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Haciéndome el sueco
Unas pequeñas notas de un postdoc perdido en Ikealandia
Acerca de
Acerca de cómo un gaditano con vocación de científico se marchó de postdoc a vivir venturas y desventuras a un lugar de la Suecia, de cuyo nombre no puedo pronunciar, y de cómo éstas son narradas.
Sindicación
 
ABISMO


Respira chiquilla, respira... hazlo, te lo pido por favor, respira, reacciona.

Días después de aquella experiencia, de aquella noche donde ella se vino a cenar a su casa, su cabeza le decía que hay caminos que parecen recorrerse en una dirección, aunque se hagan aguantando el equilibrio sobre trozos de hielo sueltos y flotantes. Como aquella misma carretera que nunca antes había cogido, una de tantas. Todas iguales en ese país extraño para él... una más rodeada de arboledas dibujadas en relieve sobre lomas de salientes abruptos y afilados, interrumpidas simplemente por repentinos lagos, duros como la piedras cortantes, congelados, inexpresivos en una tarde horriblemente fría. Una pelota gorda de color amarillento iluminaba sin calentar la carretera por la que nunca antes había viajado. No antes de esa semana larga para de repente hacer cuatro veces esos sesenta kilómetros inacabables, extendidos ficticiamente en el tiempo, de la misma manera que lo hacen las tardes del invierno avanzado, con esa pelota que cada día un poquito más se detenía antes de perderse en el horizonte, sin sentirse más que en la frialdad de la luz huérfana de cierto calor. "El tiempo es absolutamente relativo", le comentaría ella días después sentados en el sofá de su apartamento... y tanto.

Cuatro veces el mismo camino. Un camino sin vuelta atrás, recorridos como los escalones que se suben en el discurrir de la vida, sirviendo quizás para observar las cosas desde un punto de vista más elevado, puede que más maduro, pero en definitiva más lejos de lo que se quedó atrás y que irremediablemente añoraremos. Aquella cuarta vez viajaba en la parte trasera del coche, y sentía respirar a la pasajera que habían ido a recoger tras sus dos últimas noches ingresada, con tranquilidad, tumbada, la cabeza de ella apoyada sobre sus muslos, profundamente dormida, con ese sueño que solo se alcanza a base de una dura dieta de cansancio. La rodeaba con sus brazos, tratando de transmitirle un poco de calor, como tantas veces lo había hecho antes, pero esta vez lo hacía con una prudencia extrema, con el miedo de interrumpir su sueño plácido, sin saber cuantas horas habría tenido durante esos últimos días de ese sueño reconfortante que ahora su respiración aseguraba tener. Perdía su mirada entre las arboledas y los coches que pasaban en ambos sentidos, cambiando de vez en cuando su vista para observar a la pasajera con atención, como si fuese una desconocida, como si todo aquel tiempo que habían pasado antes juntos hubiese sido con otra persona distinta a la que ahora venían de recoger... le costaba recordar que no era la primera vez que su cuerpo dormitaba sobre el suyo, y tan solo el detalle sutil del aroma diluido de su perfume le devolvía su presencia a las de un tiempo anterior, no tan lejano... quizás fueran las marcas de su cara lo que le descolocaba, quizás fuera la extrema palidez de su piel. La tenue luz blanquecina que parecía radiar desde su sueño le confería a su cuerpo la fragilidad del papel de fumar, la inconstancia de la piel que puede desvanecerse en cualquier momento sin dejar rastro tras de sí, arrastrada en la corriente de viento que se lleva la lleva junto al papel de fumar, lejos, inalcanzable. Sus brazos alrededor, como lo había hecho antes, tratando de retenerla, luchando contra su vulnerable entidad, ligera y batida a la merced de los vientos, a veces más favorables, a veces, simplemente terribles. Sentado allí, observando su respiración, tratando de protegerla un poco del frío exterior, sentía de nuevo esa misma impotencia que había sufrido con anterioridad las veces anteriores. La verdad sin paliativos, esa que le dejaba simplemente claro que jamás, en todo el tiempo en que ella le entregó todo lo que pudo darle, jamás había conseguido atraerla tierra adentro, a aguas tranquilas quizás, siquiera un mísero centímetro. Sabía que era imposible arrancarla de ese abismo al que se asomaba ella, con la certeza de que ese paseo por el borde del precipicio era sólo y simplemente suyo, que nadie podría retenerla atrás si un día daba un mal paso, o el camino simplemente decidía venirse abajo. En su paseo no la podía acompañar nadie. Aquellas largas noches que había pasado sujetando su mano, aquellos momentos donde la observaba sin poder atravesar su intenso muro de dolor que repentinamente se levantaba entre ellos, y lo único que ella le pedía que hiciera, era que sujetara su mano, y aquel simple gesto no servían absolutamente de nada. A veces ella misma trataba de jactarse de su situación, la única manera de enfrentarse al vértigo del abismo era danzar sobre él el baile de los desesperados. Reirse de los vientos que le esculpían la cara en los días más duros...

