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Peripatetismos
día a día (es un decir) de una neurona de la web
Quién es quién
Sindicación
 
Una de Caraco
He aquí un fragmento de "Breviario del caos", de Albert Caraco:

"El espíritu de disolución lo invade todo, sucumbimos con gusto ante el horror poseídos por una locura providencial, reformamos sin cesar el plan de estudios, suprimiendo, uno tras otro, los elementos que fueron las escalas de la clarividencia. En lugar de eso, ofrecemos un caos de migajas a la generación que viene y negamos las lecciones de la Historia, queremos siempre innovar, para estar a la moda. Así renunciamos a la dialéctica de lo cambiante y de lo persistente, inmolamos lo segundo a lo primero y nos sorprendemos después de no tener más puntos de referencia y de reencontrarnos en medio de bárbaros. Pues no sabemos más que barbarizar a aquellos que pretendemos instruir y los desarmamos frente a la vida, aparentando prepararlos para ello. En el seno del cambio perpetuo, sería necesario más que nunca cultivar nuestro Humanismo y más que nunca meditar la Filología y la Historia, hubiera sido más que nunca necesario hacernos con puntos de referencia y más que nunca de un patrón de pesos y medidas. Hemos sucumbido desde antes a eso que mañana nos engullirá, culpables."

Ya me cuentan.
 
Piel de leopardo
Ninguna mujer parece ir absolutamente a la moda si no luce unos zapatos, un bolso o alguna prenda con ese estampado imitación de piel de leopardo que puebla la selva de nuestros escaparates. En ciertas tribus, vestir algún fragmento de la piel de dicho animal proporcionaba inmediata atribución de dignidad. Semióticamente, se trata del mismo fenómeno en que consiste la ironía (vuelvo a recordar que nadie como los chinos ha reflejado con mayor precisión el significado de la ironía: un ideograma que representa un trozo de carne cubierta con una piel que no le corresponde). Indudablemente no es el caso de nuestras damas, ya que esas prendas no consisten en retazos de piel del animal, sino en imitaciones más o menos verosímiles de ella. Tampoco tiene que ver el asunto con la parodia, a pesar de que la exhibición de tales prendas pueda resultar en algún momento risible. Creo que la cuestión cae del lado del simulacro, algo en lo que recae una vez y otra nuestro mundo posmoderno o hipermoderno, o lo que sea. Cabe preguntarse, eso sí, por qué el leopardo y no otro animal de los muchos que pueblan nuestros zoos o que caminan por lo que queda de naturaleza, al borde mismo de la extinción. Propongo aquí una solución al enigma, sin abandonar el terreno de la semiótica. El leopardo es un animal conocido fundamentalmente por su agilidad, su belleza y por su idiosincrásica arbitrariedad felina. Un modelo, en definitiva para nuestras damas cibermodernas, tardomodernas, o lo que sea.
 
Radiaciones
Leyendo "Radiaciones", de Junger, uno toma conciencia de esos momentos de la historia en los que lo más terrible llega a convivir con el refinamiento de los sentidos y de la inteligencia. Muchas escenas de la guerra descritas por Junger (dejémonos llevar de una borgiana inversión del vector temporal) recuerdan ciertos elementos del imaginario cinematográfico. Junger sigue con su batallón el rastro de las tropas nazis que asolan la Francia ocupada. El autor describe minuciosamente la destrucción de los edificios, la hinchazón de los cadáveres de personas y animales, que llegan a hacerse indistinguibles, e inmediatamente nos vienen a la cabeza escenas de esa estremecedora película que es Apocalypse Now. Como en la película, Junger toma notas en un diario mientras degusta delicados vinos franceses confiscados a los vencidos y saborea un delioso lenguado Meunier cocinado por un prisionero (pongan música de Wagner y unas tablas de windsurf y las distancias con la película de Coppola de estrechan). Todo ello es un síntoma de la equidistancia moral que caracteriza los momentos de caos y barbarie (Junger lucha contra ello, pero quién sería capaz de superar una prueba como ésa). Toda civilización se sustenta en una clara distinción de categorías (bien/mal, correcto/incorrecto, bello/feo, etc). El poema de Parménides ontologiza dicha distinción al afirmar que "el ser es" y "el no ser no es". Y todo lo anterior permite reflexionar acerca de estos tiempos en los que la confusión de categorías es permanente, donde el no ser tiene a veces más contenido de realidad que el propio ser. En una de las anotaciones de su obra, Junger entra a un pueblo conquistado donde se celebra una especie de macabra mascarada. Soldados alemanes blanden calaveras recién extraídas de un museo antropológico y conducen sus motocicletas al tiempo que beben botellas de champagne mientras todo arde a su alrededor. Quizás haya una concentración de elementos que otorgan singularidad a esta escena. Quizás nuestro orden cotidiano se sustente de alguna manera en esta confusión dantesca. Quizás la única diferencia estribe en que el saqueo y la destrucción acontezcan a cientos, a miles de kilómetros de nuestros resguardados hogares. A veces, sin embargo, la historia, en una pirueta dramática (en el doble sentido), consigue que lo más delicado y lo más terrorífico compartan el mismo escenario. Al menos en estos casos, es cierto, la banalidad nos parece imperdonable.
 
Mitológicas IV
Uno de los -esenciales- mitos de nuestra contemporaneidad: la continua transmutación del presente, su súbita caducidad. El presente, a poco que se prolongue, corre el riesgo de devenir de inmediato pasado y -como tal- reprobable. El presente -este presente- nace el pobre condenado a la obsolescencia, sin ni siquiera gozar de la consoladora posibilidad -como los presentes pasados- de lo memorable. La obsolescencia es pues una condena a olvido, es decir, a muerte. El presente busca entonces redimirse en el futuro, en una fuga hacia adelante. Por eso, en lugar de buscar la perduración (tendencia natural de aquellos instantes asociados a la satisfacción y la plenitud), muta continuamente. Ergo... hay algo en el presente que nos deja insatisfechos y por ello miramos con esperanza al futuro, confiados en su misión liberadora. Así el mito se nos aparece con sus múltiples nombres: innovación, renovación, remodelación, progreso... Nada parece estar bien como está, ni los seres humanos, ni las aceras de las calles. Y mucho menos el pasado, al que nos permitimos juzgar desde el alcor del presente-futuro, trono de incontestable majestad. El pasado es opresión, el pasado es maltrato, el pasado es injusticia, el pasado... ha pasado; y en la celebración de sus exequias nos deleitamos en una amnesia inquietante que algunos confunden con la ebriedad (Ernst Junger decía en sus "Radiaciones" que a cierta velocidad -y nuestros tiempos corren tanto que apenas somos capaces de darle alcance- cualquier objeto nos alcanza con el peligro de una bala). Lo joven, lo nuevo adquiere una inmediata aura de prestigio. Naturalmente a nadie se le escapa que este mito tiene que ver con la ideología capitalista. La "fast food", el "fast love", la "fast education" no son sino las comparsas de nuestro velocísimo héroe (el presente-futuro) que no tiene tiempo de echarse a descansar o de gozar plenamente al grito de "ojalá este instante fuese eterno". No hay nada tan conservador como el mito de la eternidad, nada más obsolescente. Algo inmutable, satisfecho en su plenitud, alejado del vértigo de las excavadoras y los anuncios. Algo que nunca veremos detrás del resplandeciente cristal de un escaparate.