Dando un paseo (II)
Supongo que dar paseos por sitios que ya no pisas es lo último que se puede dejar a la imaginación cuando los recuerdos empiezan a pasar a ese lado donde ya no queman. Quizás este paseo que no tenía pensado dar me sirva como el exorcismo que necesitaba para soltar el lastre que atan mis recuerdos a mi yo de ahora, el sueco. Ahora, que noto que los lugares se van diluyendo en mi memoria, oxidando los mecanismos que antes hacían aparecer el nombre de esta calle, o de aquel bar donde ponen esos bocatas tan ricos, o aquella terraza para tomar vinos bajo la higuera en verano. Ahora me apetece fijar este paseo en la memoria de las letras escritas, antes de que se diluya del todo. Antes de prescindir de espacios, porque hay que rellenar la cabeza con otros rincones.
Pero, ¿qué tal empezar por la Vereda de Enmedio? Empecemos por arriba del todo, por encima de todos los montes que rodean la ciudad. Hace una tarde increíble, ni mucho calor como para asfixiarnos durante la subida, ni las temperaturas van a bajar mucho cuando caiga el Sol, porque allí nos vamos a sentar un momento, junto a la vaya de la pequeña Ermita de San Miguel, junto a las pitas. No te impacientes, merece la pena esperar aquí un rato, luego recobraremos energías en el mejor bar de Granada, ya verás. Luego, un poco más tarde. Llegar a la Vereda en Enmedio nunca es fácil, yo siempre me pierdo, siempre acabo preguntando. Por suerte no es uno de los lugares más visitados de la ciudad. Apenas hay nadie nunca, sólo los que viven aquí, y algún que otro privilegiado que sabe de su existencia. Desde aquí arriba, subiendo por el Albaicin hasta dejarlo atrás, y subiendo más arriba, hay unas vistas increíbles de la ciudad. Las mejores. Sí, vale, a lo mejor pensabas quizás que iríamos al mirador de San Nicolás ¿no? Bueno, luego si quieres vamos, cuando caiga la noche y todo el mundo se vaya y no haya que pelearse por encontrar un hueco en primera fila donde sentarse, cuando se vuelva a convertir en un rincón tranquilo, sin el gentío, cuando ya no se escuche apenas nada y, quizás, si hay mucha, mucha suerte, tengamos la posibilidad de oír a los Morente cantar. No, yo no la tuve, pero he conocido a gente que ha escuchado sus voces, tan granadinas como las corrientes de agua que bajan por la cuesta del Rey Chico, brotando desde sus gargantas de esa casa, justo a la izquierda, haciendo pared con el mirador. Quien tuviera estas vistas cada mañana. No me extraña que tengan esas voces viviendo ahí. O mejor aún, en vez del mirador de San Nicolás, qué tal si vamos a la plaza del Carvajales. Es una plaza un poco más abajo, aunque dispone de un panorama muy parecido al del mirador, aunque todo parece más íntimo aquí, con la acequia que recorre la plaza como sonido de fondo, o quizás la guitarra o flauta de un grupo de gente que allí suele reunirse porque saben que es uno de los mejores lugares de la ciudad. Hay que recordar bien el camino, porque nos podemos perder un poco por el Albaicín. Aunque tampoco estaría mal dejarse llevar por las cuestas del barrio, sin preocuparnos bien a donde iremos a parar, porque, puede que lleguemos a la Plaza de San Miguel Bajo, y en aquella callecita que sale de la plaza se nos presenta de nuevo la ciudad, ahora más cercana, imponente, con el bullicio de la urbe que siempre la ha acompañado…, ay, ruidos granadinos… Y si sientes que te has perdido y quieres volver a pisar la ciudad, como si volvieses de un mundo distinto, de un sueño de Cármenes y embrujos moros, sólo tienes que andar hacia abajo, y si tienes suerte lo harás por la Cuesta de la Cava, y acabarás llegando al Cebolla Palace (el escudo que muestra junto a la puerta de una cebolla escoltada por dos palas cruzadas, así que el nombre correcto del lugar es el Cebolla-palas, más bien) y como la noche está buena nos podemos sentar en la calle, entre la gente, a tomarnos un refrigerio, que aquí los ponen a un precio increíble.
