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Haciéndome el sueco
Unas pequeñas notas de un postdoc perdido en Ikealandia
Acerca de
Acerca de cómo un gaditano con vocación de científico se marchó de postdoc a vivir venturas y desventuras a un lugar de la Suecia, de cuyo nombre no puedo pronunciar, y de cómo éstas son narradas.
Sindicación
 
A solas con mi "iPó"


Vivimos. O mejor dicho, vivíamos. Aunque todavía más específico y aclarador: la mayoría de los que estáis al otro lado de la pantalla siguen viviendo, pero el que aquí resume frases y discursos mentales sin pies ni cabeza, ya no lo hace..., en un país ruidoso por naturaleza. Sí. No se me alteren ni digan lo contrario, (y si así lo quieren hacer me parece bien, pero por favor, no griten, o me darán la razón), porque, pese a que todo sigue siendo relativo, y lo que uno puede considerar ruidoso a otro le puede parecer aceptable, les sugiero que vean si les parece dudoso el rumbo de mis palabras hasta este tierno momento de mi crónica, y las encuentran (yo no las encuentro, pero ni siquiera me puse a buscarlas, porque así me lo creo directamente, sin falta de datos que lo corroboren) las estadísticas sobre ruidos, que colocan a nuestra nación de naciones o como buenamente se la quiera llamar (paso de aprender terminologías nuevas hasta que no esté seguro de cuando me vuelvo y no me quede otro remedio que hacerlo) en una de las más sonoras de todas las naciones de naciones que forman la entidad supranacional europea.

Y es cierto que no llevo mucho tiempo alejado del mundanal ruido, pero no puedo evitar darme cuenta del silencio que ahora "no suena" en cualquier lado de las latitudes escandinavas, como estoy seguro de que me daré cuenta de lo contrario en cuanto pise la primera calle hispana, y el primer conductor torturado por dos inacabables segundos de mortal espera en un semáforo que chilla en verde, clave su bocina con ganas de trasformar dicho elemento de tortura acústica en garrote vil con el que atravesar la nuca del conductor del coche que le precede. Ni falta decir que lo mismo ocurrirá cuando vaya a pedir el primer café en un bar de los de porte antiguo, de pelotas de servilletas estrujadas alfombrando el suelo que rodea la barra, y fotos de platos combinados debidamente enumerados del uno al seis que emanan, como diseñado por efectos especiales, la pringue tras años de amarilleo por humos de parrilla (fotos que con el debido respeto, merecen el mismo reconocimiento que por ejemplo el toro de Osborne, y por tanto sugiero que alguien debería de empezar a encargarse ya de ir recogiéndolas para exponerlas de una vez por todas en un museo de alto nivel; quede aquí dicho por si alguien recoge la propuesta). En ese momento de mañana, donde la máquina de moler el café da la nota para que suene el vapor de la máquina de café exprés que calienta la leche, mientras los platos llevan su propia comparsa chocando ruidosamente unos con otros o con combinaciones de cucharillas y tazas me daré cuenta de las diferencias sonoras.

Y sí. Echo de menos algunos de esos ruidos. Claro. El silencio en una calle llena de gente tiene algo extraño, como piezas que no encajan por muy poco en un puzzle, como un mal sueño sin ruido. Algo falla. Falla también la imposibilidad del cruce de conversaciones, de frases sueltas que se meten entre las tuyas indecorosamente, pero inevitablemente porque se comparten en el espacio único y público que es la calle. Falla porque tus oídos se relajan, porque nada se entiende. Da igual lo que digan, o lo que oigas, todo se diluye entre el ruido ambiente porque las palabras que no tienen significado en mi cabeza pertenecen aún al mundo de los abstractos, de los ruidos armoniosos, pero ruidos al fin y al cabo. Así que yo, por mi cuenta, llevo mi ruido conmigo. Y llevo todo el ruido que puedo para mi sólo. Mi ruido, que es mi música y que viajó toda ella conmigo a Suecia en mi iPod (menudo regalo me hicieron...) y que me acompaña a donde voy. Muchas veces, tener tal refugio de ruidos propios al que acudir cuando los del ambiente no dicen nada, es lo que me mantiene vivo en la oscuridad, en el frío y en mi propio aislamiento. Aislamiento que así parece más voluntario porque está provocado por los sonidos que sólo yo escucho, y que me traen consigo los recuerdos agarrados y fusionados a fuego en cada una de las notas que suenan. Recuerdos que le dan colores y sentido a cada canción, como las curvas de nivel se lo dan a los mapas de la una cadena montañosa. Y por eso tengo la sensación de ponerme un abrigo más cuando me conecto mi iPod, y me largo a caminar.



