Operación Paella Boreal. Cap. II
Tengo pendiente para alguno de mis momentos inspirados (si es que alguna vez los hubo) y descriptivos sobre las cosas que me rodean y me sorprende , tratar el tema de los españoles en el extranjero. Salirse del país y contemplar desde fuera el espectáculo hispánico muestra una realidad platónica sobre el ente nacional, y al definir platónico me refiero no al adjetivo que define los amoríos de naturaleza imposible, sino más bien al despertar de las cavernas y sombras para observar una realidad en colores. Pero no toca hoy tal, y si empiezo con esta palabrería no es más que para referirme a un simple detalle con el que comenzar mi relato polar. Y esto es: sírvase usted de juntar varios españolitos en cualquier lugar del google earth, y prepárese para colocar cubierto y mantel junto a ellos, ya que el buen comer y las delicias de saborear una comida en conjunto ha de ser uno de los placeres de lo que más se goza en nuestra nación de naciones.
Y como no ha de ser menos, la mayoría de las españoles de las que se componía nuestra expedición polarfue la excusa perfecta para sobrecargar los equipajes con ingredientes culinarios y ricas especias traídas del lejano mercadillo de mi pueblo u otros pueblos similares. Todo listo, incluyendo la improvisación, para deleitarnos con la primera "Paella Boreal" de la historia. Uno trabaja y tres opinan, dicen en algunos países del protocolo de comportamiento ibérico. En este caso todos opinamos y añadimos ingredientes varios para dar el máximo de una receta que quedará grabada en el libro de visitas como sello certificando que "unos pocos estuvimos allí". Una paella de la que nos chupamos los dedos y hasta las cabezas de las gambas (encontrar a 100 metros el único supermercado que abastece a vayan a saber cuantos kilómetros a la redonda es muy oportuno para tales menesteres gastronómicos) y todo ello regado con unos aristocráticos marqueses de la zona de la rioja que bien roja tenían su gustosa sangre...
No hay tiempo para descansos tras el banquete, ya que la luz va menguando en cuentas de minuto, y hay mucho que observar y que ver. Unos deciden perderse en busca de pistas por las que esquiar, otros, deambulan por lo alrededores, sumergiéndose en la mitad de un inmenso lago cercano, adentrándose varios cientos de metros en el hielo sin más compañía que la de la oscuridad que se va aposentando sobre el lecho de nieve. El mismo lecho donde se hunde una barcaza, y que es la única muestra de que en algún lugar cercano anda la orilla que marca el lugar donde unas aguas corren libres pocos meses al año. La noche que nos cobija parece más clara que la anterior, y por algunos momentos creemos en la posibilidad de una aurora boreal que nos de su nota de color, pero la sauna nos termina de machacar los cuerpos, y no hay ganas ni de montar guardias ante las ventanas para tratar de seguirlo, pero eso no quita que durmamos casi con un ojo abierto, como con la ilusión de unos críos que esperan la llegada de los regalos el día de reyes, esperando nuestro regalo, un cielo envuelto en colores, y que de nuevo no apareció.

Amanece de nuevo con la mirada puesta en el tren. Hay que seguir camino, un poco más. Recogemos los bártulos y nos despedimos de Abisko, de su albergue y de sus perros, y continuamos hasta Narvik, en la costa Noruega, allí, justo allí, es donde poso mis pies que marcan mi última frontera.