Pero con el despiste nos hemos alejado un poco de la Vereda a la que teníamos pensar. Tenemos que volver a subir, hasta la Plaza Larga, y de allí nos dirigimos a plaza del Aliatar, allí, por la esquina del fondo a la izquierda, empieza la vereda, donde todo de repente parece transformarse, donde los retales de la ciudad van cediendo paso a paisajes que parecen sacados de viejas postales de principios de siglo, entre campos y calles sin asfaltar. Entre chumberas y casas decoradas con pimientos rojos puestos a secar. Caminos entre las pitas que llevan a cuevas que sirven de hogar para algunos. Hay un burro aquí, pastando libre mientras nos sentamos a contemplar la ciudad que se desparrama hacia abajo. Fíjate en la Sierra Elvira, y en la Nevada al otro lado, aún sigue perfilándose espectacularmente en blanco sobre el azul del cielo. En esta época del año, parece mentira que siga así de nevada y nosotros vayamos en mangas cortas. Observa los tonos que va tomando el pico del Veleta desde aquí a cada minuto que el sol se va ocultando. Fíjate en la vista del Albaicín, a tu derecha, ese pequeño laberinto de calles sin orden alguno, cuantas esquinas que torcer, y todo lo que espera a ser visto en cada una de ellas. Y a tu izquierda..., una perspectiva única de la Alhambra, solamente para el privilegio del ojo que aquí viene, porque esta vista no suele salir en las fotos, es especial. Genial sentarse aquí a ver cómo el Sol se pone detrás de la colina del Albaicín y le saca los colores a las paredes del palacio árabe... Parece que la vida aquí no transcurre al ritmo que el resto de la ciudad. Todo podría medirse aquí al ritmo del sesgueo de una guitarra, o el compás de tientos o soleás que parecen manar de este suelo. Quizás porque esta parte sea como el resto de la ciudad, aunque Granada se siente más pura aquí que en ningún otro lado,

Sigamos ahora por la vereda, sólo hay que seguir esa calle. No es complicado. Es esa que va entre la que sube, y la que baja. Exacto, la de Enmedio, eso es lo que se llama ser prácticos a la hora de poner nombres a las calles. Por aquí nos iremos metiendo poco a poco en el Sacromonte, pero encima del barrio, como sobrevolándolo. Pasamos junto a una fuente que reza en un azulejo que "Quisiera ser la fuente de tu barrio, para que cuando tu bebas, bese tus labios". Y un poco más adelante, vamos a tomarnos algo en el mejor bar de Granada. Está aquí mismo, aunque no lo veas. La verdad es que este bar es casi un secreto, y sólo me gusta venir con gente muy especial, así que no lo comentéis mucho, porque perdería toda su magia. Porque la nevera destartalada donde se guardan los botellines de cerveza que se deja ver tras una puertecita una no da para guardas muchos, porque la señora que sale de una puerta al fondo, que es su casa no merece ser molestada con mucha clientela, porque el único banco que hay fuera, donde nos vamos a sentar, lleva años contemplando las mejores vistas de esta ciudad, y tampoco cabemos muchos. Una terraza, un mirador único justo encima del valle que parte la ciudad en dos, que se volvería de oro en manos de un restaurante de lujo, aquí te ofrece la tranquilidad más absoluta, además del botellín de cerveza fría y tapa de morcilla casera a un precio ridículo. No se puede pedir más.
Y ya que hemos recuperado fuerzas podemos seguir bajando por el Sacromonte, y ahora subir por la cuesta del Rey Chico, justo al otro lado, cruzando el Darro, bordearemos los muros de la Alhambra, y de vez en cuando nos daremos la vuelta para saborear la vista del Albaicín. Subimos por la cuesta empinada que baja un pequeño riachuelo, aguas que salen de la Alhambra ahora libres, aguas felices, de lujo, porque fueron espejos al rellenar las albercas donde se miraba el palacio, porque refrescaron sus jardines y bañaron sus incontables fuentes. Y mientras caminamos sin resuello por esta subida, nos podemos imaginar cual de las torres del muro fue la prisión de Boabdil, por la que escapó a través de una cuerda para enfrentarse luego a su padre rey.
Y mira por donde, hemos llegado justo a la entrada de la Alhambra. Supongo que los pies estarán cansados, pero es hora de pasar adentro y culminar todo lo visto hasta ahora. No os podéis ir sin entrar, así que, y aún creyendo que no hay manera posible de excitar más los sentidos, simplemente pasad, y ya lo comprobaréis. Yo ya me quedo fuera, que para mí es hora de terminar este paseo. Bueno, supongo que me hubiera gustado visitar más sitios, y quizás puede que algunos ya los haya olvidado, pero supongo que es mejor dejar algunos sitios para la improvisación, descubrirlos por uno mismo para hacerlos propios, y eso quizás merezca más la pena que ir de la mano de uno que ya lo conoce. Yo ya me largo calle abajo, camino del norte, a mi casa de ahora. Ahora, tiempo presente, miro de nuevo por la ventana y predomina el gris. No hay luz, y las nubes que cubrían el domingo pasado, cuando comencé a pasear siguen aquí, o quizás sean otras, pero qué más da. Sólo una cosa antes de irme del todo. Si vais camino de las Alpujarras o de la costa, hay un lugar fuera de la ciudad que se denomina “El suspiro del moro”. Es el lugar que provocó las lágrimas del rey chico, Boabdil, al contemplar por última vez la ciudad que había perdido. Y supongo que hay ciudades que se ganan las lágrimas a pulso al despedirse de ellas, y yo no sé si es cosa de mujer llorar de esa manera como le recriminaba Fátima a su hijo Boabdil en aquel momento, pero ahora que me voy, me siento un poco más cercano de él, y aunque mi camino toma un rumbo distinto al de Boabdil, por algún lugar andan mis suspiros, y no pude evitar que ciertas esquinas del ojo que se escapen a mi control.

Hasta pronto.
Dando un paseo
Hoy, que ha entrado el horario de verano, las esperanzas de que llegue el buen tiempo a estas latitudes se van borrando bajo copos de nieve que no paran de caer. Sí, vale, hoy habrá más horas de luz; más horas para ver cómo sigue nevado. Hoy finales de marzo, he decidido no volver a mirar el calendario, lo que haya de ser, será, en junio, en octubre, o en febrero del año que viene, los días los dividiré en aquellos que se visten de blanco, y aquellos que no. Y por ahora, los primeros ganan por una diferencia imposible de remontar.
Así que, aquí, mientras voy en el tranvía meciendo mis notas que escribo en un trozo de papel, he decidido cambiar de argumento sobre el que escribir hoy. Vale, menuda novedad viniendo de mí. No sé si alguna vez que llegado a escribir sobre aquello que tenía programado en un principio, así que vuelvo a cubrir con una suave manta para que no coja frío el post sobre mis extraordinarias aventuras y desventuras con la colada que llevo rumiando desde hace días, y dejo así que sean mis desvaríos mentales los que tomen posesión de mis dedos y arbitrariamente escojan el rumbo de estas letras a su propia apetencia.