Y sin embargo, su sentido de supervivencia no le dejó de repetir desde el principio que se alejara de ella. Una y otra vez, que buscara la salida, que los abismos no son sitio para emprender un camino. No hay cimientos que se queden fijados en las tierras que apenas nos sujetan. Nadie compra un coche roto, le dijo ella un día, apenas habían tenido tiempo de contar los besos que se cruzaron. Y él, como tratando de apartar la realidad, porque esas cosas no pasaban en su vida predefinida, fijada y preparada para vivir sin recibir más salpicaduras de barro que las que él mismo se produciría al avanzar, creyó no haberlo escuchado, desoyendo así la primera de las luces rojas que en su cabeza empezaban a sonar. Ojalá las cosas fueran distintas, ojalá yo no estuviera sólo de paso, y tú, ojalá tú. Ojalá tú dentro de diez años, de quince, de veinte..., simplemente tú. Sabía perfectamente que ella no estaba para esperar, que los trenes que pasaban junto a ella eran quizás definitivos, que el tiempo y la banalidad de las cosas se miden de manera muy distinta en determinadas circunstancias, y las suyas no estaban dispuestas a dejarle a él tomar sus propios tiempos. No funcionó, simplemente no pudo ser, aunque el sentimiento de huida, de dejarla de nuevo en la estación mientras él pasaba de largo, se extendía como una mancha pegajosa de culpabilidad por cada uno de sus poros.

Y de repente aquella noche en que ella fue a cenar a casa. Tan solo un día después de traerla en su regazo por aquella carretera, todavía mostraba la misma palidez, sus pasos entrecortados y débiles, como si problema fuese simplemente el de la embriaguez. Su sueño plácido tras la cena mientras ellos charlaban de cualquier cosa, relajados tras un fin de semana intenso para todos ellos... y de repente sus movimientos. La pesadilla en la que a veces ella intentaba resumir en negativo su vida parecía dominar su sueño, y sus movimientos cada vez más bruscos, convulsionados, retorciendo su cuerpo, con una energía, imposible de saber de donde podía sacarla un cuerpo que media hora antes solo conseguía moverse lentamente, como bajo la atmósfera de un planeta pesado. Y de repente la inconsciencia, porque los intentos de devolverla de su pozo oscuro no daban resultado, y su cuerpo al que tanto él había admirado, observado con los ojos del deseo más puro e intenso tantas veces antes no era ahora más que un pelele convulso, retorcido en una inconsciencia implacable. La ambulancia tardaría en llegar aún. Demasiado tiempo, demasiado. El tiempo es relativo, sí. Y ella decidió de repente acortar hasta el extremo el suyo al parar su respiración, cerrando el paso al aire a sus pulmones, y extender así el de los que allí estaban en un periplo de espera de una urgencia que nunca llegaba. El abismo se abrió de repente para tragársela, ese que tantas veces avisaba con venir y que ahora la arrastraba al fondo... "Respira chiquilla, respira... hazlo, te lo pido por favor, respira, reacciona". Y en su impotencia extrema él recordó lo que ella tantas veces le había dicho: "en los momentos duros, lo único que tienes que hacer es simplemente sujetar mi mano, dejarme sentir que estás ahí". Sujetar su mano, dársela para no dejarla desplomarse por el abismo, aguantarla en el borde, agarrarla con su propio aliento pasando el aire directamente de sus pulmones a los de ella. Y mientras así lo hacía, en una maniobra novata y sin conocimiento técnico, no pudo evitar pensar que esos mismos los labios que ahora rozaba eran los que antes le habían trasmitido tanto calor..., ahora, inertes casi, le tocaba a él devolverle todo el calor posible mientras esperaban los minutos interminables de la ambulancia. Tiempo. Cuanto hubiera hecho falta para extinguir su existencia si aquella noche en vez de traérsela a casa hubiera pasado la noche a solas en casa.


