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Haciéndome el sueco
Unas pequeñas notas de un postdoc perdido en Ikealandia
Acerca de
Acerca de cómo un gaditano con vocación de científico se marchó de postdoc a vivir venturas y desventuras a un lugar de la Suecia, de cuyo nombre no puedo pronunciar, y de cómo éstas son narradas.
Sindicación
 
El embarcadero de Rörbäck


El pequeño embarcadero de Rörbäck es como muchos otros de los que te encuentras mientras te mueves por la costa de Suecia. El pequeño embarcadero de Rörbäck no difiere mucho del resto, aunque justo en el extremo se extiende, abriéndose horizontalmente para dejar sitio a un gran banco de madera, uno donde supuestamente puedes esperar a cierto barco que te recogerá para llevarte a otros puntos parecidos del fiordo, pese a que nunca vi llegar ni irse ningún barco de ese pequeño embarcadero durante los días que allí he estado. Sobretodo a esa cierta hora de la noche. Ya hace mucho tiempo que el último barco que vi pasar dejó de marcar sus huellas entre ondas extendidas. A estas horas de la noche hay que andarse con cierto ojo por el embarcadero, porque hay colocadas estratégicamente rocas enormes que pueden fastidiar el encanto de la situación. La madera está húmeda y fría bajo los pies descalzos, y el cuerpo se ha encogido al exponerse al raso de la noche, bajo un cielo abierto, oscuro y magnífico para contar planetas, constelaciones, y deseos. Las pocas caras que rompen el imponente silencio de la noche junto al albergue de Rörbäck se miran en busca de apoyos, escrutando en la penumbra los ojos del resto, buscando en ellos atisbos de voluntad que a ti mismo te falta. Alguien tendrá que ser el primero, y decido que seré yo. O alguien lo decidió y a mí tampoco me importó serlo. Hay algo único al romper el silencio, la calma chicha del agua, penetrarla..., y no me importa, es más, quiero ser el primero. Y son mis pies los que se me mueven al fin sobre las tablas mojadas por la humedad del aire, avanzo sin pensarlo más. Los pensamientos son dudas que se transforman en losas, más rocas que entorpecen mi avance por el pequeño embarcadero. Esas mismas losas que justo una hora antes, encogido bajo mi jersey en una silla, con el cuerpo cortado por el frío, me decían grabadas a fuego que ni en sueños me despojaría de mi ropa para avanzar por el embarcadero. Justo lo que estoy haciendo ahora sin dudarlo, recorro el último metro hasta el vacío del agua, empujándome a mi mismo a saltar, grabando al final en mi memoria el instante en que los pies quedan suspendidos en el vacío, esperando el instante del contacto con el agua invisiblemente negra que sucederá antes de que yo acabe de describir esta frase. Casi ya. Ya.

Rörbäck para la gente que trabaja en mi departamento significa jornadas de retiro. Tres días a mitad de agosto de convivencia, en un paraje perdido entre bosques, lindando la costa de un fiordo sueco, uno de esos que a diferencia de los noruegos no tienen paredes escarpadas a su alrededor, sino suaves pendientes boscosas, campiñas doradas por el centeno a estas alturas de años, o pastos dulces para animales de granja. Un fiordo de aguas calmadas, con aire de lago entre suaves lomas. Un lugar único en el silencio, perfecto para unas jornadas de retiro con la gente con la que trabajas. Una manera de forzar las interacciones con los que no tienes más remedio que tenerlas, porque trabajas con ellos. Los escandi-navos nunca se han caracterizado por su intensas relaciones sociales. Son seres aislados, que deambulan por los pasillos del laboratorio sin mirarte, sin saludarte, sin cambiar de expresión, como si los diez meses de trabajo con ellos no hubieran servido ni siquiera para acumular intenciones de un simple "hej" mal dicho una de tantas mañanas. Las interacciones hay que forzarlas, crear actividades sociales, sacarlos de sus corazas y ponerlos en el mismo espacio para demostrarse unos a otros que son seres vivos, no simples extintores de pasillo. Rörbäck es un sitio perfecto para ello.