A menos de la mitad de kilómetros del Polo Norte que de mi casa en Cádiz, en la dirección opuesta a Helsinky de acuerdo con el cruce de caminos allí trazado, en un muelle de madera que toca el mismo mar que abraza el espigón de la Playa de la Costilla, coloco mi bandera imaginaria. Me siento sobre los escalones que bajan hasta el mar y me imagino en otros parecidos del muelle de mi infancia, cuando mi bandera fronteriza no llegaba más lejos que a donde me llevaban los pedales de mi bici. Narvik, que fue frontera de vida y muerte para tantos en uno de los episodios más sangrientos de la última guerra mundial, es ahora un pueblo próspero, de casas de maderas coloreadas que tratan de combatir el gris del ambiente húmedo e invernal, y de cuestas que suben hasta su estación de esquí, tan cercana, que las pistas parecen acabar justo en la orilla el océano. Pero Narvik no es más que el punto donde desembocan los trenes cargados del rico metal sueco, y la boca de un espectacular fiordo que sobrecoge la respiración al observar sus pareces verticales encaladas de nieve. Noruega acumula todas las montañas que faltan en Suecia, y eso se nota nada más comenzar el viaje en tren desde las orillas de la frontera sueca, allí en Abisko. Quizás ir a Narvik no tenga más beneficio que el de pegar los ojos al cristal (siempre el de tu derecha, recomiendo si vas) del tren que lleva a unos escasos pasajeros en esta época del año. Contamos nosotros y cinco más a lo largo del tren que nos transporta. El tren recorre suavemente la ladera del fiordo que poco a poco se va abriendo a nosotros a la misma velocidad que lo hacen nuestras pupilas. Un camino abierto , por un tren "rompehielo", que se hunde en la nieve, como las casas pintadas en rojo que esporádicamente aparecen repartidas por el camino y que parecen se han caído del cielo y se hubieran quedado enterradas hasta la mitad por culpa del impacto con el suelo. Las casas rojas y los carteles amarillos que indican la presencia de supuestos ríos que deben estar allí, enterrados, son los detalles que nos recuerdan que no estamos en un mundo si color, tan solo en tonos grises y el blanco impoluto por todos lados.

Y tras Narvik volvemos hacia atrás, finalmente llegamos a Kiruna en mitad de una noche fría y cerrada. Pasaremos nuestra última noche, la última esperanza que conservamos de observar las luces que nos son esquivas, en unas pequeñas cabañas de madera donde por fin nos podemos dar la primera ducha real tras cuatro días de viaje. Kiruna es un pueblo de casas de madera mezcladas con edificios funcionales, todos colocados a la vera de la colina artificial que identifica los años de intensa excavación en busca del hierro. Alguien nos cuenta que han encontrado nuevas betas justo debajo de la ciudad, y que piensan moverla de sitio, totalmente, casa por casa, piedra a piedra y tablón de madera a tablón de madera, alejarla y recrearla tal y como está ahora lejos de la avidez de expansión de las galerías subterráneas. Sinceramente, es preferible que los movimientos los hagan en verano, porque mover las toneladas de nieve que allí se acumulan requiere un trabajo extra de proporciones gigantescas. Kiruna acaba de vivir su festival de la nieve, y las plazas y calles están llenas de esculturas de hielo o nieve que utilizamos como motivos fotográficos en una fría excursión nocturna por sus calles desiertas. Hora y media de paseo nocturno acaban con nuestra resistencia al frío, y volvemos hacia atrás, cansados, y desilusionados, en cada esquina nos damos la vuelta intentando vislumbrar una luz, un resplandor en un cielo monótonamente negro, nos acercamos a las cabañas, 100 metros nos separan de encerrarnos deseosos en cierto modo de llegar y sacudirnos el frío de encima y algunos, de tantas ganas y esfuerzo, cree que empiezan a ver las luces del aparecer. Uno lo cree, otro se da la vuelta y se queda mirando el cielo, el tercero ya no sabe qué pensar, y el cuarto y más escéptico ya empieza a tener dudas. El quinto no lo dice con la boca grande, porque no está seguro, pero no hace falta, porque ya todos ven la Aura asomarse, al fin. Tenue, pero rellenando una línea del cielo, tras las nubes, una luz verdosa cae sobre nuestras cabezas. Es verde, es efímera, y es nuestra recompensa a varios días esperando a tener una cita con ella. Ya todo parece tener más sentido, ya poco importa las horas de viaje, ni el frío que nos encoge los pies, las manos y la respiración, porque por unos segundos, los suficientes como para quedar marcada en las placas fotográficas de nuestras memorias, hemos contemplado las Luces del Norte. Ahora entiendo el porqué, en Laponia, que hace frío, dan ganas de reírse...

