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Peripatetismos
día a día (es un decir) de una neurona de la web
Quién es quién
Sindicación
 
Las olas
Circunstancias ajenas a mi voluntad (como la mayoría de las circunstancias de esta vida) me impiden dedicar el tiempo necesario para la actualización de este blog. Suena a disculpa. Y lo es. Simplemente anoto apuntes cotidianos, tomados de aquí y allá, entrevistos al azar durante el desayuno, la cola de autobús, etc.

-Cataluña es insaciable.

-El objetivo de la educación no es la instrucción de los alumnos sino su felicidad.

-Desaparece una escultura de hierro de 34 toneladas perteneciente a la colección del Reina Sofía, almacenada por una tal Sr. Macarrón que responde al requerimiento de la directora del museo con un "no quiero hablar más del tema".

-Ocurren hechos reales que sin embargo no son verosímiles (en relación con lo anterior).

-El presidente ZP puede fumar en aquellas dependencias de La Moncloa habilitadas para su uso y disfrute personal. En otro caso cometerá flagrante delito.

-Raúl ya toca balón.

-Etc.
 
La verdad sea dicha
Señoras y señores, apenas puedo contener la emoción por el nuevo descubrimiento del que inmerecidamente -a través de estas líneas- me torno modesto vehículo. Creo poder demostrar por ese tipo de conocimiento a priori en que consiste mi infalible intuición que el tabaco ni va ni viene en los así llamados casos de muerte por tabaquismo. Se trata una vez más de esa inercia del pensamiento que viene a enunciarse como post hoc ergo propter hoc (después de esto, luego a consecuencia de esto, para los legos en latinajos). Confusión de la causa por el efecto, en definitiva. Ocurre que todo fumador (y algunos no fumadores) lleva en sí un instinto tanático que lo conduce inexorablemente al hábito del cigarrillo (o a algún otro peor). Este instinto, y no la inhalación del humo así llamado deletéreo, es el que conduce al fumador a la enfermedad (mortal o no). El tabaco no es la causa sino la muestra evidente de un síntoma que encuentra su raíz en hondas motivaciones psicológicas e incluso genéticas (espero que este post desencadene las necesarias investigaciones científicas que certifiquen la verdad de cuanto aquí se afirma). Incluso, me atrevería a decir, el tabaco constituye para todos aquellos poseedores del instinto tanático un paliativo que encauza a través una práctica casi inofensiva el exceso de ansiedad y de ingobernable estrés a los que los somete el día a día. Cuántos han aprendido a respirar regularmente (en lugar de esa expectoración espasmódica de la que es maestra el ajetreo diario) con la perfección cilíndrica de un cigarrillo. Cuántos han encontrado la serenidad necesaria tras el compacto camuflaje del humo para expresar sus más recónditos e inesperados sentimientos...

Muy pronto iniciaré una campaña de firmas para que el asunto sea tratado con la exigencia y el rigor que requiere una hipótesis científica de tal calado. De momento pueden ir dejando su nic y sus alentadores comentarios.
 
Poema político
El mundo se divide entre
los que saben perder y
los que no
Se distinguen los últimos por guardar
confiadamente un revólver
bajo la mesa. Si acaso la suerte
se torna infausta
la sacan
disparan
Sobre la sangre aún fresca
prosiguen su solitario
 
Don't smoking o la conjetura de von Foerster
Asisto entre agradecido y estupefacto a los últimos movimientos político-mediáticos que pretenden poner coto a los malos hábitos improductivos de los españoles (todavía, oh, demasiado alejados de las altas cotas de productividad de nuestros socios nórdicos europeos), dígase: fumar un pitillo, tomar cerveza en los bares o dormir la sacrosanta siesta, legado inestimable de nuestros ibéricos ancestros. Agradecido, digo, porque uno que se ocupa de monitorizar la realidad (primer paso de la mímesis que desemboca en toda obra de arte) ya ha venido apreciando desde hace años tal "ímpetu", un germen más o menos aletargado en nuestra sociedad y que ahora parece fructificar al haber encontrado el terreno y la temperatura ideal, y un prurito de vanidad hace que nos felicitemos cuando la realidad nos da la razón, aunque la razón adquiera el formato de malas noticias. Al tiempo leo en un libro de Dupuy acerca de la conjetura de von Foerster, según la cual un sistema integrado por elementos que apenas guardan relación entre sí (un desfile militar, por ejemplo) impide que los elementos puedan intervenir en el comportamiento del sistema, apreciando sus variaciones como acontecimientos ineluctables. E inmediatamente, mi mente enfermiza empieza a hacer asociaciones. Privándonos del cigarrillo, la copa, etc se logra eficazmente extirpar el tiempo que el ser humano invierte en la socialización, en establecer y mantener las relaciones. Imaginemos un mundo integrado por personas-caracol, que salen del trabajo para encerrarse en su habitación provista de todos los adelantos tecnológicos, sin deseos de salir de ella salvo para adquirir la última novedad publicitaria en el centro comercial más cercano. Estaríamos en las condiciones ideales de la paradoja de Foerster. Todo lo que ocurriera en el mundo adquiriría el tinte de catástrofe imprevisible. La naturaleza o un grupo de hombres infernales serían los responsables del menor acontecimiento perturbador. Por supuesto, una persona-caracol jamás podrá llegar a sospechar que tenga algo que ver con las así llamadas catástrofes, protegido por su tecnológica concha de irresponsabilidad.
 