Porque hoy, que ha entrado el horario de verano, me apetece dar un buen paseo, salir de mis paredes invernales, y caminar por lugares donde no queden marcadas mis solitarias huellas en la nieve recién caída, sino por otros donde sólo el placer de hacerlo decidan llevarme. Y, gracias, Bea, porque me diste el motivo perfecto para dar ese buen paseo. En realidad te lo iba a escribir en un correo, una continuación del que te escribí, tu pequeña guía para andar por rincones de Granada que me pediste para tu compañera italiana, y, si no te importa que en este paseo nos acompañen todos los que por aquí decidan pasarse, hoy me gustaría caminar con todos a la vez por las calles de Granada. Si me dejáis que os sirva de guía, y si no estáis muy cansados, me encantaría enseñaros algunos rincones especiales de la ciudad que lo tiene casi todo. Iremos poco a poco, como le gusta a Granada, sin precipitaciones ni brusquedades, sin centrarnos en lo obvio, porque hay esquinas que el torcer se convierte en una placentera caricia a la ciudad. Tan placentera que te incita a dar otra, y que promete, si seguimos haciéndolo bien, llevarnos al clímax de esta magnífica experiencia.
Empezamos el paseo cerrando con fuerza una vieja puerta que nos conduce a la calle, a Santa Paula, donde a una placa que recuerda a Alonso Cano le llegan los olores de una vieja panadería cercana, y el rumor del mercado que viene del otro lado de la calle. Ahí está el mercado de verduras distribuido entre pequeñas calles del pleno centro, con sus viejos puestos repletos de colores y sabores, como el puesto de huevos, regentado por dos señoras que salen de otra época, antiguas como esas calles que anuncian en sus placas de azulejo granaíno que nacieron con la corona, pero tan innovadoras a la vez que me dejan ver el primer huevo de avestruz en venta de mi vida. Huele a verdura fresca en una mañana de primavera soleada, jaleo de gente que pide la vez y a la vez, y bullicio de bolsas de tomates, zanahorias, de habas y espárragos, tan granaínos como el acento del tendero que te escucha y te sirve. Se me llenan lo ojos con colores de frutas obscenas en su vitalidad, y los limones amarillos ponen el contrapunto al rojo oscuro de las cerezas, y el verde de los pimientos al morado de las berenjenas. Y caminas siguiendo puestos, sumergido entre gente que entrechocan sus bolsas, y sin darte cuenta desembocas en la plaza de la Romanilla, donde los puestos se diluyen entre palmeras, y una vieja churrería que ya no está ha dejado paso a un reciente bar donde desayunar en las mañanas de buen tiempo es un placer, porque la luz nos da en la cara, y la torre de la catedral allí se muestra imponente, robusta, como si fuera un pilar maestro del cielo de color azul. Y si queremos nos paramos, o si no, seguimos bordeando la catedral, y justo debajo de la torre, allí, en la esquina con la calle San Jerónimo, de repente las fosas nasales se llenan con aromas de múltiples especias, y los puestos callejeros que al pie de la torre nos la venden, han dejado en ese rincón un sello imborrable, porque por la noche, cuando las especias se retiran, dejan su testimonio con su esencia, perfumando el agua de la fuente que allí no para de salir, y si tienes suerte, y es una noche de verano fresca, quizás pueda sentarte en la cadena de hierro junto a la fuente, y dejar que pase el tiempo porque, en unos pocos metros, una figura arranca del sonido de un bandoneón ritmos de tango que decoran esa esquina. Pero si no, siempre podemos seguir la calle San Jerónimo hasta la plaza de Derecho, y allí, si hay hambre, y el bretón tiene ganas ese día, nos podemos aprovisionar en una pequeña crepería abierta, y nos podemos sentar bajo la estatua que domina la plaza a disfrutar de las provisiones. También podemos ir a la plaza de la catedral, a sentarnos en los escalones, y de allí dirigirnos a Bibrambla. ¿Cómo llegar? Fácil, solo sigue el sonido de una pequeña flauta que a diario suena en la esquina de la plaza, entra por esa calle y espera a que sea la primera hora del día para asomarte a Bibrambla, espera que los kioskos de flores hayan colocado sus ejemplares y percibe todos los tonos y colores que allí de repente se te abren mareando unos ojos que no saben donde posarse. Mira hacia la otra esquina de la plaza, y verás el ático que siempre soñé tener, la casa granaína de mis sueños, en plena Bibrambla. Pero bien podemos seguir, o darnos la vuelta y buscar la Alcaicería. Ese pequeño zoco de recuerdos de Granada, de pieles curtidas, de productos sacados de los "Cuentos de la Alhambra", y nos mareamos entre esas esquinas, pero debemos esperar a que vuelva a caer la noche, y que cierren las tiendas, y que la calle despliegue entre sus lámparas toda su belleza, y que ahora presuma, como debe y puede hacer, porque te contará que no es una mera calle, sino un pasillo de palacio árabe con sus arcos y filigranas talladas, hace ya tanto.