Dormiremos a gusto esta noche, con la tranquilidad de lo cumplido. El viaje tiene las horas contadas, pero aún nos queda una visita por la mañana al Hotel de Hielo, un espectáculo impresionante de arquitectura hecha de agua. Unas suites diseñadas de maneras distinta por diversos artistas, cada uno reflejando en hielo unas fantasías de mundo que parece mágico, totalmente irreal, helado, muy helado. No me imagino pasando una noche allí, por varios motivos, primero porque la calefacción no parece que les funcione y todo el recinto está a unas temperaturas de cinco grados (bajo cero, claro), segundo porque, como sospechaba, los baños no son de hielo, y has de desplazarte de tu habitación a otro lugar en una noche gélida, pero sobre todo porque no creo que fuese capaz de distinguir las paredes de mis mundos oníricos con los que decoran cada habitación. Me pregunto si será posible tener una velada romántica a tales temperaturas, y si estarán permitidas las fogosidades apasionadas en unas habitaciones que corren en el riesgo de desaparecen al contacto de dos cuerpos en incandescencia. No creo que sea el sitio adecuado donde quedarse a dormir, pero es un espectáculo que merece la pena observar, aunque ello te pueda costar algún que otro sabañón.
Y del hotel, directos al tren de vuelta. Comenzamos un viaje hacia atrás, desandamos nuestros pasos aunque los andares sean distintos, modificados por las experiencias vividas. El Círculo Polar nos despide con un atardecer espectacular, con tonos cálidos del Sol que al fin observamos que se va poniendo en naranjas, rojos, rosados y violetas, conjuntándose con una imagen de bosques rebosantes de blanco. Una manada de renos que reposa tranquila junto a la vía del tren mientras pasamos cierra el espectáculo y la postal que ahora mando. He esperado unos días en ponerle el sello, pero por suerte he encontrado un poco de tiempo para franquearlo y meterlo en vuestros buzones. Poco hay que decir de un viaje de vuelta que hicimos muy relajados, tranquilos, satisfechos de un viaje peculiar, distinto a todo lo que haya podido ver con anterioridad, escribo estas últimas letras en mi "diario de a bordo", ese mismo que he estado transcribiendo casi literalmente en estos dos últimos pedacitos de blog que he colocado. Cierro ahora las páginas para que la esencia del viaje quede aquí bien guardada, cerrando este episodio como el tren que nos transporta va ya cerrando el viaje, recorriendo las traviesas de la vía como si fueran los dientes de una cremallera que a su paso se va sellando. Miro por la ventana y sigo viendo árboles, y ahora más que nunca, estoy seguro de que no me equivoco cuando digo que me gusta viajar en tren.
Hasta pronto.
Operación Paella Boreal. Cap I.
Es hora de comenzar a relatar cuentos del norte. Los recuerdos que rebusco en mi cabeza sobre las experiencias de la semana pasada aún se mecen por el suave movimiento de un tren inacabable. Días enteros de viaje para ir y para volver, siguiendo las líneas siempre en vertical y que llevan a la última parada de tren de Escandinavia, la más septentrional, Narvik, mirando al Atlántico, en la costa noruega. Donde alcancé mi frontera física, y que hoy, al seguir por casualidad el recorrido en una pequeña bola del mundo, he tenido la verdadera certeza de donde me encajé.
