Vuelta y vuelta
Hace ya unas semanas que sobrevolé la verde campiña inglesa hacia el campo abrasado de la meseta.
Ciertas cosas cambian.
La basura acumulada durante todo el día en los contenedores comienza a oler a media tarde, esos bichitos llamados descomponedores parecen ser mas rápidos que los basureros. Un cuatro latas destartalado pasa por Vía Roma emitiendo en su heroico avance una humareda negra y espesa que irrita las pupilas de dos adolescentes sentados en un poyete de granito. El de constitución mas fuerte me recuerda a uno de los micos que jugaba a las chapas en el patio del colegio, nunca fue lo suficientemente grande para hacerse notar entre los mayores. Ahora no entraría por la puerta de la clase. El otro tiene la cabeza afeitada con la excepción de unos pelos engominados en forma de corona semicircular. Un cigarro reposa sobre su oreja izquierda recordando a todos los viandantes la rebeldía que esconde ese rostro de niño asustado. Desgraciadamente el pobre cigarrillo parece llevar varias jornadas en su misión reivindicativa, roto y mojado de sudor es inservible para el cometido original. Pero la idea está clara.
Unas cuantas señoras agarradas del brazo marcan el paso de domingo hacia misa de ocho. Cuchichean y comentan la actualidad de la provincia. Los temas mas candentes del supermercado de la esquina. Son las auténticas líderes de opinión a este lado del Pisuerga.
Unas mondas de naranja, papel de cocina, huesos de pollo y envoltorios de plástico se distribuyen aleatoriamente por la acera ante la mirada orgullosa de un gato negro que cree en la buena suerte de encontrar un festín a la altura del suelo.
En los bares hay camareros descamisados que piden tres cañas y un vermú. El café sabe a café, por las mañanas hay churros y porras. Al fondo de la barra el mismo viejo de todos los dias bebe el chinchón de toda la vida y se gasta la vuelta del pan en la máquina tragaperras. Si saca algo echará la primitiva.
Por la noche refresca y se levanta una brisa desde las riberas verdes de los ríos que abrazan la muralla.
Parece que estos lugares siguen como los dejamos. Aunque nosotros no seamos los mismos y las dudas nos asalten a punta de pistola en este verano recién estrenado.
La ciudad duerme mientras basureros y trasnochados velan su sueño.
Ciertas cosas cambian.
La basura acumulada durante todo el día en los contenedores comienza a oler a media tarde, esos bichitos llamados descomponedores parecen ser mas rápidos que los basureros. Un cuatro latas destartalado pasa por Vía Roma emitiendo en su heroico avance una humareda negra y espesa que irrita las pupilas de dos adolescentes sentados en un poyete de granito. El de constitución mas fuerte me recuerda a uno de los micos que jugaba a las chapas en el patio del colegio, nunca fue lo suficientemente grande para hacerse notar entre los mayores. Ahora no entraría por la puerta de la clase. El otro tiene la cabeza afeitada con la excepción de unos pelos engominados en forma de corona semicircular. Un cigarro reposa sobre su oreja izquierda recordando a todos los viandantes la rebeldía que esconde ese rostro de niño asustado. Desgraciadamente el pobre cigarrillo parece llevar varias jornadas en su misión reivindicativa, roto y mojado de sudor es inservible para el cometido original. Pero la idea está clara.
Unas cuantas señoras agarradas del brazo marcan el paso de domingo hacia misa de ocho. Cuchichean y comentan la actualidad de la provincia. Los temas mas candentes del supermercado de la esquina. Son las auténticas líderes de opinión a este lado del Pisuerga.
Unas mondas de naranja, papel de cocina, huesos de pollo y envoltorios de plástico se distribuyen aleatoriamente por la acera ante la mirada orgullosa de un gato negro que cree en la buena suerte de encontrar un festín a la altura del suelo.
En los bares hay camareros descamisados que piden tres cañas y un vermú. El café sabe a café, por las mañanas hay churros y porras. Al fondo de la barra el mismo viejo de todos los dias bebe el chinchón de toda la vida y se gasta la vuelta del pan en la máquina tragaperras. Si saca algo echará la primitiva.
Por la noche refresca y se levanta una brisa desde las riberas verdes de los ríos que abrazan la muralla.
Parece que estos lugares siguen como los dejamos. Aunque nosotros no seamos los mismos y las dudas nos asalten a punta de pistola en este verano recién estrenado.
La ciudad duerme mientras basureros y trasnochados velan su sueño.