Y de allí podemos subir a la acera del Darro, a dejarnos llevar por el río, que es tierra de gatos, y tierra de patos. Subir por la derecha, o por la izquierda en esa línea divisoria que separa el Albaicín de la Sabika, pie y tierra madre que acoge a la Alhambra. Pero también podemos bordearla por arriba, por San Juan de los Reyes, seguir esa calle, pasar la esquina de las Arremangadas, y de repente, sin avisar, sin esperarla, y porque hemos dejado acercar la esquina con mucho mimo, la calle se abre para mostrarnos la Torre de Embajadores, la grandeza de la Alhambra que desde allí aparece sobrecoge, y ese deberá ser el primer sitio para contemplar la maravilla del palacio nazarí, y si tanto nos ha cortado la respiración porque allí apareció sin que la esperáramos, baja los ojos, y observa una puertecita que desde esa esquina de la calle aparece minúscula, y dirígete allí, entra sin miedo a esa tetería, a relajarnos, por los olores de té árabe, y hundirnos en unos cojines mientras dejamos que la cabeza vuele a ritmo de narguilas. Quizás el té de allí no sea el mejor de todos, pero el lugar lo merece. Y observa bien, porque no todo son cojines, y es que hay uno muy suave y de pelo largo, el gato Alfonso, al que te puedes acercar y acariciar, porque sabe que no le tratarás mal. Porque se siente a gusto con tanta gente.

Y yo que me siento tan a gusto, quizás prefiera seguir paseando, aunque las piernas están cansadas, hace mucho que no ando por aquí, y noto como tiemblan un poco al paso por los pedruscos del Albaicín. Hay caminos distintos que seguir, pero hoy se me quedan largos. Prefiero que nos retiremos un rato y seguir luego, cuando recuperemos fuerzas. Aun tengo sitios incontables que enseñar, y veo que tengo que seleccionar bien. Espero que no me esté equivocando y que nadie se me haya quedado atrás. Y si no os parece mal me gustaría veros para continuar caminando.
Hasta pronto entonces.
Correcciones en resumen
Hora de aplicar ciertas correcciones.
Resultó que entre confusiones mentales mías, y las lingüísticas generalizadas, he de corregir ciertos detalles de mi último post. Y no porque lo mejore, porque aún me pone peor el sumario de mis conclusiones anteriormente extraídas, pero allá vamos con ellas.
a. Mi realidad debe estar bastante lejos que la del resto de los mortales, y sobre todo las referentes a concursos eurovisionados.
b. De eurovisiones no hubo nada de nada, y lo que este fin de semana atrajo a los suecos a sus pantallas televisionas y por tanto lejos de mi casa fue la final sueca. Una especie de previo en plan "OT" donde se elegía a la persona que representaría a Ikealandia en el dichoso concurso.
c. Y por tanto, menor todavía la importancia, si cabe colocar en algo cercano al concepto "importante", el motivo que servía de barrera que me separaba de tanta sueca.
d. Y no me acuerdo de quien ganó, y que yo sepa, y siempre desde mi empanada mental, Abba no se volvió a presentar.
Fuera aparte de todo ello, la presentación oficial de mi piso contó al final con una pequeña participación sueca de dos personas, que se mezclaron como pudieron y supieron con el resto. De anfitrión sirvieron una tortilla de papas de 9 huevos, y una sangría de extraño sabor a flores (y no me pregunten el motivo de la sangría floral) con un perfecto vino peleón de "Cumbre de Gredos" en su perfecto envase de tetra brick, aunque este fuese de tres litros, aparte de una sorpresa imprevista de última hora a base de rebujito (como el de la feria, sí, con La Guita de Sanlucar de protagonista principal). Un montón de fotos de expedión polar bien proyectadas, seguidas de algunas de mi rinconcito gaditano y una fluida conversación en "jaja" sostenido aseguraron el buen gusto de una noche que pasó rápido, y que quedó con un buen sabor de boca, (por no hablar aparte de un olorcillo a sangría importante para todo el día siguiente...).

Como detalle para contar, uno de los suecos se presentó con tres regalos fundamentales que se hacen en este país cada vez que alguien se muda. Un paquete de sal, un pan (menudo pan espectacular se trajo...) y un par de quilos de una mezcla insípida y extraña de cereales y leche muy popular por estas latitudes al que le llaman porridge, y que no sirve más que para llenarte el estómago con algo pesado. El motivo, según nos explicó, es desear al que se muda que en su nueva estancia no pase penurias ni hambre, y que siempre tenga lo más básico para subsistir. Yo, que en mi modesta crítica a las costumbres implantadas en un país como éste, simplemente diré que con tales alimentos para subsistir, más vale pensar si merece la pena tirarse de cabeza al canal. Pero como detalle ahí quedo. Yo, si no os parece mucho pedir, pediría al que por aquí gustosamente quisiera pasarse, que en vez de tales elementos básicos, trajera los que hemos denominado en este piso como vitales, o también conocidos como todos aquellos que vengan acompañados con la coletilla "Ibércio". Eso sí que son buenos deseos.
Hasta pronto.
Espontaneidad verus Eurovisión.
El 4 de marzo tuve una fiesta en casa de una compañera del trabajo.
Estupendo. No estuvo mal, y yo personalmente me lo pasé bastante bien. Pero lo cierto es que el acontecimiento en cuestión no pasará a la historia, ni se recordará en los anales (véase la raíz de la palabra año, y no más que esa raíz) de fiestas como tal. Incluso puede que el discurrir de tal acontecimiento tampoco alcanzase las cuotas necesarias para denominarla como tal según lo describe la Real Academia de la Lengua, salvo por las ingentes cantidades de alcohol que por allí se vertieron (nota para mí mismo: escribir un post sobre los suecos y el alcohol, o lo que es lo mismo, el porqué en Suecia las macetas nunca tienen agua). No pasará, como digo a la historia salvo que algún día salgan a la luz las fotos comprometedoras que allí se tomaron del personal asistente (otra nota para mí: la próxima vez que te disfraces, no te pongas una pajarita, no te vaya a pegar un gripazo).