Siempre me han gustado los viajes en tren. El suave movimiento sobre los raíles, el constante traqueteo de las ruedas sobre los raíles, y el recorrido a pie de mundo, me dan una sensación más real sobre el viaje. Y este concretamente, pese a las asperezas de un incomodo sueño sobre una silla, ha sido una experiencia increíble. Porque en 24 horas de viaje sin parar, la certeza de ir a algún sitio se agudiza, la realidad de moverse de un lado a otro es más intensa que la que se pueda alcanzar en un avión. Un viaje que no se mide en cientos, sino en miles de kilómetros, y un tiempo donde son las horas y no los minutos lo que tiene sentido contar. Observar el paso del constante paisaje de una Suecia invernal, con ciclos de amaneceres y atardeceres se puede narrar con pocas palabras, porque todas las que pueda colocar, una tras otra, no pueden describir un viaje de tal calibre. Siete éramos en un principio en el plan del viaje, siete que nos convertimos en ocho por la constante presencia de la luna llena en nuestros desplazamientos. Una enorme aparición tras los lánguidos días de febrero en el norte, como si fuera un Sol frío, adecuado astro rey para las temperaturas de la Tundra, dotada de su propia luz, amarillenta, y siempre rodeada de un cortejo de nubes que parecían elevarla muy lentamente del suelo, como si echara de menos su refugio durante el día, se mantenía baja durante muchas horas, dando una impresión de enormidad que pocas veces he percibido en otras latitudes. Su luz, una cortina sobre la que se proyectaban las espectrales siluetas de los árboles infinitos, incontables, inacabables. Troncos fugaces, casi fantasmales, traídos por la locomotora del tren y arrastrados sin más de vagón en vagón, mezclados a veces por las luces artificiales de una pequeña población que existe de manera efímera, durante segundos que sacuden las ventanas del vagón, casi a latigazos. Porque Suecia, desde su comienzo hasta los límites que marcan la Tundra, no es más que un inmenso bosque de coníferas, hábitat donde se desplazaron y viven aquellas ardillas que decían cruzaban la península ibérica antaño, sin pisar el suelo. Como nosotros, pasando de Goteborg, a Estocolmo, Üppsala, Bollnas, Ange, Umeå, Basturtråkk, Boden, Mujerk, y más, y más, sin bajarnos del continuo tren con el que cruzamos en límite mítico del círculo polar, lejos, tan lejos de todo.

El límite mítico del círculo Polar. Va a ser difícil mantener en la cabeza los recuerdos, nunca mejor dichos, frescos de la belleza del norte. Nieve y más nieve, en cantidades incomprensibles para un tipo del sur, lagos congelados, paisajes lunares en blanco y gris del cielo plomizo que nos tocó soportar durante la mayor parte del tiempo que estuvimos en Abisko. Abisko ahora mismo es la soledad en el más puro estado. Una vida que comienza para todo, incluso para abrir las pistas de esquí a partir de Marzo. Una estación de tren perdida en mitad de ningún lado, desolada, sin viajeros, tan sólo abierta para atestiguar el paso constante y diario de los trenes cargados hasta las trancas, portadores del rico hierro extraído de las minas de Kiruna con dirección a los cargueros ávidos que esperan en la costa de Noruega.

Y junto a la estación de trenes existe un pequeño albergue, un campamento de perros de trineos, donde nos quedamos a pasar un par de noches. Un lugar acogedor donde esperábamos impacientes, mirando a un cielo poco alentador en espera de la aparición de la anfitriona más deseada de todas, haciendo guardias junto a las ventanas en busca de la Aurora Boreal. Nubes por un lado, luna llena por otra, motivos para sospechar que no nos visitaría. El pequeño albergue de Abisko es otro testigo de seres humanos empequeñecidos ante la grandeza de la naturaleza que lo rodea. Una acogedora cocina donde los huéspedes se sientan a comentar sus experiencias, sus lugares de procedencia y los motivos por que los hicieron allí dirigirse, y una pregunta constante que nos repetimos a cada momento unos a otros: "¿has visto la Aurora?". En un pequeño jarrón de metal, junto a la ventana al norte que sirve de atalaya en busca de las Luces que vengan de allí existe un libro de visitas que invita a hojear. Comentarios de gente de todos lugares del mundo que se expresan en sus propios idiomas, bellos trazos coreanos, japonenes o tailandeses mezclados con españoles, franceses, checos, australianos, y siga contando. Establecemos lazos de complicidad con aquellos que firmaron y desaparecieron, así como los que allí coincidimos. Una entrañable pareja francesa (hello, Tatiana and Ben, it was nice to share this experience with you...,) comparte mesa y mantel con nosotros mientras el dueño del albergue establece turnos y horarios para la sauna que va calentando a base quemar de troncos de madera. El mismo tipo que nos explica cómo utilizar la sauna y cómo debemos ducharnos simplemente con barreños de agua dentro de la sauna, así como lo hacen el los lugares aislados, donde no hay agua corriente de la que tirar, sin terminar de enjuagarse, porque según nos cuenta, eso nos protegerá la piel al día siguiente contra el frío y el viento. El intenso calor de la sauna antes de cenar que utilizamos durante las dos noches de Abisko para acabar durmiendo como angelotes, y la excusa perfecta para dar breves paseos nocturno por la nieve, totalmente desnudos, refrescando los cuerpos achicharrados tras veinte minutos de intensa sauna.

