El brillo del jazz ilumina madrid
Colas interminables, aire denso, nervios a flor de piel…todos los elementos de la noche hacían presagiar una gran velada musical con el jazz y el bajo como protagonistas. En efecto, al público le esperaban tres estilos, tres generaciones, tres formas de entender el jazz y sobre todo seis manos privilegiadas para hacer del bajo, el principal motor musical del concierto.
Stanley Clarke –uno de los padres junto con Jacob Pastorius del bajo actual y cabeza visible de la ‘Old School’ del jazz-, Marcus Miller –uno de los miembros mas destacados de una generación intermedia de músicos y que ha elevado el ‘slap’ a la categoría de obra de arte- y Victor Wooten –uno de los nuevos gurús del bajo y un autentico crack a la hora de realizar el ‘tapping’- nos han mostrado en la Joy Eslava una clase magistral de la evolución del jazz, y por supuesto del bajo, en estas tres ultimas décadas.
El concierto comenzaba con energía, los tres músicos presentaban en Madrid –dentro del muy recomendable XXV Festival de Jazz de la capital- el ultimo disco en el que han trabajado estrechamente “Thunder”, y desde las primeras notas consiguieron hipnotizar al público –en el que había poca gente guapa y si bastante entendido del tema- bajo el hechizo del buen jazz.
Los temas iniciales emprenden el viaje de la noche en el que se empiezan a segregar, repartir e inyectar las primeras endorfinas jazzeras y el público, imbuido en un halo mágico, comienza a sentir de manera primaria el espectáculo. El show estaba en marcha y los ánimos empezaban a caldearse.

Un solo de Victor Wooten con un claro aire aflamencado supone la primera parada en este viaje nocturno. Se estrechan las distancias entre la pista y el escenario, quedaba claro que los tres bajistas no habían venido a Madrid de turismo, sino a ofrecer un gran espectáculo musical.
La segunda parada de este trayecto musical nos la ofrece Marcus Miller con el clarinete. El músico de Nueva York, toma el testigo de Wooten y se marca uno de sus temas mas clásicos; “Tutu”, exprimiendo todos los sentimientos a un clarinete que suena a melancolía, a recuerdo –a aquella saudade a la que constantemente aludía el poeta portugués Fernando Pessoa-. Miller alarga las notas de manera parnasianista y estas se escapan de manera lenta entre sus dedos para buscar el aire y encontrar en el oído del público un buen cobijo sobre el que seguir vibrando.
En la tercera estación a la que llegamos en este vuelo jazzero nos encontramos a Stanley Clarke y el contrabajo. Uno de los padres del jazz actual nos mostraba sus raíces clásicas. El bajista de Filadelfia nos transportaba al blanco y negro con unas notas con sabor a los cincuenta. Con un ritmo cercano al de Miles Davis con toques anejos y con un tempo musical en un continuo increcendo, Stanley Clarke involucraba al público y lo sumía en una espiral que terminaría por convertirse en uno de los mayores clímax de la noche.
Como en todo buen concierto de jazz, esta noche la improvisación tuvo su espacio. A partir de unas bases, estos tres músicos dejaron su alma al descubierto y se pusieron manos a la obra con la más pura esencia del jazz, la creación. En las improvisaciones los bajistas trazaron grandes pinceladas de lo que son sus estilos. Victor Wooten mostró lo que es capaz de ofrecer el nuevo jazz, una música mas abierta y que recoge diferentes tendencias que abarcan desde el funky hasta el soul. El bajista de la escuela de Berkley combina de manera ideal el lado más melódico que muestra Clarke y la versión más canera que en ocasiones representa Miller. Por su parte, Marcus Miller nos ofrece una versión más electrica. Sus manos se pierden entre las cuerdas de su bajo y le da un toque más potente a su jazz a la vez que lo hace más combinable con géneros más alternativos. Por su parte, el más mayor de los tres, nos mostraba la pureza del jazz, en su versión más acústica, y nos ofrecía la mítica ‘School Days’ para terminar el espectáculo.
