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Peripatetismos
día a día (es un decir) de una neurona de la web
Quién es quién
Sindicación
 
Investigaciones coprológicas


No es para tanto, hombre... Sin querer equipararlo a la madalena de proust es cierto que esta imagen me retrotae a aquella interesante conversación donde la dejamos exactamente hace tres años. ¿Recuerdas, Horacio? (Horacio, por supuesto existe y reside habitualmente en Poesía y macarrones. Eso sí, no esperen encontrar nada parecido a la Epistola ad pisones, aunque recomiendo especialmente la versión picachu de la página) Encontramos aquella noche en un bar (dónde iba a ser...) correspondencias insólitas entre los actos de escritura y de excretura (digámoslo así). Al fin y al cabo la lectura precedió al habla (¿cómo iban a encontrar una manada de balbucientes trogloditas el rastro de una pieza de caza sino indagando en esos transparentes signos dejados aquí y allá por el animal que son los excrementos?), lo cual da de paso -y de rebote- un argumento de una solidez estimable a la teoría derridiana de la gramatología. Pues eso.

Y sin embargo...

Tampoco se trata de equiparar al escritor y a la bestia paleozoica (no sea que de repente nos veamos privados de un considerable número de amigos) . Digamos, para empezar a señalar diferencias, que mientras el rastro excrementicio dejado por el animal cae del lado del signo icónico (Peirce, dixit), el del escritor (al menos eso deberíamos esperar de él) debería estar del lado simbólico. Para decirlo en plata y sin zarandajas, los excrementos (animales o humanos, físicos o psicológicos) no son herramientas útiles para crear ficción. Para decirlo rápido: la mierda no engaña. El signo literario deja pistas también, pero pistas engañosas que no valen al lector para encontrar al escritor, sino acaso a una figura mitológica dispuesta ahí por su imaginación: un tiranosaurio con toquilla y castañuelas. Para decirlo más rápido todavía: el escritor siempre nos engaña. Hasta aquí la elemental diferencia y la túrpida analogía.
 
Más mal
Sigo monotemático. Espero no caer en una de esas obsesiones con las que empiezas y no sabes cuándo acabas... Bueno, al tema. Ayer hablaba de algo así como del mal metafísico. Hoy me propongo una meta menos alta, hablar, como aquel que dice, del mal de andar por casa, lo que yo llamaría el mal luciferino. Y qué es eso, se preguntará más de uno. Pues bien, entiendo por mal luciferino aquél que se ejerce contra otra persona, casta o cultura con la intención de suplantarla (se presupone de alguna manera que quien ejerce dicho mal se encuentra en cierta condición de inferioridad respecto a la víctima). Si me saco este término de la manga no es con ánimo de complicar las cosas sino de intentar aclararlas siquiera un poco. Porque a ver, aquí viene la pregunta, que es como decir la intríngulis y la busilis del terrorismo de al-qaeda: ¿estamos ante un caso de mal de raigambre metafísica o simplemente -digámoslo así- luciferina? Si optamos por la segunda vía, entonces otorgamos verosimilitud a esas teorías que hablan de que en el fondo lo que se propone Bin Laden y su caterva es la instauración de un nuevo califato ultraintegrista con capital (¿dónde, en Bagdad, en Nueva York, en Córdoba?) todavía desconocida. Dudo mucho que esa idea resida en el imaginario de los terroristas que se echan una mochila a la espalda cargada de explosivos. Los que ya me han leído alguna otra vez ya sabrán que soy partidario de la primera opción. Creo que lo que prima en el acto terrorista (muchas veces suicida) de marca al-qaeda es la seducción del mal metafísico. Es como si la esfinge, tras cada nuevo crimen, se sonriera macabramente para decirnos: "Todavía no tenéis la respuesta". Creíamos haber desalojado el misterio del mundo, lo creíamos por fin convertido en una secuencia de ceros y unos. Y el misterio se revela y señala con su impasible garra a sus mártires, a sus elegidos.
 
