas, de humos y serpientes, de besos y miradas.
Entonces...
Agarraré con fuerza el pomo de la puerta,
aspiraré de nuevo el aire estanco de las fiestas,
dejaré a un lado las maletas,
besaré el cielo que me aplasta,
oiré el crujir de aquella verja,
y cerraré al fin pero sin pausa.