Mañana de perros en Abisko, y no por sus temperaturas en el exterior, que según el dueño del Albergue es de cuatro o cinco grados. ¿Sobre, o bajo cero?- preguntamos. "Aquí las temperaturas son siempre bajo cero, así que no nos entretenemos en decir cuatro grados bajo cero, es, simplemente, cuatro grados" -es su respuesta. Mañana de perros y de trineos. Huskies siberianos que esperan impacientes en sus jaulas a que los saquemos a correr. Observan nerviosos a los dos instructores que nos acompañarán, sabiendo perfectamente lo que va a ocurrir, mientras estos nos enseñan cómo debemos colocarles las correas y disponerlos correctamente en el cordaje del trineo. Cada perro tiene su papel, su lugar y sus compañeros determinados en cada trineo, y eso se nota. Los líderes son perros enérgicos, que tiran de ti con fuerza mientras lo diriges al trineo para ponerlo a la cabeza del resto de los integrantes. Mi lider se llamaba Frost, un precioso Husky totalmente blanco, y con una fuerza casi incontrolable en sus pequeñas y achatadas patas. Los perros de la cola del trineo son mansos, casi asustadizos, y tienes que cogerlos con cuidado, acariciar su lomo y hablarles despacio para que se dejen colocar los aparejos sobre su cuerpo. Nos enseñan luego a colocarnos sobre el trineo para mantener el equilibrio, o a utilizar el freno del trineo, muy necesario en una bajada a toda velocidad. Procedimientos sencillos que no pueden evitar que acabemos en más de una ocasión con el cuerpo sobre la nieve al salir despedidos por la velocidad del trineo. Hacemos un ruta de unos quince kilómetros, con una subida inicial que nos obliga a correr fuera del trineo en más de una ocasión, a veces enterrándonos dos palmos bajo la nieve, y empujarlo cuando los perros no son capaces de llevarnos. Llegamos así a un valle elevado, donde lo único que se divisa en kilómetros alrededor son las cruces que van indicando un camino a seguir. Desde allí se observa el impresionante cañón que forman las montañas de Abisko, decorado que corta nuestra respiración, no así la que llevan de manera agitada los perros, que corren a gusto sobre un lago congelado, y que es lo único que se puede escuchar. Allí es el primer momento desde que llegamos que siento el frío en proporciones notables. El viento que corre sin freno sobre el valle corta nuestras caras y nos encoge sobre los hombros. Allí es donde toda la sensación de paraje inhóspito que había imagino que sería el Norte es cuando se transforma en realidad por primera vez, y allí cambié mis imaginaciones que tanto había previsto por experiencias, por recuerdos ahora. Recuerdos imborrables que trato de amarrar a mi mente con fuerza, y que ahora trato de apuntalar al escribir estas notas.