Epifanía II
Curioso, no conozco ningún estudio (aunque seguramente lo haya) que relacione los conceptos de epifanía y de inflación. Creo que se trata de un punto de intersección entre la economía, la cosmogonía y -si se me apura- el segundo principio de la termodinámica. El acontecimiento epifánico por antonomasia, el nacimiento de un dios (que en nuestras sociedades mercantilistas se traduce secularizadamente en una sobreproducción de mercancías y en una disposición "extraordinaria" de dinero) significa algo así como un aporte simbólico-económico extra al sistema más o menos en equilibrio en que consiste el universo mundo. La aparición de un dios supone -qué duda cabe- un valor añadido que se incorpora de inmediato a la mercancía y que se traduce en una palabra bien conocida para el consumidor: inflación. La mercancía, la disponibilidad de objetos aumenta año tras año y ello a costa de que aquello por lo cual es intercambiable, es decir, el dinero, valga cada vez menos.

Simplifiquemos la cuestión para que se entienda con nitidez lo que digo. Supongamos que el dinero disponible por una comunidad (X) equivale al precio de un televisor (convirtamos en nuestro experimento ideal a este aparato en único objeto de consumo imprescindible para la supervivencia de dicha comunidad). Sigamos imaginando y supongamos que aparece epifánicamente una cantidad extra de dinero X, igual a la que ya había. Está claro que en ausencia de nuevos bienes de consumo el televisor ideal de nuestro experimento se cambiará ahora por 2X, de donde la depreciación de la moneda equivale nada más y nada menos que a un 50%. Inflación, en definitiva. Sólo hay una manera de invertir o -al menos- de compensar esta dinámica: producir un segundo televisor (lo cual significa sacrificios para la comunidad que debe invertir en su fabricación fatigosas horas de trabajo). Y aquí es donde entra en juego el segundo principio de la termodinámica, aquel que dice que todo sistema cerrado se precipita irremediablemente en el caos, en lo informe. Naturalmente si esto no se produce en nuestras sociedades es porque en esencia no constituyen del todo sistemas cerrados. Materias primas y mano de obra foráneas, he ahí el suplemento energético del que se nutren nuestros sistemas económicos para mantener el precario orden sobre el que se asientan. La pregunta es lógica: ¿qué pasará cuando la globalización culmine y la humanidad constituya un sistema -esta vez- sí cerrado? ¿Habrá que mirar a las estrellas? ¿Buscar otros planetas?

¿Y si renunciásemos a las epifanías?

¿Será por eso que no me gusta la Navidad?
 
Mundo Polaris


He aquí seis de los nuevos "golf resorts" que pronto reverdecerán la reseca tierra murciana. Curioso -o no- que todos los residenciales posean un nombre donde al menos una palabra proceda de la lengua del imperio. Eso está bien. Hace cinco años nadie sabía lo que era un resort y ahora todas las parejas murcianas sueñan con vivir en uno previo paso por la sacristía. Quien se extrañe de cómo pueden instalarse 163 campos de golf en una tierra de sequía endémica es que no conoce la esencia de la murcianía. Intentaré hacer un resumen. Hace más de mil años vinieron a parar a estas tierras hombres de las tribus del Nilo, acostumbrados a sacar provecho del mínimo palmo de tierra del desierto. Aquí proyectaron y ejecutaron un sistema de riego semejante al de su antiguo reino, salvando las evidentes distancias entre el Nilo y el Segura. Este sistema proveyó de riqueza a esta tierra durante siglos y siglos (¿recuerdan aquello de Murcia=Huerta de Europa?). El espíritu de aquellos hombres del desierto pervive en estos próceres de Torre Pacheco. Si ellos combatieron los secarrales, espartos y badlands, por qué no nosotros, debieron pensar los fundadores de Polaris World. Lo que no es tradición es copia, secundaría el iluminado sobrinito recién licenciado en la Universidad Católica y así, armados de voluntad e inteligencia inquebrantables pusieron el primer ladrillo de tan fastuoso proyecto. Los nativos asistirán a la llegada paulatina de hordas colonizadoras que irán difundiendo poco a poco la lengua del imperio. El sistema ideal es que los niños murcianos aprendan a leer con los folletos publicitarios polaris, luego hacer que los libros de texto (subvencionados, cómo no, por la compañia), vayan prescindiendo paulatinamente del idiona nativo. Cuando acaben su educación ya estarán preparados para ser cajeros de supermercado en los residenciales polaris o para recoger bolas de golf perdidas en el terreno feraz de las atochas. Bienvenidos al Mundo Polaris.


