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Peripatetismos
día a día (es un decir) de una neurona de la web
Quién es quién
Sindicación
 
Yo y mi superyó (2ª parte)
Las cosas están claras. Primero fue la alergia, después la artritis reumática en el meñique de la mano izquierda... Desconozco cuál será el siguiente paso de mi sistema defensivo. Mi cuerpo se ha dado cuenta de que no me pertenece, que pertenece a otro sembrado de malas intenciones y reacciona así, atacándose a sí mismo, como si uno golpease al aire con los puños cerrados y acabase arreándose de mamporros, el muy idiota. Me lo imagino como una revuelta política, de lucha de clases. La clase obrera sublevándose contra el tirano que dicta las órdenes desde un trono cubierto de púrpura. Lo que le pasa a la clase obrera de mi cuerpo es que no se aclara. Mira que tomarla con los pulmones o la articulación del meñique, que no le han hecho nada. O a lo mejor sí, a lo mejor de ahí arrancan dos de los hilos de ese otro que me gobierna desde las alturas y por eso muerden mis bravos leucocitos, por ver si me (se)liberan. Me pregunto cuál será el próximo paso en la estrategia defensiva. Me temo que la lengua esté en el punto de mira. Siempre he sentido que mis palabras no me pertenecían, que era otro el que hablaba a través de mí y me usaba como un ventrílocuo. Habrá que estar atento.
 
Alegoría de la tragedia, que admite como subtítulo -manido pero no por ello inoportuno- enésima arte poética
Día a día
los televisores adelgazan como las damas
para quedarse con sólo su esencia: la imagen
para que así se cumpla la profecía
de la caverna mientras florece la rosa
al otro lado de la ventana.
En la pantalla un niño acaba su silbato
de madera, toma aire y sopla
qué bonito eso es todo señoras
y señores. Se les olvidó lo más importante
que es que el árbol
salió por fin de su silencio de años
para imitar el canto del pájaro
que el pájaro quiso regresar a la rama
 
Páginas arrancadas al diario de H... (Parte II)
19 de Octubre, jueves


A las 8: 32 p.m. de ayer el asteroide XS1016 pasó apenas a dos mil kilómetros del planeta Tierra. Por razones todavía desconocidas, un fragmento vino a desprenderse de su superficie, ingresando en la atmósfera terrestre, desintegrándose a su vez en pequeños corpúsculos cuyo efecto fue una espectacular lluvia de estrellas fugaces, tantas que los deseos salían a trompicones de la imaginación de todo aquel que hubiese tenido un momento para mirar al cielo. Uno de aquellos corpúsculos lograría atravesar indemne las sucesivas capas de la atmósfera para impactar precisamente con el techo del automóvil robado que en aquel momento conducía Celso. Celso, según el testimonio de los testigos, perdió la dirección de su coche y fue a empotrarse en el escaparate de una tienda de lencería. Su cuerpo sin vida fue hallado, tumbado sobre un maniquí que lucía un vaporoso deshabillé. A su alrededor, desperdigados, docenas de libros salidos del maletero abierto: El secreto de los nombres de Dios, Clara al fin desflorada, Melmoth el errabundo... Oliverio, extrañamente serio durante su relato,
afirma que ellos no han tenido nada que ver en el asunto. Les creo. Antes de que llegase la policía uno de sus hombres, encargado en aquel momento de su vigilancia, tuvo tiempo de hurgar en sus
bolsillos sin levantar sospechas. En uno de sus papeles, debajo de una lista de la compra, se podía leer lo siguiente:


Principio de Identidad y Principio de no Contradicción, ese software elemental ha provocado que la maquinaria del pensamiento ofrezca una y otra vez sobre la límpida pantalla de su consciencia el perenne resultado de la tautología y sus nominadas metáforas. A ese
modelo binario fabricado por la mente humana hemos acabado por llamarlo Mundo sin reparar en que aquella era tan sólo una de las múltiples posibilidades constituyentes del pensamiento, una condición inicial que, puesta en marcha por la historia, ha mostrado
converger hacia una especie de punto fijo. Este atractor extraño no es otra cosa que el Apocalipsis, la consunción de los tiempos.



Celso era un idiota que sabía demasiado, ha dicho Oliverio. Y luego: era lo mejor que podía haberle pasado.

20 de Octubre, 3 de la madrugada



He tenido un sueño o más bien una pesadilla. En él aparecía un hombre (¿Celso?) vestido como un hombre de blanco. Me espiaba al borde de la cama con ojos inquisitivos, crueles. Yo permanecía tumbado sin poder moverme. Entonces comenzaba a hacerme todo tipo de preguntas extrañas. Preguntaba por mamá, papá , por las fiestas de cumpleaños. No podía hablar, petrificado por el miedo.
Intentaba mover el brazo, pero una fuerza misteriosa lo mantenía aprisionado. Entonces me inyectaba algo. Giraba la cabeza y veía tan sólo el émbolo de la jeringuilla. Antes de despertar tuve tiempo de lanzar un vistazo al envoltorio de aquel fármaco. Su nombre era...
!Tetracrucigrammon 666 mg!

Intentaré reconciliar otra vez el sueño. Las paredes de la habitación parecen más blancas de lo habitual, desprenden un extraño halo fosforescente. Estoy asustado. Mucho.


21 de Octubre, sábado



Hoy he trabado relación con un curioso compañero. Hasta ahora nos habíamos mantenido alejados, intercambiando de vez en cuando miradas de mutua curiosidad. De repente se ha acercado con su
rostro poblado de arrugas a pesar de su juventud y me ha invitado a acompañarlo al laboratorio. Una vez solos se ha presentado como Dionisio, a secas. Ha golpeado la pata de una mesa sobre la que descansaba un juego de probetas. El líquido verdoso en su interior osciló, a punto de derramarse. Después se ha acercado a una mesa y, abriendo un cajón, ha sacado un pequeño objeto que ha depositado sobre la superficie. Una canica. Te he estado observando, me ha dicho con un mohín de sarcasmo. Aquí estaremos seguros. Ha tomado la canica entre sus manos y la ha
introducido en una de las probetas. Mira... Durante un buen rato no pasó nada pero, poco a poco, la canica fue adquiriendo un brillo fosforescente, cada vez más intenso, hasta iluminar con su resplandor cegador todo el laboratorio. Cuando se extinguió la luz Dionisio ya no estaba. La canica había desaparecido o bien se había disuelto en el líquido como un terrón de azúcar. Me ha parecido que algo se movía debajo de una de las mesas. Me he acercado con
cautela. Era una rata. Al regresar a mi puesto he podido comprobar que alguien había estado hurgando entre mis papeles. Todo aquí es muy extraño.



22 de Octubre, domingo

Algo serio se cuece en el laboratorio. El papel que me desapareció (que me fue hurtado) era en el que trataba de demostrar la imposibilidad de síntesis de... (omito los detalles, no puedo
permitirme ningún error).

Me vigilan.


