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Haciéndome el sueco
Unas pequeñas notas de un postdoc perdido en Ikealandia
Acerca de
Acerca de cómo un gaditano con vocación de científico se marchó de postdoc a vivir venturas y desventuras a un lugar de la Suecia, de cuyo nombre no puedo pronunciar, y de cómo éstas son narradas.
Sindicación
 
Felicidad



Hace ya algún tiempo que no voy por España. No mucho, pero suficiente como para que el pellizco de las faltas empiece a apretar. Las noticias de veranos me llegan decoradas con playas, soles y días de calor, y yo me dedico a envolverlas con mis propios paños de estíos pasados, esos en los que yo participaba. Vivo ahora en un mundo que se divide en plena guerra civil. Buenos contra malos durante los meses en los que los buenos se sienten suficientemente fuertes como para plantar cara a los malos, conscientes de que la guerra acabará en septiembre, con la sonora derrota de siempre, la de los malos días tumbando las pocas defensas que los días buenos puedan presentar. Y aún así, en plena batalla veraniega, los días malos son lo suficientemente numerosos como para que pierdas la consciencia de que a unos pocos de kilómetros, tan solo unos miles, la gente vuelve de la playa por la tarde un día como hoy, un día malo, lluvioso, frío y ventoso como el de hoy.

Y sin embargo, tanto en los días malos como en los buenos, vengo dándole vueltas a una pregunta que me surgió mientras viajaba de vuelta de mi última pasada por allí abajo. En mis manos aquel domingo de plena primavera, de esa que ya pica cuando la espalda se asoma al Sol, El País Semanal me contaba algo sobre la Felicidad..., la que se escribe en mayúsculas, la que todos ansiamos desde el primer hasta el último día. Brebaje mágico del que todos deseamos tener la receta... mezclando sentimientos, esperanzas y anhelos para darle el sabor más dulce a nuestras vidas. ¿Existe la felicidad como tal? Y si existe, ¿qué es realmente la felicidad? Obviando respuestas más sencillas, o incluso las más metafísicas, sacando del tiesto de la ecuación hasta las respuestas más poéticas que nos proponen algunos, lo cierto es que no puedo aportar en este pequeño espacio mayor certidumbre a esta pregunta de la que ya pueda haber. Sí, lo cierto es que la Felicidad, en mayúsculas, pertenece a uno de esos conceptos tan maravillosos que manejamos en cualquier idioma y que son imposibles de definir con precisión. Felicidad, Amor, Belleza.... Dice José Echegaray cada vez que paseas por la Calle Huertas en Madrid que la Belleza es algo que no podemos saber con certidumbre matemática, pero que existe, y que palpita en la naturaleza. Y creo sinceramente que lo mismo hubiera dicho este digno señor de la Felicidad, o del Amor. Es curioso, e incluso irónico, que todos estos conceptos a los que antes me refería sean, precisamente los que más buscamos, y sin embargo, los que peor podamos definir... ¿tiene sentido? Quizás la única manera de solventar este dilema sea dejando la respuesta al subjetivismo de cada persona. Todos lo buscamos, sí, algo tan general pero que, al fin y al cabo, encontrarlo depende de cada individuo, cada uno a su manera... no existe quizás la Felicidad en general, sino tu felicidad, o mi felicidad... quizás sea así, ¿quien puede corroborarlo?

Pero volvamos al artículo de El País Semanal..., y quizás así se vea cierto sentido a este tratado filosófico breve y barato que acabo de proponer. El artículo en cuestión analizaba la respuestas de muchos europeos a la pregunta más sencilla y la que todo querríamos dar la misma respuesta. ¿Es usted feliz? Y resulto que, inesperadamente para lo que mucho podríamos esperar, eran los países escandinavos, Dinamarca y Suecia donde la gente vivía más feliz de toda Europa. Procedo de un país en el que cada dos por tres alguien te dirá que como en él no se vive en ningún lado. Aquel domingo regresaba somnoliento y cansado, con el regusto del albero de la feria aún en mi boca, me montaba en el avión tras haber pasado unos días en una de las fiestas populares donde el gusto por la buena vida se celebra más intensamente (al menos que yo conozca), y resultó que esos países oscuros del norte, fríos, y solitarios son precisamente donde la gente vive más feliz. Lo que me faltaba, todos esos días de fiesta y risas entre los míos están justo en el sitio contrario a donde de manera más sencilla parece encontrarse la felicidad. De nuevo a contracorriente. ¿Y qué tienen los suecos, y en su extensión sus vecinos daneses que no tengamos nosotros los hispanos para sentirse más felices? La respuesta a esta nueva ironía no la daba aquel artículo, ni mucho menos la podré solventar en estos minutos que quedan de aquí a que se acabe esta lectura, pero sin duda, me dio qué pensar, fastidiando con ello mis planes de acolchar mi viaje a base de sueños profundos. ¿Son tan ingenuos los escandinavos para creerse más felices que los habitantes del cálido sur, acaso la felicidad llega a esos límites de subjetividad, o es que, horror, realmente, lo son? Me veo en la tesitura de tener que dar mi punto de vista sobre este tema, y con ello tratar de dar una salida lógica a este embrollo emocional, aunque presiento que va a ser bastante complejo.

