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Haciéndome el sueco
Unas pequeñas notas de un postdoc perdido en Ikealandia
Acerca de
Acerca de cómo un gaditano con vocación de científico se marchó de postdoc a vivir venturas y desventuras a un lugar de la Suecia, de cuyo nombre no puedo pronunciar, y de cómo éstas son narradas.
Sindicación
 
Mis semanas alemanas


El domingo pasado alguien me dijo que el día había amanecido nevado a unos 60 km de Goteborg tirando tierra adentro. La fria realidad blanca de nuevo. Apenas me ha dado tiempo de echarla de menos, aún tengo tiestos y tesoros traídos de calas azules mediterráneas que desenvolver, y el manto blanco se aproximaba, desde el norte, desde el este, cerrando el surco. Los últimos recodos de un otoño efímero apenas parecían querer resistir el acoso de las tropas gélidas que nos sitiaban, y, realidades que caen en desplome, ayer finalmente presentó la rendición, y mostró su bandera blanca, la de la capitulación, la de la nevada, la de la temible victoria invernal. Hielo en las calles, temperaturas precedidas por el menos, botas que hacen crujir las costras heladas, hojas amarillas petrificadas como fósiles, congeladas, como esos insectos que aparecen enterrados en el vidrioso ámbar, a ellas también les pilló por sorpresa el aluvión de hielo que las mantendrá enterradas por una buena temporada. Cambiaron la hora, y si remedio se ha abierto la veda para estrechar los días. De nuevo noviembre. Dicen que es el peor de todos los meses porque viene cargado de sombras invernales, de grises lluviosos y arboles pelados. Recados sin remilgos para el espíritu. Ya solo quedan seis meses, quizás siete. Apretémonos el cinturón. Ayer el cuerpo me dio un primer aviso de ello, todo, hasta él, parece predisponerse a el invierno. Todo salvo mi propia voluntad. Supongo que unas pocas jornadas de temperaturas gélidas acabaran doblegandola a ella también.

Pero mientras tanto, mientras el otoño variaba en un cerrar de ojos con su caleidoscopio las arboladas de Ikealandia, yo me largaba a aumentar un poquito mis paisajes europeos en pleno Frankfrutland. Como desterrado de la transición climática nórdica, me largué por varias semanas con mis experimentos y cachivaches a probar fortuna en un laboratorio en tierra de nadie germana. Tierra de nadie, cuenca industrial y económica de la maquinaria monetaria alemana. Perdido entre la gran urbe de las salchichas y la ribera del gran Rhin, existe una pequeña ciudad falta de personalidad o cualquier cosa que permita identificarla por algo. Como la cirugía estética que borra sin piedad las sombras del carácter que perfila la personalidad del individuo, creando un espanto semiplástico de maniquí de escaparate, muchas de las urbes germanas están faltas de un espíritu que les de una vida propia tras el "lifting" al que fueron sometidas a base de cantidades ingentes de bombas quirurjicas anglo-americanas. En pleno centro de la ciudad, una torre de estilo indeterminado, pero marcadamente antepasada, convivía y se apoyaba en las paredes de un centro comercial de paredes de cristales, testigo viejo de lo que fue y de lo que ya no es. Meros restos casi arqueológicos de lo que podría ser un país de bellas ciudades principescas condenado a la cadena perpetua de sus calles anodinas.

En mi segunda visita a tierras alemanas, casi cinco años después de mi primera, aparte de ponerme en contacto con nuevas alquimias originales que aplicar a mis propios desvaríos de laboratorio, he tenido la oportunidad de volver a reencontrar con alguna cara que otra que me traen acentos e imágenes de momentos pasados. Viejas conversaciones de toda la vida transitadas por las nuevas calles de Frankfurt. Es cierto que la mente está forjada con cerraduras. Hay puertas que se mantienen cerradas en los recuerdos hasta que algo, o alguien, golpea con los nudillos esa puerta para que vuelva abrirse, liberando su contenido, como derramados bruscamente sobre tus pensamientos más mundanos y cotidianos. Y me dejé caer también al fin por la villa de Heidelberg, cinco años después de mi infructuoso intento de entonces. Mereció la pena volver a intentarlo, eso lo puedo decir. Quizás me he perdido gran parte del crisol otoñal nórdico, pero las riveras de los ríos alemanes, me dejaron en la retina elementos suficientes para sustituirlos. La mezcla de viñedos extendidos sobre suaves lomas con bosques también coloreados bastan y sobran para cubrir mis necesidades otoñales. El dorado alemán resultó ser mucho más cálido en colores y en temperaturas de lo esperado, mucho más que el escaninavo por que comprobé a la vuelta y he narrado al principio.