22 de Octubre, domingo


Una revelación me ha asaltado con el vigor de una certeza irrefutable, gracias a la lectura de ese autor que tanto representa para mí en estos momentos. El equilibrio es imposible. Todas las leyes de conservación no pasan de ser meras declaraciones de intenciones. Un sencillo ejemplo: dar y recibir. La continuidad del hurto a lo largo de la historia no hace más que poner en evidencia que de alguna manera la capacidad del hombre para dar no ha llegado jamás
al nivel de la demanda. Generosidad y afán de posesión, dos fuerzas que jamás llegarán a concederse la tregua de un equilibrio. Así la historia sigue guardando su reserva de carbón con la que nutrir sus hogueras.



23 de Octubre, lunes



Este es mi mundo. Sólo aquí es posible el milagro. Todo aquí es ofrenda. No imagino una vida más poética que ésta. Oliverio sigue obsesionado con Celso. Me ha dado a leer un fragmento desechado, recogido hace tiempo del cubo de la basura. En él parece narrarse algo así como un sueño. A continuación lo reproduzco.


Un par de chicas cruzan un semáforo. Una de ellas habla continuamente. La otra escucha con atención. Unos pasos más atrás la figura de un hombre parece seguir el rastro de las muchachas. Desconfianza. Inquietud. Cambio de escena. Una de ellas, la más habladora, ha recibido un curioso mensaje escrito en una indescifrable lengua semítica. La otra chica se muestra tan intrigada como la primera. La segunda chica, ahora me doy cuenta, es poseedora de una belleza digna de reseña. La locutora charla sin parar sobre cualquier tema que no logro identificar. Nuevo cambio de escena. Ambas chicas trabajan juntas en lo que parece una
oficina, algo así como la redacción de un periódico. Ruido de teletipos, música de fondo, etcétera... El tipo siniestro sube por las escaleras. Abre la puerta. Lleva un revólver en la mano. La gente huye despavorida. Dispara contra un reloj de cuco, contra un teléfono móvil
que en ese momento sonaba sobre la mesa, contra una silla giratoria que, tras la huída del ocupante, permanecía dando chirriantes vueltas. Al final quedan tan sólo el par de chicas del principio.
Una de ellas grita histérica, la otra continúa su trabajo indiferente. Un disparo y la gritona cae inerme al suelo. No, no somos ni Romeo ni Julieta... Solamente el sonido de una radio sobre la mesa de la chica más bella parece estorbar el sepulcral silencio. Furioso, el
criminal jadea intentando ahuyentar a las ondas con la fuerza de su aliento; se abalanza al fin sobre ella pero, curiosamente no es contra la chica, que ahora levanta el rostro de la máquina de escribir y lo
mira con curiosa expectación, sino contra el aparato de radio que el asesino se dirige. Agarrándolo, lo desconecta de un tirón y lo arroja por encima de su cabeza, por la ventana abierta. Ella lo mira con ojos impertérritos. Él la desea. Un silencio absoluto preside la escena. El silencio es el último protagonista. Él ha conquistado su rostro sereno y ella lo acoge como al príncipe sudoroso que recién hubiera decapitado al maléfico dragón mientras mordisquea coqueta la capucha del bolígrafo.

El resto es silencio.



Parecemos cómodamente instalados en el revés del mundo pero el mundo es algo tan frágil, al fin y al cabo. Desde aquí resplandece con la absurda belleza de un enorme castillo de naipes. Un soplido, un golpe descuidado a la pata de la mesa y todo se vendría abajo con el estrépito de las murallas de Jericó.


25 de octubre, miércoles




Mi cerebro, ese órgano invisible que me apunta desde su concha gris como si de una triste representación de opereta se tratase. Ahora te comprendo. Tú eres esa perfecta, esa acabada pajarita de infinitos pliegues que revoloteas en la jaula de mi cráneo y que, glotona,
picoteas uno tras otro mis magros pensamientos. Cómo me gustaría tomarte entre mis manos para liberarte y que tus alas batiesen al fin la amplitud del ancho mundo. Pero estamos condenados el uno al otro, yo pendiente de tu canto y tu buena presencia y tú, tú, mi pobre palomita, sometida a la pobre dieta de mis ideas. Ahí va una: El mundo es la reproducción a gran escala del laberinto. El hombre se ha convertido en su guardián, el auténtico monstruo. Pero esa
idea, ¿es realmente mía? ¿Hasta qué punto una idea nos pertenece? (Pensar en ello).



28 de octubre, sábado


Mañana tengo una cita con Dionisio. Me ha prometido sorpresas. ¿Fue él el que robó los papeles de mi investigación? Habrá que esperar...


29 de octubre, domingo



Dionisio me ha conducido a la sede central, hoy vacía. El tiempo ha llegado. Todo está listo. Muy pronto sabrás cuál es tu misión. Tienes que estar preparado. Éstas fueron sus palabras. Mientras tanto, Dionisio anotaba cifras en una libreta. Ante mi mirada inquisitiva ha respondido: fórmulas!, fórmulas!, fórmulas...! al tiempo que alzaba a la altura de su cabeza el envase oxidado de una lata de conserva. Después, sacando una píldora del bolsillo
de su chaqueta, la ha introducido en su boca y le ha pegado un trago al cartón de vino. Durante un buen rato ha permanecido en silencio, mirando en lontananza, dando pequeños sorbos a intervalos regulares de tiempo. La vida es epifenómeno..., ha dicho de repente. Y después ha añadido: Lo que habitualmente llamamos vida, Hermógenes, no es más que la resultante de las reacciones químicas en cadena de nuestro metabolismo. Sin embargo... Yo escuchaba atento a lo que suponía una revelación decisiva pues así lo manifestaba tanto su impasible gesto como la profética gravedad de su voz. Sin embargo esas reacciones que conceden la vida son las mismas que acaban oxidando nuestras células. Lo que nos mantiene vivos es también lo que nos condena... Parecía fatigado. Se acercó de nuevo a la libreta y, tras hacer una
serie de cálculos, se echó otra píldora a la boca. Salvo que lográsemos un perfecto equilibrio. Imagina un desplazamiento físico y espiritual sin rozamiento, sin que ningún cuerpo extraño interfiriese nuestro camino, los engranajes de nuestra alma. En ese caso... Apenas lograba entender lo que Dionisio quería decirme. Le he preguntado entonces por las píldoras. Muy sencillo, Hermógenes. Consiste en conseguir en el menor tiempo posible reponer la energía consumida en una actividad, aportando un exceso energético mínimo
que permita la actividad siguiente. Eso exige un cálculo continuo del consumo calórico. Una palabra, una caloría. Un paso, dos calorías. Un pensamiento superficial, tres calorías. La metafísica, Hermógenes, es prohibitiva. El acto sexual, ni hablemos... El objetivo es lograr lo que yo llamo una geodésica existencial. Cada sentimiento, cada afección, cada actitud moral ha de ser cuidadosamente cuantificada en términos calóricos. Todo lo que exceda ciertos límites desestabilizará el sistema que se alejará irremediablemente de la conveniente geodésica. Epicureísmo científico, así lo llamo
. Se detuvo. Su rostro era el moribundo
retrato de la fatiga. Tuvo que apoyarse en la vieja carcasa de un frigorífico. A duras penas consiguió llevar una nueva píldora a su boca. Esto es un claro ejemplo. A veces un exceso en una
de las variables puede resultar fatal,
dijo cuando se hubo recuperado un tanto de su desfallecimiento. Yo, entonces, sin saber porqué, le di una patada al casco de una botella de cerveza que acabó por romperse en mil pedazos. Eso es, Hermógenes. Hombres como tú son los que necesitamos para nuestra
causa, que crean en la acción
. Y endosándome una palmada en la espalda me ha ofrecido su cartón de vino. Entonces, al fin, después de pegarle un buen trago, me he atrevido a preguntar aquello que desde hace tanto tiempo deseaba saber. ¿Celso?, ha dicho con sorpresa, ¿quién es ese tipo?, ¿por qué tendría que conocerlo? Yo, para no estropear más las cosas, he
simulado un ataque epiléptico.



