El viejo del chiringo
Hay alguna playa casi perdida que sigue viviendo todavía en un estado permisible de tranquilidad, aunque parezca mentira con los tiempos en los que cada metro de costa se ha convertido en deporte de ocio de especuladores, el número de asiduos que allí acuden cada periodo estival se quedó estancado en una cantidad aceptable. Vienen todos los veranos, como en un peregrinaje lleno de fe que conviven con un conjunto de guiris que parecen haber escapado de una película de los setenta de tierras hispánicas bañadas por el sol del mediterráneo. Hay cierta melancolía hippie en aquellos que se sientan junto al mar en esa playa. Gente nacida a destiempo, atrapados en una broma anocrónica, viven acosados, de espaldas a la realidad en aquel rincón, mirando al mar, el único lugar donde sus ojos se posan sin el cansancio de la vida real. La única realidad imperturbable, intocable por el peso de las ataduras a veces insoportables del devenir humano. Y dicen que eso fue lo que llevó al viejo del chiringo a aquel rincón, nadie sabe muy bien desde donde. No es de aquí, cuentan, pero él lo rebate, dice que una vez nació junto al mar, y que a ese lugar precisamente pertenece, a un lugar junto al mar. Al fin y al cabo, quién le pone parcelas a ese gran azul, quien distingue territorio si toda orilla pertenece, por lo menos durante algunas horas, a los dominios del agua en esa eterna batalla de las mareas.
Dicen que no sonríe demasiado, o que lo hace tanto, que apenas muestra otro rictus en su cara que lo diferencie. Muestra las arrugas de su frente como viejas heridas de batalla ahora cicatrizadas con el constante roce de las salinas viajeras. Las heridas de la vida ya cerraron, ya no supuran más las arrugas que empezaron a salirle muy pronto. Me salieron sin saberlo, brotaron de repente, del corazón-cuenta-. Ahora me gusta contemplarlas, son como un libro de memorias escritas en rúbrica gestual sobre la piel. Nadie sabe su edad determinada, pero se le asoman años tras sus hombros algo caídos. ¿Muchos? No te los sabría contar, te responde si le preguntas. El tiempo pasó muy rápido, se me olvidaron los números, algunos se estiraron, otros encogieron... quién sabe el tiempo que tarda en pasar un año. Y sin embargo, y a pesar de todo, la vitalidad en su mirada parece nueva, guarda algo de infantil tras las pestañas, algo recobrado, como si sus dos ojos corrieran hacia atrás en el tiempo en cada puesta de sol. A veces lo hace sentado en esa vieja barca de madera que posa sus roídas y jubiladas tablas junto a la orilla, y entonces forman una pareja perfecta, se fusionan en único elemento de colores desgastados y cubiertos de salitre, ya que ambos, son prácticamente lo mismo. Y allí sentado es como si se diera cuenta de que, a pesar de todo, en cada atardecer que acaba contemplando fuese uno más que le ganó a la vida. Es simple. Nunca esperé verme por aquí, te explicaría, en realidad tenía otra cita con mi vida, pero la dejé plantada.
Su chiringo de playa está bastante destartalado, pero lo encontrarás abierto durante todo el año. No cierra ni en los meses en que no hay nadie que lo visite, porque el viejo vive allí mismo, y nunca le ha cerrado la puerta de su casa a nadie. Dentro guarda viejos objetos que nunca salen a la luz. Es el cajón de la vida desastrosa del viejo que lo regenta. Algunos dicen haber visto su colección de fotos. Fotos amarillentas no por su tiempo sino por su calidad más bien poco pasable. Un día pensó que servía para la fotografía y trató de buscar un escape, un significado de las cosas tras una cámara de fotos que nunca sacó la foto que estuvo buscando desde un principio. Comentó que lo dejó cierto día, cuando cayó en la cuenta de que buscarse a uno mismo cuando la cámara no apunta hacia ti es simplemente, imposible. Guarda en un viejo cajón sus cuadernos de notas. A veces aún saca una libreta descosida y arrugada y se sienta a rellenarla de garabatos que sólo él puede entender. Un día creyó que podía escribir lo que le pasaba por la cabeza y se puso a rellenar hojas con su letra fea dirigida por un pulso nervioso. Acabó así rellenando un diario tan personal que a pocos interesó leer salvo a él mismo, y el mismo nunca tuvo ganas ni tiempo de mirarse en el espejo en el que se reflejaban sus letras.
