De cómo parecer cultilla y para qué
No hay nada que más me moleste en el mundo que los cultillos, esos que saben de todo porque lo acaban de leer en el mantelillo de Pans&Company o lo acaban de oír en una tertulia de esas de la tele en la que te subtitulan los detalles más interesantes para que no tengas que esforzarte en escucharlos.
Después de demasiados años en una facultad de letras os puedo asegurar que el cultillo no nace: se hace. Por supuesto que hay casos patológicos de cultillos de instituto, pero eso suele tener más relación con el club de amigos de los cantautores, de los que cualquier día os hablaré, si es que queréis leerme.
A lo que íbamos: el cultillo se hace. Un pinkfloyd (léase pinflói) cualquiera que llega a la facultad un otoño cualquiera se transforma, por obra y gracia de General Óptica, en un tipito con gafas de pasta. El paso de pinflói a poseedor de montura de pasta es doloroso para el tipo y maligno para las patas de gallo de todos cuantos le rodean, esforzados en reconocer al pinflói que allí había en el periodo que llamaremos "pre-gafasdepasta".
El caso es que, animado por el asunto, el gafapasta se compra un libro de un autor con muchas consonantes y acentos imposibles sobre las vocales y lo pasea sobre su carpeta forrada con el especial brasileñas del Man (siempre tan puntual). Empieza a codearse con otros tipos que se interesan por autores no sólo muertos y desconocidos sino manifiestamente malos. Los nuevos amigos de bambi miran de reojo a las brasileñas y decide cambiarlas. Lo más doloroso en la vida de una larva de cultillo es el momento en el que se arma de valor para entrar en Carrefú y comprarse una carpeta nueva. Eso sí, negra.
Entonces el gafapasta se convierte, irremediablemente, en bichorraro, la última fase. En ella, los compañeros le miran con cierto resquemor (eso cree él) cuando se acerca a los corrillos entre clase y clase para preguntar si alguien está al corriente, pongamos por caso, de las teorías de los círculos neokantianos de Estocolmo acerca de la insoportable levedad del ser. Algunos lo miran con sorpresa, otros piensan: si le azoto la colilla a la boca ¿tengo posibilidades de encestar? y los más se parten en su cara misma.
Ese es el momento decisivo: el milagro se produce. El patético pinflói, con sus gafas de pasta, su libro de un autor que lo menos es de Uzbequistán, su carpeta negra (sin negras, ya), asume la gran verdad que le hará cultillo: los demás le envidian por sus conocimientos sobre la adjetivación de los sustantivos pares en la novelística del último Balzac. Y de esa envidia nace el cultillo... que como Terminator, nunca termina de irse ya.
¿A qué viene todo esto? A que me he pasado el día todo en la facultad en un taller literario al que tenía que acudir por prescripción facultativa (léase, lo dirige mi director y no pudo ir) y, antes de las once, ya me apetecía llamar a una amiga que entiende mucho de crímenes para preguntarle si lo mío podía ser diagnosticado sin esperar más como locura transitoria. Y, ¡hala! a freirlos a todos a tiros. Eso sí, si los cultillos se acabasen, los festivales de cine y los fabricantes de jerseys de cuello cisne negros se iban a quedar sin público.
Después de demasiados años en una facultad de letras os puedo asegurar que el cultillo no nace: se hace. Por supuesto que hay casos patológicos de cultillos de instituto, pero eso suele tener más relación con el club de amigos de los cantautores, de los que cualquier día os hablaré, si es que queréis leerme.
A lo que íbamos: el cultillo se hace. Un pinkfloyd (léase pinflói) cualquiera que llega a la facultad un otoño cualquiera se transforma, por obra y gracia de General Óptica, en un tipito con gafas de pasta. El paso de pinflói a poseedor de montura de pasta es doloroso para el tipo y maligno para las patas de gallo de todos cuantos le rodean, esforzados en reconocer al pinflói que allí había en el periodo que llamaremos "pre-gafasdepasta".
El caso es que, animado por el asunto, el gafapasta se compra un libro de un autor con muchas consonantes y acentos imposibles sobre las vocales y lo pasea sobre su carpeta forrada con el especial brasileñas del Man (siempre tan puntual). Empieza a codearse con otros tipos que se interesan por autores no sólo muertos y desconocidos sino manifiestamente malos. Los nuevos amigos de bambi miran de reojo a las brasileñas y decide cambiarlas. Lo más doloroso en la vida de una larva de cultillo es el momento en el que se arma de valor para entrar en Carrefú y comprarse una carpeta nueva. Eso sí, negra.