Sin embargo, y sobretodo, me quedo con algún detalle inesperado, aunque suene a obvio cuando lo digo, de mis semanas alemanas. La parte anecdótica la cubro con el hecho de que, nunca en mi vida me pude imaginar que un viaje a Alemania tuviese que tomar rumbo sur para llevarse a cabo. Alemania en mis cuatro costados mundanos sigue siendo ese mazacote centroeuropeo que hay que mirar al norte para encontralo. En mi mundo más físico y real de ahora es un vecino a muchos cientos de kilómetros al sur. Y como tal, me he visto irremediablemente enfrentado a las comparaciones con un resultado extraordinariamente opuesto a mi primer contacto alemán. Aquella primera vez observaba una lejanía de culturas, un polo opuesto dentro del crisol europeo. Miles de diferencias más que obvias entre un españolito cualquiera y un teutón de cabeza bien cuadrada. Cinco años después, recortando camino hacia el sur, he vuelto a comparar para sacar puntos en común. Me sentí mucho más cercano a mi propia identidad en cualquier pub alemán de lo que jamás hubiera podido aceptar ni encontraré en Ikealandia. Escandinavos, pueblos nórdicos, esos países que decoran el norte del continente y una gran proporción del mobiliario casero del resto del mundo, forman un nucleo cultural radialmente alejado del resto europeo. Noruegos, suecos, daneses, islandeses funcionan en muchos aspectos como unidad fuera aparte del resto de Europa. No sólo idiomáticas, sino también culturales, funcionales, y por supuesto climatológicas. Que los pueblos del norte sean los más reacios a integrarse en el resto del continente tiene aquí uno de sus motivos principales. Se sienten distintos al resto, y lo son. Es cierto que las fronteras físicas muchas veces no coinciden con las naturales, y que hay un continente mucho más real con los pueblos aromatizados por el Mediterráneo de lo que jamás podamos integrar en una virtual Unión Europea. Esas diferencias las conocía de antemano. Pero mis semanas alemanas me han vuelto a relativizar el mapa, polarizando un poco más el contiente entre una masa continental, y un norte con identidad propia. Curioso, sí, pero resultó que los alemanes no estaban tan lejos.


Hasta pronto.






 
Comentario:
Escribenos del carácter de los alemanes o de su personalidad como nación, pienso hacer un vaije de negocios a ese país. Gracias.
 
Comentario:
......Madre mía, si que sé están alargando tus semanas alemanas!!!!,:o)).
Lo importante, como siempre, que tú estés bien.

Un fuerte abrazo, Rous.
 
Comentario:
Ehhhhhhhhh , que he vuelto ¿pero por donde andas ahora? anda que no me he perdido cosas, yo ya estoy bien de mi depre, lo que me ha costado, pero aqui estamos al pie del cañon, y de nuevo en mi blog, saludos.
 
Comentario:
Asi se adquieren nuevos conocimientos y culturas... tu de primera mano... nosotros a través de tí, descubrimos lugares donde la gente también llora, rie, vive y declara la guerra al jefe.
Gracias siempre por dejarnos entrar un poquito en tú mente.
 
Comentario:
Que de mundo me queda por ver...menos mal que viajo virtualmente cada vez que posteas. Hoy tocaba geografía humana, asi da gusto...

Un abrazo.
 
Comentario:
Yo en Alemania siempre me he sentido muy bien, me ha gustado siempre. Me siento muy integrado allí, quizás por mi carácter "alemán".

Son más cercanos a nosotros que los nórdicos, eso es verdad.
 
Comentario:
ey,a este paso no le vas a envidiar nada a Willy Fog machote!!un besillo
 
Comentario:
Me alegra volver a leerte, Telmo...

Un besazo grande

Charo
 
Comentario:
Las diferencias entre pueblos siempre formarán parte de la experiencia de la persona que las busca...

Besos de una maia que echa de menos no leerte más a menudo.
No