Agalma
El poema es un sistema de signos, donde cada uno posee un valor que depende del resto. El poema es así también una economía, pudiendo generar una "plusvalía" de determinado signo respecto al valor de uso estándar que le atribuye la lengua (pensemos en la palabra "polvo" y la misma palabra incorporada al verso de Quevedo: "polvo serás, mas polvo enamorado"). Una economía en pequeño, insisto y por tanto un complot -si quiera minúsculo- contra la sociedad y las reglas de la lengua. En el poema ningún signo es intercambiable por otro so pena de desequilibrar el sistema entero (ningún signo se cambia por otro, como ocurre con las imágenes sagradas, con las ofrendas, con todo aquello que los griegos denominaban agalma). Todo lo contrario ocurre con el lenguaje "políticamente correcto", la versión capitalista de la lengua. En aras a ciertas presuposiciones morales, lo políticamente correcto justifica la sustitución de una palabra por otra. La convención prima sobre el uso y hace del vocablo algo intercambiable, sujeto al consenso político. El antipoema, en definitiva.
Extrañas coincidencias

¿Conocían ustedes la existencia de esta extraña galaxia?
Sí, puedo leerles el pensamiento. Una metáfora astronómica perfecta de nuestro ADN:

Así es arriba como es abajo.
Y que lo digan.
Beckham: La moneda viviente
Hay un libro de Klossowski de extraño título: "La moneda viviente". En él el autor teoriza acerca de la posibilidad de que los seres humanos acaben convirtiéndose en moneda. A diferencia de los esclavos, estos hombres no necesitarían desarrollar trabajo alguno para aportar peculio a aquellos que disponen de tal mercancía humana. Pensemos en David Beckham contemplando los partidos de su equipo desde la grada y reportando sin embargo cuantiosos beneficios a su equipo y nos daremos cuenta de hasta qué punto este futbolista es un buen ejemplo de ello. Beckham es una moneda, una moneda viviente que pronto pasará a las ávidas manos del Galaxy norteamericano. Victoria Beckham es sin duda la más afortunada al disponer de esta moneda para ella solita en la intimidad. No es de extrañar que en su ausencia requiera de un consuelo tan excepcional como es un vibrador de platino y diamantes de dos millones de dólares. Un artefacto sin duda fascinante. Sólo resta imaginar a una Victoria encelada acudiendo a la caja fuerte para extraer el objeto con el que restañar el anhelo motivado por la ausencia del ídolo. Y en la tragedia (¡dios santo!) de olvidar la combinación en ese preciso momento.
El Hacker y el Tetragramaton
No existe página web invulnerable. Los entes virtuales, al igual que los reales, ofrecen fisuras a través de las cuales es posible su mutación, su aniquilación. El límite y la finitud son consubstanciales a cualquier tipo de existencia. El hacker más inexperto nos dirá que todo se resume en encontrar una clave de acceso, una contraseña, un shiboleth. De un modo cabalístico -y de ahí, extrañamente anacrónico-, conocer el nombre del objeto permite acceder a su secreto, a sus oscuras energías. Sólo un ser parece guardar una contraseña del todo inaccesible: Dios. Si alguien -o algo- accediese al conocimiento de Tetragramaton, entonces sería posible modificar el diseño divino de la creación, hacerla desaparecer, incluso. Algo no descartable en un futuro. Quizás, tal vez, ya haya ocurrido. Nuestro mundo carece en ese caso de originalidad. Cabe sospechar que todo cambio -decisivo o minúsculo- de la historia, el menor imprevisto, sean obra de ese Hacker-demiurgo que estorba la obra divina, aquel brillante acabado (llamémosle www.paraíso.com) para siempre desaparecido. Una secuencia olvidada de ceros y unos.
Los 300

Se viene discutiendo acerca de la ideología más o menos explícita de la película de Zack Snyder. De momento, a falta de algún acreditado filósofo, podemos poner como ejemplo esta columna de L. A. de Villena. Efectivamente, el oriente encarnado en las tropas persas al mando del rey-dios Jerjes es colmado con los atributos de ambigüedad (incluida la sexual), monstruosidad, indiferenciación... ¡y multiculturalismo! Les animo a realizar el siguiente ejercicio imaginativo. Sustituyan el rostro del rey Jerjes por el de Bill gates y el del valiente y cérrimo Leónidas por el de José Bobé, por ejemplo. La estrategia imperialista de Jerjes no resulta así sino el germen de lo que posteriormente han sido la mayoría de los imperialismos que no se han basado en un elemental genocidio. El lema podría ser: "te daré lo que pides siempre que me adores". Y Leónidas, naturalmente, dice que nones. Leónidas representa la autoctonía insobornable frente a ese conglomerado amorfo de pueblos y razas en que consisten las huestes persas. Con mucho músculo y mucha sangre, de acuerdo, pero es que de eso va la película. La lección definitiva a extraer no sólo de la película sino del acontecimiento histórico de las Termópilas es que el azar (la alianza de un accidente geográfico como es un paso estrecho -el de las Termópilas- en la entrada del Peloponeso y de un puñado de hombres de estirpe guerrera) pueden hacer tambalear a todo un imperio. Otra vez el efecto mariposa, pero llevado al terreno de la historia. Borges decía que era la puerta la que elegía al hombre, y no al revés. El imperio, cualquier imperio, posee una topología llena de puntos singulares, de puntos de fractura. Y ahí están, esperando a un Leónidas -o a un cualquiera- que desencadene la catástrofe.