Habrá que partir de la base de que no todos los seres vivientes que pululan por estos territorios felices pueden disfrutar como podría hacerlo yo de la mera visión de las bellezas nórdicas (cosa que, cual viejas pesetas rubias, no te da la felicidad, pero en cierto modo, ayuda), puesto que al menos la mitad de la población está compuestas por tan dignas damas, y por tanto, es de esperar que la visión de una belleza de corte similar no produzca la mencionada dicha. Tampoco podemos achacarlo a priori a las veleidades del clima nórdico, ni a su capacidad mayúscula de crear riqueza a base de muebles de calidad más que dudosa. Siempre se ha asociado a Suecia con uno de los países con más alto nivel de suicidios del mundo, y aunque esa cifra no case con la cuestión aquí traída, bien es posible que una alta tasa de "eliminación de depresivos" por voluntad propia favorezca al final la representación de los seres felices, pero, ni estos datos sobre suicidios son tan ciertos, ni yo me permitiré el lujo de frivolizar sobre este tipo de cuestiones.

Podría ser entonces que el sueco medio se conforma con menos que lo que hace un españolito de calle. Quizás los aquí vivientes rellenen antes sus necesidades básicas, y por tanto, puedan alcanzar el estado de satisfacción previo al de felicidad mucho antes que el español medio. Pero eso sería simplificarlo demasiado. Quizás, y solo quizás, para ser más precisos habría que comprobar la calidad de vida de una ciudad media española con una ciudad del mismo tamaño en este país, y así, nos daríamos cuenta de que, por mucho que nos pese a los inventores de la dieta mediterránea, las ciudades suecas son mucho más habitables que las nuestras. Sí, Granada es indiscutiblemente más bella que Göteborg, sin duda, pero no me equivoco si digo que desde que estoy aquí, mi vida es más tranquila, más sosegada, menos estresante, y, mi estado de apaciguamiento que no se perturba por motos pasando con el escape abierto, o por el claxon de miles de coches en imposible intento antisinfónico, ni camiones de recogida de basura a la una de la mañana. Sí, nosotros, precursores de ese invento tan celebrado a nivel mundial como la siesta no podemos, ni sabemos trabajar en el tono sencillo y sin complicaciones que lo hacen aquí. Se nos acumula el trabajo, hacemos miles de cosas a la vez para tratar de tener alguna recompensa, curramos siempre con el agua al cuello y hacemos miles de horas extras en un intento de salvarnos de una posible criba de nuestros jefes, mientras que aquí todo se organiza, se calcula, se discute y se planea para tener que hacer las cosas una sola vez, y bien hecha. Nosotros, seres bullicioso y sociables que nos reunimos en bares a practicar ese deporte tan sano y escandaloso como es el de echarse unas risas con los amigos, hemos perdido quizás la noción del disfrute del tiempo libre que aquí, cuando sucede, sobrecoge ver. Sí, quizás la respuesta a la pregunta aquí formulada, el grial que aclare el porqué un sueco puede ser más feliz que un español esté en uno de esos momentos donde los buenos ganan a los malos. Cuando los buenos días han tomado ventaja y de repente, como formando estampas de pura armonía, los habitantes de esta ciudad hacen uso y disfrute la calle, de sus rincones, de sus plazas, de sus parques y jardines. Estampas fotogénicas, llenas de luz y bienestar, sin estridencias, rozando casi la perfección decorativa, como si estuviese realmente programadas por uno de esos diseñador de interiores nórdicos tan aplaudidos por el resto del mundo en su versión de trabajo más extendida, la de la vida en la calle. Inspirados por imágenes que solo he podido ver en mi imaginación al leer esos decorados de vacaciones idílicas junto al mar que Marcel Proust relataba en su "Búsqueda del Tiempo Perdido", o más sencillamente, en esos panfletos que los evangelistas van dejando por las cazas con dibujos representativos de una especie de jardín del edén pasteloso, donde todo el mundo sonríe y disfruta en sobre una alfombra de césped maravillosamente verde. Eso mismo, lo he visto yo aquí, en real, muchas veces.

Sí. Puede que todo parta de una vida laboral mucho más estable que la nuestra, puede que se base en un poder adquisitivo más alto y por tanto sus hipotecas les dejen dormir tranquilos, es probable que algo tenga que ver el cuidado por hacer ciudades habitables en vez construir horribles experimentos urbanísticos y especuladores, y no descarto que para un pequeño porcentaje de la población el que sus calles estén pobladas por mujeres de una espectacularidad fuera de toda duda pueda contribuir en algo. Pero quizás la clave haya que buscarla en otro lado. Es posible que, a diferencia de nosotros, que podemos disfrutar de una manera mucha más continua del buen tiempo, del poder salir, de tener más contacto otros seres humanos, para los que tenemos que vivir aquí, resulta que los días buenos, son muy buenos, son maravillosamente buenos. Tanto, que por pura inercia fisiológica acabas exprimiéndolos al máximo. Es probable que los suecos tengan menos razones para ser felices que los españoles bajo una manta de nieve y otra de oscuridad invernal, bajo sus ataduras sociológicas y expresivas, pero, si para entendernos, puedo permitirme el lujo de poner un símil futbolístico, diré que por mucho que el equipo al que sigo me de alegrías al ganar el campeonato una y otra vez, nunca será comparable a la que sienta el día que vea al Cádiz F.C. hacer lo mismo.



Hasta la próxima... no me atrevo a decir cuando, pero haberla, hayla, seguro.