No habla mucho. No es fácil arrancarle una conversación cuando se coloca detrás de las viejas tabla de madera que forman la barra. Las cuida con mimo, casi las acaricia cuando las limpia. Se entretiene en lo más sencillo, sin apenas hablar, se dedica a pasear entre las barcas y por callejuelas encaladas en espuma de oleaje. Se para a escuchar los sonidos que antes se tapaban con su propia voz, y, como si hubiese rellenado casi al máximo el cupo de palabras que vino a decir a este mundo, mide con cuidado sus conversaciones, como si las seleccionara en cuestión de un barómetro difícil de medir desde fuera del perímetro de su mente. Cuentan que podría hablarte de cientos de cosas, algunas extrañas. Fantasías quizás, o realidades entremezcladas de su vida anterior. Temas de conversación que en otro momento consideró interesantes, ahora no se entretiene en nombrarlos siquiera. No lo hará. En realidad, sabe perfectamente que son conversaciones que a nadie le preocupa no saber. Algunos que han conseguido sentarse con él, quizás en esos días de buen humor en que prepara esos raros brebajes que luego sirve a la clientela, dicen que no hace mucho era otra persona, que se cansó de correr detrás de su misma vida, persiguiéndola, que siempre fue llegando tarde a cualquiera de las citas que había programado con años de antelación porque siempre que llegaba, ya se había largado. Te repetirá hasta la saciedad aquella frase de que la vida no es más que aquello que va pasando mientras hacemos planes de futuro. Te contará si tienes suerte de pillarlo en uno de esos buenos días que quiso correr tanto, quiso llegar tan lejos, que un día se le olvidó como se paraba, que se mantenía a base de la inercia. De qué sirve programar tanto la vida cuando ésta nunca, nunca jamás es como la planeamos. Dónde demonios dejamos a la gente que nos rodeó y que no encajaron suficientemente bien en la carrera que te planteaste...
El viejo del chiringo, el mismo que se sienta en la antiguo "Café del moro" todas las tardes un rato antes de dirigirse a su propia barra afirma que cree fervientemente en la reencarnación, porque él mismo la sufrió. Hubo otro que vivió en su cuerpo, el mismo que ahora está controlado por alguien que germinó una tarde de julio muchísimos años antes en el mismo lugar. Aquel otro que fue desvaneciéndose poco a poco acabó por desaparecer cuando llegó a una conclusión que fue rumiando durante mucho tiempo antes... nunca entendió a la perfección lo de perseguir sin descanso unos objetivos mientras el resto de tu vida se consume. Dónde quedaron los mejores años si nunca te paraste a vivirlos. Llegó al punto culminante de su carrera, pasó todas aquellas etapas, una tras otra, siempre considerándolo como un reto contra él mismo, un trabajo simplemente realizado si lo pasaba, un fracaso insoportable en caso contrario. Si vas más rápido que tu propia vida, acabarás perdiendo el contacto con ella, serás simplemente la sombra que pasa por adelantado cuando el Sol te da la espalda, intocable, incorpórea, vacía. Por eso, el día que intentó recuperarla, se dio cuenta de que su cuerpo estaba ya habitado por un viejo que no le aguantaba, que decidió dejarlo de lado para buscar un mínimo equilibrio. Un viejo que partió al final a montar su chiringo.