Por cierto. Hoy, milagrosamente, llueve.
 
Otro fragmento de mi "Museo"

Palpitaciones tres horas antes de la cita. Me sudan las manos. Enciendo la tele donde ofrecen un documental sobre la naturaleza que no consigue relajarme (las aves macho se pavonean, danzan y agitan sus plumas de colores como un tuno ante la mirada primero compasiva, después complaciente de las hembras. Hay algo ingenuamente romántico -o refinadamente cruel- en las hembras que hace que se sientan atraídas por un macho por el mero hecho de ser capaz de ponerse en ridículo ante ellas). Demasiado realismo. Faltan todavía un par de horas. Intento poner mi cerebro en blanco. Una tontería. Como si me dijeran: no pienses en un piano. No pienses en Carolina... Me tumbo en el sofá, enciendo un cigarro. Le doy un par de caladas. Lo apago. Limpio los hornillos de la cocina. Ordeno los papeles de la mesa. Llamo al número de información meteorológica. No sirve de nada. No consigo que mi imaginación dibuje una cruz sobre la imagen refulgente y todopoderosa de Carolina. O, más bien, la dibujo pero al final acaba despareciendo en pocos segundos, como una sustancia biodegradable. Así, hasta que llega la hora.

Llamo al timbre. No he dicho que la cita era en casa de Acisclo. Nunca había estado en casa de Acisclo y ahora justamente la visitaba, ahora que él estaba en Alemania. Yo no puse ningún reparo. Fue idea de Carolina, naturalmente. A mí nunca se me habría ocurrido. Siempre he conservado cierto espíritu de respeto a la autoridad. Si un obispo pisa una baldosa yo prefiero apoyar mi pie insignificante en la de al lado. Así es que cuando Carolina me abrió la puerta y yo penetré en aquel santuario me sentí tan abrumado que sólo con dificultad pude disimular el temblor de mis piernas. Estaba hermosísima, todo hay que decirlo. Pero me ahorraré los detalles porque algunas cosas prefiero guardarlas sólo para mí que es la única manera de forjarse una intimidad, algo a lo que nadie debería renunciar. Me hace pasar al salón, una estancia amplia con paredes repletas de libros. En la esquina, junto a uno de los sofás, un papagayo de vivos colores da pequeños saltitos en el interior de su jaula. Nos miramos en silencio. Carolina ha desaparecido. La escucho manipulando cosas en la cocina. Yo me levanto para acercarme a la jaula. Para ello doy un rodeo a través de la biblioteca. Naturalmente no constituyo ninguna sorpresa. Me mira con su ojo izquierdo y eriza las plumas de la cabeza un instante antes de llamarme hijoputa. Curiosa manera de manifestarse la voz de mi conciencia. En ese instante aparece Carolina...
 
Europa, in fraganti


He aquí a la bella y arremangada Europa tras yacer divinamente con Zeus junto al arroyo de Gortina (Creta). Saludemos la recompensa al denodado esfuerzo de nuestros paparazzi mitológicos. La braguita es un regalo de Zeus, algo así como un obsequio con el que suele recompensar a las groupies más entregadas. Cada estrella representa a uno de los olímpicos. Eso sí, no se ve, pero del otro lado del elástico, en la etiqueta, puede leerse claramente un MADE IN TAI-WAN.
 