Pero en la habitación de conferencias, mientras alguien nos da una charla sobre sus investigaciones en la fosforilación de cierta proteína esencial para la activación de algún regulador transcripcional implicado en la respuesta a estrés por un choque hiperosmótico en las levaduras, alguien ha abierto una ventana que coloca mis ojos justo delante de la orilla. Hace un día de sol y temperaturas agradables, un pequeño velero se desliza suavemente sobre el mar sin olas, sin movimiento, sobre la suave superficie, y mis cabeza sale de la sala de reuniones, y pulula por el embarcadero, atraída sin remisión por todo lo que está exento de choques hiperosmóticos. Alguien me habló de espectáculo nocturno de aquellas aguas, algo sorprendente, inaudito y fascinante, y una de las mayores atracciones de aquel retiro para mí era comprobar con mis propios ojos lo que allí sucede a la caída del Sol, cuando todo se queda oscuro y el agua es una masa oscura, materia negra donde viven esos seres mágicos durante un par de semanas a finales del verano.

Para alguien que ha estudiado biología y se ha dedicado posteriormente a tratar de comprender modestamente algunos de los fenómenos que conforman la vida, todo lo que acontece en la naturaleza tiene un motivo, una razón más allá de la de estar ahí. El color exuberante de ciertas estructuras vegetales, el sabor dulce de los frutos, el canto elaborado de ciertas aves, las perfectas estructuras de una telaraña. Todo tiene un motivo, aunque hay momentos en los que cuesta encontrar una razón y nos dejemos llevar por la explicación más fácil, la más inocente, la mejor quizás. Y es que por mucho que los científicos nos rompamos los sesos, hay cosas que están diseñadas para ser hermosas, para agradar sin más, para hacer de este planeta un parque de atracciones en el que merece la pena participar. Hay veces en las que esa es la única explicación posible, como para aquellas algas minúsculas que los suecos llaman y alguien me tradujo como “los fuegos del mar”.

Y ahí estoy, saltando para encontrarme con aquellas luces. El salto desde el embarcadero sé que va a merecer la pena, y, además, por mucho que la temperatura del aire no es la más idónea para mojar la piel, el agua del fiordo está sin duda más caliente, casi agradable. He sumergido la mano momentos antes desde la orilla, y sé perfectamente la temperatura del agua antes de introducirme en ella. Aquella mano mía que parecía soltar conjuros al contacto del agua negra, cuando en el primer movimiento suave bajo el agua, de repente cientos de luces empezaron a brillar entre mis dedos. Pequeñas luces blancas estimuladas por la agitación del agua. Rodeando mis dedos, arremolinándose entre ellos. Brillos intensos bajo la oscuridad del agua que juegan a seguirme, como si de repente alguien levantase la mano y pudiese colocar las estrellas a su antojo, a base de pinceladas trazadas con la mano con suavidad. La misma sensación. Y ahora dejo pasar los primeros segundos tras el golpe de mar. El agua te recibe fría, cortando la respiración de mis pulmones por un instante, tratando de acompasar mi piel a las temperaturas del agua mientras, de repente, todo empieza a iluminarse. Me veo las piernas brillar bajo el mar, mis brazos, mi torso. Todo centellea al mínimo movimiento, me rodea como si aquel fiordo tuviese la maravillosa capacidad de destapar un aura brillante alrededor de tu cuerpo. Y no puedo dejar de moverme, porque estas luces necesitan a dinamo de tu movimiento para prender, y nado de un lado para otro en un baño nocturno entre fuegos fatuos que se pegan en la piel, en el pelo. Todo está oscuro salvo mi cuerpo, y el de los otros que han ido saltando al agua tras de mí. Sumerjo mi cabeza con los ojos abiertos, tratando de mala manera de aguantar una respiración agitada por la temperatura del agua y por el espectáculo, y allí debajo tengo la sensación de ser un astronauta volando entre miles de estrellas.