Quizás, y retomando ahora mis momentos de dispersión tan usuales en mi discurrir, es la razón de escribir aquí, para hacer memorias de lo que ya no está. Miro hacia atrás en lo poco o mucho que llevo escrito en este blog, y tan sólo cuatro meses después compruebo la diferencia en mis percepciones o en cómo asimilo lo que me rodea. Leo recuerdos, como en una memoria externa, que abro con un simple click a la hora de conjurar una frase leída, de ideas y pensamientos casi recitados, como en partitura. Al fin y al cabo, lo que aquí escribo me sirve como partitura, tan sólo palabras, notas que cobran sentido al interpretarlas, recreando entonces hechos que saben a sinfonías porque entonces son completos, con toda su complejidad.
Pero bajemos ahora del valle, que los perros no descansan. La bajada es quizás lo más espectacular y complicado por las velocidades alcanzadas, caminos y curvas estrechos abiertos con anterioridad entre rocas y arbustos cuyas ramas no saben de caminos abiertos y debes intentar esquivar mientras conservas el equilibrio bien agarrado a tu trineo. Baches y pequeños saltos que te dan la sensación de estar en un auténtico eslalon, brazos y piernas castigadas por el constante cambio de inercias, pero una sonrisa de pura diversión entornando unas mejillas totalmente rojas por el frío. Una sonrisatambién de satisfacción, y, porque no decirlo, de ver la vuelta sanos y salvos al campamento. Allí abajo, en pocos quilómetros, nos esperan impacientes los ingredientes de lo que será nuestro magnifico almuerzo, la primera Paella Boreal de la historia está a punto de echarse al fogón. Pero eso, y el resto de cosas, lo dejo para una segunda parte, que con lo dicho, y si habéis llegado hasta aquí, es posible que os haya forzado a ir a por una rebequita para seguir adelante. A mí, eso me parece una buena idea. Mientras os la colocáis, voy a seguir descifrando mi "Diario de Bordo". Nos vemos aquí muy prontito. Mientras, a abrigarse un poquito.
De nuevo en casa
Ya he vuelto. He vuelto a esta ciudad que no es la mía y con la que aún me cuesta identificarme. Vuelvo a mi rinconcito de web, un lugar tal vez más acogedor que mi localización física, y lo hago para tratar de dejar unos retales de lo que ha sido una experiencia única y totalmente imborrable de mi memoria. Sé que prometí contar mil y una historias nada más llegar, pero el cansancio de todos estos días se me acumula en los párpados, casi sin dejarme abrirlos. Sé que tengo fotos pendientes, pero mi gusto por los métodos clásicos me retrasarán hasta que los carretes se revelen en la tienda donde hoy los dejé. Ganas no me faltan de recogerlos, y de hacer las cosas bien hechas, así que, pospongo mis historietas hasta dentro de muy poquito. Por lo pronto, y así como pequeña muestra, publico por primera vez una foto del autor de este discurrir bloguero en medio de la nada polar.

Vale, apenas se me ve, pero algo es algo...
Hasta dentro de muy poco, poco.
LEJOS EN EL NORTE
Ya tengo las maletas, lo tengo preparado. Vamos juntos, hacia el Polo, quiero comprarme un chaquetón bien gordo, pasaremos de los renos, nos bañaremos en granizada...
Pues sí. Sólo aparezco para decir que mañana a estas horas llevaré suficientes horas de tren como para estar harto, pero menos de la mitad de las previstas. Pero ante la paliza de horas voy bien mentalizado. Ante las temperaturas del demonio voy bien equipado. Mi mochila va llena de polares, de guantes, de gorros de colores para camuflarse entre los samis, y de calzoncillos de los largos hasta los tobillos. De esos que llevaban los abuelos y que dan cierta pinta ridícula, pero que, a decir verdad Suecia se ve diferente desde que los descubrí, una auténtica gozada para mis piernecitas. Obvio que dicha prenda, a la que en Cuba, tierra bien curtida y sabia en bellas disciplinas amatorias, con mucha inteligencia y motivos acertados sus pobladores denominan como "matapasiones", no es a la que recurriría para una primera cita, pero viendo a donde me dirijo, con la densidad de población tan escasa, y las temperaturas a la que nos someteremos, quedaría muy irónico que a la vuelta viniese narrando aventuras de amoríos y pasiones. Al menos, no espero alcanzar tal estado emotivo más allá de la que pueda llegar a sentir por la belleza del paisaje, por la profundidad de los sentidos despertados, o por la sensación de espacio totalmente abierto. En mis preparativos del viaje, he decidido crearme además una capa protectora facial gracias a una falta de afeitado por un periodo de una semana y media a la que continuará prácticamente con otra semana, con lo cual mis barbas ya bastante notables a día de hoy alcanzarán tamaños de récord en mis anales barbudos. En mi equipaje incluyo un pequeño cuadernillo de notas. Mi "Diario de a bordo" que luego aquí deshojaré a gusto.