Entonces el gafapasta se convierte, irremediablemente, en bichorraro, la última fase. En ella, los compañeros le miran con cierto resquemor (eso cree él) cuando se acerca a los corrillos entre clase y clase para preguntar si alguien está al corriente, pongamos por caso, de las teorías de los círculos neokantianos de Estocolmo acerca de la insoportable levedad del ser. Algunos lo miran con sorpresa, otros piensan: si le azoto la colilla a la boca ¿tengo posibilidades de encestar? y los más se parten en su cara misma.
Ese es el momento decisivo: el milagro se produce. El patético pinflói, con sus gafas de pasta, su libro de un autor que lo menos es de Uzbequistán, su carpeta negra (sin negras, ya), asume la gran verdad que le hará cultillo: los demás le envidian por sus conocimientos sobre la adjetivación de los sustantivos pares en la novelística del último Balzac. Y de esa envidia nace el cultillo... que como Terminator, nunca termina de irse ya.
¿A qué viene todo esto? A que me he pasado el día todo en la facultad en un taller literario al que tenía que acudir por prescripción facultativa (léase, lo dirige mi director y no pudo ir) y, antes de las once, ya me apetecía llamar a una amiga que entiende mucho de crímenes para preguntarle si lo mío podía ser diagnosticado sin esperar más como locura transitoria. Y, ¡hala! a freirlos a todos a tiros. Eso sí, si los cultillos se acabasen, los festivales de cine y los fabricantes de jerseys de cuello cisne negros se iban a quedar sin público.
Los tres males del becario: úlcera, ansiedad y delirios de grandeza
Hace tiempo que vengo observando a muchos de mis compañeros becarios. Empecé a fijarme en ellos cuando todavía era estudiante de licenciatura y algunos venían a darnos clase de vez en cuando. Con el tiempo y mucho autoanálisis he llegado a la conclusión de que son tres los males que aquejan a los becarios de investigación:
- la ansiedad: ¿qué hago? ¿para qué lo hago? ¿estará bien lo que hago? ¿lo llevaré a un congreso? ¿qué pensará mi director? También hay una versión de esta ansiedad a la que llamo "la ansiedad del lado oscuro", que consiste en envidiar malignamente cualquier cosa que hagan otros becarios y rpetender de forma enfermiza que también se te presente esa oportunidad. He de reconocer que, en algunos momentos, yo misma soy el ejemplo perfecto de ansiosa del lado oscuro...
- la úlcera: en serio creo que se debe a los cafés de las máquinas y a la comida de la cafetería de la facultad. También, eso sí, a malvivir con productos de ínfima calidad (porque no puedes pagar otra cosa si quieres comprar el cartucho de tinta que te hace falta para el borrador del artículo) y pasar horas y horas sentado sin hacer más ejercicio que pestañear.
Los ulcerosos tienen menos peligro que los ansiosos, aunque algo más de mala leche. Eso es lógico: pura bilis.
- los delirios de grandeza: es un mal que afecta a muchos becarios a partir de su segundo congreso. Algo así como que uno se redimensiona y dice: si compartí mesa con San Serenín Bendito debe de ser que soy de entre lo más de este asunto. En la mayor parte de los casos, te ponen en esa mesa porque ni RIta soporta al tipo famoso porque habla por los codos y no deja hueco a los demás y piensan que un becario siempre se va a preocupar de que su texto esté medido.
¿Y todo esto a qué viene? A que comparto director con una salamandra que, de verdad, no sé por qué no le concede dios (sea el que fuere y en caso de que hubiere) una buena úlcera. O, ya puestos, la pandilla de ladilla más grande del universo, para que la comparta con la también becaria y tragué-una-espumadera-por-eso-soy-así-de-estirada de su novia. Además de intentar enfrentarme con mi dire, se esfuerza cotidianamente en hablar mal de mí, hacerme sentir aislada y... vamos, que se toma muy en serio lo de fastidiarme la vida. Pero, señoras y señores, niños y niñas, no lo va a conseguir. No sé si porque moooooooolooooooooooooo maaaaaaaaazooooooooo (tengo que dejar de poner el depretotal disco fantasma de unas Navidades pasadas, aunque me ría) o porque pretendo convencerme de que estoy por encima de sus estupideces. Además, se le acaba la beca y no redactó ni veinte cochinos folios. Así que creo que ahora, en respuesta a un imeil insultante que acabo de recibir de su parte con nada veladas amenazas de montármela parda una vez más con el dire común, voy a estirar el dedo corazón de mi mano derecha y, con un rotulador, perfilar la línea de mi mano para regalarle ese bonito dibujo. Hala.