Un día le contó a alguien que hacía ya mucho tiempo, cierta tarde de una prometedora primavera recién llegada se sentó a charlar con una compañera de trabajo en un banco del pequeño jardín del que disponían en su lugar de trabajo. Ella le enseñó la guía de viaje que se acababa de comprar sobre el lugar de donde él procedía y que pronto visitaría. Le pidió consejo sobre lo que ver y si tendría problemas en arreglárselas en su próximo viaje. Él pensaba mientras hojeaba la guía que una chica como ella jamás tendría problemas en ningún lado, siempre habría cien tipos mucho mejores que él mismo dispuestos a ayudarla... Y así, mientras le hablaba de sus restaurantes favoritos se topó de frente con una foto, la foto del lugar donde ya había germinado su futura reencarnación. Varias barcas descansaban como en una placentera siesta sobre la tierra húmeda al caer el día y le explicó que algún día en el futuro, el día en que se decidiera renacer, justo donde la más cercana de aquellas barcas se encontraba, él pondría un chiringo. Ella le sonrió con franqueza. Es bueno tener un plan alternativo por si esta vida te falla. Y lo dijo si querer bromear, no estaban hablando de sueños irrealizables, porque ella entendió perfectamente que hablaba en serio, quizás pudo ver en su cara lo que su mente proyectaba cuando él hablaba, mientras su boca decía aquellas palabras en un idioma que ni siquiera era el suyo, pudo verse perfectamente en aquella reencarnación, vio a aquel viejo que esperaba su llegada sentado en una de aquellas barcas al atardecer, tan claro y nítido, que no le costó ningún trabajo sentarse más tarde a describir esa imagen en uno de sus cuadernos de notas llenos de garabatos que él solo parece entender y que siempre lleva en su bolsa... Y dicen, que si lo pillas en uno de sus días buenos y se sabes cómo pedírselo, puede que te asevere su historia enseñándote los garabatos ya gastados donde alguien lo describió por primera vez, hacía ya muchos años.
Hasta pronto... (espero que sea pronto).
Comentario:
Hola tio, yo vivo en Borensberg, buena gente por aquí. Los suecos son muy especiales, buena gente, pero muy suyos. A veces...muchas veces echo de menos mis calles de Barcelona, soleadas, con mi playa y mis plantas en la terraza.
Y mi perro. Se quedó mucho atrás, pero tengo mucho delante. Buena suerte y se feliz. La belleza nórdica que es mi compañera te saluda y te felicita por tu valor. Porque hace falta valor para venir a Suecia.
Cuídate
Y mi perro. Se quedó mucho atrás, pero tengo mucho delante. Buena suerte y se feliz. La belleza nórdica que es mi compañera te saluda y te felicita por tu valor. Porque hace falta valor para venir a Suecia.
Cuídate
Comentario:
Pues va a ser que no es pronto!!!jajajaja
Ay que ver lo que te gusta hacerte de rogar!!!!!
Besazos tarraconenses!!!!!
charo
Ay que ver lo que te gusta hacerte de rogar!!!!!
Besazos tarraconenses!!!!!
charo
Comentario:
Hola, muy buen relato, lleva de a poco a entreverarse en la magia de un personaje entrañable y muy rico en poesía.
Te dejo un abrazo desde el Río de la Plata
Te dejo un abrazo desde el Río de la Plata
Comentario:
....Admiro a la gente que vive cada latido del presente sin más, yo que me como siempre tanto la cabeza....
Un beso inmenso.
PD-Me sumo tb al clamor popular...yo tb espero que sea "pronto" y que no nos hagas estar en el chiringo tanto tiempo a tu espera....;O)
Un beso inmenso.
PD-Me sumo tb al clamor popular...yo tb espero que sea "pronto" y que no nos hagas estar en el chiringo tanto tiempo a tu espera....;O)
Comentario:
Ya era hora, Telmo de Suecia :)
Siéntate, aunque sea de vez en cuando.
Nos vemos en alguna playa. Un beso.
C de buceadora.
Siéntate, aunque sea de vez en cuando.
Nos vemos en alguna playa. Un beso.
C de buceadora.
Comentario:
Yo también espero que sea pronto, Telmo...
Un beso
charo
Un beso
charo