34 de octubre, viernes



Luego Oliverio y Florián desconocen por tanto lo que se cuece en la mente de Dionisio. Las conspiraciones se multiplican. ¿De cuál formaré yo parte?

 
Cuestiones prácticas
Hay una pregunta que siempre me ha tenido en vilo. ¿Porqué los escritores han de posar en las imágenes sosteniéndose la barbilla entre los dedos índice y pulgar? Yo, naturalmente, como ante tantas otras preguntas trascendentales he intentado esbozar alguna que otra respuesta. He aquí alguna de ellas, un pequeño catálogo nunca exhaustivo ante el cual no dudo en solicitar ayuda:

1.-La imagen, como todos los iconos, tiene la función inmediata de suscitar una reacción significativa en el espectador-lector. A juzgar por la sonrisa bobalicona que se encarama normalmente a la alcándara de los dedos uno tiende a pensar que la respuesta al estímulo icónico es la de una reposada confianza que traduzco como: "pon una tórtola de canto embriagador en tu biblioteca".

2.-El escritor sostiene entre sus dedos una máscara, la que desea ver el público. Se trata de una herencia trasnochada de la falacia historicista. Compro un libro porque me gusta el escritor/a. El libro es una excrecencia más del autor que escribe como respira y transpira. Todo en él ha de ser adorable. Ergo... lo compro.

3.-Al escritor se le cae literalmente la baba ante la expectativa de ver su novela-poema por fin publicado. Los dedos índice y pulgar camuflan un torrente incontenible de saliva.

4.-El escritor no sabe qué hacer con las manos ante la cámara. Prueba a colocarla sobre los muslos (vaga incitación sexual, algo incorrecto), luego se sujeta un pie (una pierna sobre la otra) con un aire demasiado despreocupado. Se acuerda del cigarrillo pero teme lo políticamente incorrecto. Una mano, indefensa, se aferra a la otra (gesto demasiado implorativo, de santo mariano). Por fin una de ellas decide salvarse y acomodarse en el mentón (¡ah, era esto!).

Bien, añado que hace mucho tiempo que no leo un libro en cuya contraportada aparezca la susodicha pose del escritor. Soy un hombre des principios y a veces -para variar- me gusta que éstos sean elementales y más bien básicos. Coincido con Fresán cuando dice que querer conocer al escritor que ha escrito una novela es lo mismo que querer conocer a la vaca que produjo una hamburguesa deliciosa. Como cada vez es más frecuente la fotografía al uso propongo la construcción de parques para escritores donde ante la inminente publicación de un libro éstos puedan acudir a cumplir el ritual del book fotográfico, lo mismo que ocurre en el día de la boda. Serían parques con abundantes glicinas -y buganvillas, muchas buganvillas-, lagos con médanos y algún que otro roquedal para espíritus románticos.
 
Instrucciones para fabricarse un Alef
La más fácil. Comprarse un ordenador y abonarse a la tarifa plana de internet. En caso de ser wi-fi podremos optar hasta por el hueco de la escalera del sótano, con lo cual el efecto literario está asegurado. Las últimas investigaciones muestran que la dimensión de internet es 15 (esto significa que en 15 clicks deberíamos ser capaces de pasar de cualquier página a cualquier otra). El mundo en 15 golpes de ratón. Si eso no es el alef que venga Borges y lo vea.

Más elaborada (pensada especialmente para los amantes del bricolaje). Fabricar un espejo esférico de cinco metros de diámetro con la condición de que el azogue cubra su superficie externa. Practicar una abertura lo suficientemente grande como para que pueda penetrar en su interior una figura humana. El interior deberá estar provisto de iluminación eléctrica. Una vez dentro apretaremos el interruptor. El juego infinito de reflejos hará que cada centímetro cuadrado de nuestro cuerpo acabe reflejado en todos y cada uno de los puntos de la superficie del espejo. Si uno no carece de cierta megalomanía comprobará que es lo más parecido a convertirse en la divinidad.

Más abstracta. Concebir un conjunto no numerable o en su defecto el conjunto de las infinitas sucesiones de ceros y unos que es equipolente a la potencia del continuo (recién ahora descubro que eso es precisamente una web, una sucesión de ceros y unos. ¡Eureka! Cantor y Bill Gates se dan la mano).

Abraham ibn Ezra, cabalista judeo español del siglo XI construyó un recipiente esférico de madera y lo llenó en parte de vino. En las noches de luna llena, bajo el manto oscuro de las estrellas, se asomaba por el orificio del recipiente. Aseguraba que allá adentro era posible contemplar el verdadero rostro de Dios.

 
Ginecología y otras ciencias ocultas


Evidentemente la ginecología es una ciencia oculta. No me refiero a esa práctica exploratoria médica... O sí. ¿Quién se atreve a separar la carne del espíritu? H... no, desde luego. Examinemos si no el nombre de esa herramienta: speculum, nombre de resonancias mistéricas. Especular, práctica del especulum. Ahondar en la oscuridad de la entraña, llevar un poco de luz. Experimentar el dejà vu en la primera escala de ese itinerario iniciático e imposible que es la vuelta al útero materno: misterium nigrum. Sabiendo que no hay paraíso eterno, que lo más parecido a la eternidad apenas tiene una duración de nueve meses. Y saber que cada mujer es portadora de ese símbolo encarnado en su vientre. Sí, H... se propuso (no nunca se lo propuso, estuvo ahí desde el principio...) ahondar en ese misterio sin aspirar nunca a encontrar la respuesta sino a dilatar los puntos suspensivos tendidos sobre el abismo de la interrogante. No, H... jamás se atrevería a responder a la esfinge, corretearía más bien alrededor de ella como un gatito curioso y perseverante, fingiendo mirar a otro lado mientras ella agita la cola o se retoca las uñas.
 
Pasen -paguen- y vean
Me entero a través de la televisión francesa (sólo treinta segundos dedicados a los deportes, ¿cómo es posible?) que han inaugurado un museo arqueológico (no recuerdo exactamente dónde) en el que uno puede interactuar (cuándo dejará de estar esa palabra de moda) con los materiales expuestos. Así las imágenes muestran a simpáticos esqueletos girando ante el espectador como si en lugar de huesos luciesen el último modelo de Ruiz de la Prada. Uno puede grabar su imagen en la pantalla de un ordenador; un sofisticado programa modificará convenientemente sus rasgos para asimilarlo a un cromagnon o -para los más arriesgados- a un neanderthal. Así podemos saber cuál habría sido nuestro aspecto de haber nacido unos miles de años antes. Divertido, ¿no? Y si alguien no se quedó todavía satisfecho hay un espacio adaptado para tallar incluso nuestras propias hachas de sílex. Todo ello -supongo- por un módico precio.