- la ansiedad: ¿qué hago? ¿para qué lo hago? ¿estará bien lo que hago? ¿lo llevaré a un congreso? ¿qué pensará mi director? También hay una versión de esta ansiedad a la que llamo "la ansiedad del lado oscuro", que consiste en envidiar malignamente cualquier cosa que hagan otros becarios y rpetender de forma enfermiza que también se te presente esa oportunidad. He de reconocer que, en algunos momentos, yo misma soy el ejemplo perfecto de ansiosa del lado oscuro...
- la úlcera: en serio creo que se debe a los cafés de las máquinas y a la comida de la cafetería de la facultad. También, eso sí, a malvivir con productos de ínfima calidad (porque no puedes pagar otra cosa si quieres comprar el cartucho de tinta que te hace falta para el borrador del artículo) y pasar horas y horas sentado sin hacer más ejercicio que pestañear.
Los ulcerosos tienen menos peligro que los ansiosos, aunque algo más de mala leche. Eso es lógico: pura bilis.
- los delirios de grandeza: es un mal que afecta a muchos becarios a partir de su segundo congreso. Algo así como que uno se redimensiona y dice: si compartí mesa con San Serenín Bendito debe de ser que soy de entre lo más de este asunto. En la mayor parte de los casos, te ponen en esa mesa porque ni RIta soporta al tipo famoso porque habla por los codos y no deja hueco a los demás y piensan que un becario siempre se va a preocupar de que su texto esté medido.
¿Y todo esto a qué viene? A que comparto director con una salamandra que, de verdad, no sé por qué no le concede dios (sea el que fuere y en caso de que hubiere) una buena úlcera. O, ya puestos, la pandilla de ladilla más grande del universo, para que la comparta con la también becaria y tragué-una-espumadera-por-eso-soy-así-de-estirada de su novia. Además de intentar enfrentarme con mi dire, se esfuerza cotidianamente en hablar mal de mí, hacerme sentir aislada y... vamos, que se toma muy en serio lo de fastidiarme la vida. Pero, señoras y señores, niños y niñas, no lo va a conseguir. No sé si porque moooooooolooooooooooooo maaaaaaaaazooooooooo (tengo que dejar de poner el depretotal disco fantasma de unas Navidades pasadas, aunque me ría) o porque pretendo convencerme de que estoy por encima de sus estupideces. Además, se le acaba la beca y no redactó ni veinte cochinos folios. Así que creo que ahora, en respuesta a un imeil insultante que acabo de recibir de su parte con nada veladas amenazas de montármela parda una vez más con el dire común, voy a estirar el dedo corazón de mi mano derecha y, con un rotulador, perfilar la línea de mi mano para regalarle ese bonito dibujo. Hala.
El presidente del Principado (de Asturias) dice que "la fuga de universitarios es una leyenda urbana"
Me parto el eje. Amanezco a las 10 de la mañana porque unos tipos que hacen acrobacias verticales están pintando el patio... y yo que me había acostado a las 5 y media con un puñetero libro que estoy leyendo.
Pues eso, que me parto el eje. Después de cuatro cutre horas mal dormidas abro el periódico y lo primero que me encuentro es a Mr. Tini (Álvarez Areces), presidente de esta republica bananera subsidiaria de los fondos europeos que es Asturias diciendo, más pancho que ancho (y cualquiera que lo conozca sabrá que eso es harto difícil) que el asuntillo ese de que los universitarios asturianos nos vayamos de la comunidad es una "leyenda urbana" Si no fuera porque es algo extremadamente dramático todavía estaría riéndome a estas horas. Dice el tipo que el 37% de los filólogos trabajan de lo suyo y encima en Asturias.
Lo dicho, que me parto el eje... pero sólo porque no puedo ni partirle la cara ni escupirle las profesiones de mis compañeros de promoción, que el que mejor está malvive trabajando de comercial y los únicos que están bien es porque viven a cientos o miles de kilómetros -Nepal, Mostar, Angola, China-...
Odio es tipo de politiqueo a costa del futuro de mi -¿nuestra?- generación. Mi único consuelo es que la pensión de Tini la paguemos los filólogos que consigamos trabajar aquí y de lo nuestro. Y si no, que no cobre.
