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Sin membretes
Sinsentidos y demás parientes
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Lugares Comunes
Para sentirnos menos solos
Sindicación
 
El General
El mercado rebosa actividad pasadas las 6 de la mañana. Camino entre puestos de frutas exóticas en dirección al trabajo cada día con la mirada perdida entre tanto movimiento. Las tenderas de voluminosos vientres cuentan los pesos que llevan dentro del delantal blanco mientras repasan a voces la mercancía. Hay pithaya, chía, melón, tamarindo, piña. Una anciana de rostro arrugado revuelve frijoles con arroz en una gran cacerola negra. Por quince córdobas lo envolverá en una hoja de palma con tostones de banano, queso frito, ensalada y chile.
Al avanzar hacia el este las calles son más tranquilas y comienzas a ver disminuir el riesgo de atropello en cada cruce. El sistema de preferencias es uno de esos códigos no escritos que se basa en la ley del primero o el más fuerte. Tu turno depende del tamaño del vehículo o en caso de igualdad de condiciones de la rapidez en hacer sonar el cláxon. Como los peatones carecen de un tamaño suficientemente competitivo, y no pueden pitar, se las tienen que ingeniar para escurrirse entre tubos de escape y equinos desbocados.
Entonces el adoquinado se funde en el barro polvoriento. Corren los niños detrás de los perros y los gatos rebañan la basura de las aceras.
A la derecha, antes de llegar al verde tropical donde acaba la ciudad, hay una fachada decorada con manos de colores. En cada una de ellas hay un nombre escrito. Elvis, Harrington, Rafael, Tania, Paula, Jessica, Lenin. Dentro los níños más madrugadores corretean por el patio, vuelan las sandalias de goma por los aires, se revuelcan por el suelo y juegan a las peleas. También les gusta lanzar una moneda contra la pared y ver quien llega mas lejos.
Las niñas son más tranquilas, se cogen de la mano y hacen corrillos de plática. Me miran desde la distancia sin decidir aún en que bando estoy.
Llegadas las 9 comienza la caza y captura de los salvajes retoños para que se pongan a hacer la tarea.
Juan de Dios tiene 8 años y apenas sabe escribir su nombre. Es introvertido y detesta no saber hacer las cosas. Esconde el lápiz, borrajetea el cuaderno y oculta la cabeza entre los brazos balbuceando sinsentidos airados. Normalmente se va a casa sin acabar los deberes y recibe una buena tunda de su padre. Sin embargo hoy ha conseguido acabar todo a tiempo. Ha copiado dos párrafos del libro de lengua española y ha practicado ortografía con las palabras bello, bonito y feo.
Al acabar guardó con cuidado los cuadernos de dos rayas y cerró la mochila con un imperdible. Con la mirada altiva se colgó el único asa sobre el hombro y caminó hacia la salida con el paso marcial de un general en una entrega de medallas.
En la calle volvía a ser un niño con los piés sucios que ayuda a su madre en el mercado.
Demasiado pequeño para comprender porqué vende tortillas de maíz o porqué hace las tareas y va a la escuela. Pero hoy era diferente entre el resto, era El General. Me pregunto si servirá para algo cuando le ofrezcan comenzar a esnifar pegamento, cuando se plantee dejar la escuela sin apenas saber multiplicar y salir a la calle donde la multitud te engulle.
Y solo eres un niño con los piés sucios.
 
Nicaragua
Abrí los ojos sobre las 7 de la mañana cuando el sol comenzaba a colarse por entre las tejas directamente encima de mi camastro. El aire estaba cargado, infinitamente removido por el ventilador durante toda la noche, circulaba cansado y espeso alrededor de la habitación.

Me calcé con calma las sandalias de cuero y abrí la puerta que da al patio. La ropa tendida la noche anterior todavía estaba húmeda. Otra tormenta. El ambiente era vaporoso en torno a las grandes hojas verdes que se secaban con rapidez bajo en sol de la mañana.

Pensé en desayunar pero este calor húmedo me quita el apetito. Me tumbé en la hamaca de cuerda porque es la más freca y comencé a balancearme como un bebé en los brazos de una fornida matrona. Ya se podía percibir el ruido ajetreado del mercado allá fuera. Las camionetas públicas abriéndose paso a golpe de claxon entre bicicletas y carros de caballos. A lo lejos sonaba una canción de Silvio.

Entonces me dí cuenta de que ya no estaba en Barajas, ni esperaba en el hotel de la carretera de Barcelona a que saliera el avión retrasado. No sobrevolaba las islas del Caribe ni cruzaba San José en un taxi destartalado. El eterno viaje en autobús a través del bosque nublado costarricense ya era historia, como también lo eran la frontera, los cambiantes y el impuesto de aduana. Las luces de Managua en la medianoche se apagaron tras el humo de un coche en direccion noroeste y aparecieron volcanes en el horizonte, iglesias de mármol envejecido, calles sin nombre. Estaba en León, una cuadrícula de casas bajas con pintura descolorida a 30 km del Pacífico donde la vida tiene ritmo lento, llueve por la tarde y la historia hace surcos en los rostros de la gente. Donde los ojos negros se achinan en una sonrisa espontánea y las manos son duras y callosas.
Huele a fruta y a madera vieja.

Los nicas me dan la bienvenida a su tierra de contrastes.
 
A primera vista
Veo calles polvorientas, carros tirados por caballos, un señor vende un gallo en la esquina, a su lado una pirámide de papayas desafia la gravedad, como el inmenso cuenco que reposa sobre la cabeza de aquella diminuta mujer. Hay almendros en las plazas, el calor es humedo y a las tres de la tarde el cielo se quiebra bajo el trueno y comienza a llover. La gente observa tranquila bajo techos de zinc como el polvo se remueve. Cuando cesa la tormenta los niños juegan al balón sobre la tierra embarrada.
Será que el realismo mágico existe?