Cosas DE SUECOS,...Y DE SUECAS, CLARO. Capítulo VI. De muchas luces, ... y más sombras
Un día más, vuelvo a empezar un nuevo episodio desde mi estatus de persona sentada. Claro que, obviando lo más natural que supone que todo aquel que escribe, lo hace colocando su cuerpo sobre silla, sofá, banco o lo que quiera utilizar, hoy mi estado de sentado viene forzado por circunstancias que, de no ser por que llegan a ser un poco molestas, me han dado la oportunidad de conocer un poco más la realidad ikealandística (nota: término recién acuñado y sobre el que mi corrector ortográfico da muestras de escandalizarse). Conocimiento que uso como argumento primero y motivo principal de todos mis escritos blogueros, pese a que en su mayoría la temática acabe discurriendo en asuntos que poco o nada tienen que ver con ello.
Pero no puedo empezar de otro modo hoy, justo pasado San Juan, que hablar de esta fiesta en Suecia. Me preguntaban precisamente David y Morandis por la celebración del Solsticio de Verano, y aquí empiezo mis letras para relatar un poco mis limitados conocimientos sobre una de las fiestas más importantes del país. Dicen, que el día de navidad puedes encontrarte muchas tiendas abiertas, pero nunca, nunca, la encontrarás en día del Mitsommer, (que traducido viene a decir mitad de verano, definición que, viendo lo que ha pasado hasta hora de verano, sugiere un inquietante acortamiento del periodo estival con respecto al que estoy acostumbrado...), ni siquiera, volviendo a mis conocimientos empíricos que luego detallaré, los hospitales... La celebración no se sale del patrón sueco en cuando a la definición de diversión que en la mente escandinava puede contemplarse, salvo que en este caso, lo hacen al aire libre (granice, llueva, ventee, o todo a la vez) y con un palo largo que plantan en mitad del jardín en plan tótem, que recibe el nombre de "mayo", y que decoran con multitud de hierbajos y flores. La fiesta básicamente se compone de familias completas reunidas en la casa de campo de alguno de ellos, las chicas suelen recoger coronas de flores con las que adornan sus cabezas, y todos se juntan para beber mucho (como cualquier fin de semana), comer arenques (tampoco representa una novedad a estas alturas) que suelen estar macerados en una salsa que les da un gusto y regusto dulzón, con lo cual, se puede decir que los suecos han inventado la primera golosina de arenque, además de las populares fresas suecas, más pequeñas y deformes que los enormes fresones de Huelva, pero con mucho más sabor (hay que admitirlo). Y, obvio, es el momento propicio para cantar canciones mientras danzan alrededor del tótem-mayo con las manos entrelazadas. Cantar tampoco supone ninguna novedad, aunque en este caso hablen de cosas como los prados en flor, la belleza del campo y de las niñas que por allí pululen, y sobretodo, de la melancolía del tiempo pasado, y del fin del alargamiento de los días. Siempre hay maneras y maneras de ver las cosas. Y aquí, siempre les gusta ver el vaso medio vacío (y si ya de paso es de cerveza o vino, vaciarlo del todo).

Entender la importancia de esta fiesta y porqué en general se asume como la más importante del año junto a la navidad, en un país cuyas tierras más septentrionales lo celebra con el Sol dando una vuelta completa sobre las cabezas, posándose simplemente sobre el horizonte para seguir posteriormente su camino, se entiende totalmente al contemplar el otro lado, la cara oscura del país. Llevo desde hace algunas mis más recientes incorporaciones a este rinconcito de internet, intentando con mayor o menor éxito describir todas esas sensaciones que, por mucho turismo que se pueda hacer, no quedan tan claras como para el que le toca vivir el ciclo completo. No sé si he conseguido transmitirlas, probablemente soy incapaz de hacerlo del todo, pero hoy, simplemente por todo ello, respeto y entiendo una festividad de la importancia del solsticio. El punto álgido de un lugar donde los puntos medios están fuera de los ciclos naturales.