 
El viejo del chiringo



Hay alguna playa casi perdida que sigue viviendo todavía en un estado permisible de tranquilidad, aunque parezca mentira con los tiempos en los que cada metro de costa se ha convertido en deporte de ocio de especuladores, el número de asiduos que allí acuden cada periodo estival se quedó estancado en una cantidad aceptable. Vienen todos los veranos, como en un peregrinaje lleno de fe que conviven con un conjunto de guiris que parecen haber escapado de una película de los setenta de tierras hispánicas bañadas por el sol del mediterráneo. Hay cierta melancolía hippie en aquellos que se sientan junto al mar en esa playa. Gente nacida a destiempo, atrapados en una broma anocrónica, viven acosados, de espaldas a la realidad en aquel rincón, mirando al mar, el único lugar donde sus ojos se posan sin el cansancio de la vida real. La única realidad imperturbable, intocable por el peso de las ataduras a veces insoportables del devenir humano. Y dicen que eso fue lo que llevó al viejo del chiringo a aquel rincón, nadie sabe muy bien desde donde. No es de aquí, cuentan, pero él lo rebate, dice que una vez nació junto al mar, y que a ese lugar precisamente pertenece, a un lugar junto al mar. Al fin y al cabo, quién le pone parcelas a ese gran azul, quien distingue territorio si toda orilla pertenece, por lo menos durante algunas horas, a los dominios del agua en esa eterna batalla de las mareas.

Dicen que no sonríe demasiado, o que lo hace tanto, que apenas muestra otro rictus en su cara que lo diferencie. Muestra las arrugas de su frente como viejas heridas de batalla ahora cicatrizadas con el constante roce de las salinas viajeras. Las heridas de la vida ya cerraron, ya no supuran más las arrugas que empezaron a salirle muy pronto. Me salieron sin saberlo, brotaron de repente, del corazón-cuenta-. Ahora me gusta contemplarlas, son como un libro de memorias escritas en rúbrica gestual sobre la piel. Nadie sabe su edad determinada, pero se le asoman años tras sus hombros algo caídos. ¿Muchos? No te los sabría contar, te responde si le preguntas. El tiempo pasó muy rápido, se me olvidaron los números, algunos se estiraron, otros encogieron... quién sabe el tiempo que tarda en pasar un año. Y sin embargo, y a pesar de todo, la vitalidad en su mirada parece nueva, guarda algo de infantil tras las pestañas, algo recobrado, como si sus dos ojos corrieran hacia atrás en el tiempo en cada puesta de sol. A veces lo hace sentado en esa vieja barca de madera que posa sus roídas y jubiladas tablas junto a la orilla, y entonces forman una pareja perfecta, se fusionan en único elemento de colores desgastados y cubiertos de salitre, ya que ambos, son prácticamente lo mismo. Y allí sentado es como si se diera cuenta de que, a pesar de todo, en cada atardecer que acaba contemplando fuese uno más que le ganó a la vida. Es simple. Nunca esperé verme por aquí, te explicaría, en realidad tenía otra cita con mi vida, pero la dejé plantada.

Su chiringo de playa está bastante destartalado, pero lo encontrarás abierto durante todo el año. No cierra ni en los meses en que no hay nadie que lo visite, porque el viejo vive allí mismo, y nunca le ha cerrado la puerta de su casa a nadie. Dentro guarda viejos objetos que nunca salen a la luz. Es el cajón de la vida desastrosa del viejo que lo regenta. Algunos dicen haber visto su colección de fotos. Fotos amarillentas no por su tiempo sino por su calidad más bien poco pasable. Un día pensó que servía para la fotografía y trató de buscar un escape, un significado de las cosas tras una cámara de fotos que nunca sacó la foto que estuvo buscando desde un principio. Comentó que lo dejó cierto día, cuando cayó en la cuenta de que buscarse a uno mismo cuando la cámara no apunta hacia ti es simplemente, imposible. Guarda en un viejo cajón sus cuadernos de notas. A veces aún saca una libreta descosida y arrugada y se sienta a rellenarla de garabatos que sólo él puede entender. Un día creyó que podía escribir lo que le pasaba por la cabeza y se puso a rellenar hojas con su letra fea dirigida por un pulso nervioso. Acabó así rellenando un diario tan personal que a pocos interesó leer salvo a él mismo, y el mismo nunca tuvo ganas ni tiempo de mirarse en el espejo en el que se reflejaban sus letras.

No habla mucho. No es fácil arrancarle una conversación cuando se coloca detrás de las viejas tabla de madera que forman la barra. Las cuida con mimo, casi las acaricia cuando las limpia. Se entretiene en lo más sencillo, sin apenas hablar, se dedica a pasear entre las barcas y por callejuelas encaladas en espuma de oleaje. Se para a escuchar los sonidos que antes se tapaban con su propia voz, y, como si hubiese rellenado casi al máximo el cupo de palabras que vino a decir a este mundo, mide con cuidado sus conversaciones, como si las seleccionara en cuestión de un barómetro difícil de medir desde fuera del perímetro de su mente. Cuentan que podría hablarte de cientos de cosas, algunas extrañas. Fantasías quizás, o realidades entremezcladas de su vida anterior. Temas de conversación que en otro momento consideró interesantes, ahora no se entretiene en nombrarlos siquiera. No lo hará. En realidad, sabe perfectamente que son conversaciones que a nadie le preocupa no saber. Algunos que han conseguido sentarse con él, quizás en esos días de buen humor en que prepara esos raros brebajes que luego sirve a la clientela, dicen que no hace mucho era otra persona, que se cansó de correr detrás de su misma vida, persiguiéndola, que siempre fue llegando tarde a cualquiera de las citas que había programado con años de antelación porque siempre que llegaba, ya se había largado. Te repetirá hasta la saciedad aquella frase de que la vida no es más que aquello que va pasando mientras hacemos planes de futuro. Te contará si tienes suerte de pillarlo en uno de esos buenos días que quiso correr tanto, quiso llegar tan lejos, que un día se le olvidó como se paraba, que se mantenía a base de la inercia. De qué sirve programar tanto la vida cuando ésta nunca, nunca jamás es como la planeamos. Dónde demonios dejamos a la gente que nos rodeó y que no encajaron suficientemente bien en la carrera que te planteaste...