En fin, que me voy a poner a los Berrones para oir cómo insultan a un político fartón que no hace más que ir y venir de inauguraciones y fartures día y noche mientras Asturias se va a la mierda... ¿alguien se imagina quién?
Por un día, eso sí, no pensaré mal de mi tesis. Gracias a los que me escribisteis ayer, ¡me hizo feliz!
Pues eso, que me parto el eje. Después de cuatro cutre horas mal dormidas abro el periódico y lo primero que me encuentro es a Mr. Tini (Álvarez Areces), presidente de esta republica bananera subsidiaria de los fondos europeos que es Asturias diciendo, más pancho que ancho (y cualquiera que lo conozca sabrá que eso es harto difícil) que el asuntillo ese de que los universitarios asturianos nos vayamos de la comunidad es una "leyenda urbana" Si no fuera porque es algo extremadamente dramático todavía estaría riéndome a estas horas. Dice el tipo que el 37% de los filólogos trabajan de lo suyo y encima en Asturias.
Lo dicho, que me parto el eje... pero sólo porque no puedo ni partirle la cara ni escupirle las profesiones de mis compañeros de promoción, que el que mejor está malvive trabajando de comercial y los únicos que están bien es porque viven a cientos o miles de kilómetros -Nepal, Mostar, Angola, China-...
Odio es tipo de politiqueo a costa del futuro de mi -¿nuestra?- generación. Mi único consuelo es que la pensión de Tini la paguemos los filólogos que consigamos trabajar aquí y de lo nuestro. Y si no, que no cobre.
En fin, que me voy a poner a los Berrones para oir cómo insultan a un político fartón que no hace más que ir y venir de inauguraciones y fartures día y noche mientras Asturias se va a la mierda... ¿alguien se imagina quién?
Por un día, eso sí, no pensaré mal de mi tesis. Gracias a los que me escribisteis ayer, ¡me hizo feliz!
¿Para qué sirve una tesis doctoral?
Hace tiempo que tenía ganas de escribir un blog. En realidad pretendo usarlo miserablemente como vía de escape a una tesis doctoral que me está chupando la sangre y con la que -algunos días- tengo una relación más de odio que de amor.
Cualquier persona que haya estado en mi situación (es decir, haciendo algo que está completamente seguro que no le interesa a nadie) se habrá encontrado de pronto con un vacío que no llenan los cafés de la máquina ni las conversaciones con otros que están en la misma situación. Es la nada cotidiana, si me perdona Zoe Valdés. El levantarse cada día para avanzar hacia algo que carece de sentido; el estar sentado haciendo algo que no nos importa pero que, en realidad, hacemos para conseguir algo más.
Puede ser que, en resumen, eso es lo que hace todo el mundo cuando trabaja: convierte su esfuerzo, que me imagino que a veces se ve sin sentido, en dinero. Pero los becarios somos personillas tristes que nos pasamos el día leyendo tonterías y obsesionados por cumplir con unos requisitos que no nos van a facilitar un puesto de trabajo. Es como si luchásemos cuatro (cinco, seis) años para llegar a un agujero negro.
En muchos momentos me siento como el correcaminos: con todo el equipamiento y toda la planificación, corriendo como una loca hacia algo inasible. Y, al final, sólo el barranco.
Vaya momento moco para empezar mi blog. En adelante, o eso espero, mi humor mejorará. Algunos días me gusta mi tesis...
Cualquier persona que haya estado en mi situación (es decir, haciendo algo que está completamente seguro que no le interesa a nadie) se habrá encontrado de pronto con un vacío que no llenan los cafés de la máquina ni las conversaciones con otros que están en la misma situación. Es la nada cotidiana, si me perdona Zoe Valdés. El levantarse cada día para avanzar hacia algo que carece de sentido; el estar sentado haciendo algo que no nos importa pero que, en realidad, hacemos para conseguir algo más.
Puede ser que, en resumen, eso es lo que hace todo el mundo cuando trabaja: convierte su esfuerzo, que me imagino que a veces se ve sin sentido, en dinero. Pero los becarios somos personillas tristes que nos pasamos el día leyendo tonterías y obsesionados por cumplir con unos requisitos que no nos van a facilitar un puesto de trabajo. Es como si luchásemos cuatro (cinco, seis) años para llegar a un agujero negro.
En muchos momentos me siento como el correcaminos: con todo el equipamiento y toda la planificación, corriendo como una loca hacia algo inasible. Y, al final, sólo el barranco.
Vaya momento moco para empezar mi blog. En adelante, o eso espero, mi humor mejorará. Algunos días me gusta mi tesis...





