Recuerdos
"No te puedes acordar, seguro que lo estás buscando en Google", me dice al otro lado de la pantalla mientras yo me afano en buscarla en el menor tiempo posible entre mis miles de canciones, y eso que estaba usando el ordenador rápido, el del trabajo, rebuscando y rebuscando sin parar. "Espera unos segundos, ¿quieres?, no hace falta que me vaya al Google. Me la sé de memoria". Me costó tiempo dar con ella la primera vez, tiempo hace ya de ello, pero desde entonces siempre ha estado bien localizada, tanto como los recuerdos que dispara cada vez que suena.
Recuerdos... "fueron buenos tiempos aquellos que compartimos, y a mí se me escapa la memoria. Qué desastre", me dices. Pues no chiquilla, a mí no, a mí no se me escapan. Los retengo entre los más preciados. En una especie de cofre de mi cabeza que, de vez en cuando se abre, como con un resorte automático activado de miles formas distintas. Un ábrete sésamo cualquiera, sin necesidad de versos o complejidades. Resortes mentales simples, directos. Como esas tantas noches en las que no te llamé y tú apareciste, colándote en la rendija de mi consciencia en mis oscuros sueños para darles tu propia luz. Para perturbar mis noches y convertir mis amaneceres en odiosas despedidas vaporosas. "Seguro que te acuerdas, vamos" le digo, "era el único disco que se podía poner en tu cuarto, porque los demás el cacharro que tenías no los leía" Sonó incontables veces, incontables... aunque quizás me faltó escucharlo una vez más a tu lado. Pese a todo lo que pasara, sabes que hubiera dado cualquier cosa por haber podido cerrar aquella puerta de cristal traslúcido de tu habitación una vez más, poner aquel disco, y dejar que sonara hasta que por sí mismo se acabara, agotado, como nosotros, los dos rendidos en aquella pequeña cama. Paraíso de escasos centímetros donde solo cabían abrazos, cuerpos entrelazados, y el calor que me transmitía tu respiración. Aquella pequeña habitación tuya, con una foto de una preciosa niña que recorría sus escasos 4 años observando lo que hacíamos nosotros a los veintitantos, con el humo de tus cigarrillos danzando entrelazado el aire que respirábamos. La elegancia de tus cigarrillos, de tu manera de fumar, tumbada, a mi lado, era la extensión perfecta de los juegos estilísticos de la delgada línea de humo que surcaba serpenteante hasta el techo de la habitación. Nunca vi a nadie fumar como se hace en el cine mejor que a ti. Nunca te di ese placer que tantas veces me pediste de verme a mí fumar. No me gusta fumar, pero nunca te dije que me gustaba ver cómo tú lo hacías. "Aquella noche estuvo genial", me dices. ¿Genial? Aquella noche que te regalé varias flores, hasta que me dejaste acompañar a tu casa, quizás por pesado me lo gané. Te reproché por el camino que te olvidaste en el último bar esos claveles, sin saber que tú tenías otro regalo mucho mejor que hacerme. Dicen que cuando te mueres tu vida pasa por tus ojos en breves momentos, todo resumido en un simple segundo, corriendo hacia atrás de manera fugaz, y te aseguro una cosa; cuando ese momento me llegue, no tendré prisa en pasar de largo sobre el recuerdo de aquella noche.