El viejo del chiringo, el mismo que se sienta en la antiguo "Café del moro" todas las tardes un rato antes de dirigirse a su propia barra afirma que cree fervientemente en la reencarnación, porque él mismo la sufrió. Hubo otro que vivió en su cuerpo, el mismo que ahora está controlado por alguien que germinó una tarde de julio muchísimos años antes en el mismo lugar. Aquel otro que fue desvaneciéndose poco a poco acabó por desaparecer cuando llegó a una conclusión que fue rumiando durante mucho tiempo antes... nunca entendió a la perfección lo de perseguir sin descanso unos objetivos mientras el resto de tu vida se consume. Dónde quedaron los mejores años si nunca te paraste a vivirlos. Llegó al punto culminante de su carrera, pasó todas aquellas etapas, una tras otra, siempre considerándolo como un reto contra él mismo, un trabajo simplemente realizado si lo pasaba, un fracaso insoportable en caso contrario. Si vas más rápido que tu propia vida, acabarás perdiendo el contacto con ella, serás simplemente la sombra que pasa por adelantado cuando el Sol te da la espalda, intocable, incorpórea, vacía. Por eso, el día que intentó recuperarla, se dio cuenta de que su cuerpo estaba ya habitado por un viejo que no le aguantaba, que decidió dejarlo de lado para buscar un mínimo equilibrio. Un viejo que partió al final a montar su chiringo.

Un día le contó a alguien que hacía ya mucho tiempo, cierta tarde de una prometedora primavera recién llegada se sentó a charlar con una compañera de trabajo en un banco del pequeño jardín del que disponían en su lugar de trabajo. Ella le enseñó la guía de viaje que se acababa de comprar sobre el lugar de donde él procedía y que pronto visitaría. Le pidió consejo sobre lo que ver y si tendría problemas en arreglárselas en su próximo viaje. Él pensaba mientras hojeaba la guía que una chica como ella jamás tendría problemas en ningún lado, siempre habría cien tipos mucho mejores que él mismo dispuestos a ayudarla... Y así, mientras le hablaba de sus restaurantes favoritos se topó de frente con una foto, la foto del lugar donde ya había germinado su futura reencarnación. Varias barcas descansaban como en una placentera siesta sobre la tierra húmeda al caer el día y le explicó que algún día en el futuro, el día en que se decidiera renacer, justo donde la más cercana de aquellas barcas se encontraba, él pondría un chiringo. Ella le sonrió con franqueza. Es bueno tener un plan alternativo por si esta vida te falla. Y lo dijo si querer bromear, no estaban hablando de sueños irrealizables, porque ella entendió perfectamente que hablaba en serio, quizás pudo ver en su cara lo que su mente proyectaba cuando él hablaba, mientras su boca decía aquellas palabras en un idioma que ni siquiera era el suyo, pudo verse perfectamente en aquella reencarnación, vio a aquel viejo que esperaba su llegada sentado en una de aquellas barcas al atardecer, tan claro y nítido, que no le costó ningún trabajo sentarse más tarde a describir esa imagen en uno de sus cuadernos de notas llenos de garabatos que él solo parece entender y que siempre lleva en su bolsa... Y dicen, que si lo pillas en uno de sus días buenos y se sabes cómo pedírselo, puede que te asevere su historia enseñándote los garabatos ya gastados donde alguien lo describió por primera vez, hacía ya muchos años.

Hasta pronto... (espero que sea pronto).



 
ABISMO


Respira chiquilla, respira... hazlo, te lo pido por favor, respira, reacciona.

Días después de aquella experiencia, de aquella noche donde ella se vino a cenar a su casa, su cabeza le decía que hay caminos que parecen recorrerse en una dirección, aunque se hagan aguantando el equilibrio sobre trozos de hielo sueltos y flotantes. Como aquella misma carretera que nunca antes había cogido, una de tantas. Todas iguales en ese país extraño para él... una más rodeada de arboledas dibujadas en relieve sobre lomas de salientes abruptos y afilados, interrumpidas simplemente por repentinos lagos, duros como la piedras cortantes, congelados, inexpresivos en una tarde horriblemente fría. Una pelota gorda de color amarillento iluminaba sin calentar la carretera por la que nunca antes había viajado. No antes de esa semana larga para de repente hacer cuatro veces esos sesenta kilómetros inacabables, extendidos ficticiamente en el tiempo, de la misma manera que lo hacen las tardes del invierno avanzado, con esa pelota que cada día un poquito más se detenía antes de perderse en el horizonte, sin sentirse más que en la frialdad de la luz huérfana de cierto calor. "El tiempo es absolutamente relativo", le comentaría ella días después sentados en el sofá de su apartamento... y tanto.

