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Haciéndome el sueco
Unas pequeñas notas de un postdoc perdido en Ikealandia
Acerca de
Acerca de cómo un gaditano con vocación de científico se marchó de postdoc a vivir venturas y desventuras a un lugar de la Suecia, de cuyo nombre no puedo pronunciar, y de cómo éstas son narradas.
Sindicación
 
Gotas de lluvia


Llevo meses viendo cada mañana la misma imagen tras mi ventana. El mismo ritual pasivo, sombrío, anodino, como el de las gotas que golpean continuamente contra el cristal, como el movimiento repetitivo de lado a lado del árbol que han colocado en mitad de la zona ajardinada comunal para convertirlo en un reclamo luminoso de la viviente navidad. Un marcador de ritmo descoordinado dando la batuta al batir descompensado de un viento perdido, recién salido de un orfanato marino. Todas las mañanas las misma luz mortecina dando la bienvenida al resto de un día de existencia efímera. Levantar el estor para volver a ver en gris, sin percepción de otra realidad más de la que se cubre de nubes día tras día, sin aviso de cambios, sin mostrar soles, ni lunas, ni estrellas. Continua existencia nubosa, cargada de agua, mundo húmedo, encharcando el espiritu, acercándome en ánimo al de mi pez viviendo en su diminuto acuario. Colega, le comento, tú y yo vivimos en nuestras propias aguas. La mía cae sin parar desde hace dos meses, cada día un poco más fría, un poco más agria, la mayor parte de las veces lanzada con furia contra la cara por ese caprichoso viento, como escupida con odio contra todos los viandantes, grises y sombríos como el cielo. El viento y el agua, aliados en este temporal hecho rutina, para ganar sin paliativos a cualquier paraguas expuesto a su eterna enemiga líquida, creando entre tales un cuadro traumatológico de horribles esguinces, torceduras, disloques y quiebras totales de varillas de paraguas.

He tenido muchas palabras en mi mente estos meses, he entrelazado párrafos que se han quedado sin salida en algún lugar que ya ni recuerdo. Y todos estos meses acabaron por borrarlas. Esas que fueron surgiendo poco a poco, brotadas en los escasos momentos de intimidad mental, se fueron diluyendo, como con el agua caída del cielo. Como las letras de un periódico viejo abandonado en la calle, bajo la tormenta, las palabras que fueron apareciendo acabaron formando una masa gris, espectral, sin forma, sin significado. Ilegibles, imposibles de escribir, difíciles de mantener. Ya avisaba desde hace tiempo que se me atragantaban cada vez más en algún lugar entre el bulbo raquídeo y alguna glándula de la corteza cerebral que ni yo mismo me doy cuenta que tengo, que el camino desde el que punto cualquiera en que brotaran y la salida hasta aquí, hasta donde salen éstas que ahora caen a chorros, como las millares de gotas de lluvia estrelladas contra mi ventana, había cada vez un trecho más laberíntico, distracciones como carteles luminosos encontradas entre recovecos no describibles, rutinas de días pesados, y normalizaciones a una vida cada vez más sueca. Más lagom quizás. Menos narrativa.

Pero las letras que nacen espontáneamente, nunca acaban por apagarse, nunca se van del todo y van encontrando su camino a flote como las burbujas de aire atrapadas en un naufragio marino. Y gracias a que tengo filtraciones, que la piel es porosa, pero la mente mucho más, vuelven a aparecer. Resurgir sin que, en realidad, nunca hubieran huido o esfumado del todo. Porque, pese a todo, yo nunca pensé hacerlo, y si nunca firmé una despedida es porque nunca quise hacerla. Y a la vista está, que me he expresado todo este tiempo en imágenes, esas que dudo de lo que dicen acerca de su superioridad en cuanto a valía sobre las palabras. Porque mi retirada a mi universo del mero anonimato no fue un cierre, sino una pausa necesaria. A veces el ruido de nuestras propias voces no nos deja escuchar apropiadamente lo que decimos. Y yo he necesitado el silencio. Cumplí el ciclo del año, y se agotaron los colores con los que describir. Y pese a que queden mil millones de cosas por contar de mi universo escandinavo, lo visto y revisto pierde el tono de la fruta recién cogida. Siempre me ha costado más trabajo fotografiar dentro de casa las paredes que yo adorné. Y ahora que mi habitación ha vuelto a quedarse vacía, como al principio, cohabitada por sombras imposibles de palpar, respiraciones de esquinas desnudas, y el otro lado de mi cama se fue lejos, lejos, como si emigrara al norte, vuelvo a pisar los charcos de las calles de donde antes trataba de recoger la savia para nutrir este rinconcito. No sé si es el momento, si volveré a retomar una continuidad, si aquellos que alguna vez me siguieron por aquí aún conservan la curiosidad de mi vuelta y se asomaran ahora de nuevo a esto que escribo. Pero estoy tratando de volver. Ojalá pueda reunir pronto a todos de nuevo. Sentarlos junto a esa ventana que daba a mi casa escandinava para mostrarles mis avances y retrocesos. Ojalá que todos vosotros no os hayáis ido, que estuvierais esperando en el recibidor. Espero volver a veros, ahora que he vuelto.

Hasta pronto.