Realmente se trata de un caso más entre tantos otros en los que el museo deja de ser un lugar de exposición donde corre por cuenta del espectador la tarea de enhebrar los restos para dotarlos de sentido (ahí intervendrá su mayor o menor cultura, su mayor o menor preparación). Todos hemos tenido la experiencia en un museo de pasar ante piezas que nos deslumbran mientras que damos a otras de lado, bien porque escapan a nuestro contexto o bien por cansancio. Si hay algo que me gusta de los museos es que resultan lugares ideales para perderse. Mejor entonces cuanto más grandes. Sin embargo se impone cada vez más el modelo de museo-parque temático. Todo en él está dispuesto para leticia del espectador (¿desde cuándo un museo ha de ser divertido?), todos los objetos están colocados siguiendo una secuencia narrativa, lógica, apta para todos los públicos. Lo realmente peligroso es cómo la (pre)historia se convierte de esta manera (asunto que entra de lleno en lo ideológico) en una ficción entretenida donde nos volvemos a encontrar otra vez con la misma figura retórica (otra vez los hyperconjuntos, el bucle encantador, siento ser tan pesado): justificar la historia por el hecho de que nosotros estemos ahí contemplándola, es decir, si ocurrió todo aquello miles de años atrás fue precisamente para que yo y mi familia disfrutemos este domingo de agosto respirando a salvo de los dientes de sable el agradable aire acondicionado. En otras palabras, la historia se ha convertido en espectáculo (con final feliz, por supuesto, ya que somos nosotros los que disfrutamos con ella) a costa de olvidar que aquellos huesos estuvieron recubiertos de carne sufriente, que nacieron y murieron por azar y necesidad y ahora yacen dispuestos como velas de cumpleaños para que cualquier estúpido que satisfaga la entrada sople las velas. Al fin y al cabo, murieron hace tanto tiempo...

La estrategia es sutil y por ello especialmente depravada. Una vez colonizado el presente y el futuro (planes de pensiones, viajes programados, criogenización con promesa de resurrección incluida...) el capital en su insaciable carrera descubre que había olvidado algo de extrema importancia: el pasado. La maniobra es sencilla. Basta empaquetarlo convenientemente y liarlo con un bonito lazo rosa para convertirlo en un bien más de consumo. Señoras, señores, pasen -paguen- y vean, ¡comienza el espectáculo!.
 
De memes y hombres
Gracias a uno de los generosos comentarios que pueblan este blog consigo adentrarme en el hasta ahora desconocido mundo de los memes, nombre no sé si afortunado pero rodeado de incierto misterio. ¿Qué es un meme? Bueno, pues algo así como el equivalente cultural del gen humano. Si el gen necesita de la cadena de ADN para transmitirse, el meme (¿o mem?) usa poco menos que al cerebro para su fin más evidente (desprovisto de cualquier teleología) que es replicarse a sí mismo. El meme sería así el responsable de los fenómenos miméticos que conforman toda cultura. Un buen meme es aquel que consigue reproducirse con relativa facilidad. Mejor todavía si se revela como un fenómeno perdurable más allá de las modas del momento (la idea de Dios es un buen ejemplo). Naturalmente esta teoría se muestra sugerente y se emparenta de alguna manera con la teoría platónica de las ideas (desprovistas quizás de su componente hiperouránica), con el hecho diferencial de que un meme puede ser perfectamente diseñado en un laboratorio (empresa publicitaria, verbigracia) para ser difundido a través de los mass media, con lo cual el contagio memético está más que asegurado. Y sin embargo...

Estoy convencido de que esta teoría cojea del mismo pie que lo hace cualquier idea esencialista. Los memes serían la unidad cultural más pequeña pudiendo formar agregados moleculares, algo así como una teoría atómica (eso sí, elemental y democrítea) de la cultura. ¿Pero qué pasa si llevamos la lente de nuestro laboratorio y la orientamos hacia ese meme que nos muestra un rostro aparentemente consistente? Quizás ocurra como con las partículas atómicas, átomos compuestos de electrones a su vez hechos de quarks, etceteraetcétera. Creo que la filosofía (tantas veces ignorada por la ciencia) da más y mejor en el clavo con algunos conceptos si uno sabe cómo recolectarlos.

Acudiendo a Deleuze uno se tropieza con su concepto de agenciamiento como unidad mínima. La diferencia con otros conceptos es que el agenciamiento es siempre un enunciado (que éste sea lingüístico o no, dependerá del caso). El ejemplo típico es el agenciamiento Hombre-Caballo-Estribo que cambió la manera de cabalgar y de hacer la guerra. El agenciamiento elabora una sintaxis de campos diversos, se propone como solución óptima de un problema diferencial cuyas variables pertenecen a ámbitos sometidos a una dispersión en apariencia irreconciliable. Dennet, uno de los teóricos del meme, propone como ejemplo paradigmático el peinado de la malograda Lady Di (rápidamente difundido en las cabezas femeninas de buena parte del orbe). Creo que el análisis se queda corto. Basta estudiar el peinado de Lady Di como un tipo particular de agenciamiento, en particular el siguiente: Realeza-Peinado-Plebe. Así una muchacha que sale de la peluquería provista del susodicho peinado accede -aunque sea tangencialmente- por una especie de contagio simbólico al aura antes inaccesible de la Realeza. No hay más que estudiar la evolución de las últimas monarquías europeas para darse cuenta de hasta qué punto este tipo de agenciamiento provee de una solución válida al problema arduo y en apariencia irresoluble de su supervivencia (seguro que en nuestro país se os ocurre algún ejemplo). Acabaré con una pregunta. ¿Qué tipo de agenciamiento es un blog, cuáles son las variables puestas en juego, qué tipo de solución proporciona y a qué problema?

 
Páginas arrancadas al diario de H. (Parte I)
4 de Octubre, miércoles

Mondas de naranja, pilas usadas, envoltorios de barbitúricos, el brazo mutilado de una muñeca... ¡Caos! In principium chaos fuit... El caos es lo más, lo único original. Por tanto yo, Hermógenes Apátrida, juro solemnemente en este día guardar eterna fidelidad al caos, sumergirme en él, nadar en él, alimentarme de caos y contribuir a restituir su soberano gobierno por encima de los falsos poderes de esta tierra.

Amén.



5 de Octubre, jueves

Qué ocurre si uno ha perdido el metro y el cronómetro, el equilibrio sobre el cable tensado de la unidad; y cae... Pues que está inmerso en el océano, a la deriva, anclado a un madero en un piélago barbotante bajo un cielo mudo, sin estrellas. A no ser que hagamos uso de aquel medio coco que antes, en tiempos mejores, colmábamos de ron y, perforándolo, lo llenemos ahora
de nuevas constelaciones a las que dar nombre. Y, mirando a su través la plena luz del día, mágicamente, sin saber porqué ni cómo, una de ellas nos elija como norte.


He copiado esta frase en mi diario por su sonoridad y como ejercicio para la meditación. El triste final de su autor, el -en su caso- perfecto acuerdo entre vida y obra, le añade un tinte definitivo de verosimilitud.