Ahora salgo del agua, tras varios minutos de paseo espacial, busco inmediatamente mi toalla entre las otras antes de que el cuerpo se quede gélido al contacto con el aire, y aún, mientras me paso la toalla por el cuerpo, vuelvo a iluminarme con cientos de puntos brillantes que permanecen atrapados en la capa de agua que me he traído conmigo al embarcadero, como una especie de maquillaje sicodélico. Mientras empiezo a temblar por la temperatura sé de buena tinta que con este baño me he ganado un buen resfriado, pero hay resfriados que merecen la pena pillarlos. El tiempo empeora rápidamente en estas latitudes, y probablemente éste haya sido mi último baño de la temporada, pero ha habido pocos antes, y pocos habrá después tan espectaculares como éste. O por lo menos, tan brillantes.

Hasta pronto.




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.....Aute cantaría aquello de "pasaba por aqui" para ver si habías depositado un nuevo relato...como veo que no...te dejo un beso.

Cuidate, Rous.
 
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Ay!Dios... que me he "liao" toda con la fosforila.... no se qué...argggggggg!! me he perdido toda..., pero el baño nocturno bien? pues me alegro.
Besos de una pobre vendedora de cartones de bingo... que no sabe nada de biología.
 
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Mientras te leia, notaba las sensaciones q describias, el aire parandose en mis pulmones, mi piel erizada por el frio, mis ojos maravillados por semejante espectaculo... y eso q nunca he estado alli. Me has recordado una imagen de hace tan solo unos dias cuando decias " un astronauta volando entre miles de estrellas"
Cuidado con los resfriados, frio, humedad y mocos... todo junto, puaggggg, jejeje.
Un besito (ya no te los puedo mandar calidos, estamos en parecidas temperaturas)
Muaaaaaaaaaa
 
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ains...que ya se nos acaba el veranito. Por aqui todo wen tiempo todavía, pero a mi ya me toca volver al curro...que poquitas ganas!!
 
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Menuda magia transmites con tu baño nocturno, con tanto detalle que me hace, sin ningún esfuerzo, partícipe de cada uno de tus movimientos.
Me he bañado varias veces por la noche, te diría que el mar es casi mi medio pero nunca supe describir mis sensaciones como tu lo haces.
Chapeaux!
 
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Lástima que no haya fotos de ese momento, esa sí que hubiera estado bien.
 
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A mi el baño nocturno siempre me ha dado mucho respeto, más que nada porque los bichos marinos suelen atacar de noche creo...¿no? El caso es que yo creía que por ahí arriba el agua estaría helada en esta época...y luego hay gente que se queja del Cantábrico, para que vean...(Mientras sea resfriado y no pulmonía pues bien disfrutado está...)

Un abrazo.
 
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...Como siempre has conseguido tejer con poesía tus descripciones. Y transmitirme la gelidez de las aguas pero tb la sensación de bañarse en unas aguas estelares...

Besos y más abrazos, Rous.

PD-Son todas estas sensaciones las que recordarás más tarde...lejos de tierras escandinavas.
 
Comentario:
...la fosforilación de cierta proteína esencial para la activación de algún regulador transcripcional implicado en la respuesta a estrés por un choque hiperosmótico en las levaduras...

¿¿¿Mande????...¿¿¿lo cualo????, Telmo, por Dios, que una es de letras puras y me has dejado muerrrrrta!!!, ja,ja,ja...

Lo que sí he entendido es que te resfrías fijo!!!!...bueno y la belleza del momento, qué???...Pues si te lo pedía el cuerpo...muy bien hecho...

Ahora ya sabes...todos los remedios caseros, tipo miel y limón...y todas esas cosas para el constipado...ja,ja,ja...

Besitos curativos

Charo
No