Autocasting
Miren ustedes a su alrededor, en el gimnasio, en el transporte público, en la acera... Gentes enganchadas a su móvil, a su mp3, a su libro... Últimamente parece que el término de autocasting goza de relativo éxito para referirse a lo que decimos. Autocasting: dícese del comportamiento humano consistente en rodearse de los productos culturales con los cuales se identifica la persona en cuestión, en los que de alguna manera se ve reflejada a sí misma. Platón decía que un alma sólo podía conocerse a través de otra alma, y los tiempos hipermodernos (o post-postmodernos, o lo que sea) parecen empeñados en llevarle la contraria, encastillados en un solipsismo galopante. Estudios de laboratorio demuestran que las ratas sometidas a condiciones de superpoblación pueden desarrollar instintos agresivos e incluso caer en el canibalismo. Afortunadamente el ser humano parece poder tomar otros caminos. Y es que estoy convencido que la alta densidad de población de algunos lugares (casi todos, actualmente) provocan este tipo de comportamiento (de "catástrofe" -en el sentido de René Thom- sociológica) que bien podemos seguir llamando autocasting. Los niños (y adultos) Ikikomori (niños caracol) serían otro ejemplo paradigmático de lo que decimos. La masa (eso en lo que nos sumergimos en cuanto salimos a la calle) nos diluye, nos hace desaparecer como individuos. Como los caracoles, nos cubrimos con nuestra concha cultural, con nuestra pequeña esfera sloterdijkiana, dentro de la cual podemos sentirnos seguros, o al menos no demasiado alienados. Mirado desde la suficiente distancia, estas pequeñas esferas que arrastramos con nosotros, sumadas las unas a las otras, componen una especie de espuma. En el fondo, lo más hermoso de la ola.
Morirse de risa
Existen, qué duda cabe, diversos modos de entender el humor. Hay quien carece absolutamente de él (excepcionales son los casos, pero haberlos, haylos). Otros despliegan un humor jocoso y placentero para los que lo rodean. Se trata de un humor que tiene la capacidad de agregar, de crear en los individuos un sentimiento comunitario. Frente a este tipo de humor, existe otro que disgrega, que separa a los componentes del proceso comunicativo (emisor y receptor, digamos) y que por ello adquiere cierto cariz agresivo. Entre estos podemos distinguir el humor irónico, encantador y recomendable en su versión menos beligerante, pero que fácilmente desemboca en el sarcasmo. Este último recibe a veces el nombre de vitriólico (buscando en la correspondiente entrada de la enciclopedia me entero de que el nombre actualizado del vitriolo es el ácido sulfúrico, paradigma de elemento corrosivo y disgregador de un compuesto en sus distintas componentes). Lo peligroso del sarcasmo no es él en sí mismo (saludable usado en la dosis correcta), sino su abuso desmedido. Existen, efectivamente, individuos que practican el sarcasmo sin medida, tan peligrosos como un niño con una botella de ácido sulfúrico en la mano. Cada una de sus expresiones se convierte en una variante de la oración: "lo que has dicho es estúpido, la situación es estúpida, el universo es estúpido, nada en el fondo importa" o tal vez -con suerte- esta otra: "lo que has dicho es estúpido, la situación es estúpida, el universo es estúpido, esto que digo es más estúpido todavía". Habría que añadir una nueva categoría a las funciones del lenguaje de Jakobson y llamarla "función nihilista". Me imagino el colmo del sarcasmo: un verdugo contándole un chiste verde al ajusticiado. Para morirse de la risa.
