Mitológicas III
Recuerdo los antiguos telediarios. Cuando la voz del periodista avisaba que las imágenes que a continuación se proyectarían podían herir la sensibilidad del espectador. Entonces los niños -al menos yo- giraban la cabeza y los mayores tomaban precauciones, evitando deglutir el trozo de bistec al menos durante el tiempo que se prolongasen dichas imágenes. Hace años que no escucho esa frase tan frecuente en mi infancia y adolescencia. Cabe pensar que el espectador actual carece de sensibilidad, por lo cual resulta superfluo tomar precauciones. Y me viene a la memoria el mito de Perseo y la Medusa. La presentadora avisando que aquellas imágenes -como el rostro de la Gorgona- podrían dejarnos petrificados. Quizás ya estamos colocados del lado de las víctimas, de aquellos que olvidaron la precaución y fueron convertidos definitivamente en piedra, porque descubrimos la fascinación de lo terrible y la anestesiante convivencia con lo siniestro. Quizás hemos olvidado que esos cuerpos petrificados del mito formaban parte de la imagen terrorífica de Medusa. Quizás nos hayamos ido instalando sin darnos cuenta del otro lado; y ahora no seamos sino celebrante comparsa del monstruo.
La palabra (y las cosas)
¿Se imaginan el mundo sin determinadas palabras? Hay palabras que están de paso. Otras llegan para quedarse. Unas pocas nacen para imperar. Y "consensuar", qué duda cabe es una de ellas. Vini, vidi, vincit, podría decir esta palabra si pudiese asomarse desde un elevado somo para contemplar las huestes derrotadas del diccionario. El mundo -este mundo- necesitaba de algo así para que por fin las palabras y las cosas volviesen a un acuerdo. A consensuarse, vamos. Yo consensúo, tú consensúas, él consensúa, nosotros consensuamos, vosotros consensuáis, ellos consensúan. Consensuar debería ser el primer verbo que aprendiesen en los colegios nuestros infantes. Con eso y poco más podrían disponer de su diploma de primaria y secundaria, y la sociedad podría respirar tranquila al saber que dispone de una generación educada en el más excelso ideal. Sobran Aristóteles, la lírica medieval y las integrales. Prueben a eliminar la redicha palabra del discurso de políticos, sociólogos y periodistas y verán que se quedan con bien poco. Por consensuar, pueden consensuarse moros y cristianos, derechas e izquierdas, ilustrados y alfabetos; y hasta la velocidad y el tocino. No se queden atrás, pues, discurran con los tiempos. Consensúense en cualquier circunstancia, en cualquier momento. A consensuarse, se ha dicho. Y si acaso no pueden, retírense, no molesten. Respeten el consenso.
Juancarlismo
"Me siento más monárquico que nunca. Soy un juancarlista convencido". Más o menos ésas fueron algunas de las palabras que pronunció nuestro archiconocido director de cine en los instantes previos a que recibiera su Príncipe de Asturias. Curiosamente estas palabras parafrasean las que pronunció Paco Umbral no recuerdo si antes o después de recibir el premio Cervantes. Curioso, ya digo. Para explicar tan extraño fenómeno postulo diversas hipótesis.
Primera: Los merecedores de tales premios se ven repentinamente ascendidos a unas alturas que proveen de modo espontáneo de un aura análoga a la que corona las testas de todos los reyes que pasaron y pasan por el mundo. Ad similitudo per similitudem, es la expresión latina que transcribe un conocimiento ya previo de los filósofos griegos. Sólo puede conocerse lo semejante a través de lo semejante. Dicho de otra manera, la cumbre, la cúspide de la pirámide de la sociedad es estrecha, y los que allí habitan, si no quieren caerse, están condenados a estar bien avenidos.
Segunda: Una mano negra obliga a los galardonados con este tipo de premios a hacer algún tipo de declaración promonárquica, bajo la amenaza de perder su condición de candidato. A cambio de las preces se les garantiza un futuro estatus de paniaguado y de canonjía vitalicia.
Tercera: Dichos galardonados ya eran antes de ser premiados -quizás sin ellos saberlo- monárquicos y juancarlistas. Partiendo de postulados diversos y distantes al juancarlismo, su arte acaba convergiendo naturalmente al ideal juancarlista. A la vista de las últimas obras producidas por tales prebendados y militantes matraquistas, cabe deducir que el juancarlismo es una especie de estética inane que deja satisfecho a -casi- todo el mundo, una suerte de culebrón de sobremesa con ínfulas de obra artística. De donde el juancarlismo constituye un tipo de virus que ataca y destruye el empeño del artista por producir algo nuevo. Algo así como la muerte térmica del arte.
Decir, por último, que estas tesis no son en modo alguno excluyentes.
Primera: Los merecedores de tales premios se ven repentinamente ascendidos a unas alturas que proveen de modo espontáneo de un aura análoga a la que corona las testas de todos los reyes que pasaron y pasan por el mundo. Ad similitudo per similitudem, es la expresión latina que transcribe un conocimiento ya previo de los filósofos griegos. Sólo puede conocerse lo semejante a través de lo semejante. Dicho de otra manera, la cumbre, la cúspide de la pirámide de la sociedad es estrecha, y los que allí habitan, si no quieren caerse, están condenados a estar bien avenidos.
Segunda: Una mano negra obliga a los galardonados con este tipo de premios a hacer algún tipo de declaración promonárquica, bajo la amenaza de perder su condición de candidato. A cambio de las preces se les garantiza un futuro estatus de paniaguado y de canonjía vitalicia.
Tercera: Dichos galardonados ya eran antes de ser premiados -quizás sin ellos saberlo- monárquicos y juancarlistas. Partiendo de postulados diversos y distantes al juancarlismo, su arte acaba convergiendo naturalmente al ideal juancarlista. A la vista de las últimas obras producidas por tales prebendados y militantes matraquistas, cabe deducir que el juancarlismo es una especie de estética inane que deja satisfecho a -casi- todo el mundo, una suerte de culebrón de sobremesa con ínfulas de obra artística. De donde el juancarlismo constituye un tipo de virus que ataca y destruye el empeño del artista por producir algo nuevo. Algo así como la muerte térmica del arte.
Decir, por último, que estas tesis no son en modo alguno excluyentes.