Y sí, todo muy bonito, festivo. Todo alcanza connotaciones de novela pastoral, con canciones, danzas familiares y suecas felices brincando con sus melenas regadas de flores silvestres en una mezcla entre Pippi y Heidi, todo muy dulce. Hasta el arenque es dulce. Pero, mientras el Sol recorre bóvedas interminables, y los suecos prueban las delicias del mar en formato meloso, aquí el que narra volcaba todos sus esfuerzos en descubrir uno de los aspectos más macabros de la postal del mundo escandi-navo. Porque, si antes hablaba de lados oscuros, el que ahora paso a narrar no puedo pasarlo por alto, así que, no sin perjudicar mi propia integridad física, y es que uno a veces ha de arriesgarse para llegar al centro del universo vikingo, ayer, mientras todo el bello paisaje tenía lugar, yo salía a correr un rato, y en plena carrera, una mal paso en un desnivel me doblaba entero el pie izquierdo hacia dentro, y como consecuencia, un bello esguince de tobillo. Y mientras mi tobillo engordaba y adquiría la forma de uno de esos balones que últimamente ruedan por tierras teutonas, comenzaba mi odisea sanitaria por Volvocity que ahora paso a relatar.
Comenzando por el hospital más cercano, que, siendo fiesta como era, tenía sus puertas cerradas para urgencias. Me dirigí raudo y automovilizado gracias a la inestimable ayuda de un amigo, al siguiente de la lista mientras me imaginaba lo que se me pasaría por la cabeza en termino de insultos, calaveras y cuernos de esos que salen dibujados en los cómics si en vez de una torcedura lo que tuviera fuera algo severo y me encontrara las puertas del centro médico tan cerradas como así ocurrió. Llegando así a las urgencias del hospital más grande de la ciudad, enorme centro médico con muchos edificios modernos acumulados, y muchas plantas y pasillos por bloque, con muchas batas verdes, azules o blancas de aquí para allá, y tras cojear para llegar a la recepción del hospital y explicar mi historia, ni cortas ni perezosas las dos enfermeras que allí se encontraban, sin bajar los ojillos para observar mi balón-tobillo, me echan a la calle. Y es que, resulta que en el centro más grande de Volvocity no atienden esguinces de tobillo. Me queda la duda ahora cuando lo pienso si lo que no atendían era esguinces de tobillo en general, o sólo los del pie izquierdo. Dichas lesiones se atendían en un tercer hospital que se encuentra a unos 15 kilómetros del presente centro. Y allí nos dirigimos, sin intentar entender el funcionamiento de la sanidad pública sueca e incrementando el número de cuernos, calaveras y demás que salian de mis seseras, y sin predecir que lo peor, aún, estaba por llegar. Porque efectivamente, en aquel hospital tercero aceptaron atender a mi balón-tobillo, y me indicaron donde podía sentarme a esperar. A esperar.
A esperar.