Días después, cuando ella volvía poco a poco su tono normal en el que él había conocido, tiempo suficiente para recuperar la candidez de su sonrisa, el gusto por disfrutar de su apartamento que poco a poco estaba decorando de nuevo tras recuperarlo dos semanas atrás, ella le confesó que aquella mañana por primera vez había tenido plena consciencia de todo lo que pasó, y que lloró hasta vaciarse, de dolor, de rabia más que nada. Se había encontrado súbitamente derrotada, sin ganas de reírse de su propia suerte, miraba de nuevo al abismo con frialdad, reflejando en su rostro las sombras de la oscuridad que ante ella se extendía. Le confesó que en sus momentos de mayor desesperación no sabía muy bien de qué había servido aquella mano con el que él la sujetó para no dejarla despeñarse hasta el final del precipicio, que quizás hubiera sido mejor dejar que tocara fondo de una vez. Sabía perfectamente que ese era uno de sus días difíciles, uno de los que la lógica de las cosas te deja pocos números en positivo tras resolver la ecuación sobre tu vida. Él solo la miraba mientras ella le hablaba. Pensaba para sus adentros cómo reaccionaría él en sus circunstancias, si tendría el valor tan admirable que ella mostraba para intentar seguir en el día tras día. No hacía falta responderle, porque sabía que mañana sería otro día. Ella volvería a trabajar pronto, a su vida normal. Él volvería a centrarse en esa manera obsesiva que tenía de tomarse el trabajo, esa esfera acristalada perfecta que le servía muchas veces como excusa perfecta para no enfrentarse a la vida, ni a la suya, ni a la de los demás... ese siempre había sido uno de sus fuertes. Sin embargo algo se había roto la semana anterior, y el suelo que pisaba se volvió incierto, como el hielo que se resquebraja. Quizás, después de todo, no tenía ganas de alejarse de ella, quizás, permanecería algo más cerca. Transmitirle así un poco de energía, recordarle que hay que seguir adelante, que mientras haya camino, siempre hay oportunidades de llegar a algún lado donde sentirse seguro. Se quedaría cerca, observando los pasos de ella desde una distancia prudente, sus paseos enérgicos que pronto ella retomaría como siempre había hecho antes y como seguro que volvería a hacer, junto al abismo. Pese al abismo.



 
Comentario:
Telmo.. se te echa de menos !!

Saludos cerca de Cádiz.. por no en ella.

Alobada
 
Comentario:
Entré de nuevo a ver si habías escrito...pero hoy te dejo un saludito...esperando que sea por falta de ese tiempo escaso que todos tenemos

Besos, Telmo!!!!

charo
 
Comentario:
Huir es siempre de cobardes, al menos eso creo, la vida hay que vivirla en la máxima extensión de la palabra, porque luego te arrepientes de no haber hecho cosas, un beso
 
Comentario:
Me alegra volver a verte...
Yo siempre vivo un poco al borde de todo... prefiero las emociones fuertes a morirme en casa aburrida... la vida hay que vivirla. El inmovilismo no va conmigo.
Besos.
 
Comentario:
........Hoy sólo te dejo un beso, para que lo recojas cuando quieras, en el alfeizar de tu ventana,....me he quedado sin palabras...y creo que con él te digo lo que ha significado tu relato....
".......Transmitirle así un poco de energía, recordarle que hay que seguir adelante, que mientras haya camino, siempre hay oportunidades de llegar a algún lado donde sentirse seguro.....".............Así he estado en el abismo de la tristeza, pero sólo me he agarrado a una cosa como tú muy bien dices, "A seguir adelante".
Un beso muy fuerte,
Rous.
 
Comentario:
......Entraba para ver si te habías perdido en los Carnavales de tu tierra...pero veo que no, y que has escrito con fuerza...asi que volveré nuevamente para leerte despacito...y asomarme a tu ventana...y tocar a la puerta...para que me abras...y así poder dejarte un mensajito.

........(Que suerten tienen las mujeres "que han estado entre tus brazos de que les escribas tan bonito...")

Un beso inmenso, amigo mío.
 
Comentario:
Querido Telmo:

siempre me llama la atención como una persona "con vocación de científico", como dices en tu presentación...puede escribir tan hermoso...

Y volviendo al escrito...quizás a veces, la locura, el vivir un poco al borde del abismo...merezca más la pena que el más confortable de los mundos o esa tranquilidad "inmovilizante" (y te juro que hablo por mí)

Me recordaste el libro "Verónica decide morir", de Paulo Coelho...

Un beso

 
Comentario:
para mí sí que es un placer leerte Telmo, disfruto hacíendolo, es uno de mis pequeños placeres cotidianos... aún me queda tanto por disfrutar!!! mil gracias por leerme, me siento pequeña ante tu blog...
 
Comentario:
ya tenía ganas de que volvieras a escribir... me gusta leerte...sin duda es de lo mejor que leo... un abrazo
No