Sobre el mal


Vuelvo -cómo no- al asunto del terrorismo (el terrorismo nuestro de cada día, quítanoslo hoy...). J.P. Dupuy ingeniero-sociólogro francés heredero de René Girard escribe un libro titulado "Avions nous oublié le mal? (¿Habíamos olvidado el mal?)" tras los acontecimientos del 11-S. Y con él pone el dedo justamente en la llaga. Desde la antigüedad (hablo de griegos y romanos) los iniciados hacían su aprendizaje de la unidad de los contrarios vida-muerte en los misterios eleusinos, una institución religiosa que perdura hasta el 392 d.C, siendo prohibida por el emperador converso Teodosio. A partir de entonces el cristianismo de encargó de ir dulcificándonos la existencia con su dios todo bondad, con promesas de más allá y resurrección incluídas (¿quién da más?), negando la existencia de un principio del mal (el diablo y satanás fue motivo primero de enriquecimiento de fachadas de iglesias y después alimento de la maquinaria holiwoodiense) siendo objeto -allá donde aparezcan sus recidivas- de exorcismos y de esos espectáculos edificantes llamados con muy buen criterio autos de fe. Muy lejos quedaron el panteón de dioses griegos donde cada uno de ellos abarcaba todo el espectro de cierta parcela del universo (Hermes, ladrón y dador al mismo tiempo, Apolo, dios de la belleza serena y matador de lobos -recordemos que su atributo es un arco-). Me viene a la memoria esa frase de Nietzsche donde hablaba de la salud de los griegos, salud que residía en su conocimiento trágico de la final unidad simbólica de los contrarios. Volviendo a Dupuy y a su provacadora tesis: es el soterramiento del mal por parte de nuestra cultura occidental hipercivilizada hiperhigienista lo que hace que éste regrese (casi freudianamente) de manera traumática en los actos terroristas. El terrorismo ocupa el lugar del Otro, esa otredad cruel y arbitraria que se ceba con Edipo años después de haber resuelto (eso creía él) el enigma. Es curioso, nadie parece haberse dado cuennta de la actualidad del mito edípico como último reducto del sueño humanista. A la respuesta de la esfinge Edipo responde como ya sabemos: "El Hombre". La esfinge desaparece. Pero, pensemos por un momento, ¿y si lo que hubiese ocurrido es que la esfinge -encarnación del misterio- no hubiese desaparecido sino que se hubiese metamorfoseado en los muros, en los salones del palacio donde un Edipo confiado reescribe paso a paso la trama de su tragedia? ¿No seremos nosotros como ese Edipo que creía que "el hombre" era la única respuesta al enigma, sin saber que, como una ley de la naturaleza, EL ENIGMA NO SE CREA NI SE DESTRUYE SINO ÚNICAMENTE SE TRANFORMA? Y esto nos lleva a continuar nuestra reflexión acerca del mal como aquello que no admite respuesta. Recuerdo las palabras de G. Steiner a propósito de un prisionero judío en un campo de concentración al que apunta la pistola de su carcelero. ¿Por qué?, pregunta el prisionero. Aquí no hay respuestas, es la lacónica respuesta del soldado nazi.
 