Chivo expiatorio und Verfremdung
Imagínense a un magnífico dramaturgo que vive alrededor del año cero de nuestra era. Imaginemos que, además de dramaturgo, también posee dotes de actor y que -además- se encuentra fascinado por el efecto de distanciamiento (Verfremdung diría, si supiese alemán). Este personaje descubre que el chivo expiatorio es el mecanismo por excelencia del control de la violencia social, el punto de inflexión que permite el tránsito del "todos contra todos" al "todos estamos de acuerdo en que este tipo representa el mal, así que lo mejor es que nos lo quitemos de enmedio cuanto antes". Nuestro personaje vive en Jerusalén, por entonces colonia romana. Los fariseos odian a los celotas, los judíos odian a los fariseos y a los celotas, los celotas odian a los fariseos y a los romanos; y los romanos odian a todo el mundo. El dramaturgo del que hablamos cree en el cambio social a través del arte y confía en la eficacia revolucionaria de los happenings. Y así intenta aplicar su método de distanciamiento en las calles. Ante una mujer a punto de ser lapidada por su mala reputación, se interpone entre ella y los lapidadores para decir: "el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra". Y la cosa funciona. Pero sólo momentáneamente, porque el odio se sigue propagando igual que la pólvora y amenaza con desencadenar una guerra civil o un enfrentamiento con los colonizadores romanos. Nuestro dramaturgo medita y llega a una decisión radical y definitiva. Sólo ofreciéndose a sí mismo como chivo expiatorio (un tipo a todas luces inocente) puede hacer que el pueblo tome conciencia del atavismo en el que delega su cohesión social. Y empieza de inmediato a poner en práctica su plan. Recluta a una docena de hombres de simpleza ejemplar a los que convence sin mucha dificultad de su condición divina. Usa sus dotes dramatúrgicas para realizar unos cuantos "milagros". Con ellos logra extender la fe entre algunos y sembrar la sospecha o el odio en otros. Cuando el pueblo judío ya se encuentra más o menos dividido en torno a la naturaleza divina de nuestro personaje, intervienen al fin los romanos. Es juzgado y condenado a morir crucificado. Ya ha conseguido lo que se proponía. "Yo soy el cordero de dios que quita el pecado del mundo" grita sin parar en su camino hacia el Gólgota, esperando que los que lo escuchan tomen conciencia de lo injusto de la condena. Nadie nunca, en ningún momento de la historia, ha esperado tanto de un procedimiento dramático (podemos considerar por este motivo a nuestro personaje como el mártir de todos los vanguardistas). Por el contrario, lo único que escucha son insultos. Su cuerpo es una miasma de escupitajos. Ya en la cruz, agonizante, consciente de su fracaso, y sin embargo fiel todavía a su gran papel, se le escucha decir: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen".
Anacronismos
Sabemos que nuestro cuerpo arrastra consigo una serie de órganos y piezas perfectamente inútiles, auténticos anacronismos fisiológicos tales como el apéndice o las muelas del juicio. De lo que no somos tan conscientes es de otras componentes que quizás no desempeñen todas las funciones de las que son capaces o incluso permanezcan arrumbadas, esperando que llegue el momento de ponerse en marcha y contribuir al progreso de la especie (pienso sobre todo en algunas partes del cerebro). Se sabe que las plumas poseían en principio una función reguladora de temperatura, distinta a la posterior que permitiría a algunos saurios ejercitarse por primera vez en el vuelo. De alguna manera la forma parece llevar la delantera al fondo. Todo ser vivo, toda obra de arte está dotada de una sobreabundancia, de un exceso a la espera de adquirir una función, un sentido (como el pavo real ha acabado convirtiendo su cola en una herramienta indispensable de su cortejo. En esto revela la naturaleza su sabiduría, al promover esta pluralidad de formas, muchas de las cuales escapan a cualquier principio pragmático). Como digo, ocurre algo parecido en las obras de arte. Pienso, por ejemplo, en esos retratos de Klimt de personajes de la época llenos de doradas incrustaciones clásicas, auténtico anacronismo artístico. Lo más sorprendente, sin embargo, es aquello que atisbamos en sus cuadros y que los convierte en contemporáneos nuestros, quizás porque algo dentro de ellos crece y evoluciona con el paso del tiempo. Benjamin llamaba a este fenómeno überleben, sobrevivencia, una traslación de la noción vital a las obras de arte. Por ello una obra absolutamente contemporánea, que no incorpore formas cuyo sentido esté de alguna manera por venir, está condenada a la desaparición tras un breve plazo de tiempo. Quizás éste sea uno de los secretos de la perdurabilidad. Cambiando de dominio, otro tanto parece ocurrir en el tejido social, donde ciertos grupos o individuos ocupan lugares de algún modo marginales, de escasa o nula utilidad aparente. Muchas veces son esos individuos o grupos los que catalizan los cambios dentro de la sociedad, como el pulgar enfrentado de nuestra mano que de repente -descubrimos- nos permite fabricar utensilios.





