logotipo

img_google
Sin membretes
Sinsentidos y demás parientes
.
Enlaces
Lugares Comunes
Para sentirnos menos solos
Sindicación
 
Las Migas y la Guerra
A veces me acuerdo de este lugar del ciberespacio y pienso en lo descuidado que se está quedando últimamente. Hoy me he decidido a dedicarle unos minutos para que los pocos que de vez en cuando, y cada vez con menos fé, apartan las telarañas para echar un vistazo se lleven una sorpresa y vean que todavía queda vida por estos parajes.
Entre las baldosas del patio han crecido toda suerte de malas hierbas que me ha costado lo suyo arrancar. En el lomo de los libros se acumulan toneladas de polvo bíblico. La carcoma ha hecho del aparador del salón su lugar de residencia permanente. Y yo no soy quien para echarla, me dice, porque es antigua inquilina. Así que seguirá pagando su ridícula renta en pesetas hasta que se muera de aburrimiento y entonces pueda alquilar lo que quede del aparador a un precio acorde con el mercado inmobiliario actual.

Tengo predilección por las migas con panceta. Es un plato sencillo que sólo requiere paciencia ya que hay que dejarlas en remojo la noche anterior y remover bién al cocinarlas para que no se apelmacen. Saben a pueblo y a fogón.
Mi tía abuela María demostró que conserva intacto el apetito a pesar de sus más de 80 años de vida. Y mientras comía religiosamente su plato de migas nos habló de los recuerdos, de la guerra y de los tiempos del hambre. Sus historias son el relato de un pasado en blanco y negro que cada vez es más pasado y más olvido. El Madrid asediado por los nacionales comenzó a dibujarse a través de sus palabras, un lugar de ruinas y miseria visto por una niña de apenas 10 años. Los niños de entonces son octogenarios que han asistido con estupor a la transformación de la sociedad. Y ahora que no hay bombas, ni batería antiaérea (aquí). Ahora que hay menos banderas (?) deberíamos mirarnos al espejo y preguntarnos si de verdad hemos aprendido la lección. Cuando estamos cerca de perder a los niños de la guerra preguntarnos si les hemos escuchado lo suficiente, si hemos dejado que nos den consejos, collejas y apretones de carrillos y si no pensamos en ellos como viejos sino como sabios. Más migas es lo que hace falta.