Yo y mi Superyó


Hoy no hablaré de cine ni de actualidad, ni siquiera de literatura. Hoy hablaré de la madre (el padre) de todas las ficciones, siendo él (o ella, que aquí también se admiten géneros) la ficción suprema. Me refiero, naturalmente, al yo. El mío particular es un yo apocado y escasamente reivindicativo, un empleado laborioso de lo que yo mismo (¡qué paradoja!) llamo mi superyó, no por usar ninguna terminología freudiana sino porque es el amo y señor de mi yo. Una amiga me preguntó una vez si yo no perdía el tiempo. Le respondí que no, que en ese caso corría el riesgo de caer presa de una crisis de ansiedad que es la amenaza que esgrime mi superyó para tenerme continuamente ocupado, una especie de látigo psicológico. Yo no pierde el tiempo porque siempre anda satisfaciendo los deseos de superyó, una voluntad que lo lleva de acá para allá, que no le da respiro y que hasta lo pone a dormir cuando lo siente extenuado y -por tanto- inservible. He llegado a la conclusión de que superyó usa a yo como esas niñas traviesas que atrapan su muñeca y la ponen a hacer todo tipo de cabriolas y piruetas (le enseñan a comer, a dar los buenos días y hasta a buscar entradas en las enciclopedias) y no la abandonan hasta romperles un brazo o sacarles la cabeza o hasta cansarse de ellas. Siempre me he preguntado de dónde sale ese superyó que me maneja con semejante falta de escrúpulos. Supongo que me agarró siendo yo muy niño y desde entonces no me ha abandonado, quizás porque cree que puede sacar de mí algo de provecho, que soy al fin y al cabo una herramienta interesante, o tal vez porque se divierte a mi costa, porque hago reír a sus amigos o simplemente porque no ha encontrado a ningún yo más dócil sobre el que ejercer la tiranía. No descarto que algún día ese superyó se desengañe definitivamente al ver que yo no cumple sus expectativas y entonces me abandone como esas personas que dejan tirado a su perro al menor inconveniente. Entonces aullaré un poco, verteré algunas lágrimas y me pondré a husmear en busca de un nuevo superyó que me prometa un hueso. Y sin embargo a veces desearía pillar a superyó en un descuido, atándose -por ejemplo- los cordones de los zapatos para deshacerme de él con un golpe certero en la nuca. Entonces -por fin- podría descansar, perder el tiempo. Ah!...
 
Ut sol
Título de un pequeño capítulo del libro "Abîmes" de Pascal Quignard, sin duda uno de los escritores vivos más interesantes del orbe. Aquí va esta pequeña joya que espero no estropear demasiado con mi traducción:

"Ovidio describió el placer de la mujer. Adspicies oculos tremulo fulgore micantes ut sol a liquida saepe refulget aqua. Los ojos de la mujer que goza brillan con un fulgor que tiembla al igual que los rayos del sol reflejados en el agua transparente.

Por debajo de esta luminosidad sorda y líquida aparecen los lamentos.
Más tarde el murmullo.
Después el gemido.
La visión de la alegría extática se presenta como un reflejo en la superficie de un agua líquida (liquida aqua).

Un rayo minúsculo e invisible cuya repercusión tremola en la visión de las mujeres que aceptan la voluptuosidad.

La meditación de Ovidio está próxima de la de Spinoza para quien el placer sexual no es la alegría directa -sino el reflejo de una alegría má vasta. De una alegría ontológica, volcánica. Alegría del ser por ser. Ut sol: como el sol que se vierte, así piensan los músicos. Alegría digna del sol radiante. Alegría natural pero alegría que data de antes de la invención natural de la sexualidad animal: alegría de antaño. Alegría solar donde la tierra ha abrevado, donde la vida ha abrevado. Alegría expansiva de la que no somos más que el reflejo. Reflejo de un fulgor que tiembla bajo un espesor de agua que lo precede. Reflejo abisal, lejano, antiguo, frágil, nunca lingüístico, sino mudo."
 
Pequeño Athenäum I
Antes de la modernidad las parcelas del saber se hallaban en una relativa contigüedad (las palabras y las cosas, Foucault). La ley de la analogía hacía que la poesía pudiese hacerse cargo de dar una visión inmediata del mundo. Con la modernidad, los continentes del saber fueron (la analogía es geológica) distanciándose. Sólo la novela –nunca antes del siglo XX- podía hacerse cargo de cubrir esas distancias, insalvables para la lírica (encastillada las más de las veces en una visión trasnochada de la subjetividad). Ya en el romanticismo alemán surge la sospecha de cuanto decimos. De ahí –quizás- que F. Schlegel considere a la novela como el género específicamente romántico.

