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Peripatetismos
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De Augurios y catástrofes
Daniel Innerarity nos deleitó en la edición de nochebuena de el País con un artículo que a mí se me antoja de una agudeza extraordinaria. Bajo el título de El uso político de las catástrofes, Innerarity analiza cómo la catástrofe (natural, terrorista, etc) se ha ido convirtiendo en un medio frecuente para inclinar la balanza electoral de nuestros regímenes democráticos. Lo que sorprende al lector más avisado es cómo algo imprevisible puede llegar a decidir un proceso "lógico" y en apariencia imparcial como es un proceso democrático. Creo que para que el análisis sea completo hace falta añadir una pata más al razonamiento de Innerarity. Estoy convencido que este "huevo de Colón" posee su propio hábitat, el constituido por aquellas democracias fundamentalmente bipartidistas (¿y cuál no? ¿no parece toda democracia abocada al bipartidismo? ¿no es el bipartidismo la inapelable muerte termodinámica de la política?), donde ambos partidos, el gobernante y el de la oposición, logran las más de las veces un empate técnico en los momentos previos a la elección. Curiosamente es entonces cuando el proceso de voto se parece más que nunca a una tirada de dados. Será el más o menos numeroso grupo de indecisos los que tomarán (paradójicamente) la decisión definitiva y vinculante, inclinando de un lado u otro la balanza. En esas circunstancias de "indecibilidad" es donde interviene con toda su fuerza el poder desestabilizador de la catástrofe. Llamo la atención sobre el elevado número de mitos clásicos donde la fundación o el gobierno de una ciudad depende de la rivalidad establecida entre sí por dos hermanos gemelos (Rómulo y Remo, Eteocles y Polinices, Atreo y Tiestes, etc). Ante la imposibilidad de una decisión autónoma (imposible puesto que la igualdad los convierte en candidatos intercambiables) ha de ser un elemento heterónomo (un oráculo, una decisión divina, etc) la que desestabilice el empate técnico. Pues bien, basta aplicar este ilustrativo ejemplo a nuestras sociedades contemporáneas para comprobar hasta qué punto las situaciones se emparentan. La catástrofe toma el lugar de la heteronomía, de aquello que viniendo desde el extrarradio del discurso político busca ser aprovechado por la oposición para desbancar "providencialmente" al gobernante. Sobran los ejemplos. Todavía puede ocurrir algo peor, sin embargo. En los casos en los que ningún elemento heterónomo señala a uno de los rivales con el dedo el mito nos enseña que ambos candidatos mueren aniquilados, cada uno por la lanza del contrincante (Eteocles y Polinices, Oto y Efialtes). Es el momento del pillaje, del caos, y del regreso a la tiranía.
 
Más humo
Ya empezó la cuenta atrás. Fumadores, estáis condenados a la extinción. Pero no, todavía resta una posibilidad: la rehabilitación, la conversión a la bondadosa hueste no fumadora dispuesta a acogeros en la pureza de su seno. Eso, o el ghetto en forma de cubículo pestilente donde la concentración deletérea de nicotina, alquitrán y otros venenos acabará reduciéndoos a la condición subhumana a la que siempre habéis pertenecido. Durante decenios habéis envenenado impunemente nuestros bares, nuestros restaurantes, nuestros andenes de metro, la impoluta transperencia de nuestro aire y nuestros ríos, pero al fin (mejor tarde que nunca) la mano de la justicia os ha señalado con su dedo acusador. Arrepentíos, digo. Nuestra generosidad ha dispuesto de infalibles remedios: libros de autoayuda, programas de televisión, parches de nicotina, sobrinitas que rehúsan vuestro contacto tras diseccionar una rana fumadora y comprobar en qué masa purulenta se han convertido sus pulmones, mercenarias insobornables de la gloriosa cruzada. Aquel que rechace nuestra mano tendida deberá elegir entre el ostracismo o el exterminio. Pero ay del converso insincero, aquel que públicamente reniega del pitillo y envenena el templo sacrosanto del retrete con sus pestíferos humos. Esos serán mostrados en la plaza, de él harán escarnio las buenas gentes, renegarán de ellos esposas e hijos, perderán su empleo, nadie podrá mirarlos a la cara sin que la vergüenza y el desprecio incendie sus mejillas. He dicho.
 