Cuatro veces el mismo camino. Un camino sin vuelta atrás, recorridos como los escalones que se suben en el discurrir de la vida, sirviendo quizás para observar las cosas desde un punto de vista más elevado, puede que más maduro, pero en definitiva más lejos de lo que se quedó atrás y que irremediablemente añoraremos. Aquella cuarta vez viajaba en la parte trasera del coche, y sentía respirar a la pasajera que habían ido a recoger tras sus dos últimas noches ingresada, con tranquilidad, tumbada, la cabeza de ella apoyada sobre sus muslos, profundamente dormida, con ese sueño que solo se alcanza a base de una dura dieta de cansancio. La rodeaba con sus brazos, tratando de transmitirle un poco de calor, como tantas veces lo había hecho antes, pero esta vez lo hacía con una prudencia extrema, con el miedo de interrumpir su sueño plácido, sin saber cuantas horas habría tenido durante esos últimos días de ese sueño reconfortante que ahora su respiración aseguraba tener. Perdía su mirada entre las arboledas y los coches que pasaban en ambos sentidos, cambiando de vez en cuando su vista para observar a la pasajera con atención, como si fuese una desconocida, como si todo aquel tiempo que habían pasado antes juntos hubiese sido con otra persona distinta a la que ahora venían de recoger... le costaba recordar que no era la primera vez que su cuerpo dormitaba sobre el suyo, y tan solo el detalle sutil del aroma diluido de su perfume le devolvía su presencia a las de un tiempo anterior, no tan lejano... quizás fueran las marcas de su cara lo que le descolocaba, quizás fuera la extrema palidez de su piel. La tenue luz blanquecina que parecía radiar desde su sueño le confería a su cuerpo la fragilidad del papel de fumar, la inconstancia de la piel que puede desvanecerse en cualquier momento sin dejar rastro tras de sí, arrastrada en la corriente de viento que se lleva la lleva junto al papel de fumar, lejos, inalcanzable. Sus brazos alrededor, como lo había hecho antes, tratando de retenerla, luchando contra su vulnerable entidad, ligera y batida a la merced de los vientos, a veces más favorables, a veces, simplemente terribles. Sentado allí, observando su respiración, tratando de protegerla un poco del frío exterior, sentía de nuevo esa misma impotencia que había sufrido con anterioridad las veces anteriores. La verdad sin paliativos, esa que le dejaba simplemente claro que jamás, en todo el tiempo en que ella le entregó todo lo que pudo darle, jamás había conseguido atraerla tierra adentro, a aguas tranquilas quizás, siquiera un mísero centímetro. Sabía que era imposible arrancarla de ese abismo al que se asomaba ella, con la certeza de que ese paseo por el borde del precipicio era sólo y simplemente suyo, que nadie podría retenerla atrás si un día daba un mal paso, o el camino simplemente decidía venirse abajo. En su paseo no la podía acompañar nadie. Aquellas largas noches que había pasado sujetando su mano, aquellos momentos donde la observaba sin poder atravesar su intenso muro de dolor que repentinamente se levantaba entre ellos, y lo único que ella le pedía que hiciera, era que sujetara su mano, y aquel simple gesto no servían absolutamente de nada. A veces ella misma trataba de jactarse de su situación, la única manera de enfrentarse al vértigo del abismo era danzar sobre él el baile de los desesperados. Reirse de los vientos que le esculpían la cara en los días más duros...

Y sin embargo, su sentido de supervivencia no le dejó de repetir desde el principio que se alejara de ella. Una y otra vez, que buscara la salida, que los abismos no son sitio para emprender un camino. No hay cimientos que se queden fijados en las tierras que apenas nos sujetan. Nadie compra un coche roto, le dijo ella un día, apenas habían tenido tiempo de contar los besos que se cruzaron. Y él, como tratando de apartar la realidad, porque esas cosas no pasaban en su vida predefinida, fijada y preparada para vivir sin recibir más salpicaduras de barro que las que él mismo se produciría al avanzar, creyó no haberlo escuchado, desoyendo así la primera de las luces rojas que en su cabeza empezaban a sonar. Ojalá las cosas fueran distintas, ojalá yo no estuviera sólo de paso, y tú, ojalá tú. Ojalá tú dentro de diez años, de quince, de veinte..., simplemente tú. Sabía perfectamente que ella no estaba para esperar, que los trenes que pasaban junto a ella eran quizás definitivos, que el tiempo y la banalidad de las cosas se miden de manera muy distinta en determinadas circunstancias, y las suyas no estaban dispuestas a dejarle a él tomar sus propios tiempos. No funcionó, simplemente no pudo ser, aunque el sentimiento de huida, de dejarla de nuevo en la estación mientras él pasaba de largo, se extendía como una mancha pegajosa de culpabilidad por cada uno de sus poros.