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Lo que quizás intentó Mallarmé con su teoría acerca del libro y cuya plasmación más aproximativa correspondería a un coup de dés, sería de alguna manera la representación exhaustiva de las posibilidades combinatorias del lenguaje, el intento imposible de lograr un prontuario donde quedara cristalizada la secreta elocuencia del azar. Joyce intentó otro tanto en su casi infinito Finnegan’s Wake. Sin embargo... Hay que admitir que cada uno de esos intentos equivale a una jugada perdida sobre el tablero del niño-Aión de Heráclito, aquél que verdaderamente comprende todas las posibilidades combinatorias del tablero-mundo. Nunca será posible la subitaneidad absoluta, el mesiánico Augenblick de Benjamin que nos muestre el verdadero rostro del tiempo, la eternidad. Sin embargo, y a pesar del seguro jaque mate, nada impide la diversión (pues en eso consiste, en divertirse, en divertir –como siempre- a la muerte) de recomenzar una y otra vez el juego.

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Un coup de dés jamais n’abolira l’hazard... Ni siquiera la kenosis ha cerrado las posibilidad de otros acontecimientos. Quizás sea ése el significado más profundo de la revolución francesa y que desató una auténtica tormenta en las conciencias de la época. Hasta que un hombre, Nietzsche, pudo instaurar una nueva era. Después todo se ha precipitado. Desde entonces el tiempo está definitivamente fuera de quicio.

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A vueltas con el tiempo. Al tiempo intentamos girarlo por ver si le vemos el rostro. Ya Agustín de Hipona demostró la imposibilidad del intento, la inaprensibilidad del presente. Sólo nos resta la tarea de leer en el pasado –a veces en el futuro, como cuando decimos mira, voy a hacer esto-, ese conjunto de impresiones que se ordenan en el relato hasta componer la biografía, esa sarta de cuentas atravesadas por el tenaz hilo del sujeto. Curiosa es la complicidad del relato biográfico e histórico. Ambos se sustentan en un mismo tropo temporal –ajeno al prontuario habitual de la retórica- que guarda semejanzas con un bucle. Un sujeto narra desde el presente una serie de acontecimientos cuya singularidad consiste en contener a su vez –ab ovo- el mismo sujeto que los narra. De manera análoga escuchamos al historiador decir que el cogito cartesiano forja al sujeto de la modernidad, mostrando entonces que todo sujeto contemporáneo puede considerarse inscrito –predicho, de cierta manera- en las Meditaciones metafísicas. Es lo que en términos de lógica de conjuntos recibe el nombre de hiperconjuntos, o conjuntos mal fundados.

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Lo que naturalmente no analiza la teoría de conjuntos (recordemos que el conocimiento, la moral y la estética son dominios que se retroalimentan y sobre cuya prioridad disputan las diversas filosofías) es cuál pueda ser el motivo ético que produce el citado bucle autorreferencial (el resultado estético ya lo conocemos, la narración lineal-causal preponderante durante siglos en la literatura occidental, al menos hasta la llegada del modernismo). Si todos los acontecimientos del pasado me incorporan debe ser , porque yo estaba ahí y algo de mí ha quedado prendido del acontecimiento en forma de conciencia.

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Fantaseemos con un hombre cuya manía consista en acudir a todos los acontecimientos mediáticos (en el mundo contemporáneo nunca faltan) con el fin de salir en alguna de las imágenes (no importa que la persona en cuestión esté rodeada de una masa de gente, imaginémoslo desde el barullo saludando sencillamente a la cámara). Una persona así, a la que supondremos dotada de la suficiente disciplina como para no haberse perdido los acontecimientos dignos de pasar a la historia, podemos decir que encarnaría la historia de su tiempo. Si además –nada cuesta imaginar- lo suponemos inmortal ya tendríamos un testigo privilegiado de la historia universal. Creo que se entiende a dónde queremos llegar. Un personaje como el que describimos sería la encarnación de la conciencia individual que es testigo de los sucesos de una vida. Con al menos una diferencia esencial. Mientras que la conciencia normalmente representaría el papel de objetivo objetivo (valga la redundancia) que plasma el suceso, en el experimento imaginario que planteamos es la conciencia la retratada por los medios, de ahí que el cambio sea importante, (el paso que media es el que va del género documental a la parodia). Lo que ocurre es que la escisión objeto (espacio)-sujeto (tiempo) ha sido desbancada. Sujeto y objeto yacen inextricablemente enmarañados. El espacio y el tiempo (como en la teoría relativista) se funden hasta hacerse irreconocibles. Esto que decimos se hace especialmente visible (en el doble sentido de la palabra) en el género documental moderno. Ocurre con mayor frecuencia que el director del filme aparezca como personaje implicado dentro del propio documental.