¿Pero... qué es esto?


Otra moda que corre como la pólvora en estas fechas navideñas. No sé si ya está recogido en algún libro de aforismos pero por si acaso aquí va mi pequeña aportación: "Lo más contagioso es la estupidez" o, remozado y pulido:

Expedito tablero, libre el escaque
no al peón ni al rey, sino al primate

apotegma que por sí sólo podría garantizarme la inmortalidad anónima que concede el folclore.

Se echa de menos el arrobo íntimo que al menos confería la contemplación del típico "nacimiento" instalado en algún rincón de la casa. Pero ya sabemos que en estos tiempos lo que prima es un exhibicionismo de parvulario. Los papás noeles se multiplican en los balcones, mejor dicho, un puñado de gomaespuma forrada de rojo colgada de los balcones que incita a la práctica del tiro al plato y que ni siquiera alcanza la altura estética del "cagón" de belén navideño. Ah, las formas...
 
Epifanía


No sospechamos hasta qué punto la Navidad ha ritualizado aquello que viene al mundo por sorpresa, aquello inesperado y por ello mismo portador del doble rostro de lo destructor y lo salvífico, es decir, de lo epifánico. Naturalmente la Navidad ha sido desprovista de cualquier connotación negativa. En Navidad se alumbra al Dios cristiano, se nos adelantan los sueldos (al que se añade una epifánica y bendita paga extraordinaria ), se nos colma de regalos... Es como si por un breve tiempo el mundo encarnase ese "objeto a" de deseo del que hablaba Lacan, metáfora del pecho materno que se nos ofrece sin haberlo siquiera solicitado, de los deseos satisfechos antes de que surja la necesidad. Fanes es el dios de la luz, instalado en el origen de la cosmogonía órfica. Jesucristo aparece bajo la señal de una estrella. En navidades niños y mayores hacen cola como oficiantes de un incomprensible misterio ante las tiendas de venta de petardos y otros artilugios pirotécnicos. Yo mismo, al traerme el portátil a la cama, he descubierto que dispongo de una conexión wireless generosamente ofrecida por el ADSL de mi vecino. Las epifanías, desde luego, existen.
 
Salutatio
Estimables arrobas:

Por fin me he decidido a usar públicamente esta fórmula de (des)cortesía con la que hasta ahora sólo había recompensado a algunos elegidos. He sabido que un misérrimo guionista holiwoodiense se enviaba a sí mismo los guiones para salvaguardar los derechos de autor. La fecha del matasellos sería prueba infalible de su autoría. Pues bien, he decidido seguir su ejemplo. A partir de hoy este blog y la fecha de este post serán testigos irrefutables de mi invención. Es evidente que mi título mejora con mucho aquellos periclitados: "estimado público" (demasiado abstracto) o "señoras y señores" (reduplicación innecesaria). El uso de la "arroba" como título de dignidad permite la indistinción genérica tan apreciada en nuestro orbe contemporáneo, al tiempo que incorpora un guiño derridiano al mundo fascinante de los indecidibles. Incluso podríamos forzar la expresión hasta llegar al de "Su Arrobísima" caso de que la dignidad del personaje así lo merezca. En cuanto a "estimables", nos vemos de nuevo ante un indecidible que se mueve en el terreno intermedio entre "estimado/despreciable". Así ningún miembro de ambas categorías (resto vituperable del pensamiento metafísico-dualista) debe darse por aludido. De hecho la expresión en sí no consiste sino en una salutación preñada de potencialidad donde nadie es excluido por su condición moral o de género. Pues eso, que a partir de ahora, y dando por descontado que mi fórmula se extenderá como la pólvora en los encabezados de cartas y aperturas de congresos, me dedicaré a vivir de los derechos de autor (de hautor, quiero decir), oficio relajado y gratificante donde los haya.
 