Y es entonces cuando me pregunto si a todos los iPods que veo tienen tanta personalidad como yo le quiero dar al mío. Tanta como las huellas de identidad de identifican perféctamente a su propietario. Y me pregunto qué hay en cada uno de los otros que veo por la calle, y a veces me dan ganas de cambiar por un rato el mío por el que se me cruza en en el tranvía, y si eso servirá tanto o más que preguntarle para saber algo de esa persona. He visto imágenes de un tipejo como G. W. Bush acarreando una de estas máquinas mientras hace sus ejercicios, y me pregunto qué tipo de música puede estar escuchando en ese momento, y espero que no haya una canción en común entre el suyo y el mío.

Puede que no tenga nada que ver y que no esté en lo cierto, pero me gusta pensar que un cacharrito de éstos, con las incontables horas de sonidos que en él tengo guardadas sirve para marcar un poco más mi huella de identidad.

Y ahora, me voy con la música a otra parte.

Hasta pronto.



 
Comentario:
a veces sienta tan bien el silencio...
 
Comentario:
La música que oímos, habla maás de nosotros que la ropa que llevamos, es parte de nuestra identidad, disfrutala...


Un Besito Grande!!!!
 
Comentario:
Quizás ese aislamiento te acerca a lo que realmente quieres y, me atrevo a decir, echas de menos.
De todas formas, vivir en un lugar plagado de ruidos silenciosos, dicen, dá relax. Por no lo entiendo del todo cuando se dice de la fama por escandalosos que tenemos los españoles y lo "tranquilo" que nos creen fuera de las fronteras.Pero claro, todo depende de estar echandose una fiesta para luego ir a la Feria de nosequé ó a la Fiesta de nosecuantos.
El bullicio te abriga, cuando vives con él mientras que el silencio, desnuda, alivia cuando sales del mundo del ruido.
Tienes suerte, aprende a disfrutar de los dos y cuando lo desees tu ipod te llevará al lugar que tu mente desee.
Saludos mediterráneos
 
Comentario:
Cierto, a mi también me genera curiosidad, y también creo que la música que escuchamos dice mucho de nosotros. De hecho,la mia ha ido evolucionando conmigo.
Respecto a lo de Mr Bush...aquí puedes ver si teneis alguna coincidencia:
http://www.nytimes.com/2005/04/11/politics/11letter.html?ex=1270872000&en=c229fbecc4aec5c6&ei=5090&partner=rssuserland

saludos
 
Comentario:
Disfruta de ella, porque forma parte de tu personalidad, de como eres... igual que la ropa que usas o la manera en que mueves los pies al caminar. Tu música eres tú (y yo no hablo de personalidad del aparatito en cuestión, sino de la música que habita en él).

Besos de una maia.
 
Comentario:
Hola..se puede?mmm yo también voy con mi ipod por la calle es una prenda más también intento darle personalidad..de hecho ya la tiene...Siempre que voy en el metro me pregunto,cuando veo a otra persona como yo con su ipod,...qué estará escuchando y hacer un change,como tu dices jejeje.Si algún día nos encontramos...hacemos un cambio rápido? besinesss
No