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Peripatetismos
día a día (es un decir) de una neurona de la web
Quién es quién
Sindicación
 
Cars

Disney acaba de sacar su último producto a las calles del imaginario planetario: Cars. Aprecien el salto cualitativo. Ya no son héroes humanos o animales -más o menos antropomorfizados- sino coches (paradigma de nuestro progreso tecnológico) los que sienten, sonríen y -probablemente- lloran. Ardo en deseos de contemplar cómo una lágrima se desprende de las luces de posición delanteras para caer sobre el asfalto. Que uno no se desternille de la risa ante tamaña visión debe ser mérito de la factoría y síntoma de que algo en nuestros cerebros ha mutado -quizás- definitivamente. Fue primero Hal 9000 de Kubrick el que nos hizo sentir pavor ante la (des)humanización de una computadora, después llegó Spielberg quien con "El diablo sobre ruedas" nos mostró cómo lo siniestro podía hallar cobijo (por si alguien entonces lo dudaba) en nuestros mundos hipercivilizados precisamente en el interior de una de sus máquinas por antonomasia: un camión. Esto entronca con el post del último día. Los objetos tecnológicos ya forman parte de nuestro paisaje "natural", junto a animales y seres humanos. Dentro de este paisaje coexisten zonas luminosas y casi ajardinadas frente a otras inquietantes e inaccesibles. Por supuesto el mundo de los coches es un paraje tecnológico lo suficientemente roturado como para que el público acepte sin recelos el tropo prosopopéyico consistente en ver a uno de esos artefactos hablar y entablar amistad con un semejante. Vayan a verla y me lo cuentan.
 
De la felicidad
Comenta -en la radio- un padre de familia homoparental lo orgulloso que se siente al conocer de primera mano (por boca de la tutora) que su hijo no sólo es de los más felices de la clase sino que además posee unos niveles de comunicación difícilmente superables. No oímos nada acerca de las calificaciones de su hijo, quizás porque no importa. Apenas una hora antes, durante una sesión de evaluación, uno tiene que escuchar cómo se apela a la bondad y morigeración de un chaval como motivo necesario para que su nota de tecnología suba de un humillante cuatro a un deslumbrante cinco. Dicho muchacho posee un hermano gemelo al que su madre parece (por ocultas razones) preferir, hermano que ha aprobado la misma asignatura. La compañera pretendía que el profesor de tecnología se hiciese cargo de los sufrimientos que reportará al muchacho la comparación materna con su hermano aprobado. El tecnólogo ha resuelto asumir el riesgo del trauma con el razonable argumento de que el chaval debe aprender a conocer sus límites y a superarse a partir de ahí (cosa de la que el muchacho -doy fe- se ha mostrado en otras ocasiones perfectamente capaz). Se extiende a marchas forzadas la idea de que para lo que sirve un sistema educativo es para que -fundamentalmente- los jóvenes sean felices. La penúltima trasvaloración de nuestra sociedad que se resigna a la pérdida de tantos otros valores como la excelencia o el esfuerzo. Y yo me pregunto qué es eso de la felicidad, casi siempre ligada en el discurso educativo a la comunicabilidad. Un muchacho que se retrae (que no habla con nadie, por ejemplo, mientras degusta su bocadillo de chorizo en el recreo o que intenta colarse en la biblioteca a la misma hora para leer un libro, pasa a ser inmediatamente sospechoso, no ya solamente para sus compañeros sino -lo que es peor- para los profesores y -no digamos- para el gabinete psicopedagógico). Categorialmente la felicidad ha caído dentro del concepto más genérico de la comunicabilidad. Uno puede comunicarse sin ser feliz. El razonamiento inverso carece de sentido. Habría que investigar a fondo las razones. La sociedad se estatuye cada vez más como una metáfora de le red, todo ha de estar conectado con todo, todo ha de ser visible. No recuerdo qué filósofo decía que la idea que teníamos de la naturaleza se correspondía con el invento tecnológico más reciente proporcionado por la civilización. La interconexión y la absoluta visibilidad (que cada vez más afecta al ámbito privado) son leyes entonces "naturales". Todo lo que no caiga dentro de estas categorías -repito- resulta sospechoso, contra natura. El unverso tecnológico que nos rodea ya no constituye un añadido a la naturaleza sino que resulta ser la esencia de la propia naturaleza. Lo natural es interactuar (con máquinas, con seres humanos), formar parte de cuerpos sociales más y más amplios que encajan entre sí como las piezas de un complejísimo mecano. Volviendo al asunto de la educación, el sistema educativo toma el partido rousseauniano (convenientemente invertido según el argumento precedente). El buen salvaje (el salvaje tecnológico) ya no necesita nada que aprender porque sus ancestros han logrado modificar el hábitat hasta convertirlo en algo perfectamente natural, idílico. Ya no es preciso pensar para sobrevivir, todo lo necesario para la subsistencia está dispuesto (basta ir a un centro comercial, por ejemplo), no hay más que extender la mano. Y, por supuesto, la naturaleza no se estudia, uno se desenvuelve sencillamente en ella recolectando y admirando sus maravillas.
 
Plusvalías
El segundo principio de la termodinámica preconiza que todo sistema cerrado tiende irremisiblemente hacia la muerte térmica, es decir, hacia una especie de indiferenciación caótica. Es lo que se conoce como entropía. El vector del tiempo es negantrópico, siempre avanza en el sentido decreciente de complejidad. En términos económicos ocurre algo parecido. Cualquier objeto pierde valor con el decurso del tiempo. Es algo ínsito a su disposición para ser consumido. Hay excepciones, sin embargo. Pensemos si no en las obras de arte y en los bienes inmuebles. En el primer caso la revalorización provendría de una vindicación de la noción de genio; la singularidad de la obra asegura su plusvalía con el paso de los años. La obra de arte constituye de alguna manera un fetiche, una metonimia del autor cuyo aprecio no deja de verse incrementado con el tiempo. Cabe preguntarse, sin embargo, qué operación retórica justifica la inmoderada revalorización de los bienes inmuebles. ¿Es acaso en ansia de posesión de una casa el último vestigio neolítico en este mundo que nos aboca a un permanente nomadismo físico y psicológico? Es tan sólo una propuesta. Reconozco la insondabilidad del misterio.
 
Preferiría...
Otra vez la delincuencia asociada a las últimas tecnologías. Una niña de trece años violada bajo la amenaza de incluir ciertas escenas comprometidas en el alef de internet. La visibilidad amenaza todos los dominios. El de la intimidad no es una excepción. Todo ha de ser fagocitado por la red, todo ha de ser visible, accesible a través de un sencillo click. What's on the mind of the web? La red ya tiene su propio inconsciente, hecho de imágenes de ejecuciones, de sexo y violencia. Una réplica fiel del tejido neuronal de un ser humano. Me pregunto cómo es posible escapar a la telaraña, cuál sería el equivalente de Bartleby, aquel personaje de Melville. No ser visible, accesible, ser el último -o el primero- eslabón de la cadena de las sinopsis. Preferiría no ser visto.