A esperar. No sé cuanto es el tiempo medio de espera en un centro de salud español en urgencias, pero puedo confirmar, sin temor a equivocarme, que ayer, la sanidad española ganó en mi cabeza bastantes puntos si la comparo con la a priori avanzada del país en donde me encuentro. Es totalmente inexplicable que en un sitio donde los muebles se hacen como churros, los vendajes de tobillo puedan tardar tanto tiempo. La situación era perfecta. No más de ocho personas en cola esperando a ser atendidas antes que yo, un día de fiesta donde la mayoría de la ciudad se ha ido a pasarlo fuera y por tanto los esguinces de tobillo de tanto trotar alrededor del tótem se tratarían en otros lugares, y las potenciales lesiones deportivas a tratar se cerraban con la mía ya que a esa hora, mientras yo me sentaba a armarme de paciencia, Suecia empezaba a ser vapuleada por las hordas teutonas en bella lid futbolística y por tanto el resto del país se colocaría tranquilamente frente a la televisión. Así que, tras la primera hora de espera viendo como enfermeras y enfermeros pasaban de largo con los brazos cruzados empezaba a sentir cierta satisfacción por la inminente derrota de los suecos. La satisfacción iba a mayor al final de la segunda hora de espera y tan solo cuatro personas de la lista atendidas en ese tiempo. Y toda mi satisfacción de convirtió en ira tras tres horas y media sentado en la misma silla, y contabilizando una última hora sin que nadie atendiera a ninguno de los razonablemente denominados pacientes. Es inexplicable el inerte ritmo de trabajo en una urgencia de este país, y por mucho que ya me hubiesen avisado sobre ello, mi estupor era más grande que el tamaño de mi tobillo que, dicho sea de paso, iba volviendo poco a poco a su estado original. La sorpresa es mayor cuando te das cuenta de que las urgencias aquí, se pagan a un precio de entre diez y veinte euros. Así que, pasadas las cuatro horas de espera y sin visos de que la cosa cambiara, decidí largarme, buscar una farmacia, comprar unos vendajes y unos antiinflamatorios y recetarme una semana como mínimo de reposo casero. Y eso hice, no sin antes confirmar que, en una ciudad del tamaño de ésta, dos veces Granada, exista tan solo una farmacia de guardia. Que alguien, por favor, me explique toda esta historia.
Y aquí estoy, postrado con el pie por alto, disfrutando más que nunca del deporte televisado, porque el que se practica al aire libre no sienta bien, sobretodo si te pilla en Suecia, y más aún, el día que se celebra el Midsommer. El próximo año, me siento bajo el tótem, y que no me mueva nadie. Prefiero esperar que pase allí el día observando niñas monas con florecillas en el pelo que hacerlo en otra Urgencia.
Hasta pronto.

Cerca de Göteborg, 16 de Junio del 2006, a las 23:58

Hace un par de noches, sentado sobre las tablas del muelle donde me encontraba como en esa canción, mientras mis pies se movían como péndulos arrastrados por la corriente del mar, contemplaba el verano de estas latitudes e intentaba extraer de lo más obvio lo más valioso, lo más raro para compararlo con lo más común. El verano, ha llegado a estas costas, y mis sensaciones asociadas al verano, mis todos veranos ibéricos contrarrestan con el comienzo de mi primerizo escandinavo. Primerizo que empieza con la incertidumbre de no saber cómo será, porque, si algo caracteriza a los veranos nórdicos, es que puede que lo sean, o simplemente, puede que no. Pero en aquel momento, mientras me arropaba la humedad que salía del mar y por el silencio que se hacía dueño de las costas del minúsculo pueblo de Fiskebacskil, mientras me dejaba mecer pies colgantes sobre el muelle de madera, mientras pequeños mosquitos revoloteaban nerviosos por todos lados y cientos de pequeños peces saltarines se daban un festín a costa de ellos, provocando un ligero chapoteo en el agua y creando suaves ondas que se mezclaban unas con otras, en aquel momento, era verano. Y la luz, esa, la eterna de finales de junio me daba las primeras muestras de que este verano, será, simplemente y maravillosamente, diferente al resto de veranos.
Y el verano junto a la costa que tanto recuerdo viene esta vez sin olor. Porque, cosas de la naturaleza, el mar aquí, no huele a tanto a mar. Parece un lago, de aguas tranquilas, arremolinado y despistado entre miles de islotes, el mar abierto no me toca, sino que llega diluido, tras enmarañarse en el inmenso archipiélago que rodea como fortaleza protectora marina, y ese laberinto de islotes y piedras acobardan a las olas, que llegan con timidez, moviendo tímidamente la orilla, así como medusas que a veces se dejan ver por aquí, exhibiendo sus hipnóticas y curiosas danzas. Pero es mar, y es extenso, y pese a que no huela es salado, así debe serlo, porque me falta la certeza de la prueba empírica, ya que la temperatura de este agua no está preparada aún para personitas del sur. Y, pese a que aquí, las noches junto al mar no tienen la alegría, el bullicio, la frescura de las noches de verano allí en el sur, sigue guardando los sonidos y la grandeza, esas esencias que en definitiva, forman las cuerdas que me ataron de por siempre a su presencia.