Senderos de la novela
Es curioso que cuando a finales del siglo XIX la pintura lleva al extremo el ímpetu realista, éste advenga epifánicamente en el movimiento llamado impresionismo. Asistí este año (perdón, el pasado) a una exposición en Lyon, cuna de los hermanos Lumière, donde se exponían comparativamente las primeras muestras de cine con obras impresionistas (coincidentes ambas en el tiempo). Admirablemente, a veces resultaba imposible distinguir el fotograma de una película de las imágenes ejecutadas por algunos pintores. Convergencias artísticas que obligan al arte anterior (en este caso la pintura) a tomar nuevos caminos, esta vez alejados del realismo. Como si el cine fuese esa partícula acelerada hasta la velocidad de la luz impactando con el neutrón-pintura para diseminarlo en el espectáculo pirotécnico e irreconocible de las vanguardias. Pienso si de otra manera no se ha producido algo semejante con la novela y el incipiente hipertexto, protocolo básico de nuestro manejo de la red. Curiosamente -otra vez- el instinto polifónico y multiversal de la novela se fue acrecentando hasta desembocar en obras tan representativas como Rayuela, de Cortázar, o El Arco iris de Gravedad, de Pynchon, al tiempo que Tim Berners Lee empezaba a fraguar en las entrañas del acelerador de partículas de Ginebra (unos metros por debajo de la tumba de Borges) el alef anonadante del WWW. Es previsible, siguiendo la elemental analogía, la exposición dentro de cien años en alguna sala de museo (anticipo que será el de Ginebra) de una muestra de las convergencias de la novela así llamada postmoderna (alguna etiqueta habrá que ponerle) y el hipertexto informático. Lo que no sé es qué habrá en la última sala, donde se muestre al visitante el camino que tomó la novela tras el surgimiento del hipertexto. Aunque... ya que estoy puedo hacer de augur (con derecho a equivocarme, por supuesto) y vaticinar que si el cine supuso el alejamiento de la pintura (al menos, momentáneamente) del realismo, entonces el hipertexto supondrá un distanciamiento de la multiversalidad en la novela (puesto que el hipertexto puede hacer esto mismo "más y mejor") para desembocar en exploraciones intensas de mundos singulares. Intensidad y profundidad son los campos expeditos para la novela. Dentro de cien años se sabrá si me equivoco.
 
Arte y Naturaleza
A propósito de la obra de arte decía Goethe que ésta era das höchste Naturwerk von Menschen nach wahren Naturgesetzen hervorgebracht, algo así como la obra suprema de la naturaleza ejecutada por el hombre de acuerdo a las leyes verdaderas de la naturaleza. No he leído ni oído nada mejor al respecto. Con esa frase Goethe desmorona el nudo gordiano de la dualidad arte/naturaleza. Nada de nudos. El arte es naturaleza como el pan sacado del horno viene del agua y de la harina. La cuestión reside en elucidar cuáles son esas "leyes verdaderas" de la naturaleza. Pero bueno, al fin y al cabo quizás todo sea más sencillo de lo que uno piensa. Aventuro que esas leyes son la de siempre: selección, combinación, sustitución y alguna más que siempre podrá añadirse a la lista. Son las leyes de todo arte (de toda técnica) que los gramáticos y retóricos clásicos ya clasificaron suficientemente. Se parte de la "pasta bruta" de la realidad y se la hiñe (heñir y ficción, no por casualidad, poseen la misma etimología), se la amasa y trabaja (ahí están los tropos y figuras) hasta obtener el resultado más o menos del gusto del autor (auctor="el que aumenta", es decir, el que cuece con levadura) y del lector que disfruta con la transformación, con la imagen proyectada en el espejo deformante. A veces la receta es tan afortunada que la propia realidad parece seguir el modelo que propone el arte y acaba por imitar lo que parecía reflejo deformado sobre la superficie del espejo.
 
Las recetas de Su Hautoria
Ante la avalancha de solicitudes su graciosa Su Hautoría dispone en este primer post del 2006 su ya archifamosa receta de langostinos, antes conocidos como "a la tunecina" y ahora rebautizados con el de "langostinos al estilo Su Hautoría" para uso y disfrute de los lectores de este blog. Ahí va:

-1 Kg de langostinos.
-Cuatro dientes de ajo.
-Media cucharadita de comino en polvo.
-Media cucharadita de jenjibre en polvo.
-Una cucharadita de pimentón.
-Aceite.
-Limón.
-Sal.
-Guindilla al gusto.
-Un ramillete de cilantro.

Modo de preparación:

A los langostinos se les corta la cabeza y las patas y se les hace un hendidura por el lado del estómago (consultar manuales de biología si hay alguna duda) que paradójicamente queda del lado de su espalda. Una vez cumplido este primer paso picamos en un mortero los ajos y la guindilla. Colocamos en un cuenco los langostinos con el ajo, la guindilla, el comino, el jenjibre y el pimentón así como la sal (gorda, a ser posible), el aceite y la mitad de un limón escurrido y, tras masajearlos durante un minuto, dejamos macerar la mezcla un par de horas, tiempo que aprovecharemos para leer con intensidad la Fenomenología del espíritu (paso imprescindible en la elaboración de la receta). Transcurrido el plazo freiremos los langostinos en una sartén o parrilla. Cuando ya estén casi a punto se añade el cilantro y el resto del limón escurrido.

Bon apetit, y no olvidéis chuparos los dedos.