7 de Octubre, sábado



Yo le he dicho: los sentimientos son un bullescente magma del que uno debe mantenerse alejado. Este magma, al enfriarse, se solidifica adquiriendo una continua variedad de formas que van desde la dulce caricia hasta la sonora bofetada. Él me ha escuchado pacientemente, mordiendo de vez cuando su bocadillo.
Después me ha ofrecido el contrato.




8 de Octubre, domingo



Hoy descanso. El trabajo me deja pocas horas para el recreo. Me gusta pasear por los basureros. La valla del vertedero es el auténtico limes contemporáneo. Más allá está lo salvaje, terreno donde el hombre teme aventurarse. El dios Pan ha resucitado y yo escucho el eco de sus pasos, el sonido de su siringa entre las latas vacías y los neumáticos quemados. Sí, aquí comienza la verdadera, ¡la única naturaleza!



9 de Octubre, lunes



Trabajo sin parar. Apenas un descanso a mediodía. Un café y un vistazo rápido al periódico. Soy bueno, me han dicho. Creo que es cierto. Estoy maduro para este trabajo. No todos podrían hacerlo. A veces me siento desfallecer pero todo pasa cuando cobro consciencia de la importante misión que me ha sido encomendada. En el metro, hoy, he tenido la sensación de que una mano me pesaba más de lo habitual. Con un escalofrío he descubierto sobre ella la mirada enfebrecida de un mendigo. Parecía leer algo sobre la piel desnuda del dorso. Después, bruscamente, nuestras miradas se encontraron. A la salida el mendigo me atrapó con un brazo implacable. Llevándome aparte, con voz ronca de aguardiente, me ha confesado: nos vigilan.



10 de Octubre, algún momento de la madrugada...



Guardar silencio. Así pulimos la superficie. Leer mucho, complicarse mucho... Esto lo fragmentará. El resultado será un mirarse mirados, trizados en el espejo.

Otra frase para meditar. Cómo pudo ocurrir que un hombre así muriese en el más absoluto anonimato. La leo otra vez. Me parece estar cumpliendo de esta manera un acto de obligada justicia.



12 de Octubre, jueves


Hoy he vuelto a ver a Oliverio. Empezó trabajando en un supermercado. Llegó a ser agente de bolsa. Ahora es espía. Me lo ha confesado todo. Tiene un gran sentido del humor. Me ha contado
que alguien ha logrado engarzar en un crucigrama las doce mil palabras del diccionario sin que sobrase ni faltase ninguna. Lo tienen vigilado. Acabará por tener un accidente, el muy imbécil. Los de arriba están muy interesados. Lo hemos visto acoplarse repetidas veces con una adivina de tres al cuarto, quietos los dos como escarabajos... Dijo, y nos reímos con ganas.



15 de Octubre, domingo



Otro día por delante para el ocio. Escucho las gotas caer desde el alero de los tejados. Me siento atrapado ante la vista de un extraño cartel publicitario. Un laberinto. Dejo vagar la mirada a través de los pasillos.Éstos se van haciendo cada vez más estrechos, más
intrincados, hasta que uno acaba por perderse. En la parte inferior, escrito en grandes caracteres dorados: BUSCAMOS EL CENTRO. Un resplandor me alcanza desde mi lado derecho seguido de un imperceptible click. Sonríe. Una turista a la que debo de parecer
simpático... Las gotas caen con menos fuerza ahora. Un ruido extraño. Una de las goteras redobla en el suelo con un golpeteo seco, distinto al de las demás. Recojo del suelo el objeto que amortiguaba el impacto de las gotas. Es una pieza de puzzle. No me asombro. El asombro no puede afectar a aquel que vive envuelto en la maravilla.
La guardo en el bolsillo. Pronto hará compañía a las otras. Soy feliz. Mucho.


¡He salvado la vida de milagro! Un tipo ha intentado atropellarme. Lanzó su coche a toda velocidad justo en el momento en que entre él y yo se interponía un grupo de turistas dispuesto allí por la
providencia. Debo llevar muchísimo cuidado.


17 de Octubre, martes



Oliverio me ha presentado a Florián. Florián habla de la dilucidación de la historia. Son un grupo numeroso. Se hacen llamar los relapsos del evo. Están preparados. Sólo esperan órdenes. Es químico. Él también trabajó para la bebida refrescante. De sus probetas salió el complejo molecular causante de la jeloplejía.
¿Qué es eso?, ha preguntado Oliverio. Una manera refinada de llamar a la estupidez, ha respondido Florián. Después, en un aparte, agarrándome por el brazo y pegando
sus labios a mi oído: Florián conoce el secreto... Entonces noto en su hálito un olor intenso a regaliz. ¡La fórmula!, ha añadido finalmente ante mi cara de asombro.

Oliverio, Florián, yo mismo. Me pregunto si realmente estamos los tres del mismo lado.



18 de Octubre, miércoles


Los seres de blanco espían detrás de cada esquina, debajo de las piedras. Temen sin duda que ocurra algo decisivo. Uno de ellos, sorprendido en su vigilancia, semioculto tras el tronco de un
árbol, se ha atrevido incluso a darme una palmadita en la espalda y a preguntarme qué tal andaba la cosa. No he respondido, por supuesto. Me ha seguido con la mirada durante unos instantes y después ha desaparecido. Llevaba la bragueta abierta (¿una contraseña?).
 
Insomnio
Hay una casa con una ventana. Es de noche. El cielo es de color rojo. Tengo frío. Me acerco a la ventana y me asomo a través del cristal (realmente no hay cristal). Dentro veo a un niño golpeando un muñeco con un martillo. No, no es un martillo, es el brazo, el brazo de otro niño... hago click sobre la llama fucsia e intermitente del candelabro.

Hay una torre derruida con inscripciones mayas o aztecas. Son las afueras de Madrid. Miro los jeroglifos como si fuera capaz de entender algo. Y efectivamente, leo algo así como "los ciclistas de Manet también llevan barba". Por debajo de la torre el terreno cae en pendiente hacia un mar embravecido. Entre las olas espumeantes y la torre un lago de aguas extrañamente calmas. A través de la superficie transparente puedo ver un tiburón tragando cantidades ingentes de pescado. Junto al tiburón un calamar gigante. Los dos monstruos se reparten el festín del lago natural. Yo quiero cruzar al otro lado para lo cual debo entrar en el agua. Tengo miedo. Hago click sobre la línea perfectamente nítida del horizonte.

Hay una luna en el cielo con forma hexagonal y una sombra lamiéndome los zapatos. Miro hacia delante. No hay nadie. Sólo un gato. El animal empieza a caminar. Lo sigo. Su rabo me lleva la delantera y se curva dibujando un extraño signo de interrogación. Intento distinguir su sexo, pero está demasiado oscuro. Estamos en el campo. Todo está lleno de basura y de edificios a un lado y otro pero una voz interior me asegura que estamos en el campo. Es un decorado. Sólo hay que encontrar la salida. Justo en ese momento veo un neón alumbrando la palabra EXIT. Hago click y... Algo no funciona. No consigo establecer el enlace. Click, click...

Entonces despierto con una extraña sensación de ansiedad. Son las cuatro de la mañana. Me levanto y me dirijo al salón. Hay una chimenea, un sillón de mimbre, un ordenador portátil, un sofá y una mesa. Avanzo hacia la mesa, llevo mi mano hacia el teclado y hago click.
 