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Es en obras como el Asno de Oro de Apuleyo en las que se nos revela un modo de narración en primera persona pero (al estilo de las novelas milesias) donde, a diferencia de cuanto comentábamos antes, el sujeto narrador no se incorpora a la peripecia. Lo que va de una aventura a otra no tiene trazas de ninguna operación causal. El narrador no hila los acontecimientos hasta ofrecernos el acabado tapiz reflejando la imagen de un destino (recordemos la diferencia benjaminiana, recuperada en nuestras tierras y nuestro pensamiento por Sánchez Ferlosio entre personajes de carácter y personajes de destino).
 
Eros

Interesante obra la que firman los tres directores de esta película: Michelangelo Antonioni, Steven Soderbergh y Wong Kar-Wai. Cada uno de ellos (con mayor o menor acierto) intenta indagar cinematográficamente acerca de qué sea eso del rapto amoroso. Tres experiencias y tres maneras distintas de narrarla. El fragmento de Antonioni, titulado El peligroso encadenamiento de las cosas aborda el tema del hastío matrimonial con aventura de por medio. Nos gustaría decir que el filme deja traslucir la poesía aposentada por el paso y el poso de los años del cineasta italiano. Lamentablemente no es el caso. El caso de Soderbergh es bien distinto. Con un ritmo preciso el autor de Equilibrium nos introduce de lleno en la ambigüedad sueño-vigilia. La difusa alegoría de Antonioni se concreta aquí en unos certeros avioncitos de papel como transmisores del deseo oculto. Completa la trilogía el maestro del estilismo cinematográfico que es Wong Kar-Wai. En La mano vuelve al recurso suficientemente explotado en Deseando amar y 2046, el deseo nunca cumplido que dota de melancólica tensión a la trama de la película. A la vista de este fragmento (por otra parte delicioso) me atenaza la idea de que el autor hongkonés pueda caer como otros tantos cineastas en el siempre peligroso (artísticamente, me refiero) manierismo, que en su caso vendría dado por un exceso de afectación rayano en el patetismo. Confiemos en que en su próxima obra el genial director que es Wong Kar-Wai nos deleite con nuevos y estimulantes aires.
 
De Mass Media y Política
Aquí en Francia suelo arrancar la mañana leyendo el blog de Arcadi Espada, una buena manera de tomarle el pulso a España desde el extranjero. Bajo el estilo periodístico de Arcadi siempre suelo encontrar alguna revelación digna de reseña. Así en el artículo (me resisto a importar de momento la palabra post) de hoy me interesa sobre todo la reflexión acerca de la intromisión (el batiburrillo más bien) de la política en la vida social (y viceversa). Esa mezcolanza casi siempre perniciosa para los dos ámbitos acaba por borrar definitivamente los límites entre la política y la sociedad, pudiendo llevar al peligroso extremo de que no seamos capaces de reconocer ni la una ni la otra. Lo que está en juego -entre otras cosas- es la representación (política) como delegación de responsabilidades, ligada a la confianza que el ciudadano otorga a sus gobernantes al menos por un plazo moderado de cuatro años. Los mecanismos de la sociedad y la política no pueden ni deben ser los mismos. Gobernar en "tiempo real" (a golpe de acontecimiento mediático o catástrofe) es un absurdo válido sólo como experimento literario (la idea hiperrealista de la democracia de Pessoa que proponía someter a referendum instantáneo -cosa realmente posible ahora con los medios tecnológicos de los que disponemos- cualquier decisión política) que sólo puede conducir a la inoperatividad política (es curiosa la abundancia cada vez mayor de manifestaciones sociales en favor o en contra de las decisiones ejecutivas como si de lo que se tratase -a la manera de micro-tomas de la Bastilla- es de gobernar desde las calles). Es necesario ese tiempo de demora (a la que inextricablemente va unida la reflexión, enemiga mortal del "tiempo real") que justifica las decisiones políticas, reivinndicar de alguna manera un apotegma tardoilustrado que venga a decir algo así como todo por el pueblo, pero a una distancia prudencial del pueblo.
 