"Al principio tú estabas colado por mí, se te notaba" Sí, mi niña, el principio del todo, aquella mañana mucho antes de que incluso de que te regalara la primera flor, en aquel bar, la tostada de tomate del primer día, todos juntos de nuevo tras la vuelta del verano, en los tiempos en que era más sencillo echar unas risas sin tener que mirar el reloj. Y tu presencia allí, mezclada con el resto, callada, apenas perceptible, tímida, rodeada de gentes desconocidas sabiendo que no pertenecías a ese circulo. Y yo que no te quité ojo, porque no podía dejar que tu rostro se me olvidara para nunca jamás. Te grabaste en mis entrañas sentada en tu silla en silencio. Colado, me dices. Fuiste tú la que te colaste sin avisar dentro de mi consciencia, por dos veces en un mismo día. Porque si no hubiera sido suficiente, me diste el descabello aquella misma noche. En aquella fiesta a la que acudí, dejando tirado a algunos amigos en otro lado de la ciudad por el simple hecho de observarte de nuevo. Y tú de nuevo, con aquel vestidito azul oscuro que más tarde te pedí que te pusieras, y tú lo hacías para mí. Azul. Ese azul. Como el día aquel en un bar cercano a la estación de autobuses que alguno de los dos esperaba coger. Y nos tomábamos un café y charlábamos sobre cualquier cosa, y el camarero nos interrumpió para decirme muy educadamente, pero en voz alta para que tú te enteraras, que en definitiva me envidiaba, porque te había visto en su bar alguna que otra vez y no podía olvidarte, no a tus ojos de un azul extraordinario. Y claro, cómo poder olvidarlos, si aún me cortan las respiración al recordar tu mirada. La belleza simple y pura que aquel camarero comparó la de Ava Gadner, con los del animal más bello de su mundo. Y tú te enfadaste, porque no te gustaban que te dijeran aquellas cosas, y yo por dentro sonreía, porque entendía perfectamente a aquel camarero. Aquella reacción espontánea suya no variaba mucha de las que yo tuve en algún momento. Como aquella carrera en bici que me metí un día tras el autobús en el que vi montarte para llegara tiempo a tu parada y poder simplemente saludarte. Ves, chiquilla. Por donde pasabas ibas dejando recuerdos imborrables. Sí chiquilla, cómo poder olvidarlos. Si aún, lo admito, espero en vano poder encontrar a alguien a quien esperar en silencio el momento de su despertar como lo hacía contigo. Esas luces de la mañana, y yo, como apostado junto a ti, como un barco entre acantilados que no descansa hasta encontrar su faro, esperando que abrieras los ojos. Mi primera luz de la mañana. Y daba igual como transcurriese el resto del día, porque eso era suficiente para hacerlo maravilloso. Ya en aquellos momentos me forzaba por mantenerlos en mi memoria lo máximo posible, y ya ves, que tanto me esforcé, que ahora soy incapaz de olvidarlo, y estoy condenado a buscar en otros despertares los que tú me dabas. Benditas mañanas de azul celeste, y el color de tu piel suave. Jamás comiste tostadas como aquellas, me dices. Yo me río. Y yo, que ya veo las cosas desde una lejanía infranqueable, lo único que puedo pensar es que jamás he tenido despertares como esos. Oye, ¡no te vayas a poner melancólico ahora!, me exclamas... demasiado tarde niña. Si es que me estremece pensar en aquello, porque, así, ni más ni menos, tembloroso como un flan y estremeciéndome de los pies a la cabeza me encontraba tras darte aquel primer beso. Y me mirabas extrañada por mi delirium, sin darte cuenta aún de que tú eras capaz de provocar aquella reacción incontrolable en mí.
Es curioso, pienso, que yo, que tanto tiempo dedico a retratar lo que la vida me coloca alrededor. Capturar imágenes de absolutamente todo, y tan sólo conservo un par de fotos malas de ti. Menuda ironía, de esas que hay que escribir con letras mayúsculas. Así que, todo lo que me queda de aquello lo tengo que basar en recuerdos. Recuerdos. Me pides que si me acuerdo de algunos detalles pequeños te los cuente, que te ayude a recordarlos tú también. Y yo me pido a mí mismo no olvidarlos jamás. Ha pasado el tiempo, y ni tú ni yo somos los mismos, ni probablemente encontraríamos en nuestras vidas algo paralelo con lo que comparar aquellos momentos, pero mira por donde, hoy ha tocado hacer una buena retrospectiva del tiempo que para siempre habremos compartido. Y así de repente se me ocurre y te lo comento que quizás deba de escribirlos para que no se olvide lo inolvidable. Sí. Me respondes, quizás podrías escribir sobre ello.
Sí. Quizás me siente y escriba sobre ellos.