Apología de los paréntesis
Bien, he vuelto de París, es la una de la mañana, he perdido mi móvil... Pero acudo fiel a mi cita con los paréntesis (se lo prometí a alguien y siempre cumplo mis promesas, a ser posible en breve plazo). Ante todo -y como muestra el título con toda claridad- pretende ser esta anotación una defensa exacerbada de los denostados paréntesis. Daré un paso atrás (estrategia de boxeador barriobajero) para golpear más fuerte. Hablaré en primer lugar no de paréntesis sino de otra palabra también de origen griego y que guarda con la anterior cierta homofonía. Se trata de la parábasis, término usado en la comedia antigua para designar ese momento en que los actores interrumpen el desarrollo de la escena para dirigirse abiertamente al público. En la parábasis a veces se critica la propia obra e incluso al autor de la obra (en esto Aristófanes es el maestro). La narración (el hilo narrativo) se interrumpe o más bien se hace un nudo revelando la ficción de cuanto allí acontece, no para romper la ilusión del espectador (the willing suspension of disbelief, que decía Coleridge), sino para que ésta se agudice como un niño disfruta al destripar su juguete preferido (al menos al niño que le interesa conocer cómo funcionan las cosas, espero que todavía queden algunos de esos)

Pues bien, mi tesis es que paréntesis y parábasis no guardan entre sí sólamente una relación de homofonía. Usando la analogía más aristotélica diré que la parábasis es al teatro como el paréntesis a la narración. Los paréntesis (...) abren un espacio mágico, una parábasis narrativa donde tiene lugar una comunicación distinta con el lector. El paréntesis puede ser un desenmascaramiento o, al contrario, una máscara más dentro del simulacro de la literatura. Como un imaginario retablo barroco donde una escena se abriese dentro de otro escenario precedente. El paréntesis revela que nunca es uno el que escribe, que uno siempre está acompañado por otro que siente la permanente tentación de hacer acotaciones, de dejar claras las cosas (o de confundirlas todavía más). No existe un autor, sino una estructura rizomática que pudiera llamarse hautor que oscila entre la armonía y la severa disputa. Schlegel definía la ironía como una continua parábasis; y algo de ironía hay también en el buen uso de los paréntesis (curioso que el ideograma chino que representa la ironía consista en un trozo de carne cubierto con una piel que no le pertenece). No temamos, pues, al cambio de piel. ¡Arriba los paréntesis!
 
Literatura y neuronas espejo
Impresionante descubrimiento el que hice ayer acerca de las neuronas espejo. Parece ser que son las encargadas de transmitir los impulsos ante la mera contemplación de un gesto (básicamente serían las responsables del comportamiento mimético del ser humano) con la particularidad de que son capaces de asociar a un gesto determinada intención. Si vemos a alguien llevándose una mano a la cabeza con gesto compungido entonces inmediatamente deducimos que de alguna manera ese ser padece por un motivo (aunque el motivo sea incierto). Las neuronas espejo estarían por tanto también en la raíz de sentimientos como los de simpatía y compasión. Bien. Nada nuevo, desde luego. Sabíamos que el cerebro de alguna manera elaboraba y procesaba esa información. Lo sorprendente es descubrir dónde se ubica específicamente el órgano (llamémoslo así) de la mímesis. Y aquí es donde entra la literatura y el arte en general, la buena y la mala literatura, el arte bueno y el arte malo. La mala literatura se apoyaría en la convencional asociación del gesto (figura, en el caso literario) y el sentimiento (intención que subyace en quien realiza la figura). El lector (el malo) se deja llevar de una sucesión de proyecciones -convencionales, hemos dicho- que pueden desembocar en la lágrima o en románticas palpitaciones. Estos son los poetas dignos de ser expulsados de la república de Platón. Yo me apunto. La buena literatura parte de la convención que liga gesto-figura y sentimiento pero -por el contrario- para ahondar en ella en un brechtiano efecto de extrañamiento con la intención de mostrar al lector la falta de fundamento (de naturalidad) de la convención. Esto tiene un nombre: solecismo. La literatura es enemiga acérrima de la naturaleza. El artificio, el simulacro son sus armas. Es esta literatura la que hace al lector auténticamente libre. Al revelar las claves (muchas veces inconscientes y automáticas) de sus asociaciones, de sus proyecciones, lo hace libre para, a partir de ahí, elegir voluntariamente qué parte de su alma quiere entregar ante la contemplación de un gesto, en la lectura de un poema.
 
Hyperconjuntos, historia y literatura
Hoy me sorprendo al leer en el blog de Arcadi Espada la noción de "hindsight bias" o distorsión producida por la retrospección, sintiéndome por ello íntima e intelectualmente reconfortado ya que desde hace tiempo creo que es uno de los temas esenciales que emparenta disciplinas tan diversas como la lógica de conjuntos, la historia y la literatura. Efectivamente, el vínculo ofrecido en el blog de Arcadi nos lleva a un interesante artículo del para mí hasta ahora desconocido Nassim Nicholas Taleb cuyas ocupaciones abarcan un espectro amplio que va desde la sociología, las artes y las matemáticas (et voilà!). Si alguien -cosa que dudo-se tomó la molestia literal de leer mi entrada titulada Athenäum, ahí encontrará un fragmento dedicado a los hyperconjuntos que -básicamente- son aquellos conjuntos que pueden contenerse a sí mismos. Ahí me propongo demostrar (aunque no sé si lo consigo) que esa lógica paradójica es la que subyace tanto en el relato literario (el más convencional y -por tanto- el más habitual) como en el histórico. Un ejemplo. Yo soy un historiador de evidente vocación nacionalista. Elaboro por tanto un relato de mi comunidad seleccionando aquellos sucesos que me permiten componer un relato en consonancia con mis convicciones ideológicas al cual llamo "historia de mi pueblo". La paradoja -más o menos oculta- está en que en la selección y narración de los hechos he infiltrado mi propia ideología. El mecanismo es perfecto y no son ajenos a él los narradores que elaboran la historia de un "personaje". El mecanismo básico (quizás con hondas raíces psicológicas) es el del post hoc ergo propter hoc (después de eso, luego a consecuencia de eso) que es básicamente otra manera de enunciar la ley de causa-efecto. Por si a alguien no le ha quedado clara todavía la repercusión política e histórica de tan "inocuo" procedimiento le propongo otro ilustrativo ejemplo, esta vez de la mano del controvertido Calvino. Ya conocéis la teoría calvinista de la "gracia" concedida por la mano divina. Si un hombre triunfa y se hace rico entonces no hay más remedio que suponer que esto se debe a que es depositario de la gracia divina y por tanto todos sus actos (incluso los anteriores al hecho de que ese hombre se haga rico) hay que verlos y juzgarlos de acuerdo a esa hipótesis. El ejemplo vale también para el caso de un hombre miserable, basta con invertir los términos. Ya digo que el fenómeno posee posiblemente honda raigambre sicológica (y hasta quizás antropológica) y puede que su uso provenga desde la época de las cavernas cuando el cazador explica a su público -todavía con el miedo en el cuerpo- las vicisitudes que le permitieron escapar con vida del tigre dientes de sable. La pregunta es porqué el ser humano se resiste a concebir los acontecimientos como una suma -unida a cuertas sinergias- de azarosos imprevistos (yo tengo una respuesta: el miedo, que es todo lo contrario a una comprensión trágica de la existencia). ¿Acabaría eso con los géneros llamados "historia" y "novela"? Desde luego que no. Hay vida más allá del relato convencional. Los ejemplos son múltiples. Todos conocemos ejemplos de narraciones donde el acontecimiento cobra vida propia más allá del previsible hilo narrativo, llaméselo como se quiera: revolución, epifanía o, sencillamente, vida.
 