Pero no. La historia tiene cabida para muchas cosas, muchas anécdotas para rellenar tomos enciclopédicos, y universidades de estudiantes. Pero entre todas aquellas anécdotas, no quedará un hueco, no habrá palabras, ni puntos, ni comas, que hagan referencia a la fiesta del pasado 4 de marzo. Pero sí sé, y no se me olvida, que fue un 4 de marzo. Y es que, y ya que hablamos de historia, nos debemos dirigir en un esfuerzo de la memoria, a la segunda semana de enero, y allí, mientras escribía post un poco depresivo sobre las idas y vueltas de Suecia, una compañera del trabajo me preguntó si me gustaría, y si no tenía nada mejor que hacer, ir a la fiesta que iba a organizar el 4 de marzo en su casa. Casi dos meses en adelanto, y resulta que he recibido invitaciones a bodas con menos tiempo de antelación que el de una pequeña fiesta en casa de alguien. Y debió ver mi cara de sorpresa ante tal propuesta, y no pude controlarme en preguntarle cómo era posible que tenga algo planeado para un fin de semana de dentro de dos meses. Exacto -me respondió, así no me puedes decir que no. Y para ser justos con mi conciencia y con la verdad, que por derecho me exijo para con los que estáis al otro lado de la pantalla, he de decir que a dicha anfitriona no le hubiera dicho que no a muchas otras cosas… Pero fuera aparte de mis ilusiones subidas de tono con dicha compañera de trabajo, mi intención es utilizar esta pequeña narración anecdótica para describir cómo son los suecos frente a una agenda, pero así son y así hay que quererlos, o no, eso según los gustos del consumidor.
Y ya que hablamos de acontecimientos en la historia, de post pasados, y de fiestas a organizar, como prometí aquí mismo, tenía pendiente una fiesta en mi piso para dar la bienvenida. Pero he aquí el hecho de que un piso con dos seres más hispánicos que el jamón de bellota, predecir con dos meses lo que allí puede pasar, es conjurar a los nueve planetas y alienarlos en buena fila india. Y esperar además que te venga la inspiración o las dotes de videncia. Así que, sin más prefacios, y ajustándonos a nuestras reales ganas, hemos decidido organizar este sábado una festividad jolgórica-cultural. La parte cultural pondrá la excusa de la fiesta, que viene a ser la exposición en público de una sesión de diapositivas sobre la Expedición “Paella Boreal”. La jolgórica vendrá como deba venir, dejando correr la espontaneidad mediterránea enfrentada a los corsés escandinavos.
Pero ni todo el monte es orégano, ni toda las fiestas son Sodomas y Gomorras. Y para mi desilusión y sorpresa, tras comunicar a todos los integrantes de mi laboratorio el acontecimiento, faltó poco tiempo para que una americana que aquí trabaja me dejara claro que, debía ser consciente de que a mi fiesta iban a acudir entre uno o ningún sueco o sueca. Pero para mi mayor pasmo y admiración, no era la falta de previsión lo que vaciaría a mi casa de realidades suecas, sino algo todavía peor. Algo que espanta saberlo, y que sorprende a cualquiera que haga uso de sus seseras aunque sea por lo menos una vez a la semana. Una fuerza imprevista, un factor sobrehumano, un pie que se pone encima de mis planes lúdico-festivos. Ni más ni menos que Eurovisión. Sí. Eurovisión. El bendito festival de Eurovisión es un hecho de tal importancia para los suecos que una gran parte de ellos se quedarán, sábado noche, frente a la televisión, contando puntuaciones. La confirmación de tales absurdas realidades no se hizo esperar por parte de algunos nativos que excusaban su ausencia de tal manera. Me acongoja saber que algo que para mí pasa tan desapercibido como un montón de gente cantando canciones ñoñas en diversos idiomas pueda ser un pilar básico de la diversión de sábado de un montón de suecos. Empiezo a pensar que aquella barca que nadie supo quien manejaba causó mayor conmoción de la esperada en la sociedad hispánica, y restó casi toda la popularidad al evento eurovisionado dentro de nuestras fronteras. Pero lo que más me acongoja, lo que me deja de piedra es pensar fríamente en el hecho en si mismo, y es que, jamás de los jamases, nunca en mi vida hubiera imaginado que entre yo y un montón de suecas, se interpondría Eurovisión. Es la última razón que me quedaba por contemplar.
En cualquier caso, y reiterándome o poniéndome pesado, o ambas a la vez, no solo de suecas vive el hombre, y menos yo, que hablando de lenguas, no son las filológicas las que me interesan un sábado por la noche. Y contando con la presencia de otras naturalidades foráneas, la fiesta tiene todas las papeletas de convertirse en un rotundo éxito. Así que, aprovecho este rinconcito para decir que estáis todos bien invitados, con la sola condición de que vengáis a estas latitudes bien guapos y guapas, y para ello lo único que se requiere es el mostréis el calorcito del sur bien reflejado en vuestras sonrisas. Eso es todo.
Vale. Puede que no os haya dado mucho tiempo para avisaros. ¿Pero qué queréis? Hacerse el sueco es un proceso de largo, largo recorrido.
Hasta pronto.