Y de repente aquella noche en que ella fue a cenar a casa. Tan solo un día después de traerla en su regazo por aquella carretera, todavía mostraba la misma palidez, sus pasos entrecortados y débiles, como si problema fuese simplemente el de la embriaguez. Su sueño plácido tras la cena mientras ellos charlaban de cualquier cosa, relajados tras un fin de semana intenso para todos ellos... y de repente sus movimientos. La pesadilla en la que a veces ella intentaba resumir en negativo su vida parecía dominar su sueño, y sus movimientos cada vez más bruscos, convulsionados, retorciendo su cuerpo, con una energía, imposible de saber de donde podía sacarla un cuerpo que media hora antes solo conseguía moverse lentamente, como bajo la atmósfera de un planeta pesado. Y de repente la inconsciencia, porque los intentos de devolverla de su pozo oscuro no daban resultado, y su cuerpo al que tanto él había admirado, observado con los ojos del deseo más puro e intenso tantas veces antes no era ahora más que un pelele convulso, retorcido en una inconsciencia implacable. La ambulancia tardaría en llegar aún. Demasiado tiempo, demasiado. El tiempo es relativo, sí. Y ella decidió de repente acortar hasta el extremo el suyo al parar su respiración, cerrando el paso al aire a sus pulmones, y extender así el de los que allí estaban en un periplo de espera de una urgencia que nunca llegaba. El abismo se abrió de repente para tragársela, ese que tantas veces avisaba con venir y que ahora la arrastraba al fondo... "Respira chiquilla, respira... hazlo, te lo pido por favor, respira, reacciona". Y en su impotencia extrema él recordó lo que ella tantas veces le había dicho: "en los momentos duros, lo único que tienes que hacer es simplemente sujetar mi mano, dejarme sentir que estás ahí". Sujetar su mano, dársela para no dejarla desplomarse por el abismo, aguantarla en el borde, agarrarla con su propio aliento pasando el aire directamente de sus pulmones a los de ella. Y mientras así lo hacía, en una maniobra novata y sin conocimiento técnico, no pudo evitar pensar que esos mismos los labios que ahora rozaba eran los que antes le habían trasmitido tanto calor..., ahora, inertes casi, le tocaba a él devolverle todo el calor posible mientras esperaban los minutos interminables de la ambulancia. Tiempo. Cuanto hubiera hecho falta para extinguir su existencia si aquella noche en vez de traérsela a casa hubiera pasado la noche a solas en casa.


Días después, cuando ella volvía poco a poco su tono normal en el que él había conocido, tiempo suficiente para recuperar la candidez de su sonrisa, el gusto por disfrutar de su apartamento que poco a poco estaba decorando de nuevo tras recuperarlo dos semanas atrás, ella le confesó que aquella mañana por primera vez había tenido plena consciencia de todo lo que pasó, y que lloró hasta vaciarse, de dolor, de rabia más que nada. Se había encontrado súbitamente derrotada, sin ganas de reírse de su propia suerte, miraba de nuevo al abismo con frialdad, reflejando en su rostro las sombras de la oscuridad que ante ella se extendía. Le confesó que en sus momentos de mayor desesperación no sabía muy bien de qué había servido aquella mano con el que él la sujetó para no dejarla despeñarse hasta el final del precipicio, que quizás hubiera sido mejor dejar que tocara fondo de una vez. Sabía perfectamente que ese era uno de sus días difíciles, uno de los que la lógica de las cosas te deja pocos números en positivo tras resolver la ecuación sobre tu vida. Él solo la miraba mientras ella le hablaba. Pensaba para sus adentros cómo reaccionaría él en sus circunstancias, si tendría el valor tan admirable que ella mostraba para intentar seguir en el día tras día. No hacía falta responderle, porque sabía que mañana sería otro día. Ella volvería a trabajar pronto, a su vida normal. Él volvería a centrarse en esa manera obsesiva que tenía de tomarse el trabajo, esa esfera acristalada perfecta que le servía muchas veces como excusa perfecta para no enfrentarse a la vida, ni a la suya, ni a la de los demás... ese siempre había sido uno de sus fuertes. Sin embargo algo se había roto la semana anterior, y el suelo que pisaba se volvió incierto, como el hielo que se resquebraja. Quizás, después de todo, no tenía ganas de alejarse de ella, quizás, permanecería algo más cerca. Transmitirle así un poco de energía, recordarle que hay que seguir adelante, que mientras haya camino, siempre hay oportunidades de llegar a algún lado donde sentirse seguro. Se quedaría cerca, observando los pasos de ella desde una distancia prudente, sus paseos enérgicos que pronto ella retomaría como siempre había hecho antes y como seguro que volvería a hacer, junto al abismo. Pese al abismo.



 
Recuerdos


"No te puedes acordar, seguro que lo estás buscando en Google", me dice al otro lado de la pantalla mientras yo me afano en buscarla en el menor tiempo posible entre mis miles de canciones, y eso que estaba usando el ordenador rápido, el del trabajo, rebuscando y rebuscando sin parar. "Espera unos segundos, ¿quieres?, no hace falta que me vaya al Google. Me la sé de memoria". Me costó tiempo dar con ella la primera vez, tiempo hace ya de ello, pero desde entonces siempre ha estado bien localizada, tanto como los recuerdos que dispara cada vez que suena.