Nocturno
Mi gato maúlla en la noche a la nada de un patio interior. Yo lo escucho y calibro dentro de mí un vacío de rascacielos. Algo pasa conmigo. Como un ángel criogenizado al que poco a poco se le fuesen descongelando las alas. Sentir que llevo años cayendo en la estupidez contra la que fruncía el ceño en mis fotos de infancia. Estúpido, estúpido, estúpido... No, no pienso volver sobre mis frases, eso sería volver al gusto por las formas. No, al menos esta noche. Tengo una piedra y un martillo y está oscuro. Me apatece golpear y escuchar el sonido. Bajo mis pies crece el charco de algo que apesta, algo que había confundido con mi piel. Veo ahora el arranque de mis nervios y me gusta. El mundo está al otro lado y duele. Sigo golpeando porque imagino que ahí delante está la pureza. Como un criminal. Cuando llegue el día yo estaré lejos.
 
Mi muela y yo
Mi muela es grande, sin pelo, es de todo menos suave; dura por fuera, como el sílex. Un Moby Dick saliendo de improviso desde el fondo del océano. Un jodido hueso, vamos. Mi muela me hace volver a la infancia, a aquel tiempo en el que la tarea más importante impuesta por la naturaleza y los profesores era crecer y crecer (había olvidado que crecer es un asunto doloroso). Mi muela, como yo, lo hace notablemente bien, sólo que en la dirección equivocada. Creo que la figura retórica preferida de mi cuerpo es el solecismo (he usado desde mi tierna infancia y sucesivamente botas ortopédicas -con herradura para más inri-, collarín, ¡incluso he estudiado matemáticas! Ni qué decir tiene que la cosa no sirvió para nada) . Llego a dudar de que mi ADN tenga forma de hélice sino más bien de escalera de caracol con incrustaciones barrocas. Está en mi naturaleza y llega un momento en que uno llega a tomarle cariño hasta a las estructuras desoxirribonucleicas. Mentalmente ocurría otro tanto, aunque no es cuestión de ahondar en perversas intimidades. Decir tan sólo que a los diez años temía poder quedarme embarazado ante el contacto con cualquier objeto (incluidos los asexuados). Más tarde descubrí la teoría cosmológica del logos espermatikós y dejé de sentirme solo en el mundo. Efectivamente el mundo me embaraza cada dos por tres (mi fertilidad está fuera de toda duda) y al poco paro criaturas con forma de poema. He aprendido a sacarle partido a mis limitaciones hasta convertirlas en algo absurdo pero inocuo para la vida en el planeta. Y ahora ha llegado la hora de mi dosis de ibuprofeno.
 
El blog del emperador
Esta madrugada, trastornado como estaba por un invencible dolor de muelas (el Antaño, otra vez, haciendo la puñeta) imaginaba el hecho de que los gobernantes de este mundo usasen un blog personal para comunicar a los ciudadanos sus pequeños hallazgos, sus inquietudes, sus difíciles decisiones... Así asistiríamos al día a día de su tarea, comprenderíamos sus dudas, disculparíamos sus errores. Imaginemos si no la lectura del post donde el señor Bush, después de inimaginables tribulaciones, llegase a la conclusión -tras la lectura de su inseparable biblia- de que él era el hombre justo elegido por dios para acabar con el reino del hombre inicuo y bla, bla, bla... Algo así como las Meditaciones de un Marco Aurelio protestante y metodista. Imaginad el alarde democrático de poder asociar a ese post histórico vuestro comentario, de cualquier tipo (Estamos contigo, presidente ó Usted desbarra ó God bless America o lo que ustedes quieran). Incluso el Papa, por qué no, podría apuntarse a la nueva moda. No me digáis que no os deleitarían las palabras del medium de dios en la tierra en tiempo real, saber de primera mano qué opina de la televisión basura, el top less o el nuevo libro de Harry Potter. Pero porqué detenerse ahi... Ya que estamos nada cuesta imaginarse al mismo dios aplicándose cada mañana a la disciplina bloguera. Quizás así podríamos comprenderlo un poco mejor. Me gusta imaginar el listado de sus contactos: algún que otro santo y, desde luego, el diablo. Es lo que en democracia llamamos separación de poderes.
 
Naqoyqatsi


Curioso nombre el de la película que produce Soderbergh y firma Godfery Reggio, palabra proveniente del acerbo de los indios hopi y que viene a significar (rozando casi el oxímoron) algo así como "Vida en guerra". Phillip Glass completa la plantilla con su música siempre interesante. Llena de imágenes impactantes el evidente objetivo de Reggio es hacernos reflexionar acerca de cómo la tecnología ha modificado nuestra manera de ver el mundo, el deporte, incluso la naturaleza. Naturalmente este proceso no es nuevo. No recuerdo qué filósofo era el que afirmaba que era el último avance técnico el que nos permitía hacernos una idea de Dios (o la naturaleza). La naturaleza empezó a parecernos ese lugar acogedor y apacible sólo a partir del momento en que las ciudades crecieron lo suficiente para engendrar eso que llamamos estrés. Sin embargo hay un momento en que lo cuantitativo deviene cualitativo y en ese sentido estoy completamente de acuerdo con el director en que vivimos un momento en que la imbricación (o habría que hablar llana y simplemente de sustitución) ser humano-tecnología se acerca en algunos sentidos a lo apocalíptico. ¿Y qué tiene que ver esto con la guerra? Vamos por partes. Muchas de las imágenes de la película están diseñadas por ordenador, por debajo -o por encima- de lo que parece un mar embravecido desfilan interminables cifras de ceros y unos que codifican precisamente dicha imagen en un brechtiano efecto de desenmascaramiento. No estamos ante la realidad, aunque lo parezca. Ceros y unos, ahí está la clave. Todo el proceso de digitalización radica en la lógica binaria de los ceros y los unos. Los opuestos conjuntados replicando la imagen del universo. Es como si el monstruo ya no sólo se conformarse con ser autónomo sino que quisiese hacer ahora a su imagen y semejanza al doctor Frankenstein. Una vuelta más de tuerca. Oscilando peligrosamente entre el cero y el uno hemos perdido el gusto por los grises. No deberíamos olvidar que los opuestos se tocan sólo en el más allá, en el origen inaccesible de donde proceden todas las cosas. De otra manera la vida acabará pareciéndose demasiado a esa nada que aúna los contrarios, a la muerte.
 
