He tenido un sueño
He tenido sueño, sí. Uno larguísimo.., de diez días casi. Un sueño de incontables horas de plácido reposo. Hacía tiempo que no soñaba tanto, ni tan bien. Dormía a gusto, manteniendo la respiración tranquila, dejando escapar mi mente a universos paralelos donde resultó que volvía a sentarme junto a una orilla, esta vez de color blanca. Blanca alfombra onírica en la más blanca de las islas. Encalados brillantes moteados en azul intenso del cielo, de marcos y puertas, de aguas brillantes y aturquesadas.
En mi sueño, volaba y me transportaba directo lejos de aquí, a un sitio recóndito, alejado de las autopistas de mi imaginación, de las avenidas cargadas de recuerdos de mi cabeza, de las plazuelas donde se aposentan mis elucubraciones. Me encontraba de repente en un lugar distinto, y caminaba por empinadas calles empedradas en cuesta de una antigua fortaleza de piedra salada por los vientos marinos. Subidas y bajadas entre laderas chorreantes del blanco de la cal. Blanco intenso, azul saturado, cobáltico en puertas y ventanas, el cielo y el mar abierto sobre paredes viejas, rugosas, marcadas por viejas historias, de navegantes fenicios, de corsarios y piratas medievales, marineros todos, de padres payeses de una tierra fértil que la han mimado y dotado de surcos con personalidad durante siglos, de hippies venidos de tierras lejanas como nuevos conquistadores uniformados con sus pieles desnudas, y de sus nuevos conquistadores dotados y poseídos por sus innovadoras armas sonoras y psico-químicas. Mucha historia, pero siempre narrada en blanco sobre azul, o azul sobre blanco. Contrastes. En mi sueño de diez días he habitado entre contrastes..., y me movía inquieto, jalonado por los contrastes. Los dos que polarizan una isla partida entre los excesos de las mil y una noches de danzas por compases eléctricos, cuerpos espectaculares azotados por los desfases físicos y soportados por los químicos, caras de portadas y suntuosos lujos veraniegos, esa mezcla horrible que convive codo a codo junto con la maravilla de los rincones idílicos que fui buscando en mis vuelos oníricos.

En mi sueño, simplemente me sentaba a observar los espectáculos naturales, atardeceres de inmensos soles vertidos sobre el turquesa de un mar intenso, líquido generoso y fértil que bautizó civilizaciones y pueblos a sus orillas. Contrastes de colores acompañados por el de los olores, el de inmensas forestas de pinos con el de acantilados de aguas encrespadas, pulverizando su yodo y sal en tus fosas nasales. Y en mi sueño vi espíritus pacíficos que se movían arrítmicos ya para las nuevas velocidades de la isla, los últimos luchadores de colores y flores, vencidos, arrugados por el sol, el tiempo ya pasado y los sueños acabados, que se baten en retirada, dominados por el momento por la nueva horda metálica nocturna y de neón, salvaje y camaleónica que encontró su meca y paraíso en ese mismo rincón donde otrora lo hicieron piratas y soñadores.
Viví un sueño, o simplemente lo sentí. Recuerdo moverme entre Pitiusas, recorriendo salinas de aguas rojas e higueras maduras que regalaban generosamente sus frutos, y cientos de lagartos del mismo color turquesa que bañaba las playas blancas de sus islas, los verdaderos pobladores, los que te enseñan el verdadero ritmo vital de una tierra que siempre vivió pausada. Sonaban timbales mientras alguien te hablaba de cuentos esotéricos, un viejo idioma de hace treinta o cuarenta años, anocronismo que se resiste a perder su hegemonía ante los nuevos lenguajes salidos de las mesas de mezclas de los nuevos gurús de aquel pequeño reducto. Apareció entre callejuelas de mi sueño, un mercadillo, y dentro de él, un viejo artista atrapado allí por su propia inspiración, que me decía cosas, y hablábamos sobre las fuentes desde donde ésta manaba, tanto para su fino pincel, como para la cámara de este modesto aficionado a adorar lo que ve. Porque adoré las maravillas allí existentes y relatadas por mis propios sueños, palpables como algunos pececillos curiosos que mientras buceaba entre azules, celestes, turquesas y esmeraldas, se acercaban tanto a ti como tú a ellos. Por allí volé empapado en ese azul explorando los increíbles fondos de Posidonea.
Pitiusas en mi sueño, las dos, hermosas, presumidas, generosas y amables, machacadas, supervivientes, testigos mediterráneas, sufridoras y consentidas, mágicas. Protagonistas de tanto, que apenas caben en diez días de un magnífico sueño que acabo de soñar. He vuelto de mi sueño con la melancolía y la pereza del despertador matutino. Me despierto y me arremolino entre mantas para evitar el fresco de las mañanas suecas que ya tenemos encima. El contraste de nuevo, entre la realidad del día a día, y la maravilla de un sueño cálido, aromático, y visual, intenso. Tan intenso, que aún puedo recordarlo perfectamente. Como si lo hubiera vivido, como si los sonidos a Café del Mar que ahora escucho, y esa piedra blanca que llevo al cuello fuesen reales. Como si, quizás, todo hubiese sido real, y no un simple sueño de diez días. Quizás lo viví y preferí que fuera sueño para poder cerrar los ojos y esperar así simplemente que regrese. Quizás fuese un sueño que me traje al mundo real. Puede que vivan mezclados, realidad y fantasía en un singular pequeño rincón del Mediterráneo, lugar que se nutre con esos contrastes para existir, o ser soñado... todo puede ser.