Pero el verano aquí, es de un intenso color verde, porque todo tiene un verde brillante que insulta y satura a los ojos crecidos en una tierra gastada a fuego y canícula. Y las temperaturas, que nunca son extremas, ni arriba, ni abajo, sino simplemente, son las que te permiten existir, porque no te paralizan o te encierran, aconsejan a cualquier hora del día abrirte, desparramarte por veredas entre bosques, escuchar los sonidos que de ahí vienen y que son muchos y ricos, y bosques y senderos se llenan de ganas de caminarlos, encontrarte sin esperarlo con una pequeña o gran cabaña de madera, y notar que formas parte de repente, de una postal, otra más, sobre el verano nórdico. O encontrarte con uno de esos lagos de agua líquida. Esos que meses atrás se andaban, ahora se nadan, y esta vez, sí puedo aplicar el más notorio criterio empírico a mis palabras para decir que son agradables al tacto en temperatura, y allí, mientras preparas en un claro junto al lago las brasas de las barbacoa que no amenazan con arrasar en llamas todo lo que te rodea, puedes tumbarte sobre la hierba natural, cerrar los ojos, e imaginar que estás donde quieras estar o quien quieras estar, pero será el tacto el que te siga diciendo que estás pegado a un suelo que empieza a cubrirte, como dándote la bienvenida, invitando al cuerpo a que deje libre circular sus raíces por ese mismo terreno.
Pero me sigue fascinando la eterna luz, esa que me despierta a las cuatro de la mañana cuando se cuela por mi cuarto, cuando se queda estática a las doce de la noche, para volver a la carga a partir de las dos de la mañana, y tanta luz, sin duda, me obliga, de nuevo, a cerrar otro círculo, el pico de las estaciones, y, si hace meses, ya estando aquí, me enfrentaba en un pequeño post a las noches eternas, hoy, no quiero despedirme sin poner su contrapunto, el que por fin a llegado. Ésta que dejo abajo, es la otra foto. La que ya tocaba. Hoy, sólo espero que sople el viento del sur para que me traiga con fuerza todo lo que de allí tenga que venir.

Hasta pronto.
Hoy (ayer)
Hoy, aunque mejor dicho debería de decir ayer, siendo las horas que son de la noche, o lo que quiera ser en estos días de luces eternas, y noches caducadas antes incluso de empezar. he recibido un mensaje en el móvil de una de mis hermanas. Me ha recordado, y ya de paso felicitado, por un aniversario, uno que tenía olvidado, sin marcar en mi calendario porque tampoco nunca le he dado importancia. Hoy (ayer), hice un año que defendí mi tesis doctoral, bien. Estupendo. Un año ya.
Hoy hace ya un año que me subí a la palestra a defender una tesis que costó sacar adelante, que no guardo un recuerdo muy dichoso salvo por todo lo que lo rodeó, porque, las tesis, siempre duelen sacarlas, y como cualquier tesis, la mía sirvió más que nada, para no tener que hacer otra nunca más. Ni más, ni menos. Pero el mensaje de hoy (ayer) de mi hermana a despertado todos mis calendarios del último año, esos que tengo ocultos han reaparecido, como si el bip, bip de mi móvil al sonar fuese el de las alarmas de un despertador anual, y muchos viejos fantasmas han reaparecido, algunos frescos, otros, con olores ya a rancio, y me han cantado al oído, desafinando bastante, todas las cosas que han cambiado en este último año. Un año de completa transición hasta presentarme con el yo mío de ahora. Supongo que cuando llegue el ocho de octubre tendré que volver a dar un repaso a todo el último ciclo, tan cerca ya, tan seguro de que llegará, que me llamará a la puerta antes siquiera que venga a darme cuenta. Y ese post, si aún llega este pedacito de red sano y salvo a la orilla del primer año, caerá. Pero el mensaje de hoy, y el tiempo que me he tomado para contestarlo, me ha dado para entender que fue un hoy (ayer), precisamente, cuando todo comenzó a cambiar, cuando empezaba a sonar el chirrío de los muelles de las puertas que se cerraban. Aquel día, que tanto había esperado durante mucho tiempo antes, el día en que acabaría con mi tesis doctoral, era inevitablemente, el día que acababan muchas, aunque ninguna sonó como un portazo, no, por lo menos en aquel momento...