He de añadir que tras detallar un poco más los puntos concretos del viaje, el lugar de llegada al que nos dirigimos el sábado será el Parque Nacional de Abisko, situado 100 kilómetros por encima de Kiruna, y por tanto a 250 km del borde del círculo polar. Así que la flechita que pinté en el mapa habrá que estirarla un poco más, hasta el laguito que se ve en la punta, haciendo frontera con Noruega. Acabo de ver la Aurora Boreal de anoche, tenía un estupendo color anaranjado. Una noche teñida de azafrán. Por desgracia no la he visto desde mi ventana, y por fortuna no ha sido en mis imaginaciones soñolientas. La web del Parque Nacional de Abisko tiene una cámara apuntando el cielo durante las 24 horas, y guardan todas las imágenes que se registran día tras día, y anoche resultó que las Luces del Norte aparecieron. Además, desde la misma web se puede seguir en directo lo que sucede en el cielo del Ártico, así que, si no tenéis nada mejor que hacer, el domingo por la noche, antes de que os metáis en la cama, os invito a que os asoméis a ver el cielo del Norte conmigo. Quien sabe, quizás podamos contemplar las Luces del Norte todos juntos. Pero al que no pueda, que no se preocupe, que yo estaré allí para venir a narrarlo.
Nos vemos a la vuelta. Hasta pronto
Pd. hoy no dejo foto porque reservo mi espacio de imágenes a las que pueda capturar allí arriba con mi cámara. Pero lo que tiene recogido este fotógrafo local, es para ir deleitándose...
MI ÚLTIMA FRONTERA
Hay lugares en el mundo de los que todos alguna vez hemos imaginado cómo serían en realidad al ver o al escuchar, pero jamás hemos pensado con seriedad en ir. Puntos en el google earth solo reservados para habitantes locales que un montón de casualidades hechas espermatozoides y óvulos allí colocaron a la hora de su nacimiento, además de unos pocos privilegiados que hayan decidido perderse allá donde pocos mortales lo hayan hecho con anterioridad, y algún que otro pirado sin más metas que las de exponerse allí donde se encuentren sus límites. Hablar de límites en una vida es complicado cuando no somos nosotros mismos los que decidimos donde los colocamos, o en muchas ocasiones vienen impuestos por circunstancias a las que nos doblegamos con mayor o menor resistencia. Sin embargo, cuando me nombraron por primera vez la posibilidad de ir a Kiruna, me imaginé traspasando uno de esos límites geográficos que nunca pensé que llegaría a rebasar. Hablar de Kiruna me hace dudar de la redondez de este planeta, porque existen esquinas en este mundo redondo, lugares en la Tierra que hacen finales de trayectos, rincones sin continuación, con carteles de no hay salida. Esquinas existen, y Kiruna es Alaska yendo al Este, y Ushuaia, lugar donde no por casualidad se edita el Diario del Fin del Mundo, mirando al Norte. A Kiruna marcan las brújulas en Suecia, referencia en los mapas como el extremo septentrional, el último de los núcleos habitados en el fin de Escandinavia, y allí, 150 kilómetros sobrepasando el Círculo Polar Ártico, a casi dos mil kilómetros de distancia de el lugar más al norte que por ahora he estado en mi vida y que no es otro sino éste sitio donde ahora vivo, es donde me dirijo dentro de una semana.