Hasta pronto.

A mis palabras le pasa algo
Le pasan algo, sí. Desde hace tiempo noto que vuelan alrededor, sin agarrarse a mí, como murciélagos nocturnos esquivos, voladores de impacto imposible, como mis venerados vencejos que ya se fueron, como los gritos de las gaviotas de otros meses ahora ya callados. Las palabras, esos seres vivos como describía Sandor Marai, entes reales, sustancias etéreas que anudan a seres, convirtiéndolos en humanos. Idealizaciones sonoras de pensamientos que se entrelazan de manera hermosa, creando mundos, sociedades, relaciones, recordando las ya inexistentes. Palabras. Son palabras una detrás de otras las que forman nuestro componente más eterno, nos definen de igual manera o más, a como lo hacen las otras palabras hechas con nucleótidos, las que dan estructura a la vida formando infinitas cadenas de ADN.
Entrelazar palabras. Formar, frases, textos, historias. Nuestra pequeña creación cada vez que combinamos dos, tres, tres millones, es quizás una de las proezas a las que siempre más me ha gustado acercarme. Siempre me he sentido alegre al flotar entre palabras, al jugar entre ellas como nadando en un banco de peces. Como el que repara por piezas un mecano, cogiendo de aquí a allí, siempre me gustó reparar mis pensamientos rotos, inconexos, y darles forma con palabras. Estructuras cimentadas sobre las que abrir mi nuez mental. Construir, escenificar, representar, esculpir, crear música con siete notas, y mundos enteros con 29 letras. Todo parte de lo mismo. La necesidad irrevocable de soltar al ser poseso que vive en nuestro interior, inquieto duende de nuestros pensamientos y plasmarlo en lo que sea, papel, cuerda de guitarra, piedra de mármol o pared de caverna. La primera palabra que se inventó, quizás no difiriera mucho de la primera que suelta cada niño entre sus primeros berridos, una necesidad primogénita, absoluta, e insuperable durante el resto de la vida, de expresar el lazo eterno entre dos seres, buscando quien te dio la vida, quien te dio la capacidad de crear palabras.
Por eso, desde el primer día que oí de la existencia de los blogs, supe que acabaría abriendo uno. Yo, ya era bloguero antes de que existiera este mundo. Mis terribles correos a amigos, imposibles de leer por su largo recorrido para simplemente digerirlos de una tajada ya eran mi pequeño mundo hecho de letras y lanzados a través del océano cibernético. Mis bichos vivos que nadaban entre redes de redes, vivían ya antes de existir este rincón, porque este rincón es simplemente la excusa que andaba buscando para poder llegar mandar mis bichos más lejos, a más, y sin necesidad de vuelta atrás. Esos correos de antes, mis palomas mensajeras que nunca llegaron de vuelta acababan perdiéndose en la nada, frustrados por la falta de comunicación reversa... Ahora, quizás perdidos en mayor intensidad, en océano inmenso, tan completo, que estas palabras que junto y doy cierta vida, se diluyen como un pequeño pez de color, y las ondas que creará a su paso no perturbaran el estado de la grande mar, pero lo dejo soltar con el pensamiento de que en algún sitio se engancharán, alguien de nombre anónimo lo recibirá, y eso, a mí me basta, no necesito que vuelvan ya.
Pero ahora, quizás exhaustas, quizás porque tengo un límite de palabras que puedo acumular en mi mente, y ya se va agotando su número..., cada vez les cuesta más salir. Quizás porque a mis necesidades de expresión les haya salido un competidor visual, instantáneas que vierto en mi otra esquina cibernético y que no soy capaz de llevar las dos a la vez, o quizás, simplemente quizás, pero totalmente posible, todo lo que me rodea empieza a volverse de los colores pálidos y cálidos que tienen las cosas a las que estás acostumbrados, y todo sea menos interesante que contar, la excitación de mis partículas sea cada vez menor en estas latitudes y no hay una necesidad de decir algo. Todo va cumpliendo ciclos, y el mío se cierra pronto. Es posible que mis palabras simplemente me pidan descanso, reposo. Esperar a tiempos mejores, necesarios para volver a reagruparse y construir algo.
Quizás sea un pequeño síntoma de cansancio. Puede que vuelva a retomar el impulso bloguero, pero a la llegada ya de un certero otoño a estas latitudes, parece que muchas de mis palabras bajarán de sus troncos, caerán al suelo, esperando que un viento las arremoline y las vuelva a levantar. Espero, y deseo que ese viento no me pase de largo.
Hasta pronto.