Frialdad
Göteborg de repente se ha convertido para mí en una ciudad de las grandes. Grande en distancias de traslados, y media hora de tranvía es la que me separa cada día de mi nueva casa al trabajo. Media hora de ir, y media de volver. Línea 6, de Vårvädestorget a Shalgrenska Hüventré. Media hora donde, entre otras cosas, te da mucho tiempo a pensar, y eso, en general bueno, a veces no lo es tanto. Hoy, en mis vagabundeos mentales, a solas con mi iPod, trataba de encontrar una nueva historia con la que rellenar este post, y tenía varías de las que tirar, ideas más o menos originales que cruzaban por mi cabeza, por el canal que separa en dos esta ciudad, atravesando luego el centro de Göteborg, y subiendo por el parque que se abre en pleno corazón de la urbe. Pero entre una y otra se colaron en el vagón, sin esperarlos, y no recuerdo en qué parada se subieron, los acordes de la guitarra de Vicente Amigo. Sacados de mi cacharro lleno de música, como si saliesen de su caja de Pandora, despertando mis truenos y mis relámpagos. Una soleá con nombre de Córdoba, que retumbaba dentro de mí, y cada nota estremeciéndome, como si mi cuerpo fuese el de la guitarra, y mi espíritu entero fuera la caja de resonancia de unas cuerdas que parecían vibrar sobre mí. Y entonces me acordé de septiembre, de sus finales de mes lánguidos en la playas de una bahía tan lejana, como los recuerdos de aquellos últimos días. Decir que los recuerdos de septiembre están lejos en mi cabeza es quedarse limitado. Vivo mi reencarnación sueca, otra vida separada de la anterior en una eternidad por las que se cuelan los recuerdos de mi yo previo. Y quizás, si levanto lo suficiente la mano, pueda sentir el aire fresco y húmedo de las tardes de principios de otoño, con esas brisas que mueven las ropas ligeras, días que se acortaban, y la sensación agradable de final de verano, las leves bajadas de temperatura junto al mar, mirando el Sol que gana en prisas por sumergirse entres las olas del otro Atlántico, del calmado, el apaciguado en las orillas gaditanas, tan distinto de su cara afilada que aquí muestra. Pero la mano que levanto no me muestra más que escarcha, y todas las sensaciones que trato de rescatar vienen de otra persona distinta, que parece seguir viviendo en aquellas costas, lejos de donde ahora me encuentro.
Y hablo con voces que vienen desde allí abajo, y todas vienen entonando ya luces y olores de primavera. Y a mí no me llegan. Vivo en un constante invierno que empieza a desgastar mis resistencias. Y no me acostumbro a que dure tantos meses y a llevar mi abrigo negro, integrado ya en mi estado de ánimo. Termómetro que vives enterrado bajo el cero y de ahí no levantas vuelo. Primavera, que no llegas, primavera, que no llegas. Que vienes desde tan lejos, y que acudes tarde a tu cita conmigo. Los meses pasados respondieron a su guión, enero y febrero fríos y oscuros, pero marzo, te has convertido en traicionero, ya no eres el que acostumbrabas, y nunca antes te apunté en el calendario con tanto guante puesto. Me pesas como una losa, y deseo verte pasar rápido, y que te lleves mi gorro y mis botas contigo. Noto el paso del invierno con paso cansado, como si me hubiese estado peleando a diario con él, y aún sigo con la cabeza escondida tras una trinchera, evitando las andanadas de nieve que sigue tirándome a la cara, y ya estoy cansado. Y mi organismo, que poco entiende de postdocs y cambios de países, se siente extraño, como un árbol transplantado de su sitio, que estaba acostumbrado a sacar sus nuevos brotes a estas alturas de Sol, y ahora ya no hace más que esperar a diario, a cada mañana, a que el tiempo le sea propicio. Hoy, en cuestión de un viaje de vuelta en tranvía, en poco pensar y más actuar en acto reflejo, he decidido que a primeros de mayo vuelo hacia atrás, a buscar por unos días a mi otro yo que se quedó mirando a las mareas, que necesito reencontrarme con él, y que me cuente mientras paseamos por la bajamar qué me he perdido, y qué me echa de menos. Mañana mismo, empiezo a buscar mis pasajes. Y si la primavera no llega, saldré yo a buscarla.
Hasta pronto.