¿Qué es Kiruna? Kiruna en invierno es la nada en plena Tundra. Es tierra de los Samis, un pueblo de pastores de renos y de gorros de colores, pero es también la soledad más absoluta. Kiruna, entre otras cosas, tiene el término municipal más grande de toda Suecia, pero escasos 15 mil habitantes, con cero horas de luz el 1 de enero, y el total con las que cuenta un día el 1 de Julio. Emplazamiento construido sobre los yacimientos de hierro más ricos de toda Europa, y motivo por el cual los alemanes invadieron Dinamarca y Noruega en la Segunda Guerra Mundial, su nombre no tendrá sentido para muchos, aunque como referencia, basta decir que posee el único hotel en el mundo construido enteramente de hielo y por tanto puede que tal hecho os suene en los oídos. Para los míos que vienen ya un poco afinados a los sonidos del norte, Kiruna suena a aventura polar. Un lugar que debe tener poco que ver en pleno invierno, y al que llegar suponen veintidós horas de tres sin parada, siempre al norte, siempre siguiendo la columna vertebral de Escandinavia.

Ir a Kiruna en invierno puede parecer una locura, y puede que no encuentre nada apreciable a los ojos de un turismo clásico de monumentos y museos. Quizás no haya nada interesante que ver, siempre y cuando prescindamos del detalle de que estamos en plena época de auroras boreales, y que tan sólo contemplar las "Luces del Norte" merecen, siempre valorado desde el barómetro propio con el que mido las cosas en las que me apetece perder mi tiempo, claro está, las veintidós horas de tren para ir, y las veintidós horas de vuelta. Pero más allá de aquello, y aprovechando la pregunta que servida en bandeja me hizo un alemán ayer mismo, sobre qué se le ha perdido a un tipo del sur de España en el extremo norte de Suecia, contestaré que se me ha perdido todo, porque nada de lo que allí pueda conocer lo he hecho con anterioridad, porque más que un viaje, pasar las fronteras que marcan el Círculo Polar Ártico suponen una verdadera experiencia vital, porque venir a Suecia es una sugerente invitación a conocer los extremos donde la humanidad se debilita ante los fenómenos ambientales, y porque quien sabe si habrá más oportunidades en la vida de conocer las llanuras nevadas y solitarias del más puro norte. Venir a Suecia incluía entre los objetivos pactados, el de subir al círculo polar al menos dos veces, y estoy a punto de completar la visita invernal. Un contacto con la nada abierta de par en par, encontrarse con uno mismo, a solas, con el silencio extremo sólo roto por el susurro del viento gélido. Si eso no son razones suficientes para ir, que me avisen antes de montarme en ese tren.
Pero para convencer a los más escépticos, diré que el viaje incluirá entre otras cosas rutas con mi propio trineo tirados por cuatro perros, lo cual me obligará a aprender a darles órdenes para que me guíen bien, sea en el idioma que sea que los perros entiendan, travesías de esquí de fondo, un viaje de un día Narvick, en la espectacular costa Noruega, y quien sabe qué más cosas. Dormiremos en pequeñas casas de maderas perdidas que poseen sus propias saunas, y no en el famoso hotel de hielo, porque, entre otras cosas, y hasta que no me digan lo contrario, no me imagino como de cómodos son los equipamientos de un baño hecho de hielo.

Una vez leí que los pendientes que llevaban los piratas de películas servía para identificar aquellos que habían navegado el Cabo de Hornos y habían sobrevivido para contarlo. Yo, que el piercing no lo considero como opción, y viendo que existen métodos xerográficos muy avanzados, a la vuelta del viaje, me haré una camiseta que diga claramente, en sueco, en español, en inglés en finlandés, en el idioma que hablen los perros que tiran trineos si hace falta, que yo he atravesado el Círculo Polar. Prometo, y aquí emplazo para la vuelta a quien así quiera saberlo, sentarme aquí un ratito, con un buen café humante y el calorcito de vuestra compañía, y contar mis experiencias polares.
Hasta pronto.