En definitiva, Stanley Clarke, Marcus Miller y Victor Wooten ofrecieron algo más que un simple concierto. Los tres grandes bajistas iluminaron al público asistente con un espectáculo musical que se filtra por las venas, que impregna todos los sentidos...un show que pasará a formar parte de la Banda Sonora de más de una vida.
Pedro Pollán
Stanley Clarke –uno de los padres junto con Jacob Pastorius del bajo actual y cabeza visible de la ‘Old School’ del jazz-, Marcus Miller –uno de los miembros mas destacados de una generación intermedia de músicos y que ha elevado el ‘slap’ a la categoría de obra de arte- y Victor Wooten –uno de los nuevos gurús del bajo y un autentico crack a la hora de realizar el ‘tapping’- nos han mostrado en la Joy Eslava una clase magistral de la evolución del jazz, y por supuesto del bajo, en estas tres ultimas décadas.
El concierto comenzaba con energía, los tres músicos presentaban en Madrid –dentro del muy recomendable XXV Festival de Jazz de la capital- el ultimo disco en el que han trabajado estrechamente “Thunder”, y desde las primeras notas consiguieron hipnotizar al público –en el que había poca gente guapa y si bastante entendido del tema- bajo el hechizo del buen jazz.
Los temas iniciales emprenden el viaje de la noche en el que se empiezan a segregar, repartir e inyectar las primeras endorfinas jazzeras y el público, imbuido en un halo mágico, comienza a sentir de manera primaria el espectáculo. El show estaba en marcha y los ánimos empezaban a caldearse.

Un solo de Victor Wooten con un claro aire aflamencado supone la primera parada en este viaje nocturno. Se estrechan las distancias entre la pista y el escenario, quedaba claro que los tres bajistas no habían venido a Madrid de turismo, sino a ofrecer un gran espectáculo musical.
La segunda parada de este trayecto musical nos la ofrece Marcus Miller con el clarinete. El músico de Nueva York, toma el testigo de Wooten y se marca uno de sus temas mas clásicos; “Tutu”, exprimiendo todos los sentimientos a un clarinete que suena a melancolía, a recuerdo –a aquella saudade a la que constantemente aludía el poeta portugués Fernando Pessoa-. Miller alarga las notas de manera parnasianista y estas se escapan de manera lenta entre sus dedos para buscar el aire y encontrar en el oído del público un buen cobijo sobre el que seguir vibrando.
En la tercera estación a la que llegamos en este vuelo jazzero nos encontramos a Stanley Clarke y el contrabajo. Uno de los padres del jazz actual nos mostraba sus raíces clásicas. El bajista de Filadelfia nos transportaba al blanco y negro con unas notas con sabor a los cincuenta. Con un ritmo cercano al de Miles Davis con toques anejos y con un tempo musical en un continuo increcendo, Stanley Clarke involucraba al público y lo sumía en una espiral que terminaría por convertirse en uno de los mayores clímax de la noche.
Como en todo buen concierto de jazz, esta noche la improvisación tuvo su espacio. A partir de unas bases, estos tres músicos dejaron su alma al descubierto y se pusieron manos a la obra con la más pura esencia del jazz, la creación. En las improvisaciones los bajistas trazaron grandes pinceladas de lo que son sus estilos. Victor Wooten mostró lo que es capaz de ofrecer el nuevo jazz, una música mas abierta y que recoge diferentes tendencias que abarcan desde el funky hasta el soul. El bajista de la escuela de Berkley combina de manera ideal el lado más melódico que muestra Clarke y la versión más canera que en ocasiones representa Miller. Por su parte, Marcus Miller nos ofrece una versión más electrica. Sus manos se pierden entre las cuerdas de su bajo y le da un toque más potente a su jazz a la vez que lo hace más combinable con géneros más alternativos. Por su parte, el más mayor de los tres, nos mostraba la pureza del jazz, en su versión más acústica, y nos ofrecía la mítica ‘School Days’ para terminar el espectáculo.
En definitiva, Stanley Clarke, Marcus Miller y Victor Wooten ofrecieron algo más que un simple concierto. Los tres grandes bajistas iluminaron al público asistente con un espectáculo musical que se filtra por las venas, que impregna todos los sentidos...un show que pasará a formar parte de la Banda Sonora de más de una vida.
Pedro Pollán