Mi querida amiga
Y ya está... Como tú siempre decías que sería. Siempre fui de poco entregado para ciertas cosas, y tú lo sabías, pero no te importó, y te viniste conmigo, y me enseñaste que hay cosas por las que merece la pena comprometerse, derrochar energías. Cambiar. Y yo lo hice gracias a ti. Y puede que no siempre nos lleváramos bien, que cometiéramos errores pero contigo conseguí aprender tanto, y nunca necesité verte como la mejor, como la más maravillosa de todas, porque no necesité hacer comparaciones, me sobraban. Porque tus intenciones eran otras. Poco te importaba no ser la más espectacular, porque tu objetivo en esta vida me hacía ver el mundo más bello a través de ti, y eso valió mucho más. Me enseñaste a saborear los colores, a ver la luz en toda su dimensión, desde tus distintos puntos de vista desde los que me encantó asomarme. La belleza reside en un pequeño detalle, insignificante a los ojos de otro cualquiera, tú me mostraste cómo apreciarlos, y por culpa de ello cada vez que he encontrado algo que así lo merezca, siempre te busqué, o te eché de menos si no estabas cerca. Es difícil pensar en todo lo que pasamos juntos. 4 años haría en abril..., cuantos recuerdos que recogimos, cuantas veces lo hicimos para no olvidarlo, miles. Y ahora esos recuerdos se amontonan para coger polvo en cajas que se quedaron atrás. Lo hicimos en París, en Amsterdam, en Nueva York, y ahora en Suecia. Lo hicimos en las playas de mi bahía natal, en campos, en bosques, en senderos, pero sobretodo en esa Granada donde empezamos. Aún recuerdo y me ruborizo de aquellos primeros jugueteos. Tantos errores de principiante..., y los comparo con esos momentos de éxtasis de después, eso ratos inolvidables, uno junto al otro, con calma, con ternura, con todos los sentidos palpitando, totalmente dedicados a conseguir la perfección, o por lo menos todo lo más posible a lo que nos podíamos acercar, con mis manos sobre tu cuerpo, todo un uno, y eso explica porqué tu textura es una prolongación de mi tacto, y porqué tus formas quedan grabada en mis manos, que parecen recordar tu contorno mejor que mi cabeza. Adoré nuestras escapadas por Granada, y me enamoré de esa ciudad por culpa de perdernos por sus remotas esquinas empinadas. Tu y yo, y nos olvidábamos del resto, porque no había tiempo que perder, y todo lo mirábamos como si fuera nuevo en este mundo, recién creado, y necesitara que alguien le pusiera de nuevo un nombre... Y no soy yo quien deba decir cómo de bien lo hicimos, y si fui digno de ti o no, que lo juzguen otros. Sé que hubieras conseguido perfectamente hacer de otro lo que hiciste de mi, aunque también puede ser posible que de otro hubieras conseguido cosas mucho mejores..., porque yo, tengo y tendré mis limitaciones. Sin duda, pero eso, que lo juzguen otros.
Por eso me cuesta tanto seguir escribiendo, porque decirte esto no es fácil, porque saberlo de antes, intuirlo con tanta antelación no facilita las cosas, y los dedos se bloquean, y no sé cómo continuar. Continuar con otra que no seas tú. Lo sabes desde hace tiempo, quizás desde el día que nos presentaron, que no estaríamos para siempre, que otras ocuparían tu lugar, porque naciste siendo efímera, como coletazos de una raza extinta, estabas destinada a desaparecer, tarde o temprano. Cuando te traje conmigo a Suecia sabías que no sería nada fácil, que las dificultades que la vida que avanza rápido te ponen delante no te llevarían mucho más allá. Y sigo mareando la perdiz, sin poder decir lo que ya sabes, y que casi se llama como tú, que casi es como tú, pero que no eres tú, que es otra. Otra destinada a ocupar tu sitio en los próximos años, porque ya llegas a tu límite. Quiero que sepas que esta decisión no es sencilla, y me da rabia que le esté dando la razón al resto, a esos que te miran como un bicho raro, una vieja inútil que sirve más bien para poco, y me odiaría si algún día me diese cuenta de que te miro de la misma manera, y es por eso que no sé si tomo la decisión correcta cuando mañana vaya a buscar a aquella que ocupará tu lugar. Y su cuerpo será extraño porque será el tuyo el que buscaré con mis manos. Pero quiero que sepas también que siempre te recordaré con una sonrisa, y si hay algo de lo que hablaré a esos nietos que aun no existen es de ti, y serás tan extraña para ellos como ellos lo son para mí ahora, y entonces, vieja amiga, hablaré de esas viejas fotos que hacíamos, y de como me enseñaste a mirar con otros ojos. Ay, mi vieja cámara, aún no te he pulsado por última pidiendo que retrates belleza por mí, y ya te añoro. Dime que me estarás esperando en tu estuche, que me seguirás dejando usar tu cuerpo de cámara si algún día me canso de la nueva que este fin de semana ocupará tu sitio...
Ay, vieja..., gracias por todos estos años, disfruté tanto contigo, que ahora solo quiero dejarte un trocito de mis letras para ti también.
Pero es inútil.
Tú que has puesto tantas imágenes aquí,
¿a cuantas letras equivalen, si cada una son más de mil palabras?
Hasta siempre, mi vieja amiga.

Come on everybody, let's go...
NOTA INICIAL: Resulta que tras varios días de Sol y deshielo que daban esperanza a una primavera inalcanzable, con los desagües por fin goteando, y el hielo que cruje y se rompe, ayer cayó una de las nevadas más fuertes de lo que llevamos de eterno invierno. Y nos volvimos a poner las botas para la nieve, y ya prácticamente he llegado a mi aguante invernal. Pero hoy es un día cálido como los de abril en el sur de España, y eso es así independientemente de lo que ponga el termómetro. Hoy es un día soleado, con o sin nubes, y las hojas de los árboles proyectan una fresca sombra, y me da igual que las todas las ramas sigan pareciendo dedos de muerto. Hoy es un maravilloso día de primavera porque vuelve a ser un día muy especial. Hoy, 1 de marzo no pasa en balde por mi calendario, y desde que nací lo tengo marcado, hermana mía, porque tú ya estabas allí, precediéndome a mí, precediéndonos a todos los demás, abriendo camino para el resto que llegamos más tarde. Hoy, mi querida hermana mayor, uno de los vértices de un triángulo en el que siempre me ha gustado estar metido. Hoy, desde tan lejos en lo físico, pero tan cercano en los sentimientos, te felicito desde lo más profundo e intenso. Feliz cumpleaños, hermana mía.
Retomamos ahora, y como iba diciendo, “come on, everybody, let’s go…”
... to Brazil.