Supongo que pensar como son las cosas en un futuro tiene poco, o ninguna validez fuera del mundo de los juegos, porque la vida, nunca, nunca, nunca, es como nos la imaginamos. Pero hace ya un año yo tenía la idea clara de que Suecia me esperaba en el horizonte, que trabajaría en el trabajo que ahora mismo llevo hacia delante, e incluso que tendría un blog cuyo nombre, no iba a diferenciarse mucho del que éste lleva por título. Y ahí, se acabaron las certezas. Porque Suecia entonces tenía la textura vaporosa de una idea, un concepto abstracto de colores azules y amarillos y hoy es casi un hogar, son cientos de fotos ya, miles de pasos dados, e incontables recuerdos. Aquel día, delante del tribunal que le correspondía juzgar mi trabajo, recuerdo haberme imaginado con una gran chaquetón de invierno en mitad de una tormenta de nieve. Hoy, sé que el chaquetón es negro, y que las tormentas de nieve tienen la curiosa virtud de ir siempre dirigidas allí donde expones la nariz. Aquel día de Junio de hace un año, salía por la puerta de mi viejo edificio de la Calle Santa Paula a cerrar un asunto pendiente abierto cinco años y medio antes, y hoy, hace poco más de una semana que por fin encuentro un lugar donde me encuentro, casi tan bien amoldado como lo estuve en mi casita granadina. Aquellos trastos que llenaban mi casa no son los que ahora llenan ésta, y ni siquiera sabía de la existencia de la música sueca que ahora mismo escucho mientras escribo mis cavilaciones.
Era junio, como ahora, y sin saberlo, sellaba en aquel momento un contrato que no sé cuando ni cómo acabaré, que parece recién estrenado. Hubo cláusulas que nunca leí, y que fueron apareciendo entre los meses que pasaron entre aquel día de hoy (ayer) y en el que cogí un avión de ida sin billete de vuelta. En aquel junio tenía parte de mi mente, un porcentaje altísimo de mi cuerpo, y por entera mi alma, volcada en alguien que quizás ya sopesaba los pros y los contras, y quizás en esa suma, por aquella altura ya los contras salían ganando, como así hicieron no mucho tiempo después. Nunca lo sabré, quizás en aquel momento comenzaba la despedida. Hoy, esa despedida arrancada a la cera caliente, ya no duele, y quizás, simplemente quizás, algún día pueda darle la vuelta y pensar que aquel día tal como hoy (ayer) estaba abriendo las puertas a un futuro que a día de hoy no aparece.
Hoy, quizás el hoy de ahora, se parezca al hoy que yo me imaginaba en el hoy de hace un año. Hoy (ayer), cuando bajaba por la tarde a sentarme en uno de los malecones de la playa de Näset, todo se cubrío con una bruma espesa, y de la playa sólo llegaban vagas siluetas sumergidas en el blanco y vagos sonidos en un idioma que aún no me dice nada, Hoy de hace un año, cuando me imagina el día de hoy (ayer), resultó precisamente, que tenía la misma textura brumosa que hoy (ayer) me rodeaba. Y bueno, vale, quizás. por un día las cosas son, en cierto, tal y como nos la habíamos imaginado.
Hasta pronto.

