Volando va
El viento sopla fuerte, muy fuerte al otro lado de la ventana esta mañana. Marca con su soplido la batuta de un sonido de hojas agitadas violentamente tras la ventana. Hojas que van palideciendo en su verde poco a poco, y algunas prematuras, cansadas ya de tanto azote ventoso se dejan caer, esperando regresar a su rama en la próxima temporada, esperando que el viento que esta mañana me ha despertado no la aleje demasiado de su árbol originario, aquel que le dio pose y hogar a su pedúnculo.
Una mano me acaricia suavemente mi cabeza esta mañana, y la respiración que le da vida a esa mano, al cuerpo completo que descansa de manera plácida junto al mío, contrapuntea en mis oídos suavemente el viento que fuera pone la nota climatológica al día. Viento, el que mueve las hojas, el que las separa de su tronco vital, el que las esparce arbitrariamente sin saber a donde. No recuero el viento hace un año, y sin embargo tengo la sensación que todo lo que me rodea, todo lo que observo con mis ojos, desde el color azulado del papel de pared de mi habitación, desde los recuerdos más próximos que llenan mi mente, desde el sonido que escucho, hasta esa mano que agradablemente se pasea por mi cabeza, todo parece haberlo colocado un viento azaroso, sin origen ni destino, torbellino multidireccional que hace un año me posó aquí, en este rincón del mundo, y poco a poco ha ido colocando piezas a su libre antojo, llevándolas y trayéndolas junto a mí.
Volando iba, hace 12 meses, 365 días, incontables horas y minutos. Volando pasa ahora el tiempo en un viaje huracanado. Viento, aire con el que apago la vela de mi primer cumpleaños sueco. Miro hacia atrás, con mi miopía que no me deja más que ver parcialmente en la distancia, y no puedo más que agitar la cabeza al ver que el tiempo ha volado, esta vez de mi lado, en un cerrar de ojos, colocándome en el sitio que entre nubes y velocidades de viaje hace un año trataba de observar mientras miraba hacia delante, hacia el norte. Releo lo primero que escribí, hace un año, mientras caía libremente desde mi trampolín, y sé que se despejaron aquellas nubes, y el suelo sueco, sólido, tan frío a veces, me ha dado base para avanzar durante este año. Muchas de las respuestas que ha día de hoy esperaban ser respondidas siguen en el aire, flotando como las hojas que nunca terminan de caer entre corrientes agitadas en su retorcimiento. Otras muchas preguntas siguen también sin resolver, pero por lo menos han adquirido la solidez de la realidad, cuestiones que por fin parten de lo tangible, de mi mundo sueco que me da los elementos con los cuales formularlas correctamente. Hace un año echaba a volar, el yo sueco sin nacer aún, como echaba a volar a su vez los dados del azar esperando que el viento los colocase en rojo. Hoy todo me parece que conseguí del color del rojo suave, suma de todo eso positivo que ha aparecido este año.
Hoy mezclo cumpleaños, suecos, blogueros, experiencias vividas y escritas. Gente, amigos, post, memorias, buenos ratos, risas, comentarios, apoyos, experiencias, crecimiento, aliento, cariños. Más de 365 detalles, más de 365 cosas nuevas aprendidas, más de 365 motivos para soltar una risa, más muchas más. Han cabido muchos post en este tiempo, muchos más de los que he llegado a escribir, que no ha sido tanto, aunque han sido muchos más de los que jamás esperé escribir en un principio. Aún me sorprende todos los que se han aproximado a esta ventana a leer, a concentrar unos minutos de su tiempo aquí, y hoy me toca, en este primer cumpleaños de mi vida sueca, bloguera, agradecer a todos los que se han acercado, más o menos, a través de este rinconcito, a mi realidad sueca filtrada a través de mis propias elucubraciones. A todos os debo un agradecimiento sincero, y la certeza de que es el otro lado invisible el que me mantiene pegado a esta interfase, esta rara dimensión bloguera, entrecapa de miles de kilómetros de distancia, que nació con la idea de ser usar como paracaídas en caso de un mal vuelo sueco.
Bueno, o malo, todo lo que ha pasado en este año, cierre de ciclo, me dejan el agradable sabor de las experiencias de las que me he nutrido para posarme de manera firme por el suelo que piso, y agarrar con crampones lo importante sin miedo a que un viento traicionero se lleve lo esencial que construye mi vida aquí, y sobretodo porque, por mucho que quedó atrás, queda la absoluta seguridad de que las experiencias que vivimos, son las únicas que merecen la pena. Sírvame llegar a esta conclusión como mi regalo de primer cumpleaños.
Muchas gracias por acompañarme durante este año. Fue inolvidable.