La Enzyklopädie
Novalis quizás haya sido de los pocos poetas confiados en la posibilidad de elaborar un sistema poético del mundo, una Enciclopedia alternativa al proyecto ilustrado de Diderot y D'Alambert cuyo fundamento de conocimiento fuese la poesía (contaba, eso sí, con los precedentes de Goethe y sus investigaciones fisiológicas, así como su Teoría de los colores). Todas las disciplinas (física, matemáticas, música, gramática) se funden y se confunden en ese conjunto -necesariamente- incompleto de fragmentos, algunos meras anotaciones a la espera de ser completadas en un futuro. Recojo la siguiente de un original alemán (aquí en Lyon no dispongo de la edición de Fundamentos, la única existente en castellano) que yo mismo traduzco:

Música. Matemáticas. ¿No tiene la música algo que ver con el análisis combinatorio y viceversa? Armonia de la notación-armonía acústica-atención al análisis combinatorio. Las notas son las vocales matemáticas. Toda notación (escritura) es notación (música). El análisis combinatorio dirige la fantasía de la notación-y enseña el arte de la composición notativa-los matemáticos son los bajos de la orquesta (Pitágoras, Leibniz). La lengua es un instrumento ideal musical. El poeta, retórico y filósofo juegan y componen gramática. Una fuga no es más que lógica o sabiduría-Puede ser tratada también como una obra poética. El bajo es de alguna manera el Álgebra y el Análisis musical. El Análisis Combinatorio es la crítica del Álgebra y el Análisis-y la composición musical es al bajo como el Análisis Combinatorio al Análisis Elemental...

Hasta aquí.

Si he traducido (torpemente) este fragmento es porque me interesa ponerlo en contacto con aquel otro de Rimbaud, La alquimia del verbo, donde el poeta adolescente asocia colores a las vocales para crear un nuevo verbo poético cuya raíz (como en Novalis) es de orden combinatoria. En este sentido encontramos una componente pitagórica en estos como en tantos otros autores, desde le momento en que el lenguaje ya no se usa para componer una imagen del mundo sino para crear algo nuevo a partir de lo ya existente. He ahí uno de los axiomas de la fe romántica, invertir la prioridad fondo-forma, crear nuevos contenidos a partir de nuevas formas. No sin razón, Charles Peirce, semiólogo de alguna manera también romántico, aseguraba que debíamos acostumbrarnos a pensar en una escala continua dentro de la "existencia". Así la raíz cuadrada de menos uno también existiría, aunque en un orden distinto al de una mosca o un ser humano.

 
Ahí donde está el peligro...


Y sin embargo... El Antaño tiene algo de siniestro (unheimlich, para decirlo con Freud), de a-terrador (nos quita literalmente la tierra bajo los pies). A poco que investiguemos nos damos cuenta de dónde desembocan todos los proyectos de regreso al origen, a la tierra del padre como decía Novalis en su Ofterdingen. El romanticismo alemán comienza con Hölderlin y su

ahí donde está el peligro ahí crece
también lo que nos salva


Y acaba -literariamente- con un poema de Eichendorff donde el poeta nos avisa de que tengamos cuidado cuando se acerca la noche (no dejes pastar solo a tu caballo, etc) porque ahí arranca la linde de lo siniestro. Como si Eichendorff hubiese previsto de alguna manera los horrores que se avecinaban en el país. El ciclo es perfecto. Desde la esperanza del surgimiento de lo nuevo en Hölderlin hasta el aviso cauteloso de Eichendorff.

El Antaño esconde en sí una fuerza aterradora. Si la ecuación einsteiniana descubre la final igualdad entre masa y energía (la masa no es más que una energía en reposo, hecha forma) y la potencia destructiva asociada al paso de la una a la otra (liberar al átomo, romperlo, ¿no es acaso hacerlo regresar a su estado original, informe?), algo semejante ocurre cuando Hitler y sus acólitos proponen la vuelta a la pureza aria, la vuelta a la arquitectura ateniense (recordemos que era el propio Hitler el que diseñaba los imponentes edificios que Speer se encargaría de llevar a cabo), todo ello acompañado con símbolos (fascies, esvástica, tibias y calaveras...) ciertamente primitivos. El resultado de todo este regreso a la pureza es bien conocido (el nacismo encandilado con el mito de Parzival a la búsqueda del Santo Grial. Parzival, el Caballero Rojo, el color del Antaño como nos recordaba Quignard). Eichendorff no logró por tanto su objetivo de precaver al pueblo alemán acerca de los peligros del regreso a la casa del padre. Ya en nuestros días -en el caso de que dicho terrorismo comporte realmente esa ideología-, ¿no es cierto que el "proyecto" de Al-Qaeda consiste literalmente en restaurar un califato con pretensiones universales?

Un ejemplo palpable de lo Antaño lo ofrece nuestro código genético. Gracias a él nos mantenemos con vida. Por su culpa padecemos un sinnúmero de enfermedades hereditarias. Por otra parte, qué es lo que constituye ese elevado porcentaje de ADN que los científicos llaman código basura, término con el que etiquetan su propia ignorancia. El Antaño se nos cuela hasta en los genes, como el universo contiene una cantidad de materia invisible que (otra vez el eufemismo) los astrónomos llaman materia oscura.

Ese Antaño del que nos habla Quignard posee pues un doble rostro, uno de los cuales muestra los rasgos más aterradores de lo siniestro. Cuidado, entonces. Los griegos, ejemplares en tantos sentidos, rememoraban a sus difuntos en las fiestas de las Antesterias (al inicio de la primavera), abrían los toneles de vino, hacían libaciones por los muertos y después se emborrachaban alegremente. El último día de las fiestas usaban una expresión de difícil traducción pero que viene a decir algo así como "el muerto al hoyo y el vivo al bollo". Dejar que el pasado (tradición, ancestros, etc) gobierne el presente erigiéndose en tiránico modelo, he ahí algo a lo que la vida (hecha de formas acabadas y palpitantes) debiera resistirse.
 
El Antaño y la poesía
Pascal Quignard, por el que ya he manifestado mi debilidad, afirma que el rojo es el color del Jadis (en francés, en español podríamos decir Antaño), de todo aquello que nos precede y que constituye nuestra memoria genética y cultural, aquello que nos saca literalmente de nuestras casillas espaciotemporales. Quizás de ahí venga -entre otras cosas- nuestra fascinación por la sangre, primer ropaje tras nuestro alumbramiento. Reconozco que a pesar de mi hipocondria el rojo siempre ha sido mi color favorito. Todo esto me ha venido a la memoria al leer ese fragmento del Parzival de Eschenbach en el que el héroe cae en una especie de éxtasis al contemplar sobre la nieve tres gotas de sangre desprendidas del cuello de un ganso herido por un halcón. De inmediato Parzival asocia ese color con los arreboles sobre el blanquísimo rostro de Condwiramurs, su amada. Esa posesión amorosa perdura durante todo el capítulo en el que los caballeros de Arturo salen a defender a la comitiva de ese intruso que permanece varado sobre la nieve con la lanza levantada, ajeno a cuanto le rodea. Parzival sólo sale de su rapto para defenderse de los ataques de los caballeros a los que va derrotando uno a uno para sumirse de inmediato (tras cada victoria) de nuevo en la contemplación arrobada de las gotas de sangre sobre la nieve. El pasaje es de una belleza arrebatadora. Tres gotas de sangre sobre un manto de nieve son suficientes para que el héroe sea vencido por la fuerza del Antaño que sin embargo le hace derrotar a sus oponentes en la realidad del campo de batalla.
 
Investigaciones coprológicas II
¡Mierda!

Bibliografía: Ultimatum, F. Pessoa