Un cuento chino


Traduzco literalmente de "Illuminations", de P. Sollers:

"Queriendo casar a su hija con un hombre virtuoso, el emperador manda buscar a un joven que lleve la santidad escrita en su rostro. Recorren los pueblos, las ciudades, y de provincia en provincia, uno a uno, se examina a los candidatos de entre los cuales saldrá el elegido, el más bello, el más puro, el más ejemplar de entre los humanos. El hombre elegido hizo honor a su imagen y logró hacer feliz a la hija del emperador durante toda su vida. Ocurrió que murió mas tarde. El día de su muerte, alguien descubrió sobre su sien el ribete de oro de una finísima máscara que le cubría el rostro. Los mandarines se indignaron contra la impostura. Pero cuando la levantaron, vieron que la máscara y el rostro eran idénticos"

De absolutamente indecidible cabría calificar el sentido de este relato. Ante él -cual ante una nube- no tenemos más remedio que aventurar una hipótesis, tomar una decisión que nos obligue a decidirnos ideológica o estéticamente. Selecciono tres de entre las muchas posibilidades:

1.- La cultura precede a la naturaleza, la va conformando. El muchacho coloca la máscara sobre el rostro. Éste va adquiriendo progresivamente los rasgos de la máscara hasta lograr la final identificación.

2.- El muchacho fingió desde el principio. Se fabricó una máscara para engañar a los mensajeros. Fue la muerte la que añadió a su rostro los rasgos de la perfección. El ideal de belleza es por tanto -¿paradójicamente?- el verdadero rostro de la muerte.

3.-La máscara y el rostro eran idénticos desde el principio. Ahora bien, el muchacho se da cuenta de que lo que buscan los mensajeros es una apariencia, un rostro que sea espejo de todas las virtudes. Él les facilita el trabajo. La felicidad y la estabilidad del imperio se basan en un frágil simulacro.
 
Samba y chamanismo

Anoche estuve hasta altas horas de la noche (llegamos a aproximarnos homéricamente a la mañana) en el teatro romano de Vienne, maravilloso pueblo en las cercanías de Lyon (recomiendo sus puestas de sol, el brillo mortecino de sus rayos sobre el espejo de las aguas del Rhône). No toda la música brasileña es buena (algo que ya sabía). No todos los brasileños hacen bosanova y jazz (algo que ya intuía). Tom Zé y Fernanda Abreu fueron pruebas definitivas. Y llegó el turno de esa fuerza de la naturaleza llamada Carlinhos Brown. Reconozco que tenía mis dudas, mis prejuicios incluso respecto al personaje. Bien, quedaron destrozados en cinco minutos. Uno asiste al despliegue musical de Carlinhos como a un ritual donde lo importante es dejarse atravesar por el ritmo. Híbrido entre Jerónimo y Bat-man, fue despojándose poco a poco de sus complementos (hasta el final mantuvo su penacho de plumas) para deleitarnos con su electrizante y mágico concepto de la música. Se tiene la impresión viendo a Carlinhos de que uno se halla ante un fenómeno de la naturaleza, una especie de Obélix que cayó en la marmita del ritmo y que nunca podrá despegarse de él. Su cuerpo no conoce el reposo, se mueve por el escenario con el vértigo de una peonza, golpea el timbal mientras lo desplaza como un carrito de la compra... Su naturaleza no es corpuscular, sino ondulatoria. Yo no he venido aquí a actuar, he venido a ayudarles a ser felices. Con tan evangélica expresión a medio camino entre el francés y el portugués de Bahía, Carlinhos propició la entrega inmediata de diez mil personas que a partir de entonces vibraron y bailaron contagiados por el magnetismo del brasileiro. Y es que Carlinhos parece capaz de mover montañas con su mezcla de ritmos esenciales y sus spots de telepredicador de una religión nueva y al tiempo muy antigua: la de la paz y el amor entre los hombres. Carlinhos quiere salvar al mundo con la música. En Vienne lo consiguió durante el par de horas que duró su actuación. Miles de personas se agitaron y conmovieron al compás que marcaba el imán Carlinhos.
 