Otra, otra...
Hay algo que siempre me ha sorprendido y es el hecho del placer que los niños encuentran en la repetición de ciertos juegos, qué variable antropológica se oculta detrás del otra, otra... con el que suelen recompensar nuestras gracias, nuestras incursiones de adultos en el universo lúdico de la infancia. Aventuro una respuesta. Simplemente la misma que hace que busquemos repetir una vez y otra nuestros éxtasis (sean eróticos o estéticos). Hay algo que se hurta a la presencia en tales éxtasis, en esas salidas de nosotros mismos, algo que escapa a los mecanismos de la memoria. ¿Es posible acaso rememorar la sensación obtenida al escuchar ciertas piezas musicales? ¿Quién es capaz de revivir un orgasmo? Los momentos intensos de placer radican en un substrato de ausencia, constituyen esas pequeñas muertes de las que se ha apropiado la expresión popular sin saber muy bien en qué consiste su esencia. Se sobrevive al placer como se sobrevive al nacimiento, como algunos postulan que es posible sobrevivir a la muerte. Sólo cabe la anámnesis -siempre frustrada- del instante pasado. La manera más eficaz de volver a ese origen perdido es la repetición, el rito. Un placer sólo es tal si se confonta con otro placer. El instinto erótico emparenta así con el instinto lúdico. Bajo ambos subyace el mismo intento de apresar lo inapresable.
 
Otra, otra...
Hay algo que siempre me ha sorprendido y es el hecho del placer que los niños encuentran en la repetición de ciertos juegos, qué variable antropológica se oculta detrás del otra, otra... con el que suelen recompensar nuestras gracias, nuestras incursiones de adultos en el universo lúdico de la infancia. Aventuro una respuesta. Simplemente la misma que hace que busquemos repetir una vez y otra nuestros éxtasis (sean eróticos o estéticos). Hay algo que se hurta a la presencia en tales éxtasis, en esas salidas de nosotros mismos, algo que escapa a los mecanismos de la memoria. ¿Es posible acaso rememorar la sensación obtenida al escuchar ciertas piezas musicales? ¿Quién es capaz de revivir un orgasmo? Los momentos intensos de placer radican en un substrato de ausencia, constituyen esas pequeñas muertes de las que se ha apropiado la expresión popular sin saber muy bien en qué consiste su esencia. Se sobrevive al placer como se sobrevive al nacimiento, como algunos postulan que es posible sobrevivir a la muerte. Sólo cabe la anámnesis -siempre frustrada- del instante pasado. La manera más eficaz de volver a ese origen perdido es la repetición, el rito. Un placer sólo es tal si se confonta con otro placer. El instinto erótico emparenta así con el instinto lúdico. Bajo ambos subyace el intento de apresar lo inapresable.
 
Algunos fragmentos
Traduzco un par de fragmentos del libro "Las sombras erranes" (Les ombres errantes), de Pascal Quignard:

No busco sino pensamientos que tiemblen. Hay un enrojecer que pertenece al interior del alma. En el libro sexto de Jin Ping Mei apareció de golpe el letrado Wen Bigu. No tiene todavía cuarenta años. Está vestido y peinado como un letrado, dientes blancos, mejillas favorecidas, favorecido de mentón, labios favorecidos. Xen Qing le saluda. Le hace subir a la sala de recepción. Le hace sentar. Le ofrece de beber, se inclina finalmente:
-¿Cuál es vuestro nombre?
Weng Bigu le responde:
-Mi humilde apellido es Bigu (Necesitado-de-imitar-a-los-ancianos). Mi nombre personal es Rixin (Renovarse-día-a-día).
Beben el té a la luz de una antorcha.


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Los actos queman. Los sexos queman. Todo arde, todo es deseo. Todo es sed de ersatz y de la muerte a la que atrae. Todo es servidumbre y sueño. La conciencia de los hombres puede ser comparada a la llama de una lámpara iluminada en la noche. Esta llama puede ser avivada.
La palabra sánscrita nirvana designa esos instrumentos de dos brazos que sirven para apagar la mecha o impedir que humee.
Es el sueño que sabe que nadie lo sueña.
Entre las imágenes y la nada hay un precipicio. No hay más que una pasarela que permite franquearlo. El caballero silencioso Lancelot avanza sobre el puente de la espada. Es tan peligrosa que pocos se arriesgan y nadie puede decir si alguien lo ha franqueado (ya que ningún soñador está tras este sueño, es decir, ya que ningún dios guarda la pasarela que se balancea sobre el abismo).
Desnuda sus manos y la ase por el filo.
Es el arte.
 