Sí, es hora de cambiar de registro helado por algo que caliente un poco las venas azules; tanto azul no es de recibo, que me puedo empezar a quedar, dicho con todo el decoro y noble sentido, tieso, "estalactítico", o lo que podría ser peor, "estalacmítico". Pero antes de entrar en materia me gustaría indicar con el permiso de la audiencia que, hasta ahora, todos los post que he parido para este blog se habían escrito desde la misma silla más o menos cómoda, más o menos hortera de mi residencia de estudiantes que me servía de refugio donde calentaba mis dedos para luego poder desparramarlos por encima del teclado. Pero, silla y todo lo que la rodeaba pasaron a mejor vida o a mejor inquilino de cuarto, porque yo ya no la tengo. Ahora estoy sentado en una mucho más cómoda, en un rincón distinto de la ciudad, mucho más acogedor, más hogareño, con toda la tranquilidad que da por fin encontrar un sitio al que denominar hogar. Y es que el sábado al fin nos mudamos, y ya no hay tailandeses, ni suecos, ni coreanos, ni taiwaneses que combinen aromas en mi cocina. Eso significa, entre otras cosas, que ando con desajustes infraestructurales, y que hasta que no nos pongan la conexión al mundo a través del cable de internet estaré un poco más desaparecido de lo normal.
Pero volviendo al tema que aquí me traía hoy, diré que, en cuestión de gustos, no hay nada mejor que un catálogo de colores, y en cuestión de carnavales, a falta de los que se acompasan al ritmo del tres por cuatro en las voces de los chirigoteros gaditanos, no hay nada como el del sabor a samba brasileira. Así que, faltando los de mi patria chiquitita, el sábado pasado decidí unirme al que se montó en el local de la asociación brasileña de Goteborg. Jamás hubiera dado el canto de una moneda de las de cobre por mis actitudes rítmico-danzantes ante la samba, pero resulta que el ritmo transmitido por un grupo de Batucada a base de pura percusión, y todas las vitaminas que me insuflé a base de caipirinhas múltiples fueron suficientes para despertar la bestia sambera que dormitaba en mis entrañas. Hacerlo no sé si lo hice muy bien, porque nadie me puso delante un espejo donde corroborar lo que yo ya tenía más que claro, y es que el sentido del ridículo está esperándome en alguna oficina de "objetos y morales perdidas" desde hace ya mucho tiempo y apenas lo necesito. Pero fuera aparte de estilos más o menos depurados, puedo atestiguar que hoy martes noche, aun tengo las piernas sobrecargadas de varias horas sin freno a la samba. Todo el calorcito brasileiro que me teletransportaban a lugares de murgas y comparsas callejeras en mitad de Brasil, independientemente de que tras la ventana se pudiera observar el canal de agua que cruza la ciudad hecho un puro bloque de hielo.
Y ya que entraba en calor de la samba y batucadas, y la suavidad del portugués bien falado, que suena a caramelo si lo comparo con el más que áspero idioma sueco, he aquí que apareció una disyuntiva en mis paseos visuales y mentales. Dos puntos de atención cada uno con la fuerza del contraste, el peso de dos polos que miden igual, o la grandeza de cómo alcanzar una misma condición mediante dos vías totalmente dispares. Y es que, supongo que en algún momento deberé dedicar un episodio, o dos, o tres, o los que así se requieran en hablar de uno de los mayores mitos que este país ha exportado al resto del mundo. Estoy hablando claro está de las féminas escandinavas, también conocidas por todos los rincones del mundo como "las suecas". Pero de nuevo, y parezco más un políticucho prometedor que promete que un bloguero aficionado, pospongo un tema de interés general, como es al que me refiero para otra ocasión. Pero resulta que éste lo considero de vital importancia como para tratarlo con ligereza, y por ello requiere un análisis en profundidad, con múltiples casos de estudio para luego poder aplicar algoritmos estadísticos con los que sacar unas conclusiones elaboradas y justificadas. Pero para todo ello requiero tiempo y dedicación, y en eso estoy, no lo duden por un segundo, que no sólo de levaduras y bacterias viven mis ciencias. Pero dejando detalles por el camino, es un dato puramente objetivo si digo que las suecas son mujeres que en termino medio, y salvo excepciones van de bellas a espectaculares, si bien en términos subjetivos pueden gustar más o menos por múltiples motivos de, por ejemplo afinidad, comportamiento o carácter, pero en términos prácticos, que son los que finalmente te llevas a tu lecho, son indiscutiblemente atractivas. Pero heme aquí, que en una fiesta brasileña en Suecia abundan, tanto suecas, como brasileñas, y dudar de la belleza de una brasileña en plenos movimientos agitados de samba es una afrenta contra el sentido común, y es aquí donde entre pasito a derecha, pasito a izquierda, mis predilecciones y el tiempo se me iban entre observar la espectacularidad nórdica a un lado, y la sensualidad carioca por el otro. Y todo quedaría simplemente en una difícil, pero placentera incompatibilidad, sino fuera porque entre unas y otras me confirmaron la presencia de varias nacidas de amoríos transcontinentales entre las dos naciones, y sólo puedo decir una cosa: que vivan las mezclas y las fusiones, porque lo heterogéneo es divertido, y homogéneo suena oscuro, con capa de abolengo rancio, así que abajo las homogeneidades y razas patrias, los poliedros simétricos y ángulos rectos. Así que yo, siguiendo tal principio como bandera, procuraré mezclarme lo más posible con todo lo que se deje a mezclarse. He dicho.
Y antes de irme, y ya que hoy no pongo fotos, voy a dejaros con un link donde he colgado parte de las fotos del viaje narrado para que las veáis. Como digo, algunas mejores, y otras no. Eso.
Hasta pronto.