En casa
El número 1 de mi nueva calle se queda junto al mar. Se posa en una lengua de agua que viene del Mar del Norte a juntarse al número 1 de mi nueva calle. El número 54, que es donde ahora habito, recoge el encanto de una casa que se puede llamar hogar, pese a habitarla desde hace tres días. Y son tan sólo 53 números, 22 a la derecha, 21 a la izquierda para que el agua te tiente a acercarte, como siempre lo hizo conmigo, independientemente de la época del año que fuese, el agua fue siempre una tentación para mis pies. Ahora, aquí, en este ciudad donde tanto me ha costado acercarme a esa tentación, he encontrado el lugar que más cerca en mi vida se ha pegado a el agua que viene del mar, y estoy contento por ello.
Mi nueva casa, nueva desde que me mudé hace apenas unos días, parece un punto en la frontera, allí donde la ciudad se va diluyendo, tranquilamente, sin provocaciones urbanísticas, y el tranvía no sigue, porque es el final del trayecto, y todo se va transformando en un suave contorno de campo, con casas cada vez más esparcidas, y caminos que perfilan colinas y las formas de la costa, con la normalidad que lo haría un curso de agua, y todo por aquí parece tan fácil, que Suecia, la Suecia de hace unos meses, ahora que nos hemos cambiado, parece el recuerdo de un sueño lejano, o el "deja vú" de una vida anterior. Esta noche, mientras vuelvo a la tranquilidad tras un día largo junto al lago, me doy cuenta de que no hubo jamás un lugar donde el silencio cobre más sentido que entre las paredes de esta, mi nueva casa. El bello silencio que a veces tanto hace falta en esa nación de naciones hispánica, aquí lo trae una tranquilidad absoluta, sin carreteras, ni coches que pasen cerca, sin sonido de tranvías, ni sonidos de cualquier cosa, porque cualquier cosa está haciendo ruido en otro lado, no aquí, donde todo se calma. Tanta calma que anoche, cuando abrí la puerta de la terraza de mi nueva casa para asomarme al exterior a contemplar el crepúsculo sin fin, fui yo quien espantó a las gaviotas que duermen aquí abajo, bajo mi balcón y la ventana de mi habitación. Y desde este mismo balcón contemplo ahora mismo cómo los días en Suecia, ya nunca acaban, porque se puede observar un resquicio de luz que se cuela entre la noche, como si este último minuto que queda antes de que la noche invada completamente el cielo nunca acabase, y esa perpetua luz en el horizonte vuelve a extenderse a partir de las tres de la mañana, apoderándose del cielo con las ganas que le falta en mitad del invierno, y a estos días tan eternos, le faltan horas para poder contemplar todo lo bueno que puede darse en estas latitudes en un día de domingo como el de hoy, de esporádico buen tiempo, y somos como las plantas que tienen prisa por brotar y ganar horas al día, porque no durará siempre. Llegamos al verano, donde los días se hacen tan largos, pero aún le faltan horas para poder agarrarlos del todo...

Y en mi nueva casa hay un nuevo miembro desde ayer, y ya no sólo somos dos los que compartimos el placer de estar aquí, sino tres. Porque mis amigos de mi vida sueca han creído necesario que mi compañero de piso y yo adoptásemos a alguien, así que, como regalo de bienvenida, nos han traído a Shakira, una pececita de color rojo que nada y traga agua en la cocina de nuestra casa, mientras nosotros desayunamos, almorzamos y cenamos. Y pese a que por ahora no pretenda compartir los gastos diarios con nosotros dos, hemos decidido hacerle un hueco en el nuevo hogar, ese hogar que se construye fuera aparte de las paredes y ventanas, sino el que empieza a construirse con el gusto de los olores, los sonidos y sabores de un día como hoy, intensos, inmensos, y acabados con el placer de llegar a un sitio a gusto, tan a gusto, que sabemos ahora que cuando llegamos, lo hacemos en casa.
Hasta pronto