Gallardónicas
Maltrato ciudadano. No se me ocurre mejor comparación para la situación que sufren día a día los habitantes de esta ciudad que es Madrid. Allá donde uno vaya debe ir sorteando zanjas y vallas. Los atascos son omnipresentes y a veces cruzar una calle se convierte en una aventura digna de la última pantalla del Mario Bros. Y todo con la paciente aquiescencia de la ciudadanía. La gran pregunta es por qué nadie hace nada y -sobre todo- por qué ninguna agrupación ciudadana o política se encarga de galvanizar el soterrado clamor popular. ¿Quién recompensará a los sufridos ciudadanos por los cientos de horas perdidos en rodeos y atascos que -lo peor de todo- sabemos que se prolongarán a lo largo de años? No entiendo cómo un alcalde puede ejercer tamaño desprecio por la ciudadanía. No es de extrañar oír en el autobús en boca de bonancibles jubilados expresiones como "si pillamos al alcalde le damos una paliza", transformados así en modernos Harmodios y Aristogitones dispuestos a liberarnos de la tiranía de Pisístrato-Gallardón. Sólo me cabe una explicación para la falta de reacción ante esta situación insostenible, de raíz antropológica. El increscendo de las obras ha sido de alguna manera paulatino, primero fue la M-30 y después, una tras otra, cortes de calles que han ido cercando barrios y manzanas como un cáncer urbano con tintes apocalípticos. Creo que la respuesta (la falta más bien de ella) es equiparable a la de esas mujeres maltratadas (si, ya sé, el tema está de moda) que sufren el martirio diario y que por eso mismo viven como un triunfo el día en que su pareja no les pone la mano encima. Y así seguiremos hasta que un revulsivo, un catalizador, un imprevisto provoque la reacción y entonces, ah entonces...
 
Divide y vencerás
Una noticia que es todo un síntoma de los tiempos que corren (o quizás de todos los tiempos): la OMS no contratará a fumadores. Así de sencillo. Además se afirma que la medida no es discriminatoria. En seguida me viene a la cabeza el último comunicado del Vaticano según el cual no se ordenará a sacerdotes que hayan mantenido sus inclinaciones homosexuales más allá de la adolescencia. Como en la OMS, donde uno puede decir que ha sido fumador pero debe comprometerse a dejar de serlo en el plazo más breve posible. La cosa parece absurda, y en el caso particular de la OMS quizás lo sea, pero no lo es el trasfondo de la persecución de la que van poco a poco siendo víctimas los fumadores. Toda sociedad ha de fundarse sobre chivos expiatorios, aglutinantes de la así llamada cohesión social. Se necesitan víctimas y el sacrificio es mucho más llevadero si se es capaz de hacerles sentir culpables. Así acudirán ellas mismas al matadero. En la antigüedad bastaba con un sólo chivo expiatorio, el cual acababa eviscerado sobre el altar de cualquier dios o -si había suerte- condenado al ostracismo. La modernidad ha inventado algo mucho mejor, más eficaz. Consiste en elevar el número de sospechosos de impiedad (religiosa, ética, actitudinal, y así hasta lo kafkiano) hasta lograr el ideal del 50%. Cuando el elemento nocivo puede identificarse con cualquier hijo de vecino, entonces es cuando uno siente la necesidad de refugiarse junto al bando de "los buenos". Hombre/mujer, fumador/no fumador, son categorías tan válidas como izquierda/derecha (política), zurdo/diestro, comedor de pasta al dente/suave o practicante/no practicante del sexo anal, por poner algunos ejemplos. Imaginemos si no a un hombre fumador de izquierdas, zurdo, que sorbe espaguettis recalentados, e incapaz de renunciar a las delicias del sexo anal. Yo mismo le tendería la copa rebosante de cicuta.