Pequeño extracto de mi Museo
Hoy he llegado tarde al espectáculo. Acisclo se empeñaba en hacerme comprender la necesidad de subir las ventas. Continúa con su idea de montar sucursales en el extranjero. Mirando un reloj inexistente en mi muñeca le he comunicado que me apremiaba un asunto de extrema urgencia.

Mymmi, a cuatro patas, muestra sus pechos pequeños y blancos que oscilan circularmente bajos los embates de sus colegas. Uno de ellos la sodomiza mientras el otro se masturba al tiempo que sostiene una novela de Lafuente Estefanía: Mujeres con agallas. Después de un par de minutos se produce el relevo. El que antes copulaba con la doncella retoma la historia donde la había dejado su compañero de reparto, y viceversa. Mymmi gime como sólo ella sabe hacerlo. En un momento dado pronuncia Wie schön... Los dos hombre se miran. El que la penetra, sin dejar de moverse le pregunta qué coño significa eso... A lo que Mymmi responde solícita con acento de colegio de monjitas ¡Es fantástico! Los muchachos ríen alegremente y se dedican miradas de intensa camaradería. I wanna a D.P, I wanna a D.P, grita ahora Mymmi en lo que parece un rapto extático. El muchacho sedente abandona la novela para dirigirse hacia la pareja, no sin antes doblar meticulosamente la página donde se había quedado. Cambio de escena. Uno de ellos permanece tumbado en el sofá mientras el otro intenta introducir su miembro en el orificio ocupado. Tras una mínima resistencia el ano de Mymmi se dilata para acoger amorosamente ambos miembros que emprenden una danza alternativa y sincronizada que recuerda el vaivén de los cilindros de un motor de varios tiempos. Mymmi, apenas visible entre ambos cuerpos, vuelve a decir algo, ahora en un idioma ininteligible, seguramente eslavo. Vamos, vamos... traduce sin que medie pregunta alguna. En un momento dado la mano de Mymmi se desliza hasta su pubis para mostrarnos, a través de los labios entreabiertos de su sexo, el corazón rosado sellando el santuario de su virginidad. Después... Bueno, lo previsible. Cuando todo ha terminado es una Mymmi sonriente y satisfecha la que se tumba sobre el sofá para retomar la lectura de la amena novela. Detrás del sofá puede atisbarse la figura semioculta de un hombrecito con aire de funcionario que cuchichea una frase a través del respaldo. C'est superbe deux bittes dans mon cul, acaba Mymmi amplificando sus palabras.

No he dicho que Mymmi dirige sus propios filmes. Preguntada en un programa televisivo acerca de sus influencias más importantes (traje de tweed, boina bohemia y gafas redondas sin montura) respondió impasible que Hitchcock, B. Brecht y -sin detenerse a hacer distinciones- toda la nouvelle vague.
 