Recuerdos... "fueron buenos tiempos aquellos que compartimos, y a mí se me escapa la memoria. Qué desastre", me dices. Pues no chiquilla, a mí no, a mí no se me escapan. Los retengo entre los más preciados. En una especie de cofre de mi cabeza que, de vez en cuando se abre, como con un resorte automático activado de miles formas distintas. Un ábrete sésamo cualquiera, sin necesidad de versos o complejidades. Resortes mentales simples, directos. Como esas tantas noches en las que no te llamé y tú apareciste, colándote en la rendija de mi consciencia en mis oscuros sueños para darles tu propia luz. Para perturbar mis noches y convertir mis amaneceres en odiosas despedidas vaporosas. "Seguro que te acuerdas, vamos" le digo, "era el único disco que se podía poner en tu cuarto, porque los demás el cacharro que tenías no los leía" Sonó incontables veces, incontables... aunque quizás me faltó escucharlo una vez más a tu lado. Pese a todo lo que pasara, sabes que hubiera dado cualquier cosa por haber podido cerrar aquella puerta de cristal traslúcido de tu habitación una vez más, poner aquel disco, y dejar que sonara hasta que por sí mismo se acabara, agotado, como nosotros, los dos rendidos en aquella pequeña cama. Paraíso de escasos centímetros donde solo cabían abrazos, cuerpos entrelazados, y el calor que me transmitía tu respiración. Aquella pequeña habitación tuya, con una foto de una preciosa niña que recorría sus escasos 4 años observando lo que hacíamos nosotros a los veintitantos, con el humo de tus cigarrillos danzando entrelazado el aire que respirábamos. La elegancia de tus cigarrillos, de tu manera de fumar, tumbada, a mi lado, era la extensión perfecta de los juegos estilísticos de la delgada línea de humo que surcaba serpenteante hasta el techo de la habitación. Nunca vi a nadie fumar como se hace en el cine mejor que a ti. Nunca te di ese placer que tantas veces me pediste de verme a mí fumar. No me gusta fumar, pero nunca te dije que me gustaba ver cómo tú lo hacías. "Aquella noche estuvo genial", me dices. ¿Genial? Aquella noche que te regalé varias flores, hasta que me dejaste acompañar a tu casa, quizás por pesado me lo gané. Te reproché por el camino que te olvidaste en el último bar esos claveles, sin saber que tú tenías otro regalo mucho mejor que hacerme. Dicen que cuando te mueres tu vida pasa por tus ojos en breves momentos, todo resumido en un simple segundo, corriendo hacia atrás de manera fugaz, y te aseguro una cosa; cuando ese momento me llegue, no tendré prisa en pasar de largo sobre el recuerdo de aquella noche.

"Al principio tú estabas colado por mí, se te notaba" Sí, mi niña, el principio del todo, aquella mañana mucho antes de que incluso de que te regalara la primera flor, en aquel bar, la tostada de tomate del primer día, todos juntos de nuevo tras la vuelta del verano, en los tiempos en que era más sencillo echar unas risas sin tener que mirar el reloj. Y tu presencia allí, mezclada con el resto, callada, apenas perceptible, tímida, rodeada de gentes desconocidas sabiendo que no pertenecías a ese circulo. Y yo que no te quité ojo, porque no podía dejar que tu rostro se me olvidara para nunca jamás. Te grabaste en mis entrañas sentada en tu silla en silencio. Colado, me dices. Fuiste tú la que te colaste sin avisar dentro de mi consciencia, por dos veces en un mismo día. Porque si no hubiera sido suficiente, me diste el descabello aquella misma noche. En aquella fiesta a la que acudí, dejando tirado a algunos amigos en otro lado de la ciudad por el simple hecho de observarte de nuevo. Y tú de nuevo, con aquel vestidito azul oscuro que más tarde te pedí que te pusieras, y tú lo hacías para mí. Azul. Ese azul. Como el día aquel en un bar cercano a la estación de autobuses que alguno de los dos esperaba coger. Y nos tomábamos un café y charlábamos sobre cualquier cosa, y el camarero nos interrumpió para decirme muy educadamente, pero en voz alta para que tú te enteraras, que en definitiva me envidiaba, porque te había visto en su bar alguna que otra vez y no podía olvidarte, no a tus ojos de un azul extraordinario. Y claro, cómo poder olvidarlos, si aún me cortan las respiración al recordar tu mirada. La belleza simple y pura que aquel camarero comparó la de Ava Gadner, con los del animal más bello de su mundo. Y tú te enfadaste, porque no te gustaban que te dijeran aquellas cosas, y yo por dentro sonreía, porque entendía perfectamente a aquel camarero. Aquella reacción espontánea suya no variaba mucha de las que yo tuve en algún momento. Como aquella carrera en bici que me metí un día tras el autobús en el que vi montarte para llegara tiempo a tu parada y poder simplemente saludarte. Ves, chiquilla. Por donde pasabas ibas dejando recuerdos imborrables. Sí chiquilla, cómo poder olvidarlos. Si aún, lo admito, espero en vano poder encontrar a alguien a quien esperar en silencio el momento de su despertar como lo hacía contigo. Esas luces de la mañana, y yo, como apostado junto a ti, como un barco entre acantilados que no descansa hasta encontrar su faro, esperando que abrieras los ojos. Mi primera luz de la mañana. Y daba igual como transcurriese el resto del día, porque eso era suficiente para hacerlo maravilloso. Ya en aquellos momentos me forzaba por mantenerlos en mi memoria lo máximo posible, y ya ves, que tanto me esforcé, que ahora soy incapaz de olvidarlo, y estoy condenado a buscar en otros despertares los que tú me dabas. Benditas mañanas de azul celeste, y el color de tu piel suave. Jamás comiste tostadas como aquellas, me dices. Yo me río. Y yo, que ya veo las cosas desde una lejanía infranqueable, lo único que puedo pensar es que jamás he tenido despertares como esos. Oye, ¡no te vayas a poner melancólico ahora!, me exclamas... demasiado tarde niña. Si es que me estremece pensar en aquello, porque, así, ni más ni menos, tembloroso como un flan y estremeciéndome de los pies a la cabeza me encontraba tras darte aquel primer beso. Y me mirabas extrañada por mi delirium, sin darte cuenta aún de que tú eras capaz de provocar aquella reacción incontrolable en mí.