(Micro)biología y terrorismo

Recuerdo que apenas unas horas después del atentado del 11-S había surgido en mí la idea de que el terrorismo de Al-Qaeda (como todas aquellas cosas que surgen de improviso y para las cuales carecemos de categorías) sólo podía ser entendido a través de la alegoría. En este caso la metáfora más aproximada acudió en forma de analogía biológica. El terrorismo es al orden mundial (civilización occidental) lo que el virus al ser vivo. Meses más tarde leí en el suplemento cultural del País un artículo donde un sociólogo usaba una imagen semejante a la mía (al fin y al cabo las ideas no poseen derechos de autor. Derrida ha reflexionado con acierto sobre el tema al considerar cómo el copyright puede afectar a la dispositio y la elocutio, pero nunca a la inventio) lo cual me confirmaba en mi impresión inicial. Resulta una santa ingenuidad pensar que el "orden mundial", sea del signo que sea, puede instituirse sin resistencia de las potencias del caos. Y no estoy hablando de los movimientos antiglobalización cuyo lema más difundido es el de "otro mundo es posible", es decir, otro orden, aunque distinto del imperante. El virus atenta directamente contra la organización (lo orgánico), supone un mentis inapelable del principio de identidad de la célula, la unidad más pequeña capaz de desenmascarar la ficción del principium individuationis. La identidad, aunque sea la de la más pequeña célula, se encuentra siempre al borde del caos, de la muerte. El virus existe para recordárnoslo. El terrorismo, como el virus, desborda por su capacidad de mutación, por su resistencia a las etiquetas (¿qué nombramos, en el fondo, bajo el nombre de Al-Qaeda?). Las consecuencias estéticas no son despreciables. Vuelve con toda su fuerza la noción kantiana de lo sublime, lo unheimlich, aquello que desborda cualquier categoría y que, como un Jano, muestra en uno de sus rostros la faz de lo terrible. Frente a él el otro rostro, una masa de arcilla maleable cuya modelado se impone como tarea ineludible del artista. El conjunto revela el totem de lo trágico, aquello que -como el ser heideggeriano- habíamos olvidado envueltos en la felicidad temática de la postmodernidad. El diagnóstico de Félix Duque (uno de nuestros pocos pensadores con mayúsculas) me parece certero: la postmodernidad ha finiquitado. Otra vez, de nuevo, incipit tragoedia!
 
Un paseo por el Purgatorio
Por algún sitio hay que empezar. Y no se me ocurre ninguno mejor que uno de esos círculos ubicados entre el Infierno y el Paraíso (puestos a empezar, como recomendaba Deleuze, empecemos por enmedio). Víctima de una compañía aérea (cuyo nombre omito, no es cuestión de empezar creándose enemigos) fui a parar a uno de esos no-wheres con categoría de cuatro estrellas en algún lugar cercano a Milán, a la espera de ser embarcado al día siguiente al destino previsto. Roza lo glorioso la constatación de cómo el azar da al traste con nuestas previsiones más ingenuas sostenidas en el sujeto libre y autónomo que todos creemos llevar dentro. Imaginad largas horas de espera en esos otros círculos donde purgar la culpa de la presunción de sujetolibreyautónomo que son las salas del aeropuerto, pendiente del suceso-embarque que nunca acontecía, mientras leía "Del Tiempo", obra maravillosa de François Julien (que aprovecho para recomendar a todos) y aprendía del maestro Montaigne que el gozo del instante proviene de "vivir a propósito". Ergo... yo estaba lejos de vivir el instante. Pero, claro, en el purgatorio ni siquiera se vive, sólo se padece; y así me fui dejando llevar a regañadientes del sujetolibreyautónomo que todos llevamos dentro (y que se parece sospechosamente a ese angel de la guarda cursi y esforzado de la mitología católica) al mundo del wu wei, de la no acción que predicaran los maestro Lao Tse y Chuncio. En fin, de un círculo a otro, de la sala de espera al hotel majestuoso, sin la compañía de un maestro Virgilio que me advirtiese de los peligros. Y allí coincidía con una veintena más de almas cuyo único pecado fue haber perdido el enlace a su destino. Como las almas dantescas nos reuníamos en los salones sin comunicarnos entre nosotros, carentes del contexto-país-lengua-equipodefútbolpreferido que constituye la condición inicial de toda comunicación razonable. Sólo podíamos mirarnos en silencio al borde del llanto, conteniendo la exasperación por lo imprevisto. Qué habíamos hecho noosotros para merecer esto... Confieso que llegué al extremo del examen de conciencia, último recurso del sujetolibreyautónomo cuando se ve cercado y amenazado por las circunstancias. Finalmente regresé cual Dante a la luz del día de la ciudad de Lyon, acogido por las manos radiantes de mi Beatrice. Aunque la vida y la buena literatura me ha enseñado a desconfiar de los finales felices.