Es curioso, pienso, que yo, que tanto tiempo dedico a retratar lo que la vida me coloca alrededor. Capturar imágenes de absolutamente todo, y tan sólo conservo un par de fotos malas de ti. Menuda ironía, de esas que hay que escribir con letras mayúsculas. Así que, todo lo que me queda de aquello lo tengo que basar en recuerdos. Recuerdos. Me pides que si me acuerdo de algunos detalles pequeños te los cuente, que te ayude a recordarlos tú también. Y yo me pido a mí mismo no olvidarlos jamás. Ha pasado el tiempo, y ni tú ni yo somos los mismos, ni probablemente encontraríamos en nuestras vidas algo paralelo con lo que comparar aquellos momentos, pero mira por donde, hoy ha tocado hacer una buena retrospectiva del tiempo que para siempre habremos compartido. Y así de repente se me ocurre y te lo comento que quizás deba de escribirlos para que no se olvide lo inolvidable. Sí. Me respondes, quizás podrías escribir sobre ello.


Sí. Quizás me siente y escriba sobre ellos.



 
Gotas de lluvia


Llevo meses viendo cada mañana la misma imagen tras mi ventana. El mismo ritual pasivo, sombrío, anodino, como el de las gotas que golpean continuamente contra el cristal, como el movimiento repetitivo de lado a lado del árbol que han colocado en mitad de la zona ajardinada comunal para convertirlo en un reclamo luminoso de la viviente navidad. Un marcador de ritmo descoordinado dando la batuta al batir descompensado de un viento perdido, recién salido de un orfanato marino. Todas las mañanas las misma luz mortecina dando la bienvenida al resto de un día de existencia efímera. Levantar el estor para volver a ver en gris, sin percepción de otra realidad más de la que se cubre de nubes día tras día, sin aviso de cambios, sin mostrar soles, ni lunas, ni estrellas. Continua existencia nubosa, cargada de agua, mundo húmedo, encharcando el espiritu, acercándome en ánimo al de mi pez viviendo en su diminuto acuario. Colega, le comento, tú y yo vivimos en nuestras propias aguas. La mía cae sin parar desde hace dos meses, cada día un poco más fría, un poco más agria, la mayor parte de las veces lanzada con furia contra la cara por ese caprichoso viento, como escupida con odio contra todos los viandantes, grises y sombríos como el cielo. El viento y el agua, aliados en este temporal hecho rutina, para ganar sin paliativos a cualquier paraguas expuesto a su eterna enemiga líquida, creando entre tales un cuadro traumatológico de horribles esguinces, torceduras, disloques y quiebras totales de varillas de paraguas.

He tenido muchas palabras en mi mente estos meses, he entrelazado párrafos que se han quedado sin salida en algún lugar que ya ni recuerdo. Y todos estos meses acabaron por borrarlas. Esas que fueron surgiendo poco a poco, brotadas en los escasos momentos de intimidad mental, se fueron diluyendo, como con el agua caída del cielo. Como las letras de un periódico viejo abandonado en la calle, bajo la tormenta, las palabras que fueron apareciendo acabaron formando una masa gris, espectral, sin forma, sin significado. Ilegibles, imposibles de escribir, difíciles de mantener. Ya avisaba desde hace tiempo que se me atragantaban cada vez más en algún lugar entre el bulbo raquídeo y alguna glándula de la corteza cerebral que ni yo mismo me doy cuenta que tengo, que el camino desde el que punto cualquiera en que brotaran y la salida hasta aquí, hasta donde salen éstas que ahora caen a chorros, como las millares de gotas de lluvia estrelladas contra mi ventana, había cada vez un trecho más laberíntico, distracciones como carteles luminosos encontradas entre recovecos no describibles, rutinas de días pesados, y normalizaciones a una vida cada vez más sueca. Más lagom quizás. Menos narrativa.

Pero las letras que nacen espontáneamente, nunca acaban por apagarse, nunca se van del todo y van encontrando su camino a flote como las burbujas de aire atrapadas en un naufragio marino. Y gracias a que tengo filtraciones, que la piel es porosa, pero la mente mucho más, vuelven a aparecer. Resurgir sin que, en realidad, nunca hubieran huido o esfumado del todo. Porque, pese a todo, yo nunca pensé hacerlo, y si nunca firmé una despedida es porque nunca quise hacerla. Y a la vista está, que me he expresado todo este tiempo en imágenes, esas que dudo de lo que dicen acerca de su superioridad en cuanto a valía sobre las palabras. Porque mi retirada a mi universo del mero anonimato no fue un cierre, sino una pausa necesaria. A veces el ruido de nuestras propias voces no nos deja escuchar apropiadamente lo que decimos. Y yo he necesitado el silencio. Cumplí el ciclo del año, y se agotaron los colores con los que describir. Y pese a que queden mil millones de cosas por contar de mi universo escandinavo, lo visto y revisto pierde el tono de la fruta recién cogida. Siempre me ha costado más trabajo fotografiar dentro de casa las paredes que yo adorné. Y ahora que mi habitación ha vuelto a quedarse vacía, como al principio, cohabitada por sombras imposibles de palpar, respiraciones de esquinas desnudas, y el otro lado de mi cama se fue lejos, lejos, como si emigrara al norte, vuelvo a pisar los charcos de las calles de donde antes trataba de recoger la savia para nutrir este rinconcito. No sé si es el momento, si volveré a retomar una continuidad, si aquellos que alguna vez me siguieron por aquí aún conservan la curiosidad de mi vuelta y se asomaran ahora de nuevo a esto que escribo. Pero estoy tratando de volver. Ojalá pueda reunir pronto a todos de nuevo. Sentarlos junto a esa ventana que daba a mi casa escandinava para mostrarles mis avances y retrocesos. Ojalá que todos vosotros no os hayáis ido, que estuvierais esperando en el recibidor. Espero volver a veros, ahora que he vuelto.

Hasta pronto.